Capítulo XXI

Del fin que tuvieron los desordenados amores de don Quintín y del

principio de su cautividad

_Vuela pensamiento y diles_

_a los ojos que más quiero_

_que hay dinero._

Esto, poco más o menos, pensó don Quintín, sin haber leído al gran

Quevedo, cuando recibió los cincuenta duros que don Juan le enviara con

pretexto de hacerle su representante, y en realidad por esperanza de

convertirle en alcahuete.

Lo triste del caso fue que aquellos mil reales que el estanquero

consideró como el primer filón de una mina quedaron reducidos a la

triste condición de prólogo sin libro y preludio sin ópera.

He aquí cómo y por qué.

Tornar don Quintín los cincuenta pesos y correr a casa de Carola todo

fue uno; treinta regaló a su querida, regiamente, de un golpe; con un

billete de veinte, ocultándolo en el forro del hongo, se quedó él para

satisfacción de atrasos y menudencias. Los seiscientos reales cayeron en

manos de la corista igual que agua en criba, y no fue lo peor que los

derrochara en cuatro días, sino que, engolosinada con tal esplendidez,

llegó a sospechar si su amante habría descubierto modo de convertir los

_perros chicos_ en centenes.

Luego que hubo invertido la fabulosa cantidad en lazos, cosméticos,

afeites y menjurjes, pidió más, exigiéndolo con tal imperio que don

Quintín, de un lado sujeto al hechizo de su Circe, y de otro confiado en

que tenía por banquero a don Juan, determinó ir a su casa y darle un

fenomenal sablazo. Allí no fue Troya, pero fue la gallina de los huevos

de oro.

Después de urdir en su pobre entendimiento una mentira burda,

presentósele don Quintín diciéndole en sustancia que Cristeta se le

mostraba cada día más entera y rebelde; pero que él había discurrido

manera de amansarla y rendirla. Añadió que la muchacha se había

entrampado por gastar en ropas y galas mucho más de lo que podía con

arreglo a lo que su marido le enviaba, llegando a deber a una modista

hasta dos mil reales, por lo cual él proponía a don Juan que éste le

entregase dicha cantidad para que satisficiese en su nombre la cuenta

pendiente, rasgo con que ella se ablandaría, demostrándolo en seguida

aceptando cita o acudiendo a entrevista.

Don Juan, avisado como estaba por Cristeta, le oyó sin hacerle caso,

comprendió que su amada era incapaz de dejarse influir por una cuenta de

quinientas ni de quinientas mil pesetas y, poniendo cara de hereje a la

petición, negó en redondo el dinero. Entonces don Quintín quiso alardear

de franqueza, y le pidió lisa y desvergonzadamente cuarenta duros

prestados a cuenta de sus futuras mensualidades como representante, con

lo cual don Juan, persuadido de que Cristeta tenía razón al exigirle que

no le diera un cuarto, también se los negó en pocas y desabridas

palabras, sin alegar pretexto ni excusa. Tal hizo, primero por

obediencia de amante, y segundo, porque si de algo se convence pronto el

hombre es de que no debe dar.

De haberle prestado, tal vez se le apaciguase a don Quintín el odio que

le profesaba; pero aquella descortés negativa recrudeció hasta lo

indecible sus antiguos deseos de venganza.

«¡Habrá tío marrano--se decía--, que me da de almorzar vino agrio y

patatas negras; me propone que le ayude a engatusar a mi pobre sobrina,

que al fin es mi sobrina, y ahora me niega cuarenta miserables duros!»

Irri, sobre todo, la consideración de que ya no era una, sino dos,

las conquistas que por su culpa se le malograron: antes la de Mariquita,

y ahora la de Carola, pues indudablemente, apenas ésta le viese

arruinado, le plantaría de patitas en la calle.

Y no era el suyo falso pesimismo ideológico, sino exacto conocimiento de

la realidad.

Carola, engolosinada por aquel fabuloso regalo de los treinta pesos,

pidió más; el estanquero se deshizo en promesas, dio largas, rogó

plazos, tomose prórrogas, pasaron muchos días, no llevó un cuarto, y la

corista fue trocándose rápidamente de jamona complaciente y lúbrica en

arpía exigente y pedigüeña. Más de una semana transcurrió sin que don

Quintín la convidase a cenar, hasta que aquel día infausto del sablazo

frustrado se presentó en su casa llevándole por todo regalo un cuarterón

de butifarra y siendo recibido con tal desabrimiento que pudo conjeturar

cercano el fin de sus placeres. En vano quiso mostrarse dulce y

apasionado. ¿Qué ternura ni qué vehemencia pueden amansar a una pantera?

Carola, que necesitaba dinero, rechazó el embutido de don Quintín,

alardeando de burlona, coqueta y desesperante.

Días atrás le había pedido con qué comprarse un abrigo adornado, según

dijo el tendero, con piel de marta cibelina, que sería nutria de alero,

y don Quintín, ¡tacañería insufrible!, demoró el regalo, así que la

presentación de la butifarra fue considerada como un insulto.

--Guárdatela--le dijo--para la desdentada de tu mujer, que se contentará

con eso.

--Vidita, no he podido más y cálmate, que mi señora no tiene nada que ver

en nuestras diferencias.

--¡Qué _difiriencias_, si siempre es lo mismo; yo pedir y tú negar!

--Ya lucirán días mejores.

--Pues entonces vienes, galán.

--Vamos, fierecilla, no seas tan brava, que tu Quintín es capaz de vender

el alma al diablo por complacerte.

--¡Buena venta nos dé Dios! Por lo visto el demonio no da más que para

butifarra, y esa poca y pasada.

La sonrisa con que Carola subrayó esta frase fue un modelo de canallesco

desgarro.

Don Quintín, para desarmarla, quiso darle un beso; pero ella le apartó

de un codazo, gritando:

--No estoy de humor, _agüelo_; esta tarde no quiero babas.

--¡Carola!

--Lo dicho. ¿Te parece ni medio decente que una mujer que te da su

cuerpecito _haiga_ de estarse siempre pidiendo como chico goloso? Tú

quieres mucho mimo por poco trigo. No podemos seguir así. Me das para

vivir con decoro o despejas la plaza.

--Ya te doy cuanto puedo..., todo lo que puedo.

--Pues en vez de esas _roñoserías_ es preciso que me pases una cosa fija

cada mes, como hacen todos los caballeros. Pero, ¡qué sabes tú de

caballero! Vergüenza debía darte tenerme así. Vamos a ver: ¿cuándo me

pones un cuarto como Dios manda?

Esta especie de invocación a hombres que ponen casa a la querida, dejó

muy caviloso a don Quintín, haciéndole discurrir amargamente sobre las

injusticias sociales.

«¡Unos tanto y otros tan poco!--pensaba--. Hay quien está como yo y quien

regala a la querida caballos rusos, y quien, como ese maldito, amuebla

casa para una sola cita... No ha puesto más que un gabinete; pero para

el caso es igual.»

De este rápido hermanar en su imaginación la propia miseria con la

riqueza del aborrecido don Juan, brotó en su lóbrego y envidioso

pensamiento una llamarada de odio y venganza. La desgracia le hizo mal

filósofo, y la mala filosofía le trastornó el seso.

Sin hacer caso de Carola, siguió monologueando tristemente:

«Sí..., esto se acaba... por culpa de ese tuno. Y podría reventarle de

mil modos. Yo me quedo sin Carola, pero antes voy a darme el gustazo de

gozarla a costa suya, en su propia casa... y además le hago romper con

la otra. No está mal pensado. Llevo a Carola, hago que Cristeta lo sepa,

con lo cual se creerá engañada y le deja compuesto y sin novia. La cosa

tiene un peligro muy gordo: porque si luego se sabe la verdad, Cristeta

se lo cuenta todo a Frasquita y ésta me saca los ojos. Además, lo que

debo hacer no es apartarle de Cristeta, sino todo lo contrario. Anda,

que se arreglen, que se casen si pueden, y ya se cansarán como me he

cansado yo de mi mujer. ¡Si pudiera darle a su Cristeta para toda la

vida! ¿Quiere conquistar a lo rico, sistema de llegar y besar el santo?

Pues santo para _in eternum_. Como hubiese modo de casarlos, ya se vería

él, andando el tiempo, con Cristeta hecha Frasquita: los ojos tiernos,

la boca desdentada, los zapatitos coquetones convertidos en zapatillas

de orillo, medias caseras de algodón azul, y en vez de ligas color de

rosa, cinta balduque. ¡Si pudiera casarle! Hay que madurarlo. Ahora, por

lo pronto, algo he de hacer con él..., ¡cochino!, y con esta pícara que

se me va de entre las manos. ¡Un hombre que pone un gabinete como aquel

para una cita nada más, y luego me niega cuarenta duros!... Lo salado

sería que yo llevase allí a Carola, pero no para hacer una comedia, sino

para pasar una tardecita de _juerga_ en los muebles que él ha pagado.

¡Hay allí unos almohadones! ¡Buena broma llevar mi pájara al nido que él

fabricó para la suya! La cosa es fácil, porque tengo la llave que me dio

por si Cristeta quería ir... Nada, nada, que lo hago.»

Carola, viéndole tan largo rato callado y con la cabeza baja, e

imaginando que su silencio y humildad eran implícita confusión y

vergüenza por su carencia de recursos, comenzó a afirmarse en la idea de

que aquel hombre no tenía un cuarto, y discurrió que pues no le servía

ni de pagano ni para _capricho_, lo mejor era darle pasaporte. Por lo

cual, deseosa de exasperarle y provocar la ruptura definitiva, le dijo

con gran sorna:

--¿Estás pensando en comprarme la Casa de la Moneda?

Don Quintín, seducido por aquella idea de sabrosa venganza, miró a su

querida, gozándose de antemano en la sorpresa que había de causarle y,

tras larga pausa, habló tranquilo y sonriente:

--¡Parece mentira qué repoquísimo olfato tenéis las hembras! Vengo a

darte la gran prueba de que siempre estoy pensando en ti, y me recibes

con cara de vinagre.

--¿Qué me traes?

--Hoy, nada; pero mañana...

--Habla clarito...

--Sabrás, pichona--repuso él urdiendo la más enmarañada trama de cosas

verdaderas y falsas--, has de saber, monina, que un señor, amigo mío,

toma el teatro de las Musas para este año, y me ha nombrado su

representante. Como comprenderás, no han de faltarte dos duritos

diarios, por supuesto, sin obligación de ir a ensayo más que cuando te

dé la gana.

--¿De verdad?

--Lo que oyes. Un tío muy rico, con vocación de caballo blanco.

--He conocido muchos.

--Como la perdida de mi sobrina fue del teatro, y yo andaba metido

siempre entre bastidores, ese señor cree que yo debo saber algo de tales

negocios... Yo le he dicho a todo que sí. Tú me pondrás al corriente de

ciertas cosas. Lo principal es que nos ponemos las botas..., y mientras

dura... vida y dulzura.

--Te _azvierto_ que yo no vuelvo al coro... Quiero ser parte, y tres

duros.

--Todo se andará, Y escucha, prenda, que el bien y el mal nunca vienen

solos. Lo que tiene gracia es que ese caballero está _liado_ con una

señora de alto copete, condesa creo que es, y para verse con seguridad

han puesto un cuartito..., ¡vaya un gabinete!, donde tienen sus citas.

--¿Y nosotros qué sacamos con eso?

--Ahora lo verás. Te digo que es un gabinete como una caja de dulces:

¡con un lujo! Pero como ella es casada no van allí más que con grandes

precauciones... Bueno, pues nos ha venido Dios a ver.

--¿Por qué?

--Como yo antes salía poco de casa y ahora siempre falto de ella porque

estoy aquí contigo, mi mujer anda loca de puro escamada; tanto, que me

ha mandado seguir por un chico que afortunadamente me lo ha dicho, y

callará. Pero estamos amenazados de que el mejor día haga Frasquita

averiguaciones, se plante aquí y nos arme la _escandalera_ del siglo.

--Eso será lo que tase un sastre, porque si viene, del primer trastazo la

dejo _perniquebrá_.

--Tú no eres capaz de hacer tal cosa, porque, al fin y al cabo, se trata

de mi señora.

--Te _azvierto_ que de tres _patás_ la _espampirolo_ y te quedas más

viudo que el marido de una difunta.

--Cálmate. No llegará el caso de que nos pesque, porque vamos a curarnos

en salud.

--¿Tapujos?

--No, hija, sino la gran comodidad para pasar unas horitas como unos

marqueses, sin que lo sepa nadie. ¡Verás qué gabinete! Nos citamos,

entramos con cinco minutos de diferencia: yo primero, tú en seguida, y

al salir lo mismo. Cuando veas el cuarto, querrás quedarte allí.

--¿Puesto con lujo?

--Así quisiera yo arreglarte uno... y ¡quién sabe! Mira, tengo la

esperanza de que ese señor, por lo que me ha contado, en cuanto pueda

rompe con la dama, la deja plantada y... yo veré cómo me las ingenio,

pero malo será que no discurramos modo de quedarnos con alfombras,

espejos, muebles: en fin, todo. ¿Y para quién será, rica del alma?

--Eso es vender la piel del lobo antes de haberlo _matao_. Por ahora, lo

que tú tienes es un miedo atroz a _la_ fantasma de tu mujer.

--No es miedo; pero no quiero que pudiendo evitarlo nos den una desazón

en tonto. ¿Y dónde me dejas el tratarnos a cuerpo de rey? Chica, ¡qué

cuarto! Hay un sofá retorcido para sentarse dos y comerse a besos...

Nada más que mirarlo da vergüenza.

--Lo que dará serán ganas de sentarse.

--Anda, paloma, ¿vendrás?

--_Me se_ figura un disparate. De aquí nadie puede echarnos..., y de

allí, ¡sabe Dios!

--Por ir una tarde, tomarnos allí media librita de jamón y unas copitas,

y tirarte yo cuatro bocados, no perdemos nada. Tengo la llave; mi amigo

no va nunca sin que yo lo sepa. Pasado mañana está citado con la

condesa; de modo que mañana tenemos por nuestra toda la tarde. ¿Querrás,

gachona?

Por fin consintió y se citaron.

--Bueno; pues mañana, a las tres, sin falta. Belén, 78, entresuelo; allí

estaré para recibirte.

--Te prometo que no faltaré.

--Adiós, reina.

--Abur, capitalista.

Movida por la curiosidad y espoleada por su instinto de mujer perdida,

aceptó Carola la proposición; pero lo que más inclinó su ánimo fue

aquella remota posibilidad de que llegasen a ser suyos los muebles a que

se refirió el vejete. Si no había mentido, y cuenta que el caso, por lo

vulgar, parecía verosímil, no era soñar con lo imposible. El caballero

que alquila un cuarto donde recibir a una casada, puede necesitar la

ayuda de otro hombre para mil cosas en que el secreto es necesario, como

hablar al administrador, firmar recibo, comprar trastos, pagar cuentas,

etc., etc., y puede luego tronar con la conquista y, por último, decir a

su complaciente auxiliar que se quede con los muebles, que él no sabe

dónde guardar, o acaso se le hayan hecho aborrecibles por el recuerdo de

quien se los hizo pagar. No dijo, pues, don Quintín ninguna majadería

cuando admitió la posibilidad de que aquellos primores de que se

componía el gabinete pasaran, andando, y tal vez volando el tiempo, a

manos de Carola, quien se alegró tanto con esta esperanza que siguió

largo rato acariciándola, y aun ideando traza con que anticiparla.

Pero luego el mucho pensar, como sucede siempre, enturbió su alegría,

porque de la reflexión nacieron la duda y el desasosiego. ¿Quiénes

serían el caballero y la dama que tan misteriosamente se amaban? ¿No

podía suceder también que don Quintín fuese rico y buscara medio de

evitar mayores gastos, atribuyendo al capricho de otro lo que él

fraguase para su seguridad y regalo? Su proceder autorizaba las

sospechas: le había dado dinero con gran desigualdad de plazos y

desproporción de cantidades; sus regalos fueron muy rogados o

imprevistos; sus intermitencias y variaciones tenían marcado tinte de

tacañería. Aquel caballero, ¿sería él? ¿Tendría mucho dinero, o tal vez

fuese todo una broma grosera, una venganza por las pasadas esquiveces y

amenazas de mandarle noramala? ¿Y si el estanquero tuviese gato? ¡Buena

torpeza estaría el tratarle despreciativamente, pudiendo, con maña,

sacarle el oro y el moro!

¿Habría en realidad otro caballero? Aquello del teatro..., salir del

coro..., ser parte..., dos o tres duros..., los muebles...

¡Era cosa de volverse loca! ¿Y si todo fuera embustería de don Quintín,

que tratase de llevarla a una indecente casa de citas por miedo a su

mujer?

Resuelta a salir de dudas, aquella misma tarde se lió en un mantón,

púsose un pañuelo de seda a la cabeza y en tan chulesco atavío, que era

como mejor estaba, se fue al núm. 78 de la calle de Belén, apenas cerró

la noche.

Cinco minutos después, según suele acontecer entre gente de poco más o

menos, estaba en amigable diálogo con la portera. ¿Cómo se las arregló?

Ideando una de esas mentiras mujeriles que de puro sencillas se

confunden con la verdad. El diálogo fue del modo siguiente:

--Diga usted, señora--preguntó muy arrebujada en el mantón--, ¿_m'hace_

usted el _orsequio_ de decirme si es cierto que hay aquí un sotabanco

_desarquilao_?

--No lo hay.

--Pos me lo habían _asegurao_.

--_Pos l'han engañao_ a _ustez_.

--Me lo ha dicho una compañera, que trabajamos ella y yo en _ca_ el

tapicero que ha traído muebles al entresuelo, _pa_ ese señor que ha

puesto el cuarto.

No fue necesario más. La portera, que había visto alquilar el piso,

ignorando el objeto, traer los muebles sin saber de dónde, y quedar

luego la casa cerrada, ardía en deseos de aclarar el enigma: de suerte

que, al oír a Carola, quien por su astucia parecía enterada de algo, en

seguida entró en conversación con ella.

--Pues esa oficiala, compañera mía--hablaba Carola--me ha dicho que por los

chicos que trajeron los muebles sabe que hay un sotabanco de cincuenta

_riales_.

--No hay tal; son guardillas trasteras de los _enquilinos_..., buenas

familias.--Y fue enumerando cuanta gente había en la casa, hasta llegar

al cuarto entresuelo.

--Sí, al señor del entresuelo le _conozgo_ yo: es alto, flaco, viejo, de

bigote recio--dijo Carola detallando las señas de don Quintín.

La portera comenzó a negar moviendo la cabeza.

--¿Cómo que no?

--Como que no; ese caballero anciano que usted dice, y que también ha

venido por aquí, debe de ser el mayordomo _u_ cosa tal, de otro más

joven, que es quien ha puesto el cuarto.... por cierto que ahora lo

quita.

--¡Cómo que lo quita!

--Quitándolo y llevándose los trastos. Ya me olí yo que se trataba de una

trapisonda, vamos, de un señor _arrimao_ con una señora. Verá usted:

primero vino el joven y tomó el cuarto, luego volvió con el viejo ese

que usted dice, que le trataba al joven con mucho miramiento, dejándole

pasar siempre por delante...; no, amigos no son, más parecen amo y

mayordomo. El joven le dio una de las dos _yaves_ para que _golviese_ a

_inspecionar_; pero crea usted que, según les he visto yo _de_ hablar,

uno manda y otro calla y obedece.

--¿Y no ha venido nadie más?

--Nadie. Y ya va _pa_ cinco semanas que trajeron los muebles.

Indudablemente esto era con _ojebto_ de traer una mujer _casá_ y luego

se les habrá _torcío_ el carro, _ú pa_ una de esas _ofecinas_ que dan

timos. En fin, la última vez que estuvieron los dos, el joven le dijo al

viejo aquí en el portal: «no importa nada; total, un trimestre de

alquiler y los muebles, que como son pocos y buenos no estorban; la

semana que viene me los llevaré a mi casa y servirán para renovar el

gabinete..., o por si algún día me caso.»

Carola, rabiosa y despechada, pero disimulando el enojo, preguntó:

--¿De modo que el viejo es un lacayón alcahuete, cochino?

--No digo tanto; pero me malicio que hacen de él repoquísimo caso; vamos,

es un criado antiguo de esos que hay en las casas grandes.

Carola sabía cuanto deseaba. Todo quedó explicado. Don Quintín estaba

sirviendo de aquello que dijo la portera al caballero de los muebles,

luego éste dispondría que le llevasen los trastos a su casa, y sobre tal

fundamento se le ocurrió al viejo la idea de engatusarla con esperanzas.

Resumen: el estanquero era un imbécil chocho, sin una peseta y además

_lioso_ y trapalón que, viéndose amenazado de calabazas, pretendía ganar

tiempo... y tener querida de balde. Se puso furiosa. Aquel hombre de

quien, por lo menos esperó el cuarto pagado, algún vestido, cenas y

chucherías, era un farsante tronado, _ganguero_, sinvergüenza. Tuvo

ahorrillos, se los gastó, y aquí paz y después gloria. En una palabra:

no era proporción para conservada, ni había que esperar de él cosa

buena. «Lo mejor--se decía Carola--es despedirle pronto, cuanto antes, de

modo que no volvamos a vernos, lo _cual que_ hay que armarle un tiberio

_mu_ gordo. Los muebles..., vaya una guasa..., me la _tié_ que pagar.

Demasiado sabía que no habían de ser para él. ¡Marranote! ¿Cómo haría yo

para que me dejase en paz? Lo seguro es que lo sepa su mujer y lo mate

de un sofocón.»

Siguió muy cavilosa andando hacia su calle, y poco antes de llegar, como

quien acaba de adoptar una resolución, entró en una lonja de

ultramarinos, donde compró un pliego de papel y un sobre.

«Es lo mejor--pensaba--, una marimorena espantosa, y se acabó.»

Su plan era canallesco, pero terrible y de seguro resultado. Llegó a su

casa, buscó una pluma, un resto de tinta clarucha que tenía en una

jícara y, desfigurando la letra, escribió en el papel recién comprado

las siguientes palabras:

_«Doña Frasquita, si quiere ustez saber lo que es el pérdis de su

marido, baya ustez mañana a las cuatro y media, calle de Belén, 78,

piso entresuelo, que allí estará él con una bribona (esta palabra

la tachó y luego la volvió a poner) que es la que te tié esmirriao

y le saca los cuartos, y a plique ustez remedio porque es una mala

vergüenza, y se lo avisa quien bien la quiere, y rascarse agüela.»_

Escrito el anónimo, puso el sobre _a doña Frasquita_, y llamando a un

muchacho de la vecindad, de quien podía fiarse, le dijo:

--Vas al estanco que hay a lo último de la calle de la Pingarrona,

preguntas por esta señora, _la_ entregas la carta en propia mano,

teniendo cuidado de que esté sola, y en seguida aprietas a correr.

<tb>

A las tres y media de la tarde siguiente llegaba don Quintín a la casa

de la calle de Belén.

--Dentro de un rato--advirtió a la portera--, vendrá una señora; no

necesita usted preguntarle a qué cuarto sube.

--Corriente--repuso ella, pensando para su capote--: «ya pareció el peine.»

Luego que don Quintín se quedó solo en el gabinete, sacó de bajo la capa

una botella de Jerez barato y tres o cuatro paquetes: en uno traía jamón

en dulce, en otro pasteles y aceitunas, en el último y más voluminoso,

una rosca para Carola, que tenía buenos dientes, y para él un panecillo

bajo, todo miga. En seguida salió para pedir a la portera un vaso, uno

solo; pues, sin haber leído a Béranger, sabía que los amantes deben

beber en la misma copa: y tornando a encerrarse, encendió la chimenea, y

paseo arriba, paseo abajo por el corredor, esperó.

«¡Ah, infame don Juan; empiezas a pagármelas! ¿Conque muebles,

alfombras, almohadas, sedas, palitroques dorados y silla en forma de

ocho para traer a mi sobrina? ¿Pues ahora verás! Tú lo gastas y yo lo

aprovecho. Y si puedo, te caso. ¿Cómo? Todavía no lo sé, pero ya

veremos.»

Estas y análogas majaderías se repetía mentalmente por vigésima vez,

cuando sintiendo pasos tras la puerta de la escalera, abrió antes que

llamasen. No se había equivocado: era Carola, que acababa de pasar de

largo sin corresponder al saludo porteril.

El estanquero recibió a su amada con un largo beso. Luego ella, con

miradas displicentes y poniendo a todo reparos, como quien sabe que

aquello no ha de ser jamás suyo, inspeccionó el gabinete. Sin embargo,

en su interior, quedó maravillada y envidiosa.

Nunca había visto muebles tan ricos. Eran pocos, pero elegantísimos. Dos

butacas de raso entre azulado y ceniciento, con flecos de borlitas y

madroños multicolores y brillantes; en la pared, un magnífico espejo con

ancho marco de dorada hojarasca; en el centro, un veladorcito de ónix y

bronce, sobre el cual había una canastilla de porcelana de Sèvres, llena

de las flores, ya marchitas, que llevó don Juan el primer día; ante la

chimenea encendida, la famosa doble silla en forma de S, y en el suelo,

para que la esperada beldad pusiese los lindos piececitos, dos grandes

almohadones de seda oscura, que destacaban sobre la alfombra casi blanca

cuajada de rosas amarillentas.

Carola, pensando que todo aquello pudo ser y no sería jamás suyo, lo

contempló despreciativamente, escupió sin mirar dónde, y encarándose con

don Quintín, dijo con gran sorna:

--Este es lujo para mujeres malas. Oye, galán, ¿y que has traído en esos

papeles?

Deshizo él los paquetes, destapó la botella, y extendiendo la mano,

repuso triunfalmente:

--Mira.

--¡Vaya una merienda para un cuarto como éste! ¿No te da vergüenza?

¿Cuándo me llevas estos trastos a casa?

--Veremos...

--Dijo el ciego, y nunca vio.

--Rica, dame un beso, y toma un bocadito de estas golosinas.

Carola, dejándole con la palabra en la boca, recorrió las demás

habitaciones en que no había muebles, y volvió al gabinete diciendo con

desapudorada malicia:

--Chico, ¿sabes que aquí falta un mueble muy importante?: aquel que se

nos desvencijó a nosotros, ¿_u_ es que el caballero amigo tuyo trata a

la señora como santo de barro, que se mira y no se toca?

--Déjate de eso, y pensemos en nosotros.

--¡Mira, mira qué cortinas!

--Siéntate en esa butaca, y yo a tus pies, en ese almohadón como un

perrito; luego nos iremos a tu casa.

--Salimos _acaloraos_ y nos da un aire...

--Otra cosa mejor; ven a esa silla que parece un ocho, y te doy ocho mil

besos.

--No, chico: los besos son como las aceitunas: que abren el apetito, y

tenemos que largarnos pronto.

El envidioso asombro que aquellos muebles le inspiraban, se traducía en

movimientos nerviosos y gestos desabridos; desparramaba las miradas por

la estancia, y en seguida se le contraían los labios y se le dilataban

las ventanas de la nariz. ¿No era una desesperación que andando por el

mundo hombres capaces de gastarse aquello, hubiese mujeres como ella

que, aun siendo pródigas de su cuerpo, tenían que vivir entre hambre y

remiendo? De repente, clavando los ojos en don Quintín, lanzó sobre el

pobre vejete toda la envidia acumulada en sus cuarenta y muchos años de

deslices, caídas por capricho y complacencias cobradas muy barato para

poder vivir. ¿No era irritante que algunas compañeras suyas hubiesen

hallado imbéciles que de buenas a primeras les pusieron coche, y ella,

con haber rodado tanto, viera llegar la vejez sin pan y sin lumbre? Unas

cuanto más se venden, más caras valen, y otras... Se acordó del anónimo

y comenzó a desasosegarse. Doña Frasquita lo habría recibido la víspera

al anochecer... No tardaría en llegar. El escándalo iba a ser mayúsculo,

pero así acababa todo de una vez. ¿Qué podía esperar del vejestorio? Ni

dinero ni placer. Nada. Si fuese un señor rico como el que había pagado

todo aquello... La suntuosidad de la estancia le inspiró envidia, y la

envidia amargura, porque la más abominable de las pasiones torpes lleva

en sí propia su castigo.

Don Quintín se mostraba resplandeciente de alegría. Las sedas, los

rasos, la grata comodidad de los muebles, cuyas curvas incitaban a la

voluptuosidad, la satisfacción de aprovecharlo todo, siendo ajeno, y la

presencia de aquella mujer, que aunque ordinaria parecía una figura de

Rubens, le tenían extático, suspenso el espíritu y alborotados los

sentidos. A ratos se acordaba de don Juan, imaginando que la jugarreta

tenía muchísima gracia; y cada vez que al recostarse se hundían, bajo su

peso, los muelles de las butacas, creía sentarse sobre la propia

dignidad de su enemigo.

Alardeando de fino, colocó los almohadones ante la chimenea, y dijo a

Carola:

--Anda, gachona, ven y siéntate aquí conmigo, en el suelo, como los

moros; nos calentaremos los pies, que estoy hecho un sorbete.

--Burro, ¡mira que tener frío junto a mí!--Y en seguida, con pérfida

premeditación, añadió--: ¡Vaya una fogata que has _armao_!... Me ahogo...

yo me quito la esclavina, y si quieres creerme, desabotónate el chaleco,

que luego, en la calle, te hielas.

Dicho lo cual, se desabrochó el cuerpo del vestido enseñando la chambra

y el nacimiento del pecho, para que quien les sorprendiese supusiera que

estaban entregados a impuras y culpables caricias.

Don Quintín se desabrochó también el chaleco, mostrando la pechera de la

camisa. Después, alargando una mano, según estaba sentado, cogió de

sobre el velador la botella de Jerez, hizo que Carola empinase, y en

seguida pretendió que, con los labios húmedos, le besara.

--¿No te dan gusto este vinillo y ese fuego tan cariñoso?

--¡Vaya un hombre, que _tié_ al lado una mujer y se pone en cuclillas

junto a la chimenea!

--¿Qué te parece el cuartito? ¡Mira que si pudiéramos quedarnos, es

decir, quedarte con todo esto!

De repente, sonó un campanillazo. Don Quintín tembló de miedo, como los

convidados de Tenorio al oír el aldabonazo del Comendador. Carola se

dijo: «a lo hecho, pecho.»

Ambos guardaron medroso silencio.

Siguió un segundo campanillazo, y entonces dijo él:

--Nosotros no abrimos: ya se cansarán.

--_Panoli_, ¿tienes miedo? Yo iré, que a mí no me conocerán, y diré que

no hay nadie.

Adivinando lo que había de suceder, se puso el mantón, cogió

disimuladamente el velo para estar dispuesta a la fuga, y se dirigió

hacia el pasillo.

Transcurrió un minuto; aún rechinaban los goznes de la puerta, cuando

don Quintín oyó el timbre de una voz que le dejó trémulo de espanto;

apenas sus labios acertaron a balbucear un nombre:

--¡¡Es Frasquita!!

También sonó la voz de Carola:

--Buena mujer--decía--, aquí no vive ese señor.

--¡Ya lo sé, ya lo sé!--repetía la voz espantable--; pero ahí dentro está;

¡déjeme usted pasar!

--¿Es usted su criada?

--¡Es mi marido!

Carola, fingiendo tremenda ira, comenzó a gritar:

--¿Marido? Embustera, vieja, estantigua, si lo que _paece_ usted es la

estampa de las cuarenta horas.

Y vuelto el rostro hacia dentro, añadió:

--Quintinito, hijo, mono, sal y pega un empellón a esta fiera.

Al mismo tiempo retrocedió con malicia por el pasillo, dejando avanzar a

la exasperada Frasquita, que al fin penetró en el gabinete, desencajada

y colérica.

Era alta, flaca, barbipeluda, huesosa, sin pecho, recta de caderas; la

figura espantable, los ademanes ridículamente trágicos. Venía toda

vestida de oscuro, con largo velo a la cabeza, de suerte que, por su

traje y catadura, parecía una de aquellas entre brujas y dueñas

calderonianas que hace doscientos años servían para arredrar galanes,

vigilar mozas y asustar chiquillos.

En el instante de pisar ella el gabinete, don Quintín estaba tumbado

ante la chimenea, con la cabeza reclinada en un almohadón, desabrochado

el chaleco y sujetando en una mano la botella de Jerez medio vacía.

Verle Frasquita y abalanzarse a él, todo fue uno.

--Canalla, indecente, sucio, vicioso, ¿en esto te gastas el dinero?

¿Quién es esa tía?

El pobre hombre se quedó como muerto. Carola, afinando su astuta

perversidad, se había desabotonado por completo el cuerpo del vestido,

deslazándose, además, la cinta de las enaguas, como si tuviera la ropa

en tal desorden antes que llegara Frasquita, y al mismo tiempo,

encarándose con ella, decía:

--¿Pero es usted su mujer? ¡Jesús, qué antigua! Diga usted, señora, ¿qué

sucedió el Dos de Mayo? Oye, Quintín, ahora te digo, que haces bien en

buscar carne fresca fuera de casa, porque tu parienta está mojama. Anda,

calzonazos, échala o me marcho.

Frasquita, espantada de tales improperios y aturdida por la estúpida

pasividad de su esposo, dudó un momento entre arañar al infiel o

agarrarse con la desvergonzada manceba; por fin, temerosa de que ésta la

maltratase, se arrancó contra el estanquero, y a pellizcos y tirones de

pelos, le levantó del suelo, vociferando:

--¡Despídela, pégala, quiero que la mates!, _ustez_, mala mujer, ladrona

de hombres, ¡fuera de aquí!

Quintín continuaba mudo. Tenía la seguridad de que la menor imprudencia

de sus labios contra Carola empeoraría la situación, y con su mujer

tampoco se atrevía.

--¿Qué hacíais?--preguntó Frasquita, clavando los ojos en el desnudo pecho

de la corista pecadora.

Carola miraba socarronamente al estanquero, diciéndole con retintín:

--¿Y es esto lo que usas _pa_ diario? Elige pronto: la bruja o yo...;

pero luego no me vengas a casa babeando.

--¡Cállese usted, so _chupacharcos_!--gritó Frasquita, lívida de puro

encorajada.

--¿Escuchas? Ya te lo había yo _anunciao_, que no tendrías hígados _pa_

decir a esta vieja en su cara lo que a mí me dices cuando tú sabes...

Adiós, hombre, adiós, y que seáis felices. ¡Bueno te vas a poner de

huesos! ¡_Mia_ que se podían sacar hormillas de esta buena señora!--Y

dirigiéndose a la esposa ofendida, añadió--: Guárdelo usted como oro en

paño, que todavía pueden _ustés_ tener familia. En esto ha _parao_ tanta

monería, que parecías un perrito faldero--dijo--, y salió lentamente por

el pasillo, mientras Frasquita, temblona de pura rabia, continuaba dando

a don Quintín pechugones, arañazos, pellizcos, tirones de pelo y, lo que

era peor, dirigiéndole un interrogatorio, cuya entonación y preguntas

auguraban la más espantable venganza.

--¿Por qué estaba contigo?¿Cuánto tiempo hace que os habláis? ¿Quién es?

¿Quién ha pagado todo esto? Gorrinos, ¿por qué estabais desabrochados?

¿De dónde sacas el dinero?

No pudo más. El sofoco había llegado a su límite; zumbáronle los oídos,

tambaleose y dio con su cuerpo sobre aquellos mismos almohadones que

Quintín dispuso para distinto empleo.

Al cabo de un rato, tras mucho rociarle su marido el rostro con Jerez,

volvió en sí; pero enteramente transformada. Ya no era la arpía que

araña, ni la euménide que desgarra, sino una terrible y serena parca

que, extendiendo trágicamente el brazo hacia la puerta, dijo en olímpico

reposo:

--Señor mío, vámonos; en casita ajustaremos cuentas.

Después enmudeció, como si se hubiese tragado la lengua. No hubo medio

de que rompiese aquel mutismo pavoroso. Salieron, pasaron calles y

plazas; él, cabizbajo y anonadado, delante; ella, implacable y

rencorosa, detrás; ambos medio muertos, uno de miedo y otro de coraje,

hasta llegar a la calle de la Pingarrona.

Al entrar en el estanco, Frasquita, solemne y triunfadora, levantó la

trampilla del mostrador, y dejando paso a Quintín, al par que le

señalaba la silla puesta junto al brasero, en la trastienda, dijo con

voz reposada y grave:

--Viciosote; usted, que siempre estaba en casa, flojo y alicaído, como

bandera en día sin viento, ¿salía a presumir fuera? ¡Ya te daré yo

_querindangas_! ¡Cochino! ¡Mientras yo viva, no saldrás a la calle más

que conmigo!

La escuchó atónito, dejó escapar un suspiro de galeote recién sujeto al

banco, y tendió la vista por la oscura mansión estanqueril, como debió

de hacer, al verse abandonado de sus verdugos, aquel príncipe faraónico

a quien sepultaron vivo en las entrañas de la gran pirámide.

Tal fin tuvieron los desórdenes quintinescos, y es fama en el barrio que

jamás ha vuelto el pobre viejo a salir solo.

Bien dice el _Ecclesiastes_: «Cada cosa tiene su tiempo y sazón, y es

mucha la aflicción del hombre».

Dulce y sabrosa · 第 49 / 53 题