PRÓLOGO

Luis Vélez de Guevara--como dije en otra ocasión[1]--fué tan pobre, que

bien puede dudarse si en algún tiempo de su vida llegó a tener dos

trajes en mediano uso; pero, en cambio, a los doscientos y mas años de

su muerte tiene dos biografías diversas: la que le inventaron algunos

escritores, que es la mas conocida[2], y la que despacio y a retazuelos,

como de limosna, pero sólidamente, le vamos escribiendo algunos

investigadores de nuestra historia literaria[3].

Según la primera de entrambas biografías, Vélez nació en Ecija por enero

de 1570, estudió Leyes en la Universidad de Sevilla y vino a ejercer su

profesión a la Corte, en donde muy luego ganó estimación y fama por su

sagacidad, gracejo y elocuencia. Defendiendo a cierto criminal captó a

los jueces con su donaire; pero como el fiscal apelase de la benigna

sentencia dictada, el reo fué condenado a muerte, y Luis Vélez a pagar

una multa. Tuvo noticia de ello el Rey, y cuando conversó con el festivo

abogado prendóse tanto de él, que no sólo le perdonó la multa, y la

vida al delincuente, sino que, además, ya no pudo pasar sin el trato de

Vélez de Guevara, a quien protegió sobremanera.

Esto fué lo que suele llamarse hablar de memoria, porque en todo el

relato no hay otra cosa verdadera que lo de ser Ecija la patria del

escritor. Y lo realmente sucedido y cierto es, en este caso como en

otros muchos, menos bello y agradable que la mentira. Véamoslo.

Luis Vélez de Guevara nació en Ecija, a fines de julio de 1579, de

padres hidalgos, pero pobres[4]: sabido es que la hidalguía y la

pobreza casi siempre anduvieron juntas[5]. Estudió la Gramática en su

ciudad natal, y por julio de 1596 se graduó de bachiller en Artes en la

Universidad de Osuna, eximiéndose por pobre de pagar los derechos

académicos[6]. Seguidamente entró a servir como paje a don Rodrigo de

Castro, cardenal arzobispo de Sevilla, a quien acompañó en el viaje que

hizo a Madrid y a Valencia para asistir en las bodas de Felipe III y

doña Margarita de Austria, de las cuales y de sus esplendorosas fiestas

trató el poeta adolescente en un poemita que hizo imprimir en Sevilla, a

su regreso[7].

Murió el Cardenal en septiembre de 1600; pero a esta sazón no perduraba

Vélez en su palacio, pues, ya harto talludo para paje, dos meses antes

había dejado su empleo, a fin de abrazar la profesión de las armas. Él,

en un memorial dirigido al Rey, dijo haber permanecido seis años en la

milicia[8]; pero que exageró en cuanto a la duración de su vida

soldadesca demuéstrase con otras palabras suyas, porque él mismo, muchos

años antes, había declarado que en el estío de 1603 estaba en

Valladolid, y en tal declaración, prestada en Sevilla a 26 de mayo de

1604 e inédita hasta ahora, llamábase nuestro poeta, sin mencionar para

cosa alguna la cualidad de soldado, «vecino al presente en esta ciudad,

en la collación de Santa Marina»[9].

Ya apellidándose Vélez de Guevara, en lugar de Vélez de Santander, como

se había llamado hasta poco antes[10], escribió y publicó en 1608 un

nuevo opúsculo poético intitulado _Elogio del Ivramento del sereníssimo

Príncipe don Felipe Domingo, Quarto deste nombre_, y en la portada de

esta obrita se decía criado del Conde de Saldaña. Había entrado, en

efecto, a su servicio como gentilhombre antes o poco después de enviudar

de su primer matrimonio: del primero de los cuatro con que probó su

grande afición a este santo sacramento[11].

Para sus nuevas nupcias con doña Úrsula Ramisi Bravo de Laguna[12], el

mencionado Conde le hizo donación de cuatrocientos ducados, amén de

señalarle una pensión anual vitalicia de otros doscientos; pero estas

larguezas de los grandes de antaño eran comúnmente más nominales que

efectivas, porque a la hora de cobrar--tan endeudados andaban de

ordinario--solían desvanecerse como el humo. Y en 1618, fallecida su

segunda mujer, que le dejó, amén de algún otro hijo, a Juan, sucesor de

su padre en la profesión y en el ingenio[13], nuestro escritor contrajo

nuevo matrimonio, que la muerte había de romper antes que pasaran dos

años, con doña Ana María del Valle[14]; y dejando la casa del conde de

Saldaña, pasó a la del marqués de Peñafiel, manirroto primogénito del

gran duque de Osuna, a cuyo servicio estuvo, asimismo como gentilhombre,

cerca de un bienio[15].

Los continuos apuros, la perdurable indigencia y la negra fortuna de

Luis Vélez de Guevara en los años de 1622 y siguientes están pintados de

mano maestra por él mismo en cinco memoriales en verso que salieron a

luz pocos años ha[16]. Ora pretende un humilde puesto en la servidumbre

del cardenal e infante don Fernando; ora, ya frustrado este propósito,

logra en 1623 la efímera portería de cámara del Príncipe de Gales,

nuestro huésped; ya, en 1624, obtiene, después de grande esfuerzo, la

también harto breve mayordomía del archiduque Carlos, muerto aún no

transcurrido un mes desde su llegada a Madrid, y más adelante solicita

infructuosamente del Rey, alegando sus méritos y servicios y la nobleza

de su linaje, una plaza de ayuda de su guardarropa. Al cabo, este hombre

celebrado y aplaudido de todos por sus excelentes comedias, a la par que

por su deliciosa y amenísima conversación, aludiendo a la cual había

escrito Cervantes:

«Topé a Luis Vélez, _honra y alegría

y discreción del trato cortesano_,

y abracéle en la calle a medio día»,

consiguió en 1625 entrar definitivamente en la servidumbre de Palacio,

ocupando una plaza de ujier de cámara de Su Majestad. Pero esto, que

parecía algo, era muy poco, salvo en lo honorífico, pues no tuvo

señalada ración, y hasta el año de 1635, en que el infortunado poeta

entró en gajes[17], siguió condenado a vivir de lo poco que entonces

producían las obras dramáticas[18] y de lo que pedía a sus amigos; tanto

fué así, que se hicieron proverbiales su extremada pobreza y sus donosas

esquelas petitorias, casi siempre en verso.[19]

Como si compartiendo la escasez de recursos se cupiese a menos porción

de ella, Vélez se casó aún por cuarta vez, en 1626, con una viuda

llamada doña María López de Palacios,[20] bien que ésta aportó a su

nuevo enlace algunos bienes; mas pronto fueron vendidos, y juntos y

procreando y criando algunos hijos, vivieron entrambos cónyuges en

cristiana estrecheza, hasta el día 9 de noviembre de 1644, en que

falleció el donairoso autor de tantos primores literarios[21]. Su

testamento, otorgado cuatro días antes, contiene una larga lista de

pequeñas deudas. Al comienzo de este documento consignó: «Iten, declaro

que por el presente estoy muy alcançado y necesitado de hacienda, para

poder disponer y dejar las misas que yo quisiera por mi alma».[22]

Vélez de Guevara fué celebradísimo de sus contemporáneos, así por la

amenidad de su trato, que le ganaba amigos en todas partes, como por su

facundia poética y su florido e inagotable ingenio. Claramonte llamábale

en 1613, en el _Inquiridion_ que va al fin de su _Letanía moral_,

«floridissimo ingenio de Ezija, de quien esperamos grandes escritos y

trabajos, y a hecho hasta oy muchas famosas comedias». Cervantes no le

elogió menos en estos dos tercetos del cap. II de su _Viage del Parnaso_

(1614):

«Este que es escogido entre millares,

de Gueuara Luys Vélez es el brauo,

que se puede llamar quita pesares.

Es Poeta Gigante, en quien alauo

el verso numeroso, el peregrino

ingenio, si vn Gnaton nos pinta, o vn Dauo.»

Lope de Vega le ensalzó dos veces, en sendas epístolas de _La Filomena,

con otras diversas Rimas, Prosas y Versos_ (1621):

«Aquí de Valdivielso el santo empleo,

De Luis Vélez, florido y elocuente,

La lira que ya fué del dulce Orfeo.»

«...Y el famoso Luis Vélez, que tenía

En éxtasis las Musas, que a sus labios

Iban por dulce néctar y ambrosía.»

Y aun volvió a loarle en la silva II de su _Laurel de Apolo_, publicado

en 1630:

«Ni en Écija dejara

el florido Luis Vélez de Guevara

de ser su nuevo Apolo,

que pudo darle solo,

y sólo en sus escritos,

con flores de conceptos infinitos,

lo que los tres que faltan:

así sus versos de oro

con blando estilo la materia esmaltan.»

¿Para qué seguir transcribiendo frases laudatorias? Baste recordar muy

resumidamente que Tamayo de Vargas (1622) ponderó su donaire; y don

Fernando de Vera y Mendoza (1627) le llamó «el Rey de Romanos»; y Pérez

de Montalván (1632) encareció los «pensamientos sutiles, arrojamientos

poéticos y versos excelentísimos y bizarros» de sus comedias; y Salas

Barbadillo (1635) afirmó que «en el Parnaso no se conocen otras salinas

sino las de su felicissimo ingenio»....

El insigne poeta ecijano, hoy más famoso por su novela intitulada _El

Diablo Cojuelo_, aún muy leída, que por sus obras teatrales,

desterradas, como todas las antiguas, de la escena actual,

principalmente por falta de buenos cómicos y consiguiente carencia de

buenas compañías, escribió más de cuatrocientas comedias, de las cuales

ha llegado hasta nosotros un centenar escaso. Por éstas se le puede

diputar, si no como autor de señaladísima personalidad literaria, a lo

menos, como uno de los más aventajados discípulos de Lope de Vega, cuyas

huellas siguió tan constante y acertadamente, que a las veces se hace

harto difícil diferenciarlos. Tal sucede, verbigracia, con la comedia

intitulada _Los Novios de Hornachuelos_, que pasa comúnmente por obra de

Lope; pero hay alguna indicación antigua que la atribuye a Vélez de

Guevara, y, leída y estudiada, quédase perplejo el entendimiento más

avisado, sin resolverse a adjudicarla con cabal certeza a ninguno de

entrambos ingenios. La misma grande semejanza con las de Lope se echa de

ver en todas las comedias del poeta ecijano: las fuentes, unas; iguales

los procedimientos; igualmente rica la dicción; análogo el nervio en lo

dramático; parecidísimas las gracias en lo festivo, e idéntica en ambos

la propensión a avalorar lo propio entreverándolo con todos los

elementos del _folklore_ nacional; aquí, con la conseja vulgar y la

tradición legendaria; allá, con el refrán hábilmente desleído y glosado

en cuatro o seis versos; acullá, con la vieja cancioncilla histórica,

que siempre, por lo grata, parece nueva a los oídos españoles; y en otro

lado, en fin, con el sabroso cuentecillo popular, picante sin demasía.

De _El Diablo Cojuelo_, única de las obras de Vélez que ha conservado

para su nombre alguna parte de la amplia popularidad que disfrutó en

vida, se han hecho en nuestros días, amén de tal cual edición corriente,

dos eruditas y anotadas. Ambas se deben a la vasta cultura y harto

probada laboriosidad de don Adolfo Bonilla y San Martín, ventajosamente

conocido en el campo literario y en el filosófico. Enderezando un

antiguo entuerto que se había hecho a Vélez de Guevara con interpretarle

desaforadamente[23], publicó la primera de estas dos ediciones (Vigo,

1902); pero como mi antiguo camarada y docto amigo don Felipe Pérez y

González, cuyo felicísimo ingenio estaba emparentado muy de cerca, a

pesar de los siglos que se habían puesto en medio, con el del donairoso

ecijano, juntase burla burlando, artículo por artículo, en _La

Ilustración Española y Americana_, para formar un libro muy interesante

y ameno, que sacó a luz en 1903 bajo el título de _El Diablo Cojuelo:

notas y comentarios_, libro en el cual patentizó algunos errores de las

notas del señor Bonilla, éste, en 1910, año en que tras cruelísima

enfermedad pasó a mejor vida su festivo, pero amable corrector--que no

sin fundamento había usado en su mocedad el seudónimo de _Urbano

Cortés_--, dió a la estampa en Madrid una nueva edición de la obrita de

Vélez, mejoradas las notas y reconocido con nobleza el valioso auxilio

que para ello le había prestado el tan culto como donairoso escritor

hispalense[24].

Pero, aun así, _El Diablo Cojuelo_ ¿se había hecho del todo accesible a

la inteligencia de los lectores medianamente ilustrados de nuestros

días? Aun rectificadas en su segunda edición, ¿bastan las notas del

señor Bonilla para ahorrar tropiezos, en muchos lugares de la novela,

hasta a los lectores más avisados e instruidos? A estas preguntas, que

algunos aficionados a las letras nos hacíamos, respondió, como si

estuviera en nuestro pensamiento, don Enrique Nercasseau y Morán, en su

discurso de recepción leído ante la Academia Chilena, correspondiente de

la Española, el día 21 de noviembre de 1915[25]: «La novela toda de

Vélez de Guevara--dijo--es una sátira cortés de la sociedad de su

tiempo, felicísima en la mayor parte de sus cuadros, y no afeada por la

licencia y crudeza tan comunes en las novelas de la época. _El Diablo

Cojuelo_ sería una narración clásica de primer orden, y aun leíble hoy

día, si no la deslustrara el conceptismo, y si no se hallara

sobreabundante en equívocos y frases convencionales de difícil o

imposible comprensión en nuestra era. Aun después del trabajo llevado a

cabo por don Adolfo Bonilla y San Martín en su edición de Madrid de

1910, la novela de Vélez de Guevara queda aguardando un comentario que

la explique y la ponga al alcance general.» Ese comentario que el señor

Nercasseau echaba de menos es el que, con temeridad que no puede buscar

disculpa en la inexperiencia de los pocos años, he intentado en la

presente edición. ¿Habré conseguido darle cima? Nuestro señor el público

lo dirá: a su inapelable fallo me someto gustoso.

En las aprobaciones insertas en la edición príncipe de _El Diablo

Cojuelo_ elogiaron esta novela fray Diego Niseno, padre basilio, y fray

Juan Ponce de León, de la orden de los Mínimos. En sentir del primero,

la obrita contiene «muchas cosas de mucha moralidad y enseñança,

escritas con la sazón y variedad que de tal ingenio se podían esperar.

Merece--añadió--la licencia que pide, porque este linage de escritos es

difícil de enquadernar con lo honesto y recatado de nuestras christianas

leyes, y Luis Vélez ha sido en éste gloriosa excepción desta vniuersal

dolencia.» Más extremado es el parecer del segundo, que encarece el

sazonado gusto de Vélez, «por auer puesto la naturaleza en su ingenio la

elegancia del estilo, la suabidad del dezir, la aduertencia en el

colocar, la atenta circunspección en las palabras, y todo con tal modo,

que dexa suspensa la razón sobre a qual de estas partes se deba con más

justificación la primacia: en todo este discurso se corre la cortina a

los conocidos engaños deste mundo, de modo que, para penetrarlos con

sutileza, no necesita nuestra Nación de salir de sus estendidos límites,

pues dentro de sí cría sugetos que, aun en sueños y burlas, la dexan

superiormente ilustrada». Diametralmente opuesta a estas opiniones fué

la de Francisco Santos, pues dijo en _El Arca de Noé y Campana de

Belilla_[26]: «Tocó la Campana y desaparecieron todos los Autores de

viejo, siguiéndolos vno que avia venido tarde, y también llevava vn

libro en las manos, que preguntando a Noe quién era, me dixo: el libro

se intitula el Diablo Cojuelo, Aventuras de Don Cleofas Leandro Perez

Zambullo, digno de que le consumiera vn Polvorista: está sin enseñança

buena, ni moralidad, y esto, sobre acabar como la nieve....» «Ni tanto,

ni tan poco», podría haberse dicho a los tres censores, porque, en

realidad de verdad, la novelita de Vélez de Guevara, que se muestra en

ella como un buen discípulo de Quevedo, de cuyas obras cómicas y

satíricas tiene reminiscencias muy frecuentes, sin ser una maravilla, es

de agradable lectura, y más lo fuera sin la pesada y adulatoria

enumeración de todo aquel inacabable señorío que el autor, en el tranco

VIII, hace pasar por el espejo de Rufina María, dispuesto _ad hoc_ por

el redomado desenredomado.

En la visión, que pudiéramos llamar cinematográfica, de los diez trancos

o capítulos en que está dividido _El Diablo Cojuelo_, cada uno sabe a

cosa diferente de los demás: son cuadros distintos e independientes

entre sí, que no tienen de común sino la intervención, o la presencia

cuando menos, de los dos héroes de la novela. El tranco II, verbigracia,

en que entrambos, desde el capitel de la torre de San Salvador,

descubierta «la carne del pastelón de Madrid», otean después de la media

noche cuanto sucede en la coronada villa, trae a la memoria, por la

traza y manera, como indiqué en las notas de mi edición crítica del

_Quijote_[27], aquella inspección que desde la torre de la Giralda de

Sevilla, y acompañado asimismo de un _cicerone_, el maestro Desengaño,

había hecho Rodrigo Fernández de Ribera, autor de _Los Antoios de meior

vista_[28]. El desaforado poeta del tranco IV es pariente propincuo de

otros dos muy conocidos en nuestra literatura: el del _Coloquio de los

Perros_, de Cervantes, y el de la _Vida del Buscón,_ de Quevedo. A hacer

entretenida y agradable la lectura de _El Diablo Cojuelo_ contribuyen

con lo ingenioso de la invención la interesante variedad de las escenas,

la soltura y viveza del diálogo, y, especialmente, el chispeante gracejo

de Vélez de Guevara. En cambio, la elocución suele ser descuidadilla,

entre otras cosas, por la excesiva abundancia de gerundios.

Del Diablo Cojuelo, entremetido espíritu infernal que da nombre y ser a

la novela, trató el señor Bonilla en una breve nota. Mucho más merecía

el que «trujo al mundo la zarabanda, el déligo y la chacona», y yo he de

volver hoy por su negra honrilla, recordando la mucha familiaridad que

nosotros los españoles hemos tenido con él. Háyase de llamar Renfas, o

Asmodeo, o de otro cualquier modo, es lo cierto que este travieso

diablillo, con parecer de menor cuantía y ser cojo por añadidura, tomó

entre nosotros tal importancia, que nada malo se pudo hacer sin él. «_El

Diablillo Cojo_ sabe más que el otro», enseñó el refrán, y cuando en el

calor de la ira se dijo a alguno que le llevase el diablo, no faltó

quien, rectificando festivamente, respondiera: «_El Diablo Cojuelo_, que

es más ligero». En las fórmulas supersticiosas llevábanle y traíanle

como un zarandillo nuestras hechiceras de los siglos XVI y XVII, para

que les llevase y trajese sus galanes y paniaguados, y le daban prisa,

y le adulaban celebrando su ligereza. Véanse algunos ejemplos. Doña

Antonia Mexía declaró, entre otras cosas, en un proceso que se le siguió

por los años de 1633[29]: «Que habrá seis años que la dicha Beatriz dixo

a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dixese:

Estos cinco dedos pongo en este muro;

cinco demonios conjuro:

a Barrabás, a Satanás,

a Lucifer, a Bercebú,

_al Diablo Cojuelo,

que es buen mensajero_,

que me traigan a fulano luego

a mi querer y a mi mandar.»

Y así, en 1668, Agueda Rodríguez, vecina de Madridejos, también

procesada por hechicería[30]:

«..._Diablo Cojuelo,

tráemele luego_;

diablo del pozo,

tráemele, que no es casado; que es mozo;

diablo de la Quintería,

tráemele en la fería;

diablo de la plaza,

tráemele en danza....»

Teníase al Diablo Cojuelo, como dice el refrán, por el más listo de

todos: Esperanza Bonfilla, procesada por la Inquisición de Valencia en

1600, hizo que cierta mujer, para atraer a un hombre, «hiciese vn

conjuro en la forma siguiente: tomando vna escoba, la puso vna toca como

muger, y encendida vna bela que no fuese bendita, se arrodilló delante

de la escoba, y sin haçer cruz, juntas las manos, dixo:

Marta, Martica,

no la santa ni la digna,

ni la digna de rogar,

ni la que está en el altar,

sino la que de noche andas por las beredas

y los días por las encrebelladas,

yo te conjuro con Satanás y con Barrabás,

con Bercebú y todos los diablos,

_y con el diablo coxo,

que corre mas que todos_,

que todos vais a fulano

y le deis tiempo para vestirse

y le traigais por puntos ante mí y mis ojos,

sin hacerle mal»[31].

Corría más, y tenía más poder que sus iguales y superiores, o no supo lo

que se pescaba Isabel del Pozo al hacer sus conjuros, ni María

Castellanos cuando lo declaró ante la Inquisición de Toledo en 1631[32],

pues decía: «... que tomó en las manos dicha Isabel del Poço un poco de

sal de sardinas y çilantro, lo qual mezcló todo y lo echaba de una mano

en otra diciendo:

Conjúrote, sal y çilantro,

con Barrabás,

_con el Diablo cojuelo, que puede más._

No te conjuro por sal y çilantro,

sino por el corazón de fulano;

y echando la sal y çilantro en la lumbre, proseguía diciendo:

Así como te has de quemar,

se queme el corazón de fulano,

y aquí me le traygas,

y conjúrote por la reina Sardineta,

y con la tataranieta,

y con los navegantes que navegan por la mar.»

Pero la cualidad de diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y

holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el

infierno alegremente, de ningún texto inquisitorial resulta tan clara

como de la manifestación de otra hechicera de Madridejos, llamada Mari

Fernández, que, procesada en 1532, al ser interrogada, trajo a colación,

como vamos a ver, un estragado fragmento de cierto curiosísimo romance,

desconocido hoy[33]: «Preguntada sy ha dicho esta declarante a alguna

persona como avia hecho çerco con ynvocacion de diablos, que eran

berzebú y satanás _y el diablo coxuelo_, diziendo esta declarante que

sin _el diablo coxuelo_ no se podía hazer aquel çerco, y que en aquel

çerco que hizo avia esta declarante visto lo quel diablo queria hazer

contra çierta persona, que diga lo que çerca desto ha dicho e fecho,

dixo que ella suele cantar vn Romance que dize:

A caça yba bienhecho

por Riberas de la mar,

no por mengua de vjno

ni menos mengua de pan;

por miedo del Rey Ramjro

que lo querja matar.

Ellos en aquesto estando

enbjaronle a llamar.

Vamonos, dixo, amigo,

vamonos, dixo, a çenar;

de que ovjeremos çenado

dios dixo lo que será;

desque ovjeron çenado

tomó libros en sus manos

y començó de Rezar;

a los pecados mayores

enpeçolos de llamar:

¿Qué es de ti, berzebu,

qué es de ti, barravas,

_qué es de ti, diablo coxuelo,

que eras tú el juglar_?...»

Tanto don Adolfo Bonilla como don Felipe Pérez indagaron con prolijidad

cuándo hubo de escribir su obrita Vélez de Guevara, y si la escribió

seguidamente, o a trozos y aun con largos intervalos entre unos y otros

capítulos. Convienen ambos investigadores en esta última creencia, pero

no en lo demás; porque si en opinión de Pérez y González la novela fué

escrita después de febrero de 1636 y antes de mayo de 1639, a juicio de

Bonilla, Vélez empezó a escribirla después de febrero de 1637 y la

terminó hacia julio de 1640[34]. No creo que el poner en claro este

punto, siendo corto, como lo es, dentro de la ordinaria duración de la

vida humana, el tiempo comprendido entre unas fechas y otras, merezca el

ímprobo trabajo que echaron sobre sí estos denodados eruditos[35].

Unas advertencias, para terminar.

«Vélez de Guevara, como Quevedo--notó el señor Bonilla--, es un

escolástico del idioma. No hay que perder una sola de sus palabras, no

hay que confiar en el valor directo de cualquiera de sus frases, porque

lo mejor del cuento pasaría quizás inadvertido. Es preciso estar siempre

ojo avizor para saborear como es debido aquellas atrevidas metáforas,

aquellas extravagantes relaciones, aquellos estupendos equívocos,

aquellas arbitrarias licencias en que se complace. Esta indispensable

atención fatiga en ocasiones; pero hace sacar doble fruto de la lectura

de un libro cuyo atractivo consiste, más bien que en el interés de los

lances, en la ingeniosidad de los pensamientos. Sólo el muy

familiarizado con los secretos del habla podrá darse cabal cuenta de las

bellezas de una obra semejante.» Exactísimo todo ello, y porque lo es y

a los más de los lectores falta esa extremada familiaridad a que se

refiere el señor Bonilla, no podían buenamente pasar sin nota muchas de

las frases que no la tienen en sus ediciones. Ciento treinta y cinco que

están en este caso señalé de primera intención cuando, leído el

sobredicho discurso del señor Nercasseau y Morán, me sentí deseoso de

preparar, para la simpática colección de «Clásicos Castellanos», esta

humilde edicioncita de _El Diablo Cojuelo._

Como el señor Bonilla, «procuro pecar antes por carta de más que por

carta de menos, por lo cual a veces he explicado palabras y giros que

podrán parecer a los eruditos de muy llana inteligencia. Téngase en

cuenta, sin embargo--añado con él--, que me dirijo a la generalidad y

que mi propósito es facilitar la comprensión del libro de Vélez de

Guevara a todo género de lectores.» Con mayor motivo había yo de hacer

lo propio en una edición vulgarizadora, como es la presente. Pero aun

así, he huído con mucho cuidado de escribir notas por las cuales se me

pudiese encasillar junto a Lucas de Valdés y Toro, aquel empecatado

cirujano cordobés que en 1630 dió a la estampa un opúsculo perogrullesco

intitulado así: _Tratado en que se prueba que la nieve es fría y

húmeda[36]_.

No obstantes mi buena voluntad y la diligencia con que procuré evitarlo,

se me han quedado por entender algunas frases del texto. Hay quien,

puesto a anotar uno cualquiera, explica lo que buenamente se le alcanza,

y en cuanto a lo que no, hace, como dicen, la vista gorda y pasa de

largo sin decir palabra, dando a colegir con su silencio que aquello que

no explicó no lo ha menester, por ser cosa llanísima. Jamás cometí esa

reprobable fullería: antes por el contrario, en casos tales confieso

paladinamente que aquel lugar merece y pide explicación, y que, por

malos de mis pecados, yo no acerté a dársela[37].

Por último, aunque en esta edición sigo el texto de la original de Vélez

de Guevara (Madrid, Imprenta del Reyno, 1641), no la he copiado tan

fielmente, tan servilmente, que reproduzca su endiablada ortografía,

digo, la de los bárbaros cajistas que compusieron los moldes. «Para

regalar a los lectores--escribí trece años ha[38]--con bocados como

_abaricia_, _hajo, coetes, hizquierda, voca, vobos, obtica,

valbucientes, abitos, hancas y hacechar_, como lo hizo el señor Bonilla

reproduciendo la edición príncipe de _El Diablo Cojuelo_, siempre hay

tiempo, o, dicho mejor, no debe haberlo nunca. Ya no es poco _hacer

morder el ajo_ a uno; pero hacerle morder el _hajo_ es crueldad doblada,

porque pica aún más la _hache_ que el _ajo_ mismo.»

Y con esto, lector amable, quédate a Dios, y perdóname si te causé

enfado o tedio con la lectura de mi prólogo.

El Diablo Cojuelo · 第 7 / 54 题