CAPITULO XXXI.

Algunos inconvenientes de un viaje á América.

Al salir de aquel peligro, ó de aquella pesadilla, no sé como decir,

necesité algun tiempo para reconocerme. Dónde estaba? En qué pais me

habia echado mi verdugo. Las cortinas de la cama estaban cerradas,--las

abrí; el cuarto sombrío y mudo; era aquello el silencio y la media luz

que rodean á un enfermo. Cuando mis ojos se habituaron á la oscuridad

miré á mi alrededor y ví una mesa cubierta de papeles, de libros, de

folletos, apilados al azar; una biblioteca llena de libros encuadernados

á la rústica, en pasta y media pasta, parados los unos y atravesados los

otros; una masa de mamotretos, que se alzaba desde el suelo formando una

pirámide bamboleante que á cada instante amenazaba derrumbarse; todo

estaba en su lugar, y no habia que dudarlo, me hallaba en mi gabinete! en

Paris, en Francia,--de vuelta al fin de mis carabanas. Lo diré? Aquella

vuelta al centro de la civilizacion me hizo un mediocre placer; habíale

tomado gusto á la libertad.

Tiré la campanilla, Jenny entró en puntas de pié, y me preguntó en voz

baja si habia llamado.

--Sin duda, querida amiga, la dije; dadme luz, por piedad, este cuarto es

una tumba.

Jenny entreabrió las cortinas y llamó á Susana, que asomó muy despacio la

cabeza á la puerta, y se detuvo para mirarme con ojo inquieto.

--Y bien, señorita, la dije alegremente, no besais hoy á vuestro padre?

En lugar de echarse en mis brazos, acercóseme con paso tímido y me tomó

la mano llorando.

--Cómo os sentís, papá? murmuró.

--Muy bien, hija mia, salvo la fatiga y la emocion del viaje.

--Ah! dijo Susana.--Ah! dijo Jenny.

Habia en aquel grito un acento tan estraño, que alternativamente miré á

mi mujer y á mi hija; sus rostros estaban alterados.

--Qué teneis? les pregunté. Qué tengo que pueda alarmaros?

--Amigo mio, dijo Jenny, os ruego que guardeis silencio, así lo ha

recomendado el doctor Olybrius.

--Quién es el doctor Olybrius? No es ese fátuo que ha hecho un grueso

volúmen sobre la “Cuaresma considerada bajo el punto de vista de la

hijiene y de la navegacion”. Qué hay de comun entre ese pedante de

sacristia y yo?

--Daniel, repuso Jenny, con tono seco, el doctor Olybrius es el médico

que todo el mundo consulta. Hace ocho dias que tiene por vos los cuidados

de un cofráde y de un amigo.

--Ocho dias! grité sentándome en la cama. Estais soñando, hija querida?

Cómo puede haberme cuidado en Paris vuestro doctor, siendo así que

estábamos en América?

--Escuchadme, Daniel, dijo mi mujer con voz conmovida, escuchadme sin

interrumpirme; va en ello vuestra salud, vuestra vida quizá.

--El mártes pasado, hace ocho dias, habeis vuelto á casa en un estado

deplorable. Habiais consultado no sé qué charlatan; y si he de creerle al

doctor, aquel hombre os ha hecho tomar una pocion de opio, ó de hatchis

que debia mataros. La fuerza de vuestra constitucion, nuestros cuidados

quizá os han salvado. Toda la semana habeis estado en un letargo completo

ó en un delirio espantoso. Habeis tenido visiones terribles, que mas de

una vez nos han hecho temer por vuestra razon. Hoy volveis á delirar,

el doctor Olybrius lo habia predicho; pero añadiendo que esta vuelta á

la salud exijía los mayores cuidados; que, segun todas las apariencias,

necesitaríais de algun tiempo para sacudir todos vuestros sueños y

acostumbraros de nuevo á la vida real, y que en una crísis semejante el

reposo y el silencio eran de absoluta necesidad.

Al oir aquello miré á mi vez con espanto á mi mujer. Qué significaba

aquella fábula, referida con tanta seguridad? Yo estaba seguro de haber

estado en América; un cérebro Francés jamás habria imajinado lo que

yo habia visto; por otra parte, el delirio es incoherente y no deja

recuerdos. Pero si Jenny habia estado en Francia mientras yo vivia en

Massachusetts, quién era pues, esa Jenny Americana, á quien estrechaba

con tanta ternura sobre mi corazon? Sería bígamo sin sospecharlo? Habia

dos Susanas y dos Enriques, el uno en Paris de Francia y el otro en

Paris de América? Era yo doble? Tenia una sola alma en dos cuerpos? Qué

confusion! Qué caos!

Maldito Jonatás! murmuré, que el diablo te lleve, y al espiritismo

contigo! Vaya un lindo embarazo en el que me encuentro!

De repente la verdad me hirió, y me reproché el haber escuchado á mi

mujer, siquiera un instante. No me habia dicho Jonatás que solo yo

conservaria la memoria, y que mi familia se haría Yankee de nacimiento?

Todo se esplicaba de la manera mas natural; Jenny era el juguete de una

ilusion. Si alguien soñaba en mi casa no era yo, era mi mujer. Esta

reflexion tan simple me volvió el valor y mi dignidad.

--Querida mia, le dije á Jenny, no os fieis en las apariencias. Vuestro

Olybrius es un tonto; yo no he estado nunca enfermo, la prueba la teneis

en que mi pulso no tiene mas que sesenta y cinco pulsaciones, en que me

muero de hambre, y en que, con vuestro permiso, voy á levantarme y á

almorzar. Por toda respuesta mi mujer se anegó en lágrimas: es un modo de

razonar que Aristóteles ha hecho mal de olvidar; representa un gran papel

en la retórica conyugal: un marido exitado está medio vencido.

Susana, como hija bien criada no dejó de encarecer á su madre, y se colgó

de mi pescuezo sollozando: Papá! gritó, mi papacito, no os hagais daño,

esperad al doctor.

--Le esperaré de pié, y no en ayunas, repuse; por lo demas, hijos mios,

no quiero aflijiros. Soy médico, y os doy mi palabra de honor de que me

siento muy bien; si mi asercion no basta haced subir á mi vecino Rose; él

es médico y antes de poco os habrá tranquilizado.

La transaccion fué aceptada, entrando muy luego Rose con una cara tan

séria y tan solemne que me reí en sus barbas.

--Buen dia, mi viejo amigo, le dije, tendiéndole la mano.

--A qué debo esta honra, señor doctor, respondió sentándose en mi

poltrona.

--Tened la bondad de tomarme el pulso, y decidles á estas señoras si no

estoy en perfecta salud.

Tomó mi brazo, contó gravemente las pulsaciones de la arteria, y,

volviéndose hácia Jenny, con aire asombrado, dijo:

--Si me fuera permitido dar una opinion, me atreveria á decir que este

pulso está regular, y hasta un poco débil, como el de un hombre que

no ha comido. La crísis ha pasado, si la ha habido, que no me atrevo

á afirmarlo. Creo, añadió desarrugando la frente, que un pollo frio y

algunos vasos de vino de Burdeos están naturalmente indicados; es una

prescripcion que, enfermo ó nó, el señor doctor puede aceptar.

Las dos mujeres salieron para ordenar mi comida; Rose, se levantó y

acercándoseme con el dedo en la boca:

--Confesad, doctor, dijo en voz baja, que en adelante no volvereis á

jugar con el láudano?

--_Tu quoque?_ esclamé. Querido señor, el opio nada tiene que hacer en

este negocio; he sido magnetizado.

--Bueno, dijo: con que vos, doctor, un hombre de fondo, un espíritu

fuerte, creeis en el magnetismo, cuando la Academia de medicina le rehusa

el derecho de ciudad?

--Ha sido necesario ceder á la evidencia, repuse suspirando. Teneis en mi

una víctima de esa deplorable invencion. Me han transportado á América.

Rose retrocedió pálido y confuso.

--Sí, repuse, me han transportado á América, con mi casa y mi calle. Allí

os he visto á vos, Sr. Rose; erais allí un patriota, un bravo, un capitan

de zuavos.

--Callaos, en nombre del cielo, dijo, callaos, si otro que yo os oyera!

--Dudais de mi palabra? le dije, necesitais pruebas?

--No quiera Dios que os dé un desmentido, esclamó el boticario; hemos

servido juntos en las filas de la Guardia Nacional, os tengo por un

caballero y sentiria mucho que os sucediera nada desagradable. Escuchad

el consejo que me dicta el respeto que os tengo. Sed prudente; sed

discreto. Habeis estado en América, sea; vos lo decis, yo lo creo; pero

en vuestra casa todos creen lo contrario. Sois el único de vuestra

opinion. Por consiguiente, ya sabeis el proverbio:

_Quand tout le monde a tort, tout le monde a raison_[64].

Si os obstinais en hablar de ese viaje magnético, temo que los incrédulos

se venguen á su modo, y que os hagan pasar por un hombre que....

Se detuvo, puso uno de sus dedos sobre mi frente, agachó la cabeza y me

miró con aire compasivo.

--Cómo! esclamé, os imajinais por ventura que tengo trastornado el

cérebro?

--Sin duda que no; no sé á qué atenerme, pero quién puede detener á las

imajinaciones demasiado vivas? vuestra aventura es tan estraordinaria,

que seria prudente que solo vos guardárais el secreto de ella.

--Señor Rose, repuse, sentaos y hablemos, vereis que jamás he tenido la

cabeza mas sana. Cómo están vuestros nueve hijos?

--Muy bien, contestóme, os doy las gracias; todos están ya colocados

inclusive mi Benjamin.

--Alfredo, no es verdad?

--Sí, dijo sonriendo, un lindo mozo de veinticuatro años. Qué gusto para

un padre haber colocado al fin á toda su familia, y haberla colocado bien.

--Qué hacen todos vuestros hijos? Contadme eso, vecino; hablad incrédulo;

aseguraos que tengo el corazon y el espíritu mas jóvenes que á los veinte

años.

--El mayor, dijo, es el único que me ha dado algunos pesares. Era el

retrato de su difunta madre. Porfiado, ambicioso, con ideas siempre

suyas, y no queriendo cederle á nadie me tenia siempre inquieto. Así, he

me visto reducido á hacerlo entrar en la escuela politécnica, de donde ha

salido siendo uno de los primeros. Podia tener un hermoso puesto en los

tabacos, pero es un caballo arisco que no hay como enfrenar. El caballero

ha corrido el mundo con invenciones en su bolsillo; es hoy dia director

de una usina y pretende que hace fortuna. Dios lo quiera! Pero la

industria es un oficio pérfido; solo despues de haberse uno muerto puede

tener la seguridad de haber salido bien. Ese niño me inquieta siempre.

--Mis otros hijos, educados cuidadosamente por mí, no me han dado sino

alegrias. Han recibido una educacion literaria, y gracias á protecciones

hábilmente empleadas, á todos les he colocado en la administracion.

Tengo dos en las aduanas, dos en los derechos reunidos; otros dos son

receptores, el octavo está en las aguas y bosques; en cuanto á mi

Alfredo, hélo secretario particular de un prefecto,--en el camino de las

grandezas. Antes de dos años si le consigo algunas recomendaciones, será

consejero de prefectura con mil ochocientos francos de sueldo.

--Cómo! esclamé, vos, Rose, un patriota habeis hecho de vuestros hijos

dependientes, cuando podiais abrirles una carrera independiente y

hacerlos ciudadanos?

--Doctor, repuso el boticario, he seguido el consejo y el ejemplo de las

jentes de talento. Si el servicio del Estado no es brillante, es seguro.

No se tienen inquietudes ni fatigas, si hay alguna fortunita, se trastea

en la bolsa para mejorarla; procura uno casarse con una mujer que tenga

un lindo dote, y padres que no sean muy jóvenes; vive uno tranquilamente

y envejece á su gusto con una buena jubilacioncita, en el fondo de

alguna ciudad de provincia.

--Es la vida de una ostra.

--Las ostras son dichosas, repuse, es lo principal. ¿Sed fabricante,

comerciante, armador? La revolucion os arruina el dia menos pensado;

despues, es un gobierno fuerte que hace la guerra sin preveníroslo.

¿Y los impuestos que aumentan todos los dias, y las crísis, y la

competencia? Todo se conjura contra el hombre que trabaja. Nuestra

sociedad no es hecha para él. Loco es aquel que corre semejantes

aventuras, cuando nada hay tan cómodo como vivir tranquilo y honrado

sirviendo á su pais. ¡La Administracion es la Francia! Que los

republicanos y los delicados ladren cuanto quieran, por mi parte prefiero

que mis hijos estén con los que comen, no con los que son comidos.

--Y para llegar ahí habeis necesitado solicitar, estirar la mano.

--Sí, dijo riendo, se han hecho algunas bajezas. He caminado á derecha é

izquierda, he implorado, he adulado, pero me he salido con la mia que es

lo esencial. No abrais esos ojazos, doctor: he hecho lo que hace todo el

mundo. No por eso soy menos patriota, y dejo de estar en la oposicion;

estoy en el centro izquierdo, con toda la Francia, y me glorío de ello,

sea dicho entre nos, pero cuando el porvenir de mis hijos está de por

medio, pongo en el bolsillo mis opiniones, las cuales no me sirven de

nada.

--Para encontrarlas en un dia de revolucion, ¿no es verdad? le dije con

ironia.

--Sin duda, repuso con tono plácido. Se sirve al Gobierno, pero no se

pierde uno por él. Una de las grandes ventajas de la administracion

consiste en que las revoluciones le aprovechan; cada quince años hay una

crísis, ¡dichoso aquel que se encuentra en situacion de poder atrapar el

buen número!

--Sois un sábio, señor Rose.

--Un hombre de sentido simplemente, repuso con orgullosa modestia. Ved

por ejemplo á mi Alfredo; ha hecho estudios admirables; ha obtenido el

primer premio de discurso francés en el gran concurso. Si le hubiera

escuchado se habria hecho abogado, bella carrera, pero larga, difícil,

laboriosa y que ahora no conduce á nada. Al paso que con su injenio, su

buen porte y un poco de manejo, ese muchacho no necesita sino dos ó

tres buenas oportunidades para ser subprefecto en diez años, prefecto en

quince y quizá senador.

--Ay, Dios! esclamé, oís ese ruido en la calle?

Rose corrió á la ventana.

--No es nada, dijo, es un caballo que ha rodado y un hombre que ha salido

por las orejas.

--Estoy perdido: ¡tendré que pagar otros quinientos dollars!

--¿Qué teneis, querido señor? dijo el boticario, confuso con mi miedo.

Un desconocido que se rompe el pescuezo en la calle, es cosa que se vé

todos los dias, ¿qué mal puede haceros? es una desgracia de que no puede

acusarse á nadie.

--Eso atañe, al menos, á vuestra administracion, le dije, volviendo en mí

y pensando que ya no estaba en América.

--La administracion nunca es responsable, repuso Rose con tono chusco.

Ella nos cuida á todos á nuestro riesgo y peligros.

--Hay un inspector.

--Sin duda, dijo, pero el inspector depende del prefecto, y este depende

del gobierno, el cual no depende sino de Dios y de su espada. Como decía

mi difunto padre hay tres casos fortuitos y sin remedio: naufrajio,

incendio y hechos del príncipe. Hoy dia contra el naufrajio y el incendio

hay el seguro; contra los hechos del príncipe nos resta lo que tenian

nuestros abuelos,--la resignacion.

--Las cosas no andan así en................

Rose me miró, yo me mordí los lábios y callé.

--Por lo demas, continuó el boticario, pronto os vereis libre de ese

detestable empedrado, que van diez años, hace la desesperacion de los

cocheros; el mes que viene os espropian.

--¿Qué me espropian?

--¿No lo sabeis? repuso; la informacion está abierta hace ocho dias.

--Me opongo, reclamo.

--¡Reclamar! ¿y para qué? dijo con aire paterno. Querido vecino, conoceis

sin duda la historia de la olla de barro y de la olla de hierro. No

os encapricheis, es inútil y algunas veces perjudicial; tratad con la

administracion, os dará por vuestra casa un precio razonable, ¿qué mas

quereis?

--No quiero que me echen de la casa de mis padres; pero tengo los

diarios, escribiré.

--¡Los diarios! dijo el boticario. Ojalá los suprimieran á todos. De qué

nos sirven hace diez años. En otro tiempo, bajo el último reinado, le

decian las verdades á los ministros,--era divertido; hoy dia no sé que

enfermedad les han inoculado, están mudos como peces. No son sino avisos.

Tengo acaso necesidad de pagar cincuenta francos por año porque me manden

á domicilio el prospecto de todos los negocios sucios, cuyas perfecciones

se decantan á cinco sueldos la línea. Si yo fuera gobierno, obligaria á

los diarios á decir la verdad; de lo contrario, me basta el _Monitor_, y

todavia!

--Y sois liberal?

--Liberal y francmason, hasta la muerte, dijo, levantando la mano con

grotesca seriedad. Hace cuarenta años que mi _Credo_ no ha variado jota.

Viva nuestra inmortal revolucion y el Imperio que ha llevado hasta Moscow

los gloriosos principios de 89! Abajo los aristócratas y los emigrados.

Abajo los Jesuitas, que son la causa de todas nuestras miserias! No

soy enemigo de la relijion, el pueblo la necesita, pero quiero curas

patriotas y honrados. Odio á la pérfida Albion, maldigo al autócrata

Ruso, quiero que la Francia liberte á todos los oprimidos: Polacos,

Húngaros, Valacos, Servios, Maronitas, Italianos y Negros. Por lo demas,

amo la paz y las artes; nunca tendremos de sobra para nuestra primera

escena nacional, la comedia francesa, donde he aplaudido al señor Talma,

en _Sila_:

_J’ai gouverné sans peur et j’abdique sans crainte._

Quiero un gobierno fuerte y patriótico, que escuche á los hombres

honrados y haga callar á los abogados y á los charlatanes. Quiero un

ejército que le haga frente á la Europa, una marina que desafie á la

Inglaterra, canales y ferro-carriles por todas partes; quiero que

el gobierno le dé trabajo y pan al obrero. Quiero ademas un pequeño

presupuesto y pocos impuestos. No entiendo que el Estado engorde con los

sudores del pueblo. Hé ahí mi símbolo; es el de todo buen Francés.

--Y la libertad, le pregunté, no la veo en vuestro programa?

--Os equivocais, repuso. No os he dicho que queria un gobierno enérjico,

una administracion que pulverice todas las resistencias individuales? El

dia en que el Poder, comprendiendo sus verdaderos intereses, os obligue á

ser libres, tendremos libertad y se la impondremos al universo.

--Qué entendeis por la libertad? le pregunté.

--Vecino, dijo, hé ahí una pregunta, que prueba lo sana que teneis la

cabeza. Hay una cáfila de necios que gritan libertad! libertad! sin

ver el lazo que les tienden el fanatismo y la aristocracia. No quiero

esas falsas libertades que solo son el privilejio de la riqueza y de

la supersticion. Patriota, amigo de las luces, no quiero una libertad

relijiosa provechosa solo para los sándios. Para que el pueblo sea

libre es menester embozalar á los frailes. No quiero una libertad de

asociacion, únicamente buena para los capuchinos; no quiero que en nombre

de la caridad se corrompa al pobre con limosnas políticas, dándole

un pan envenenado. No quiero una libertad de educacion que entregue

nuestros hijos á los Jesuitas. No quiero una libertad departamental que

reconstruya el federalismo provincial; no quiero una libertad comunal

que resucite el despotismo del señor y del cura, haciéndonos siervos y

villanos. Mejor es la mano del Estado que esos derechos anárquicos, de

que abusarian las jentes inquietas, los aristócratas, los fanáticos y los

gazmoños. Estoy con el pueblo, viva la igualdad!

Miraba con terror á aquel honrado Beociense, y decia para mis

adentros,--pensar que antes de mi viaje á América yo estaba en ese

grado de inbecilidad! Yo tambien ponia mi patriotismo en la igualdad

de la servidumbre; yo tambien hacia consistir la libertad pública en

la destruccion de todas las libertades particulares, como si despues

de ese anonadamiento quedára otra cosa que el brutal mecanismo de la

administracion. Jonatás! Jonatás! maldito brujo! Porqué me has hecho

estranjero en mi pais, porque no trasportas á América á todos los

franceses, por ocho dias siquiera?

--Y bien, vecino, dijo el boticario, sorprendido de mi silencio, qué

pensais de mis principios? No soy un hombre del siglo? No soy un patriota

y un Francés en toda regla? No son esas las doctrinas que vos habeis

defendido siempre?

--Es verdad, repuse, pero al hacer la enumeracion de todas las libertades

de que tenemos miedo, no veo bien las que nos quedan.

--Bah, me dijo, vos os chanceais. Y la libertad de la panaderia, es acaso

nada? Y el sufrajio universal, no es todo? En la hora del escrutinio

es cuando se reconoce á los hombres que no adulan jamás al poder. Hace

cuarenta años puedo hacerme esa justicia, que nunca he votado sino con la

oposicion. Pueden hacerme mil pedazos,--no cederé.

--Mientras tanto, os dejais espropiar sin decir una palabra.

--Entre nos, la cosa me fastidia, repuso el boticario. Pero qué quereis,

no soy sino un individuo. Como ciudadano desafio á los tiranos; como

simple potentado no he de ir á ponerme mal con la administracion, de

la que tengo necesidad todos los dias. Por otra parte, los principios

están ahí; el interés privado debe ceder ante el interés jeneral. Pensad

que si la conservarán, vuestra casa desbordaria dos centimetros al menos

de la alineacion jeneral. Quién sufriria semejante defecto de simetría?

Nosotros los Parisienses hemos nacido con el compás en los ojos. No

habria pasante á quien no lo chocára esa enormidad y que no gritára hasta

desgañitarse contra nuestra edilidad.

--Sí, dije, los derechos no son nada, la linea recta es todo.

--Señor, dijo el boticario, no hableis mal de la linea recta; me dariais

mala idea de vuestras luces y de vuestro gusto.

--Mucho debeis amar el camino mas corto de un punto á otro, puesto que le

haceis sin pesar, el sacrificio de vuestra industria.

--Si lo amo? dijo; escuchadme, vecino, os haré una confidencia, que estoy

seguro os encantará, como ya ha encantado á todos mis amigos.

Soy todo orejas, como hombre que lo que mas desea es convertirse.

--Ya veis, dijo, lo que hacen de París. Viejas casas, antiguos recuerdos,

todos esos restos de un pasado bárbaro caen bajo el martillo de los

demoledores y son reemplazados por calles rectas y palacios nacidos de

ayer. Es magnético; un Parisiense mismo se pierde en él. Antes de diez

años París será una ciudad completamente nueva: el teatro, la posada y

el café del mundo entero. Eh bien! partiendo de las mismas ideas, he

concebido un proyecto mas atrevido y hermoso; pongo á toda la Francia en

París. La provincia está muerta,--ya no hay ni Auberneses, ni Gascones,

ni Saboyardos; ya no hay ni siquiera Franceses. Todos somos Parisienses.

--La obra es grande, continuó; se trata de fortificar y de concentrar

la unidad nacional, que deja mucho que desear; pero el medio es de los

mas simples; prolongo el _boulevard_ de Sebastopol, de un lado hasta

Bayona, del otro hasta Dunkerque; llevo la calle de Rivoli, de una punta

hasta Brest, de la otra hasta Niza. De paso, derribo todo, á fin de que

nada embarace la linea recta. Qué perspectiva! Qué horizonte! Y el gasto

es nada! Las espropiaciones no costarán caro, el aumento de precio de

los terrenos será enorme, porque siempre se estará en París. Todas las

ciudades no serán ya sino suburbios.

En medio de la via coloco un ferro carril; de ambos lados hago construir

casas con arqueria, á fin de que los pedestres no sufran ni la lluvia

ni el lodo; coloco teatros de trecho en trecho y cafés en todas partes.

París se vuelve asi el paseo del jénero humano. Eso no es todo, llamo

á las artes en mi socorro para dar estilo á mis construcciones. En la

estremidad de ese _boulevard_ de doscientas leguas del lado de Bayona,

erijo una estátua de ciento veinte pies: la gloria; en la otra estremidad

hácia Dunkerque: la victoria. Al fin de la calle de Rivoli, hácia Brest:

un grupo de guerreros; abajo, hácia Niza, ninfas ofreciendo laureles. En

el centro, finalmente, es decir, hácia Bourges, establezco un Walhalla,

un panteon jigantesco. Una columna ó mas bien una pila inmensa formada

de cañones superpuestos, elevará hasta las nubes una especie de Minerva

con pica, casco y coraza. Esa será la Francia, reina de las artes, de

la civilizacion y de la paz. Al rededor de la columna dispongo un vasto

pórtico coronado de granadas y de obuses que estallan; en el interior

coloco las estátuas de todas nuestras glorias nacionales: Duguesclin,

Dunois, Condé, Turenne, Hoche, Kléber, Masséna, Murat, &a; arriba

establezco estátuas simbólicas, cada una de veinticinco pies de alto.

De un lado la Guerra protejiendo la industria y las artes; del otro la

Conquista llevando al estranjero la libertad; en el centro la Fortuna y

la Belleza coronando la valentía. Eso será noble y grandioso, tendremos

asi monumentos patrióticos que inmortalizen un siglo y engrandezcan el

espíritu de veinte jeneraciones. La inmensidad en la uniformidad, qué

ideal!

Los griegos, respondí, hacian, me parece consistir la belleza en la

proporcion y la variedad.

--Los Franceses no son Griegos, esclamó él; somos Romanos; nada nos place

como la enormidad y la simetría; lo jigantesco es lo bello.

Suspiré, bajé la cabeza y no contesté.

--Eh bien, doctor, volveis á caer en el silencio? Qué pensais de mi

proyecto?

--Pienso, le dije, alzando los hombros, que vengo de un pais donde se

ocupan de levantar hombres en lugar de levantar piedras y de construir

monumentos. Los pórticos, las columnas, los arcos de triunfo, las

estátuas, forman en el horizonte una hermosa perspectiva; pero hay algo

mas hermoso, mas grande, algo mas vivo que esparce en la mas estrecha

calle la mas esplendorosa luz, y que hace del antro mas sombrio un

palacio: es la libertad.

--Vamos, repuso, con su tono de autor irritado, con que vuelven á venir

vuestras mariposas negras; siento que mi presencia es indiscreta.

Se levantó, y le dejé marcharse. Qué habia de hacer con aquel loco? Oí

que hablaba con mi mujer en el salon, y percibí el nombre de Olybrius,

y las palabras:--“daos prisa, es tiempo.” Qué significaban aquellas

palabras? No hice caso de ellas, y fué mal hecho. Es menester desconfiar

siempre de los necios.

Paris en América · 第 62 / 109 题