El seguir Tirso la carrera eclesiástica, fue una de esas cosas graves
que en la vida del hombre se resuelven rápidamente y con escasa
intervención del interesado.
Aquél don Tadeo, amigo de su padre, que por pagar una deuda de gratitud
se hizo primero cargo de la educación y luego del porvenir del chico,
era honrado y bueno, pero fanático en opiniones políticas y creencias
religiosas. Su exceso de fe y de realismo era sincero, e indiscutible su
influencia y prestigio entre los partidarios de la legitimidad y la
gente de iglesia en la región que habitaba. Durante largos períodos, en
los que mandó el partido moderado, conservó don Tadeo su destino en la
Hacienda de la provincia y fue uno de tantos carlistas protegidos por
los _polacos_, quienes consideraban menor peligro atraerse partidarios
del Pretendiente que transigir con liberales. Pasados algunos años, y
gobernando un ministerio progresista, sus compañeros y subordinados le
prepararon la terrible asechanza cuyo funesto desenlace atajaron las
declaraciones de don José. El expediente o causa formado contra él no
dio más resultado que su destitución; pero este hecho, que pasó
inadvertido para el resto de la nación, fue en la localidad suceso
importantísimo. De allí en adelante, don Tadeo quedó para sus enemigos
convertido en un pobre hombre, y a los ojos de sus partidarios como un
mártir: él, imaginando convertir en provecho su caída, se dedicó por
entero a ser instrumento de las ideas a que siempre tuvo inclinación. La
clerecía de la capital de la provincia, que en un principio le consideró
como víctima, después, por su entereza, le tuvo como varón enérgico, y
viendo en él un carácter dispuesto a la lucha con mayor libertad que los
eclesiásticos, le adjudicó tácita e insensiblemente la jefatura. Llegó a
ser lo que hoy se llama un obispo de levita, al par que jefe local de un
partido. A su casa iban continuamente los canónigos de la catedral, los
misioneros que con frecuencia hacían excursiones a la ciudad, los
periodistas católicos y hasta el prelado de la diócesis. A juicio de
esta gente, el encargarse don Tadeo de la educación y porvenir de Tirso
fue un acto meritorio: pensaron que pagaba su deuda de gratitud del
mejor modo que jamás lo hiciera nadie y, sobre todo, aquello de
arrancar un hijo a las garras de un padre progresistón y acaso hereje,
les pareció cosa admirable. Por su parte, don Tadeo no se recató de
decir de don José que era una lástima que tuviera tendencias
_liberalescas_.
Crió a Tirso un ama en una aldea, como pudiera hacerlo una cabra; un
sacristán, protegido por don Tadeo, le enseñó de pequeño a leer,
escribir, contar y rezar; a los ocho años sabía ayudar a misa, y a los
catorce ya pudo su padrino utilizarle para escribir cartas y hacer
recados de los que no se confían a sirvientes. En cambio a sus padres
les escribía muy poco y, cuando lo hacía, antes era por instigación de
don Tadeo que por impulso propio. Los amigos de aquél, viéndole educado
en el santo temor de Dios, le trataban con singular afecto y, en
reciprocidad, Tirso se volvía todo respeto para con aquellos señores,
que a él se le figuraban magnates. Los curas, especialmente, le merecían
extraordinaria consideración. El hablar y tratar de cerca a los que
pocas horas antes había visto oficiando en el templo con lujosos trajes
y teniendo al pueblo prosternado en torno, era a sus ojos lo que hubiera
sido para chico crecido entre soldados codearse con jefes. Sin poder
darse cuenta de la grandeza de las ideas representadas por aquellos
hombres, le seducía la posición que ocupaban en la ciudad. Andar bajo
palio, hablar desde el púlpito y dar la mano a besar, le parecían
mayores signos de prestigio que ir a caballo con música delante, espada
en mano y batallones detrás; así que, cuando su padrino le dijo que
estudiara para cura, su infantil imaginación acogió la noticia con una
emoción muy semejante a la alegría. ¿Qué otra carrera había de darle un
hombre entregado a servir medio de guía, medio de agente a los intereses
y la parcialidad del clero? Un canónigo fue quien decidió la suerte del
muchacho, contestando así a don Tadeo, que le consultaba sobre el
particular:--«No podía Vd. pensar cosa mejor. Si el chico es de los
elegidos y _sale_ una lumbrera de la Iglesia, ¡qué gloria para Vd.! Si
no es así... pues tendrá una profesión tan buena como otra cualquiera.
Y, por lo que toca a sus padres--añadió--comprendería que se quejasen si
Vd. marcase al chico otra senda; pero, ¿quién puede llevar a mal
propósito tan noble?»--Poco tiempo después entraba Tirso en el
Seminario, donde, dicho sea de paso, por influencia de los que le
llevaron no sufrió la novatada que padecían los demás.
Entonces comenzaron a dar sus frutos el alejamiento de la familia y el
desconocimiento de sus padres en que pasó Tirso los primeros años de su
vida. La voz del egoísmo sonó poderosa y convincente, diciéndole que don
Tadeo podía _hacerle hombre_; que su familia, en cambio, carecía de
medios para ello. Le habían hablado tanto del temor de Dios y tan poco
de su propia madre, que le halagó la idea de ser ministro del Señor.
El primer efecto de la enseñanza religiosa fue hacerle comprender que su
porvenir correspondería a las esperanzas que abrigó viendo y envidiando
a los que frecuentaban la casa de su protector. Las lecciones de sus
maestros y los libros que le pusieron en las manos, le dijeron que la
misión del sacerdote era superior a cuanto podía imaginar su ambición.
El más ilustre de los profetas, el precursor San Juan, tuvo la dicha de
poner _una vez_ las manos sobre la cabeza de Cristo: él, como sacerdote,
le tendría todos los días en las suyas, y le consagraría con sus
palabras. Los ángeles están continuamente cerca de Dios; pero ¿qué ángel
posee, como él había de gozarlo, el poder de perdonar los pecados? En
las entrañas de la Virgen encarnó el Verbo, pero una sola vez: en sus
manos de sacerdote, por virtud de frases salidas de sus labios,
encarnaría el Verbo todos los días, y no en forma mortal, como le
concibió María de Nazareth, sino impasible, inmortal, glorioso, como
está en los cielos. ¿Qué poder ni dignidad había igual al suyo?
Dos rasgos distintos de su personalidad comenzaron a desarrollarse en él
durante esta época de su vida, mientras fue estudiante en el Seminario.
Su inteligencia, tardía en comprender, se acostumbró a admitir lo que le
daban pensado, como preferible al trabajo de pensar por cuenta propia; y
la facilidad con que pudo seguir la carrera por aquella protección que
se le dispensaba, le hizo poco humilde.
No fue cura de los de carrera breve, que sólo estudian rudimentos de
latín, filosofía mermada y algo de moral jesuítica, sino que siguió la
carrera lata, empapándose de Teodicea, Patrología, Hermenéutica, Derecho
Canónico y Disciplina Eclesiástica, hasta el doctorado en Teología, en
todo lo cual trascurrieron ocho años, al cabo de los que se ordenó _de
menores_.
¡Día feliz aquél en que la simple tonsura le hizo soldado de la milicia
de Cristo! Mas esta dicha no brotó en su alma al calor de la fe, ni se
esperanzó su buen deseo con lo que podría hacer manejando las divinas
armas que le serían concedidas, sino que nació del contacto producido
por la docilidad con que acogió las palabras que tantas veces había
escuchado prometiéndole, en cuanto fuese sacerdote, la supremacía sobre
los otros hombres. _El sacerdote es embajador que habla en nombre de
Dios, y despreciarle es injuriar a quien le envía_, le dijeron,
tomándolo de San Juan Crisóstomo, repitiéndole esta y otras frases
análogas hasta la saciedad, para empaparle de la alteza de su misión,
como hacían los oráculos paganos con aquellos a quienes aspiraban
someter a su servicio. Las órdenes menores de portero, lector, exorcista
y acólito le parecieron llenas de encanto, por la suma de dignidades que
indicaban y por las que anunciaban. ¡Ser portero de la casa de Dios!
¡Leer al pueblo la divina palabra! ¡Lanzar al enemigo malo fuera del
cuerpo en que hace presa! ¡Poder acercarse al _Sancta Sanctorum!_ ¡Qué
grandiosos y envidiables privilegios!
Llegó por fin el día de recibir las órdenes mayores. La Iglesia,
dirigiéndose a los que le presentaban y aludiendo a él y sus compañeros,
preguntó si eran dignos (_¿scis illos dignos esse?_): luego le impuso
varios días de retiro y ejercicios, y después ungió y santificó sus
manos, poniendo en ellas la patena y el cáliz al par _que, con asombro
de los ángeles_, pronunciaba el Prelado solemnemente estas palabras:
_Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Misasque celebrare, tam pro
vivis quam pro defunctis, in nomine Domini, Amén_: y en seguida colocó
las manos sobre su cabeza diciendo: _Accipe Spiritum Sanctum, quorum
remiseris peccata, remittuntur eis; et quorum retinueris, retenta sunt_.
El gusano nacido de la fiebre pecadora, el fruto del amor profano, el
hijo de la pasión carnal, fue súbitamente redimido de impureza y elevado
a una dignidad mayor que la de los reyes, revestido con poder análogo al
de Dios, como decían los libros en que le hicieron estudiar. Ya era
sacerdote; ya podía intervenir en la parte más noble del gobierno de los
hombres, en el cuidado del alma. Mas buscar en el fecundo seno de la
Naturaleza las causas de las cosas, le dijeron que era revolver
impurezas de la materia; bucear en la conciencia para iluminar su razón
con la Verdad, lo tacharon de impío; leer la vida de los pueblos, lo
motejaron de trabajo estéril, porque el dedo de la Providencia traza los
destinos del hombre; escuchar los latidos de su corazón, le advirtieron
que era rendirse al deleite, y contra el amor pusieron en sus labios,
pervertidas y desvirtuadas, las palabras de Cristo a su madre: _¿Qué
tengo yo contigo, mujer?_
Don Tadeo, lejos de dejarle abandonado a sus propias fuerzas, le
proporcionó curato; y Tirso, después de su primera misa en la capital de
la provincia, que dio ocasión a una fiesta que fue un recuento de
fuerzas realistas, marchó a vivir a un pueblo, mejor dicho, valle, entre
cuyas ásperas desigualdades estaba esparcido el caserío de miserables
viviendas y pobres gentes, sobre quienes debía comenzar a ejercer su
santo ministerio. Entonces se consagró por entero a las necesidades de
su estado: las misas, bautizos, bodas, confesiones y entierros; la
predicación, y el tomar parte a veces en los juegos de sus feligreses,
fueron sus principales ocupaciones. Los pocos libros que llevó a su
retiro acabaron por servir de peana a una imagen encerrada en una urna:
el estudio se le hizo enojoso. A los cuatro meses, su única lectura era
la de un periódico católico absolutista recomendado por el obispo de la
diócesis: la Teología, las Sagradas Escrituras, los Santos Padres,
cuanto representaba labor intelectual, quedó olvidado, surgiendo en su
lugar otro género de motivos de actividad para el pensamiento, y
sustituyendo distinto linaje de devoción a la contemplación seria de los
misterios y los dogmas.
Antes, aunque poco, se preocupó algo de si la religión natural, que
excluye toda revelación, basta al hombre para salvarse; de si por la
experiencia de los sentidos o por medio de la conciencia puede llegarse,
como por la fe, al conocimiento de Dios; de si el método demostrativo es
mejor que el hipotético y analítico: pero muy luego tales impulsos se
aquietaron, y como si aquella vida campestre influyera en él,
sobreponiendo lo material a lo ideal, cayó en una devoción ramplona, y
su pensamiento, sin tender a espaciarse, quedó encerrado en
infranqueables lindes. Los primeros sermones que pronunció fueron de
hombre que ha comenzado a estudiar: al cabo de un año, la santificación
de las fiestas, la Inmaculada Concepción, los carceleros del Papa, los
milagros modernos, las impiedades del matrimonio civil, la infamia
llamada libertad de cultos, fueron sus temas favoritos; y los
campesinos, que al principio no le entendían, empezaron a entusiasmarse
con su palabra, de la que no fue avaro, sino que la prodigó,
experimentando algo semejante al orgullo de la misión cumplida. Cuando
desde lo alto del púlpito miraba congregado el rebaño de fieles que le
oía con devoto silencio, imaginaba estar realizando el más alto y noble
de los destinos humanos.
En su conducta nada había censurable. Llenaba con tanto celo su deber,
que apenas, muy de tarde en tarde, escribía una carta, sobria y breve, a
sus padres, ya habituados a aquel alejamiento, como padres de hijo
marino que navega al otro lado del mundo. Su vida era reposada,
monótona, sin emociones que le agitaran ni cavilaciones que le
desvelasen; existencia plácida, quizá egoísta, de una tranquilidad
análoga al silencio del campo.
Desde las ventanas de su cuarto abarcaba con la vista ancho espacio,
extensos plantíos de nabos, frondosos maizales, hondonadas de donde
subía rumor de agua corriente, casas pequeñas y dispersas, medio ocultas
entre la frondosidad de enormes castaños acopados, y allá, en lo alto de
algún cerro, una ermita con la cruz del tejadillo tronchada por el
viento. En las laderas de los montes, la tierra parecía a trechos
ingrata a todo esfuerzo humano, las cumbres estaban coronadas de peñas
calvas con los ángulos roídos por los siglos, y los picachos de granito
se erguían enhiestos en desprecio del tiempo. El cielo de aquella
región casi nunca estaba sereno: a la mañana y a la tarde, en toda época
del año, el suelo se cubría de neblinas que, lamiendo las vertientes y
los altos, se alzaban poco a poco hasta formar nubes que, apoyándose en
las crestas de la sierra, tendían el vuelo por los aires,
confundiéndose, hacia el confín del horizonte, con otras nubes que
venían de montes más lejanos. Lo diseminado del caserío contribuía a la
soledad de Tirso; así que tenía poco roce con sus feligreses, casi las
precisas relaciones, dada su posición; de suerte que, ni el respeto se
mermaba con la confianza, ni la frecuencia del trato podía engendrar
intimidad. Hacía muchos años que en aquellos contornos no se recordaba
un cura tan reservado y poco comunicativo.
Tirso era de carácter rudo; su aspereza parecía fruto de cierto orgullo
íntimo por el cumplimiento del deber, y con los campesinos guardaba
siempre una reserva calculada, cual si pensase que convenía a su
prestigio de sacerdote el apartamiento de las miserias humanas. Lo que
más contribuyó a su buena fama, fue la indiferencia que manifestó hacia
las mujeres desde que tomó posesión del curato. Hablando con los hombres
era frío, de pocas y secas palabras; pero esta frialdad y aspereza
subían de punto al tratar con las mujeres: para ellas sólo tenía en los
labios acritud y en el pensamiento recelo. Su juventud y la vida libre
del clero en aquellas tierras, hacían resaltar más esta antipatía a la
mujer. Los familiares que en las oficinas del obispado manejaban el
registro secreto de la conducta de los clérigos de la diócesis, tardaron
muchos meses en convencerse de que no era mujeriego, y el espionaje, de
que no se vio exento por ser ahijado de don Tadeo, sólo logró averiguar
que, valiéndose de lo cercano que estaba su curato a la ciudad, Tirso
solía irse a la población un par de veces al mes, permaneciendo en ella
algunas horas, sin que nadie supiera dónde ni a qué iba. Sobre esto hizo
mil conjeturas la malicia; pero nada se llegó a saber con certeza.
Tal fue la vida de Tirso durante los primeros años de su estancia en
aquellos campos, donde seguramente no era fácil que se realizasen todas
las promesas de dignidades y grandezas que le hicieron su propia
imaginación y los que le consagraron al sacerdocio. Luego, de pronto, y
en muy pocas semanas, su vida mudó por completo de rumbo.
* * * * *
En pueblos y aldeas comenzó a notarse extraña inquietud y desusado
movimiento, sustituyendo, a las conversaciones sobre el estado del campo
o el cuidado de las haciendas, diálogos que expresaban, no temor, sino
esperanza de próximos trastornos.
Se sabían con indignación cosas irritantes, y se comentaban con ira. La
Revolución, que había hecho jurar a los sacerdotes una Constitución
sacrílega, y que ciñó la corona de San Fernando a un hijo del carcelero
del Papa, parecía lanzada a nuevos y execrables excesos; los gobiernos
que se sucedían en Madrid estaban compuestos de enemigos de la Iglesia;
de algunos de los ministros se dijo que eran protestantes, y se añadía
que en la corte se fraguaba una conspiración para suprimir el sueldo a
los párrocos y arrojar de sus conventos a las pobres monjitas que
escaparon a la _persecución_ del año 68. A estas noticias, esparcidas
primero cautelosamente, y luego en violentos impresos, respondió la
comarca con intenso desasosiego. Las gentes se hablaban ávidas de
recibir y comunicarse nuevas que justificaran la exaltación de los
ánimos; los que no sabían leer, es decir, el mayor número, se reunían en
corros a oír las relaciones que en cartas o periódicos se hacían del
estado de España, que semejaba haber caído en poder de moros;
comenzaron a pronunciarse con respeto nombres de cabecillas olvidados; y
personas que jamás hicieron alarde de su opinión, manifestaron sin
rebozo que, si en aquellos valles volvía a resonar el grito de _Dios,
Patria y Rey_, contestarían a él con entusiasmo. En los pueblos, cada
púlpito era una tribuna; cada sacerdote, un orador que, poseído de santa
indignación, se olvidaba de alabar a Dios por señalar a sus enemigos con
el dedo; recordábanse en las tertulias hazañas de la _otra guerra_,
narradas con carácter de leyenda, y de continuo atravesaban el país
viajeros que, deteniéndose a guisa de emisarios en los caseríos,
repetían palabras que eran consignas, o frases de esperanza en el
alzamiento, ya cercano. Hasta las mujeres atizaban el fuego, como si
anhelasen la lucha, teniendo en poco la vida de sus hijos.
Una tarde, ya puesto el sol, llegó a casa de Tirso un hombre, y tras
conferenciar con él breve rato, partió en dirección a otro pueblo
cercano. Al día siguiente, Tirso metió en una balija y un baúl pequeño
parte de sus ropas, y cuando cerró la noche, acompañado de un labriego
de su confianza, se encaminó a la ciudad, en cuyas afueras le esperaba
un criado, que cargó con el equipaje. Pocas horas más tarde, don Tadeo
y dos caballeros amigos suyos celebraron ante él una entrevista, le
dieron algún dinero, instrucciones y orden de marchar a Madrid. El
curato quedó abandonado; mas ¿qué importaba descuidar la salud de unos
cuantos por el servicio de todos? Era necesario un agente discreto,
seguro, desconocido por ser nuevo, y de quien nadie pudiese sospechar:
don Tadeo designó a Tirso, y éste tomó el tren para la corte.
Por eso no escribió ni dijo nunca a sus padres cuál era el objeto de su
viaje.