Dejemos a estos caballeros en su figón almorzando y descansando, que sin
dineros pedían las pajaritas que andaban volando por el aire[238] y al
fénix empanado[239], y volvamos a nuestro astrólogo regoldano[240] y
nigromante enjerto, que se había vestido con algún cuidado de haber
sentido pasos en el desván la noche antes, y, subiendo a él, halló las
ruinas que había dejado su familiar en los pedazos de la redoma, y
mojados sus papeles, y el tal Espíritu ausente; y viendo el estrago y la
falta de su Demoñuelo, comenzó a mesarse las barbas y los cabellos, y a
romper sus vestiduras[241], como rey a lo antiguo. Y estando haciendo
semejantes estremos y lamentaciones, entró un diablejo zurdo, mozo de
retrete de Satanás, diciendo que Satanás su señor le besaba las
manos[242]; que había sentido la bellaquería que había usado el Cojuelo;
que él trataría de que se castigase, y que entre tanto se quedase él
sirviéndole en su lugar. Agradeció mucho el cuidado el Astrólogo y
encerró el tal espíritu en una sortija de un topacio grande, que traía
en un dedo, que antes había sido de un médico, con que a todos cuantos
había tomado el pulso había muerto. Y en el infierno se juntaron entre
tanto, en sala plena, los más graves jueces de aquel distrito, y
haciendo notorio a todos el delito del tal Cojuelo, mandaron despachar
requisitoria para que le prendiesen en cualquier parte que le hallasen,
y se le dió esta comisión[243] a Cienllamas, demonio comisionario que
había dado muy buena cuenta de otras que le habían encargado, y
llevándose consigo por corchetes a Chispa y a Redina, demonios a la
veinte[244], y subiéndose en la mula de Liñán[245], salió del infierno
con vara alta[246] de justicia en busca del dicho delincuente.
En este tiempo, sobre la paga de lo que habían almorzado habían tenido
una pesadumbre el revoltoso Diablillo y don Cleofás con el Figón[247],
en que intervinieron asadores y torteras, porque lo que es del diablo,
el diablo se lo ha de llevar, y acudiendo la justicia al alboroto, se
salieron por una ventana, y cuando el alguacil de Corte con la gente que
llevaba pensaba cogellos, estaban ya de esotra parte de Getafe, en
demanda de Toledo, y dentro de un minuto, en las ventillas de Torrejón,
y en un cerrar de ojos, a vista de la puerta de Visagra, dejando la real
fábrica del hospital de afuera a la derecha mano; y volviéndose el
Estudiante al camarada, le dijo:
--Lindos atajos sabes: malhaya quien no caminara contigo todo el mundo,
mejor que con el Infante don Pedro de Portugal, el que anduvo las
siete[248] partidas dél.
--Somos gente de buena maña--respondió el Cojuelo.
Y cuando estaban hablando en esto, llegaban al barrio que llaman de la
Sangre de Cristo y al mesón de la Sevillana[249], que es el mejor de
aquella ciudad. El Diablo Cojuelo le dijo al Estudiante:
--Ésta es muy buena posada para pasar esta noche y para descansar de la
pasada; éntrate dentro y pide un aposento y que te aderecen de cenar;
que a mí me importa llegarme esta noche a Constantinopla a alborotar el
serrallo del Gran Turco y hacer degollar doce o trece hermanos que
tiene, por miedo de que no conspiren[250] a la Corona, y volverme de
camino por los Cantones de los esguízaros[251] y por Ginebra a otras
diligencias deste modo, por sobornar con algunos servicios a mi amo,
que debe de estar muy indignado contra mí por la travesura pasada; que
yo estaré contigo antes que den las siete de la mañana.
Y, diciendo y haciendo, se metió por esos aires como por una viña
vendimiada, meando la pajuela[252] a todo pajarote y ciudadano de la
región etérea, a fuer de los de la jerigonza crítica[253], y don
Cleofás se entró a tomar posada, que, aunque estaba llena de muchos
pasajeros que habían venido con los galeones y pasaban a la Corte, con
todo, al güésped nuevo hicieron cortesía, porque la persona de don
Cleofás traía consigo cartas de recomendación[254], como dicen los
cortesanos antiguos.
Convidáronle a cenar unos caballeros soldados aquella noche,
preguntándole nuevas de Madrid, y después de haber cumplido con la
celebridad de los brindis por el Rey (Dios le guarde), por sus damas y
sus amigos[255], y haber dado las aceitunas[256] con los palillos carta
de pago de la cena, se fué cada uno a recoger a su aposento, porque
habían de tomar la madrugada para llegar con tiempo a Madrid, y don
Cleofás hizo lo mismo en el que le señaló el Güésped, sintiendo la
soledad[257] del compañero en algún modo, porque le traía tan
entretenido; y haciendo varios discursos sobre el almohada, se quedó
como un pajarito[258], jurando al silencio de las sombras, como lo demás
del mundo, el mesón de la Sevillana el natural vasallaje con el sueño,
que solas [las][259] grullas, los murciélagos y lechuzas estaban de
posta a su cuerpo de guardia, cuando a las dos de la noche unas
temerosas voces repetían: «¡Fuego, fuego!» despertaron a los dormidos
pasajeros, con el sobresalto y asombro que suele causar cualquier
alboroto a los que están durmiendo, y más oyendo apellidar «¡fuego!»,
voz que con más terror atemoriza los ánimos más constantes, rodando unos
las escaleras por bajar más apriesa, otros, saltando por las ventanas
que caían al patio de la posada, otros que, por las pulgas u temor de
las chinches, dormían en cueros, como vinagre, hechos Adanes del
baratillo[260], poniendo las manos donde habían de estar las hojas de
higuera, siguiendo a los demás, y acompañándolos don Cleofás, con los
calzones revueltos al brazo y una alfajía que, por no encontrar la
espada, halló acaso en su aposento, como si en los incendios y fantasmas
importase andar a palos ni a cuchilladas, natural socorro del miedo en
las repentinas invasiones.
Salió, en esto, el Güésped en camisa, los pies en unas empanadas de
Frenegal[261], cinchado con una faja de grana de polvo[262] el estómago,
y un candil de garabato en la mano, diciendo que se sosegasen; que aquel
ruido no era de cuidado; que se volviesen a sus camas, que él pondría
remedio en ello. Apretóle don Cleofás, como más amigo de saber, le
dijese la causa de aquel alboroto; que no se había de volver a acostar
sin descifrar aquel misterio. El Güésped le dijo muy severo[263] que era
un estudiante de Madrid, que había dos u tres meses que entró a posar en
su casa, y que era poeta de los que hacen comedias, y que había escrito
dos, que se las habían chillado en Toledo y apedreado como viñas[264], y
que estaba acabando de escribir la comedia de _Troya abrasada_, y que
sin duda debía de haber llegado al paso del incendio, y se convertía
tanto en lo que escribía, que habría dado aquellas voces; que por otras
experiencias pasadas sacaba él que aquello era verdad infalible como él
decía; que para confirmallo subiesen con él a su aposento y hallarían
verdadero este discurso.
Siguieron al Güésped todos de la suerte que estaban, y entrando en el
aposento del tal Poeta, le hallaron tendido en el suelo, despedazada la
media sotanilla, revolcado en papeles y echando espumarajos por la boca,
y pronunciando con mucho desmayo: «¡Fuego, fuego!», que casi no podía
echar la habla, porque se le había metido monja. Llegaron a él muertos
de risa y llenos de piedad todos, diciéndole:
--Señor Licenciado, vuelva en sí y mire si quiere beber o comer algo
para este desmayo.
Entonces el Poeta, levantando como pudo la cabeza, dijo:
--Si es Eneas y Anquises, con los Penates y el amado Ascanio, ¿qué
aguardáis aquí, que está ya el Ilión hecho cenizas, y Príamo, Paris y
Policena, Hécuba y Andrómaca han dado el fatal tributo a la muerte, y a
Elena, causa de tanto daño, llevan su presa Menalao[265] y Agamenón? Y
lo peor es que los mirmidones se han apoderado del tesoro troyano.
--Vuelva a su juicio--dijo el Gúesped--; que aquí no hay almidones ni
toda esa tropelía de disparates que ha referido, y mucho mejor fuera
llevalle a casa del Nuncio[266], donde pudiera ser con bien justa causa
mayoral de los locos, y metelle en cura; que se le han subido los
consonantes a la cabeza, como tabardillo.
--¡Qué bien entiende de afectos el señor Güésped!--respondió el Poeta,
encorporándose un poco más.
--De afectos ni de afeites--dijo el Güésped--no quiero entender, sino de
mi negocio: lo que importa es que mañana hagamos cuenta de lo que me
debe de posada, y se vaya con Dios; que no quiero tener en ella quien me
la alborote cada día con estas locuras: basten las pasadas, pues
comenzando a escribir, recién llegado aquí, la comedia de _El Marqués de
Mantua_, que zozobró y fué una de las silbadas, fueron tantas las
prevenciones de la caza y las voces que dió, llamando a los perros
Melampo, Oliveros, Saltamontes, Tragavientos, etcétera, y el «¡Ataja,
ataja!» y el «¡Guarda el oso cerdoso, y el jabalí colmilludo!», que
malparió una señora preñada que pasaba del Andalucía a Madrid, del
sobresalto; y en esotra de _El Saco de Roma_, que entrambas parecieron
cual tenga la salud[267], fué el[268] estruendo de las cajas y
trompetas, haciendo pedazos las puertas y ventanas deste aposento a tan
desusadas horas como éstas, y el «¡Cierra, España!»[269], «¡Santiago, y
a ellos!», y el jugar la artillería con la boca[270], como si hubiera
ido a la escuela con un petardo, o criádose con el basilisco de
Malta[271], que engañó el rebato a una compañía de infantería que
alojaron[272] aquella noche en mi casa, de suerte, que, tocando al arma,
se hubieron de hacer a escuras unos soldados pedazos con otros,
acudiendo al ruido medio Toledo con la justicia, echándome las puertas
abajo, y amenazó a hacer una de todos los diablos; que es poeta grulla,
que siempre está en vela, y halla consonantes a cualquiera hora de la
noche y de la madrugada.
El Poeta dijo entonces:
--Mucho mayor alboroto fuera si yo acabara aquella comedia de que tiene
vuesa merced en prendas dos jornadas por lo que le debo, que la llamo
_Las Tinieblas de Palestina_, donde es fuerza que se rompa el velo de el
Templo en la tercera jornada, y se escurezca el sol y la luna, y se den
unas piedras con otras, y se venga abajo toda la fábrica celestial con
truenos y relámpagos, cometas y exhalaciones, en sentimiento de su
Hacedor; que por faltarme los nombres que he de poner a los sayones no
la he acabado. ¡Ahí me dirá vuesa merced, señor Güésped, qué fuera ello!
--Váyase--dijo el Mesonerazo--a acaballa al Calvario, aunque no faltará
en cualquiera parte que la escriba o la representen quien le crucifique
a silbos, legumbre y edificio[273].
--Antes resucitan con mis comedias los autores--dijo el Poeta--; y para
que conozcan todos vuesas mercedes esta verdad y admiren el estilo que
llevan todas las que yo escribo, ya que se han levantado a tan buen
tiempo, quiero leelles ésta.
Y, diciendo y haciendo, tomó en la mano una rima de vueltas de cartas
viejas, cuyo bulto se encaminaba más a pleito de tenuta[274] que a
comedia, y arqueando las cejas y deshollinándose los bigotes, dijo,
leyendo el título, de esta suerte:
--_Tragedia Troyana, Astucias de Sinón, Caballo griego, Amantes
adúlteros y Reyes endemoniados_. Sale lo primero por el patio, sin haber
cantado, el Paladión[275], con cuatro mil griegos por lo menos, armados
de punta en blanco[276], dentro dél.
--¿Cómo--le replicó un caballero soldado de aquellos que estaban en
cueros, que parece que se habían de echar a nadar en la comedia--puede
toda esa máquina entrar por ningún patio ni coliseo de cuantos hay en
España, ni por el del Buen Retiro, afrenta de los romanos anfiteatros,
ni por una plaza de toros?
--¡Buen remedio!--respondió el Poeta--. Derribaráse el corral y dos
calles junto a él para que quepa esta tramoya, que es la más portentosa
y nueva que los teatros han visto; que no siempre sucede hacerse una
comedia como ésta, y será tanta la ganancia, que podrá muy bien a sus
ancas sufrir todo este gasto. Pero escuchen, que ya comienza la obra, y
atención, por mi amor. Salen por el tablado, con mucho ruido de
chirimías y atabalillos, Príamo, rey de Troya, y el príncipe Paris, y
Elena, muy bizarra en un palafrén, en medio, y el Rey a la mano derecha
(que siempre desta manera guardo el decoro a las personas reales), y
luego, tras ellos, en palafrenes negros, de la misma suerte, once mil
dueñas a caballo.
--Más dificultosa apariencia es ésa que esotra--dijo uno de los
oyentes--, porque es imposible que tantas dueñas juntas se hallen.
--Algunas se harán de pasta[277]--dijo el Poeta--, y las demás se
juntarán de aquí para allí; fuera de que si se hace en la Corte, ¿qué
señora habrá que no envíe sus dueñas prestadas para una cosa tan grande,
por estar los días que se representare la comedia, que será, por lo
menos, siete u ocho meses, libres de tan cansadas sabandijas?[278]
Hubiéronse de caer de risa los oyones[279], y de una carcajada se
llevaron media hora de reloj, al son de los disparates del tal Poeta, y
él prosiguió diciendo:
--No hay que reírse; que si Dios me tiene de sus consonantes, he de
rellenar el mundo de comedias mías, y ha de ser Lope de Vega (prodigioso
monstruo español y nuevo Tostado en verso) niño de teta conmigo, y
después me he de retirar a escribir un poema heroico para mi
posteridad, que mis hijos o mis sucesores hereden, en que tengan toda su
vida que roer sílabas. Y agora oigan vuesas mercedes...:--amagando a
comenzar (el brazo derecho levantado) los versos de la comedia, cuando
todos a una voz le dijeron que lo dejase para más espacio, y el Güésped,
indignado, que sabía poco de filis[280], le volvió a advertir que no
había de estar un día más en la posada.
La encamisada[281], pues, de los caballeros y soldados se puso a mediar
con el Güésped el caso[282], y don Cleofás, sobre un _Arte poética_ de
Rengifo[283], que estaba también corriendo borrasca entre esotros
legajos por el suelo, tomó pleito homenaje[284] al tal poeta, puestas
las manos sobre los consonantes, jurando que no escribiría más comedias
de ruido, sino de capa y espada, con que quedó el Güésped satisfecho; y
con esto se volvieron a sus camas, y el Poeta, calzado y vestido, con su
comedia en la mano, se quedó tan aturdido sobre la suya, que apostó a
roncar con los Sietes Durmientes[285], a peligro de no valer la moneda
cuando despertase.