XXV

Colegio de Corredores.—Ojeada retrospectiva.—Las costas del Pacífico.

“AUNQUE vdes. lo pidan con memorial; aunque me cueste un ojo de la cara

desarrugar el ceño de vdes., ni por una de estas nueve cosas pongo

números en mis viajes. Será interesante, será lo que se quiera. ¿Tienen

por ahí sus mercedes algo de crónica escandalosa? ¿un cuento de hadas?

¿un romance de amor? cualquiera de esos cachivaches me conviene más que

las bolsas y los _Stokes_, y todo ese arsenal de guarismos que barrunto

traen vdes. entre pecho y espalda.”

Tal y tan enérgico lenguaje empleé con unos amigos que vinieron nada

ménos que á seducirme para que llenase algunas páginas con estados de

importacion y exportacion, y cálculos sobre la melaza y el café, la

lana y los cueros de res.

—¿Están vdes. locos? proseguia yo casi colérico: ¿no ven que para

charla eso es muy soporífero, y para estudio muy superficial y

diminuto? Señores, no puedo complacer á vdes.

—Le faltará á vd., me dijo un sonorense, tirante como un riel de

fierro y exacto como un acreedor avaro, uno de los rasgos fisonómicos

de esta sociedad. ¿Vd. no ha visto siquiera nuestro _Colegio de

Corredores_?

—No, señor, ni el cementerio, contesté: el primero, porque en mi vida,

pienso que me _corran_ más que de la casa que no pague; y el segundo,

porque un viejo en un cementerio parece que va á buscar hospedaje, y yo

no deseo quedarme por aquí.

—No, dijo un aleman que se desentelaraña los labios para soltar un

monosílabo, hay cosas de números muy divertidas.

—Ya lo creo: vd. tiene cara de tenderse de risa con un arancel, y

acudir á una tabla de logaritmos para disipar su mal humor.

—Déjese vd. de bromas, me dijo un amigo corredor que siempre está en

movimiento: cuando no canta, silba; y cuando no trastorna los útiles

todos del escritorio, es porque alborota al perico, hace desesperar al

perro, ó lucha por dar rapé al gato.

—¿Vd. ve ese gentío, dijo mi amigo _Seis por ciento_, que inunda

mañana y tarde las calles de California y contiguas? Pues lo produce

exclusivamente el Colegio de Corredores.

—Los corredores, añadió D. Pedro Decimal, forman una corporacion muy

respetable: el oficio se compra á elevados precios, cuando hay vacante

en el número, que es limitado. Yo conozco corredor á quien ha costado

su oficio veinte mil pesos.

Las sesiones de la cámara de corredores se verifican en un gran local

en la calle de California, muy semejante en estructura y tamaño, á la

antigua cámara de diputados de México.

Dos horas por la mañana y dos por la tarde acuden á ese local los

corredores, para el remate de los _Stokes_ ó acciones de minas.

Ocupan los corredores, á guisa de los diputados de por estas tierras,

el salon, cada uno en su asiento y con su mesita al frente, dejando

una calle central para tránsito, que comunica con la gran mesa que se

halla á la cabecera del salon, donde fungen el presidente y cuatro

secretarios, que tienen altísimas dotaciones: no se usa campana; se

sirven de un enorme martillo que golpea el presidente sobre una piedra,

cada vez que lo requieren las circunstancias: diga vd. ahora á _Fidel_

el modo de proceder en las sesiones, dijo D. Pedro á _Seis por ciento_.

—El procedimiento es muy sencillo: uno de los secretarios anuncia, por

ejemplo, que se trata de rematar acciones de la mina _Alfa_, que las

personas que tengan acciones avisen á los secretarios.

A esta voz, se levanta espantoso tumulto: todos los que tienen acciones

brincan de sus asientos y se precipitan, agitando sus papeles, al

camino central, empujándose, escurriéndose, alzándose sobre los hombros

del que estorba; en una palabra, como una manada de potros brutos.

En instantes, inscriben los secretarios acciones y propuestas y se

impone silencio. Establecido el silencio, los secretarios proclaman

los remates hechos y su término medio, para dar á la operacion la

debida publicidad, porque es de advertir que estas sesiones son

privadas del colegio; el público no tiene derecho á asistir á ellas,

pero sí los extranjeros que, como se sabe, tienen acceso á todas

partes, en medio de particulares consideraciones.

Como es de suponerse entre yankees, y tratándose de cuestiones de

dinero, no son raras las disputas en el Colegio de Corredores.

Cuando esas disputas se enardecen, el presidente manda á uno de sus

secretarios que haga una informacion sumarísima y verbal; se improvisa

una especie de jurado y se multa al culpable. Este queda renegando y

dice pestes; pero entónces son las palmadas, las risas, los desahogos

del buen humor, que hacen que por fin el mismo multado siga la gresca.

Si el alboroto tiene visos de seriedad, entónces, á un solo golpe del

formidable martillo, se restablece la calma y siguen en órden los

negocios: para que se forme idea de las operaciones de comercio, aquí

traigo la lista de las que se verificaron ayer.

Sacó, en efecto, mi amigo una tirita de papel impreso de su bolsillo,

y me dijo: “Vea vd.: sesion de la mañana. Se jugaron _Stokes_ de 57

minas: ya vd. ve los nombres: Alfa, Belcher, Chollar, Crown, Juha,

Bryant, Nevada, Imperial, etc.... estos guarismos indican el número de

acciones: así al vuelo, serán sobre quince mil acciones.... en esta

columna están los precios de Alfa: de 90 á 98 pesos, 300 acciones:

1,410 acciones Caledonia, de 35 á 40.... ¿calcula vd.?....”

Hizo mi amigo varios números en su cartera, y resultaron más de 600,000

pesos de transacciones en las dos horas de la mañana. Ha habido épocas

de dos y tres millones al dia.

—Aquí tiene vd. el movimiento de la tarde: son más de 100,000 pesos.

En 1874 el valor de las operaciones de minas fué de 260.471,915 pesos:

ya vd. verá que aunque estos son números, tienen su poesía, al tratarse

de la prosperidad de un pueblo, doscientos sesenta millones.

—Fíjese vd. además, me dijo otro amigo, en que esta es la simple base

de los negocios: con esa suma se enlazan otras y otras combinaciones, y

lo que aparece doscientos en el movimiento y circulacion, afecta muchos

valiosos negocios en nacimiento y refaccion perpétua.

Además, en ese movimiento se cria el juego de los _Stokes_, que es

peligrosísimo; exige prevision y destreza, y al que, por lo mismo, son

afectísimos los americanos.

Por ejemplo: ¿conviene aparecer que se deprecian las acciones de una

mina para comprar á bajo precio? se hacen ligas sumamente reservadas,

aparecen las acciones ofrecidas por unos corredores, compradas por

otros; de los tenedores inocentes de la intriga se apodera el terror,

ofrecen sus acciones y tienen los depreciados ganancias locas: en esto

se ha dado caso, no en San Francisco, ni en negocio de minas, que un

comerciante se finja quebrado para comprar por trasmano sus mismos

créditos con gran descuento, y reaparecer despues doblando su fortuna.

Tal rasgo ha parecido de suma habilidad, sin lastimar la reputacion del

_prestidigitador_.

Por el contrario, se hacen subir artificialmente los valores, parecen

comprar acciones los confabulados, y este es un anzuelo para que otros

compren y se estrellen, así como en un juego de azar se ven aparecer y

desaparecer fortunas; y esos tahures de nuevo género, ni se envanecen

con la opulencia, ni se abaten con la adversidad.

La fiebre del _Stoke_ acomete al artesano y al labrador, al padre

de familia pacífico y al jóven aturdido: el yankee sale de su vida

habitual, persigue la quimera, se embriaga con sus conjeturas y sus

cálculos, y cuenta como una página de las más interesantes de su

existencia, esa alucinacion de la que muchas veces despierta en la

miseria, ó se duerme para siempre con el suicidio.

El corredor es el sabueso destrísimo en esta caza de fortunas: hay

_Stokes_ llamados _con márgen_, que interesan al corredor, y entónces

se amplían las operaciones, y es más complicado, y exige mayor destreza

de los que entran en esas campañas.

—Nada de esto habia en los tiempos en que vine yo la primera vez

aquí, dijo mi compañero sonorense, fino, generoso, servicial, de ojos

centellantes, abierto reir y tez morena, á quien por cariño llamábamos

_El Negro_; nada de esto, y cuidado que eran los dias del oro.

Entónces el albur embriagaba la gente y corria como agua la fortuna,

deteniéndose ó escapándose del modo más caprichoso del mundo.

—Que traigan unas copas y le remojaremos al _Negro_ la garganta para

que nos cuente sus aventuras.

—Cerveza.

—Ajenjo.

—Un coptail.

—Señores, felicidades.

Tocaron las copas la obertura de la narracion, y el _Negro_ dijo así:

—Como es sabido, los primitivos pobladores de California fueron de

Sonora, Sinaloa y Horcasitas, y aunque tibias y tardías las relaciones,

el árbol ama su raíz, y siempre se mantenian amistades.

Cuando la fiebre del oro, en 1848, llevaron á nuestras tierras la

noticia, aquellos hombres llenos de asombro y de riquezas, Juan,

que era comerciante del tres al cuarto, Pedro el vaquero, Fulano el

arriero, el mozo de mandados, el quídam que pedia limosna, llegaron

ostentando grandes trenes, ricos relojes, armas hermosísimas, y

contando maravillas: el oro, segun ellos, brotaba por todas partes,

inundaba; habia lagos y montañas del precioso metal, y en los placeres,

vino corriendo como en Jauja, muchachas deliciosas, y hombres

compartiendo su riqueza con todo el género humano.

Yo tenia quince años, la sangre hervia en mis venas, y la espectativa

de aventuras inauditas, de aquellas fabulosas fortunas, y el volver

derramando onzas de oro, haciendo la dicha de cuantos me rodeaban,

como el héroe de una leyenda de las “Mil y una noches,” me enloqueció

realmente.

Reuní hasta treinta mulas, me proveí de caballos y de mozos valientes

y diestros ginetes, y se me unieron algunos amigos, con los cuales

formé una de tantas caravanas que, con temerario arrojo, se lanzaron á

atravesar aquellos espantosos desiertos.

Así salió en són de conquista nuestra caravana del Altar, entre las

bendiciones de nuestros padres, las señales de envidia de nuestros

amigos y las lágrimas de nuestras novias, con las que nos haciamos

los importantes, dándonos el aire de que íbamos á la conquista del

_Vellocino de oro_.

Pasamos con felicidad al frente de los Papagos y Pimas, terror de

aquellos desiertos; dejamos á un lado los indios _areneños_, que

son feroces y se mantienen de ratones, ratas y víboras, porque no

hay idea de lugares más sombríos y más estériles, y llegamos al fin

á la confluencia de los rios Colorado y Gila, que formando, aunque

imperfectamente, como los dos brazos de la parte superior de una Y

griega, invade en todas direcciones nuestro territorio, despues de los

tratados, siempre irreflexivos y funestos de Guadalupe y la Mesilla,

conocido este segundo con el nombre de _Tratado de Gasden_. A esa

confluencia llega hoy el ferrocarril, tocando el fuerte Yuma, situado

en la union de aquellos rios.

Despues de haber llegado al punto descrito, venciendo mil penalidades,

nos internamos en otro desierto, más sombrío y más peligroso que el

anterior.

Allí aumentó el espanto que llevábamos, el espectáculo de caravanas

perdidas, de carros, herramientas y despojos de trenes regados por el

suelo, y de esqueletos de animales, que parecian dar testimonio, en

aquellas soledades, de la imposibilidad de la vida.

Rendidos de fatiga, agotadas las fuerzas de nuestros animales,

temerosos de haber perdido el rumbo, y al entregarnos á la

desesperacion, pernoctamos en una espantosa llanura en que el desamparo

parecia tener su asiento, y la muerte su terrible dominio.

Los criados que vigilaban nuestras béstias, con los primeros albores

del dia descubrieron al Norte, y como asomando entre árboles y montones

de tierra, unas casitas blancas. Era el pueblo de los Angeles, hoy

de tanto renombre. Gritaron los criados, corrió la gente, estallamos

en demostraciones de contento, y regocijados y risueños, partimos y

llegamos á la pequeña poblacion, que tendria habitualmente cuatro mil

almas, pero que en aquellos momentos era como un vasto hotel en que se

alojaban gentes de todas las naciones.

No habia ni rastros de autoridad, ni de órden, ni de nada.

Todas las accesorias eran fondas, juegos ó casas de baile; en medio de

las calles, bajo toldos formados de estera y lienzos, habia tambien

juegos, bailes y cantinas, y era aquello una bola tumultuosa en que se

hablaban todas las lenguas, se ostentaban todas las costumbres y se

proclamaba por el mismo demonio, que se tendia de risa, el triunfo de

los siete pecados capitales.

Entre esta hervidora invasion, en la que se veia brotar el oro,

como el agua entre las piedras de un torrente, aparecian los tipos

característicos de la antigua poblacion, conservando nuestras antiguas

tradiciones de colonia.

Los californios, altos, morenos, con sus grandes trenzas, muy bien

formados; las mujeres macizas, corpulentas, de ojos divinos, de

infinita gracia.

Vestian los hombres pantalon ajustado de punto, chaleco y chaqueton ó

chupa de seda, y calzaban zapatos _morunos_.

Las señoras usaban túnicos escurridos, de alto talle y ruedo que daba

sobre sus tabas, calzadas como las señoras de México á principios del

siglo. Algunas llevaban peineton.

Las mujeres eran escasas, y solian algunos pagar, por el _honor_ de

visitarlas, diez onzas de oro.

Puede formarse idea de los Angeles de aquella época, quien conozca

los pueblos de Atzcapotzalco, San Juanico, Mixcoac y otros de los

alrededores de México, ó algunas villas de tercer órden del interior.

Al Sur de la pequeña poblacion de los Angeles corre el rio de su

nombre, y en sus vegas y llanuras se producen uvas, peras y duraznos,

que enriquecen las huertas de lo que se llama el barrio de Sonora.

Hoy aquella es una ciudad americana, con treinta mil habitantes, su

magnífico puerto de San Pedro, y por las orillas de la ciudad atraviesa

el ferrocarril, que se liga con el del fuerte Yuma, que ya hemos dicho

está en la confluencia de los rios Gila y Colorado.

Como potros sin rienda nos desatamos en los Angeles: todos eran amigos,

nos llamaban de todas las casas, comiamos y bebiamos con todo el mundo,

y nos brindaban dinero por todas partes.

Un ranchero á quien caí en gracia solo por su querer, me dijo que

íbamos en _vaca_ de los albures que estaba jugando, y al dia siguiente,

sin más ni más, me puso en posesion de veinte libras de oro que dizque

habia yo ganado, sin saber por qué regla.

Mi fortuna fué tan loca, que por un caballo que compré en Sonora en

cincuenta pesos, me dieron quinientos, y vendí á trescientos pesos

cada una de las treinta mulas que saqué de mi tierra, y me costaron á

cuarenta pesos.

Los placeres del oro estaban situados en la Sierra, que en todas sus

crestas, cañadas y accidentes, se vió sembrada de habitaciones y

tiendas que blanqueaban entre las rocas y al través de los gigantescos

pinos, alisos, madroños y encinas, que bordan riachuelos y cascadas.

Aun no se entronizaba el crímen en aquellos lugares en los primeros

momentos; aun presentaban las campiñas algo parecido á la edad de

oro; aun no se bañaba el metal, árbitro de la fortuna humana, con la

sangre de los que en pos de la opulencia y la dicha, encontraron la

persecucion y la muerte.

Me hizo partir de los Angeles un incidente que tiene sus puntas de

sentimental, que parecerá á vdes. importuno referir aquí, y que,

sin embargo, me impresionó muchísimo: ó más bien, dijo vacilando el

_Negro_, lo pasaremos por alto....

—No, no, cuéntalo, dijimos todos á una voz.

—Habla todo lo que quieras.

Entre tanto el _Negro_ echaba un buen trago, y dejando su copa sobre la

mesa, continuó:

—Entre las gentes que reclamaban la piedad pública en aquella orgía

estupenda, habia una jóven italiana de 17 á 18 años, cubierta de un

_garzolé_ blanco como la nieve, erguida, rubia, de ojos de cielo, y de

dentadura que iluminaba las sonrisas que jugaban entre sus labios, como

un manantial de luz.

Su trage denunciaba excesiva pobreza: era de lanilla rayada,

deslavazado y con remiendos, pero muy limpio.

La niña tocaba el armónico, que obedecia dulcísimo á sus presiones

hábiles, y así imploraba la caridad á la entrada de las fondas, de los

juegos y de las casas de huéspedes.

No obstante el desórden que por todas partes reinaba, pocas ó ningunas

veces era aquella niña molestada ni con una mirada.

Y era justo: se descubria tan pura inocencia al través de su mirada

melancólica, denunciaba tan hondo dolor su actitud digna y llena de

sencilla naturalidad, y tenia dulzura tan angélica su voz, que parecia

imposible que la perversidad misma atropellase tantos encantos.

Además, no faltó quien dijese á la colonia mexicana, de que era

favorita, que Eva (este era el nombre de la niña), tenia un padre

anciano tullido y demente á quien mantenia con sus limosnas, que su

conducta era angelical y que su descanso lo empleaba en atender á su

padre y tocarle y cantarle, porque con eso encontraban alivio las penas

del anciano.

Como tengo dicho, la niña recibia toda especie de atenciones en

el grupo mexicano, donde no solo tocaba su armónico, sino que se

acompañaba á veces canciones tan vaporosas, tan llenas de sentimiento,

tan empapadas en lágrimas, que eran el contrasentido, la aberracion y

la inconsecuencia seductora del tumultuoso concurso.

Entre todos nuestros amigos, uno á quien llamaremos Espinosa, porque

así lo exige la discrecion, la socorria con más asiduidad y delicadeza

que los otros: álguien decia que porque le inspiraba amoroso afecto;

pero habia quien atribuyese tal preferencia al pago del tributo á un

recuerdo apasionado de una jóven adorable de nuestra tierra.

Pero ni la maledicencia ni nada pudo empañar la pureza de Eva, que

pasaba solitaria á su morada en las altas horas de la noche, al rayo de

la luna, tarareando esas canciones hijas de las olas del Adriático, que

besan y acarician cuando llegan á nuestros oidos.

Eva, reconocida sin duda á la respetuosa conducta de Espinosa, le

mostraba cierta preferencia de gran señora, que á todo el mundo

agradaba.

Y era justa de parte de Eva semejante distincion; aquel muchacho

maniroto, atrevido, no muy cauto al esgrimir la sin hueso, á la

presencia de Eva tenia cierta compostura, y la niña entónces le pagaba

en melodías dulcísimas sus caballerosos cuidados.

Un dia estaba Espinosa en el juego, sin tomar parte en él; algo se

fastidiaba, cuando apareció Eva tocando su armónico.

Invitóla el jóven á que siguiese; lo hizo de buena voluntad; pero

no era, como otras veces, la queja ni la súplica; era la golondrina

parlera que saluda su pensil y las aguas de la fuente, en que se ha

contemplado enamorada, y humedecido su pico charlador....

Espinosa mostró buen humor, sacó un puñado de onzas de la bolsa, y

le dijo á Eva: “¿A cuál apostamos de tres y caballo?” La niña dijo:

“Al tres,” y siguió gorgeando su cancion. El incidente aquel, por

insignificante que fuese, produjo vivo interes.... el albur era

hondo, no sé por qué todos tenian el alma en un hilo, querian que Eva

acertara.... una carta.... no, no era caballo, era sota.

—Tres de oros viejo, gritó el montero, y se oyó una respiracion

colectiva, como si todos hubieran contenido el aliento.

El montero pagó treinta y tres onzas, que era la apuesta de Espinosa;

pero éste no tocó el dinero.... todos lo veian.

—Eva, dijo entónces el muchacho, ese dinero es tuyo.

Eva abrió los ojos como una insensata.

—Es tuyo, repitió Espinosa con naturalidad, pero con cierta energía:

llévalo á tu padre.

La niña estaba indecisa, se puso encendida como la llama, y al fin

prorumpió en sollozos.

—Canario! yo tambien tenia un nudo en la garganta; toma niña tu

dinero, y ¡Viva México!

—¡Viva México! gritaron todos, recogiendo el dinero y poniéndolo en el

delantal de la niña.

—¡Cómo! dijo uno, ¿las sesenta y seis onzas?

—Todo, dijo Espinosa.

Unos amigos acompañaron á la niña á su casa, y dicen que allí pasó una

escena, junto al lecho del anciano, capaz de conmover corazones de

bronce.

En cuanto á Espinosa, siguió de excelente humor, jugó, ganó, y no se

volvió á hablar de la tocaya de la madre del género humano.

Eva, bien aconsejada, depositó su dinero y siguió con su armónico

ganando la vida.

Espinosa no cambió en lo más leve de conducta; siempre atento, siempre

respetuoso, al extremo de sufrir algunas bromas por insensible con Eva.

Quien hubiera sondeado el alma diáfana de la pobre niña, la habria

hallado ménos tranquila; quien se hubiese fijado en sus cantos, habria

sorprendido trémulos sollozos en las notas, que parecian solamente

expresivas; y quien hubiera seguido los rayos furtivos de aquella

mirada límpida, los habria visto deslizarse apasionados entre los

rizos de cabellos que caian bajo el ala del galoneado sombrero de

Espinosa.... pero todo esto pasaba inapercibido.... Eva era tan

pobre.... Espinosa parecia tan preocupado con el placer y los negocios,

que nadie siguió las peripecias del drama que se estaba representando

al aire libre.

Los negocios exigieron la pronta salida de Espinosa, y éste, sin

reserva alguna, hizo sus preparativos de marcha.

La víspera del dia de la partida, que recuerdo que era un miércoles,

regresábamos á nuestro hospedaje, despues de las doce de la noche. El

cielo se veia oscurísimo, nuestra casa estaba al comenzar el llano;

apénas doblamos la esquina, oimos en lo profundo de las sombras el

canto de Eva, tan dolorido, que heló nuestras palabras y suspendió

nuestros pasos: no comprendiamos ni se percibia con claridad la letra;

pero los ángeles que dejaron para siempre el cielo, deben haber llorado

así el dia que fueron sepultados en la condenacion eterna.

—Adelántate, dijo Espinosa, dale algo á esa niña y que se vaya á su

casa, ó acompáñala.

Yo obedecí maquinalmente; pero por más que busqué, no encontré á

nadie....

Al siguiente dia partió Espinosa, sin que volviésemos á mencionar á

Eva; le fuimos á dejar hasta la orilla de la poblacion.

Cuando regresamos de encaminar á nuestro amigo, la colonia mexicana

estaba hundida en espantoso duelo.

Eva supo la hora de la salida de Espinosa, se subió á la torre de la

iglesia para.... verlo partir.... y al torcer el carruaje entre unos

pinos, y perderse de vista envuelto en polvo.... se vió, ¡qué horror!

precipitarse de la torre á la niña.... y hacerse mil pedazos en el

empedrado del cementerio.

—¡Horrible! horrible! exclamó el _Negro_ con el cabello erizado y los

ojos queriéndosele saltar de sus órbitas.

Reinó profundo silencio....

—Este fué, continuó con esfuerzo el _Negro_, el motivo porque abandoné

los Angeles, dirigiéndome aquel mismo dia á San José y perdiendo

realmente una fortuna.

San José era entónces una aldehuela: ahora es una poblacion con campos

perfectamente cultivados y un ferrocarril de mucha importancia.

En San Francisco permanecí poco tiempo; era un gran bazar y un gran

proyecto de ciudad: la calle de Dupont, en que se construyó la primera

casa, estaba desierta, nos sombreamos bajo las copas exíguas de unos

árboles que habia en un arenal.... ese arenal está hoy convertido en

las calles de palacios que se llaman Kearny y Montgomery.... ya ve vd.,

de esto no hace ni veinte años.

—Pues señor, perfectamente lo han hecho vdes., exclamé yo, despues

de que cesó de hablar el _Negro_: venian muy preparados para que

hablásemos de comercio, y hemos salido con relaciones de viajes y con

leyendas de amores; mejor para mí, así hemos pasado el tiempo más

entretenidos.

—Yo traia á vd., me dijo Decimal, los estados del movimiento mercantil

de nuestros puertos del Pacífico con México.

Esos estados yo los copié del archivo del Sr. Lic. D. Manuel Azpiroz,

cónsul mexicano en California, y uno de los hombres más dedicados al

desempeño de su encargo, más patriota y más benéfico.

Los estados pertenecen al año de 1874. Vea vd., aunque sea muy por

encima, el de exportacion.

—Ave María Purísima! ese es un laberinto de guarismos.

—No lo voy á leer todo; pero permítame vd. una que otra reflexion.

—Que hable! que hable! dijeron los amigos.

—El comercio de exportacion de California á México, importó 1.134,364

pesos, como ve vd. al fin del estado.

Note vd., que los efectos más valiosos son procedentes de California,

como el azogue, que figura por 3,773 frascos.

En otros artículos ve vd. la relacion de intereses del Sur y el Oeste

de los Estados-Unidos, como en los aceites procedentes de Pensylvania,

el azúcar que figura por 122,468 libras.

Lo singular es en este artículo, que se da perfectamente la caña en las

costas y aun se fabrica panocha; pero ó no costea la elaboracion del

azúcar, ó la panocha satisface la ambicion del fabricante.

Hay artículos curiosos. Vea vd. el café: la importacion á México es de

277,909 libras, y Colima puede decirse que está en nuestras costas, y

en Michoacan puede producirse todo lo que se quiera: el café que se

importa en el Occidente de México, procede de Costa-rica y de Java, y

este solo renglon hace nacer varias reflexiones.

Los medios de comunicacion son más difíciles y costosos, de Uruapan y

los terrenos de Colima al puerto, que de Java al mismo punto.

La comunicacion directa entre esos puntos y México, tendria mil

ventajas para el tráfico, por los cambios que provocaria: no es

concebible tanta indolencia y tanto abandono.

—De eso ni platique vd., dijo _Seis por ciento_.

—Aquí tiene vd. cáñamo que viene desde Manila; cebollas, vea vd.

bien; cebollas en la cantidad de 63,200 libras, y sépase que en Sonora

las cebollas son de más peso y de mejor gusto que las de California:

preguntando yo cómo era posible esa competencia, me dijeron que no

querian sembrar muchos, porque no tenian cercas sus tierras y les

robaban.

Aquí consta la introduccion de chocolate procedente de San Francisco,

donde existe una fábrica magnífica para proveer á pueblos mexicanos.

Ya vd. ve: frijol, mantequilla, rollos de estera, fideos y otros

artículos de primera necesidad, nos hacen depender de San Francisco;

¿qué más? aquí ve vd. 2,727 cajas de velas importadas á México.

Hay efectos, como por ejemplo, los calzados, que figuran por 87 cajas,

y son más del triple lo que se introduce de contrabando.

Nuestra tarifa para proteger á los artesanos de México ha querido que

anden descalzos en las costas: aquellos pueblos no se han conformado

y han hecho santamente: botas magníficas á cuatro pesos, botines

claveteados á tres, vienen de California y se consumen con gran placer

de los interesados.

Lo más singular es que los pocos zapateros que hay en las costas, han

consumido veinticinco cajas de hormas y diez de herramientas; de suerte

que si para proteger á los hormeros y herreros mexicanos logra un

círculo que se alcen los derechos, quedan lucidos aquellos zapateros.

Otro tanto sucede con los carruajes: se han introducido veinticinco

bultos con derechos exorbitantes; puede decirse que el contrabando ha

sido cuadruplicado.

¿Pero es posible que para proteger á las carrocerías de México, carguen

como béstias los hombres de las fronteras y de las costas?

Un carro mexicano de cuatro ruedas costaria en Guaymas quinientos

ó seiscientos pesos, llegando destartalado y en mala posicion á su

destino: un carro importado de San Francisco puede costar doscientos

pesos. ¡Bestial sistema protector!

Ya vdes. han visto: maíz, jabon, velas, frijol, mantequilla, jarcia, de

todo nos surte el extranjero: la prohibicion ha hecho nacer una sola de

esas industrias que son genuinas del país. ¿La proteccion ha sido á la

industria ó al abandono y la pereza?

Lo singular es que esas prohibiciones son las que han creado la

poblacion del _Tucson_ en terreno americano; poblaciones nacientes,

pero vigorosas, que deben su existencia al contrabando: así se ha

logrado la despoblacion del país, la ruina del erario y el poder y

dominio en los mares del Sur del elemento americano.

De 98 buques que hicieron el tráfico entre San Francisco y nuestros

puertos, fueron:

Americanos 91

Mexicanos 2

Ingleses 1

Colombianos 2

Alemanes 1

Franceses 1

——

98

¿No parecen á vdes. muy elocuentes esas cifras?

—En materia de contrabando, dijo Decimal, como yo lo he visto hacer es

del modo siguiente.

El importador saca sus guías en San Francisco, en toda forma,

anunciando que unos artículos lleva para puertos mexicanos que

determina, y los otros para las otras Américas.

Ancla frente de la aduana, practican la visita y todo se encuentra en

órden: miéntras se verifica la descarga se hace el _conchavo_ de lo de

las otras Américas, _con quien se puede_, y así se verifica el negocio

sin riesgo y de un modo inevitable.

Véamos ahora á las exportaciones de México.

—Hombre, vdes. quieren que acabemos por dormirnos: ya vd. ve con la

obstinacion que huyo á las pláticas de M. Law, que quiere ajuararme la

cabeza con lo relativo á policía, municipio y otros primores, que yo de

muy buena voluntad dejo á la gente séria.

Cuatro palabras nada más. Vea vd. el estado y note los artículos más

importantes:

Cedro, piés 91,000

Cueros de res 12,073

Juguetes, cajas 72

Loza corriente, cajas 10

Orchilla, fardos 3,636

Perlas, cajas 4

Valor, 30,000 pesos.

Piedra mineral, sacos 2,435

Tabaco, bultos 3

Sal, toneladas 999

Hé ahí los artículos más importantes.

Las maderas dicen concesiones hechas, ó mejor dicho, abusos de

concesiones en que se ha extorsionado al erario.

Los cueros no constituyen un comercio: son accesorios de otro que no

tiene fijeza.

Los juguetes son pedidos aislados á Guadalajara, para la poblacion

mexicana de California, que gasta tambien chile, frijol y loza

corriente.

En este punto es muy notable lo que ocurre en nuestras dos fronteras.

Por la frontera del Norte se introduce loza de Aguascalientes: es comun

encontrarse en los desiertos, carros de alto toldo, á los que forman

orla en el arco exterior, ollitas, jarros, cantimploras y cazuelas; el

trayecto que tienen que atravesar es de más de cuatrocientas leguas, el

viaje dura meses enteros, el cargamento del carro se compra por quince

pesos ó veinte en el punto de la procedencia, y se realiza en ciento

veinte pesos, poco más ó ménos, en las Villas del Norte.

Como vd. ha visto, los artículos realmente importantes son la orchilla,

la perla y la piedra mineral.

Cuando vd. inició la exportacion, me dijo, se le vino el mundo encima,

se le inculpó de mal mexicano, y en los círculos de obreros se

escarneció su nombre y se ha borrado de su afecto.

La piedra se estaba en la playa como la basura.

Ahora la exportacion ocupa muchos brazos, se ha atraido poblacion á

lugares casi desiertos y se han levantado establecimientos alemanes de

importancia, ingresando muchos capitales al país....

Pero no entremos en honduras, porque los veo bostezando.

—A beber, dijimos todos, y que se levante la sesion de números.

—Don Guillermo, me dijo el _Negro_, véamos su cartera de vd.: siempre

en ella hay un versito fresco, de los forjados en el escalon de una

calle ó en un _simon_, miéntras está inmóvil en el Parque, ó miéntras

espera vd. al fantástico jorobado de la fonda, que le sirve el té por

las mañanas.

—Véamos la cartera.

—Aquí está.

Tomó la cartera el _Negro_ en sus manos.... la hojeó.....

—¿No lo dije? Aquí está acabadito de salir del cuño.... maldito lápiz

y diabólica letra. ¿Cómo dice aquí?

—_Un Encuentro_, leí yo.

—El título promete: carguemos las copas.

—Ya estamos listos.

—Lea vd.

—Pues allá va.

Repasé en medio del silencio los garabatos escritos, y despues leí lo

que sigue:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 51 / 106 题