Una casa, y no más; blanca y sencilla,
lejos del mundo y de los hombres vanos.
Un huerto en que frutezca la semilla
por la virtud humilde de mis manos
y del sudor labriego de mi frente.
Una vida sin odios cortesanos,
incertidumbre del placer presente,
angustia mensajera del mañana,
y envidias, donde el mal abre su fuente.
Una vivienda pobre y aldeana,
cerca del bosque, y que del mar, amigo
de mi risa infantil, no esté lejana.
En su quietud, á solas, sin testigo,
he de labrar el alma como el huerto,
del vendaval poniéndome al abrigo.
Mi brazo en la labranza se hará experto,
y aguzaré del alma las pupilas
cuando en negrura el orbe esté cubierto
y las obras de Dios yazgan tranquilas.
Morderé de la amada biblioteca,
la fruta idónea, entre apretadas filas,
cuyo zumo no se agria ni se seca.
Vestiré el alma con el recio lino
que la historia hubo hilado con su rueca.
Y acaso, cuando el gallo matutino
á media noche el aquelarre ahuyente,
iré á besar con amoroso tino
el rostro sonrosado y sonriente
del infante gentil que hayamos hecho
en minutos de amor, puro y ardiente.
Después reclinaré sobre tu pecho
mi cabeza cansada y cavilosa:
y será un paraíso nuestro lecho.
Al otro día, entre la luz brumosa,
veremos en las flores el rocío,
y la tierra estará como una rosa
recién nacida. Yo diré: Dios mío
que no nos huya nunca tanto bien.
Y al besarte, responderás tú: Amén.
_Exit._
De esta vez Alberto había subyugado á la familia Tramontana. Todos
habían puesto en él fe ciega, y de antemano se enorgullecían de que con
el tiempo el sordo apellido familiar corriera el mundo ensamblado á un
nombre rimbombante y glorioso. Don Medardo aseveraba que, á la vuelta
de un año, Alberto habría llegado á la _cúspide_ de la gloria; siempre
había pensado que su futuro yerno no había nacido para llevar una vida
oscura y _antihigiénica_, sino para brillar sobre el común de las
gentes. Como Alberto declarase que el carácter particularísimo de sus
empresas exigía de él que fuera á establecerse de asiento en Madrid,
durante una larga temporada, todos mostraron reconocer esta necesidad;
pero don Medardo, atacado de noble impaciencia, le hostigó á que se
fuese cuanto antes.
--El tiempo es oro, hijo mío --dijo--. El artillero siempre al pie del
cañón. El corazón no me engaña, y como veo que ahora vas de veras, y
que no te has de olvidar de Fina, te digo: márchate cuanto antes, y
duro, duro, duro. El mundo es para ti. Y luego, nada de viajecitos
de Madrid acá, á cada tres por cuatro. Ya no sois chiquillos, y las
relaciones son serias. Á subir, á subir á la cúspide.
Cuando Alberto se despidió de Fina, el uno y la otra estaban seguros
de que el porvenir les reservaba para un corto plazo la casa blanca y
sencilla, entre el bosque y el mar. Don Medardo acompañó á Alberto á la
estación. En el momento de arrancar el tren pensó decir: Dios te ayude,
hijo mío; pero una extraña afonía le apretó la garganta.