Cláusula del testamento. Item: Los muy ilustres Señores, el Almirante D.

Cristobal Colon, de gloriosa memoria, y su hijo el Almirante D. Diego

Colon, y su nieto el Almirante D. Luis, á quien Dios dé largos dias

de vida, y por ellos la Vireina mi Señora, como su tutriz y curadora,

me son en cargo de muchos y grandes servicios que yo les hice, en que

consumí y gasté todo lo mejor de mi vida hasta acaballa en su servicio;

especialmente serví al gran Almirante D. Cristóbal andando con su Señoria

descubriendo Islas y Tierra firme, en que puse muchas veces mi persona á

péligro de muerte por salvar su vida y de los que con él iban y estaban;

mayormente cuando se nos cerró el puerto del rio de Belen ó Yebra donde

estábamos con la fuerza de las tempestades de la mar y de los vientos

que acarrearon y amontonaron la arena en cantidad con que cegaron la

entrada del puerto. Y estando su Señoria allí muy congojado, juntóse

gran multitud de Indios de la tierra para venir á quemarnos los navios y

matarnos á todos, con color que decian que iban á hacer guerra a otros

Indios de las provincias de Cobrava Aurira con quien tenian guerra: y

como pasaron muchos dellos por aquel puerto en que teniamos nosotros

las naos, ninguno de la armada caia en el negocio sino yo, que fuí al

Almirante y le dije: “Señor, estas gentes que por aquí han pasado en

orden de guerra dicen que se han de juntar con los de Veragoa para ir

contra los de Cobrava Aurira: yo no lo creo sino el contrario, y es que

se juntan para quemarnos los navíos y matarnos á todos,” como de hecho lo

era. Y diciéndome el Almirante cómo se remediaria, yo dije á su Señoría

que saldria con una barca é iría por la costa hácia Veragoa, para ver

donde asentaban el real. Y no hube andado media legua cuando halle al

pie de mil hombres de guerra con muchas vituallas y brevages, y salté en

tierra solo entre ellos, dejando mi barca puesta en flota: y hablé con

ellos segun pude entender, y ofrecíme que queria ir con ellos á la guerra

con aquella barca armada, y ellos se escusaron reciamente diciendo que

no le habian menester: y como yo me volviese á la barca y estuviese allí

á vista dellos toda la noche, vieron que no podian ir á las naos para

quemallas y destruillas, segun tenian acordado, sin que yo lo viese, y

mudaron propósito: y aquella noche se volvieron todos á Veragoa, y yo

me volví á las naos y hice relacion de todo á su Señoría, é no lo tuvo

en poco. Y platicando conmigo sobrello sobre que manera se ternia para

saber claramente el intento de aquella gente, yo me ofrecí de ir allá

con un solo compañero, y lo puse por obra, yendo mas cierto de la muerte

que dela vida: y habiendo caminado por la playa hasta el rio de Veragoa

hallé dos canoas de Indios extrangeros que me contaron muy á la clara

como aquellas gentes iban para quemar las naos y matarnos á todos, y que

lo dejaron de hacer por la barca que allí sobrevino, y questaban todavia

de propósito de volver á hacello dende á dos dias, é yo les rogué que

me llevasen en sus canoas el rio arriba, y que gelo pagaria; y ellos

se escusaban aconsejándome que en ninguna manera fuese, porque fuese

cierto que en llegando me matarian á mí y al compañero que llevaba. E sin

embargo de sus consejos hice que me llevasen en sus canaos el rio arriba

hasta llegar á los pueblos de los Indios, los cuales hallé todos puestos

en orden de guerra, que no me querian dejar ir al asiento principal del

Cacique; y yo fingiendo que le iba á curar como cirujano de una llaga

que tenia en una pierna, y con dádivas que les dí me dejaron ir hasta el

asiento Real, que estaba encima de un cerro llano con una plaza grande,

rodeada de trescientas cabezas de muertos que habian ellos muerto en una

batalla: y como yo hubiese pasado toda la plaza y llegado á la Casa Real

hubo grande alboroto de mugeres y muchachos que estaban á la puerta, que

entraron gritando dentro en el palacio. Y salió de él un hijo del Señor

muy enojado diciendo palabras recias en su lenguage, é puso las manos

en mí y de un empellon me desvió muy lejos de sí: diciéndole yo por

amansarle como iba á curar á su padre de la pierna, y mostrándole cierto

unguento que para ello llevaba, dijo que en ninguna manera habia de

entrar donde estaba su padre. Y visto por mí que por aquella via no podia

amansarle, saqué un peine y unas tijeras y un espejo, y hice que Escobar

mi compañero me peinase y cortase el cabello. Lo cual visto por él y por

los que allí estaban quedaban espantados; y yo entonces hice que Escobar

le peinase á él y le cortase el cabello con las tijeras, y díselas y el

peine y el espejo, y con esto se amansó; y yo pedí que trajesen algo de

comer, y luego lo trajeron, y comimos y bebimos en amor y compaña, y

quedamos amigos; y despedime dél y vine á las naos, y hice relacion de

todo esto al Almirante mi Señor, el cual no poco holgó en saber todas

estas circumstancias y cosas acaecidas por mi; y mandó poner gran recabdo

en las naos y en ciertas casas de paja, que teniamos hechas allí en la

playa con intencion que habia yo de quedar allí con cierta gente para

calar y saber los secretos de la tierra.

Otro dia de mañana su Señoría me llamó para tomar parecer conmigo

de lo que sobre ello se debia hacer, y fue mi parecer que debiamos

prender aquel Señor y todos sus Capitanes, porque presos aquellos se

sojuzgaria la gente menuda; y su Señoria fue del mismo parecer: é yo di

el ardid y la manera con que se debia hacer, y su Señoría mandó que el

Señor Adelantado, su hermano, y yo con él fuesemos á poner en efecto

lo sobredicho con ochenta hombres. Y fuimos, y diónos Nuestro Señor

tan buena dicha que prendimos el Cacique y los mas de sus Capitanes y

mugeres y hijos y nietos con todos los principales de su generacion; y

enviándolos á las naos ansí presos, soltóse el Cacique al que le llevaba

por su mal recabdo, el cual despues nos hizo mucho daño. En este instante

plugó á Dios que lovíó mucho, y con la gran avenida abriósenos el puerto,

y el Almirante sacó los navíos á la mar para venirse á Castilla, quedando

yo en tierra para haber de quedar en ella por Contador de su Alteza con

setenta hombres, y quedábame allí la mayor parte de los mantenimientos de

bizcocho y vino y aceite y vinagre.

Acabado de salir el Almirante á la mar, y quedando yo en tierra con obra

de veinte hombres porque los otros se habian salido con el Almirante á

despedir, subitamente sobrevino sobre mi mucha gente de la tierra, que

serian mas de cuatrocientos hombres armados con sus varas y flechas y

tiraderos, y tendierónse por el monte en haz y dieron una grita y otra

y luego otra, con las cuales plugo á Dios me apercibieron á la pelea y

defensa de ellos: y estando yo en la playa entre los bohios que tenia

hechos, y ellos en el monte á trecho de tíro de dardo, comenzaron á

flechar y á garrochar como quien agarrocha toro, y eran las flechas

y tiraderas tantas y tan continuas como granizo; y algunos dellos se

desmandaban para venirnos á dar con las machadasnas; pero ninguno

dellos volvian porque quedaban allí cortados brazos y piernas y muertos

á espada: de lo cual cobraron tanto miedo que se retiraron atras,

habiéndonos muerto siete hombres en la pelea de veinte que eramos, y

de ellos murieron diez ó nueve de los que se venian á nosotros mas

arriscados. Duró esta pelea tres horas grandes, y Nuestro Soñor nos dio

la vitoria milagrosamente, siendo nosotros tan poquitos y ellos tanta

muchedumbre.

Acabada esta pelea vino de las naos el Capitan Diego Tristan con las

barcas para subir el rio arriba á tomar agua para su viage; y no

embargante que yo le aconsejé y amonesté que no subiese el rio arriba

no me quiso creer, y contra mi grado subió con las dos barcas y doce

hombres el rio arriba, donde le toparon aquella gente y pelearon con

él, y le mataron á él y todos los que llavaba, que no escapó sino uno

á nado que trujo la nueva; y tomaron las barcas y hiciéronlas pedazos,

de que quedamos en gran fatiga, ansí el Almrante en la mar con sus naos

sin barcas como nosotros en tierra sin tener con que poder ir á él. Y á

todo esto no cesaban los Indios de venirnos á cometer cada rato tañiendo

bocinas y atabales, y dando alaridos pensando que nos tenian vencidos.

El remedio contra esta gente que teniamos eran dos tiros falconetes de

fruslera, muy buenos, y mucha pólvora y pelotas con que los ojeábamos

que no osaban llegar á nosotros. Y esto duró por espacio de cuatro dias,

en los cuales yo hice cosar muchos costales de las velas de una nao que

nos quedaba, y en aquellos puse todo el bizcocho que teniamos, y tomé

dos canoas y até la una con la otra parejas, con unos palos atravesados

por encima, y en estos cargué el bizcocho todo en viages, y las pipas

de vino y azeite y vinagre atadas en una guindaleja y á jorno [_sic_,

jorro] por la mar, tirando por ellas las canoas, abonanzando la mar, en

siete caminos que hicieron lo llevaron todo á las naos, y la gente que

conmigo estaba poco á poco la llevaron, é yo quedé con cinco hombres

á la postre siendo de noche, y en la postrera barcada me embarqué: lo

cual el Almirante tuvo á mucho, y no se hartaba de me abrazar y besar en

los carrillos por tan gran servicio como allí le hice, y me rogó tomase

la capitanía de la nao Capitana y el regimiento de toda la gente y del

viage, lo cual yo acepté por le hacer servicio en ello por ser, como era,

cosa de gran trabajo.

Postrero de Abril de mil quinientos y tres partimos de Veragoa con tres

navíos, pensando venir la vuelta de Castilla: y comō los navíos estaban

todos abujerados y comidos de gusanos no los podiamos tener sobre agua;

y andadas treinta leguas dejamos el uno, quedándonos otros dos peor

acondicionados que aquel, que toda la gente no bastaba con las bombas y

calderas y vasijas á sacar el agua que se nos entraba por los abujeros

de la broma: y de esta manera, no sin grandísimo trabajo y peligro,

pensando venir á Castilla navegamos treinta y cinco dias, y en cabo

dellos llegamos á la isla de Cuba á lo mas bajo della, á la provincia

de Homo, allá donde agora está el pueblo de la Trinidad; de manera que

estábamos mas lejos de Castilla trescientas leguas que cuando partimos

de Veragoa para ir á ella; y como digo los navíos mal acondicionados,

innavegables, y las vituallas que se nos acababan. Plugo á Dios Nuestro

Señor que pudimos llegar á la isla de Jamaica, donde zabordamos los dos

navíos en tierra, y hicimos de ellos dos casas pajizas, en que estabamos

no sin gran peligro de la gente de aquella isla, que no estaba domada ni

conquistada, nos pusiesen fuego de noche, que fácilmente lo podian hacer

por mas que nosotros velabamos.

Aquí acabé de dar la postrera racion de bizcocho y vino, y tomé una

espada en la mano y tres hombres conmigo, y fuíme por esa isla adelante,

porque ninguno osaba ir á buscar de comer para el Almirante y los que

con él estaban: y plugo á Dios que hallaba la gente tan mansa que no

me hacian mal, antes se holgaban conmigo y me daban de comer de buena

voluntad. Y en un pueblo que se llama Aguacadiba, concerté con los Indios

y Cacique que harian pan cazabe, y que cazarian y pescarian, y que

darian de todas las vituallas al Almirante cierta cuantía cada dia, y lo

llevarian á las naos, con que estuviese allí persona que ge lo pagase

en cuentas azules y peines y cuchillos y cascabeles, y anzuelos y otros

rescates que para ello llevabamos: y con esto concierto despaché uno

de los dos cristianos que conmigo traía al Almirante, para que enviase

persona que tuviese cargo de pagar aquellas vituallas y enviarlas.

Y de allí fuí á otro pueblo que estaba tres leguas de este y hice el

mismo concierto con el Cacique y Indios, de él, y envié otro cristiano al

Almirante para que enviase allí otra persona al mismo cargo.

Y de allí pasé adelante y llegué á un gran Cacique que se llamaba

Huareo, donde agora dicen Melilla, que es trece leguas de las naos, del

cual fuí muy bien recebido, que me dió muy bien de comer, y mandó que

todos sus vasallos trajiesen dende á tres dias muchas vituallas, que le

presentaron, é yo ge las pagué de manera que fueron contentos: y concerté

que ordinariamente las traerian, habiendo allí persona que ge las pagase,

y con este concierto envié el otro cristiano con los mantenimientos que

allá me dieron al Almirante, y pedí al Cacique que me diese dos Indios

que fuesen conmigo fasta el cabo de la isla, que el uno me llevaba la

hamaca en que dormia é el otro la comida. Y desta manera caminé hasta el

cabo de la isla, á la parte del Oriente, y llegué á un Cacique que se

llamaba Ameyro, é hice con él amistades de hermandad, y díle mi nombre y

tomé el suyo, que entre ellos se tiene por grande hermandad. Y compréle

una canoa muy buena que él tenia, y díle por ella una bacineta de laton

muy buena que llevaba en la manga y el sayo y una camisa de dos que

llevaba, y embarquéme en aquella canoa, y vine por la mar requiriendo las

estancias que habia dejado con seis Indios que el Cacique me dió para que

me la ayudasen á navegar, y venido á los lugares donde yo habia proveido,

hallé en ellos los cristianos que el Almirante habia enviado, y cargué de

todas las vituallas que les hallé, y fuime al Almirante, del cual fuí muy

bien recebido, que no se hartaba de verme y abrazarme, y preguntar lo que

me habia sucedido en el viage, dando gracias á Dios que me habia llevado

y traido á salvamiento libre de tanta gente salvage. Y como el tiempo que

yo llegué á las naos no habia en ellas un pan que comer, fueron todos

muy alegres con mi venida, porque les maté la hambre en tiempo de tanta

necesidad, y de allí adelante cada dia venian los Indios cargados de

vituallas á las naos de aquellos lugares que yo habia concertado, que

bastaban para doscientas y treinta personas que estaban con el Almirante.

Dende á diez dias el Almirante me llamó á parte y me dijo el gran peligro

en que estaba, diciéndome ansi: “Diego Mendez, hijo: ninguno de cuantos

aquí yo tengo siente el gran peligro en que estamos sino yo y vos, porque

somos muy poquitos, y estos indios salvages son muchos y muy mudables y

antojadizos, y en la hora que se les antojare de venir y quemarnos aquí

donde estamos en estos dos navioa hechos casas pajizas fácilmente pueden

echar fuego dende tierra y abrasarnos aquí á todos: y el concierto que

vos habeis hecho con ellos del traer los mantenimientos que traen de tan

buena gana, mañana se les antojará otra cosa y no nos traerán nada, y

nosotros no somos parte para tomargelo per fuerza si no estar á lo que

ellos quisieren. Yo he pensado un remedio si á vos os parece: que en esta

canoa que comprastes se aventurase alguno á pasar á la Isla Española á

comprar una nao en que pudiesen salir de tan gran peligro como este en

que estamos. Decidme vuestro parecer.” Yo le respondí: “Señor: el peligro

en que estamos bien lo veo, que es muy mayor de lo que se puede pensar.

El pasar desta Isla á la Isla Española en tan poca vasija como es la

canoa, no solamente lo tengo por dificultoso, sino por imposible: porque

haber de atravesar un golfo de cuarenta leguas de mar y entre islas donde

la mar es mas impetuosa y de menos reposo, no sé quien se ose aventurar á

peligro tan notorio”. Su Señoría no me replicó, persuadiendome reciamente

que yo era el que lo habia de hacer, á lo cual yo respondí: “Señor:

muchas veces he puesto mi vida á peligro de muerte por salvar la vuestra

y de todos estos que aqui estan, y nuestro Señor milagrosamente me ha

guardado y la vida; y con todo no han faltado murmuradores que dicen que

vuestra Señoria me acomete á mí todas las cosas de honra, habiendo en la

compañía otros que las harian tan bien como yo: y por tanto paréceme á mí

que vuestra Señoría los haga llamar á todos y los proponga este negocio,

para ver si entre todos ellos habrá alguno que lo quiera emprender, lo

cual yo dudo; y cuando todos se echen de fuera, yo pondré mi vida á

muerte por vuestro servicio, como muchas veces lo he hecho”.

Luego el dia siguiente su Señoría los hizo juntar á todos delante sí, y

les propuso el negocio de la manera que á mí: é oido, todos enmudecieron,

y algunos dijeron que era por demas platicarse en semejante cosa, porque

era imposible en tan pequeña vasija pasar tan impetuoso y peligroso golfo

de cuarenta leguas como este, entre estas dos islas donde muy recias

naos se habian perdido andando á descubrir, sin poder romper ni forzar

el ímpetu y furia de las corrientes. Entonces yo me levanté y dije:

“Señor: una vida tengo no mas, yo la quiero aventurar por servicio de

vuestra Señoría y por el bien de todos los que aquí estan, porque tengo

esperanza en Dios nuestro Señor que vista la intencion con que yo lo hago

me librará, como otras muchas veces lo ha hecho.” Oida por el Almirante

mi determinacion levantóse y abrazóme y besóme en el carrillo, diciendo:

“Bien sabia yo que no habia aquí ninguno que osase tomar esta empresa

sino vos: esperanza tengo en Dios nuestro Señor saldreis della con

vitoria como de las otras que habeis emprendido.”

El dia siguiente yo puse mi canoa á monte, y le eché una quilla postiza,

y le dí su brea y sebo, y en la popa y proa clavéle algunas tablas para

defensa de la mar que no se me entrase como hiciera siendo rasa; y

púsele un mástil y su vela, y metí los mantenimientos que pude para mí

y para un cristiano y para seis indios, que éramos ocho personas, y no

cabian mas en la canoa: y despedíme de su Señoría y de todos, y fuime la

costa arriba de la Isla de Jamaica, donde estábamos, que hay dende las

naos hasta el cabo della treinta y cinco leguas, las cuales yo navegué

con gran peligro y trabajo, porque fuí preso en el camino de Indios

salteadores en la mar, de que Dios me libró milagrosamente. Y llegado al

cabo de la isla, estando esperando que la mar se amansase para acometer

mi viage, juntáronse muchos Indios y determinaron de matarme y tomar la

canoa y lo que en ella llevaba; y así juntos jugaron mi vida á la pelota

para ver á cual dellos cabria la ejecucion del negocio. Lo cual sentido

por mí víneme ascondidamente á mi canoa, que tenia tres leguas de allí,

y hícime á la vela y víneme donde estaba el Almirante, habiendo qnince

dias que de allí habia partido: y contele todo lo sucedido, cómo Dios

milagrosamente me habia librado de las manos de aquellos salvages. Su

Señoría fue muy alegre de mi venida, y preguntóme si volveria al viage.

Yo dije que sí, llevando gente que estuviese conmigo en el cabo de la

isla hasta que yo entrase en la mar á proseguir mi viage. Su Señoría me

dió setenta hombres y con ellos á su hermano le Adelantado, que fuesen

y estuviesen conmigo hasta embarcarme, y tres dias despues. Y desta

manera volví al cabo de la isla donde estuve cuatro dias. Viendo que la

mar se amansaba me despedí dellos y ellos de mí, con hartas lágrimas; y

encomendéme á Dios y á nuestra Señora del Antigua, y navegué cinco dias

y cuatro noches que jamas perdí el remo de la mano gobernando la canoa y

los compañeros remando. Plugo á Dios nuestro Señor que en cabo de cinco

dias yo arribé á la Isla Española, al Cabo de S. Miguel, habiendo dos

dias que no comiamos ni bebiamos por no tenello; y entré con mi canoa

en una ribera muy hermosa, donde luego vino mucha gente de la tierra y

trajeron muchas cosas de comer, y estuve allá dos dias descansando. Yo

tomé seis Indios de allí, dejados los que llevaba, y comencé á navegar

por la costa de la Isla Española, que hay dende allí hasta la Cibdad

de Santo Domingo ciento y treinta leguas que yo habia de andar, porque

estaba allí el Gobernador, que era el Comendador de Lares; y habiendo

andado por la costa de la isla ochenta leguas, no sin grandes peligros y

trabajos, porque la isla no estaba conquistada ni allanada, llegué á la

Provincia de Azoa, que es veinte y cuatro leguas antes de Santo Domingo,

y allí supe del Comendador Gallego como el Gobernador era partido á

la Provincia de Xuragoa á allanarla; la cual estaba cincuenta leguas

de allí. Y esto sabido dejé mi canoa y tomé el camino por tierra de

Xuragoa, donde hallé el Gobernador, el cual me detuvo allí siete meses

hasta que hizo quemar y ahorcar ochenta y cuatro Caciques, señores de

vasallos, y con ellos á Nacaona la mayor señora de la isla, á quien todos

ellos obedecian y servian. Y esto acabado vine de pie á tierra de Santo

Domingo, que era setenta leguas de allí, y estuve esperando viniesen naos

de Castilla, que habia mas de un año que no habian venido. Y en este

comedio plugo á Dios que vinieron tres naos, de las cuales yo compré la

una y la cargué de vituallas, de pan y vino y carne y puercos y carneros

y frutas, y la envié adonde estaba el Almirante para en que viniesen él y

toda la gente como vinieron allí á Santo Domingo y de allí á Castilla. E

yo me vine delante en las otras dos naos á hacer relacion al Rey y á la

Reina de todo lo sucedido en aquel viage.

Paraceme que será bien que se diga algo de lo acaecido al Almirante y

á su familiar en un año que estuvieron perdidos en aquesta isla: y es

que dende á pocos dias que yo me partí los Indios se amotinaron y no

le querian traer de comer como antes; y él los hizo llamar á todos los

Caciques y les digo que se maravillaba dellos en no traerle la comida

como solian, sabiendo como él les habia dicho, que habia venido allí

por mandado de Dios, y que Dios estaba enojado dellos, y que él ge lo

mostraria aquella noche por señales que haria en el cielo; y como aquella

noche era el eclipse de la luna que casi toda se escureció, díjoles que

Dios hacia aquello por enojo que tenia dellos porque no le traian de

comer, y ellos lo creyeron y fueron muy espantados, y prometieron que le

traerian siempre de comer, como de hecho lo hicieron, hasta que llegó la

nao con los mantenimentos que yo envié, de que no pequeño gozo fue en el

Almirante y en todos los que con él estaban: que despues en Castilla me

dijo su Señoría que en toda su vida [nunca?] habia visto tan alegre dia,

y que nunca pensó salir de allí vivo: y en esta nao se embarcó y vino á

Santo Domingo y de allí á Castilla.

He querido poner aquí esta breve suma de mis trabajos y grandes señalados

servicios, cuales nunca hizo hombre á Señor, ni los hará de aquí adelante

del mundo; y esto á fin que mis hijos lo sepan y se animen á servir, é su

Señoria sepa que es obligado á hacerles muchas mercedes.

Venido su Señoría á la Corte, y estando en Salamanca en la cama enfermo

de gota, andando yo solo entendiendo en sus negocios y en la restitucion

de su estado y de la gobernacion para su hijo D. Diego, yo le dije ansi:

“Señor: ya vuestra Señoría sabe lo mucho que os he servido y lo mas

que trabajo de noche y de dia en vuestros negocios: suplico á vuestra

Señoria me señale algun galardon para en pago dello:” y él me respondió

alegremente que yo lo señalase y él lo cumpliria, porque era mucha razon.

Y entonces yo le señalé y supliqué á su Señoría me hiciese merced del

oficio del Alguacilazgo mayor de la Isla Española para en toda mi vida: y

su Señoría dijo que de muy buena voluntad, y que era poco para lo mucho

que yo habia servido; y mandóme que lo dijese ansi al Sr. D. Diego, su

hijo, el cual fue muy alegre de la merced á mí hecha de dicho oficio, y

dijo que si su padre me lo daba con una mano, él con dos. Y esto es ansi

la verdad para el siglo que á ellos tiene y á mi espera.

Habiendo yo acabado, no sin grandes trabajos mios, de negociar la

restitucion de la gobernacion de las Indias al Almirante D. Diego, mi

Señor, siendo su padre fallecido, le pedí la provision del dicho oficio.

Su Señoria me respondió que lo tenia dado al Adelantado su tio; pero que

él me daria otra cosa equivalente á aquella. Yo dije que aquella diese

él á su tio, y á mi me diese lo que su padre y él me habian prometido,

lo cual no se hizo; y yo quedé cargado de servicios sin ningun galardon,

y el Sr. Adelantado, sin haberlo servido, quedó con mi oficio y con el

galardon de todos mis afanes.

Llegado su Señoría á la Cibdad de Santo Domingo por Gobernador tomó las

varas dió este oficio á Francisco de Garay, criado del Sr. Adelantado,

que lo sirviese por él. Esto fue en diez dias del mes de Julio de mil

quinientas diez años. Valia entonces el oficio á lo menos un cuento de

renta, del cual la Vireina, mi Señora, como tutriz y curadora del Virey,

mi Señor, y él me son en cargo realmente y me lo deben de justicia y _de

foro conscientiæ_, porque me fue hecha la merced de él, y no se cumplió

conmigo dende el dia que se dió al Adelantado hasta el postrero de mis

dias, porque si se me diera yo fuera el mas rico hombre de la isla y mas

honrado; y por no se me dar soy el mas pobre della, tanto que no tengo

una casa en que more sin alquiler.

Y porque haberseme de pagar lo que el oficio ha rentado seria muy

dificultoso, yo quiero dar un medio y será este: que su Señoría haga

merced del Alguacilazgo mayor de la Cibdad de Santo Domingo á uno de

mis hijos para en toda su vida, y al otro le haga merced de su Teniente

de Almirante en la dicha Cibdad: y con hacer merced destos dos oficios

á mis hijos de la manera que he aquí dicho, y poniéndolos en cabeza de

quien los serva por ellos hasta que sean de edad, su Señoría descargará

la conciencia del Almirante su padre, y yo me satisfaré de la paga que

se me debe de mis servicios: y en esto no diré mes de dejallo en sus

conciencias de sus Señorías, y hagan en ello lo que mejor les pareciere.

Item: Dejo por mis albaceas y ejecutores deste mi testamento, aquí en

la corte, al Bachiller Estrada y á Diego de Arana, juntamente con la

Vireina, mi Señora, y suplico yo á su Señoría lo acepte y les mande á

ellos lo mismo.

_Otra cláusula._ Item: Mando que mis albaceas compren una piedra grande,

la mejor que hallaren, y se ponga sobre mi sepultura, y se escriba en

derredor della estas letras: “Aquí yace el honrado caballero Diego Mendez

que sirvió mucho á la Corona Real de España en el descubrimiento y

conquista de las Indias con el Almirante D. Cristobal Colon, de gloriosa

memoria, que las descubrió, y despues por sí con naos suyas á su costa:

falleció, etc. Pido de limosna un Pater noster y una Ave María.”

Item: En medio de la dicha piedra se haga una canoa, que es un madero

cavado en que los Indios navegan, porque en otra tal navegó trescientas

leguas, y encima pongan unas letras que digan: “Canoa.”

Select letters of Christopher Columbus · 第 29 / 31 段