Depósito de seguridad.—Telégrafo.—¡¡Fuego!!
EMPIEZA este capítulo con un prodigio: Northons, que es un loco frison
como una casa, y una casa ambulante, se quedaron en el tintero.... y ni
su luz.... si es gana, eso de los compromisos me asesina: ya hablaremos
del loco y de la casa.... Hablemos ahora del Depósito de Seguridad.
¡Suntuoso edificio! clamé entusiasmado un dia en la esquina de
Montgomery y California, al ver una fábrica que tiene en el primer piso
arquería de cristales de seis varas, diáfanos hasta dudar los ojos de
su existencia: cinco pisos, séries de arcos con molduras y columnas, y
una caprichosa torre con su aguja, que parece penetrar en las nubes.
—Magnífico es realmente y corresponde á su objeto, me dijo un amigo
que me acompañaba: este es el _Depósito de Seguridad_, de que acaso
habrá vd. oido hablar.
—Sí, señor, contesté, me han hecho grandes elogios de él: dicen que
este es el relicario que guarda el corazon de California.
—Ese es un chiste, replicó mi amigo; pero sí es cierto que este
depósito encierra grandes riquezas.
—¿A qué se reduce el depósito? pregunté yo.
—Se reduce, dijo mi amigo, á que una riquísima Compañía ofrece toda
especie de garantías para la seguridad de las escrituras, papeles,
secretos, alhajas, dinero y valores de cierta clase, y que esta es una
institucion de alta importancia en pueblos en que los incendios son
frecuentes y desastrosos; en que los extranjeros son muchos y pueden
hallar al momento de su arribo, seguridad para sus intereses, y en que
los ladrones están á la altura del progreso y de la audacia de estas
gentes. Ya habrá vd. sabido de una Compañía de ladrones ingleses, de
los que solo las herramientas valian más de cincuenta mil pesos.
—Y esas cajas de fierro que se pintan como una maravilla de seguridad
y que lo son en efecto......
—Lo serán tal vez en México.
—Y cómo que si lo son: antiguamente las barras de plata que se
enviaban del Mineral de Catorce para San Luis Potosí, iban en carros
custodiados por numerosa escolta, y á cada momento habia asaltos y
encuentros sangrientos.
Se supo un dia que la conducta de Catorce caminaba sin escolta alguna;
cantaron aleluya los ladrones, y fueron á cortar el paso al carro que
llevaba la plata. Llegan, le rodean, y la Sra. Plata venia muy oronda
en su caja de fierro.
Los ladrones, volvieron y revolvieron la caja, como un dado, le dieron
golpes y martillazos, y la burla fué completa: prendieron fuego para
derretirla, pero todo fué en vano: hasta con los dientes querian forzar
la caja: en estas y las otras, llegó la policía y los halló como á
canes que hubieran querido hacer banquete de bolas de billar. Hizo la
policía gran cosecha.
—Pues si hubiera vd. dejado la caja cerrada cerca de New-York, no
tarda vd. cinco minutos sin verla de par en par: así es que este
depósito disfruta, con sobrada justicia, del favor público. Venga vd.
conmigo, porque es digno de que lo examine vd. con detenimiento.
El frente del edificio ocupa 1,372 piés de la calle de Montgomery, y 68
de la de California. Lo ideó J. C. Duman y fué el arquitecto William
Potton, de merecida nombradía.
El cimiento del edificio está abierto con grandes obras que penetran
en las aguas del mar que llegan allí, y ligado al techo por medio de
fuertísimas barras de hierro.
Estábamos mi amigo y yo en la calle de Montgomery; me dejó un momento
para solicitar el correspondiente permiso, lo cual es obvio en toda
clase de establecimientos cuando se trata de extranjeros, y volvió
diciéndome que pasase.
Descendimos tres ó cuatro escalones, en que forma al edificio gruesa
muralla la misma calle, y nos hallamos en un amplio corredor, frente á
una extensa puerta formada de varas de hierro.
A los lados del corredor habia dos empleados en sus escritorios.
Abriónos la puerta un caballero, así deben llamarse á los dependientes
custodios, por la escrupulosidad de su eleccion y sus elevados
honorarios, y nos puso al frente de un edificio, encerrado en el
edificio en que estábamos, que todo me pareció de acero y bronce, y es,
en efecto, de un metal á prueba de fuego, que tiene esa apariencia.
El edificio interior figura por todas partes grandes puertas; entre
columnas, y de trecho en trecho, estatuas colosales de bronce y acero,
figurando guerreros con sus corazas, lanzas y atavíos de la edad média,
sobre sus pedestales de mármol.
El interior de ese edificio, incluso en el edificio exterior, se
comparte en calles angostas, pero regulares, formadas de paredes
compuestas de 4,600 huaricos ó cajones grandes y pequeños.
El techo, ó mejor dicho, la bóveda, es hecha de fajas fuertísimas de
acero, superpuestas y cerradas por planchas del mismo metal; el piso es
de bronce y acero.
El costo de esa parte del edificio fué de 207,000 pesos, y el valor
total del establecimiento es de dos millones de pesos.
Cada individuo de los abonados tiene á su disposicion una caja en que
guarda papeles, alhajas y dinero.
Posee una llave el inquilino, hecha por herrero especial, con tan
ingeniosas combinaciones, que no hay dos ni semejantes, dando el
artesano seguridades de todo género y completándose las guardas de la
chapa tan sagazmente, que no se ha dado caso de falsificacion.
Todo el edificio está á prueba de fuego, y lo que es más, á prueba de
_burglar proof_ (ladrones nocturnos), en donde están agotadas realmente
las previsiones de la malicia humana: hay en el interior de la chapa,
segun dicen, vidrios gruesísimos, que cuando se forza, se rompen en
astillas que frustran toda combinacion de violencia.
La bóveda se compone de treinta arcos de acero superpuestos, enlazados
y sostenidos por pilares, que solo ellos constituyen un admirable
monumento.
Los nichos ó huaricos son de distintas capacidades y se dividen en
clases de primera á cuarta clase, pagándose desde dos hasta veinte
pesos mensuales.
Ningun arrendatario puede penetrar solo á registrar su nicho; le
acompaña constantemente un empleado que para nada ve ni escudriña lo
que hace en la localidad que le pertenece.
Dia y noche arden lámparas en la pequeña ciudad de acero y bronce, y
rondan incesantemente de esos policías de fianzas y recomendaciones,
que son distinguidos caballeros.
Por último, hay un departamento para señoritas fuera del gabinete,
llamado _Bóveda de plata_, por ser de ese metal, que es una joya de
riqueza y esplendor.
Actas de nacimiento, contratos matrimoniales, disposiciones
testamentarias, escrituras, secretos los más íntimos de la vida del
hombre y la mujer, joyas de todo género, cuanto hay de más importante
para una sociedad en sus más recónditos misterios, todo lo contiene el
_Safe Depot_, que se calcula en muchos millones; y su presidente, M.
Eugene Casserly, lo mismo que el vice y secretario, M. M. Raymond y
Le Warne, han sabido dar cierta grandeza y seguridad á sus actos, que
inspiran la más completa confianza.
El transeunte; la obrera económica; el opulento banquero; el anciano
infeliz; el representante del que llega á la vida, y el que se dispone
para el viaje á la muerte, todos emprenden sus relaciones con el _Safe
Depot_, como si fuera confidente de todos los dolores, de todas las
esperanzas y consuelos.
Se dice que se ha apurado tanto el ingenio en materias de seguridad,
que la maquinaria del reloj colocado en la puerta, no permite que
se abra ésta sino á cierta hora de la mañana, y que en el lugar en
que está depositado el tesoro, se le forzara la doble puerta; por un
mecanismo, que se guarda con sigilo sagrado, se volverian á cerrar
las dos puertas, se verificaria un efecto neumático, y los ladrones
quedarian allí hechos momias para escarmiento de malvados.
La Compañía comenzó á funcionar en 1875, y cada dia disfruta mayor
crédito.
* * * * *
Otro de los establecimientos que me parecieron de utilidad suma para el
público y de excelente organizacion, es el _Telégrafo Americano_, del
distrito de San Francisco.
El objeto de la Compañía que se encuentra al frente de este negocio,
es comunicar, por medio de un aparato telegráfico sencillísimo, á toda
clase de personas con los puntos en que pueden encontrar satisfaccion
las necesidades que los aquejen.
En la oficina central, dispuesta por Mr. Jas. Gamble, existen tantos
nichos pequeños cuantos abonados tiene el telégrafo, con sus nombres y
sus registros correspondientes á los llamamientos convencionales de la
persona que se sirve de la Compañía.
Cada habitacion ó residencia de los abonados se relaciona con el
sistema nervioso, digámoslo así, de la accion central.
En las paredes de la casa, junto al mostrador del _bar-room_, á la
cabecera de la mujer enferma, se ve pendiente de un clavo una especie
de carátula de reloj, que tiene escrito en su círculo, bien marcado y
dividido:
[Illustration]
y los números 1, 2 y 3 para advertir que es primera, segunda, ó tercera
llamada.
En el centro de la carátula descrita, se ve una manecilla que se
hace girar sobre el letrero que corresponde al deseo que se quiere
manifestar: ésta oprime uno de los alambres que están en la cajita
que contiene la carátula, y la oficina central recibe el aviso y
corresponde al llamado.
La renta de la caja avisadora es de veinte reales al mes: al mensajero
se pagan quince centavos por el primer llamado, y precio convencional
por la comision que se le encarga ó el mandado que se quiere que haga.
A la policía nada se le paga porque acuda, lo mismo que á los
encargados de apagar incendios.
De esta suerte, los más infelices, en el último barrio de la ciudad,
están acompañados, asistidos por ese establecimiento poderoso, y parece
cosa de mágia ver aparecer en medio de una riña en una casa particular,
á la policía, ó acudir al médico, ó llegar un caballo listo para que
nos sirva cuando se acaba de hacer el llamamiento convencional, con
solo mover la manecilla mágica.
El telégrafo del distrito se estableció en 1875, y puede asegurarse
que no hay un diez por ciento de edificios que no hayan acudido á sus
beneficios, dispensándole toda clase de personas universal proteccion.
Despues de Mr. Gamblé, M. Greenwood, superintendente del telégrafo de
alarmas, es tambien superintendente de este telégrafo, con universal
aceptacion.
Hay otro servicio telegráfico, cuyas señales se ven en las montañas y
en las lomas, y sirve para dar aviso de los arribos de buques, que es
tambien de suma utilidad y disfruta del favor del público.
* * * * *
La generalidad de las construcciones de madera, su altura, su
aglomeracion y el número de personas y de intereses que encierran,
dan á los incendios importancia espantosa y colocan á los que los
combaten, en primera línea entre los bienhechores de aquella sociedad,
captándoles, con justicia, la estimacion universal.
La aureola espléndida que circundaba en otras edades al trovador y
al paladin; las seducciones que embellecian al caballero temerario
en las lides y diestro en los torneos, son nada comparados con el
prestigio del Bombero: cultiva el lirismo de la accion, vulgariza el
heroismo, prodiga su existencia en el torbellino de fuego y horror que
le circundan, y arranca á las llamas al anciano moribundo, á la jóven
desfallecida y al niño inocente, delicia de los autores de sus dias.
El amor, hasta el olvido de su propio sér; la audacia, hasta
confundirse con el delirio; la bondad, hasta no poderse distinguir de
la pasion; el sublime, hasta irradiar en los más leves accidentes de un
drama terrible.
Parece que aquellas naturalezas frias de aquellos adoradores del oro,
se conmueven y despiertan al sentimiento, en un instante dado; que
se funde la costra de hielo sobre los corazones y las fisonomías, y
aspiran con la llama, la plenitud de la vida, aquellos romancescos
hijos del peligro.
Las oficinas ó establecimientos para extinguir el fuego, en todos los
puntos de los Estados-Unidos, están montados con verdadera riqueza;
pero como el primero que yo veia era en San Francisco, atrajo mi
profunda admiracion.
La Brigada de Bomberos consta de 250 hombres, al mando de M. Rossell
White, de Boston.
Tiene á su servicio cincuenta caballos y las máquinas y útiles
correspondientes, que son una riqueza.
Devenga la Brigada anualmente cerca de trescientos mil pesos.
Los departamentos de Bomberos, en general, constan de tres secciones
principales.
En alto las habitaciones de los oficiales y dormitorio de los soldados
de guardia. En la parte baja, en contacto con la calle, las bombas,
escaleras y demás útiles para apagar el fuego, é inmediatamente atrás,
el establo y sus dependencias.
El dormitorio tiene sus camas correspondientes y su despertador
estrepitoso.
El vestido, el modo de ajustarlo con pequeños ganchos, se prestan tanto
á la celeridad, que el bombero está listo en ménos de dos segundos.
En el departamento en que se hallan las bombas, se ve el telégrafo y el
timbre de la alarma.
La bomba tiene ganchos, guarniciones, todo lo necesario á punto de
servir.
En el establo se encuentran constantemente enguarnecidos los caballos,
que son siempre escogidos y notables por su hermosura, su brío, y sobre
todo, por estar perfectamente enseñados y ser de rara inteligencia.
Al toque de alarma ó vibraciones rapidísimas del timbre á la vez, y
con una celeridad que permitiria ver todo lo que pasa con la luz de un
solo relámpago, los caballos cabecean y se desprenden por sí mismos
del pesebre, corren furiosos y se acomodan á la bomba, donde uno ó
dos movimientos los enganchan, miéntras se han vestido los bomberos y
están en sus puestos; una trampa del techo se abre, y por unos cables
descienden soldados y conductores, y parte la máquina al sonar el
mandato dictado con el timbre.
Los rapidísimos instantes en que esta revolucion se efectúa, están
los caballos con las orejas inquietas, los ojos despidiendo llamas,
inteligentes, indagadores, poseidos de su mision, parecen prevenirlo
todo y adelantarse á los deseos de los jefes y de los compañeros de
peligros.
Dáse la señal: desbocados materialmente los caballos, arrastran como
un torbellino las bombas, que corren, al clamoreo de sus campanas y
entre el tumulto, al lugar del peligro.
El edificio que se trata de salvar está envuelto en las llamas.... Unos
bomberos en escaleras altísimas, que recargan á las paredes, penetran
al lugar de la catástrofe; otros ajustan mangas á las ventanas para
salvar enfermos, niños y muebles; algunos, escalando por un cable ó una
asta, derriban techos y se hunden con ellos para incomunicar el fuego,
y entre los alaridos, las escenas de horror y las corrientes caidas y
crujidos de la llama, pasea el bombero su heroismo, y es como el génio
del bien y de la salvacion.
A veces el incendio cede á los esfuerzos de estos generosos custodios
de la ciudad, y entónces, con las ropas desgarradas y rastros del
incendio, polvosos, escurriendo agua, se organizan, se forman, y
vuelven cantando con entusiasmo su marcha favorita, que es como el
himno del bien y de la fraternidad triunfante.
Los niños siguen á los bomberos, las jóvenes aplauden y los saludan,
agitando sus pañuelos, y los hombres se descubren conmovidos y
orgullosos en presencia de aquel espectáculo lleno de grandeza.