XXXVIII

Fue una escena suelta que acaso no tenga jamás historiador, un episodio

de aquel espantoso drama de la guerra, olvidado ante la magnitud de

otras proezas.

Amanecía: el sol, como amante presuroso, arrancaba a la tierra su túnica

de nieblas, y de entre las sombras rasgadas por el claror del día iban

surgiendo las formas de las cosas.

Frente a los cerros que ocupaba la columna del ejército liberal

aparecía, en una hondonada, el pueblecillo de Santa Cruz de Urquilezo,

cerradas todas las puertas y ventanas de su miserable caserío de

fachadas blancas, en cuyas vidrieras reverberaba la luz del alba,

fingiendo llamaradas de incendio. Ningún hombre se veía por los pequeños

espacios libres entre casa y casa que hacían el oficio de calles: todos

eran voluntarios y estaban en el monte. En las cañadas cercanas no había

ganado al regalo de la yerba.

Algunas techumbres despedían el humo de los hogares encendidos,

indicando que allí permanecían los viejos, los chicos y las mujeres. Del

río, que regolfando en las riberas serpenteaba entre prados y huertas,

se desprendía un vapor gris, deshecho al menor soplo del aire, y la

corriente mansa y negruzca pasaba silenciosamente por las presas de los

molinos abandonados, como mofándose de las ruedas paradas. No se oían

más ruidos que el rápido rozar del viento contra los penachos de los

maizales, y a ratos sonar estridente de cornetas lejanas.

Como a un cuarto de legua detrás del pueblo se erguía Monte-Dalarza,

impracticable a la derecha por una serie de ásperos peñascales y cortado

a la izquierda por un tajo, con honores de sima, que lo separaba del

resto de la sierra. Toda la ladera que hacía frente a los cerros

aparecía surcada de trabajos de tierra, sin que desde la falda hasta

cerca del picacho que coronaba la cumbre quedara en la vertiente un

trecho de cien pasos en que no hubiera trinchera-abrigo, pozo de tirador

o empalizada de cestones, para disparar a mansalva. En aquella posición,

casi inexpugnable, se habían apostado varias partidas, fuertes de hasta

cuatro mil hombres, decididas a defender el paso. Las quebraduras que

tenían a su derecha eran inaccesibles, y el tajo de la izquierda

absolutamente imposible de salvar. Aquella hendidura, labrada por la

fuerza brutal de la Naturaleza, parecía angosta vista de lejos; mas de

cerca, sus paredes, formadas por las aristas y angulosidades de las

rocas, se apartaban, dejando en medio un vacío ancho y tenebroso, donde

en confuso desorden iba hacinando el tiempo peñas rodadas, troncos

caídos y malezas barridas por los vendavales. Nadie oyó nunca chocar

contra el fondo del barranco la piedra allí lanzada, ni hubo jamás en la

comarca quien se aventurase a explorar aquella cavidad oscura, más

oscura según iba siendo más profunda, y de cuyos bordes el ganado se

apartaba medroso.

No había más remedio que forzar de frente las trincheras de la falda de

la montaña. El plan de ataque consistía en cañonearlas primero, sin

disparar un tiro de fusil, y tomarlas después a la bayoneta cuando

fuera posible calcular que la artillería había destruido las defensas y

desalentado a los combatientes.

A poco de rayar el día comenzó la lucha, cuyos actores permanecían

invisibles, unos tras las desigualdades de los montículos y otros tras

los parapetos, construidos con tierra sacada de las zanjas donde se

ocultaban. Primero se vio hacia la parte de los cerros, ocupados por los

liberales, el humo de un fogonazo que rastreó como una nubecilla, y sonó

un estampido: luego se oyó otro, y luego muchos más, hasta quedar las

colinas cubiertas de un nublado espeso que tardaba largo rato en

disiparse, mientras las cavidades de los montes devolvían en ecos

temblorosos y roncos el tronar de la artillería. Las fuerzas carlistas

contestaban débilmente al cañoneo: debían tener pocas piezas y de escaso

alcance, porque sus tiros iban a estrellarse en un ribazo situado por

bajo de los cerros, casi en la orilla del río, produciendo los cascos de

granadas, al caer en el agua, anchos círculos de ondas que se

estrellaban en las márgenes. Por fin, al cabo de una hora, comenzaron a

notarse en la falda de Monte-Dalarza puntos negros e inquietos que

semejaban hormiguero turbado: eran voluntarios carlistas que, viendo

destruidas las trincheras bajas, subían apresuradamente a refugiarse en

las altas. De pronto, cuando el cañoneo fue más recio, cayeron dos

granadas por bajo de la sima, donde había una batería, y causaron tan

horrible destrozo, que un instante después aquellos puntos negros fueron

innumerables, distinguiéndose los grupos de hombres que ascendían a la

desbandada por la vertiente, como reses perseguidas de cerca, en tanto

que otros, menos, pero más tercos y valientes, arrastraban a brazo los

cañoncejos para emplazarlos más arriba. Al poco rato sucedió lo mismo en

el extremo opuesto, enmudeciendo las tres o cuatro piezas que hacían

fuego desde la línea inferior de las trincheras. Los liberales siguieron

disparando, y así trascurrió una hora. De pronto, de entre las

quebraduras de los cerros, ocupados por el ejército, salieron dos

columnas de tropa, destacándose las filas de pantalones rojos sobre el

gris terroso del suelo. En seguida, dejando a su derecha el caserío de

Urquilezo, bajaron a la carrera hasta la hondonada, y sin detenerse un

momento emprendieron de frente la subida hacia las líneas de defensa,

mientras la banda de cornetas tocaba paso de ataque.

El general había pedido voluntarios; y como el coronel del batallón de

Pepe fuese el primero en ofrecerse con su gente, se le confió la

operación, lanzándose las compañías al peligro, con sus jefes al frente,

sin que la artillería dejara de hostilizar el reducto próximo a la sima.

Cuando los soldados comenzaron a subir la falda de Monte-Dalarza, cesó

el fuego de los carlistas: no querían desperdiciar municiones. El sol,

que ya picaba, el calor, lo áspero del terreno y el cansancio de las

pasadas marchas, entorpecían el acceso; pero, al cabo de media hora, las

dos columnas llegaron casi al mismo tiempo a la primera línea de

trincheras abandonadas, siguiendo el movimiento de avance: nadie tomó

punto de reposo. Continuó la embestida y, ya estaban los más delanteros

a corta distancia del reducto, cuando la línea terrosa que señalaba las

trincheras altas desapareció de pronto tras una nube estrecha y larga,

sonando el estruendoso fragor de una descarga formidable. Más de veinte

hombres quedaron tendidos en las breñas: los demás, volviendo las

espaldas, corrieron precipitadamente a la hondonada. De los caídos nadie

se cuidó. Unos pedían agua, otros murmuraban nombres de mujeres; pero

sus gritos fueron acallados por el rápido pisar de los que huían,

brincando entre las matas y removiendo pedruscos que bajaban rodando

hasta el barranco. Entonces, una batería Plasencia, de las situadas en

los cerros, avanzó hasta emplazarse casi al alcance de los tiros

contrarios, y disparó sin descanso contra las trincheras altas. Los

primeros proyectiles cayeron bajos: luego, rectificada la puntería, su

efecto fue terrible. Al mismo tiempo los fugitivos, rehechos y animados

por sus jefes en la hondonada, dieron principio a la segunda embestida,

siendo tan bravo y rápido esta vez el avance que, a pesar de otras dos

descargas, las compañías, poco mermadas, llegaron cerca del reducto

inmediato a la sima.

Merced a una quebradura del terreno, el ribazo donde estaba construido

el reducto destacaba sobre el azul del cielo, y allí, por cima del

parapeto de la obra de tierra, algunos soldados de los que subían vieron

desde los primeros momentos de la acometida un hombre de elevada

estatura y barba negra que, sable en mano, animaba a los suyos, yendo de

un lado para otro, gesticulando y dando enérgicas voces, como si

quisiera comunicarles su valor heroico. Pepe no le vio; pero Pateta se

fijó en él y hubo un momento en que, interrumpidos los disparos

carlistas, el _gatera_ madrileño, que iba trepando cuesta arriba como

una alimaña del monte, oyó clara y distinta la voz de aquel hombre que,

agitando furiosamente el sable, gritaba a los de la trinchera:

--¡Quietos ahora! ¡quietos, y luego tirar a los oficiales!

Su figura sobresalía del parapeto, destacándose sola y arrogante.

Llevaba zamarra larga con cordonaje negro, faja morada y gorra

pellejera. Pateta, según iba subiendo, le miraba con mayor tenacidad: de

pronto, al reconocerle, soltó una palabrota y murmuró con ira:

--¡El del fusilamiento!

Y rápidamente el pensamiento le señaló su verdadero enemigo. Por aquel y

otros tales estaba él en la guerra, lejos de su novia. Se acordó del

pobre telegrafista, no pudo contenerse y, afirmando bien los pies en

tierra, se echó el _remingthon_ a la cara e hizo fuego: sonó el tiro, y

el cabecilla cayó, doblándose por las rodillas. Convencerse de quién

era, sentir la tentación y disparar, todo fue uno.

--¡Abur, amigo!--gritó al verle caer--y redoblando sus esfuerzos, llegó

al reducto entre los primeros que lo asaltaron.

El carlista estaba tendido encima de un montón de alforjas. Sin duda se

arrastró hasta allí para morir. Tenía el cuello atravesado por el

balazo, y los dos agujeros abiertos por el proyectil manaban sangre: el

sable estaba caído a pocos pasos, y él, con la mano izquierda, crispada

y sucia, conservaba agarrado un trapito rectangular y blanco, sujeto a

una cinta que le salía de entre las ropas del pecho. Pateta se acercó

con medrosa curiosidad; pero al fijar en él los ojos, lanzó un grito de

espanto y tendió en torno la mirada, horrorizado ante la idea de que se

aproximara Pepe.

El muerto era Tirso.

Sus facciones no conservaban contracción de ira ni gesto de dolor; pero

los ojos, vidriados por la muerte, indicaban todavía el tesón indomable

de su alma, sin que bastaran a desfigurarle la barba crecida ni el

semblante pálido por la hemorragia. Las líneas duras y angulosas de su

rostro parecían suavizadas por la muerte, que imprimió en ellas una

serenidad admirable, reflejo acaso de la conciencia satisfecha por el

deber cumplido. No parecía caído entre los escombros de un reducto, sino

sacrificado ante las gradas de un altar...

Lo primero que se le ocurrió a Pateta fue cubrirlo con arena, yerbajos

y cuanto hallase a mano, porque Pepe, si se acercaba, no le conociera;

mas le pareció escasa precaución. Entonces, desconcertado por la prisa,

mientras las cornetas seguían llamándole con sus sonidos estridentes,

soltó el fusil y, agarrando el cadáver por las manos, lo arrastró

penosamente hasta dejarlo en el cercano extremo del reducto que daba

junto al borde del tajo; luego volvió en busca del arma y, empuñándola

por el cañón, empujó con la culata el cuerpo inanimado, que cayó al

barranco arrastrando piedras y rebotando contra las aristas salientes de

las rocas.

Un instante después, Pateta seguía trepando jadeante hacia la última

línea de trincheras, ya vencidas, donde Pepe había entrado con su

compañía.

Al rodear las tropas vencedoras el picacho de Monte-Dalarza, los

facciosos huían cuesta abajo por la vertiente opuesta: ya no se

escuchaban cornetas ni se oían disparos, turbando sólo el augusto

silencio de los campos el triste relincho de un caballo herido y

abandonado en la hondonada.

* * * * *

Por la tarde, mucho después de haber cesado el peligro, cuantos chicos

había en el vecino pueblo de Urquilezo subieron a Monte-Dalarza,

ansiosos de ver el sitio del combate, resonando su vocerío de rapaces

traviesos donde poco antes tronaron los cañones. Los mayores miraban con

semblante serio las huellas de la lucha; los pequeños, riendo

alegremente, triscaban como cabritillos; todos iban buscando vestigios

del paso de la tropa y mostrándose mutuamente las peñas donde chocó una

granada, la tierra removida en el piso de las zanjas y el musgo manchado

por la sangre; pero lo que más les regocijaba era recoger cartuchos

vacíos. Uno se encontró en una trinchera un morralillo con un cantero de

pan y medio chorizo envuelto en una carta. Por último, subieron todos

hasta el reducto inmediato al precipicio, y con grande algazara

inventaron otro juego. Reunidos en grupos, empezaron a tirar cantos a la

sima. Unos escarbaban con palos para arrancar los pedruscos de sus

terrosos alvéolos; otros, a fuerza de empujones, los iban acercando a la

sima y, cuando conseguían dejarlos junto al borde del tajo, los impelían

al abismo, gozándose en verlos desgajar raíces y partirse en mil trozos

contra las paredes de roca. Se divirtieron mucho y, como ignoraban que

en el fondo del barranco había un muerto, estuvieron largo rato

acarreando piedras y terruños, que tiraban al precipicio con inocente

furia. Hasta la puesta del sol no tornaron al pueblo.

Parecían el símbolo del porvenir enterrando el cadáver del pasado.

* * * * *

Cerró la noche, negra como un luto por las tristezas humanas; silbó el

viento entre los maizales del valle, y el río, emblema de la fuerza

inmortal de la Naturaleza, siguió pasando silencioso y lento entre las

ruedas del molino, paradas por la mano de la guerra.

El enemigo · 第 46 / 47 题