Mi amado, las montañas,
Los valles solitarios nemorosos,
Las ínsulas extrañas,
Los ríos sonorosos,
El silbo de los aires amorosos.
La noche sosegada,
En par de los levantes de la aurora,
La música callada,
La soledad sonora,
La cena, que recrea y enamora.
Cazadnos las raposas,
Que está ya florecida nuestra viña,
En tanto que de rosas
Hacemos una piña,
Y no parezca nadie en la montiña.
Detente, Cierzo muerto:
Ven, Austro, que recuerdas los amores,
Aspira por mi huerto,
Y corran tus olores,
Y pacerá el Amado entre las flores.
Oh ninfas de Judea,
En tanto que en las flores y rosales
El ámbar perfumea,
Morá en los arrabales,
Y no queráis tocar nuestros umbrales.
Escóndete, Carillo,
Y mira con tu haz a las montañas,
Y no quieras decillo;
Mas mira las compañas
De la que va por ínsulas extrañas.