En el estanco hubo notables alteraciones originadas de aquella
alborotada pasión que se apoderó del viejo; pues lo que le hubiera
ocurrido con Mariquilla, si don Juan no lo estorbara, le sucedió con
Carola. Comenzó yendo a verla una vez por semana, como periódico de
modas o entrega de novelón patibulario; luego cada tres días, cual si su
amor fuese terciana, y acabó visitándola casi diariamente; no siendo lo
lastimoso que menudeara las visitas, sino que entre el desasosiego que
las precedía y lo desmazalado y lacio que solían dejarle, ni fuerza le
quedaba en la lengua para humedecer un sello. A consecuencia de las
cenas, y particularmente de los postres, el infeliz no tenía cabeza para
nada.
Doña Franquista, creyendo que su mal humor era rabia por habérsele
frustrado la aventura que ella evitó, le oía refunfuñar y maldecir sin
hacerle pizca de caso, hasta que irritado con aquella ofensiva
indiferencia y envalentonado por su senil amor, llegó a convertirse en
tiranuelo del hogar donde dos años antes tenía idéntica autoridad que el
gato. En vano pretendió su mujer recobrar el perdido ascendiente:
Quintín estaba desconocido: tan pronto se enfurecía por un quítame allá
esas pajas, como respondía a las lágrimas con desdeñoso encogimiento de
hombros, acabando por quedarse impasible, a modo de ídolo chino de los
que se contemplan el ombligo, con lo cual ella llegaba al paroxismo de
la cólera.
Por contera, se hizo rumboso, y no para su casa. No podía regalar a su
Circe piedras preciosas ni brocados; pero en la medida de sus posibles,
le compraba los diamantes americanos por libras, y las telas de lanilla
por kilómetros. En metálico le fue llevando primero poco a poco, y en
seguida mucho a mucho, cuanto tenía ahorrado desde que vendió la primera
tagarnina de a tres cuartos, y luego dio en la flor de sangrar el cajón
de la venta diaria, dejándolo algunas veces sin cambio de dos pesetas.
Si no trasladó al sotabanco de Carola cuanto había en la trastienda, fue
por considerarlo indigno de tan gran señora; pero la única prenda lujosa
que tenía Frasquita, un soberbio pañolón de Manila poblado de chinos y
guacamayos multicolores, pasó del cofre marital al baúl del adulterio.
Afortunadamente, la ultrajada esposa tardó mucho en saberlo.
En el estanco no se comía más que sopa, cocido, ensalada, y de postre
fruta, cuando por barata hasta los soldados podían comprarla. La
tacañería de Quintín suprimió los buñuelos de Todos los Santos, el
besugo de Nochebuena y los panecillos de San Antón; en cambio para su
daifa, pavo y perniles se le antojaban poco. Raro era el día que al ir a
visitarla no le llevaba alguna golosina; unas veces jamón con huevos
hilados, otras _píos nonos_ rellenos de dulce crema, y en viéndola
bostezar de aburrimiento, que le parecía flato, bajaba de tres en tres
las escaleras para que del café cercano trajesen un _bisté_ sepultado
bajo un cerrillo de patatas. Su mayor delicia consistía en obsequiarla
con merengues, que luego ambos comían a medias, mordiéndolos al mismo
tiempo por opuestos extremos, hasta que, tropezándose las culpables
bocas, sonaban escandalosos besos.
So pretexto de adecentarse por la mucha gente que entraba en el estanco,
y en realidad por deseo de aparecer más elegante a los ojos de su amada,
don Quintín se hizo casi gomoso. La americana pardusca, de codos raídos
y solapas sebosas, fue sustituida con otra de paño _fantasía_ a cuadros
azul--verdoso y ocre; las corbatas de tres vueltas, contemporáneas de la
_vicalvarada_, se trocaron en nudos a la marinera, ya morados como
pellejo de ciruela damascena, ya blanquisucios como cuello de tórtola;
con asombro de Frasquita, se acostumbró a mudarse de camisa dos veces
por semana; y desafiando al reuma, en lugar de calzoncillos de bayeta
amarilla, comenzó a usarlos de bombasí, que otros llaman fustán, tela
peluda, con lo cual de medio cuerpo abajo, más que hombre parecía oso
blanco. ¡Irracional y triste condición que le trajo la ponzoña de la
sensualidad!
Lo peor fue que por tanto emperejilarse y tanto ir a casa de su querida,
se relajó en la vigilancia y cuidado del despacho, de tal modo, que
cuando no le faltaban cajetillas se le concluían los sellos; resultando
que empezó por perder la confianza de los parroquianos a quienes escogía
puros, y acabó por desacreditar la tienda en pocos meses.
Lo que sucedió entonces, fue horrible. Cierto individuo que ambicionaba
el estanco y que servía de agente electoral a un personaje político,
logró que para dárselo a él se lo quitaran a don Quintín, el cual al
volver una tarde de casa de Carola, deshecho a puras caricias, se
encontró sobre el mostrador un oficio en que la Dirección de Rentas
Estancadas le desposeía de aquella concesión estanqueril, cambiándosela
por otra en los barrios bajos, que seguramente produciría mucho menos.
El golpe fue tremendo. ¡Un estanco en la calle de la Pingarrona! «¡Un
miserable tenducho donde sólo entrarían jornaleros y verduleras, donde
no se despacharía un céntimo de _escogidos_, ni sobres, ni plumas, ni
boquillas, ni más sellos que de a quince, ni apenas papel sellado!
Además, derrochados los ahorros reunidos desde tiempo de Narváez, ¿con
qué tesoros pagaría los caprichos de su adorada? ¡Adiós, regalos
agradecidos con caricias de pantera enamorada! ¡Adiós, huevos hilados y
_bistés_ con patatas, y cafés con tostada como no los soñó ningún
sátrapa de Oriente! Jamás ilusiones humanas se derrumbaron desde tan
alto. ¡Infeliz estanquero, en quien la suerte hacía escarnio,
mostrándole brutalmente que el amor, cuanto más caro cuesta, con mayor
facilidad se pierde!
Le fue preciso resignarse, y aceptó el traslado desde el estanco
céntrico al de la calle de la Pingarrona.
Antes de que se verificara la mudanza ocurrieron en la casa grandes
novedades.
Hacía tiempo que don Quintín estaba cariñosísimo y muy servicial con
Cristeta, impulsándole a ello, primero, el afán de influir en su ánimo
para que tornase al teatro, de lo cual a él no podía menos de seguírsele
provecho; y segundo, el haber adivinado que a la chica le bullía en el
pensamiento alguna maquinación contra don Juan, empresa en que estaba
dispuesto a favorecerla. «Si no tiene a ese maldito entre ceja y
ceja--pensaba--, ¿a qué viene el encargarme cada tres días que averigüe si
ha vuelto?» Ello fue que, por aquellos mismos días en que sobrevino la
traslación del estanco, supo que don Juan estaba de regreso y acto
continuo se lo comunicó a Cristeta.
¡Con qué dulcísima emoción recibió ésta la noticia! Ante la idea de
verle, su alma se bañó en alegría, después frunció el lindo ceño,
revelando perplejidad, y, por último, su actitud y la expresión de su
rostro fueron los mismos que cuando dos años atrás quedó abandonada en
la fonda de Santurroriaga. Como entonces, el ajuar de su cuarto era
modestísimo; como entonces, ella, por su arrogancia y seriedad, tomó
aspecto de reina destronada y resuelta a reconquistar el cetro. Lo que
fraguaba era misterio impenetrable. Con nadie comunicó su designio, pero
su plan debía de estar erizado de obstáculos, porque aquella noche
durmió mal. No la desvelaron voluntarios ensueños de amor sino cálculos
de presupuestos, cuentas y números.
A la mañana siguiente, hallándose con sus tíos en la trastienda, que
todos habían de abandonar en breve, les habló de esta suerte:
--Tiítos, no crean ustedes que lo que les voy a decir es por falta de
cariño...; pero en fin..., aquí todo va muy mal, y con la picardía que
han hecho de quitarles a ustedes este estanco, comprendo que habrá que
reducir mucho los gastos.
--Habla, que nos tienes con el alma en un hilo--dijo don Quintín.
--Si creen ustedes que hago lo que voy a hacer por no estar a las duras,
como he estado a las maduras, que se les quite eso de la cabeza. Yo
seguiré ayudándoles a ustedes en lo que pueda; por de pronto, aquí están
estos treinta duros para la mudanza. Y como doña Frasquita abriese más
boca que un horno, Cristeta prosiguió:--Déjenme ustedes concluir. No
quiero serles gravosa y me voy.
--¡Muchacha!
--¿Estás en tu juicio?
--Nada, nada; quiero vivir sola. Además, tal vez vuelva al teatro, y como
ustedes comprenderán, no puedo ser artista y vivir en la calle de la
Pingarrona, donde ustedes van a parar.
La conversación fue larga, mostrándose Cristeta tan firme en su
propósito, que los vicios bajaron la cabeza. Doña Frasquita tembló ante
la idea de que, si su sobrina volvía al teatro, tornase su marido a las
pasadas liviandades: don Quintín, barruntando que en aquello andaba
Juan, calló seguro de que Cristeta le hablaría luego reservadamente.
No se había equivocado. Cuando tío y sobrina se quedaron solos, dijo
ella con la energía de quien no admite contradicción:
--Óigame usted bien, tío. Quiero irme a vivir solita, porque me conviene;
no hay fuerzas humanas que me hagan desistir. Y le advierto a usted una
cosa: que sé todo lo que se trae usted con la Carolina, la que estaba de
corista cuando yo trabajaba. Y hasta me malicio que si le han quitado a
usted el estanco, es porque no piensa usted más que en ella ni se cuida
usted de nada, y a eso se han _agarrao_.
Don Quintín abrió desmesuradamente los ojos.
--Bueno--continuó Cristeta--; pues no quiero que nadie, ¿lo entiende
usted?, que absolutamente nadie sepa dónde voy a vivir. Venga quien
venga, usted como si no supiese jota. Mientras yo no disponga otra cosa.
--¿Y si viene don Juan?
--A ése menos que a nadie.
--¿Pero qué líos traes entre manos?
--A su tiempo se sabrá todo; ahora no. Y le advierto a usted que ya puede
enseñar bien la lección a la tía. Compónganselas ustedes como quieran;
pero en cuantito que digan a alguien, sea quien fuere, mi paradero,
vengo y le cuento a la tía de pe a pa todas sus trapisondas de usted; lo
de Mariquilla, que si no fue... no quedó por usted, y lo de esta mala
pécora de ahora, que le tiene a usted sorbido el seso.
--¡Chiquilla! Yo hago de mi capa...
--Usted no hace más que tonterías. Clarito; armo la de Dios es Cristo, y
entre la tía y Carola le sacan a usted los ojos. Usted verá lo que ha de
hacer para tenerme contenta; en cambio, le daré a usted de cuando en
cuando lo que pueda, no por ayudarle a mantener vicios, ¿estamos? sino
para que no meta usted mano al cajón y evitar disgustos a la tía, porque
esa chifladura de hacerse el enamorado no habrá medio de quitársela a
usted de la cabeza... es cosa de los años.
--Muchacha... ¿es que vas a darme lecciones? ¿Te has vuelto loca?
--Usted sí que está chocho; pero yo no puedo evitarlo. ¿Qué adelantaría
con tirar de la manta? La tía se moría del sofocón.
--O me ahogaba.
--Pues lo dicho. En cuanto alguien sepa, por culpa de usted, dónde vivo
yo, sabrá doña Frasquita dónde tiene usted la querida.
Tan vanidoso es el hombre, que la palabra _querida_ sonó en los oídos de
don Quintín como una música deliciosa. Luego, por la cuenta que le
traía, convenció a su mujer de que a Cristeta le era indispensable vivir
sola. Ambos viejos, medio en serio, medio en broma, la llamaron
descastada, ingratona y mala cabeza; pero se conformaron, quedando
resuelto que a nadie dirían su paradero.
Aquella tarde Cristeta permaneció encerrada en su cuarto arreglando
ropas y baúles, y al día siguiente salió muy de mañana, tan pobremente
vestida, que parecía una modistilla. Desde la Plaza Mayor bajó por la
calle de Toledo, torció luego hacia la derecha, a los pocos minutos de
marcha se detuvo en una calle cercana a San Francisco el Grande, miró el
número de una casa, entró en el portal sin vacilar, subió la escalera, y
en uno de los pisos altos llamó. A los pocos segundos le abría la puerta
una joven, guapetona y de fisonomía inteligente. Se llamaba Inés, y
había sido criada de doña Frasquita, de cuya casa salió para casarse con
un ex--cochero que, tras haber servido a un grande, con la protección de
éste y sus propios ahorros, estableció un servicio de carruajes por
abono.
Mientras duró el noviazgo de Inés y Manolo, que así se llamaba el mozo,
Cristeta compadecida de ellos, les protegió cuanto pudo, facilitando
salidas a la muchacha, disculpándola si tardaba, y hasta espumando el
puchero cuando la enamorada se entretenía un rato en la esquina
inmediata. Por último, al celebrarse la boda se prestó a ser madrina, en
nombre de una condesa a quien había servido el novio, y desde entonces,
agradecida la pareja, aunque parezca inverosímil, mostró siempre cariño
a la _señorita Cristeta_, sin parar mientes en que, a pesar de este
señorío, eran ellos casi ricos con relación a la sobrina de los
estanqueros.
Al verse Inés y Cristeta cruzaron unas cuantas frases llanamente
afectuosas, y según hablaban fueron entrando a un cuarto, en cuyas
paredes se veía hasta media docena de litografías con color que
representaban caballos y carruajes de distintas formas, láminas
arrancadas sin duda del catálogo de algún constructor de coches.
Componían el modesto mueblaje una consola, sillas de tapicería muy
usadas, procedentes de casa de los condes, y un sofá de gutapercha en
plena decrepitud. Sobre la consola había un santo bajo fanal, dos
floreros de loza con ramos de mano y varias fotografías; el retrato de
la condesa con galas de baile, haciendo pareja a éste el de Cristeta en
traje de teatro, el del conde a caballo y, por último, los de Manolo e
Inés, él con capa y ella con mantilla de casco.
Grave y trascendental debió de ser lo que trataron ambas mujeres, porque
a pesar de hallarse solas, Cristeta bajó la voz cuanto pudo, limitándose
Inés a contestar con inclinaciones de cabeza y caídas de párpados, que
denotaban conformidad y sumisión. Después el diálogo se hizo más
entrecortado, pero tan a la sordina, que quien hubiese estado cerca
habría oído unas palabras sí y otras no, quedando, por lo tanto,
incompleto y truncado el sentido de las frases. Por ejemplo:
_Cristeta_.--No sé..., dos, tres meses... Esencial..., niñera.
_Inés_.--Sí..., doña Jesualda..., don Pedro, casa vieja..., el
administrador conocido... Chico... mañana iremos juntas.
_Cristeta_.--Berlina..., tu marido. Los sitios convenidos de antemano...
¿Comprendes?
_Inés_.--Hablarán ustedes.
La conversación se prolongó mucho, y al final hablaron un poco más alto,
refiriéndose a lo anteriormente dicho.
_Inés_.--Todo se arreglará.
_Cristeta_.--Convéncele tú.
_Inés_.--Mañana sin falta.
_Cristeta_.--No tengo más esperanza.
_Inés_.--¿Quién sabe?
_Cristeta_.--Tómalo con empeño.
_Inés_.--Vaya usted tranquila, y hasta mañana...; pero, la verdad....
¡qué granujas son los hombres!
_Cristeta_.--Y nosotras, ¡qué simples!
_Inés_.--No, pues si todas fuéramos tan listas come usted, ¡pobrecitos!
_Cristeta_.--Con eso y con que no me sirva de nada...
_Inés_.--Adiós, señorita.
Aquella misma noche discutieron marido y mujer el caso, hasta que él
cedió a los deseos que tenía ella de complacer a la que fue protectora
de su amor.
Volvió Cristeta al día siguiente, y en la misma salita de la víspera fue
recibida por Inés, que la estaba esperando, acompañada de una mujer
entrada en años, corpulenta, ex--guapa, muy achulada y al parecer amable.
Inés dijo presentándolas mutuamente:
--Esta es la señorita de quien hemos hablado, aquí tiene usted a doña
Jesualda. A ver si se entienden ustedes.
La Jesualda habitaba un cuarto tercero interior de una casa de la calle
de Don Pedro; había sido prestamista, pero se le torcieron los negocios
y tuvo que renunciar al comercio. Entonces quiso vivir en compañía de
alguien que le ayudase a pagar el inquilinato, mas por lo apartado de
aquel barrio no halló gente de la condición que deseaba. Al oír la
proposición de Cristeta, comenzó presentando obstáculos y haciendo
aspavientos, luego sonrió maliciosamente, después fingió sentirse
súbitamente movida de simpatía, y concluyó aceptando el trato previo
ajuste del pago y otras condiciones. Hubo aquello de «con tal que no
haya escándalo..., yo no quiero líos..., usted parece persona decente,
etc., etc.». Todo lo cual oyó Cristeta violentándose para no enviar a la
Jesualda noramala.
En conclusión: por una cantidad módica dispondría de una alcoba y un
gabinetito con cuatro sillas, cómoda y un sofá de Vitoria; daría un
tanto para la comida, y habían de correr por cuenta suya el lavado y el
planchado de su ropa. Al final menudearon las promesas de fidelidad y
complacencia. Cuando se despidieron, Cristeta pensaba: «¡Bah!..., por
dos o tres meses...» Jesualda se decía: «Ahora rompe a volar...; pero
esta mocita se pierde de vista. Puede que sea una mina.»
Pasado un rato, Inés y Cristeta salieron juntas dirigiéndose a una casa
de la calle de San Lucas, que tenía un portalón, sobre el cual se leía
este letrero:
COCHES DE LUJO
ABONOS POR MESES
<b>Se admiten caballos a pupilo</b>
--Aquí es--dijo Inesilla al llegar, cediendo el paso a la señorita.
«La Virgen me ayude»,--pensó Cristeta, que iba muy preocupada.
Entraron: al fondo, bajo cobertizo, había varios coches; a la derecha
una gran cuadra; a la izquierda, un cuartito con una mesa, sobre la cual
se veían un tintero, varias plumas y dos gruesos cuadernos: era el sitio
donde Inés ayudaba a su marido tomando apuntación de los encargos y
reclamaciones.
Manolo, que estaba esperándolas, salió a recibirlas, y como lo tenía
todo hablado con su mujer, en seguida se entendió con Cristeta. A cuanto
ella decía contestaba:
--Con usted no quiero ganar; en no perdiendo, lo que usted mande; como
que es usted más buena que el pan.
Al despedirse estaban de acuerdo.
Cristeta e Inés quedaron juntas en el cuartito; la segunda decía:
--Con la Jesualda no estará usted mal; es formalota y no tiene mala
vecindad; abajo, una viuda y su hija que cosen para el corte; en el
segundo, una tal Mónica, que tiene huéspedes de medio pelo, ¡figúrese
usted en aquel barrio qué huéspedes ha de haber!; arriba, un militar
_retirao_ que vive con una que dicen si es sobrina _u lo otro_; y en el
sotabanco, la madre del niño y la sobrina, que ahora las llamaré. Toda
esta gente en lo interior; la parte que _tié_ vistas a la calle, ya lo
sabe usted, es de los señores dueños de la casa. Lo _prencipal_ es que
yo estoy cerca, y si se pone usted mala no ha de faltarle _ná_. Yo no
acabo de hacerme cargo de lo que usted prepara; en fin, cuando usted lo
hace, sus motivos tendrá. En cuanto a mi Manolo... es _callao_, no lo
sabrá ni la tierra, y como él arree un _cabayo_..., ya _puén golverse_
locos los que la busquen a usted.
En seguida llamó a la mujer de un mozo, la cual se presentó a los pocos
momentos acompañada de una sobrina, de dieciséis años, graciosa,
esbelta, vivaracha, al parecer muy inteligente, y que traía de la mano a
un niño de dos años. Aunque desarrapado, sucio y mocoso, el chiquitín
parecía un angelito. Muchos lores ingleses hubieran dado sus bosques de
Escocia y sus rentas de la India por ser padres de un muñeco como aquél.
La chiquilla tenía trazas de descarada.
Cristeta habló en voz baja con ella y con su tía. Ésta dijo:
--Ya _má enterao_ la _señá_ Inés de lo que usted desea. No hay
_deficultad_, _mayormente_. De cuartos, lo que diga la _señá_ Inés,
porque yo la debo el pan... La chica es ésta..., ya la ve usted, ¡más
lista!, parte un pelo en el aire, como que la querían en un taller _pá_
ir a la cobranza de cuentas _atrasás_ a las señoras que no pagan..., y
el niño, aunque sea mío..., _velay_ que _paece_ un _capuyo_ de rosa. Por
supuesto, que ha de dormir en mi casa.
Cristeta cogió al niño, hízole fiestas y, mirando a la sobrina,
preguntó:
--¿Cómo te llamas?
--Julia, para servir a Dios y a _ustéz_.
--Bueno, pues tú y yo hablaremos despacio. ¿Harás todo lo que te mande?
--Ya lo verá _ustéz_; todo.
Intentó Cristeta dar a la muchacha instrucciones detalladas, pero la tía
interrumpió la explicación, que amenazaba ser larga, con estas palabras:
--Eso mañana, en su casa de _ustéz_, o lo que es lo _mesmo_, en la
nuestra, porque va le habrá _esplicao_ a _ustéz_ la señorita Inés que
nosotras vivimos encima de doña Jesualda, en el sotabanco. En cuanto a
la chica, es obediente, _espabilá_ y _tóo_ lo ha de hacer a
_satisfación_.
--Entonces, asunto concluido--dijo Inés.
Luego acompañó a la señorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del
estanco se separaron. Cristeta siguió sola, tan ensimismada, que ni
siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida,
los hombres se la comían con los ojos.
Al día siguiente, muy temprano, salió del estanco y fue a casa de una
modista, con la cual, tiempo atrás, contrajo amistad mientras trabajó en
el teatro.
Estuvo largo rato viendo telas, escogiendo colores, examinando
figurines, probándose modelos y dejándose tomar medidas. Todo lo que se
encargó fue sencillo y elegantísimo; pero caro para ella. La modista
sonreía maliciosamente, como diciendo: «Esta ya cayó. Parroquiana
tenemos. ¿Quién será el pagano?»
Otras dos mañanas pasó Cristeta comprando de tienda en tienda guantes,
velitos, menudencias de adorno y pequeñas galas de esas que son
complemento de todo traje femenino. Y por último, después de haber
preparado cuanto consideró necesario, una tarde, entre dos luces, se
mudó al tercero interior de doña Jesualda, en la calle de Don Pedro. En
un carrito fueron la cama, sus dos baúles, un arca y varios líos de
ropa; ella montó en un simón, llevando sobre las rodillas el costurero
que en días más tranquilos le regaló don Juan.
La despedida de los tíos no fue dramática. Doña Frasquita parecía decir:
«Hágase tu voluntad.» Para ella Cristeta simbolizaba el teatro, es
decir, la perdición y los vicios de su marido. Don Quintín sonreía
mirando socarronamente a su sobrina; desde que la sabía conocedora de
sus liviandades, recelaba que hablase. Cristeta estuvo muy cariñosa, y
en el momento de salir del estanco, lloró. Allí había pasado los
primeros años de la juventud; allí había soñado con damas, galanes,
romances, raptos, aventuras, trajes y aplausos; allí, sobre todo, sufrió
las primeras noches de insomnio pensando en Juan.
Por la noche, ya en su nueva casa, permaneció largo rato, primero
echando cuentas por los dedos y luego haciendo números en un papelito.
Temía que le faltase dinero.
Después de acostada, sus recuerdos y esperanzas comenzaron a desvelarla.
Borrosas memorias de la infancia, primeros latidos de la juventud,
amarguras, goces conseguidos, deseos frustrados, proyectos rotos,
espejismos que finge la ambición, retazos de lo pasado y visiones de lo
porvenir... ¡Parece que os refugiáis entre los pliegues de la almohada y
que, cuando en ella reclinamos la cabeza, salís a estorbar el sueño,
hermosa imagen de la nada!
«Sí, esta es la tercera o cuarta cama en que duermo... De chiquita... no
hago memoria... ¡Ah, sí! Mi madre era rubia, muy guapa: siempre estaba
trabajando con almohadillas, encajes y alfileres...; el pelo como el
oro, la voz dulce...; debió de ser muy desgraciada. ¡Por qué no habrá
vivido mi madre! Luego he dormido en casa de los tíos. ¡Pobrecillos,
nunca les abandonaré! Después la cama de la fonda en Santurroriaga...
¡con él!..., y ahora esta alcoba, porque la cama es la mía. Si algún día
tuviera yo casa, quisiera conservar esta cama. ¡Dios mío, qué será de
mí!... Juan... Aunque no me tocara nunca...; pero sentirle cerca...,
verle todos los días..., saber lo que piensa..., cuidarle..., que me
hable con cariño... ¿Por qué encontrarán otras mujeres quien las
quiera?...»
Se quedó dormida con un brazo caído fuera del embozo, despechugada y el
pelo revuelto en primoroso desorden sobre la almohada, como madeja que
hubiesen enmarañado ángeles.