CAPITULO XXXIII.

El Doctor Olybrius.

Entró, lo veo aún.... Una frente calva, con sus correspondientes mechas

de cabello rojo, flotando de derecha á izquierda, unos anteojos de oro,

una sonrisa beata, una triple barba perdida en las profundidades de una

ancha corbata, un frac verde, con una cinta que ostentaba los colores del

arco iris,--todo anunciaba al tonto que ha tenido buen éxito. Detrás de

él caminaban como dos corchetes, el abogado Reynard, que, con sus ojos

de garduña, parecia buscar siempre un agujero para ocultarse en él, y el

grueso Coronel Saint John, apoyado en su muleta, y arrastrando su vientre

y su gota. Qué me queria aquel cortejo grotesco? Ay Dios! iba á saberlo á

espensas mias.

--Buen dia, hermosa dama, dijo Olybrius, tomando la mano de mi mujer y

posando en ella sus lábios; os habeis repuesto de vuestras fatigas y

emociones? Cuidaos señora, cuidaos; el corazon es el órgano débil en las

mujeres; no os dejeis asesinar por vuestra sensibilidad.

--Buen dia, doctor, continuó con aire de caballero, tendiéndome una mano

que no me atreví á rehusar; cuánto me alegro de veros en pié. Así, es en

calidad de amigo y no de médico como me presento. Lo he dicho á estos

señores, que, como vecinos, venian á saber de vuestra salud, y que no se

atrevian á entrar conmigo.

--Buen dia, señor Lefebvre, dijo el Coronel. Carambola que hemos estado

enfermos! Pero la caja es buena; estoy muy contento de veros; voto á

sanes!

Reynard no hizo ningun juramento, pero en el tono mas melífluo me hizo

un cumplimiento tan ambiguo, que me hirió sin saber por qué.

--Cómo os sentís? me dijo Olybrius.

--Muy bien, contesté.

--Tanto peor, dijo él, eso no es natural,--prueba que el veneno no ha

salido del todo. Despues de ocho dias de estragos causados por el ópio,

debiérais estar medio muerto, sin pulso y sin voz.

--Es de hierro, dijo el Coronel. Sopla! qué carabinero habria sido.

--Querido cofrade, dije á Olybrius, vuestro diagnóstico os ha engañado.

Mi caso es tan estraordinario, que en vuestro lugar cualquiera otro sábio

se hubiera olvidado de su latin. No he sido envenenado con ópio; he sido

magnetizado y transportado á América, de donde he vuelto esta noche.

--Arre! con la bola, esclamó el Coronel; yo he mandado un rejimiento de

gascones, que no tenia compañero para la charla y la guerra; pero la

palma es vuestra!

--Querido cofrade, dijo Olybrius, con voz agridulce, yo sé siempre lo

que digo. Los hechos están ahí; nada hay tan brutal como un hecho. Que

vos os imajineis haber estado en América, eso no me sorprende, es efecto

del ópio; pero yo que os he cuidado ocho dias y ocho noches, afirmo que

habeis estado en carne y huesos en vuestra cama, y que no habeis salido

de París.

--Señor, contesté, vengo de un pais donde reina la verdad en toda su

estension. Allí he adquirido horror á las mentiras oficiales y no

oficiales; creed lo que os plazca, yo no puedo deciros sino una cosa:

en cuerpo ó en alma, no sé en cuál de los dos, he pasado ocho dias en

América.

--Efecto del ópio, dijo Olybrius, sacando su caja de rapé y saboreando

una narigada. El cérebro no está despejado, la ilusion persiste. Querido

señor, es menester reaccionar con vuestra razon, de lo contrario los

lóbulos cerebrales se harán el teatro de un desórden grave y persistente.

En semejante caso, vos lo sabeis, el primer remedio es desechar una

idea fija, creyendo las cosas bajo la palabra del médico. Vos no habeis

es-ta-do en A-mé-ri-ca, añadió, escandiendo cada una de esas palabras con

tono imperioso.

--Señor, le dije, me permitireis que me quede con mi opinion.

--Daniel, esclamó mi mujer desolada, en nombre del cielo no insistais,

ved que os perdeis!

--Válgame Dios, querida amiga, repuse sonriendo, y con qué voz me dices

eso. Me parece que oigo á la pobre Rachel en el papel de _Roxane_:

_Ecoutez Bajazet! je sens que je vous aime,_

_Vous vous perdez; gardez de me laisser sortir._

Por toda respuesta Jenny alzó los brazos al cielo, y tomando á Enrique de

la mano huyó del cuarto ocultando la cabeza en su pañuelo.

--Mil bombas! dijo el Coronel, por qué aflijís á vuestra mujer! Qué

diablo! se puede mentir para ser agradable á las damas. No sois francés,

con mil de á caballo!

--Querido vecino, dijo el abogado hablando á media voz, como si comenzára

un alegato,--razonemos. Si habeis estado en América, debeis haber visto

aquel país en detalle, debeis conocerlo á fondo; si habeis soñado, no

podeis tener al respecto, sino ideas incompletas, confusas, y, para

decirlo todo de una vez, quiméricas. Permitidme que os dirija algunas

preguntas que os conducirán á la vida real, y que os permitirán que os

convenzais por vos mismo de la falsedad ó verdad de vuestras impresiones.

--Hablad, señor, os escucho.

--Durante vuestra estadía en América, habeis visto á las jentes tirarse

de pistoletazos en la calle? Han colgado á dos ó tres personas por dia,

en virtud de esa ley de la linterna, de esa _Lynch Law_, cuyo nombre nos

han tomado los Americanos, y quizá la idea?

--Señor, contesté, dejad á los diarios esas faramalladas. Los Americanos

son cien veces mas pacíficos y civilizados que nosotros. Hasta el duelo

es allí desconocido.

--Arre! dijo el Coronel, eso es demasiado. Existe acaso un pais donde

no se batan? Entonces en ese convento no hay sino relijiosas del

Sagrado-Corazon?

--Efecto del opio, dijo Olybrius; todo se vé color de rosa.

--Decid color de carbon de piedra, dijo el Coronel. Arre! Pues si yo

estuviera en aquella barraca, á todos les daria de bofetones para ver si

tienen corazon en el vientre.

--Hay un gobierno en América, dijo el abogado, ó al menos habeis

encontrado por casualidad el rastro de él?

--Señor, dije, hay el mas hermoso de los gobiernos: el que administra

menos; el que á los ciudadanos deja mayor libertad para gobernarse á sí

mismos.

--Efecto del opio! repuso Olybrius. Quién no sabe que la América es una

anarquía viva?

--Señor, dije impacientado, daos el trabajo de ir á los Estados

Unidos; hallareis allí un Gobierno Central, treinta y cuatro Estados

particulares, treinta y cinco Senados[66] y treinta y cinco Cámaras de

Representantes. No puedo suponer que sean salvajes los que han imajinado

semejantes combinaciones.

--Arre! dijo el Coronel, treinta y cinco nidos de abogados y de

charlatanes. Si semejantes locuras fueran posibles, yo haria espresamente

el viaje, para hacer saltar por la ventana esas treinta y cinco nidadas!

--Presenten armas, _pré-pá_; y todos los pájaros echan á volar; entonces

si que se tiene un gobierno que no se enfurruña.

--Hay ministerios? repuso el abogado con su voz menos aguda.

--Sin duda.

--Un Ministerio, de Cultos, por ejemplo?

--No, las Iglesias son sociedades independientes. Cada cual puede abrir

un templo sin tener nada que temer de la ley.

--Es imposible, dijo el abogado. Seria entregar la sociedad á las

intrigas de los frailes y á todos los odios relijiosos. Habria todos los

dias una San Bartolomé.

--Señor, respondí, la cosa puede ser imposible, pero existe; y añado que

en ningun pais hay mas tolerancia y caridad.

--Efecto del opio! dijo Olybrius.

--Y no solo la Iglesia es libre, continué, animándome, sino la escuela y

el hospicio tambien. Cada cual puede enseñar, cada cual puede aliviar la

miseria sin necesidad de tenderle la mano al gobierno, ni de dirijirse á

la policia como si tratára de allanar un lugar sospechoso.

--Es un sueño, dijo el abogado, es materialmente imposible.

--Efecto del opio! dijo Olybrius.

--Doctor Olybrius, esclamé, si alguien tiene una idea fija en este

momento, me parece que no soy yo.

--Yo no tengo idea, doctor Daniel, repuso, pongo por testigos á estos

honorables señores; me basta hacer constar que hasta ahora no nos habeis

dicho una palabra que tenga sentido comun.

--Hay un consejo de Estado en América? repuso el abogado, que tenia toda

la tenacidad de un juez de instruccion.

--No, señor, la justicia basta á todo, la administracion está sujeta á

ella.

--Qué quimera! dijo Reynard, un pueblo no viviria seis meses sin esa

admirable separacion de poderes, que hace la gloria de nuestra inmortal

Constitucion. Suponed que la salud del Estado exije que os pongan preso

sin forma de juicio, qué harian en vuestro pais de Hurones?

--Qué harian? El procedimiento está marcado. Emplazarian al audaz que

se colocára sobre las leyes y le condenarian á unos cien mil francos de

daños y perjuicios.

--Y los prefectos, no pensais, que entonces seria un empleo inútil.

--Los prefectos, repuse, no los hay.

--No hay prefectos, esclamó riendo; con que no hay prefectos? Qué quereis

que hagan los ciudadanos, sino se obra por ellos.

--Buen Dios, repuse, harán por sí mismos sus propios negocios. No habeis

pensado en ello todavia, señor hombre de Estado?

--No, dijo secamente, yo no pienso sino en las cosas posibles. Quién

dirije allí el espíritu público, y les enseña á los ciudadanos á pensar?

--Nadie.

--Qué! no hay directorio en la prensa?

--No, señor. En aquel pais de Hurones, como vos lo llamais, cada cual

dice é imprime lo que quiere, bajo la exclusiva garantia de la justicia

y de la ley. Los diarios son considerados allí como un beneficio. Se les

favorece y multiplica en todas direcciones. No se les exije fianza, no

pagan timbre,--nada, nada impide que la luz se esparsa, nada traba la

libertad.

--Sopla! dijo el coronel; vaya un pais donde tendrá que hacer la

jendarmeria.

--Allí no hay jendarmes, señor coronel.

--No hay jendarmes! esclamó. Pues no exijo mas, y digo vecino, que si no

estais loco de atar, que echen abajo á Charenton. No los he visto nunca

de vuestro calibre; no hay jendarmes! Porqué no decis inmediatamente: no

hay ejército, no hay infanteria, no hay caballeria, no hay artilleria, no

hay jenerales, ni coroneles, ni capitanes; aquella sociedad se compone de

paisanos ó Iroqueses, una sociedad nunca vista.

--Coronel, le dije, durante sesenta años la América no ha tenido

necesidad de ejército; cuando la paz y la Union se restablezcan,

licenciará el que tiene, porque como decis, aquella sociedad se compone

de paisanos.

--Basta jóven, dijo frunciendo el ceño. Respetad mi bigote blanco. Tengo

buen jénio, voto vá á sanes! Pero tengo ensartado algunos por haber

charlataneado muchísimo menos de lo que vos lo habeis hecho durante un

cuarto de hora.

--Efecto del opio, dijo Olybrius. Cómo han de vivir sin jendarmes ni

ejército? Podrian á cada hora del dia reunirse en la calle, ó en otra

parte, hablar de política, criticar al gobierno, salir armados y qué sé

yo.

--En efecto, señor, repuse, todo eso se hace y la paz no es turbada. Los

ciudadanos libres, y acostumbrados á la libertad saben conducirse por

sí mismos. Cuando hay necesidad, la ley está ahí, basta un oficial de

policia y un juez para mantener ó restablecer el órden.

--Basta, dijo Reynard, lanzándole una mirada á Olybrius. Doctor, estoy

convencido.

--Y la medicina, dijo el solemne imbécil, dando vuelta su caja de rapé

entre los dedos, cómo es ejercida en ese pais de cucaña?

--Precisamente, respondí, es una de las cosas que me ha llamado mas la

atencion; las mujeres, la practican, y con éxito.

--Arre! dijo el coronel, ojalá hubiera tenido de mayor un guardapiés,

cuando estuve tres meses echado de espaldas en Constantina con una bala

en la pantorrilla! Habria dado todos los medios por una médica.[67] Y

vaya un _calembour_!

--Por supuesto que esa no es la única profesion que las mujeres ejercen;

se han apoderado de la enseñanza; ellas son las que educan á la jóven

América.

--Eso debe hacer lindos soldados, dijo el coronel. Hé ahí una escuela

donde deben enseñar á darse de trompadas, primer aprendizaje de la guerra

y de la civilizacion! Qué produce esa educacion? Tenderos y modistas.

--Produce seiscientos mil voluntarios que se baten como héroes.

--Vamos, vamos, dijo el coronel, no me reciteis el diario. Hace dos años

que mi gaceta me habla todos los dias de esos famosos conscriptos que

corren unos tras de otros sin alcanzarse jamás. Ah! si yo estuviera allí,

solo con mi 14ᵒ de infanteria lijera, cómo me divertiria, satisfaciendo

los votos del gobierno. Estoy harto de América; pido que me hablen de

otras revoluciones, para variar un poco y divertirme.

--Coronel, supongo que no defendeis la esclavitud.

--Un bledo se me dá de vuestros morenitos; pero en cuanto á vuestros

Americanos los exécro. Es una turba de pobretes y demócratas que está

dando el peor ejemplo á la Europa y echando una mancha á la civilizacion.

Así deseo que el Norte se trague al Sud, y que se ahogue tragándolo. Hé

ahí mi política, y hay muchos otros de mi opinion, voto vá á sanes!

--Señor, me dijo Olybrius, levantándose con majestad, permitidme reasumir

en algunas palabras vuestra conversacion. Las contestaciones de estos

señores, vuestros amigos y vecinos,--contestaciones llenas de sentido

y de verdad, han debido convenceros de que vuestro cérebro no se halla

en estado normal. Una sociedad sin administracion, sin ejército, sin

jendarmes, la libertad salvaje de rezar, de pensar, de hablar, de obrar

cada cual á su manera, es á no dudarlo, convendreis en ello, una de

esas abominables pesadillas que solo el opio puede producir. Vuestro

sistema no duraria un cuarto de hora siquiera; es la negacion de todos

los principios y de todas las condiciones de esa civilizacion que hace

la unidad de nuestra gran nacion. Constituyendo una administracion

jerárquica y centralizada,--la sabiduria de nuestros padres hace mucho

tiempo que ha elevado á la Francia al primer puesto, enseñándoles á los

Franceses que la libertad es la obediencia. Nuestra gloria y nuestra

fuerza estan ahí, no lo olvideis querido cófrade, y volved en vos. Esas

ideas anárquicas que turban vuestro cérebro, que jamás entrarán en una

cabeza francesa, os dicen suficientemente que estais enfermo y tanto mas,

cuanto que no lo sentís. Es urjente que os cuideis; añado que solo un

tratamiento enérjico puede devolveros la posesion de vos mismo y la calma

que habeis perdido.

--Porqué no decis inmediatamente que estoy loco y que es menester

encerrarme?

Olybrius suspiró, tomó una narigada de rapé con el índice y el pulgar, la

aspiró lentamente, y me miró con aire contrito.

--Pobre amigo, dijo, estais gravemente atacado, pero yo os salvaré, sí,

os salvaré aun á vuestro pesar.

Sentía que la cólera tronaba en mi corazon, y me contenia á duras penas.

--Señor, le dije, acabemos esta comedias; hace mucho tiempo que dura y

estoy fatigado.

Olybrius se puso colorado hasta las orejas.

--Señor, dijo, engrosando la voz, vos lo tomais en un tono singular.

--No os incomodeis, querido doctor; os dariais un ataque de aplopejía.

--Doctor Daniel, díjo rechinando los dientes, yo no sufro inpertinencias.

Sabe usted con quien habla, mi hombrecito?

--Sí, con un hombron, con un tonto.

--Caballero, dijo, olvida usted que tiene delante un hombre condecorado

por todos los soberanos de Europa?

--Deveras! esclamé, tengo visto muchos. Oid su historia. Se hace empastar

en marroquin colorado un volúmen de necedades, se le depone en la

embajada, y no pasa mucho tiempo sin ser nombrado comendador ó caballero

del Hipopótamo ó del Cóvidor. Cruces! es la limosna que los príncipes

arrojan á los mendigos de la literatura.

--Sabeis señor, repuso, Olybrius, echando espuma de rabia sabeis que

á los treinta y dos años he sido nombrado miembro de la academia de

medicina por unanimidad.

--Pardiez! repuse, ahora veo que tengo mas razon de lo que creía. Si

hubiérais tenido talento habriais tenido enemigos; os hubieran hecho

esperar hasta los cincuenta años y no habriais sido recibido sino por

un voto de mayoria. Los tontos no ofuscan á nadie, y así entran á la

academia como en un molino.

Habia ido demasiado lejos, lo comprendia. El coronel reía á

descostillarse; pero Reynard me miraba de una manera estraña, y Olybrius

se ahogaba. Ví el momento en que cambiándose los papeles, era el enfermo

quien iba á sangrar al médico. El abogado tenia sin duda oro potable en

su gasnate; dos palabras dichas al oído de Olybrius le devolvieron al

imbécil toda su serenidad. Una sonrisa diabólica iluminó los pliegues de

su rostro. Se acercó al coronel, le pegó en el hombro, y le llevó á un

rincon, siempre seguido de Reynard, su fiel consejero.

Esa manera de obrar, ese conciliábulo, tenido en mi casa y sin mí, me

pareció estraño. Me paseaba á grandes pasos, próximo á estallar, cuando

Olybrius salió sin saludarme. Reynard, al contrario, me hizo una profunda

reverencia. El coronel se me acercó con aire alegre. Sus ojos brillaban.

--Sabeis, dijo, frotándose las manos, que lo habeis puesto de lo lindo al

parroquiano?

--He hecho mal? respondí.

--No digo eso, repuso Saint Jean; me habeis dado un gran placer, voto vá

á sanes. Detesto esos paisanos que se hacen cubrir de decoraciones sin

haber jamás arriesgado sino la piel de otros; pero, entre nos, el hombre

no vá contento! Es natural, no es verdad? Dice que le habeis insultado;

exije que le deis una satisfaccion.

--Yo? esclamé.

--Estad tranquilo, dijo el coronel, le he hecho entender la razon, y he

arreglado el negocio.

--Muy bien.

--Os batís.

--Qué nos batimos? dije muy asombrado. Y cuando?

--Al instante,--_sobre la marcha_, como se decia en el rejimiento.

--Es muy peligroso dejar enfriar estas cosas. Por haber esperado

veinticuatro horas he perdido diez ocasiones. Mi carruaje está abajo;

podemos partir; tengo pistolas exelentes, os gustarán. A treinta pasos

he hecho saltar la oreja de un caballerito, que me miraba de reojo so

pretesto de que era visco. Vamos, amigazo, los momentos son preciosos.

Adelante, voto vá á sanes!

--Dentro de un momento soy con vos.

--Vais á abrazar á vuestra mujer é hijos? mal sistema! eso enternece y la

mano tiembla despues. Nada de adioses trájicos; bebed un vaso de Madera y

fumad dos cigarros; eso retempla la moral y le dá nervio al antebrazo.

--No tenia ninguna necesidad de exitar mi valor; la cólera me arrebataba.

Entré en el salon, Jenny pálida y muda estaba allí con sus hijos

abrazados; todo lo habian oído.

--Partís con el doctor? me dijo Jenny con agonizante voz.

--Sí, querida amiga; probablemente estaré ausente algunos dias.

--Volvereis pronto? dijo; en seguida se detuvo como asustada.

--Sí, respondí, volveré pronto si Dios lo quiere. Dejadme abrazaros á

todos antes de partir.

--Adios, mi querido Enrique; recuerda mis consejos. Nada han hecho para

darte voluntad, es una gran desgracia; las pasiones toman en nuestra alma

el lugar que la voluntad no ocupa. Hazte convicciones razonadas y un

carácter enérjico; así es uno hombre. Toma una profesion independiente;

no esperes la fortuna sino de tí mismo. No inclínes la cabeza ante

nadie, no tengas que ruborizarte ante Dios, y no te inquietes del

porvenir. La felicidad no está en las cosas de la tierra, si no en la

alegria de una buena conciencia; la verdadera grandeza es la de un

hombre honrado, que se ha elevado por el trabajo y la virtud. Adios,

sé cristiano y ciudadano; recuerda que para dominar el egoismo que nos

devora, hay dos fuerzas invencibles: el amor de Dios y el amor de la

libertad.

Adios, mi Susanita, escoje tú misma tu marido. No mires ni la posicion

ni el dinero, mira el corazon, en él está la única riqueza que nada

tiene que temer del tiempo ni de los azáres. Toma sobre todo un hombre á

quien estimes y que piense como tú; ten orgullo del padre de tus hijos.

El amor se vá, la confianza y el respeto quedan en el hogar, y con el

tiempo llegan á ser algo mas dulce y santo que el amor. Cuando tengas

hijos, deja espandir sus almas; no les enseñes la cruel sabiduría de esa

sociedad que todo lo reduce al interés; déjalos soñar, como su abuelo,

aunque como él deban sufrir. Los mas desgraciados aquí abajo no son los

que lloran.

--Adios mi querida Jenny, perdonadme si os he ofendido y permitidme

que os dé un último consejo. Vosotras las Francesas, teneis demasiado

espíritu y penetracion; para ser dichosas es necesario mas simplicidad.

Por qué salir siempre? el mundo no puede ofreceros sino ajitacion y

fastidio. Recordad lo que ha dicho San Pablo: “El hombre no ha sido

creado para la mujer, pero la mujer ha sido creada para el hombre.”

Casaos con vuestro hogar, daos por placer el hacer la voluntad de vuestro

marido, y por último sed la reina de esa colmena donde Dios os ha

colocado: en ella está la felicidad que buscais fuera, y que os espera

en vano en una casa desierta. Ah, mi Jenny, porque no hemos nacido en

América,--allí residian el amor y la felicidad!

Mi mujer estaba muy ajitada; lloraba, pero al oír mis últimas palabras se

retiró de mis brazos, sollozando cuando la abrazé. Enrique recibió mis

caricias con aire frio y embarazado; solo Susana se colgó de mi cuello y

me inundó con sus lágrimas.

Volví á abrazarlos á todos, y partí para no volver mas. Bajar la

escalera, subir en el carruaje donde el coronel me esperaba con sus

pistolas, fué asunto de un instante. Pregunté á Saint Jean á donde íbamos.

No lo sé, dijo; seguimos el carruaje de Olybrius, creo que nos lleva

á Saint-Mandé, á algun jardin particular. Desde que han desfigurado

Vincennes y el Bosque para hacer Parques ingleses, no hay donde

divertirse. Batíos en una avenida que dá vuelta; apartad todas esas

jentes que os siguen la pista pisando vuestras pisadas. Nos falta un

campo cerrado en Paris; es una vergüenza para el viejo honor francés,

voto vá á Sanes.

El coronel estaba monótono y se repetia mucho; me apresuré á ofrecerle un

cigarro que le tapó la boca, y, hundiéndome en un rincon del carruaje,

seguí la moda francesa que consiste en reflexionar cuando ya no es

tiempo. A mi edad, y por una causa semejante, aquel duelo era una locura,

á la que me habia dejado arrastrar por un tonto brutal. Iba decidido á

no contestar al fuego de Olybrius; pero eso no me justificaba. Necio

de mi que no habia sido capaz de resistir á una estúpida preocupacion!

En aquel momento si, que recuerdos y remordimientos me trasportaban á

América! Volvia á ver las dulces y leales fisonomías de aquellos buenos

y sincéros amigos que me habian elevado hasta ellos. Truth, Humbug,

Naaman, Green, Brown mismo sonreian á mi alrededor, y con ellos toda

aquella familia Americana que hacia la alegria de mi corazon, sin olvidar

á Marta ni á Zambo. Qué diferencia entre los dos paises! El Paris en

que estaba me parecia una ciudad estranjera, las calles de mi infancia

habian desaparecido, y con ellas mis recuerdos; mis vecinos me parecian

ignorantes, vanidosos, egoistas; sus actos, su lenguaje, todo era

convencional; nada habia en ellos de verdad ni de simplicidad. En ocho

dias, pasados en Massachusetts, respirando la atmósfera de la libertad,

habia vivido mas que en Paris durante cincuenta años. Mis ojos se habian

abierto, el viejo hombre habia desaparecido; mi patria estaba allí donde

me amaban, allí donde vivia; mi alma volaba al otro lado del Océano.

Absorto en aquel fantaséo no volví en mí sino al bajar del carruaje.

Estábamos en el patio de una gran casa, con ventanas de reja,--algo

parecida á un convento, á un colejio ó á una cárcel. En el fondo habia

un jardin que Reynard me designó como lugar del combate, invitándome á

entrar en él, mientras arreglaba con el coronel y dos amigos todas las

condiciones del duelo.

Avancé sin desconfianza; de repente cerraron la reja tras de mí; volvíme,

cuatro hombres vigorosos me cojieron de piés y manos; resistí como un

furioso, grité, ahogaron mi voz. En un abrir y cerrar de ojos fuí llevado

á una sala baja, echado, sujetado y atado en un sofá. En seguida todo se

puso á dar vuelta delante de mi con una increible celeridad; una masa de

agua helada cayó sobre mi cabeza, y me desmayé.

Paris en América · 第 64 / 109 题