Primeros rumores de partida.—Pájaros.—Viajes desde mi cuarto.—El
Monte Parnaso.—Romance de un soldado.
COMENZABASE á susurrar nuestra partida: nuestros compañeros la veian
y la deseaban; yo no cesaba en mi acopio de apuntaciones, preguntando
aquí, inquiriendo allá, y formando al fin tal guirigay de notas, que no
las he podido desenmarañar despues.
Una mañana entera pasé en un almacen de pájaros, de tan ricos plumajes,
de tan variadas formas y de cantos tan armoniosos, que pasé las horas
con positivo embeleso.
Tucanes con sus pechos airosos; guacamayas colosales ostentando
por trages el azul de los cielos y la púrpura; águilas audaces, de
férrea garra, ojos de llama y encorvados picos, y colibrís hermosos,
ostentando matices y reverberaciones de todas las piedras preciosas y
de todos los caprichos del íris.
La China, la Australia, las Islas de Sandwich, la América del Centro,
México y los mares, habian dado su contingente para la alabada
exposicion, y de todas partes del mundo tenian demanda los hechiceros
habitantes del aire.
Al presenciar mi sincera admiracion, me decia el general Vallejo que me
acompañaba:
—Es imperdonable en vd. marcha tan próxima: no puede vd., aunque
quiera, formarse ni dar idea de los tesoros que encierra este Estado.
No conoce vd. ese tendido Valle de Napa, compuesto de paisajes
deslumbradores, los pórticos de sus casitas blancas entre cortinajes de
enredaderas, en medio de las olas de oro de sus feraces trigales.
No se le ha mencionado á vd. siquiera á Calistoya, entre bosques
en cuyos árboles parecen dormir y reposarse las blancas nubes. Sus
manantiales son de aguas más calientes que las del Peñon de los Baños,
cerca de México.
No ha querido vd. honrar mi casa yendo á Sonoma, llamado por los indios
el Valle de la Luna, y cuyo pueblo lo habria representado la mitología
griega, coronado de pámpanos, con una copa de oro en la mano.
Sonoma es un valle risueño, salpicado de quintas como palacios,
dividido en alegres sementeras, ceñido de feraces campos en que pastan
los ganados más robustos y más bellos que se puede imaginar.
Santa Rosa es la capital del condado, y se persigue, que no se mira,
entre bosques intrincados de alisos, madroños y sándalo, formando
alfombra como un tapiz de oro los trigales, que como que inundan los
piés de los árboles y forman cambiantes de luz divina entre las sombras
y los rayos de sol que filtran por entre las hojas de los madroños y
de las lianas que se columpian en los aires.
Esos valles han llegado á producir de cuatro á cinco millones de
galones de vino, que se conoce con los nombres de Clarete, Tockay,
Susfaudel, etc., á más el riquísimo aguardiente, del que no he podido
hacer cálculo.
El cultivo del Valle de San José nació ayer: entre sus alegres casas
circundadas por barandales que limitan los jardines, crecen la uva y
el olivo y nos sorprenden galanos árboles con frutas semitropicales.
Cruzan los campos los ferrocarriles, y como si los rieles fueran surcos
que contuvieran hombres, la poblacion ha subido á 60,000 almas en ménos
de diez años.
San Leandro y Alameda cuentan 80,000 almas en igual período, y hasta
los lugares desiertos parecen preparados por génios invisibles para
esperar y enriquecer á la humanidad desheredada.
Del Valle de Yosemita no hablo á vd., porque hace poco ha visto
en mi compañía la descripcion del árbol monstruoso que tiene más
de quinientos piés de altura; es decir, los más altos árboles de
Chapultepec, no llegan á la tercera parte de la altura de ese gigante
inverosímil.
Puede vd. asegurar, sin ser desmentido, que se conserva en ese valle,
á raíz del suelo, el tronco de un árbol que es del tamaño de la parte
alta del zócalo de la Plaza de Armas de México.
Por cierto que los americanos que derribaron ese árbol, queriendo dar
idea de él á los pueblos del Este, usaron de un procedimiento que me
pareció ingenioso.
Ahuecaron el tronco, dividieron la corteza y la encajonaron; despues
la armaron y quedó un conjunto que daba idea perfecta del grueso del
árbol.
Santa Bárbara sorprenderia á vd. con sus minerales de azogue. En su
seno le halagarian las auras perfumadas de sus tierras calientes, y el
naranjo le brindaria sus frutos de oro, bajo las tendidas hojas de sus
exuberantes platanares.
En San Clemente hallaria minas de petróleo que compiten en riquezas
con las de plata, y por último, en San Diego, veria realizado todo un
Olimpo de deidades, porque es sacrilegio llamar mujeres á aquellas
hermosuras.
A propósito, voy á relatar á vd. el romance de un viejo soldado
presidial, que quiso dar idea del Monte Parnaso.
No se fije vd. ni en la rima ni en el giro del verso: es un romance
tosco y descuidado como los primitivos de nuestro idioma, pero que da
idea de aquellos hombres y de su manera de sentir. Oido á la copla: