Puerto del Manzanillo.]

En el Manzanillo, y asistidos por Fermina y su consorte, duramos cuatro

dias, hasta que el dia 17 las señales del _Cerro del Fraile_ nos

anunciaron la llegada del vapor que debia conducirnos para Mazatlan.

El vapor “Granada” en que nos embarcamos es hermoso, y se distingue

entre los palacios flotantes, que con el nombre de vapores, atraviesan

las aguas del Pacífico.

Sobresale del seno de las aguas el casco inmenso del buque, que apénas

cabria en una de las calles que llamamos cabeceras, teniendo mayor

altura.

Dos fajas de balaustrados lo ciñen exteriormente, formando corredores,

y la superior que es, digámoslo así, la cubierta ó azotea del barco.

En los corredores se ven las puertecitas de los cuartitos ó camarotes.

En el interior, por pisos que comunican régias escaleras, están el

amplísimo corredor con sus lámparas, alfombras y muebles riquísimos, y

en el piso superior, cuyo techo es la cubierta, hay un salon espléndido

con espejos y sofaes riquísimos, mesas y sillones y un soberbio piano

que suele ser solaz y contento de la tripulacion, cuando el dios de las

aguas echa una cana al aire.

Sobre la cubierta está la elegante estancia del capitan, contigua á un

precioso gabinete destinado á los fumadores.

Sombrea la cubierta tendida lona, bajo la que están colocados cómodos

asientos de bejuco, ocupados dia y noche por los que se recrean con el

espectáculo siempre nuevo y sorprendente del mar.

El “Granada” mide 2,500 toneladas y está al mando de un excelente

marino, que es además cumplido caballero.

Luego que hicimos nuestros arreglos de instalacion, pasé revista á mis

compañeros de viaje.

Eran _ladys_ deliciosas, entre las que abundaban personas de esmerada

educacion; habia una Sussy dulce y melancólica como la estrella de

Occidente cuando brilla solitaria sobre las montañas de mi patria; una

Emma poética como una pasionaria viéndose en las aguas del dormido

lago; una Katty bulliciosa y sensual como una inspiracion maliciosa de

Lecoq, y una Lora sentimental como una melodía de Shubert.

Por supuesto no faltaba una literata que iba en pos de impresiones á la

California, ni una buena esposa que corría tras del marido escurridizo,

ni una víctima que iba á gestionar su divorcio de una especie de tigre

feroz que habia marchitado en flor su juventud.

Habia viajeros pacíficos de distinguida clase y que viajaban en el

estricto órden constitucional.

En este número se contaba un acreditado doctor homeópata y su linda

esposa. Esta señora es andaluza, y á pesar de su circunspeccion y de su

estado, derrama la sal de Jesus por todos los cuatro costados.

El servicio del buque se hacia á nuestra llegada con rigorosa

puntualidad, y el capitan, que es un cronómetro de cachucha azul, no

permitia se relajase en lo más leve la disciplina.

La servidumbre era toda de chinos. No dejó de excitar nuestra

curiosidad el conocimiento con estos bípedos que están metiendo tanto

ruido.

El chino no es un hombre, es un ejemplar de una obra inmensa; los

chinos son como alfabetos de imprenta; el que conoce una _b_

minúscula, conoce todas las _b b_. El chino se produce por moldes, sus

poblaciones son como paquetes de alfileres.

Cabeza obtusa con el pelo alisado y dos grandes trenzas que rematan en

listones negros, y le dan en la parte posterior de los muslos, tez de

amarillo deslavazado, ojos oblícuos, nariz chata, boca grande....

Una especie de solideo sobre el occipucio, una muy holgada y luenga

blusa hasta abajo de la rodilla; la blusa azul ó negra de seda ó lienzo

de algodon; calzones anchísimos, azules ó negros; medias blancas como

la nieve, y un calzado que tiene mucho de la _chalupa_, con las puntas

agudas vueltas hácia arriba, y una suela gruesa de tres dedos en el

centro, dada de blanco como correaje de tropa. _Ese_ son los chinos, y

esos chinos componian la servidumbre del buque.

La parte masculina eran negociantes ó viajeros retraidos, aventureros

alegres y buenos bebedores, y la colonia mexicana en perpétuo

movimiento por todos los vericuetos de la embarcacion, las pocas horas

que no hicieron amistades extrañas.

Pocos de nuestros compañeros, y por desgracia los más graves, sabian

inglés, y tambien por desgracia, pocos viajeros, esencialmente

viajeras, conocian el español.

A Ramon Alcalde quedó reservada la gloria de dar vida y comunicar

cohesion á aquellas almas huérfanas que se consumian de fastidio.

Acercóse en la noche como distraido al piano, alzó su tapa, preludió

algunas quejosas melodías; pero tan silenciosas, por expresarme así,

tan ténues, que parecia que hablaba á solas el piano.... en medio de

aquellos rumores tímidos oiamos abrir las puertas de los camarotes,

tambien con mucha precaucion. El músico requiere auditorio, se rinde á

la alucinacion de la gloria.

Las teclas, al fin, dejaron piar, con coquetería indecible, la

Paloma.... esa Paloma comprometedora é insurgente, que no puede

escuchar con calma ningun ente de razon.

Aletea, se sacude y estallan los requiebros abrasadores de la cancion

habanera. Los mexicanos, como movidos por un resorte, cercaron el

piano y ensayaron el canto: de repente, surge vibrante y sonora una

voz ejercitada, dulcísima, llena de aquel jaleo y aquellas cosquillas

que nos sacan de quicio; era la esposa del doctor, que dejándolo

con tantos ojos abiertos, siguió las notas, se envolvió en ellas, y

se pronunció por México.... bendita sea su boca!.... las risas, las

palmadas, el entusiasmo, se parecian al delirio.... Las _ladys_ estaban

á las puertas de sus camarotes.... retiradas, pero no esquivas; á la

Paloma siguióse el _Té_ y el _Tá_; habia un D. Juanito, aleman, de

voz privilegiada, que regaba con excelente champaña sin cesar, que

acometió el _Té_ y el _Tá_, que siguió á la Paloma con desusado brío,

sin interrumpir los compases, al brindarnos con su champaña.... las

_ladys_ se acercaron al piano.... amables, pero no comunicativas....

Alcalde, superándose á sí mismo, dejó caer entre una tempestad de notas

incendiarias nuestro himno nacional.... hubo entonces explosiones de

entusiasmo frenético.... los ojos brillaban con lágrimas, las manos

redoblaban los palmoteos, alguno se pasó la mano sobre la frente por

sentir como cosquillas; era el tacto de las plumas de los sombrerillos

de las _ladys_, que se inclinaban tambien sobre el piano.... Era

necesario no tener pizca de vergüenza, para no estar hecho una

aleluya....

Al dia siguiente, todos aprendiamos inglés, y las _ladys_ balbutian

palabras españolas que era un contento. La desciplina del buque sufrió

un golpe contuso. Uno de los empleados me decia: _como estás alborota

los mecsicanos_.

La cosa fué tal, que nadie paró mientes en que el sol caduco que

llamamos luna, tenia una glorificacion sublime en el desierto inmenso

de las aguas.

La navegacion del Manzanillo á Mazatlan se hace casi sin perder de

vista las costas, y las nuestras en esa parte del mar Pacífico, si

bien desiertas, tienen belleza extremada, por la verdura de los campos

cercanos y por las caprichosas montañas que las animan y les quitan su

monotonía.

Aunque muchas veces, léjos de disminuirse los peligros con la

proximidad de las costas se aumentan, hay algo de arrimo con ver la

tierra; se nos figura que en un siniestro viene en nuestro auxilio;

sobre todo, la idea de un pronto y feliz término del viaje, envolvia

las largas horas de fastidio en las distracciones de las sorpresas de

los que por primera vez se embarcan.

La curiosidad de ver una ballena tenia preocupados á varios de los

compañeros, desde el Manzanillo. Al dia siguiente de nuestro embarque,

y cruzando las inquietas aguas de Cabo Corrientes, álguien vió aparecer

y desaparecer el monstruo, como un relámpago.

Agolpámonos sobre cubierta, los conocedores rastreaban con curiosidad

el rumbo; al fin vimos salir de entre las aguas una cabeza enorme,

boluda, unida á un cuello largo, muy largo y angosto, que como que se

balanceaba, dependiente de una masa negruzca que se sumergia en las

aguas.

Como la navegacion en último término es el abandono de la personalidad;

como el ócio es una llama solapada que consume los jugos del espíritu;

como la espectativa del acaso, luego que se prolonga produce la

indolencia, que es una especie de catalepsia para el alma, cualquier

accidente cobra desusada importancia en el mar.

La rama vagamunda que se balancea sin rumbo en las olas, la gaviota que

sigue al barco para merodear sus desechos y nosotros la creemos cortejo

cariñoso, el pájaro perdido en el rastro de humo que deja el vapor, y

forma como hileras de árboles y cimas de montañas en el vacío, todo nos

despierta, nos interesa, lo encadenamos al mundo que hemos dejado, lo

atesoramos, como atesora el pájaro los granos de la planta, y todo lo

convierte en reliquia nuestro apartamiento de la madre tierra.

Se agobia con preguntas á los viejos marinos y á los navegantes

aguerridos, que por su parte se hacen los menesterosos y dan valía á

sus conocimientos, viendo con cierta piedad á los neófitos.

—Ya verá vd., me decia uno de esos marinos viejos, poseido del

provincialismo de las aguas; ya verá vd. si admite comparacion aquel

mar encallejonado y mezquino de Veracruz, con este mar que es un señor

mar.

En aquel mar se revuelven las olas como las nueces en un talego; aquí,

no señor, parece que se arrancan del confin del cielo y vienen inmensas

y se elevan poderosas y se rompen á los piés de vd., que ve como

despedazarse un universo de cristales.

Vea vd. qué costas inmensas y desiertas con acceso por todas partes....

dígame si con dos buquecillos como cáscaras de coco y cuatro gatos

de resguardo se podrá evitar el contrabando. ¡Y qué costas! Vd. no

puede calcular, aunque quiera, la inmensa riqueza de ese _Valle de

Banderas_ que tenemos al frente y el partido que podria sacarse para la

exportacion. Solo en maderas posee tesoros que no se pueden ni valuar;

tiene vd. ébano en abundancia, _Primavera_, que es la codicia de los

artistas, linaloé aromático, moral, huayacan y otros muchos árboles

preciosos. Pero desde aquí hasta Compostela, donde vamos á llegar, el

tabaco crece casi espontáneo, y bastaria un ligero cultivo para hacer

de ese ramo un venero inagotable de riqueza.

¡Oh y qué atencion tan especial merecen los puertos del Pacífico!

Sin los puertos de depósito en estas costas, sin las franquicias

arancelarias, se perderán para siempre; no se canse vd.; la

desmembracion del territorio, los compromisos de la independencia, no

los procuran los yankees; los agentes de esa perdicion están en México,

en las aduanas interiores, en las levas, en la bestial proteccion á

la industria, que no puede tener otra más eficaz que la libertad y la

seguridad.

Aquella rinconada que se ve desde aquí, es Ipala.

—Sí, señor, es el puentecillo en que han hecho tantos su fortuna.... á

poco distinguimos á San Blas, encapotado sesgo entre las rocas, como si

quisiera sustraerse á toda vigilancia. El clima dicen que es pésimo.

—Así, así; al que perdona la fiebre, le matan las calenturas, y al

que no la disenteria; al sol se tuesta el cristiano, y á la sombra se

encargan de la tarea de devorarlo los mosquitos y otros bichos.

Cuentan de un paisano que quiso venir á instalarse en ese puerto y paró

en la casa de un andaluz su amigo. A las veinticuatro horas de estar

en San Blas, ya ardia su alma y alzaba el grito al cielo. Quejóse con

el andaluz; éste, sin chistar palabra, le tomó por la mano y le llevó

al templo: le colocó frente á Señor San Blas, patrono de la ciudad; el

santo está muy fresco, con su monterilla puntiaguda, su aire resuelto

como el de un majo, el brazo tendido y en alto dos dedos de la derecha

mano.

—¿Ve vd. ese caballero? dijo el andaluz á su amigo.

—Lo veo, ¿y eso qué me importa?

—¿Sabe vd. lo que quieren decir esos dos dedos?

—No, señor.

—Pues quieren decir.... ó aguantarse, ó largarse.

—Vdes. ven que el santo no se anda con chiquillas ni con escrúpulos de

monja.

Poco despues de amanecer el 19, y en la mañana más alegre y fresca que

puede darse, nos encontrábamos frente á Mazatlan.

Mazatlan se percibe á poco más de dos millas, le forma el mar una

herradura inversa á la bahía que cierran enormes peñas, que dan idea

como de que el mar corre entre ruinas á estrecharse con la alegre

ciudad.

Las casitas blancas del puerto parece que bajan en tropel de la colina,

atravesando arboledas, trepando sobre las rocas, corriendo por la playa

en tumulto, llevando en alto astas, torres y banderas que flotan en los

aires.

En la bahía percibimos una que otra nave; pero en cambio, multitud de

botes cayucos y embarcaciones pequeñas, ya tendiendo sus velas, ya

abriendo y cerrando en afanosa marcha sus remos, como las largas patas

de animales acuáticos.

Dirigiéronse al vapor, como parvada de aves, algunos botes oficiales,

otros rodearon el buque como hormigas un terron de azúcar....

Como he dicho, contábamos con hacer pié en Mazatlan; pero los hados lo

dispusieron de otra manera, y de un modo inesperado, instantáneo, nos

encontramos con que debiamos seguir á California. El cambio era súbito

y la cuestion de presupuesto, entre otras, se nos presentó con toda su

tremebunda deformidad.

Antes de partir, visitaron nuestra embarcacion los Sres. Kelly,

Ferreira y otros nobles caballeros que nos hicieron generosas ofertas

y se apresuraron á aliviar la suerte de los compañeros, que no por no

aceptar sus favores dejaron de reconocerlos en lo más íntimo de sus

corazones.

Yo recibí especiales atenciones de mis amigos Joaquin Redo y su esposa,

honra y decoro de las matronas de mi patria; á esas personas quiero

consignar este recuerdo de tierna gratitud.

En Mazatlan se verificó la desmembracion completa de la familia

embarcada en el Manzanillo; hombres heróicos, corazones nobles,

caballeros sacrificados á la idea del deber, caian como náufragos en

una playa que pudieran llamar extraña, sin recursos, sin arrimo, sin

otra espectativa que la de la persecucion y la miseria, y sin haber

salvado otra cosa que la dignidad del hombre y las inspiraciones de la

conciencia.

Vuelta la proa á San Francisco, alzadas las áncoras, viendo perderse

en el horizonte las alturas de Mazatlan, como se extinguen las luces

de un festin nocturno, se abatió sobre nuestras frentes la tristeza y

seguimos al destino, oyendo el resoplar del vapor y sintiendo cimbrar

bajo nuestras plantas el costillar del buque que cortaba impetuoso las

olas.

La noche fué sombría; á deshora, D. Juanito, que se paseaba haciendo

X por el salon, sin duda por el recio movimiento del buque, entonó

una melodía de Shubert, acompañándose con el piano, tan tierna, tan

hondamente sentida, que me pareció que habian encontrado acento todas

las dolorosas amarguras, que hechas lágrimas estaban al desbordarse de

mis ojos.

Llegó el momento de hacer formal conocimiento con la cocina americana.

Anúncianse las comidas con un instrumento especial que hace las veces

de campana. Este instrumento es un disco de hoja de lata más grande,

pero de la figura de un _comal_; á este disco, se golpea con un bolillo

dejándolo resbalar vibrante, lo que produce estrepitosas notas; mejor

dicho, una algarabía de ruidos encerrados en un solo ruido, de venirse

el mundo abajo. Ese escándalo de hoja de lata, se llama _gongo_.

Un chino lo suspende por uno de sus lados, tomando por punto de partida

la cocina, empuña el bolillo y echa á correr por todo el buque,

subiendo y bajando escaleras y armando una algazara verdaderamente

infernal.

La gula tiene culto especial en un buque; se toma té, se toma _lonche_,

se come, se cena, se vuelve á tomar té y las quijadas pueden resolver

el movimiento perpétuo con poquísimo esfuerzo.

La mesa está cubierta de platos y escudillas pequeñas con manjares, si

es que tan lisonjero nombre puede darse á esas confecciones inventadas

expresamente para martirio y sonrojo de los estómagos.

Maíces fresquecitos acabados de llegar de la milpa y á medio cocer,

nadando en leche, con trozos de huevo empedernido, jitomates crudos

que fungen, bien como frutas, bien como materia prima para ensalada,

ramas colosales de ápio, erguidas sobre picheles y jarrones, tortillas

de huevo que rociadas con melaza sirven de dulce, mantequilla que

se mezcla indistintamente á las frutas, á las conservas y á las más

repugnantes grasas, y unos pasteles de intestinos de calabaza mezclados

con ruibarbo, capaces de resucitar á un muerto si se le pasa por la

nariz.

Pero este es solo el pretexto; la verdadera confeccion de los manjares

reside en el _convoy_, ó lo que se llama las angarillas ó aceiteras y

sus adminículos.

Todos los cáusticos, todos los tósigos, todos los similares del

aguarrás, del álcali y del petróleo, están encerrados en botellitas que

hacen temblar las carnes, con los nombres de salsas, pikles, pimientas,

polvos y sazones.

Llega el manjar, y caldo ó carne todo es uno, llueven polvos, vinagres,

melazas, el caos de los sabores, la Babel de los tósigos; aquello se

devora y su hervor se apaga con cerveza ó se inunda en agua, varias

veces nauseabunda....

La mesa era, pues, la béstia negra para mis compañeros y para mí; pero

pasadas sus embestidas, renacia el buen humor y se trataba de comunicar

variedad al triste encierro que nos sujetaba.

El piano levantaba los ánimos, el aprendizaje del idioma estrechaba

los vínculos, y la amabilidad mexicana hizo tales conquistas, que á

poco tiempo los chinos ensayaban dancitas, los empleados tarareaban

el _sombrero ancho_, el servicio se relajaba y el capitan se tiraba

las barbas al ver que la _fiebre mecsicana_ hubiese invadido su ántes

silenciosa y austera mansion.

Un pasajero de la Baja California, ancho de espaldas, resuelto de

mirada, pero de finas maneras, me sorprendió en la tarde dirigiendo

piropos á las nubes, extasiado con el espectáculo magnífico de la caida

del sol (ya es conocida de mis amigos mi manía de declamar mis versos

al improvisarlos, manía que me ha valido algunos chascos).

El cuadro que yo tenia delante de los ojos era de una grandiosidad

inexplicable.

Moles inmensas de nubes veíanse tendidas y como superpuestas en la

dilatada extension del horizonte; sobre aquella gradería aérea se

condensaban grupos de nubes formando árboles, arcos, pirámides,

cabezas de monstruos con garras y alas, caballos, columnas, ancianos

de profusa barba y dragones gigantescos: de las extremidades de ese

horizonte amplísimo colgaban cortinajes caudalosos de púrpura, que se

revolvian ó se derramaban sobre las gradas: el sol, primero apareció

como en el centro de un pórtico fantástico y fué descendiendo tras

la gradería, trasparentándola, tiñéndola de escarlata, bordando de

oro los cortinajes, circuyendo de ráfagas, árboles, arcos y columnas,

dejando como en la sombra, rocas, ancianos y monstruos; descendió más

y el globo inmenso de fuego tornó en raudalosas cataratas de llama las

gradas, apareciendo el astro rey ahogándose en el infinito de luz que

reproducian las aguas como incendiándose, en tanto que vislumbraba la

luna en Oriente como inundada en lágrimas al presenciar la agonía de

su hijo, el padre del dia.... El cuadro, aunque desnaturalizado por

mi pluma, era magnífico, la tripulacion entera asistia á él, ébria de

deliciosa admiracion. Yo estaba aislado, y como digo, declamando no sé

cuantos disparates.... sentí á mi espalda un ruido y era el pasajero

que me decia:

—Continúe vd., señor.... continúe vd., yo rezaba tambien como vd.

El pasajero es amigo del Sr. Pedrines, vecino de la Baja California,

con quien por tal motivo contraje relacion.

—Allí tiene vd. mi casa, esa es la Baja California, yo poseo

unos ranchos cerca de San José. Cierto es, continuó, que la Baja

California no tiene los tesoros que la Alta; pero es opulentísima,

son innumerables los ganados que sustenta, de sus minas tienen vdes.

noticias bastante exactas por los escritos de los Sres. Esteva y

Castillo, el comercio de la orchilla podria hacerse fecundísimo, la

pesca de la ballena es ramo que ha producido cuantiosas ganancias y no

tengo noticia de que se haga la pesca de la perla, que produce cuarenta

y cincuenta mil pesos anuales, en mejores condiciones que aquí.

Sobre todo, hay islas no explotadas que encierran inmensas riquezas.

¿Vd. no tiene conocimiento del proyecto del Sr. D. Guillermo Andrade

para enlazar por medio de comunicaciones rápidas, Guaymas, es decir,

Sonora, la Baja California y San Francisco ó mejor dicho, para

comunicar varios pueblos por el Golfo de Cortés?

—No, señor; pero debe ser de importancia, porque el Sr. Andrade es

hombre calculador y audaz para los negocios.

—No sé los pormenores del Proyecto, aunque anda impreso en varias

manos; pero sé que se reduce á pedir subvencion para las comunicaciones

frecuentes entre esos puntos que á vd. digo, por medio de vapores que

conduzcan pasajeros, carga y correspondencia.

Como complemento del Proyecto se pide la habilitacion como puerto de

altura al de la Libertad, hoy solo de cabotaje, y el de San Felipe en

la Baja California, cercano á los valles de la Trinidad, Santa Catarina

y los placeres de oro que ahora se tienen que surtir de San Diego, con

perjuicio de los intereses nacionales.

—De solo harina, continuó uno de los que estaban cerca de mi amigo, se

consumirian más de 50,000 pesos al año. La harina de California, puesta

en San Rafael, cuesta de cuatro á cinco pesos quintal, ó sean de doce á

quince pesos carga; abierto el puerto de San Felipe, tendriamos carga

de harina del Altar, por ocho pesos.

Lo propio que digo de la harina podria decirse del azúcar, manteca,

jabon, tabaco, aguardiente, sal, maíz, frijol y otros artículos.

—Tiene vd. razon; yo he oido decir que artículos nacionales, como

panocha, mezcal, sombreros, sillas de montar, zarapes, etc., tienen

primero que ir á San Francisco, donde pagan derechos, y despues venirse

á vender á la Baja California.

Esa tendencia á unirse una parte de Sonora en intereses con San

Francisco, depende de las pésimas disposiciones fiscales, y el gobierno

protegeria con solo no oprimir al trabajo.

Medio de oro hubiese yo dado á mis _vencedores_ los proteccionistas

de México, porque hubieran aprovechado las lecciones sábias del Sr.

Pedrines, á quien apedrearian sin duda los capataces de nuestros buenos

y crédulos artesanos.

En estas conversaciones íbamos al frente del Cabo de San Lúcas: allí,

en una humilde barca de pescadores, resuelto, y sin arrimo ni otra

proteccion que la del cielo, ganó la playa nuestro caballeroso y leal

compañero Antonio Gomez, que se separó de nosotros siguiendo la ruta

que le marcó su sino.

La sencilla y majestuosa celebracion del domingo me conmovió

profundamente.

Sin antecedente el más ligero, uno de aquellos caballeros, que en nada

se diferenciaba de los demás, fué resultando sacerdote. Por supuesto

que jamás le ví al lado de sobrinitas cariñosas de parecido perfecto

del siervo del Señor; nunca le escoltaba un creyente de fisonomía

humilde y estúpida; nunca manifestó esa superioridad del que por

creerse en relaciones con el cielo, puede hacer de la tierra cera y

pábilo.

El comedor se adicionó con una mesa cubierta con la bandera americana,

y sobre la mesa un libro.

Detrás de la mesa estaba el sacerdote: en las bancas, y al rededor de

las mesas se sentaron los creyentes; niñas primorosamente vestidas,

señoritas adornadas con elegancia extraña, jóvenes y caballeros entre

quienes reinaba el silencio y la compostura.

Nada más sencillo que aquel cuadro; pero el recogimiento, la seriedad

y el espíritu religioso preponderante, convirtieron en augusto templo

aquel departamento del buque y dieron solemnidad al que á primera vista

parecia trivial espectáculo.

En determinado momento, el sacerdote inició, y los circunstantes

formaron coros tan acordes, tan llenos de majestad, que me encantaron;

y cuando por las ventanillas del buque distinguia el hervor de las olas

de oro que cortaba la proa, y cuando en los intervalos del canto se oia

el respirar esforzado de la máquina titánica, domadora de las aguas: en

algo de vago y de infinito, tendia sus alas el espíritu, sintiéndose

como enaltecido y purificado por la manifestacion del Hacedor Supremo

en aquel desierto, en que como algas leves flotaban nuestras vidas en

la inmensidad del Océano.

Despues de los coros, pusiéronse los circunstantes en pié y el

sacerdote hizo una invocacion sublime, que conmovió profundamente.

Terminada la ceremonia, unas damas pasearon sobre cubierta, otras se

refugiaron al salon, y yo, acurrucado en mi camarote, de pié y haciendo

que una tablilla puesta sobre el colchon fungiese de mesa, improvisé

los siguientes versos:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 11 / 106 题