Hacen alianza el amor, que es niño, y la travesura, que es mujer

En el estanco hubo notables alteraciones originadas de aquella

alborotada pasión que se apoderó del viejo; pues lo que le hubiera

ocurrido con Mariquilla, si don Juan no lo estorbara, le sucedió con

Carola. Comenzó yendo a verla una vez por semana, como periódico de

modas o entrega de novelón patibulario; luego cada tres días, cual si su

amor fuese terciana, y acabó visitándola casi diariamente; no siendo lo

lastimoso que menudeara las visitas, sino que entre el desasosiego que

las precedía y lo desmazalado y lacio que solían dejarle, ni fuerza le

quedaba en la lengua para humedecer un sello. A consecuencia de las

cenas, y particularmente de los postres, el infeliz no tenía cabeza para

nada.

Doña Franquista, creyendo que su mal humor era rabia por habérsele

frustrado la aventura que ella evitó, le oía refunfuñar y maldecir sin

hacerle pizca de caso, hasta que irritado con aquella ofensiva

indiferencia y envalentonado por su senil amor, llegó a convertirse en

tiranuelo del hogar donde dos años antes tenía idéntica autoridad que el

gato. En vano pretendió su mujer recobrar el perdido ascendiente:

Quintín estaba desconocido: tan pronto se enfurecía por un quítame allá

esas pajas, como respondía a las lágrimas con desdeñoso encogimiento de

hombros, acabando por quedarse impasible, a modo de ídolo chino de los

que se contemplan el ombligo, con lo cual ella llegaba al paroxismo de

la cólera.

Por contera, se hizo rumboso, y no para su casa. No podía regalar a su

Circe piedras preciosas ni brocados; pero en la medida de sus posibles,

le compraba los diamantes americanos por libras, y las telas de lanilla

por kilómetros. En metálico le fue llevando primero poco a poco, y en

seguida mucho a mucho, cuanto tenía ahorrado desde que vendió la primera

tagarnina de a tres cuartos, y luego dio en la flor de sangrar el cajón

de la venta diaria, dejándolo algunas veces sin cambio de dos pesetas.

Si no trasladó al sotabanco de Carola cuanto había en la trastienda, fue

por considerarlo indigno de tan gran señora; pero la única prenda lujosa

que tenía Frasquita, un soberbio pañolón de Manila poblado de chinos y

guacamayos multicolores, pasó del cofre marital al baúl del adulterio.

Afortunadamente, la ultrajada esposa tardó mucho en saberlo.

En el estanco no se comía más que sopa, cocido, ensalada, y de postre

fruta, cuando por barata hasta los soldados podían comprarla. La

tacañería de Quintín suprimió los buñuelos de Todos los Santos, el

besugo de Nochebuena y los panecillos de San Antón; en cambio para su

daifa, pavo y perniles se le antojaban poco. Raro era el día que al ir a

visitarla no le llevaba alguna golosina; unas veces jamón con huevos

hilados, otras _píos nonos_ rellenos de dulce crema, y en viéndola

bostezar de aburrimiento, que le parecía flato, bajaba de tres en tres

las escaleras para que del café cercano trajesen un _bisté_ sepultado

bajo un cerrillo de patatas. Su mayor delicia consistía en obsequiarla

con merengues, que luego ambos comían a medias, mordiéndolos al mismo

tiempo por opuestos extremos, hasta que, tropezándose las culpables

bocas, sonaban escandalosos besos.

So pretexto de adecentarse por la mucha gente que entraba en el estanco,

y en realidad por deseo de aparecer más elegante a los ojos de su amada,

don Quintín se hizo casi gomoso. La americana pardusca, de codos raídos

y solapas sebosas, fue sustituida con otra de paño _fantasía_ a cuadros

azul--verdoso y ocre; las corbatas de tres vueltas, contemporáneas de la

_vicalvarada_, se trocaron en nudos a la marinera, ya morados como

pellejo de ciruela damascena, ya blanquisucios como cuello de tórtola;

con asombro de Frasquita, se acostumbró a mudarse de camisa dos veces

por semana; y desafiando al reuma, en lugar de calzoncillos de bayeta

amarilla, comenzó a usarlos de bombasí, que otros llaman fustán, tela

peluda, con lo cual de medio cuerpo abajo, más que hombre parecía oso

blanco. ¡Irracional y triste condición que le trajo la ponzoña de la

sensualidad!

Lo peor fue que por tanto emperejilarse y tanto ir a casa de su querida,

se relajó en la vigilancia y cuidado del despacho, de tal modo, que

cuando no le faltaban cajetillas se le concluían los sellos; resultando

que empezó por perder la confianza de los parroquianos a quienes escogía

puros, y acabó por desacreditar la tienda en pocos meses.

Lo que sucedió entonces, fue horrible. Cierto individuo que ambicionaba

el estanco y que servía de agente electoral a un personaje político,

logró que para dárselo a él se lo quitaran a don Quintín, el cual al

volver una tarde de casa de Carola, deshecho a puras caricias, se

encontró sobre el mostrador un oficio en que la Dirección de Rentas

Estancadas le desposeía de aquella concesión estanqueril, cambiándosela

por otra en los barrios bajos, que seguramente produciría mucho menos.

El golpe fue tremendo. ¡Un estanco en la calle de la Pingarrona! «¡Un

miserable tenducho donde sólo entrarían jornaleros y verduleras, donde

no se despacharía un céntimo de _escogidos_, ni sobres, ni plumas, ni

boquillas, ni más sellos que de a quince, ni apenas papel sellado!

Además, derrochados los ahorros reunidos desde tiempo de Narváez, ¿con

qué tesoros pagaría los caprichos de su adorada? ¡Adiós, regalos

agradecidos con caricias de pantera enamorada! ¡Adiós, huevos hilados y

_bistés_ con patatas, y cafés con tostada como no los soñó ningún

sátrapa de Oriente! Jamás ilusiones humanas se derrumbaron desde tan

alto. ¡Infeliz estanquero, en quien la suerte hacía escarnio,

mostrándole brutalmente que el amor, cuanto más caro cuesta, con mayor

facilidad se pierde!

Le fue preciso resignarse, y aceptó el traslado desde el estanco

céntrico al de la calle de la Pingarrona.

Antes de que se verificara la mudanza ocurrieron en la casa grandes

novedades.

Hacía tiempo que don Quintín estaba cariñosísimo y muy servicial con

Cristeta, impulsándole a ello, primero, el afán de influir en su ánimo

para que tornase al teatro, de lo cual a él no podía menos de seguírsele

provecho; y segundo, el haber adivinado que a la chica le bullía en el

pensamiento alguna maquinación contra don Juan, empresa en que estaba

dispuesto a favorecerla. «Si no tiene a ese maldito entre ceja y

ceja--pensaba--, ¿a qué viene el encargarme cada tres días que averigüe si

ha vuelto?» Ello fue que, por aquellos mismos días en que sobrevino la

traslación del estanco, supo que don Juan estaba de regreso y acto

continuo se lo comunicó a Cristeta.

¡Con qué dulcísima emoción recibió ésta la noticia! Ante la idea de

verle, su alma se bañó en alegría, después frunció el lindo ceño,

revelando perplejidad, y, por último, su actitud y la expresión de su

rostro fueron los mismos que cuando dos años atrás quedó abandonada en

la fonda de Santurroriaga. Como entonces, el ajuar de su cuarto era

modestísimo; como entonces, ella, por su arrogancia y seriedad, tomó

aspecto de reina destronada y resuelta a reconquistar el cetro. Lo que

fraguaba era misterio impenetrable. Con nadie comunicó su designio, pero

su plan debía de estar erizado de obstáculos, porque aquella noche

durmió mal. No la desvelaron voluntarios ensueños de amor sino cálculos

de presupuestos, cuentas y números.

A la mañana siguiente, hallándose con sus tíos en la trastienda, que

todos habían de abandonar en breve, les habló de esta suerte:

--Tiítos, no crean ustedes que lo que les voy a decir es por falta de

cariño...; pero en fin..., aquí todo va muy mal, y con la picardía que

han hecho de quitarles a ustedes este estanco, comprendo que habrá que

reducir mucho los gastos.

--Habla, que nos tienes con el alma en un hilo--dijo don Quintín.

--Si creen ustedes que hago lo que voy a hacer por no estar a las duras,

como he estado a las maduras, que se les quite eso de la cabeza. Yo

seguiré ayudándoles a ustedes en lo que pueda; por de pronto, aquí están

estos treinta duros para la mudanza. Y como doña Frasquita abriese más

boca que un horno, Cristeta prosiguió:--Déjenme ustedes concluir. No

quiero serles gravosa y me voy.

--¡Muchacha!

--¿Estás en tu juicio?

--Nada, nada; quiero vivir sola. Además, tal vez vuelva al teatro, y como

ustedes comprenderán, no puedo ser artista y vivir en la calle de la

Pingarrona, donde ustedes van a parar.

La conversación fue larga, mostrándose Cristeta tan firme en su

propósito, que los vicios bajaron la cabeza. Doña Frasquita tembló ante

la idea de que, si su sobrina volvía al teatro, tornase su marido a las

pasadas liviandades: don Quintín, barruntando que en aquello andaba

Juan, calló seguro de que Cristeta le hablaría luego reservadamente.

No se había equivocado. Cuando tío y sobrina se quedaron solos, dijo

ella con la energía de quien no admite contradicción:

--Óigame usted bien, tío. Quiero irme a vivir solita, porque me conviene;

no hay fuerzas humanas que me hagan desistir. Y le advierto a usted una

cosa: que sé todo lo que se trae usted con la Carolina, la que estaba de

corista cuando yo trabajaba. Y hasta me malicio que si le han quitado a

usted el estanco, es porque no piensa usted más que en ella ni se cuida

usted de nada, y a eso se han _agarrao_.

Don Quintín abrió desmesuradamente los ojos.

--Bueno--continuó Cristeta--; pues no quiero que nadie, ¿lo entiende

usted?, que absolutamente nadie sepa dónde voy a vivir. Venga quien

venga, usted como si no supiese jota. Mientras yo no disponga otra cosa.

--¿Y si viene don Juan?

--A ése menos que a nadie.

--¿Pero qué líos traes entre manos?

--A su tiempo se sabrá todo; ahora no. Y le advierto a usted que ya puede

enseñar bien la lección a la tía. Compónganselas ustedes como quieran;

pero en cuantito que digan a alguien, sea quien fuere, mi paradero,

vengo y le cuento a la tía de pe a pa todas sus trapisondas de usted; lo

de Mariquilla, que si no fue... no quedó por usted, y lo de esta mala

pécora de ahora, que le tiene a usted sorbido el seso.

--¡Chiquilla! Yo hago de mi capa...

--Usted no hace más que tonterías. Clarito; armo la de Dios es Cristo, y

entre la tía y Carola le sacan a usted los ojos. Usted verá lo que ha de

hacer para tenerme contenta; en cambio, le daré a usted de cuando en

cuando lo que pueda, no por ayudarle a mantener vicios, ¿estamos? sino

para que no meta usted mano al cajón y evitar disgustos a la tía, porque

esa chifladura de hacerse el enamorado no habrá medio de quitársela a

usted de la cabeza... es cosa de los años.

--Muchacha... ¿es que vas a darme lecciones? ¿Te has vuelto loca?

--Usted sí que está chocho; pero yo no puedo evitarlo. ¿Qué adelantaría

con tirar de la manta? La tía se moría del sofocón.

--O me ahogaba.

--Pues lo dicho. En cuanto alguien sepa, por culpa de usted, dónde vivo

yo, sabrá doña Frasquita dónde tiene usted la querida.

Tan vanidoso es el hombre, que la palabra _querida_ sonó en los oídos de

don Quintín como una música deliciosa. Luego, por la cuenta que le

traía, convenció a su mujer de que a Cristeta le era indispensable vivir

sola. Ambos viejos, medio en serio, medio en broma, la llamaron

descastada, ingratona y mala cabeza; pero se conformaron, quedando

resuelto que a nadie dirían su paradero.

Aquella tarde Cristeta permaneció encerrada en su cuarto arreglando

ropas y baúles, y al día siguiente salió muy de mañana, tan pobremente

vestida, que parecía una modistilla. Desde la Plaza Mayor bajó por la

calle de Toledo, torció luego hacia la derecha, a los pocos minutos de

marcha se detuvo en una calle cercana a San Francisco el Grande, miró el

número de una casa, entró en el portal sin vacilar, subió la escalera, y

en uno de los pisos altos llamó. A los pocos segundos le abría la puerta

una joven, guapetona y de fisonomía inteligente. Se llamaba Inés, y

había sido criada de doña Frasquita, de cuya casa salió para casarse con

un ex--cochero que, tras haber servido a un grande, con la protección de

éste y sus propios ahorros, estableció un servicio de carruajes por

abono.

Mientras duró el noviazgo de Inés y Manolo, que así se llamaba el mozo,

Cristeta compadecida de ellos, les protegió cuanto pudo, facilitando

salidas a la muchacha, disculpándola si tardaba, y hasta espumando el

puchero cuando la enamorada se entretenía un rato en la esquina

inmediata. Por último, al celebrarse la boda se prestó a ser madrina, en

nombre de una condesa a quien había servido el novio, y desde entonces,

agradecida la pareja, aunque parezca inverosímil, mostró siempre cariño

a la _señorita Cristeta_, sin parar mientes en que, a pesar de este

señorío, eran ellos casi ricos con relación a la sobrina de los

estanqueros.

Al verse Inés y Cristeta cruzaron unas cuantas frases llanamente

afectuosas, y según hablaban fueron entrando a un cuarto, en cuyas

paredes se veía hasta media docena de litografías con color que

representaban caballos y carruajes de distintas formas, láminas

arrancadas sin duda del catálogo de algún constructor de coches.

Componían el modesto mueblaje una consola, sillas de tapicería muy

usadas, procedentes de casa de los condes, y un sofá de gutapercha en

plena decrepitud. Sobre la consola había un santo bajo fanal, dos

floreros de loza con ramos de mano y varias fotografías; el retrato de

la condesa con galas de baile, haciendo pareja a éste el de Cristeta en

traje de teatro, el del conde a caballo y, por último, los de Manolo e

Inés, él con capa y ella con mantilla de casco.

Grave y trascendental debió de ser lo que trataron ambas mujeres, porque

a pesar de hallarse solas, Cristeta bajó la voz cuanto pudo, limitándose

Inés a contestar con inclinaciones de cabeza y caídas de párpados, que

denotaban conformidad y sumisión. Después el diálogo se hizo más

entrecortado, pero tan a la sordina, que quien hubiese estado cerca

habría oído unas palabras sí y otras no, quedando, por lo tanto,

incompleto y truncado el sentido de las frases. Por ejemplo:

_Cristeta_.--No sé..., dos, tres meses... Esencial..., niñera.

_Inés_.--Sí..., doña Jesualda..., don Pedro, casa vieja..., el

administrador conocido... Chico... mañana iremos juntas.

_Cristeta_.--Berlina..., tu marido. Los sitios convenidos de antemano...

¿Comprendes?

_Inés_.--Hablarán ustedes.

La conversación se prolongó mucho, y al final hablaron un poco más alto,

refiriéndose a lo anteriormente dicho.

_Inés_.--Todo se arreglará.

_Cristeta_.--Convéncele tú.

_Inés_.--Mañana sin falta.

_Cristeta_.--No tengo más esperanza.

_Inés_.--¿Quién sabe?

_Cristeta_.--Tómalo con empeño.

_Inés_.--Vaya usted tranquila, y hasta mañana...; pero, la verdad....

¡qué granujas son los hombres!

_Cristeta_.--Y nosotras, ¡qué simples!

_Inés_.--No, pues si todas fuéramos tan listas come usted, ¡pobrecitos!

_Cristeta_.--Con eso y con que no me sirva de nada...

_Inés_.--Adiós, señorita.

Aquella misma noche discutieron marido y mujer el caso, hasta que él

cedió a los deseos que tenía ella de complacer a la que fue protectora

de su amor.

Volvió Cristeta al día siguiente, y en la misma salita de la víspera fue

recibida por Inés, que la estaba esperando, acompañada de una mujer

entrada en años, corpulenta, ex--guapa, muy achulada y al parecer amable.

Inés dijo presentándolas mutuamente:

--Esta es la señorita de quien hemos hablado, aquí tiene usted a doña

Jesualda. A ver si se entienden ustedes.

La Jesualda habitaba un cuarto tercero interior de una casa de la calle

de Don Pedro; había sido prestamista, pero se le torcieron los negocios

y tuvo que renunciar al comercio. Entonces quiso vivir en compañía de

alguien que le ayudase a pagar el inquilinato, mas por lo apartado de

aquel barrio no halló gente de la condición que deseaba. Al oír la

proposición de Cristeta, comenzó presentando obstáculos y haciendo

aspavientos, luego sonrió maliciosamente, después fingió sentirse

súbitamente movida de simpatía, y concluyó aceptando el trato previo

ajuste del pago y otras condiciones. Hubo aquello de «con tal que no

haya escándalo..., yo no quiero líos..., usted parece persona decente,

etc., etc.». Todo lo cual oyó Cristeta violentándose para no enviar a la

Jesualda noramala.

En conclusión: por una cantidad módica dispondría de una alcoba y un

gabinetito con cuatro sillas, cómoda y un sofá de Vitoria; daría un

tanto para la comida, y habían de correr por cuenta suya el lavado y el

planchado de su ropa. Al final menudearon las promesas de fidelidad y

complacencia. Cuando se despidieron, Cristeta pensaba: «¡Bah!..., por

dos o tres meses...» Jesualda se decía: «Ahora rompe a volar...; pero

esta mocita se pierde de vista. Puede que sea una mina.»

Pasado un rato, Inés y Cristeta salieron juntas dirigiéndose a una casa

de la calle de San Lucas, que tenía un portalón, sobre el cual se leía

este letrero:

COCHES DE LUJO

ABONOS POR MESES

<b>Se admiten caballos a pupilo</b>

--Aquí es--dijo Inesilla al llegar, cediendo el paso a la señorita.

«La Virgen me ayude»,--pensó Cristeta, que iba muy preocupada.

Entraron: al fondo, bajo cobertizo, había varios coches; a la derecha

una gran cuadra; a la izquierda, un cuartito con una mesa, sobre la cual

se veían un tintero, varias plumas y dos gruesos cuadernos: era el sitio

donde Inés ayudaba a su marido tomando apuntación de los encargos y

reclamaciones.

Manolo, que estaba esperándolas, salió a recibirlas, y como lo tenía

todo hablado con su mujer, en seguida se entendió con Cristeta. A cuanto

ella decía contestaba:

--Con usted no quiero ganar; en no perdiendo, lo que usted mande; como

que es usted más buena que el pan.

Al despedirse estaban de acuerdo.

Cristeta e Inés quedaron juntas en el cuartito; la segunda decía:

--Con la Jesualda no estará usted mal; es formalota y no tiene mala

vecindad; abajo, una viuda y su hija que cosen para el corte; en el

segundo, una tal Mónica, que tiene huéspedes de medio pelo, ¡figúrese

usted en aquel barrio qué huéspedes ha de haber!; arriba, un militar

_retirao_ que vive con una que dicen si es sobrina _u lo otro_; y en el

sotabanco, la madre del niño y la sobrina, que ahora las llamaré. Toda

esta gente en lo interior; la parte que _tié_ vistas a la calle, ya lo

sabe usted, es de los señores dueños de la casa. Lo _prencipal_ es que

yo estoy cerca, y si se pone usted mala no ha de faltarle _ná_. Yo no

acabo de hacerme cargo de lo que usted prepara; en fin, cuando usted lo

hace, sus motivos tendrá. En cuanto a mi Manolo... es _callao_, no lo

sabrá ni la tierra, y como él arree un _cabayo_..., ya _puén golverse_

locos los que la busquen a usted.

En seguida llamó a la mujer de un mozo, la cual se presentó a los pocos

momentos acompañada de una sobrina, de dieciséis años, graciosa,

esbelta, vivaracha, al parecer muy inteligente, y que traía de la mano a

un niño de dos años. Aunque desarrapado, sucio y mocoso, el chiquitín

parecía un angelito. Muchos lores ingleses hubieran dado sus bosques de

Escocia y sus rentas de la India por ser padres de un muñeco como aquél.

La chiquilla tenía trazas de descarada.

Cristeta habló en voz baja con ella y con su tía. Ésta dijo:

--Ya _má enterao_ la _señá_ Inés de lo que usted desea. No hay

_deficultad_, _mayormente_. De cuartos, lo que diga la _señá_ Inés,

porque yo la debo el pan... La chica es ésta..., ya la ve usted, ¡más

lista!, parte un pelo en el aire, como que la querían en un taller _pá_

ir a la cobranza de cuentas _atrasás_ a las señoras que no pagan..., y

el niño, aunque sea mío..., _velay_ que _paece_ un _capuyo_ de rosa. Por

supuesto, que ha de dormir en mi casa.

Cristeta cogió al niño, hízole fiestas y, mirando a la sobrina,

preguntó:

--¿Cómo te llamas?

--Julia, para servir a Dios y a _ustéz_.

--Bueno, pues tú y yo hablaremos despacio. ¿Harás todo lo que te mande?

--Ya lo verá _ustéz_; todo.

Intentó Cristeta dar a la muchacha instrucciones detalladas, pero la tía

interrumpió la explicación, que amenazaba ser larga, con estas palabras:

--Eso mañana, en su casa de _ustéz_, o lo que es lo _mesmo_, en la

nuestra, porque va le habrá _esplicao_ a _ustéz_ la señorita Inés que

nosotras vivimos encima de doña Jesualda, en el sotabanco. En cuanto a

la chica, es obediente, _espabilá_ y _tóo_ lo ha de hacer a

_satisfación_.

--Entonces, asunto concluido--dijo Inés.

Luego acompañó a la señorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del

estanco se separaron. Cristeta siguió sola, tan ensimismada, que ni

siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida,

los hombres se la comían con los ojos.

Al día siguiente, muy temprano, salió del estanco y fue a casa de una

modista, con la cual, tiempo atrás, contrajo amistad mientras trabajó en

el teatro.

Estuvo largo rato viendo telas, escogiendo colores, examinando

figurines, probándose modelos y dejándose tomar medidas. Todo lo que se

encargó fue sencillo y elegantísimo; pero caro para ella. La modista

sonreía maliciosamente, como diciendo: «Esta ya cayó. Parroquiana

tenemos. ¿Quién será el pagano?»

Otras dos mañanas pasó Cristeta comprando de tienda en tienda guantes,

velitos, menudencias de adorno y pequeñas galas de esas que son

complemento de todo traje femenino. Y por último, después de haber

preparado cuanto consideró necesario, una tarde, entre dos luces, se

mudó al tercero interior de doña Jesualda, en la calle de Don Pedro. En

un carrito fueron la cama, sus dos baúles, un arca y varios líos de

ropa; ella montó en un simón, llevando sobre las rodillas el costurero

que en días más tranquilos le regaló don Juan.

La despedida de los tíos no fue dramática. Doña Frasquita parecía decir:

«Hágase tu voluntad.» Para ella Cristeta simbolizaba el teatro, es

decir, la perdición y los vicios de su marido. Don Quintín sonreía

mirando socarronamente a su sobrina; desde que la sabía conocedora de

sus liviandades, recelaba que hablase. Cristeta estuvo muy cariñosa, y

en el momento de salir del estanco, lloró. Allí había pasado los

primeros años de la juventud; allí había soñado con damas, galanes,

romances, raptos, aventuras, trajes y aplausos; allí, sobre todo, sufrió

las primeras noches de insomnio pensando en Juan.

Por la noche, ya en su nueva casa, permaneció largo rato, primero

echando cuentas por los dedos y luego haciendo números en un papelito.

Temía que le faltase dinero.

Después de acostada, sus recuerdos y esperanzas comenzaron a desvelarla.

Borrosas memorias de la infancia, primeros latidos de la juventud,

amarguras, goces conseguidos, deseos frustrados, proyectos rotos,

espejismos que finge la ambición, retazos de lo pasado y visiones de lo

porvenir... ¡Parece que os refugiáis entre los pliegues de la almohada y

que, cuando en ella reclinamos la cabeza, salís a estorbar el sueño,

hermosa imagen de la nada!

«Sí, esta es la tercera o cuarta cama en que duermo... De chiquita... no

hago memoria... ¡Ah, sí! Mi madre era rubia, muy guapa: siempre estaba

trabajando con almohadillas, encajes y alfileres...; el pelo como el

oro, la voz dulce...; debió de ser muy desgraciada. ¡Por qué no habrá

vivido mi madre! Luego he dormido en casa de los tíos. ¡Pobrecillos,

nunca les abandonaré! Después la cama de la fonda en Santurroriaga...

¡con él!..., y ahora esta alcoba, porque la cama es la mía. Si algún día

tuviera yo casa, quisiera conservar esta cama. ¡Dios mío, qué será de

mí!... Juan... Aunque no me tocara nunca...; pero sentirle cerca...,

verle todos los días..., saber lo que piensa..., cuidarle..., que me

hable con cariño... ¿Por qué encontrarán otras mujeres quien las

quiera?...»

Se quedó dormida con un brazo caído fuera del embozo, despechugada y el

pelo revuelto en primoroso desorden sobre la almohada, como madeja que

hubiesen enmarañado ángeles.

Dulce y sabrosa · 第 34 / 53 题