El incendio.
Al primer grito de Zambo, el boticario corrió á la ventana, en seguida
volviéndose hácia Green:
--Teniente le dijo, es á nosotros á quienes llaman; el incendio es en la
duodécima avenida.
--Sarjento, soy con vos, dijo el especiero levantándose. Doctor, agregó
golpeándome en el hombro, alerta! el carruaje no espera.
--Bueno! me dije, viéndolos salir acompañados de Alfredo y de Enrique,
hélos ahí que juegan á la guardia nacional. La guardia nacional! es un
regalo que la América nos ha enviado con el ciudadano Lafayette, y que
nos ha aprovechado lindamente! Corred á esa parada inútil, queridos
amigos, y que os haga buen provecho!, por mi parte, me quedo en casa. Qué
es ese carruaje de que habla Green? ¿Se imajina él, que yo voy á correr
como un papanatas, al espectáculo del incendio en un pais donde, segun
dicen, el fuego aparece todos los dias?
Me aproximé á la ventana: torbellinos de humo subian al cielo arrojando
chispas. El fuego tomaba cuerpo.
--Lijero, amo, lijero, el carruaje se aproxima, me dijo derepente Marta.
Me dí vuelta: frente á mi estaba Zambo, con una hacha en la mano, y un
casco de cuero curtido en la cabeza: Marta tenia una chaqueta de paño
negro, y un ancho cinturon jimnástico: era mi uniforme. Yo era bombero!
Bombero! yo! quería protestar contra este nuevo ultraje de la suerte;
pero Marta se habia apoderado de mi. En un abrir y cerrar de ojos, me
hallé vestido, ceñido, con el casco puesto, armado é izado sobre el techo
de un omnibus inmenso que contenia en sus flancos una máquina á vapor,
toda humeante. Dos magníficos caballos negros llevaban al galope bomba y
bomberos.
--No temas nada, Daniel, gritó Marta, con el brazo levantado, vas á
servir á Dios; el Altísimo te arrancará de entre las llamas, como ha
salvado á Sidrach, á Misach y á Abdenago, sus servidores.
Esta bendicion bíblica me hizo temblar; olia á quemado.
--Singular idea, esclamé, la de arriesgar su pellejo por desconocidos,
cuando podria pagarse á los bomberos.
--Qué es lo que decis doctor, interrumpió una voz ágria que me hizo
reconocer á mi vecino Reynard en el _attorney_[14] Fox.--Ciudadanos,
agregó, recitando quizá un viejo alegato, si quereis ser libres, sed
vosotros mismos vuestra policia y vuestro ejército. Darse guardianes, es
darse amos. Mi querido amigo, continuó en tono natural, ¿dónde habeis
tomado esas ideas del otro mundo? ¿no sois amigo de la libertad?
--La libertad ante todo! me apresuré á contestar, un poco avergonzado de
mi debilidad. Correr al socorro de sus conciudadanos es un deber y un
placer que no cedo á nadie; tengo orgullo en ser bombero!
--Menos que Green, querido vecino, respondió el hombre cara de zorro.
Ese sí que vá contento al incendio! El es diabólicamente fino, agregó
hablándome al oido; _devilish smart_, repitió cuatro veces, guiñándome el
ojo, y haciéndome señas con la nariz y la barba.
Abrió su tabaquera, suspiró y tomando dos veces lentamente tabaco:
Nuestro Capitan, dijo, el bravo coronel Saint-John se retira, Green es
teniente y ambicioso. Quiere ser Capitan con el objeto de elevarse mas
alto. El es diabólicamente astuto; pero aunque tiene cuidado de ocultar
sus cartas, yo leo en su juego.
Fox no habia concluido todavia sus insidiosas confidencias, y ya habiamos
llegado: Ninguna policia, ninguna precaucion habia sido tomada; un
pueblo de curiosos estaba alineado en las veredas, y por suerte dejaba
libre el medio de la calle, la máquina fué instalada en un instante,
desencadenados los pistones, el agua corria por todas partes. Mientras
que el teniente reconocia el foco principal del incendio y daba sus
órdenes, púseme á dirijir los tubos con mi amable vecino.
Frente á nosotros estaba una casa presa toda del fuego. Las llamas habian
roto las ventanas y salian en torbellinos. Derrepente, se escucharon
gritos desgarradores en el primer piso. Una figura blanca pasó como una
sombra. Una voz de mujer pedia socorro. Al instante, Green, apoyando una
escalera á lo largo de la pared, subió y desapareció en medio del humo.
Diabólicamente fino, me dijo Fox con un gesto satánico, _devilish smart_;
juega cerrado, el ambicioso!
--Por aquí muchachos, por aquí, gritaba Rose, enteramente ocupado de
ahogar el incendio. Levanté á fuerza de brazo el pesado tubo; pero no
podia quitar la vista de la ventana por dónde Green habia entrado. El
corazon me saltaba, la inquietud me ahogaba.
En el mismo instante reapareció Green, con una mujer en los brazos, y
descendió en medio de los hurras de la multitud.
Apenas en el suelo, la mujer se incorporó:--Mi hijo, gritó, donde está mi
hijo, dónde está mi hija?--Todo su cuerpo temblaba, lloraba, levantaba
los brazos hácia la ventana incendiada y queria arrojarse en aquella
hornaza. Se procuró en vano retenerla, se escapaba de nuestras manos,
corria á la casa, y, rechazada por la llama, retrocedia lanzando gritos
terribles y arrancándose los cabellos.
Todos nos mirábamos. La llama rujia como la tempestad, el techo
incendiado iba á desplomarse. El niño estaba perdido. No sé lo que en ese
momento pasó en mi alma: la vista de aquella pobre madre, las palabras
de Marta, el ejemplo de Green, la idea de que yo era francés, qué sé
yo?--fué una embriaguez que me subió á la cabeza--Corrí á la escalera, y
estuve arriba antes de saber lo que hacia.
Rose quizo detenerme:--Soy padre, esclamé, no dejaré que ese niño muera!
Una vez en la habitacion, tuve miedo. Las llamas silvaban á mi alrededor,
los ensamblados crujian, los cristales estallaban: era aquello un ruido
siniestro. Sofocado por el calor, enceguecido por el humo, llamé, nadie
respondió; grité, ni el éco resonó. Estaba desesperado, cuando una lengua
de fuego roja, atravezando la oscuridad me mostró frente á mi una puerta
cerrada. Romper la cerradura de un hachazo, entrar en la habitacion,
correr á la cuna donde lloraba un niño, apoderarme de este tesoro, fué
cosa de un instante; qué alegria! pero fué corta. Rodeado de humo, casi
afixiado, no sabia donde estaba; el corazon me palpitaba, la cabeza me
daba vuelta, estaba perdido.
--Por aquí, doctor! por aquí, Daniel! gritaba la voz de Rose; avanzad,
pero reculando, atencion!
El consejo era prudente, apenas me habia dado vuelta, un vigoroso chorro
de agua dirijido por la hábil mano del boticario, me inundó de piés á
cabeza, á riesgo de voltearme. Gracias á esta diversion estratéjica, que
contuvo por un instante el fuego y disipó el humo, ví la ventana, corrí á
ella, y enhorquetándome en la escalera; me dejé deslizar hasta el suelo,
negro y humeante como un tison mojado. Un instante despues el techo se
hundia con espantoso estrépito. Marta tenia razon: Dios me habia tratado
como á Abdenago.
Decir la alegria de la pobre madre sería cosa inútil. El mas feliz
era yo, que habia salvado á un niño y sostenido el honor del nombre
francés. Mi locura me habia costado algo: tenia una parte de mis cabellos
chamuscados, una mejilla asada y el brazo izquierdo quemado de puño al
codo:--¿qué era esto despues de lo que habia ganado?
Una hora cuando mas despues del suceso, volvíamos á nuestro barrio,
dejando á los recien venidos el cuidado de estinguir los restos
humeantes. Trepé listamente, y con la cabeza erguida, á ese mismo omnibus
en que por la mañana habia subido tan de mala gana. Fox estaba allí,
guiñando el ojo, como si fuese tuerto.
--Green es pillo, dijo, dándome un codazo en el brazo enfermo, lo que me
hizo estremecer, pero vos sois endemoniadamente mas pillo que él. Hurrah
al capitan Smith! agregó frotándose las manos.
No le respondí: un nuevo espectáculo me ocupaba enteramente.
A lo largo de las veredas estaba alineada una inmensa multitud en un
órden increible. Casi todos los hombres tenian un papel en la mano, que
ajitaban á nuestro paso.
--Hurrah al bravo teniente! Hurrah á Green! gritaban. Hurrah á Smith!
Hurrah al bombero heróico!
--Helos ahí, se decian señalándonos con el dedo. Aquel, es Green; ese
otro, es Smith! Hurrah! Los sombreros se alzaban, flotaban los pañuelos
y las mujeres nos mostraban á sus hijos, que ajitaban sus manecitas como
si nos bendijeran. ¿Por medio de qué misterio sabia ya toda la ciudad
mi nombre y mi accion?--lo ignoraba, y no lo preguntaba. Uno se habitúa
pronto á la gloria; pero la emocion comenzaba á dominarme. Habia tenido
fuerzas para contemplar á la multitud con la modestia y la calma de un
héroe. Al aproximarme á mi casa derramaba lágrimas. El pueblo rodeaba á
Jenny, á mi hija, á Marta que predicaba, y á Zambo que bailaba como un
niño. Me eché en sus brazos, y, apesar de mi figura de deshollinador
sabe Dios, con cuanto cariño abrazó á todos. Creo que estaba tan negro
como Zambo.
Antes de entrar en casa, Jenny me mostró sonriendo la imprenta que estaba
frente, la del _Paris-Telegraphe_, ese diario sedicioso. Un inmenso
cartel se elevaba en lo alto de la casa, y de una media legua podia
leerse lo que sigue: