CAPITULO IX.

En que se sabe lo que hicieron con Miguel Lopez don Diego y don Fernando

de Válor.

Retrocedamos al momento en que los dos hermanos y Miguel Lopez salieron

de Granada.

Los tres ginetes, acompañados de cuatro lacayos tomaron á buen paso el

camino de las Alpujarras: al llegar al Suspiro-del-Moro, don Diego de

Córdoba revolvio el caballo y miró á la distante ciudad.

--¡Granada! ¡Granada! exclamó: hace cincuenta y cinco años, se detuvo en

este sitio el cobarde Boabdil y lloró por que te habia perdido: hoy me

vuelvo yo para jurarte que si Dios me ayuda y á despecho de mis

enemigos, tú volverás á ser la ciudad querida del Profeta, y yo... yo

seré tu rey.

--¡Hum! dijo Miguel Lopez, que estaba de muy mal humor; creo, hermano,

que os olvidais muy pronto del poder del emir de las Alpujarras.

--¡Ah! ¡el emir de los monfíes! ¿y creeis que el emir tenga mas poder

que yo?

--¡Si!

--¿En qué os fundais?

--En que él manda y vos le obedeceis. Y sino ¿por qué hemos abandonado

tan de improviso á Granada...? ¿por qué vagan allá entre las faldas de

la sierra, como cabras sueltas, ciertos hombres, que Dios me confunda

sino son gente que tienen mas de una razon para temer á las justicias de

las villas y á los cuadrilleros de la Santa Hermandad? ¿y para qué sino

habeis hecho que se adelante uno de vuestros lacayos?

[imagen: ¡Señor! ¡Señor! ¡mi salvacion por su vida!]

--En cuanto á lo primero, Miguel, ya sabeis que hay momentos en que nos

vemos obligados á doblegarnos: el edicto del emperador ha exasperado los

ánimos: en Granada ya sabeis que no puede hacerse nada sin que lo noten

la Inquisicion y la chancillería, cuyos alguaciles y espias tienen

siempre los ojos puestos en nuestras casas, los oidos donde quiera pueda

levantarse la voz de un morisco. El golpe vendrá de afuera, de las

Alpujarras: mañana, pasados dos dias... ¿quien sabe si esta misma noche?

puede acercarse un ejército á los muros de Granada, penetrar en ella,

sorprendiendo el descuido de los cristianos que nos creen puestos en

temor, y arrebatarles la ciudad. Por lo mismo y puesto que el emir (que

ahora es el que cuenta con mayor poder) nos ordena que nos presentemos á

él, nos es forzoso obedecer. Si, como decis, vagan monfíes en las

próximas quebraduras, esto nos indica que nuestro viaje acaso no será

muy largo, y en cuanto á lo de haber mandado á un lacayo que se

adelantase, ya sabeis que cuando se quiere tener lecho y comida en una

venta de las Alpujarras es necesario prepararlo de antemano.

--Si, si, dijo Miguel Lopez que no habia perdido enteramente su

desconfianza; ya sé que habeis cursado algunos años en Salamanca, que

sois muy letrado y que para todo encontrais una buena salida. Pero os

advierto que si pensais hacerme una traicion...

--¿Que decís Miguel? exclamó don Fernando de Válor con acento

amenazador, porque, mas jóven que su hermano y menos sufrido, no sabia

contenerse como él: ¿sabeis, amigo mio, que no parece sino que vos sois

nuestro señor y nosotros unos miserables esclavos obligados á sufrir

vuestras insolencias, y que ya se me va acabando el sufrimiento?

--Pues aunque se os acabe de una vez, mi buen hermano, dijo Miguel

Lopez, os advierte que voy prevenido, y que no os será tan fácil dar

cuenta de mi para dejar á vuestra hermana viuda.

--¿Es decir, exclamó don Fernando, desatendiendo una significativa

mirada de su hermano, es decir que creeis que os hemos sacado fuera de

Granada para asesinaros?

--Todo pudiera ser.

--¡Ira de Dios! exclamó don Fernando poniendo mano á su espada y

lanzando su caballo hácia Miguel Lopez, que desnudó á su vez.

Don Diego se interpuso.

[imagen: Brilló un relámpago, y vió que los que le acometian eran

Monfíes.]

--¿Estais locos? exclamó; mi hermano no ha comprendido todavía, Miguel,

que sois un hombre intratable, y que el miedo de que hagan con vos, lo

que vos seriais capaz de hacer con otro y lo que acaso mereceis, os

turba la razon y os hace decir locuras: ¿para qué diablos habíamos de

haberos casado con nuestra hermana si pensásemos en mataros?

--¡Hum! pronunció Miguel Lopez con desconfianza.

--Por lo mismo que con vos no se puede hablar sin peligro, añadió don

Diego, os advierto que durante la jornada no os dirigiremos ni mi

hermano ni yo una sola palabra. Envaina tu espada, Fernando; envaina la

vuestra Miguel, y marchad detrás, delante, ó á nuestro lado, como mejor

os convenga; espero en Dios que pronto nos conocereis mejor y que nos

ahorraremos estas desagradables contestaciones.

--¡Hum! repitió Miguel Lopez; y envainando su espada, echó su caballo

por un costado del camino. Don Fernando envainó á su vez y siguió por el

centro del camino al lado y á la derecha de su hermano.

Y asi, en ese silencio forzado y hostil de personas que se ven obligadas

á estar juntas y no se encuentran en buena inteligencia, siguieron

caminando á buen paso. Este silencio no se interrumpía sino de tiempo en

tiempo por la voz de alguno de los ginetes que alentaba á su caballo,

por el cantar de algun romance morisco que entonaba don Fernando,

justificando aquel antiguo proverbio que dice que _cuando el español

canta, ó rabia ó no tiene blanca_, ó cuando, encontrándose nuestros

viajeros con alguna recua, les saludaban los traginantes quitándose

respetuosamente el sombrero y les decian:

--Dios guarde á vuesamercedes.

A lo que don Diego contestaba con esa benévola altivez de los grandes:

--¡Vaya con Dios la gente honrada!

Fuera de estos casos no se pronunciaba una sola palabra.

Pero aunque no se hablaba, cada cual iba revolviendo dentro de sí una

máquina de pensamientos: en particular don Fernando, á quien su hermano

no habia tenido ocasion de comunicar sus proyectos respecto á su cuñado

mas que por algunas rápidas palabras, ansiaba que una casualidad

cualquiera le pusiese en la posibilidad de dar una buena estocada á

aquel Miguel Lopez tan zafio, tan grosero, tan violento, y que, de una

manera tan extraña para don Fernando, porque no conocia los secretos de

su hermano, se habia introducido en la familia.

Asi silenciosos y mohinos, habiendo invertido todo el dia en la jornada,

llegaron cerca de Orgiva á una venta situada en el recodo de un camino y

flanqueada por altas y peladas rocas.

El sol tocaba al horizonte y su dorada y lánguida luz se perdia á lo

lejos bajo las frondas de un espeso olivar que se veia en el fondo de un

pequeño valle, entre una abertura de las breñas; al occidente,

recortando fuertemente sobre el rojo color del cielo su oscura silueta

se veian Orgiva y su castillo: por el opuesto lado la vista se detenia

ante un monte cubierto enteramente de naranjos y limoneros.

Parecia que la venta se habia buscado exprofeso, oculta, por decirlo

asi, en un recodo de un camino pendiente y en un seno de la montaña. Por

todas partes se veian breñas: oíase en ellas el áspero graznar de las

águilas que anidaban en las cimas, y á lo lejos el ruido de la violenta

corriente del río de Orgiva.

El lacayo, que habiéndose adelantado, esperaba á la puerta de la venta á

su señor, se acercó y le tuvo el caballo; al mismo tiempo el ventero,

mozo fornido y de mala catadura, adelantó sombrero en mano.

--Bien venidos sean vuestras señorías á mi casa, dijo el ventero; este

buen mozo, añadió señalando al lacayo, me ha avisado de antemano y nada

falta.

Pareció como que se cruzaba una mirada de inteligencia, pero rápida y

casi imperceptible, entre don Diego y el ventero.

--¿Decís que nada falta? preguntó don Diego.

--Nada de cuanto se me ha pedido, contestó con desenfado el ventero: es

verdad que ha sido necesario ir á buscarlo algo lejos; pero ello es que

nada falta, nada.

--¿Y qué quiere decir que nada falta? dijo Miguel Lopez con recelo.

Miró fijamente el ventero al que le preguntaba.

--No faltan ni buen lecho, dijo, ni buena cena, ni buen aposento: ¿qué

mas quiere tener el hidalgo en medio de un camino?

--Menos palabras y mas obras, contestó siempre con su tono agresivo

Miguel Lopez, y puesto que teneis buena cama, y buena cena, dadnos

cuanto antes de cenar á fin de que cuanto antes podamos dormir.

El ventero desapareció hácia el interior y los lacayos desaparecieron

con él, sin duda para ayudarle en los preparativos.

--¿Sabeis lo que pienso Miguel? dijo don Fernando.

Miró con atencion y descaro Miguel Lopez al jóven como diciéndole:

--¿Y bien qué pensais?

--Pienso, continuó don Fernando, que despues de las villanas sospechas

que habeis concebido acerca de nosotros, no debemos permitir que durmais

en el aposento en que nosotros durmamos.

--¡Eh! ¡tanto me da!

--¡Si insistís!

--Creo que he hecho muy mal en salir de Granada.

--¡Os afirmais, pues, en vuestras dudas! pues bien: dormireis en

aposento aparte... ó si os place mejor... Orgiva está cerca; en ella

teneis, no solo conocidos y amigos, sino parientes: seguid hasta Orgiva,

si os place: pero si tal haceis, os rogamos que no digais á alma nacida

que paramos en esta venta: cuando se anda en empresas arriesgadas toda

precaucion es poca.

--Me quedo, dijo Miguel á quien sin duda daba vergüenza llevar el temor

hasta el extremo.

--Pues si os quedais, tomad aposento aparte.

--Le tomaré.

--Entonces, pues, no hablemos mas, y como creo que la cena nos espera

entremos y cenemos.

Entraron y en el fondo del zaguan en un cenador que daba á un huerto, se

sentaron alrededor de una mesa servida, y asistidos por los lacayos y

por el ventero, empezaron á cenar en silencio.

Concluida la cena cada cual se retiró á su aposento.

La venta quedó envuelta en el mas profundo silencio.

Avanzó la noche.

A las ánimas tocaban las campanas de la iglesia de la cercana villa de

Orgiva, cuando el mismo ventero que tan ligeramente hemos descrito, se

levantó de junto á una mesa sobre la cual habia estado dormitando hasta

entonces, ocultó la lámpara de hierro que le alumbraba, y en paso

recatado atravesó el zaguan, abrió la puerta de la venta, la cerró de

nuevo, atravesó el camino en direccion opuesta á Orgiva, y muy pronto se

encontró marchando á largo paso entre las quebraduras.

Trepaba por uno de esos barrancos que suben por las faldas de las

montañas y que al fin se extinguen, se pierden, se borran, acabando en

punta, como si fueran un pliegue del terreno; cuando llegó á la parte

media se detuvo en la oscura grieta de una caverna, y lanzó un silbido

tan leve como el de una culebra.

A aquel silbido contestó otro en el interior.

--¡Ah! ¿estais ya ahí? dijo el ventero.

--Si, si, pardiez, Reduan, dijo una voz áspera: y no alcanzamos por qué

razon nos has hecho esperar en la cueva, cuando hubiéramos estado mucho

mejor en la venta.

--Cada cual sabe lo que se hace, contestó el llamado Reduan. ¿Cuántos

sois?

--Seis, que creo que bastamos para cualquier empeño de honra. ¿De qué se

trata?

--De ganar cien doblones, dijo Reduan, á quien habian rodeado seis

sombras que debian ser la de seis membrudos cuerpos de monfíes.

--¿Y qué hay que hacer para ganar esos cien doblones? dijo uno de ellos.

--¡Poca cosa! matar un hombre.

--¡Ah! ¡pues si no es mas que eso...! ¿y donde está ese hombre?

--En mi casa.

--¡Ah! ¿es acaso el hombre que acompañaba hoy por el camino á don Diego

y á don Fernando de Válor?

--El mismo. Pero tú debes conocer á ese hombre, Farix, añadió Reduan

dirigiéndose al que habia hablado.

--Si por cierto; es el renegado Miguel Lopez, á quien tengo grandes

deseos de antecoger delante de mi ballesta. Es un traidor.

--¿Y cómo sabeis vosotros que Miguel Lopez acompañaba á don Diego y á

don Fernando de Válor?

--Esta mañana el wali Harum nos ordenó en nombre del poderoso emir, que

observásemos el camino, sin dejar de reparar si iban ó venian golillas,

hidalgos ó soldados.

--Es verdad: se nos aprieta tanto por ese endiablado rey de España, que

será necesario romper por todo y hacer lagos de sangre cristiana para

bañarnos en ella. Dia llegará en que... pero por ahora pensemos en

nuestro negocio: el asunto de que se trata es un asunto particular de

don Diego de Córdoba y de Válor. Ya sabeis que es pariente del emir, y

que estamos obligados á servirle, sobre todo, cuando tan bien lo paga.

--Es muy justo.

--Pero importa que nadie sepa que le hemos servido. Ya sabeis que el

emir castiga á sangre toda muerte que se hace, como no sea en combate ó

por órden expresa.

--¿De modo que á don Diego le estorba ese renegado?

--Algo debe de haber: lo que yo sé es que á media tarde llegó un lacayo

de don Diego y me dió una carta: aquella carta decia en arábigo: «Es

necesario que, para servicio de Dios y del emir, tengas prevenidos para

esta noche algunos de los monfíes mas valientes que se encuentren por

los alrededores.» Os avisé. Despues llegaron don Dieg, don Fernando y

Miguel Lopez. Cenaron, y luego Miguel Lopez se encerró en un aposento

aparte y en otro los dos hermanos. Los lacayos se fueron al pajar: yo

entonces subí al aposento de don Diego por la ventana del cuarto, segun

me lo habia dicho don Diego, aprovechando un descuido del Lopez, que se

muestra muy receloso, y cuando estuve dentro me dijo que os ofreciera

cien doblones por matar un hombre y que, si consentiais, os llevase al

huerto y que él mismo hablaria con vosotros. Puesto que consentís

seguidme.

Los monfíes siguieron en silencio á Reduan, descendieron á una rambla y

á través de algunas quebraduras llegaron á las bardas de un huerto, y

uno tras otro las saltaron con la agilidad y el silencio del gato

montés.

Apenas habian desaparecido entre las quebraduras, cuando salió de la

cueva otro hombre que, sin duda, habia estado oculto en su fondo entre

las tinieblas, por lo que los monfíes no habian reparado en él.

--¡Oh! ¡oh! dijo aquella sombra: se trata de un asesinato infame. Pues

bien, es necesario impedir ese crímen.

* * * * *

Y se puso en seguimiento de los monfíes, pero á larga distancia y

recatándose.

* * * * *

Miguel Lopez, entre tanto, velaba, entregado á encontrados pensamientos;

parecíale por una parte que su recelo era infundado: por otra un secreto

instinto le decia que desconfiase, y entre seguridad y desconfianza,

llegó hasta las ánimas sin acostarse, dando paseos á lo largo del

aposento y lanzando de tiempo en tiempo una feroz mirada á los

pedreñales (pistolas se llaman ahora), que tenia sobre la mesa.

Pero acordóse una y cien veces que tenia sujeto á don Diego por medio de

prendas que podian perderle; que para atentar á su vida no hubiera

esperado á hacerle esposo de su hermana, y sobre todo, que despues del

aprieto en que ponia á los moriscos el edicto del emperador, nada tenia

de extraño que el emir de los monfíes hubiese llamado al morisco mas

influyente de Granada, y que este morisco, es decir, don Diego, se

prestase dócil y aun voluntariamente á obedecer las órdenes del emir.

Estos pensamientos le tranquilizaron algun tanto: dilatáronse las

profundas rugas que hasta entonces habian plegado su frente, y su

imaginacion tomó un rumbo distinto. Acordóse de su desposada, de la

hermosa doña Isabel, de quien tan brúscamente habia sido separado:

representóse en su imaginacion la alegre fiesta de bodas que

indudablemente hubiera tenido lugar aquella misma noche, á no haber

mediado el urgente mandato del emir de los monfíes. Sucesivamente fueron

pasando por su imaginacion cien tentadoras imágenes, cien esperanzas

defraudadas por el acaso, ese eterno burlador de la dicha humana;

suspiró ruidosamente, y, no teniendo otra cosa que hacer, se recogió al

lecho, y perdido de todo punto su recelo, reconcentró su pensamiento en

el recuerdo de doña Isabel, y poco despues dormia y soñaba.

Pasaron una, dos, tres horas. La luz del belon que habia dejado el

ventero, empezó á debilitarse falta de pábulo; osciló algunos momentos y

al fin se apagó.

Luego solo se oyó el poderoso aliento producido por el pecho de toro de

Miguel Lopez, que continuaba durmiendo.

Si no hubiera dormido tan profundamente, hubiera podido percibir cierto

leve murmullo de voces que hablaban juntas, que cesaban, que volvian á

escucharse, que se acercaban, que se alejaban. Hubiera percibido, al

fin, los pasos de una persona que se acercaba recatadamente, que se

detenia junto á la puerta y escuchaba, retirándose despues: hubiera

oido, por último, unos pasos mas fuertes que cesaron delante del

aposento; luego ruido de pisadas de caballo y cierto tráfago en la parte

baja de la venta: pero Miguel Lopez nada de esto oyó, y fue necesario

que diesen sobre la puerta tres fuertes golpes para que despertase.

--¡Voto á mil legiones! exclamó; me han quitado el sueño mas hermoso del

mundo; como que me figuraba que...

Miguel Lopez concluyó con un ruidoso suspiro estas frases que habia

pronunciado medio dormido, y luego, notando que la luz se habia apagado,

se levantó de un salto, tomó á tientas uno de los pedreñales que habia

puesto sobre la mesa, y dijo con voz ronca y amenazadora:

--¿Quién va?

--¿Quién ha de ir ni venir? dijo detrás de la puerta la voz de don Diego

de Válor: vestios pronto hermano, que suceden grandes cosas.

--¡Ah! ¿sois vos, don Diego? dijo dejando el pedreñal sobre la mesa

Miguel Lopez; pues bien, creo que puedan suceder grandes cosas y que sea

necesaria gran diligencia; pero si quereis que me vista pronto, entrad y

dadme luz: la mia se ha apagado.

Abrió la puerta el morisco, y don Diego entró con una vela de sebo

encendida, puesta en una palmatoria de barro cocido.

--¿Qué hora es, hermano? preguntó soñoliento Miguel Lopez.

Don Diego sacó de entre su ropilla un enorme reloj de oro semiesférico,

objeto de gran lujo en aquel tiempo, y dijo consultando la muestra:

--Las doce y veinte minutos.

--¿Y podemos fiarnos de ese embeleco?

--Como que está fabricado en Bruselas, y es mas seguro que la máquina de

la torre de Santa María de la Alhambra.

--En efecto, muy grave debe de ser el asunto que nos hace madrugar

tanto, dijo Miguel Lopez atacándose los gregüescos.

--Como que tenemos encima al emir.

--¡El emir!

--Sí, el emir con seis mil monfíes, que adelanta hácia Granada, á la que

piensa llegar antes del amanecer.

--¡Diablo! ¡diablo! ¿es decir que hoy mismo tendremos batalla?

--Es mas que seguro; por lo mismo importa que nos preparemos cuanto

antes: en Cádiar hay un capitan del rey con algunos soldados y un

alcalde con treinta cuadrilleros: es necesario sorprender á esa gente

para que no puedan dar aviso á Granada y prevenir á nuestros enemigos.

Asi, pues, acabaos de ajustar las agujetas del jubon y á caballo.

--¿Os ha enviado algun correo el emir? dijo Miguel Lopez acabándose de

apretar las hevillas de las espuelas.

--Sí, sí por cierto; me ha enviado uno de sus walíes.

--¿Y dónde está ese walí?

--Ha partido con toda diligencia á poner en armas las taifas de monfíes

de la taha de Lanjaron, donde tambien hay gente del rey.

--Pero os habrá dejado á lo menos un guia.

--No, pero me ha avisado el lugar donde podré encontrar al emir.

--¿Y qué lugar es ese? dijo Miguel Lopez saliendo con don Diego de la

habitacion.

--A un tiro de arcabuz de Orgiva, en el lecho del rio.

--Vamos, pues.

Por prudencia, segun creia Miguel Lopez, no hablaron ni una palabra mas.

Bajaron tranquilamente las escaleras, don Diego pagó el gasto al fingido

ventero, y él, Miguel Lopez y don Fernando de Válor, montaron en los

caballos que les tenian los criados, y seguidos de estos, tambien á

caballo, salieron de la venta y tomaron ostensiblemente el camino de

Orgiva.

La noche era un tanto clara, y lo hubiera sido enteramente merced á la

luna, á no ser por los densos nubarrones que cruzaban el espacio: de

cuando en cuando se veia lucir un relámpago en lontananza, allá entre

las profundas quebraduras, y empezaban á escucharse truenos lejanos.

--Famosa noche ha elegido el emir para su empresa, dijo Miguel Lopez que

caminaba delante, y que al parecer habia perdido hasta la última sombra

de recelo.

--Guardad silencio, hermano, dijo don Diego, que no sabemos quién puede

escucharnos, y aguijad vuestro caballo á fin de que lleguemos pronto.

Hasta que nos encontremos al lado del emir y entre los monfíes, nos

hallamos en peligro.

Y para dar el ejemplo, don Diego aguijó su caballo y pasó adelante.

Los tres ginetes y los lacayos siguieron marchando en silencio.

A poca distancia de la poblacion, don Diego revolvió su caballo y empezó

á descender por un oscuro sendero, perdido en la penumbra de un profundo

barranco, formado por la abertura de dos montañas; á medida que

adelantaban se percibia mas distintamente el ronco ruido de la corriente

del rio de Orgiva, corriente rapidísima á causa del gran desnivel del

terreno; el fondo del barranco, por el centro del cual corria, saltando

entre las breñas, un arroyo, se iluminaba de tiempo en tiempo por la

brillante y fugitiva luz de un relámpago.

Hallábanse á la mitad de la garganta, cuando, de repente, el caballo de

don Diego se detuvo, lanzó un relincho agudo y resistió á la espuela.

--Debemos estar cerca del emir, dijo Miguel Lopez; vuestro caballo

siente las yeguas.

--¡Callad! ¡callad en nombre de Dios! exclamó don Diego; callad y

detened vuestros caballos.

--¿Pues qué sucede? dijo Miguel Lopez.

El zumbido de un venablo que pasó cortando el aire por cima de las

cabezas de nuestros personajes, fue la contestacion que obtuvo Miguel

Lopez: don Diego, su hermano y los lacayos, se habian lanzado con las

espadas desnudas en la direccion que parecia haber traido el venablo.

--¡Ah! ¡Dios de Dios! exclamó Miguel Lopez, echando mano á sus

pedreñales; esta es, sin duda, ó una traicion de esos miserables, ó un

mal encuentro con bandidos: pues bien, es necesario vender cara nuestra

vida.

Y apeándose del caballo, porque el terreno era mas á propósito para

defenderse á pié que cabalgando, llevó al animal hasta una breña y se

parapetó con el.

Pero apenas habia tomado posicion, cuando nuevos venablos pasaron

silbando, y el caballo cayó desplomado, como si le hubieran herido en el

corazon ó en la cabeza.

Miguel Lopez no tuvo tiempo mas que para disparar uno de sus pedreñales

sobre algunos bultos, al parecer de hombres, que adelantaban rápidamente

hácia él, saltando por cima de las quebraduras.

En aquel momento brilló un relámpago y Miguel Lopez vió que los que le

acometian eran monfíes.

Pero tambien vió, antes de que se extinguiese la rápida llamarada del

fuego, que uno de aquellos hombres habia saltado sobre su terreno y

caido herido por una saeta, cuyo silbido parecia marcar que quien la

habia disparado estaba á espaldas de Miguel Lopez, y frente á los

monfíes.

La suerte de su compañero irritó á los monfíes, que se lanzaron dando

alaridos de rabia sobre Miguel Lopez: este no tuvo tiempo de ver mas;

sintió sobre sí aquellos hombres, luego la aguda punta de sus puñales en

el pecho y se desmayó.

* * * * *

Cuando volvió en sí se encontró fuertemente vendado y postrado en un

lecho en un lugar extraño.

El espacio en que se encontraba era un aposento cuadrado, abovedado

segun las líneas de la arquitectura árabe, y revestido de una argamasa

reluciente, á la que el tiempo habia dado un color gris negruzco.

En aquel espacio no habia mas muebles que un arcon pintado de negro, una

mesa de nogal y dos sitiales. Sobre la mesa habia un belon de cobre, dos

de cuyos mecheros encendidos, alumbraban todo lo que hemos descrito:

ademas, sobre aquella mesa habia un crucifijo negro, algunos libros en

folio, y yerbas, trapos blancos, hilas, vasijas y redomas.

Nada mas habia en esta habitacion, ni Miguel Lopez pudo reparar en todo

esto, á causa del estado de desvanecimiento y de debilidad en que se

encontraba.

Reparó, si, que estaba absolutamente solo, que no se percibia ruido

alguno, y que aquella habitacion no tenia otro respiradero que una

puerta estrecha, de arco de herradura, en la cual empezaba una escalera

que ascendia.

Aquel espacio era sin duda un subterráneo.

La perplejidad mas natural, el temor mas lógico, asaltaron la

imaginacion de Miguel Lopez: á causa de la debilidad en que le habian

constituido sus heridas, apenas recordaba confusamente lo que le habia

acontecido antes de acometerle los monfíes: la primera pregunta que se

hizo á sí mismo, fue la de quién le habia herido, y quién le habia

llevado allí.

Pero como no veia persona alguna que aclarase sus dudas, pretendió salir

de ellas provocando la llegada de alguno.

--¡Ah de casa! exclamó; pero con acento tan débil que hubiera sido

imposible oirle á pocos pasos de distancia.

El esfuerzo que hizo para hablar le causó un dolor agudo en el pecho.

--¡Ah! murmuró. ¡Alma del diablo! ¡pues estoy herido y no como quiera,

sino gravemente! ¡herido en el pecho...! ¿y quién ha podido herirme?

Hizo un esfuerzo Miguel Lopez para evocar sus recuerdos y como los

recuerdos obedecen á la voluntad, y la voluntad de Miguel Lopez era

poderosa, lentamente fueron eslabonándose sus ideas y al fin recordó de

todo punto lo que le habia acontecido.

--¡Los miserables! exclamó: ¡si, si! ¡no hay duda! ¡ellos han sido! Esta

mañana han pasado en aquella casa cosas extrañas: el mancebo que se

presentó á don Diego, segun me dijo Ayala... aquel hermoso mancebo que

ha sido amante de doña Isabel... y luego el pretexto de don Diego de que

nos llamaba el emir... nuestra detencion en una venta sospechosa... y

despues los monfíes... si, si, ellos han sido... ellos que me han sacado

de Granada para asesinarme... ¿pero cómo se ha atrevido don Diego,

sabiendo que tengo en mi poder pruebas que pueden perderle...? ademas,

¿quién me ha traído aquí...? ellos no deben de haber sido: hubieran

acabado de asesinarme... ¿los monfíes? los monfíes no se hubieran tomado

el trabajo de curarme las heridas. ¿Quién ha sido, pues?

Este razonamiento, demasiado largo para el estado en que se encontraba

Miguel Lopez, le desvaneció, volvieron á embrollarse sus ideas y recayó

en su postracion.

En medio de ella notó el ruido de los pasos de una persona que descendia

por la escalera que empezaba en la puerta: luego vió brillar una luz

sobre la argamasa abrillantada del muro, y al fin descendió y entró en

la habitacion un hombre.

Todo esto lo veia de una manera fantástica, por decirlo asi. Aquel

hombre era alto, esbelto y vestia un trage de campaña castellano:

acercóse levemente al lecho y examinó con una fria atencion al herido.

Luego fue á la mesa, tomó una taza que habia sobre ella é hizo beber

algunas gotas de su contenido á Miguel Lopez.

Este sintió calmarse la ardiente sed que le devoraba, y haciendo de

nuevo un poderoso esfuerzo de voluntad, logró fijar sus ideas y ver

claro.

Entonces pudo hacerse cumplidamente cargo de la persona que habia

entrado en el aposento.

Era un hombre alto, esbelto, fuerte, ágil, moreno, con grandes ojos

negros, cabellos ensortijados y barba escasa y corta: á primera vista

podia decirse que no era español, ni menos morisco: diferencias

esenciales de raza lo demostraban; su mirada era móvil, astuta,

recelosa, en contraposicion de la fija penetrante y franca mirada de los

hombres oriundos de Arabia: su color no era el moreno y pálido color de

los hijos de esta raza, sino un moreno dorado, encendido, vigoroso; su

frente, un tanto deprimida, sus cejas sutiles, el óvalo de su rostro

demasiado prolongado, todo demostraba en él un extranjero.

En cuanto á su vestido ya hemos dicho que pertenecia á la moda de los

hidalgos castellanos, aunque se notaban en él algunas singularidades:

llevaba en la cabeza una gorra de paño color de hoja seca, plegada al

lado izquierdo por un herrete de acero; debajo de un capotillo casi

burdo en el exterior y forrado en el interior por pieles blancas de

cordero, llevaba un coleto de ámbar exactamente igual á los que usaban

por aquel tiempo los soldados de los tercios viejos de España: este

coleto estaba sujeto en la cintura por un talabarte de cuero de Córdoba,

color de avellana, de dobles tirantes, del que pendia una espada corta y

ancha y un puñal á la derecha; pendiente del mismo talabarte, llevaba á

manera de limosnera una bolsa de piel de zorra; los gregüescos eran de

paño de igual color y calidad que el de la gorra, sin cuchilladas, lazos

ni adornos, y por último, sus fuertes calzas atacadas de lana azul,

estaban cubiertas, desde sus piés y hasta media pierna, por unas abarcas

y los ligamentos de estas.

Este hombre parecia contar cuando mas, á juzgar por las apariencias,

cuarenta años; se desprendia de él un no sé qué de noble y poderoso, y

su trage le sentaba á las mil maravillas.

Observó profundamente al herido, y como viese que Miguel Lopez hacia

esfuerzos por hablar, le dijo con esa voz llena de autoridad de los mas

fuertes, y con marcado acento extranjero, aunque en buen castellano:

--Os prohibo que hableis: en ello os va la vida: reposad.

Y sin decir mas, se separó del lecho, tomó un taburete, le puso junto á

la mesa, se sentó dando la espalda á Miguel Lopez, tomó uno de los

libros en folio que habia sobre la mesa y se puso á leer.

Quien hubiera arrojado una ojeada sobre aquel libro, hubiera visto que

era una magnifica copia en latin de la Santa Biblia, y que el extranjero

leia en ella un pasaje del libro de Job.

Era aquel el pasaje en que Dios arrebata á Job sus hijos.

Durante mucho tiempo, Miguel Lopez estuvo contemplando con ansiedad al

extranjero, que leia en silencio, y sin atreverse á hablarle, puesto en

temor por la autoridad de su palabra y por lo grave de su pronóstico.

Al fin, como emanado de un lugar distante y á través de los muros, se

oyó el toque de una corneta: entonces el extranjero cerró la Biblia, se

levantó, fué al lecho y contempló profundamente al herido, que tenia

fijos en él los ojos, dilatados á un tiempo por la curiosidad y el

temor.

--¿Quién sois? dijo Miguel Lopez.

--Nada os importa quien yo sea, contestó el desconocido; pero si os

importa mucho el reposar: no hableis: tiempo sobrado tendremos de hablar

mas adelante: el hablar os cuesta un esfuerzo y ese esfuerzo os es muy

dañoso: estais gravemente herido: esperad: voy á daros una medicina que

os servirá de mucho.

Dicho esto fué á la mesa, tomó una redoma de vidrio, vertió parte de su

contenido en un vaso de la misma materia, fué al lecho y dió á beber un

líquido blanco y un tanto espeso al herido.

Despues se quedó observándole: lentamente se fueron cargando los ojos de

Miguel Lopez y al fin se durmió.

Entonces el extranjero fué á la mesa y encendió la lámpara con que habia

venido alumbrándose, á tiempo que sonaba de nuevo y mas de cerca la

corneta.

--Mucha impaciencia es esa, dijo, y debe suceder algo importante: veamos

lo que es.

Y trepó por las escaleras, llegó á su fin á una puerta chata, cerrada

por una sola hoja forrada de hierro mohoso, que el extranjero abrió,

saliendo á un pasadizo oscuro y abovedado: cerró de nuevo, corrió un

cerrojo, le afianzó con dos vueltas de una llave que sacó de su bolsa, y

luego adelantó por la mina, que era tortuosa y á trechos ascendia ó

descendia: á un lado y otro quedaban otras galerías: al fin se vió una

claridad fria al fin de la mina, y cuando el extranjero salió de ella,

entró en una caverna anchurosa, por cuya boca penetraba la luz del alba:

aquella gruta estaba encubierta y como defendida por una espeso

robledal, que coronaba la cumbre de una colina.

Entonces se escuchó por tercera vez la corneta, pero de una manera

vibrante, enteramente perceptible y á poca distancia.

El extranjero apagó la lámpara, la ocultó en una grieta de la caverna y

sacó de esta grieta un largo arco de acebo y algunas saetas que atravesó

en su talabarte. Despues salió de la caverna, y tomó á buen paso por un

sendero estrecho, tortuoso, cubierto de musgo, perdido entre las breñas,

y que, á poca distancia, penetraba en el robledal.

Muy pronto el incógnito, á gran paso, se internó en el bosque; siguió

las sinuosidades del sendero, y rodeando una colina, penetró en una

ancha rambla, cuyo aspecto era terriblemente brabío y selvático.

Un pequeño arroyo la atravesaba é iba á formar en la parte abierta de la

rambla un pequeño lago, que se perdia pintorescamente entre un bosque de

mimbres, bañando sus nudosos troncos: alrededor solo se veian rocas

tajadas, abiertas, como calcinadas por la accion del rayo: las

asperezas, las peñas que acá y allá brotaban sobre el terreno, como

excrescencias, estaban cubiertas de musgo, y la arena que servia de

lecho y se extendia en una estrecha márgen á los lados del arroyo, era

de color negruzco; lo demás del terreno estaba cubierto por una especie

de liquen musgoso, en el que resbalaba la planta.

Aquel lugar que parecia destinado á la mas absoluta soledad, estaba

entonces concurrido por muchos seres humanos, entre los cuales se veia

un solo caballo; uno de esos caballos pequeños, pero ágiles, fuertes,

fogosos; un verdadero caballo de montaña.

Las gentes, que en número como de cien personas, ocupaban la parte

superior de la rambla, eran monfíes: algunos de estos, mas avanzados,

parecian estar de centinela: al desembocar en la rambla el extranjero,

uno de los centinelas armó su ballesta, y gritó:

--¡Alto! ¿quién va?

--¿No me habeis llamado? dijo con acento irritado el extranjero ¿porqué

pues me deteneis con la puntería de vuestras ballestas?

--¡Es el cazador de la montaña! dijo otro de los monfíes.

--Dejadle llegar, dijo una voz breve y al parecer acostumbrada al mando.

Desarmó el monfí su ballesta é hizo seña al extranjero de que

adelantase: este trepó por las breñas con la agilidad de un gamo, pasó

de la línea de los centinelas, y llegó á la parte alta de la rambla,

donde le salió al encuentro un anciano enteramente vestido á la usanza

mora.

Aquel anciano era Yuzuf, el padre del emir de los monfíes.

El semblante del noble anciano estaba contraido por una sombría

expresion: dulcificola, sin embargo, á la presencia del incógnito, y

tendiéndole la mano, le dijo:

--¡Bien venido sea mi amigo el rey del desierto!

--¡Rey! exclamó con sarcasmo el extranjero; el imperio de mis abuelos

está muy lejos, y en estas regiones no soy otra cosa que tu esclavo, rey

de la montaña.

--Mi esclavo no, mi hermano, dijo con dulzura Yuzuf ¿acaso no te he

amparado? ¿no te he procurado un asilo impenetrable en mis dominios? ¿no

tienes cuanto has menester?

--Sí, todo, todo, menos mi venganza, tras la que ando recorriendo el

mundo hace diez años.

--No porque tu venganza tarde será menos segura.

--Pero entre tanto ese infame capitan tiene en su poder á mi esposa y á

mi hija: ¿acaso no has protegido tú á ese infame? ¿acaso no has impedido

tú que me vengue, que rescate á las prendas de mi alma y vuelva con

ellas entre los mios, allá al otro lado de los mares donde soy

verdaderamente rey, rey fuerte, poderoso, y vengador de las desdichas de

mis abuelos?

--¡Espera!

--Hace un año que estoy esperando desde mi llegada á estas montañas.

--Recuerda que sin mi ayuda, haria tambien un año que dormirias en la

tumba.

--Es verdad, dijo profundamente el extranjero: mi impaciencia por

rescatar á las prendas de mi alma, me hizo ser imprudente... recuerdo

que fuí preso como un ladron, en el momento en que penetraba en la casa

de ese capitan infame. Recuerdo que me encerraron en un calabozo...

recuerdo tambien que aquella misma noche entró un hombre en aquel

calabozo, y me procuró la libertad; pero á cambio de terribles

condiciones.

--Solo te pedí que dilataras tu venganza: para ello tenia mis razones:

el capitan Sedeño es uno de mis mejores espías entre los cristianos: me

sirve de mucho. Yo te he respondido de la honra de tu hija y de la vida

de tu esposa.

--¡Oh! ¡mi esposa! ¡mi hija! exclamó con acento rugiente el extranjero.

--Han llegado á tal punto las cosas, continuó Yuzuf, que muy pronto me

hará Sedeño sus últimos servicios: aviseme del dia en que la

Chancillería, el capitan general y la Inquisicion esten descuidados:

sorpréndalos yo en sus hermosos palacios de Granada con mis monfíes, y

entonces ese hombre de quien anhelas con justa causa vengarte, es tuyo:

entre tanto, espera, Calpuc, espera y ayúdame.

--Y en qué puedo ayudarte, dijo Calpuc, á quien seguiremos dando este

nombre.

--Revélame lo que has hecho esta noche.

--¡Ah! si, es cierto: ayer recibí un mensajero tuyo con el que me

avisabas que llegase á esta misma rambla á la media noche. En efecto

inmediatamente me puse en camino. Cerróme en él la noche; descendia yo á

buen paso por una montaña en direccion á Cádiar, cuando oi pasos de

algunos hombres: el sitio era solitario, podia ser funesto un encuentro,

y habiendo hallado en el barranco por donde descendia una profunda

gruta, me oculté en ella.

Poco despues los hombres que habia sentido penetraron en la cueva: yo me

habia retirado al fondo y como no traian antorchas ni luz alguna, no

pudieron reparar en mí; luego entró un hombre á quien reconocí por la

voz: era Reduan, el monfí que pasa por ventero en el camino de Orgiva.

--¿Y que sucedió? preguntó nuevamente Yuzuf.

--Aquellos hombres trataron de un asesinato pagado infamemente por

dinero.

--¿Y como no impedíste ese asesinato, Calpuc? añadió con doble severidad

el anciano.

--¿Acaso no lo he impedido? ¿acaso Miguel Lopez no está en mi asilo,

curado y con grandes esperanzas de vida? ¿acaso no han quedado mordiendo

el polvo en el barranco dos de los asesinos?

--Has obrado como noble y valiente Calpuc: queria saber de tí hasta qué

punto ha habido traicion contra ese hombre.

--Ha sido un asesinato infame meditado y llevado á cabo por don Diego de

Válor.

--Cuenta Calpuc que acusas á un pariente mio.

--Lo he oido yo, he seguido paso á paso á los asesinos, arrastrándome

tras ellos como la serpiente de los bosques de mi patria; he oido el

crímen y he podido evitarlo: si me hubiera separado de aquellos lugares

para avisarte, tal vez no hubiera podido impedir la muerte de Miguel

Lopez.

--¿Y has llegado á conocer el motivo por qué don Diego de Válor queria

la muerte de ese hombre? dijo el emir mirando profundamente á Calpuc.

--No; solo he oido concertar el asesinato y pagar el dinero.

Quedóse un momento pensativo el emir.

--Ven, dijo al fin, asiendo á Calpuc de la mano.

Y llevándole la rambla arriba, torció una roca tajada y señaló á Calpuc

una encina seca, cuyas ramas descarnadas se extendian como los múltiples

brazos de un esqueleto.

Aquella encina por sí sola hubiera inspirado tristeza; pero con las

adiciones que se notaban en ella causaba horror. Aquellas adiciones

consistian en siete monfíes ahorcados, del cuello de cada uno de los

cuales pendia una bolsa, llena al parecer de dinero; algunos otros

monfíes, con las ballestas afianzadas, guardaban aquel árbol de

justicia.

--Ahi faltan dos hombres, dijo sombríamente Calpuc.

--¡Don Diego y don Fernando de Válor! ¡es verdad! repuso el emir; pero

si yo hiciese justicia en esos dos hombres, creerian los moriscos de

Granada que los habia asesinado por temor. ¿Acaso no sabes que don Diego

de Córdoba se titula en el Albaicin, en las alquerías de la vega y en

las tahas de Guadix y del Marquesado del Zenete, rey de Granada?

--¿De modo que has dejado en libertad á esos hombres?

--No, no por cierto: esos hombres tienen que responderme de una vida

preciosa: de la vida de mi hijo, de la vida del emir de los monfíes.

--¡De tu hijo! ¡se habrán atrevido....!

--¿A qué habia yo de haber avanzado con mis valientes monfíes, casi

hasta los linderos de la vega, sino por mi hijo? ¿por quién estoy

resuelto á llevar á sangre y fuego á Granada, sino por él? ¡Oh! ¡si!

pero ¡por la santa Kaaba! tomaré una venganza horrible de esos hombres

si mi hijo ha perecido.

--¡Dios vela por los reyes! dijo solemnemente Calpuc.

--Pero á pesar de esto, bueno es que los reyes velen por sí mismos.

Ahora bien, Calpuc: ¿está el herido en disposicion de contestar á mis

preguntas?

--Acaso el sueño á que le he dejado entregado restaure sus fuerzas:

acaso cuando despierte pueda hablar sin peligro.

--Condúceme á donde está ese hombre, Calpuc.

--Eres padre, emir, y comprendo tu ansiedad: sin embarco, tú solo hace

horas que dudas de la suerte de tu hijo... hace diez años que yo tiemblo

por la vida y por la honra de mi esposa y de mi hija.

Yuzuf estrechó fuertemente la mano de Calpuc: despues llevó á sus labios

una pequeña corneta de caza y tocó por tres veces.

Oyeronse entonces en todas direcciones pasos fuertes y acompasados y

poco despues adelantaron en círculo, y se estrecharon alrededor del

emir, unos cien monfíes.

--Esos hombres, dijo severamente Yuzuf, señalando á los siete que

estaban colgados de la encina fatal, esos homdres, vendieron la vida de

un hombre por dinero: ved lo que he hecho con esos hombres: vedlo y

escarmentad.

--¡Viva el emir! gritaron en una aclamacion informe los monfíes.

--Que las aves carnívoras los despedacen, añadió Yuzuf: cada uno de esos

hombres tiene pendiente del cuello el oro vil con que le pagaron su

crímen; ¡ay de aquel de vosotros que toque á una sola de esas monedas!

--¡Viva el emir! gritaron de nuevo los monfíes.

--A vuestros apostaderos: tú Abd-el-Malek, y cuatro mas, conmigo: ¡Mi

caballo! ¡Calpuc, á tu caverna! Es necesario que yo hable sin perder un

momento con Miguel Lopez.

Los monfíes se dividieron en grupos, y partieron en distintas

direcciones, trepando por las quebraduras. Poco despues Yuzuf, en su

potro salvaje, saltaba sobre las breñas, precedido de Calpuc, cuyo vigor

era maravilloso, y seguido de su escasa escolta de monfíes.

La horrible encina quedó abandonada con los siete repugnantes cadáveres

que se balanceaban al impulso del viento de la montaña, pendientes de

los descarnados brazos del gigantesco esqueleto.

* * * * *

Trasladémonos á la vivienda subterránea de Calpuc.

De pié, inmovil y con la vista profunda y amenazadoramente fija en

Miguel Lopez, estaba Yuzuf acompañado de Calpuc.

Pero esto no sucedia inmediatamente despues de la escena que acabamos de

referir á nuestros lectores. Desde entonces hasta el momento en que el

emir estaba delante de Miguel Lopez, habian pasado algunos dias.

Calpuc, que entre los misterios de su vida contaba el de ser un

excelente médico, habia declarado que la vida del herido peligraba si se

le hacia experimentar una sensacion cualquiera.

Yuzuf se habia visto obligado á reprimir su impaciencia.

Entre tanto Calpuc y Muhamad, anciano y sabio médico del emir, habian

velado continuamente al lado del herido.

El peligro habia pasado; las heridas habian empezado á cicatrizarse y

tenian muy buen aspecto: Miguel Lopez podia sufrir sin peligro un

interrogatorio.

Yuzuf descendió al subterráneo, acompañado de Calpuc.

Miguel Lopez dormia.

Contemplóle un momento ferozmente Yuzuf y luego dijo á Calpuc.

--Déjanos solos.

Calpuc obedeció.

Entonces el emir movió bruscamente á Miguel Lopez: este abrió los ojos

despavorido, y pasado ese primer momento de confusion que experimentamos

al despertar, reconoció á Yuzuf, se agitó en su lecho y lanzó un grito

de espanto.

--Haces bien en estremecerte, Jerif-ebn-Aboó, dijo el emir, nombrando á

Miguel Lopez por su nombre moro: haces bien en estremecerte, porque me

has ofendido, me has sido traidor, á mi, á tu señor, á quien todo lo

debes, y te tengo en mi poder.

--Yo creia, dijo reponiéndose y con cierta audacia Miguel Lopez, yo

creia que un emir tan poderoso y un tan cumplido caballero como tú,

magnífico Yuzuf, no te atreverias á amenazar á un pobre herido que ha

estado á punto de ser asesinado por los tuyos.

--Los que han puesto en tu pecho su puñal, se mecen, colgados de una

encina, en la montaña.

--Pero viven, sin duda, don Diego y don Fernando de Válor.

--Son tus señores.

--¡Son mis enemigos!

Una llamarada de irritacion, de cólera sombría y letal, subió de una

manera febril á los ojos de Yuzuf, que palideció profundamente.

--¡Infame renegado! exclamó: ¿no te has atrevido á poner los ojos en una

doncella de sangre real que estaba destinada á un hijo de mi sangre?

--Isabel de Válor es mi esposa, exclamó el audaz morisco.

--Isabel de Válor es el tósigo que te mata Jerif-ebn-Aboó: ¡tu esposa la

vírgen descendiente de Mahoma! ¡la amada del emir de los monfíes!

¡Isabel de Córdoba y de Válor tuya!

--¡Ah! ¡has renunciado tu corona en tu hijo! ¿y donde está tu hijo

Yuzuf, que no se me presenta en tu lugar á pedirme cuenta de su amada?

Habia tal sarcasmo en la pregunta de Miguel Lopez, que el emir tembló á

un tiempo de cólera y de terror.

--¿Que quieres decir hombre fatal? exclamó: ¿sabes tú lo que ha sido de

mi hijo?

--¡Cómo! ¿no sabes lo que ha sido de tu hijo, emir?

--¿Si lo supiera vivirias?

--Los Válor se detienen poco ante el asesinato, contestó con cierta

feroz complacencia Miguel Lopez.

--¿Y crees que se hayan atrevido....?

--En primer lugar, Yuzuf, tú has sido muy imprudente al elegir la

crianza de tu hijo; has querido que sea moro y cristiano, que sepa tanto

como un inquisidor, y que aborrezca, como tú los aborreces, á los

conquistadores: tu hijo ha vivido entre los castellanos y no ha faltado

una castellana impura que le ame, ni una doncella morisca que palidezca

de amor por él. Ya sabes quien es la doncella. La hermana de don Diego.

¿Quieres saber ahora quién es la mujer adúltera que ama mas que á su

alma al hermoso Yaye? Esa mujer es doña Elvira de Céspedes, la esposa de

don Diego de Córdoba y de Válor.

--¡Mientes! exclamó con cólera Yuzuf ¿cómo has podido tu conocer á mi

hijo?

--¡Ah! ¡ah! ¡noble y poderoso señor! tú quisieras que todos los que te

sirven, todos los que se doblegan ante tí, fueran topos: pero hay

hombres... como yo... que están á tu servicio y que son feroces como el

lobo y astutos como el raposo. ¡Ah! ¡ah! era necesario ser muy torpe

para no conocer que aquel hermoso mancebo que no conocia á sus padres, á

quien siempre acompañaba el sabio Abd-el-Gewar, á quien tú mirabas con

tanto amor, por el que te atrevias á entrar en Granada, á meterte en

medio de tus enemigos, no era tu hijo, el hermoso hijo de doña Ana de

Córdoba y de Válor: ¡ah! ¡ah! yo lo sabia todo esto, mi noble señor... y

anoche... yo habia visto tambien muchas veces á doña Isabel: yo la

amé... ¡yo que nunca habia amado! la amé con toda la fuerza de mi

alma... y me propuse que fuera mia... otro acaso no hubiera podido

conseguirlo, encontrándose en la pobre situacion en que yo me

encontraba, sin nobleza heredada, zafio, nada hermoso, reducido por mi

suerte á la servidumbre; pero en mal hora don Diego me habia elegido

para ser su correo para contigo: una sola carta de don Diego escrita

para tí y depositada en una persona de confianza, me ha servido para que

don Diego no se atreviese á negarme su hermana. ¿Qué quieres, emir? el

amor nos arrastra á todo ¿No sabes que por una mujer somos capaces de

perder la vida y el alma? ¿Acaso no es una mujer la causa de que yo me

encuentre en este lecho y en tu poder? El amor de Isabel me arrastró...

--¡Y vendiste por una mujer á tu patria, y ofendiste á tus señores, y

jugaste tu vida á un dado!

--Ya te he dicho que por una mujer como doña Isabel de Válor, se juega

la vida y la salvacion del alma.

--Escucha, Jerif-Aboó, dijo conteniéndose Yuzuf: por la menor cosa de

las que has hecho mereces la muerte.

--Lo sé, contestó con la misma audacia Miguel Lopez.

--De modo que don Diego de Válor trayéndote al matadero, no ha hecho mas

que usar de su derecho.

--¿Y por qué antes de entregarme su hermana no me ha matado frente á

frente?

--Eso hubiera sido leal y tú has sido traidor.

--Eso no es mas sino que don Diego te tiene mas miedo á tí, que á mí, á

pesar de las pruebas de que sabe puedo usar y que le perderian. Pero ya

que hablo de perder, estamos perdiendo el tiempo. Tú has venido á verme

por algo, poderoso emir.

--Sin duda: he venido á que me des alguna luz sobre el paradero de mi

hijo.

--¡Ah! ¡tu hijo se ha perdido! ¡El hermoso Yaye-ebn-Al-Hhamar, el noble

emir de los monfíes no parece!

--Ignoro su suerte, dijo Yuzuf, y soy capaz de perdonarte...

--¿Si te digo donde está Yaye?

--¿Lo sabes?

--No, pero lo presumo.

--Habla y pide.

--Primero es pedir que hablar: yo sé que eres noble y grande Yuzuf; yo

sé que no hay ningun rey en el mundo que pueda jactarse como tú de

respetar la fe de su palabra. ¿Si te doy indicios por los cuales puedas

encontrar á tu hijo, me perdonarás mi traicion?

--Sí.

--¿Me dejarás volver al lado de mi esposa?

Meditó un momento Yuzuf.

--Si ella se resigna á vivir contigo, sí.

--Acepto; exclamó Miguel Lopez con alegria, porque conocia la virtud de

doña Isabel.

--Es necesario ademas que te comprometas á otra cosa.

--¿A qué?

--A entregarme la carta escrita para mi por don Diego, y de la cual te

has valido para conseguir por medio del terror á doña Isabel.

--Te lo prometo, dijo el morisco: cuando doña Isabel, que ya es mi

esposa, sea mi mujer.

--Quedamos convenidos. Habla, pues, lo que sepas acerca de mi hijo.

--El mismo dia y en el mismo momento en que yo esperaba en la iglesia

del Salvador á que llegara don Diego para celebrar la ceremonia de mi

casamiento con doña Isabel, se presentó en casa de don Diego tu hijo.

--¿Estas seguro de ello?

--Tan seguro, como que me lo dijo uno de los escuderos de don Diego

llamado Ayala, entre otras cosas graves que me reveló y que me obligaron

á que se efectuase la ceremonia antes de la llegada de don Diego.

--¿Y qué presumes?

--Si tu hijo no ha parecido, debe estar en casa de don Diego de Válor:

preso tal vez, acaso herido.

--¡Herido! ¡preso!

--Tu hijo amaba á doña Isabel, es altivo: don Diego es valiente y fiero;

si han mediado dicterios y amenazas... además recuerdo que cuando

despues de salir de la iglesia, fuimos á casa de don Diego, no salió á

recibirnos su esposa doña Elvira; que don Diego estaba turbado; que nos

pretextó que doña Elvira no podia presentarse porque se encontraba

enferma, y despidió á los convidados; despues me dijo que era necesario

que le siguiese á las Alpujarras: que tú nos llamabas... lo demás ya lo

sabes.

--Si no me has engañado Jerif-ebn-Aboó, cuenta con tu perdon...

despues... despues, si encuentro á mi hijo, con mi recompensa.

Y Yuzuf volvió la espalda para salir.

--Espera, emir, espera, dijo con ansiedad Miguel Lopez.

--¿Qué quieres? contestó volviendo Yuzuf.

--¿Me dejas solo en poder de ese gitano?

--Ese gitano, como tú le llamas, y que Dios sabe si lo es,

Jerif-ebn-Aboó, es el hombre á quien debes dos veces la vida; primero

salvándote de los asesinos, despues curándote las heridas. ¿Qué tienes

que temer de ese hombre?

--Ese hombre es un demonio, Yuzuf.

--No, no por cierto: todo consiste en que tú eres cobarde, y como

cobarde receloso. Ademas, ese hombre es mi esclavo, y nada se atreverá á

hacer contra un hombre á quien yo protejo.

--¡Ah! ¡Dios te libre del gitano, emir!

--Pídele que te libre de tu miedo. Adios, Jerif-ebn-Aboó, adios.

Necesito buscar yo mismo á mi hijo. Nada tienes que temer si has sido

leal. Y en cuanto á ese hombre, ya te he dicho que es mi esclavo. Adios.

Pronunció el emir con tal resolucion estas palabras, comprendió de tal

manera Miguel Lopez, que una nueva réplica solo serviria para irritarle,

que le dejó ir sin pronunciar una palabra mas.

El emir empezó á subir lentamente las escaleras: antes de llegar á ellas

le habia parecido sentir un breve y furtivo paso que se alejaba con gran

rapidez; pero aquel ruido podia haber provenido tambien de las escamas

de alguno de los reptiles que anidaban en el subterráneo, al deslizarse

por la piedra. Cuando llegó á lo alto notó que la puerta estaba cerrada.

Apenas tocó á ella la puerta se abrió y apareció Calpuc, con una lámpara

en la mano.

Mas allá estaba Abd-el-Malek y los otros cuatro monfíes.

--Calpuc, dijo el anciano, te recomiendo el cuidado de ese hombre. Su

vida me importa demasiado. Adios.

--Ve en paz, rey de la montaña, ve en paz: tus deseos son para mí

preceptos.

--Yo ruego á mi hermano, dijo Juzuf, estrechándole la mano.

--Yo amo á mi padre, dijo Calpuc, poniendo aquella mano sobre su

frente.

Poco despues Yuzuf montaba á caballo fuera de la gruta, y se alejaba

pensando para sus adentros:

--Jerif-ebn-Aboó es un zorro que no se engaña: ¿qué habrá encontrado de

terrible en el indiano...? ¡oh! ¡oh! ¿se atravesará alguna vez este

hombre en mi camino? ¡Oh! ¡Dios sabe lo oculto! ¡Dios me inspirará!

Entre tanto Calpuc bajaba las escaleras que conducian al espacio donde

se encontraba postrado Miguel Lopez, murmurando:

--Ese hombre desconfía de mí, me teme... tiene razon, porque él viene á

ser para mí el cabo del hilo que ha de guiarme en el laberinto de mi

empresa, y ha de servirme para mis proyectos y para mi venganza. ¡Que

soy tu esclavo, rey de la montaña! ¡Ah! ¡ah! ¡soy tu hermano, como el

oprimido es hermano del oprimido! ¡pero tu esclavo no! y, sobre todo, no

te pongas en mi camino... si tú eres fuerte yo tambien lo soy... tú

tienes un ejército de bandidos, pero yo tengo tesoros... ¡oh! ¡oh! ¡tu

esclavo! ¡lo veremos! ¡lo veremos, emir!

Y pensando esto, entró en la estancia inferior, dejó la lámpara sobre la

mesa, y se sentó al lado de Miguel Lopez.

--¿Tienes interés en que tu esposa sepa que vives? le preguntó despues

de algunos momentos de silencio.

--¿Que si me interesa, dices, que doña Isabel sepa de mi vida? ¡Oh! ¡sí!

y tú...

--Yo puedo ser tu amigo ó tu enemigo: yo puedo salvarte ó perderte.

--Habla.

--¿Conoces tú al capitan Alvaro de Sedeño?, dijo despues de algunos

momentos de meditacion Calpuc. Paréceme haberte visto alguna vez á su

lado... cuando yo espiaba á ese capitan.

--¿Que espiabas tú á ese capitan? dijo con extrañeza Miguel Lopez.

--Sí.

--¡Ah! ¡ah! ¿conoces á ese hombre?

--Sí, le conozco... desde hace muchos años, dijo sombríamente Calpuc.

--Yo le conozco tambien, pero desde hace poco tiempo.

--¿Y cuál ha sido la causa de que le conocieras?

--Mis continuos viajes á las Alpujarras, donde tengo alguna hacienda y

algunos parientes, dijo con reserva Miguel Lopez. En los pueblos

pequeños se conoce fácilmente á las personas. El año pasado Alvaro de

Sedeño era capitan del presidio de Andarax.

--¿Y en qué consiste que le conoce tambien el emir de los monfíes y es

muy su amigo?

--¡Ah! ¡le conoce el emir de los monfíes! ¡es su amigo!

--Lo que no deja de ser extraño, porque Yuzuf-Al-Hhamar es enemigo de

Dios y del rey de quien es defensor el capitan.

Miró con cierta expresion de estupor Miguel Lopez á Calpuc.

--Tú pareces extranjero: tú obedeces al emir: tú sabes algunos de sus

secretos.

--Sé mas de lo que crees: soy mas poderoso de lo que crees: llego á tí

como un amigo, como un hermano, para ayudarte; pero si desconfias de mí,

tengo medios para alcanzar por la fuerza, por el terror, lo que necesite

de ti.

Extremecióse Miguel Lopez porque comprendió perfectamente que se

encontraba á merced del extranjero.

--Y qué necesitas de mí.

--Necesito que me digas cuanto sepas respecto al conocimiento del

capitan con Yuzuf.

--¡Oh! para eso será necesario hacer traicion al emir.

--Elige entre serle fiel, ó morir. Por el contrario si me sirves bien,

yo te protejeré.

--Y cual es tu poder.

--Ya te he dicho que puedo mas de lo que parece... y sobre todo ¿no te

tengo en mis manos?

--Yuzuf me proteje.

--¡Bah! ¿y crees tú, dado caso de que yo me viese obligado á respetar al

emir, que me seria muy difícil demostrarle que habias muerto de las

heridas?

Extremecióse de nuevo, pero mas profundamente el morisco.

--Ese capitan, se apresuró á decir, impulsado por su miedo, es espia de

Yuzuf-Al-Hhamar.

--¡Ah! ¿y has entrado alguna vez casa de ese capitan?

--Si, he entrado muchas veces, en servicio del emir, porque yo tambien

le sirvo; yo soy su espia entre los moriscos de Granada.

--¿Y... nada has tenido que reparar en casa del capitan?

--Si por cierto; creo que hay en ella un misterio que consiste en dos

mujeres.

--¿Y cómo has conocido á esas dos mujeres?

--Sé que son dos, porque las he visto ir á misa, enteramente

encubiertas, con el Sedeño; sé que la una es muy jóven, y la otra sino

es vieja, quebrantada y enferma, por su talante: pero solo la conozco

por haber hablado una vez á la jóven.

--¿Has hablado una vez á la jóven? dijo con ansiedad Calpuc.

--Si, si por cierto; y si yo no hubiera estado enamorado de dona Isabel

de Válor, me hubiera enamorado de ella.

--¿Tan hermosa es? dijo Calpuc con el acento trémulo, á pesar de sus

esfuerzos para parecer sereno.

--¡Hermosa! ¡hermosísima! no tan hermosa, sin embargo, como doña Isabel.

--¡No tan hermosa como doña Isabel! exclamó profundamente Calpuc: creo

ademas que doña Isabel viene de gran alcurnia.

--Como que desciende nada menos que de la madre del profeta, Fatimah la

santa, y sus abuelos han sido califas de Córdoba, contestó con orgullo

Miguel Lopez.

--Yo soy descendiente de emperadores, murmuró de una manera

ininteligible Calpuc; pero continúa, añadió dirigiéndose al morisco:

¿cómo tuviste ocasion de hablar á la jóven que vive en compañía del

capitan Sedeño?

--Hace dos meses, esperaba yo al capitan para comunicarle un aviso

importante del emir: una de las puertas de la sala, sin duda por

descuido, estaba entreabierta: oíase tras ella el puntear de una

guitarra diestramente tañida: poco despues, al sonido de la guitarra se

unió el canto de una mujer: aquella mujer cantaba en una lengua extraña.

Tuve curiosidad, y me acerqué recatadamente á la puerta del aposento. A

pesar de mi recato la persona que habia dentro, me sintió, sin duda,

porque calló la guitarra, sentí apresurados pasos de mujer, se abrió la

puerta y... me deslumbró la hermosura de la joven.

--¿Quién sois? me dijo despues de haberme contemplado fijamente.

--Soy... un amigo de vuestro padre, la dije.

--¡De mi padre! exclamó con afan; ¿conoceis á mi padre? ¿mi padre os

envia?

--No; por el contrario, espero á que vuestro padre vuelva al castillo,

la contesté.

--¡Ah! os habeis engañado; el hombre que vive en esta casa, y que está

ahora en el castillo, no es mi padre, repuso con desaliento.

--¡Ah! ¡perdonad, yo creia!

--Ese hombre es mi señor, un señor infame, de quien esperamos hace mucho

tiempo mi madre y yo que nos salve la justicia de Dios.

--¡Ah! ¡vuestro amo!

--Sí; somos sus esclavas.

--¡Sus esclavas! ¿luego sois...?

--Somos mejicanas.

--¿Y qué quereis de mí?

--Que nos salveis.

--¡Que os salve...! ¿y cómo?

--Oid: buscad un medio para engañar á ese hombre: sacadnos de esta casa,

llevadnos á un puerto de mar para que podamos embarcarnos: sino teneis

dinero, yo tengo joyas: si sois ambicioso os haremos rico.

--¿Y por qué no salvaste á aquella infeliz? dijo con voz amenazadora

Calpuc.

--¿Y qué me importaba...? ademas era una esclava.

--¡Como sois esclavos vosotros los moriscos! repuso Calpuc.

--¡Ah! pero nosotros peleamos, luchamos; las montañas de las Alpujarras

estan llenas de monfíes que nos vengan, matando cristianos, de las

infamias del vencedor.

--Los mejicanos tambien luchan: tambien en las fronteras del desierto,

los españoles caen á centenares inmolados á los manes de nuestros padres

degollados, de nuestras esposas deshonradas, de nuestras doncellas

cautivas.

--¡Tú eres mejicano!

--¡Yo soy Calpuc, el rey del desierto! exclamó el extranjero; yo soy el

rey elegido por los mejicanos libres, y soy el padre de esa jóven con

quien hablaste, de la hermosa doncella á quien te negaste á salvar.

Miguel Lopez se estremeció: habia un acento tal de dolor y de venganza

en las últimas palabras de Calpuc, que lo temió todo de aquel hombre.

Sin embargo, como en otras situaciones difíciles, recurrió á su audacia.

--¡Que eres tú el rey de los rebeldes de Méjico! exclamó soltando una

carcajada que podremos llamar artificial. ¡tú! ¡un gitano vagabundo, á

quien, no sé por qué, conoce el emir de los monfíes!

--Continúa respondiendo á mis preguntas, Miguel Lopez, dijo con gravedad

el mejicano, que despues sabrás quién soy y de qué modo he llegado aquí.

--En verdad, en verdad, dijo Miguel Lopez, cediendo al mandato del rey

del desierto, yo no ví en tu hija, si hija tuya es, mas que una esclava

rebelde que pretendia librarse de su señor, y me negué á ayudarla: es

mas, referí lo que me habia acontecido con ella al capitan Sedeño, que

desde entonces guardó á tu hija con mas cuidado. Hé aquí la razon de que

yo conozca é esas mujeres.

--El capitan ha desaparecido de las Alpujarras. ¿Sabes tú dónde ha ido?

--Sí, á Granada, dijo Miguel Lopez á quien interesaba servir á Calpuc,

porque habia comprendido que Calpuc era capaz de todo.

--¡A Granada! no basta eso. El capitan puede vivir en una casa y tener

ocultas en otra á mi esposa y á mi hija: las casas del Albaicin se

comunican unas con otras por medio de minas y seria muy difícil saber el

paradero de mi hija y de mi esposa.

--El capitan y tu esposa y tu hija viven en la calle de San Gregorio el

alto: las tapias de su huerto lindan con el huerto de la casa de don

Diego de Válor; estas dos casas se comunican por una mina.

--Ten mucha cuenta de no engañarme, Miguel Lopez.

--No, no te engaño; ¿pero qué me darás en recompensa de los servicios

que te hago?

--Te daré tu esposa: es decir haré que tu esposa sepa que vives.

--Puede no creerte.

--Tú me darás una carta para ella.

Miguel Lopez miró fijamente al mejicano.

--Un grave interés debes tú tener en que doña Isabel no se crea viuda

para que no pueda casarse con el emir de los monfíes, no con el viejo

Yuzuf, sino con el jóven Yaye, en quien ha abdicado.

--Nada te importa el interés que yo tenga en ello; cualquiera que sea,

yo me obligo á devolverte tu esposa; pero aun me queda mas que exigir.

--¿Qué mas?

--Estoy seguro de que cierta carta que posees, carta de don Diego de

Válor al emir Yuzuf, en la cual ha jugado su cabeza, y por cuya carta le

tienes en tu poder, la tendrás puesta á buen recaudo.

--¿Y qué te importa esa carta? exclamó con cuidado Miguel Lopez.

--Tanto me importa que sino me procuras los medios para que esa carta

caiga en mis manos eres hombre muerto.

--Pero esa carta es mi defensa: por ella he logrado que don Diego me dé

su hermana; por ella pienso alcanzarlo todo.

--¿Y qué mas quieres alcanzar que la vida?

--¡Eres un demonio! exclamó con despecho Miguel.

--Demonio contra demonio, el mas fuerte vence.

--¿Y qué uso vas tú ha hacer de esa carta?

--Te repito que nada te importan mis proyectos. Voy á traerte papel,

pluma y tinta. Escribe una carta para la persona que sin duda tiene

depositada por tí la carta de don Diego de Válor, en la que le

prevendrás que me la entregue, y otra despues para tu esposa doña Isabel

de Válor.

Dicho esto Calpuc abrió el arcon, sacó del recado de escribir, le llevó

al lecho y dijo á Miguel Lopez:

--Incorpórate y escribe.

--¡Es qué...! dijo ferozmente el morisco.

--Escribe ó mueres, le interrumpió con doble ferocidad el rey del

desierto.

Miguel Lopez comprendió que estaba enteramente á merced de aquel hombre

y se incorporó, tomó la pluma y la puso sobre el papel.

--Escribe clara y naturalmente, en letra lisa, sin signos ni señal

alguna; porque para tí será el daño si esa carta es ineficaz.

Miguel Lopez escribió con rapidez algunos renglones y firmó.

--Mira si te contenta, dijo á Calpuc.

Este tomó la carta y leyó su contenido, que era el siguiente:

«Señor capitan Alvaro de Sedeño: os envio uno de mis mayores amigos, á

quien entregareis la carta que teneis en vuestro poder, y que ya sabeis

de quién es: ademas de esta carta, y segun tenemos convenido, el dador

os mostrará la sortija que conoceis. No soy mas largo porque la

diligencia importa.--Vuestro humilde criado.--Miguel Lopez.»

--¿Y qué anillo es ese de que hablas?

--Es un anillo que tiene un grueso diamante rodeado de perlas, dijo

Miguel Lopez.

--Dámele, pues.

--Ese anillo ha sido mi anillo de bodas, y está en poder de doña Isabel.

--¡Ah!

--Doña Isabel te lo entregará.

--¿Dónde vive doña Isabel?

--Debe permanecer en casa de su hermano don Diego.

--Escribe para tu esposa lo que yo te dicte.

Miguel Lopez escribió bajo la palabra de Calpuc la siguiente carta:

«Mi amada esposa y señora doña Isabel de Córdoba y de Válor: he sido

herido gravemente por bandidos en el camino de las Alpujarras: un hombre

caritativo me ha recogido y curado: á Dios gracias mi vida no corre

peligro. El dador se encarga de comunicároslo. Os ruego que le

entregueis la sortija que os dí en arras de mi matrimonio con vos, que

me importa. Nada sé de vuestros hermanos. Guardeos Dios y os conserve

para mi felicidad muchos años.--Vuestro esposo que bien os ama y lejos

de vos padece.--Miguel Lopez.»

Cuando estuvo escrita y cerrada esta carta, Calpuc la guardó con la otra

en su bolsa.

--Creo que aun podremos ser amigos, Miguel, le dijo: si no me has

engañado y estas cartas producen el efecto que deseo, antes de dos

semanas estarás al lado de tu esposa. Adios.

--¡Y me dejas aquí, solo, abandonado!

--No, no por cierto: todos los dias vendré una vez á asistirte y

curarte. Adios.

--¡Pero esto es horrible! ¡si te sucede alguna desgracia, si no puedes

volver...!

--Morirás aquí como en una tumba, dijo friamente Calpuc, en lo que no

perderan nada doña Isabel, ni el emir.

Miguel dió un grito de espanto. Calpuc trepó lentamente por las

escaleras, llegó á la puerta, cerró sus triples candados, y adelantando

por la excavacion subterránea, torció por una estrecha galería, despues

de haberse provisto en uno de los senos de una piqueta.

Al cabo de muchas vueltas y revueltas por una especie de laberinto en

que cualquiera otro que Calpuc se hubiera extraviado, llegó á una gran

excavacion cónica, cuya altura se perdia en las tinieblas. Aquella

excavacion estaba practicada en roca viva, y aquí y allá, hasta una gran

altura, se veian bocas de nuevas galerías, suspendidas sobre aquella

especie de abismo.

La cortadura sobre que estaban abiertas aquellas galerías era tan

perpendicular, tan tajada, que no se concebia pudiera llegarse á ellas

sino por medio de grandes escalas; sin embargo, Calpuc levantó la

lámpara para alumbrar una de aquellas bocas, situada á gran altura, la

miró atentamente y despues se dirigió á la roca tajada, llegó á su pié,

se puso el cabo de la lámpara entre los dientes y asiéndose con piés y

manos á las asperezas de la roca, trepó con una agilidad y una fuerza

maravillosa, como hubiera podido trepar una araña, á la oscura boca de

la galería que habia examinado.

Aquella galería se extendia perdiéndose en un fondo oscuro, adelantó

Calpuc, y despues de haber torcido varias veces por las sinuosidades de

la mina, se detuvo en un lugar del pavimento en el cual habia tres rocas

que parecian haber sido desprendidas, del techo por un accidente casual.

El mejicano levantó con gran trabajo una de aquellas rocas, la removió,

y en el lugar que habia dejado descubierto, cabó con la piqueta; poco

despues la piqueta produjo un ruido seco y opaco, como si hubiera

chocado en una tabla, y al fin quedó descubierta una como arca pequeña,

que por algunos adornos tallados en su superficie, parecia haber sido

construida por un artífice árabe.

Calpuc levantó aquella tapa y se vió en el interior un emboltorio de

piel de gamo adobada; sacóle, le desenvolvió, y aparecieron algunos

paquetes envueltos cuidadosamente en paños de seda y un legajo de

papeles: el mejicano tomó primero los papeles y los guardó

cuidadosamente en una ancha cartera que ocultó bajo su jubon: luego

examinó por fuera cada uno de los otros paquetes, como buscando uno

particular, y cuando pareció estar seguro de cuál era el que buscaba, le

abrió y sacó de él... una magnífica perla vírgen, íntegra, que aun no

habia sido horadada, como si acabase de salir de la concha en que se

habia desarrollado.

En el paquete quedaban otras treinta perlas exactamente iguales á

aquella, lo que, atendido su enorme tamaño y su igualdad, constituia un

tesoro.

Calpuc guardó la perla, envolvió de nuevo cuidadosamente los paquetes en

la piel de gamo, depositó aquella en el fondo del cofre, echó sobre él

la tapa, le cubrió de tierra, puso de nuevo la roca sobre la tierra

removida, y observó cuidadosamente si quedaba algun vestigio de la

operacion que acababa de ejecutar.

Nadie que despues de esto hubiese pasado por aquella excavacion, hubiera

podido sospechar que bajo una de aquellas enormes rocas, que parecian

naturalmente desprendidas del techo, existia oculta una inmensa riqueza.

Calpuc desandó lo andado, llegó al borde de la gran excavacion,

descendió con la misma seguridad con que habia subido, dejó la piqueta

en el mismo lugar de donde la habia tomado y salió por la gruta á la

montaña.

Apenas estuvo al aire libre miró al cielo que estaba diáfano y

despejado.

--Aun faltan tres horas para amanecer, se dijo, y tengo tiempo bastante.

Y tomó por un sendero, entre los encinares, á buen paso.

A poco que anduvo, se encontró en un claro y delante de una casita, que

á ser de dia, se hubiera visto que estaba construida con tapiales de

tierra y cubierta de bálago, junto á la cual pasaba un ruidoso arroyo

que fecunda un pequeño huerto plantado de hortaliza y de árboles

frutales, y defendido al norte por una peña tajada.

Calpuc abrió con llave la puerta y penetró en la casa: el espacio en que

entró estaba oscuro, pero al fondo de él se percibía un escaso

resplandor á través de una puerta entreabierta.

El rey del desierto se encaminó á aquella puerta, la empujó, y se

encontró en una pequeña habitacion muy pobre, en la que solo habia un

lecho, una silla, una mesa con algunos libros, y sobre la mesa, colgada

en la pared, una estampa de la vírgen de las Angustias, delante de la

cual ardia una lámpara.

Calpuc se descubrió, se arrodilló delante de la estampa de la Vírgen y

rezó: luego se levantó, encendió otra luz, salió de la estancia, se

encaminó á un establo, donde habia un caballo fuerte y de poca alzada;

le embridó, le ensilló, le sacó fuera, cerró la puerta de la casita,

montó y se puso en camino.

A punto que amanecia y se abria la puerta del Rastro de Granada, llegó á

ella Calpuc, dió cortésmente los buenos dias á los guardas y entró en la

ciudad.

Poco despues llamaba á una pequeña puerta bajo los soportales de la

plaza de Bib-Arrambla, cercana á la puerta que hoy se llama de las

Orejas.

Abrióse la puerta á que habia llamado el mejicano y apareció un viejo

encorvado y de semblante receloso.

--Dios os dé muy buenos dias, hermano Franz, dijo Calpuc.

--Dios os guarde señor Gaspar de Ontiveros, contestó el saludado con

marcado acento extranjero.

Por lo visto, Calpuc, para encubrir su orígen, habia adoptado entre los

europeos el nombre con que le habia saludado el viejo, que, á todas

luces, por su nombre y por sus rasgos característicos, era aleman.

--Necesito hablaros, dijo Calpuc, y aun mas, que me deis posada por

algunas horas.

El aleman abrió de par en par la puerta, y dejó paso á Calpuc que tiró

de su caballo y penetró.

Entonces el aleman cerró la puerta y llamó, presentándose á poco una

criada.

--Lleva este caballo á la cuadra la dijo, y di á Berta que disponga un

aposento y un buen almuerzo para el señor Gaspar de Ontiveros. Venid,

venid conmigo, amigo mio, puesto que quereis hablarme, y que, segun

supongo, el asunto que os trae será para tratado sin testigos.

El mejicano siguió al aleman, que le introdujo en una especie de tienda,

á juzgar por un mostrador alto como una muralla y algunos armarios

fuertes y cerrados: la luz de la mañana penetraba allí por los postigos

de una puerta defendida por candados, cerrojos y barras de hierro, lo

que demostraba que en aquella tienda habia mucho que guardar.

--¿Me traeis una de aquellas hermosas perlas que tan caras me habeis

hecho pagar, amigo mio? dijo con los ojos cargados de una expresion

codiciosa el viejo Franz.

--Si por cierto, una os traigo, dijo Calpuc sacando el paño de seda

donde habia envuelto aquel rico producto de los mares; pero será

necesario que esta me lo pagueis mejor.

El aleman tomó la perla con delicia, la examinó, fué á uno de los

armarios, le abrió con una de las llaves de un haz que desprendió de la

cintura, y sacó del armario una cajita de sándalo que abrió. Dentro

habia otras seis perlas.

--Igual, exactamente igual, dijo, ¡esto es un prodigio! ¿Dónde diablos

habeis ido á buscar estas maravillas, amigo Gaspar?

--¿Y qué diriais si, como yo, hubierais visto juntas perlas de este

tamaño, en cantidad suficiente para llenar el cajon grande de vuestro

mostrador?

--¡Poderoso Dios de Abraham! exclamó el viejo: vos debeis ser un gran

personaje, señor Gaspar, cuando os desprendeis de tales riquezas.

--No pardiéz, yo soy como lo sabeis bien, un traficante de perlas y

pedrería: hago de tiempo en tiempo un viaje al Nuevo-Mundo y me traigo

conmigo algunas preciosidades; necesario es vivir lo mas cómodamente

posible. Y aun asi cuando se arrostran un largo viaje y los peligros del

mar, justo es que aspiremos á una razonable ganancia.

[imagen: El capitan Alvaro de Sedeño.]

--Os dí por la última perla hace tres meses, mil doblones.

--No me dareis por esta menos de mil quinientos.

--¡Poderoso Dios de Jacob! ¿y cómo quereis que yo os pague tanto dinero,

cuando aun no tengo para hacer un mediano collar?

--¿Creeis que sea fácil encontrar perlas iguales á esa?

--Lo creo imposible y me maravilla que vos las encontreis... pero aun

asi...

--¿Cuánto creeis que pagaria un rey por un hilo de tales perlas que

llegase al número de cuarenta?

--¡Oh! un tal collar seria digno de la emperatriz! ¡un tal collar

costaria muchos cuentos de reales.!

--Por lo mismo, señor Franz, cada perla de esas que yo os traiga os

costará mas cara, hasta el punto de que para pagarme la última, no

tendreis bastante con el valor de todas las joyas que teneis en vuestros

armarios.

--Traédmelas y por ese solo collar, os daré todo cuanto poseo.

--¡Paciencia! ¡paciencia! no es fácil encontrar muchas de estas

maravillas: se necesitan para ello muchos viajes. Asi, pues, dadme los

mil y quinientos doblones y no hablemos mas.

--¡Oh no! no os daré mas que los mil.

--Entonces, dijo Calpuc, recogiendo la perla, no hacemos nada.

El aleman miró ansiosamente á Calpuc.

--Pero reparad, le dijo, que hasta ahora solo me habeis traido seis.

--Por la primera solo me dísteis doscientos doblones, y esta, os lo juro

por lo mas sagrado, no la poseereis ni un maravedí menos de los mil

quinientos.

Era tan seguro el acento del mejicano, expresaba una resolucion tan

invariable, era de tanto valor la perla, la deseaba tan ardientemente el

joyero, que abrió suspirando su fuerte caja de hierro y entregó á Calpuc

un bolson de cuero lleno de oro.

--Hay teneis, le dijo, justamente la cantidad que me habeis pedido: la

tenia preparada para pagar un libramiento que vence hoy.

--¡Ah! ¡un libramiento para... para el convento de luteranos de Madrid!

--¡Callad! ¡callad! y no digais tales palabras, señor Gabriel, dijo

palideciendo densamente el aleman: si alguien os oyera seria cosa de dar

en las manos del Santo Oficio... ya sabeis que yo soy católico,

apostólico romano, puro y neto.

[imagen: Estrella.]

--¡Cuántos enemigos tiene España! dijo profundamente Calpuc, contando el

dinero sobre el mostrador, mientras Franz guardaba cuidadosamente el

cofrecillo de sándalo, al cual habia añadido una nueva perla.

--Todos los pueblos que conquistan y quieren llevar su religion, sus

leyes y sus usos á otros pueblos, tienen necesariamente enemigos, dijo

Franz. Si no fuera tan fuerte España...

--¡Ay si un dia todos los enemigos de España se uniesen bajo una misma

bandera! dijo Calpuc acabando de contar el dinero.

--Si, si, en efecto: los moriscos, los judíos, los flamencos, los

franceses, los italianos...

--Y los hijos de América, dijo profundamente Calpuc.

--Pues vos pareceis bastante rico, y gastais de tal manera las gruesas

cantidades que os he dado en menos de un año, que bien podria creerse...

--Callad, callad, no nos oiga la Inquisicion; ni vos sois luterano ni yo

intento nada contra España; vos pagais libranzas de mil quinientos

doblones, porque sois mercader, y yo, porque tambien lo soy, vendo

perlas y diamantes: nada mas natural, añadió el rey del desierto,

levantándose y encubriendo el talego con el capotillo. Ahora, como tengo

que hacer dentro de poco, tened la bondad de mandar que me den el

almuerzo.

Franz y Calpuc salieron de la tienda y se perdieron en el interior de la

casa.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 23 / 168 题