TRANCO PRIMERO

Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto,

hora menguada para las calles[58], y, por faltar la luna, juridición y

término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El

Prado boqueaba coches[59] en la última jornada de su paseo, y en los

baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de

la arena que limpios del agua[60], decían el _Ite, río[61]_ _es[62]_,

cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos[63],

caballero huracán y encrucijada de apellidos[64], galán de noviciado y

estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato

por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a

los alcances[65] por un estrupo[66] que no lo había comido ni

bebido[67], que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba

graduado en el lugar veintidoseno[68], pretendiendo que el pobre

licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado[69]; y como

solicitaba escaparse del «para en uno son[70]» (sentencia difinitiva

del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario

Responso[71], juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala

del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buarda[72] de otro que

estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se

brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los

pies y la boca[73] a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales

naufragios, y dejando burlados los ministros del agarro[74] y los

honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño[75],

doncella chanflona[76] que se pasaba de noche como cuarto falso, que,

para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato

más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas[77] de

aquellos tejados en su demanda, y volvían corridos de que se les

hubiese escapado aquel bajel de capa y espada[78] que llevaba cautiva la

honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos[79], que juraba entre

sí tomar satisfacción deste desaire en otro inocente, chapetón[80] de

embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba _tía,_ liga

donde había caído tanto pájaro forastero.

A estas horas, el Estudiante, no creyendo su buen suceso[81] y

deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región

donde había arribado, por las estranjeras estravagancias de que estaba

adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de

garabato, que descubría sobre una mesa antigua de cadena[82] papeles

infinitos, mal compuestos y ordenados, escritos de caracteres

matemáticos, unas efemérides abiertas[83], dos esferas y algunos

compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más

abajo algún astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera

ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente, como quien profesaba

letras y era algo inclinado a aquella profesión, a revolver los trastos

astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que, pareciéndole

imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención

papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico;

escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no

era engaño de la fantasía, sino verdad que se había venido a los oídos,

dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente:

--¿Quién diablos suspira aquí?, respondiéndole al mismo tiempo una voz

entre humana y estranjera:

--Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene

preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta

de la mágica negra[84], y es mi alcaide dos años habrá.

--Luego ¿familiar eres?--dijo el Estudiante[85].

--Harto me holgara yo--respondieron[86] de la redoma--que entrara uno

de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y

canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú

has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos

conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo

yo el espíritu más travieso del infierno.

Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le

dijo:

--¿Eres demonio plebeyo, u de los de nombre?

--Y de gran nombre--le repitió el vidro endemoniado--, y el más

celebrado en entrambos mundos.

--¿Eres Lucifer?--le repitió don Cleofás.

--Ése es demonio de dueñas y escuderos--le respondió la voz.

--¿Eres Satanás?--prosiguió el Estudiante.

--Ése es demonio de sastres y carniceros--volvió la voz a repetille.

--¿Eres Bercebú?--volvió a preguntalle don Cleofás.

Y la voz a respondelle:

--Ése es demonio de tahures, amancebados y carreteros.

--¿Eres Barrabás[87], Belial, Astarot?--finalmente le dijo el

Estudiante.

--Esos son demonios de mayores ocupaciones--le respondió la voz--:

demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas

del infierno, la chisme[88], el enredo, la usura, la mohatra; yo truje

al mundo la zarabanda[89], el déligo[90], la chacona[91], el

bullicuzcuz[92], las cosquillas de la capona[93], el guiriguirigay, el

zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el

hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado[94]; yo

inventé las pandorgas[95]; las jácaras[96], las papalatas[97], los

comos[98], las mortecinas[99], los títeres[100], los volatines[101],

los saltambancos[102], los maesecorales[103], y, al fin, yo me llamo el

Diablo Cojuelo.

--Con decir eso--dijo el Estudiante--hubiéramos ahorrado lo demás: vuesa

merced me conozca por su servidor; que hay muchos días que le deseaba

conocer. Pero, ¿no me dirá, señor Diablo Cojuelo, por qué le pusieron

este nombre, a diferencia de los demás, habiendo todos caído desde tan

alto, que pudieran quedar todos de la misma suerte y con el mismo

apellido[104]?

--Yo, señor don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, que ya le sé el suyo, o

los suyos--dijo el Cojuelo--, porque hemos sido vecinos por esa dama que

galanteaba y por quien le ha corrido la justicia esta noche, y de quien

después le contaré maravillas, me llamo desta manera porque fuí el

primero de los que se levantaron en el rebelión[105] celestial, y de los

que cayeron y todo[106]; y como los demás dieron sobre mí, me

estropearon, y ansí, quedé más que todos señalado de la mano de Dios y

de los pies de todos los diablos, y con este sobrenombre; mas no por eso

menos ágil para todas las facciones que se ofrecen en los países bajos,

en cuyas impresas nunca me he quedado atrás, antes me he adelantado a

todos; que, camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento[107];

aunque nunca he estado más sin reputación que ahora en poder deste

vinagre, a quien por trato[108] me entregaron mis propios compañeros,

porque los traía al retortero a todos[109], como dice el refrán de

Castilla, y cada momento a los más agudos les daba gato por demonio.

Sácame deste Argel de vidro; que yo te pagaré el rescate en muchos

gustos, a fe de demonio, porque me precio de amigo de mi amigo, con mis

tachas buenas y malas[110].

--¿Cómo quieres--dijo don Cleofás mudando la cortesía[111] con la

familiaridad de la conversación--que yo haga lo que tú no puedes siendo

demonio tan mañoso?

--A mí no me es concedido--dijo el Espíritu--, y a ti sí, por ser hombre

con el privilegio del baptismo y libre del poder de los conjuros, con

quien han hecho pacto los príncipes de la Guinea infernal[112]. Toma un

cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma; que luego en derramándome

me verás visible y palpable.

No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el

Espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico jigote[113] del

vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que

se conservaba el tal Diablillo; y volviendo los ojos al suelo, vió en

él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas[114],

sembrado de chichones mayores de marca[115], calabacino de testa y badea

de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos

colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las

encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania[116];

los pelos de su nacimiento, ralos, uno aquí y otro allí[117], a fuer de

los espárragos, legumbre[118] tan enemiga de la compañía, que si no es

para venderlos en manojos, no se juntan. Bien hayan los berros, que

nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte, perdone

la malicia la comparación.

Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para

salir del desván, ratonera del Astrólogo en que había caído huyendo de

los gatos que le siguieron (salvo el guante[119] a la metáfora), y

asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: «Vamos, don Cleofás, que

quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo», salieron los dos por

la buarda como si los dispararan de un tiro[120] de artillería, no

parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San

Salvador[121], mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la

una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del

sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio

a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo

una priesa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones,

basquiñas[122], verdugados[123], guardainfantes[124], polleras[125],

enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las

humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales,

que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y

engestándose[126] al camarada, el Cojuelo le dijo:

--Don Cleofás, desde esta picota[127] de las nubes, que es el lugar más

eminente de Madrid, malaño[128] para Menipo en los diálogos de Luciano,

te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta

Babilonia española, que en la confusión fué esotra con ella segunda

deste nombre.

Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo

hojaldrado[129], se descubrió la carne del pastelón de Madrid como

entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con

menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca

del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fué de capas y

gorras.

El Diablo Cojuelo · 第 17 / 54 题