XVII

Comida en casa de Bachiller.--Noche.--Panadería de

Viena.--Romero Rubio.--Mariscal.--Juan José Baz.--Escuela de

Sordo-mudos.--Express.--Comercio.--Lluvia.--Salida de Nueva-York.

Circunstancias muy privadas y personales hacian dolorosa para mí

la separacion de Nueva-York, y por una fatalidad de mi destino,

los halagos de la vuelta á la patria mucho se enturbiaban por las

condiciones de la salud de mi hijo, y por motivos no para narrados en

estos tan accidentados como verídicos Viajes.

Ya he indicado en otro lugar que la familia del Sr. Lic. D. Antonio

Bachiller y Morales, á la que pertenecen los Sres. Dres. Landeta y

Castro, y el Sr. Lic. Néstor Ponce de Leon, se encargaron de aliviar

mis penas, me crearon familia y me llenaron de atenciones, que

recuerda con profundo reconocimiento mi corazon.

La familia inteligente y bien educada de mi país, se ofrecia allí á mis

ojos con todos sus encantos.

Pretextos para sabrosas comidas, discusiones al parecer tempestuosas

que se deshacian en lluvias de flores, interes por mi salud, alivio

á mis dolores, todo lo encontraba, pero tan sincero y espontáneo en

todos, que más parecia que las satisfacciones de que me rodeaban eran

más por el sentimiento egoista de procurarse mis amigos placer, que por

el designio de hacerme olvidar mis penas.

De ponerse tablados era cuando en competencia con las señoras y

acariciando mis más bellas memorias, exponia á la atencion curiosa

de mis oyentes nuestro popular Paseo de la Viga, nuestro Chapultepec

romancesco; y los cubanos, en revancha, me pintaban las risueñas

perspectivas de su Jesus del Monte y su Guanavacoa, su paseo de Isabel

II y su Jardin Botánico.

Entónces yo, á guisa de diestro luchador, hacia reminiscencias de

nuestros paseos en burro, nuestras temporadas de San Angel y otros

solaces cuya belleza no se percibe con los ojos pegados al cuadro, pero

que á cierta distancia tienen encantos indecibles.

Bachiller es un jurisconsulto eminente y un literato distinguido;

en la Habana, su patria, hizo sus estudios y desempeñó puestos

importantísimos; su erudicion es vastísima y su criterio luminoso y

seguro.

Pero aparte de sus clarísimos talentos y de sus obras científicas y

literarias de exquisito mérito, sobresalen en Antonio dos cualidades

que mis lectores me dirán si no son perlas y diamantes para los que

tenemos la fortuna de ser sus amigos.

Allá va la una. Es un amor á México que llega al fanatismo, como debe

ser el amor: mucho sentimiento y mucho anhelo por el bien de la persona

amada.

Antecedentes de familia, reminiscencias muy queridas para mi amigo,

fomentan y robustecen aquella pasion por México.

Posee en su archivo curiosidades de nuestra historia, anda

perpétuamente á caza de noticias y periódicos de México, y

constantemente se halla en correspondencia con personas notables de

nuestra patria, comunicándoles cuanto cree que puede contribuir á su

bienestar y adelantamiento.

Cuando en 1842 salió de México el eminente poeta Rodriguez Galvan

para no volver á su patria jamás, yo, que conocia de nombre al Sr.

Bachiller, por haber hablado de mis versos en _El Diario de la Marina_,

le recomendé á mi malogrado amigo, que debia pasar por la Habana: allí

cayó enfermo y murió Rodriguez.

Bachiller fué un amigo y un padre para Rodriguez, le abrió las puertas

de su casa, tratándole como de su familia, lo relacionó con los más

eminentes literatos, esencialmente con Milanés, quien le leyó su "Conde

de Alárcos," _y de quien son los lindísimos versos que yo atribuí

á Turla equivocadamente_, al tratar de mis impresiones de Orleans,

y cuando enfermo y en su muerte le llenó de cuidados, prodigándole

generoso toda clase de auxilios.

Mi gratitud á Bachiller por todos estos antecedentes, la hice sensible

en relaciones cariñosas y no interrumpidas, durante más de treinta años

en que yo no he dejado de recibir atenciones de tan cumplido caballero.

Ardia la casa de Bachiller en impaciencia por mi llegada; el finísimo

Dr. Landeta se preparaba á hacer los honores de la casa con la

exquisita elegancia que tiene de costumbre. Néstor Ponce tenia lista

cerveza suprema, y las señoras se disponian á celebrar mis sorpresas

por los guisos al estilo de mi tierra, y los dulces deliciosos que

recuerdan la especialidad que para postres y reposterías tienen

nuestras mexicanas.

Parece que veo el cuadro. Bachiller, sosegado y dulcísimo, con su

leviton de lienzo, rodeado de sus preciosos y juguetones nietecitos,

que me recordaban á los mios.

La esposa con sus hermosas hijas, agrupadas junto de una amplia ventana

en cuyo marco se divisaban flores y enredaderas, y la tropa masculina

charlando y fumando frente al bufete del sabio, convertido con desacato

en mostrador de cantina.

Dióse la voz salvadora de _la sopa está en la mesa_, y en tropel

risueño nos dirigimos al comedor, donde los chicos gritaban y repicaban

sus trinchis en copas y vasos, las señoras esperaban modestas y

nosotros los hombres nos arrellanábamos á gozar, _sin ser de nadie y

sin pensar en nada_ de los hechiceros encantos de la gula, cuando llega

á seducirnos acompañada del buen humor.

Despues de los primeros contentamientos á la tiranía animal,

contentamientos que, como se sabe, se hacen en medio del silencio, la

conversacion se hizo general y cada uno se esforzaba por acreditarse

de alegre convidado, sin cuidarse de sexo ni edad. Por supuesto que la

conversacion corrió, despues de culebrear un tanto, á los viajes, y á

lo mucho que me faltaba que decir.

[Ilustración:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo III · 第 62 / 153 题