IV

Así por sus altos fines

Dispone y permite el cielo

Que puedan mudar al hombre

Fortuna, poder y tiempo.

A Flandes partió Martínez

De soldado aventurero,

Y por su suerte y hazañas

Allí capitán le hicieron.

Según alzaba en honores

Alzábase en pensamientos,

Y tanto ayudó en la guerra

Con su valor y altos hechos,

Que el mismo rey a su vuelta

Le armó en Madrid caballero,

Tomándole a su servicio

Por capitán de Lanceros.

Y otro no fue que Martínez

Quien ha poco entró en Toledo,

Tan orgulloso y ufano

Cual salió humilde y pequeño.

Ni es otro a quien se dirige,

Cobrado el conocimiento,

La amorosa Inés de Vargas,

Que vive por él muriendo.

Mas él, que olvidando todo

Olvidó su nombre mesmo,

Puesto que Diego Martínez

Es el capitán Don Diego,

Ni se ablanda a sus caricias,

Ni cura de sus lamentos;

Diciendo que son locuras

De gentes de poco seso;

Que ni él prometió casarse

Ni pensó jamás en ello.

¡Tanto mudan a los hombres

Fortuna, poder y tiempo!

En vano porfiaba Inés

Con amenazas y ruegos;

Cuanto más ella importuna

Está Martínez severo.

Abrazada a sus rodillas

Enmarañado el cabello,

La hermosa niña lloraba

Prosternada por el suelo.

Mas todo empeño es inútil,

Porque el capitán Don Diego

No ha de ser Diego Martínez

Como lo era en otro tiempo.

Y así llamando a su gente,

De amor y piedad ajeno,

Mandoles que a Inés llevaran

De grado o de valimiento.

Mas ella antes que la asieran,

Cesando un punto en su duelo,

Así habló, el rostro lloroso

Hacia Martínez volviendo:

--Contigo se fue mi honra,

Conmigo tu juramento;

Pues buenas prendas son ambas,

En buen fiel las pesaremos.--

Y la faz descolorida

En la mantilla envolviendo

A pasos desatentados

Saliose del aposento.

V

Era entonces de Toledo

Por el rey gobernador

El justiciero y valiente

Don Pedro Ruiz de Alarcón.

Muchos años por su patria

El buen viejo peleó;

Cercenado tiene un brazo,

Mas entero el corazón.

La mesa tiene delante,

Los jueces en derredor,

Los corchetes a la puerta

Y en la derecha el bastón.

Está, como presidente

Del tribunal superior,

Entre un dosel y una alfombra

Reclinado en un sillón

Escuchando con paciencia

La casi asmática voz

Con que un tétrico escribano

Solfea una apelación.

Los asistentes bostezan

Al murmullo arrullador,

Los jueces medio dormidos

Hacen pliegues al ropón,

Los escribanos repasan

Sus pergaminos al sol,

Los corchetes a una moza

Guiñan en un corredor,

Y abajo en Zocodover

Gritan en discorde son

Los que en el mercado venden

Lo vendido y el valor.

Una mujer en tal punto,

En faz de grande aflicción,

Rojos de llorar los ojos,

Ronca de gemir la voz,

Suelto el cabello y el manto,

Tomó plaza en el salón

Diciendo a gritos: --¡Justicia,

Jueces, justicia, señor!--

Y a los pies se arroja humilde

De Don Pedro de Alarcón,

En tanto que los curiosos

Se agitan al rededor.

Alzola cortés Don Pedro

Calmando la confusión

Y el tumultuoso murmullo

Que esta escena ocasionó,

Diciendo:

--Mujer, ¿qué quieres?

--Quiero justicia, señor.

--¿De qué?

--De una prenda hurtada.

--¿Qué prenda?

--Mi corazón.

--¿Tú le diste?

--Le presté.

--¿Y no te le han vuelto?

--No.

--¿Tienes testigos?

--Ninguno.

--¿Y promesa?

--¡Sí, por Dios!

Que al partirse de Toledo

Un juramento empeñó.

--¿Quién es él?

--Diego Martínez.

--¿Noble?

--Y capitán, señor.

--Presentadme al capitán,

Que cumplirá si juró.--

Quedó en silencio la sala,

Y a poco en el corredor

Se oyó de botas y espuelas

El acompasado son.

Un portero, levantando

El tapiz, en alta voz

Dijo: --El capitán Don Diego.--

Y entró luego en el salón

Diego Martínez, los ojos

Llenos de orgullo y furor.

--¿Sois el capitán Don Diego,

Díjole Don Pedro, vos?--

Contestó altivo y sereno

Diego Martínez:

--Yo soy.

--¿Conocéis a esta muchacha?

--Ha tres años, salvo error.

--¿Hicísteisla juramento

De ser su marido?

--No.

--¿Juráis no haberlo jurado?

--Sí juro.

--Pues id con Dios.

--¡Miente! --clamó Inés llorando

De despecho y de rubor.

--Mujer, ¡piensa lo que dices!...

--Digo que miente, juró.

--¿Tienes testigos?

--Ninguno.

--Capitán, idos con Dios,

Y dispensad que acusado

Dudara de vuestro honor.--

Tornó Martínez la espalda

Con brusca satisfacción,

E Inés, que le vio partirse,

Resuelta y firme gritó:

--Llamadle, tengo un testigo.

Llamadle otra vez, señor.--

Volvió el capitán Don Diego,

Sentose Ruiz de Alarcón,

La multitud aquietose

Y la de Vargas siguió:

--Tengo un testigo a quien nunca

Faltó verdad ni razón.

--¿Quién?

--Un hombre que de lejos

Nuestras palabras oyó,

Mirándonos desde arriba.

--¿Estaba en algún balcón?

--No, que estaba en un suplicio

Donde ha tiempo que expiró.

--¿Luego es muerto?

--No, que vive.

--Estáis loca, ¡vive Dios!

¿Quién fue?

--El CRISTO de la Vega,

A cuya faz perjuró.--

Pusiéronse en pie los jueces

Al nombre del Redentor,

Escuchando con asombro

Tan excelsa apelación.

Reinó un profundo silencio

De sorpresa y de pavor,

Y Diego bajó los ojos

De vergüenza y confusión.

Un instante con los jueces

Don Pedro en secreto habló,

Y levantose diciendo

Con respetuosa voz:

--La ley es ley para todos,

Tu testigo es el mejor,

Mas para tales testigos

No hay más tribunal que Dios.

Haremos... lo que sepamos;

Escribano, al caer el sol

Al CRISTO que está en la Vega

Tomaréis declaración.--

Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana · 第 66 / 133 题