Nacido en Yucatan y radicada parte de su familia en la Isla del
Cármen, conserva frecuentes relaciones con México, y es buen patriota,
excelente amigo y hombre por naturaleza fino y servicial.
Su despacho, encallejonado en el extremo de un espacio en que viven en
patriarcal armonía unas modistas que cultivan la flor de la elegancia,
unos fotógrafos poseedores de confidencias, un almacen de guantes y
tocados, y por fin, la botica, prolongado estuche dividido por un
mostrador, y que tiene por respaldo el almacen de drogas.
A la entrada de la botica está el depósito monumental de la agua de
Sosa, con su ejército de vasos, jarabes y su fuentecilla de plata
en que por sí solos se lavan los vasos, por medio de un ingenioso
mecanismo.
En el medio del mostrador está el escritorio de M. Shiels, y en el
respaldo de la pieza el laboratorio con todos sus útiles.
Frente al mostrador hay sus estantes y junto á ellos sillas para las
visitas, que nunca faltan.
Pero, como la mayor parte de las boticas, la de Mr. Shiels es un
refugio, una guía, un ómnibus, en que se satisfacen todas las dudas y
se provee á todas las necesidades.
¿Se quieren informes sobre cualquier casa, cualquier banco, cualquier
establecimiento? Pues Mr. Shiels, como los otros boticarios, tiene su
gran directorio, y no hay más que irlo á consultar, sin pedir licencia
y sin que nadie lo tenga á mal.
Drogas, mercería, cepillos, sobres de carta, sellos, menjurjes,
aceites, _medicinas patentadas_, todo lo vende mi amigo, todo lo sabe y
á todos sirve con puntualidad de cronómetro y con calma imperturbable.
Frenton, ojos azules, roma nariz, boca recogida, ancho y bien
conformado: bajo el aspecto glacial de Mr. Shiels, existe uno de los
corazones más nobles que yo haya conocido jamás.
Posee Mr. Shiels cinco ó seis idiomas con extraña perfeccion, y esto
contribuye á hacer numerosísima su clientela.
Las muchas visitas en nada embarazan sus trabajos; él los prosigue
sin cuidarse de los que hablan ni lo que dicen, á no ser que se le
interpele, en cuyo caso se encuentra siempre al hombre instruido y
caballeroso.
Yo concurrí por primera vez á su botica, hojeé el Diccionario, tomé
soda, compré un lápiz y escribí por vía de tarjeta los siguientes
versos, que dejé sobre el mostrador: