CAPITULO II.

De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á

veces, puede parecer la caridad amor.

Ningun pueblo como el pueblo árabe, y como su descendiente el moro, ha

llegado á la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, á lo

voluptuoso de los contrastes, en lo referente á la construccion de sus

habitaciones.

La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella,

porque lo bello estaba y está en el carácter de su arquitectura: la

vivienda de un moro rico era ya un verdadero alcázar en cuya

construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion

y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados,

en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y

transparentes penetra en las cámaras; en las labores doradas sobre

fondos esmaltados, en los brillantes mosáicos, en las fuentes que

murmuran sobre pavimentos de mármol, habia tambien en todo aquello mucho

de místico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las

creencias musulmanas.

Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cámaras,

ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos

Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo

las cúpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables

restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os

trasladaran á otros tiempos y á otras gentes; os harán aspirar en cada

retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os

explicaran cómo aquel pueblo pudo llenar una página tan brillante en el

interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la

humanidad: son á un tiempo poesías eróticas y salmos sagrados; cantos de

guerra y sueños de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el

velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la

materia y el espíritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo

romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime.

* * * * *

En uno de esos admirables retretes árabes, cuyo recuerdo nos ha

inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente

pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, á

la luz de una lámpara que ardia sobre una pequeña y preciosa mesa de

mosáico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y

característica hermosura á la bellísima estancia en que se encontraba,

estaba el mismo jóven que aquella mañana habia excitado á los moriscos

del Albaicin á la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el

edicto del emperador.

Observando detenidamente á aquel jóven, se notaba en él un no sé qué

misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo

que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa

valentía generosa de los héroes: mucho de firme, de indomable, de audaz

en su carácter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un

grupo de rojas nubes grandes destinos, una altísima mision que cumplir,

una grande empresa que llevar á cabo.

Aquel jóven por su expresion reflexiva parecia ya viejo.

Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la

enérgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban

atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se

adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre.

Aquel jóven era uno de esos seres que se hacen notables á primera vista.

Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon.

Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran á las

mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas:

que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jamás comprenderá

el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer.

Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo

esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso.

* * * * *

Este jóven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de

madreselva.

Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jóven.

Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer.

Entre los árabes y los moros, las flores, las hojas de los árboles, las

yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario

con cuyo auxilio solo se comprende su dulcísimo lenguaje:

El del amor.

O un lenguaje triste, desesperado, cáustico, provocador:

El de los zelos.

O un lenguaje terrible, inplacable, feroz:

El de la venganza.

Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse á otras pasiones

que las que nacen del amor.

El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes á las

mujeres, y la mujer toda es amor, ó zelos ó venganza: de cualquier

manera que la considereis, la mujer es toda corazon.

* * * * *

¿Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje

inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de

madreselva?

Significa: lazo de amor.

¡Lazo de amor! ¡frase terrible bajo su dulzura! ¡frase á la que van

unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un

hombre y una mujer!

Es decir: un mundo de pasiones.

El jóven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosía vecina

aquel ramo de madreselva.

La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola

se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio

de hermosura y de pureza.

La magnífica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento

de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer á una

familia, no solo riquísima, sino poderosa entre los moriscos.

El jóven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su

corazon, en un herrete de su justillo.

Despues habia mirado á la celosía y habia sonreido lánguida y

tristemente.

Hasta que llegó á la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano

permaneció asomada por bajo de la celosía, como demostrando la presencia

de su dueño, y la rica ajorca lanzando fúlgidos destellos, herida por

los postreros rayos del sol poniente.

Cuando el jóven llegó á la puerta de su casa y le abrieron, saludó con

un ademan lleno de gracia y de benevolencia á su hermosa vecina, cuya

mano le saludó á su vez. Luego cuando el jóven hubo entrado y cerrado su

puerta, la mano se retiró lentamente, como con dolor, y luego se escuchó

el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio.

Acaso en aquel mismo punto se escuchó un gemido de las brisas de la

tarde.

Acaso el suspiro de una mujer.

* * * * *

El ramo de madreselva habia venido á causar al jóven una impresion que

se unió inmediatamente á la profunda impresion que le habia causado el

edicto del emperador.

«¿Quién piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria

necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza,

toda nuestra sangre?»

Este fue el primer pensamiento que inspiró al jóven el ramo de

madreselva.

Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lógicamente

otros.

«Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis

palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad:

el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeño al hombre

porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande.»

«Yo no quiero ser esclavo.»

«Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es

la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer.»

El jóven se equivocaba, se engañaba: mejor dicho, pugnaba por engañarse.

La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y

que á pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de

desdeñarla como mujer, y como mujer enamorada.

La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones

humanas que impedian á nuestro jóven pensar en el amor de aquella mujer.

Ella no se habia parado á meditar si habia alguna razon que la separase

del jóven.

La bastaba con saber que le amaba.

Porque la razon suprema de la mujer es el amor.

* * * * *

Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos

jóvenes.

Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias.

El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye.

Ella se llamaba Isabel de Córdoba y de Válor, y no tenia sobrenombre

árabe porque en la época de su nacimiento, hacia ya muchos años que su

familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de

Castilla.

Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilísimo sobrenombre:

Se llamaban los Beni-Omeyas.

Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinastía Omniada,

de los califas de Córdoba.

Isabel, pues, era una doncella de sangre real.

Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don

Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre

Al-Zaquir, ó el Zaquer (el pequeño, el segundon).

Juan de Andrade ó Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero

cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos

de Granada: convertido á la fuerza: por temor á las prescripciones del

vencedor y á la implacable dureza con que eran tratados por los

cristianos los moriscos que resistian la conversion.

Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la práctica exterior y en el

fondo su alma musulmana y musulman fanático.

Isabel de Córdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente

cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado,

con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y

poética piedad de la mujer, que es toda amor.

Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jóvenes.

Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como

otros muchos moriscos á los Válor, la familia de los renegados.

Isabel, por lo tanto, tenia para el jóven sobre su pura y noble frente

este fatal estigma religioso.

Existian aun otras gravísimas circunstancias que separaban á Yaye de

Isabel.

Yaye no conocia á sus padres, pero el anciano Abd-el-Gewar, que le habia

educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que

era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el

nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le

habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro años no conocería

á su padre, y aun cuando el jóven le rogó y le suplicó, se mantuvo

inflexible.

Preguntóle Yaye que por qué razon se le criaba como cristiano entre los

cristianos, y Abd-el-Gewar guardó tambien acerca de este punto un

profundo silencio, pero procuró hacer del jóven príncipe, y lo hizo, un

hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en

materias de moral y rígido en las costumbres; pero sobre estas buenas

cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la

intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su

alto orígen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado á

representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos

dicho, musulman y musulman ascético en el fondo de su alma.

Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su

forma externa: era rígido como una coraza de Damasco. No tenia mas

creencias, no conocia otros objetos á quienes rendir adoracion que al

Altísimo, con arreglo á las prescripciones del Koran, y á la patria, á

la manera que siente por la patria todo el que está dispuesto á perecer

por ella.

Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran

los enemigos de su patria.

Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de

la pobre Isabel.

* * * * *

Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que

á veces amamos sin saberlo; á un ser á quien creemos aborrecer.

Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y

al fin se hace sentir, lastimándonos como una polilla, como una carcoma

roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos

desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas

nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno,

semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia.

En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la

naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una

naturaleza artificial.

Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera,

musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje

castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd-el-Gewar, le habia

llevado á las aulas de Salamanca, donde ¡cosa extraña! habia aprendido

humanidades, teología y cánones: al mismo tiempo, y esta era tambien

otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y

el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en

todos los puntos dogmáticos del Koran, atacando de paso á la teología

cristiana en todos los puntos en que está en discordancia con la

alcoránica, como quien durante tantos años habia sido gran faqui y sabio

expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin.

Yaye, pues, á los diez y ocho años, y considerado desde los puntos de

vista de la ciencia y de la destreza ó del valor, podia haber sido

indistintamente canónigo, ó faqui, ó capitan de soldados.

Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd-el-Gewar para educarle

de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de

ser cualquiera de estas tres cosas.

Pero lo que hay de mas extraño en esto es, que á pesar de lo opuesto de

estas enseñanzas, la inteligencia del jóven no se embrolló, ni su trato

con los cristianos, ni sus estudios canónicos, destruyeron una sola de

sus creencias musulmanas.

Esto consistia en que la influencia de Abd-el-Gewar era, respecto á él,

infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que

cada vacacion, despues del año escolar, cuando la mayoría de los

sopistas se extendia por toda España en busca de recursos para subsistir

durante otro año de estudios, de una manera algo mas cómoda que la

dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por

Abd-el-Gewar á las Alpujarras ó á Granada, donde le hacia aspirar un

odio irreconciliable contra los cristianos, á la vista de la dureza, de

los excesos y aun de las infamias, de que eran víctimas los moriscos:

Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la

presion de la tiranía, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia

del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos,

iba acrecentando su odio hácia los cristianos y preparándole á ser algun

dia uno de sus mas terribles enemigos.

Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jóven con el

pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito

de insurreccion.

Aun no era tiempo y Abd-el-Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar

el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella

alguna paciencia.

Desde que salió de la Plaza Larga con el jóven, habia estado vagando con

él por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y

durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados

sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado á cercanos

acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia

anunciado que iba por fin á conocer á su padre y á su reino; le habia

hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro-español, cuando

llegase el probablemente próximo caso de que España, fatigada por el

mismo peso de su grandeza, empezase á fraccionarse; habíale, en fin,

hecho oir estas sentenciosas y magníficas palabras:

--Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso

no vive para sí mismo sino para los demás: ten en cuenta que dentro de

poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy

desgraciado: que tú no serás un hombre, sino una esperanza; que en fin,

ese pueblo tendrá fijos en ti los ojos para execrarte ó para bendecirte.

Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca

de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicín: el sol descendia:

Abd-el-Gewar se dirigió á la cita que tenia en casa del Habaquí con los

xeques del Albaicín y Yaye se encaminó, pensativo y engrandecido por las

palabras de su anciano mentor, á su casa, situada en la calle del

Zenete.

Casi junto á su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don

Fernando de Córdoba, y de Válor, su vecino, cayó á sus piés el ramito de

madreselva; cuando despues de recogerlo alzó los ojos, vió la hermosa

mano de Isabel.

Entonces sintió una impresion dolorosa, como la de quien, marchando

confiado por un camino en que no espera encontrar obstáculos, se lastima

el pié al tropezar con un objeto durísimo.

Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella

cristiana.

¡Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de

amor!

Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y

lánguidamente á la doncella.

¿En qué consistia esta dulce expresion tratándose de un enemigo?

Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia

sentir hácia ella un impulso de caridad.

* * * * *

Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jóven la de que

aquella noche á las doce estuviese dispuesto á montar á caballo y partir

con él á las Alpujarras.

Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan,

su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al

extremo de él habia entrado en las caballerizas.

Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los

caballos, y habia revistado las monturas.

Al salir reparó que, en una galería, sobre otro jardin que solo estaba

separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galería de

la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada

de alerce, habia una mujer.

Aquella mujer era Isabel de Válor.

La amante enemiga de Yaye.

Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de

madreselva.

Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre niña

sonrió como deben sonreir los ángeles en presencia de Dios.

Aquella sonrisa que era equivalente á un encantador saludo, obligó al

jóven á detenerse y á hablarla.

Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas á la fuerza

somos poco espontáneos, necesitó buscar un medio cualquiera para

dirigirla la palabra.

--Estais pálida, Isabel, la dijo: ¿estais enferma?

Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron

sonreir de nuevo á la jóven de una manera mucho mas expresiva.

¿Sabeis lo que es á veces la sonrisa de una mujer?

A veces reemplaza á los ojos, y es mas elocuente que ellos: á veces toda

el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se

exhala por los labios convertida en una sonrisa.

--Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jóven.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su hermosa boca antes tan dulce,

se contrajo en una expresion de dolor.

--¡Desgraciada! exclamó Yaye, no sabiendo qué contestar.

--Sí, sí, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os

veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz.

--¿Que lo esperais todo de mí?

--Sí, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche...

Un vivísimo rubor cubrió el rostro de la jóven que al fin continuó,

haciendo un esfuerzo:

--Esta noche os espero.

--¡Que me esperais!

--Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir á que

yo cante en la habitacion inmediata á la vuestra: adios.

Y la jóven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una

sonrisa triste y casi fatal á Yaye, arrojó una llave al jardin, y huyó,

desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de

la galería.

--El amor es la pasion impura de Satanás, dijo Yaye recogiendo la llave:

los hombres que confian su honor á un ser tan débil como la mujer, son

unos insensatos.

Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba á la pobre Isabel.

A pesar de su grave é impertinente observacion, y la llamamos

impertinente, porque otro hombre menos dado á la contemplacion, no

hubiera pensado tan de ligero respecto á Isabel, recogió la llave y se

encaminó á su aposento, donde se arrojó sobre un divan.

Sin saber cómo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de

madreselva habia venido á parar á su mano.

Sin saber cómo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre,

y al tocar por acaso el ramo á sus labios, su corazon se habia

extremecido.

Sin saber cómo, la imágen de Isabel flotaba delante de todos sus

pensamientos en el fondo de su alma.

Yaye no creia que aquello fuese amor: para él aquello era caridad.

¿Pero sabemos acaso á dónde puede llevar á un hombre la caridad hácia

una mujer? ¿Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en

toda su pureza, en su omnipotencia, en fin?

Yaye respecto á su corazon, se engañaba como sucede en general á todos

los hombres.

El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia.

Son opuestos y se combaten.

Pero en esta lucha, tarde ó temprano, acaba por triunfar el corazon, por

obedecer la cabeza.

* * * * *

Yaye habia conocido á Isabel dos años antes, durante unas vacaciones,

por razon de vecindad.

Entonces tenia Isabel diez y ocho años; Yaye veinte y dos.

Muchas veces cuando Yaye se asomaba á la galería de sus habitaciones,

veia en las suyas á su hermosa vecina.

Isabel habia heredado de sus abuelos el magnífico tipo de la raza árabe:

blanca, pálida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios

sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan

experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo

cuando no se sabe si será satisfecho.

Yaye la vió, y experimentó aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de

una manera instintiva, sin darse razon de ello.

Los jóvenes siguieron viéndose: á las pocas vistas se saludaron; á los

pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como

obedeciendo á una costumbre, los jóvenes se veian en las galerías,

teniendo solo un tabique de por medio.

Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando

la distancia; al fin, solo les separó el tabique medianero.

Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas

intensas: al cabo el jóven conoció que era amado; al conocerlo se dijo:

--Yo no puedo amar á esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus

amores.

Y cortó bruscamente sus entrevistas con Isabel.

Pasaron los dias, pasaron las semanas, pasó un mes.

Yaye, entregado al estudio de la filosofía con su maestro Abd-el-Gewar,

no habia salido durante aquel mes á la calle.

Isabel le habia esperado en vano, en la galería al amanecer; por las

tardes, en la celosía que correspondia á la calle, y desde donde se veía

la puerta de la casa de Yaye.

Todas las noches este, habia escuchado la dulcísima voz de Isabel que en

la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristísimos

romances moriscos.

Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia,

Harum-el-Geniz, noble morisco, que servia á Yaye de escudero, le dijo:

--Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina.

Yaye frunció el gesto.

--Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha

dado este relicario.

Harum sacó de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de

seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riquísimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de

una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado

la imágen de la Vírgen inmaculada, y por el otro un pequeño _Lignum

Crucis_.

El jóven miró con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

--¿Para qué te ha dado esto esa dama? dijo á Harum.

--Doña Isabel me ha dicho: si está enfermo, que se ponga pendiente del

cuello esta santa reliquia, y sanará.

Nublóse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el

relicario á Harum para que lo devolviese á Isabel.

--Pero no, dijo para sí: su solicitud por mí, no merece tan descortés

respuesta; yo mismo se lo devolveré.

Y despidió á Harum.

Aquella noche el sueño de Yaye fue inquieto: al amanecer se vistió, y se

puso en la galería.

Ya estaba en ella Isabel.

Pero pálida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con

la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi diáfanas.

Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre niña.

Un vivísimo sentimiento de compasion se apoderó de Yaye al ver á Isabel.

--¡Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como

siempre... gracias á Dios.

--Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevió á continuar.

--Sí, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.

--He venido á devolveros un relicario que disteis ayer á mi escudero,

dijo Yaye haciendo un esfuerzo.

Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á

sus ojos.

--¡Ah! ¡no quereis conservar mi relicario!... dijo.

Yaye se conmovió; comprendió al fin cuánto le amaba aquella mujer, _tuvo

lástima de ella_ y repuso:

--¡Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservaré esta prenda... por

vuestro amor.

Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de

Isabel, y creyendo ceder solo á la compasion, cuando en realidad quien

le impulsaba era su corazon, demostró á Isabel un amor que él creia

fingido.

Pero no reparaba, engañándose á sí mismo, que al fingir aquel amor

gozaba de unas delicias purísimas, que su corazon se aliviaba de un peso

cruel, porque al fin exhalaba el depósito de amor que traidoramente y

contra la voluntad de su dueño habia absorbido su corazon.

* * * * *

* * * * *

Isabel, que se habia puesto flaca y pálida en un mes, volvió á la

magnífica turgencia de sus formas, á su admirable hermosura, en una

semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma

fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua

hermosura: esta habia crecido.

Vióla un dia el anciano faqui y exclamó suspirando:

--Para ser un arcángel del sétimo cielo, no la falta á la pobre Isabel

otra cosa que no ser cristiana.

* * * * *

El amor para las mujeres, es como el rocío y el sol de la primavera para

las flores.

* * * * *

Durante las vacaciones de aquel año, Isabel y Yaye fueron felices. Ella

porque se contemplaba amada; él porque creia hacer una obra meritoria de

caridad.

El amor de Yaye hácia Isabel no era amor sino misericordia.

Fuése Yaye á Salamanca á estudiar su último año.

Cuando se separó de Isabel, experimentó un dolor agudo, un vacío en el

corazon.

A pesar de su repugnancia á todo lo que representaba las creencias

cristianas, Yaye se llevó consigo el relicario.

A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye.

Hubo un momento en que se preguntó con terror si verdaderamente amaba á

aquella mujer.

* * * * *

Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada á Salamanca; cuando

iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de

Yaye para Isabel.

Yaye, sin embargo, habia logrado engañarse completamente; se habia

convencido de que no amaba á Isabel, pero seguia escribiéndola amores, y

deseando volver á verla, por caridad, por pura caridad.

* * * * *

En tal estado se hallaban los corazones de los jóvenes, cuando Yaye

volvió de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto

algunos dias los dos amantes.

Isabel habia empezado á ser mas esplícita: las palabras esposo y esposa

empezaban á salir de sus labios. Yaye comprendió que habia llegado el

momento de que su caridad fuese puesta á prueba, y empezó á excusar en

cierto modo sus entrevistas con Isabel.

En tal situación y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que

iba al fin á conocer á su padre, habian abierto para él una nueva vida,

habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de

Isabel.

Yaye estaba con razón tan profundamente pensativo y abstraido como le

hemos presentado al principio de este capitulo.

* * * * *

Pasaban lentamente las horas.

El reló de Santa María de la Alhambra marcó á lo lejos las once de la

noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la

Vela.

Poco despues hizo extremecer á Yaye el preludio de una guitarra.

Armonías fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del

instrumento, como suspiros de amor: flexibles ráfagas, que parecian

destinadas á llevar á los oídos del amado el alma de una mujer.

Yaye sintió vacilar su alma acariciada por aquella armonía que parecia

poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo

por el fanatismo, por la educacion.

Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada entonó las

coplas siguientes:

La esperanza es la vida

de quien bien ama,

y su muerte, la muerte

de su esperanza.

¡Ay! ¡Dios no quiera

que mi amante esperanza

se desvanezca!

Estremecióse de piés á cabeza Yaye al escuchar la copla; después un

vértigo envolvió su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion á

Isabel: entonces comprendió que la amaba; al comprenderlo creyóse

entregado á Satanás, porque solo Satanás, segun él, pensaba en su

fanatismo, podia inspirarle amor hácia una enemiga de su ley, hácia la

hija, la hermana, la descendiente de los renegados.

--No iré á la cita, se dijo.

Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia:

instantáneamente pensó que era una cobardía huir del peligro: que era

mas noble arrostrarle, luchar con él y vencerle.

--Iré, sí, iré: ella no tiene la culpa de ser lo que es... es cierto que

yo no puedo unir mi suerte á la suya, que no debo amarla; pero la

desengañaré: acabaremos de una vez ¡Oh! si por ventura al verse engañada

en sus esperanzas, en su amor... ¡oh! ¡si muriese!... pues bien, que se

convierta al Dios Altísimo y Unico... si no... que olvide ó muera... yo

no puedo hacer traicion por una mujer á mi patria y á mi ley.

Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por

una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo

ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage

morisco.

Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar

con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que

era estudiante.

Isabel le creia un hidalgo castellano.

Y luego á una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el

nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada:

el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia

lo que necesitaba saber.

Que el señor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon.

Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se

engañaba: sabia cuánto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque

la mujer no se engaña jamás acerca de los sentimientos que inspira.

Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engañaba. No

sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan

enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la

ambicion.

Le esperaba á la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel

trage le hubiera desconocido á no bañar de lleno la luz de la luna su

semblante.

Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado

rápidamente al sentir sus pasos, retrocedió y se detuvo estremecida por

un presentimiento frío, punzante, como la hoja de un puñal.

Los jóvenes hablaron muy poco.

--¿Qué ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trémula: ¿á qué ese

disfraz?

--Estas ropas, señora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos

quieren arrancar por los cristianos, las que llevaré desde ahora como

buen musulman.

--¡Ah! exclamó Isabel consternada, llevándose las manos sobre el

corazon.

Y luego adelantando un paso, y mirando frente á frente con una fijeza

sombría á Yaye exclamó:

--¡Vos no me amais!

--Os amo, Isabel... pero antes que á vos amo á mi patria.

--Por piedad, contestadme de una vez ¿sois moro?

--Moro soy.

--¿Estais resuelto á no convertiros á la fe de Jesucristo?

--Jamás.

--Entonces no podeis ser mi esposo, exclamó con acento desesperado

Isabel.

--Convertios á la religion de vuestros abuelos los califas de Córdoba.

--Adoro á Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por él sufriré

el martirio de mi amor; por él sufriré si es preciso el indudablemente

menos terrible de mi cuerpo.

--Entonces, adios.

--Esperad un momento: quiero que sepais hasta dónde llega el tormento á

que me habeis sentenciado engañándome: yo os amo, os amo desde el

momento en que os ví: os amaré siempre: yo contaba con vos; no sabía

quién érais, si pobre ó si rico, si noble ó villano: eso me importaba

poco. Estaba resuelta á unirme con vos y á ser vuestra esposa... porque,

permaneciendo en mi casa me veré obligada á entrar en un convento ó á

casarme con un hombre á quien no puedo amar y con el que me obligan á

casar mis hermanos. Vos me posponeis á una religion falsa, á una patria

que no podeis salvar. Id con dios. Pero tened en cuenta que obligada á

ser monja ó casada, seré casada, porque no me atrevo á ofrecer á Dios un

corazon que está lleno del amor de un hombre: seré casada y haré feliz á

mi marido, porque el dolor se quedará todo para mí. Pero acordaos, y que

este recuerdo me vengue del rudo golpe que me dais cuando menos lo

esperaba... acordaos de que me habeis hecho infeliz, de que me habeis

robado mi única esperanza sobre la tierra. Que me vengue de vos, la

rabia de verme entre los brazos de otro... porque me amais, lo sé, lo

conozco, estoy segura de ello: me sacrificais á vuestra soberbia... no

sé á qué... pero no importa: el amor que logrado nos hubiera hecho

igualmente felices, malogrado nos hace igualmente miserables.

--Una palabra: convertios á la ley de vuestros abuelas, si es verdad que

me amais.

--Seguid vos en el fondo de vuestro corazon en vuestra ley, profesad

ante el mundo la del Redentor Divino: si tenemos hijos juradme que seran

cristianos, y soy vuestra esposa.

--¡Adios! exclamó fatídicamente el jóven.

--Esperad, esperad un momento: conservais una prenda mía...

--La llevo sobre mi corazon.

--¡Sobre vuestro corazon la imágen de la Virgen! ¡una reliquia de la

cruz del Salvador sobre el corazon de un moro!

--Isabel, dijo con un acento profundamente sentido Yaye: ya no sabia lo

que era amor, y no creia sentirlo hasta este momento: yo os amo, os

amaré siempre: esta prenda que un dia me entregásteis no se separará

jamás de mí.

--¡Que ella os proteja! exclamó llorando Isabel.

--El destino nos separa: vuestros abuelos renegaron de su ley por el oro

de los cristianos... ¡renegaron! exclamó enérgica y gravemente Yaye, en

vista de un movimiento de la jóven: vos no quereis volver al camino de

luz que ellos dejaron. Cúmplase lo que está escrito. Pero cuando el sol

aparezca todos los dias, cuando bañe con sus primeros rayos ese mirador

que tantas veces ha escuchado las palabras de nuestro amor: ¡acordaos de

mí!

Y Yaye, temeroso de que sus fuerzas le abandonasen, que la hermosura y

el amor de Isabel fuesen mas fuertes que sus creencias y sus propósitos,

huyó de ella como hubiera huido un cenobita de un fantasma tentador.

Isabel le vió desaparecer yerta: mientras resonaron sus pasos sobre la

calle de césped alentó alguna esperanza; cuando oyó rechinar la llave en

la cerradura del postigo, sintió que se desgarraba su corazon; cuando al

fin escuchó la caida de la llave que el jóven la devolvia arrojándola

por cima de la tapia, perdió su última esperanza y creyó morir.

Luego cayó de rodillas, lloró por su amor perdido y rogó á Dios por el

hombre que se llevaba su corazon.

Despues se levantó, buscó la llave, la alzó del suelo, y se volvió

triste, lenta, como un alma apenada que se vuelve á su tumba.

Isabel habia muerto para la felicidad; no la quedaba sobre la tierra mas

que la amarga copa del sacrificio.

Los monfíes de las Alpujarras: novela original · 第 16 / 168 题