En Andalucía, por ejemplo (pues precisamente aconteció
en una ciudad de Andalucía lo que vais a oír), las
personas de _suposición_ continuaban levantándose muy
temprano; yendo a la Catedral a _misa de prima_, aunque
no fuese _día de precepto_, almorzando, a las nueve,
un huevo frito y una jícara de chocolate con picatostes;
comiendo, de una a dos de la tarde, puchero y principio,
si había caza, y, si no, puchero solo; durmiendo la
siesta después de comer; paseando luego por el campo;
yendo al Rosario, entre dos luces, a su respectiva parroquia;
tomando otro chocolate a la Oración (éste con
bizcochos); asistiendo los muy encopetados a la tertulia
del corregidor, del deán, o del título que residía
en el pueblo; retirándose a casa a las Ánimas; cerrando
el portón antes del toque de la _queda_, cenando ensalada
y _guisado_ por antonomasia, si no _habían entrado_ boquerones
frescos, y acostándose incontinenti con su señora
(los que la tenían), no sin hacerse calentar primero la
cama durante nueve meses del año...
¡Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra
seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas,
de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los
respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones,
de todos los usos y de todos los abusos santificados por
los siglos! ¡Dichosísimo tiempo aquel en que había en
la sociedad humana variedad de clases, de afectos y de
costumbres! ¡Dichosísimo tiempo, digo..., para los
poetas especialmente, que encontraban un entremés, un
sainete, una comedia, un drama, un auto sacramental o
una epopeya detrás de cada esquina, en vez de esta
prosaica uniformidad y desabrido realismo que nos legó
al cabo la Revolución Francesa!--¡Dichosísimo tiempo,
sí!...
Pero esto es volver á las andadas. Basta ya de
generalidades y de circunloquios, y entremos resueltamente
en la historia del _Sombrero de tres picos_.