--Corrientes aguas, puras, cristalinas;
Árboles que os estáis mirando en ellas,
Verde prado de fresca sombra lleno,
Aves que aquí sembráis vuestras querellas,
Hiedra que por los árboles caminas,
Torciendo el paso por su verde seno;
Yo me vi tan ajeno
Del grave mal que siento,
Que de puro contento
Con vuestra soledad me recreaba,
Donde con dulce sueño reposaba,
O con el pensamiento discurría
Por donde no hallaba
Sino memorias llenas de alegría;
Y en este mismo valle, donde agora
Me entristezco y me canso, en el reposo
Estuve ya contento y descansado.
¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
Acuérdome durmiendo aquí algún hora,
Que despertando, a Elisa vi a mi lado.
¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada
Antes de tiempo dada
A los agudos filos de la muerte!
Más convenible fuera aquesta suerte
A los cansados años de mi vida,
Que es más que el hierro fuerte,
Pues no la ha quebrantado tu partida.
¿Dó están agora aquellos claros ojos
Que llevaban tras sí como colgada
Mi ánima do quier que se volvían?
¿Dó está la blanca mano delicada,
Llena de vencimientos y despojos
Que de mí mis sentidos le ofrecían?
Los cabellos que vían
Con gran desprecio al oro,
Como a menor tesoro
¿Adónde están? ¿Adónde el blanco pecho?
¿Dó la columna que el dorado techo
Con presunción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora ya se encierra,
Por desventura mía,
En la fría, desierta y dura tierra.
¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
Cuando en aqueste valle al fresco viento
Andábamos cogiendo tiernas flores,
Que había de ver con largo apartamiento
Venir el triste y solitario día
Que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
Cargó la mano tanto,
Que a sempiterno llanto
Y a triste soledad me ha condenado;
Y lo que siento más es verme atado
A la pesada vida y enojosa,
Solo, desamparado,
Ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa.
Después que nos dejaste, nunca pace
En hartura el ganado ya, ni acude
El campo al labrador con mano llena.
No hay bien que en mal no se convierta y mude:
La mala yerba al trigo ahoga, y nace
En lugar suyo la infelice avena;
La tierra, que de buena
Gana nos producía
Flores con que solía
Quitar en solo vellas mil enojos,
Produce agora en cambio estos abrojos,
Ya de rigor de espinas intratable;
Y yo hago con mis ojos
Crecer, llorando, el fruto miserable.
Como al partir del sol la sombra crece,
Y en cayendo su rayo se levanta
La negra escuridad que el mundo cubre,
De do viene el temor que nos espanta,
Y la medrosa forma en que se ofrece
Aquello que la noche nos encubre,
Hasta que el sol descubre
Su luz pura y hermosa;
Tal es la tenebrosa
Noche de tu partir, en que he quedado
De sombra y de temor atormentado,
Hasta que muerte el tiempo determine
Que a ver el deseado
Sol de tu clara vista me encamine.
Cual suele el ruiseñor con triste canto
Quejarse, entre las hojas escondido,
Del duro labrador, que cautamente
Le despojó su caro y dulce nido
De los tiernos hijuelos entre tanto
Que del amado ramo estaba ausente,
Y aquel dolor que siente
Con diferencia tanta
Por la dulce garganta
Despide, y a su canto el aire suena,
Y la callada noche no refrena
Su lamentable oficio y sus querellas,
Trayendo de su pena
Al cielo por testigo y las estrellas;
Desta manera suelto yo la rienda
A mi dolor, y así me quejo en vano
De la dureza de la muerte airada.
Ella en mi corazón metió la mano,
Y de allí me llevó mi dulce prenda;
Que aquel era su nido y su morada.
¡Ay muerte arrebatada!
Por ti me estoy quejando
Al cielo y enojando
Con importuno llanto al mundo todo:
Tan desigual dolor no sufre modo.
No me podrán quitar el dolorido
Sentir, si ya del todo
Primero no me quitan el sentido.
Una parte guardé de tus cabellos,
Elisa, envueltos en un blanco paño,
Que nunca de mi seno se me apartan;
Descójolos, y de un dolor tamaño
Enternecerme siento, que sobre ellos
Nunca mis ojos de llorar se hartan.
Sin que de allí se partan,
Con suspiros calientes,
Más que la llama ardientes,
Los enjugo del llanto, y de consuno
Casi los paso y cuento uno a uno;
Juntándolos, con un cordón los ato.
Tras esto el importuno
Dolor me deja descansar un rato.
Mas luego a la memoria se me ofrece
Aquella noche tenebrosa, escura,
Que siempre aflige esta ánima mezquina
Con la memoria de mi desventura.
Verte presente agora me parece
En aquel duro trance de Lucina,
Y aquella voz divina,
Con cuyo son y acentos
A los airados vientos
Pudieras amansar, que agora es muda,
Me parece que oigo que a la cruda,
Inexorable diosa demandabas
En aquel paso ayuda;
Y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?
¿Íbate tanto en perseguir las fieras?
¿Íbate tanto en un pastor dormido?
¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
Que, conmovida a compasión, oído
A los votos y lágrimas no dieras
Por no ver hecha tierra tal belleza,
O no ver la tristeza
En que tu Nemoroso
Queda, que su reposo
Era seguir tu oficio, persiguiendo
Las fieras por los montes, y ofreciendo
A tus sagradas aras los despojos?
¿Y tú, ingrata, riendo
Dejas morir mi bien ante mis ojos?
Divina Elisa, pues agora el cielo
Con inmortales pies pisas y mides,
Y su mudanza ves, estando queda,
¿Por qué de mí te olvidas, y no pides
Que se apresure el tiempo en que este velo
Rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
Y en la tercera rueda
Contigo mano a mano
Busquemos otro llano,
Busquemos otros montes y otros ríos,
Otros valles floridos y sombríos,
Donde descanse y siempre pueda verte
Ante los ojos míos,
Sin miedo y sobresalto de perderte?--
Nunca pusieran fin al triste lloro
Los pastores, ni fueran acabadas
Las canciones que solo el monte oía,
Si mirando las nubes coloradas,
Al trasmontar del sol bordadas de oro,
No vieran que era ya pasado el día.
La sombra se veía
Venir corriendo apriesa
Ya por la falda espesa
Del altísimo monte, y recordando
Ambos como de sueño, y acabando
El fugitivo sol, de luz escaso,
Su ganado llevando,
Se fueron recogiendo paso a paso.
_12. A la flor de Gnido_
Si de mi baja lira
Tanto pudiese el son, que en un momento
Aplacase la ira
Del animoso viento,
Y la furia del mar y el movimiento;
Y en ásperas montañas
Con el suave canto enterneciese
Las fieras alimañas,
Los árboles moviese,
Y al son confusamente los trajese;
No pienses que cantado
Sería de mí, hermosa flor de Gnido,
El fiero Marte airado,
A muerte convertido,
De polvo y sangre y de sudor teñido;
Ni aquellos capitanes
En las sublimes ruedas colocados,
Por quien los alemanes
El fiero cuello atados,
Y los franceses van domesticados.
Mas solamente aquella
Fuerza de tu beldad sería cantada,
Y alguna vez con ella
También sería notada
El aspereza de que estás armada;
Y cómo por ti sola,
Y por tu gran valor y hermosura,
Convertido en viola,
Llora su desventura
El miserable amante en tu figura.
Hablo de aquel cativo,
De quien tener se debe más cuidado,
Que está muriendo vivo,
Al remo condenado,
En la concha de Venus amarrado.
Por ti, como solía,
Del áspero caballo no corrige
La furia y gallardía,
Ni con freno le rige,
Ni con vivas espuelas ya le aflige.
Por ti, con diestra mano
No revuelve la espada presurosa,
Y en el dudoso llano
Huye la polvorosa
Palestra como sierpe ponzoñosa.
Por ti, su blanda musa,
En lugar de la cítara sonante,
Tristes querellas usa,
Que con llanto abundante
Hacen bañar el rostro del amante.
Por ti, el mayor amigo
Le es importuno, grave y enojoso;
Yo puedo ser testigo
Que ya del peligroso
Naufragio fui su puerto y su reposo.
Y agora en tal manera
Vence el dolor a la razón perdida,
Que ponzoñosa fiera
Nunca fue aborrecida
Tanto como yo dél, ni tan temida.
No fuiste tú engendrada
Ni producida de la dura tierra;
No debe ser notada
Que ingratamente yerra
Quien todo el otro error de sí destierra.
Hágate temerosa
El caso de Anaxárete, y cobarde,
Que de ser desdeñosa
Se arrepintió muy tarde;
Y así, su alma con su mármol arde.
Estábase alegrando
Del mal ajeno el pecho empedernido,
Cuando abajo mirando
El cuerpo muerto vido
Del miserable amante, allí tendido.
Y al cuello el lazo atado,
Con que desenlazó de la cadena
El corazón cuitado,
Que con su breve pena
Compró la eterna punición ajena.
Sintió allí convertirse
En piedad amorosa el aspereza.
¡Oh tarde arrepentirse!
¡Oh última terneza!
¿Cómo te sucedió mayor dureza?
Los ojos se enclavaron
En el tendido cuerpo que allí vieron,
Los huesos se tornaron
Más duros y crecieron,
Y en sí toda la carne convirtieron;
Las entrañas heladas
Tornaron poco a poco en piedra dura;
Por las venas cuitadas
La sangre su figura
Iba desconociendo y su natura;
Hasta que finalmente
En duro mármol vuelta y trasformada,
Hizo de sí la gente
No tan maravillada
Cuanto de aquella ingratitud vengada.
No quieras tú, señora,
De Némesis airada las saetas
Probar, por Dios, agora;
Baste que tus perfetas
Obras y hermosura a los poetas
Den inmortal materia,
Sin que también en verso lamentable
Celebren la miseria
De algún caso notable
Que por ti pase triste y miserable.