CRISTETA MORERUELA.»

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Por los días en que don Quintín recibió ambas cartas, brillaba para él

con vivo resplandores la estrella del amor: estaba sometido al imperio

de Venus, representada por Carola.

Cometió la imprudencia de mostrarse generoso, en cuanto permitían sus

ahorros, comprando hoy un vestido, mañana un abrigo; le dio para

desempeñar alhajillas, hasta la llevó a cenar al café, con todo lo cual

Carola llegó a persuadirse de que el vejete tenía dinero. Resultado: la

corista machucha y corrida determinó, primero, desplegar cuantas

zalamerías y gatadas pudiese sugerirle su deseo de asegurar la presa, y

segundo, recurrir, si fuese necesario, a la bronca y el escándalo para

evitar el abandono: cuando no bastasen las cucamonas y los mimos,

emplearía el terror. Estaba en el otoño, ya muy entrado, de su azarosa

vida, y comprendía que aquel hombre era una ganga.

Entregáronse, pues, al mayor desenfreno amoroso: ella por cálculo y él

por torpe apasionamiento.

Cuentan las historias de Oriente que Seleuco, rey de Antioquía, mandó

fabricar un estanque con fondo y muros de plata bruñida, lleno de agua

limpísima y aromatizada, donde dispuso que su prometida Maiouma nadase

desnuda a la luz de la luna, antes de serle llevada a la cámara nupcial:

y refieren las crónicas arábigas que Yusuf de Granada gozó a su favorita

Jandaya teniendo por tálamo un montón que mandó formar deshojando las

rosas más encendidas y rojas que pudieron cogerse en el Generalife; pero

estas son exageraciones de historiadores, o fantasías de poetas, que

resultan pobres y mezquinas comparadas con los modos que Carolina

inventaba para enloquecer a su amante.

Un día, fingiendo que para airearlos había sacado del cofre los trajes

de teatro, le esperó vestida de odalisca zarzuelera, con perlas de

vidrio entre las trenzas, collar de monedillas de cobre, y el cuerpo

impúdicamente semioculto entre rasos deslucidos y gasas tazadas, pero al

fin rasos y gasas como don Quintín no los había visto ni en sueños. Otra

tarde, pues aquellos desórdenes eran vespertinos, le aguardó vestida de

aldeana, y otra vez en traje de bailarina. Carola no era mujer: era un

serrallo. Pero lo que le ponía fuera de sí era admirarla de señora, con

abanico de plumas, vestido de cola, escotada y con prendido de flores en

el pecho. Cuando la veía engalanada de este modo, no se sentaba, sino

que se dejaba caer estupefacto en un sillón desvencijado: ella entonces

se ponía de media anqueta en uno de los brazos del butacón, y alzando

una copa de Champaña, que compró en el Rastro, brindaba con pardillo de

la taberna cercana: luego paladeaban a medias los incendiados sorbos, y

de fijo que no gozaron la mitad que ellos los más venturosos amantes de

la historia. No hizo tanto Aspasia, prendada de Alcibíades. Don Quintín

se anegaba en un mar de impurezas: sus amorosos aspavientos sólo eran

comparables a las convulsiones de una rana sometida a una corriente

eléctrica. Aquel hombre que imponía respeto a sus convecinos mientras

despachaba sellos y cajetillas, más serio que San Luis cuando

administraba justicia bajo el legendario roble, era por las tardes un

personaje enteramente distinto. Lo único que sentía era no tener ropa

con que disfrazarse de magnate o de emperador; de algo, en fin, con

autoridad para hacer que el mundo entero se postrara en adoración de

aquella sirena.

Sin embargo, en medio de tan enloquecedoras orgías sentía punzadas de

amargura, porque junto a los rasgados ojos de Carola descubría la

terrible pata de gallo, y el exceso de celo con que le procuraba

placeres nuevos y sensaciones desconocidas le hacía pensar en que

aquella mujer debía de haber aprendido tan impuro arte en brazos de

otros amantes: sobre todo, le molestaba que se desesperase y quedara

rendida cuando él tardaba en responder, o no respondía, al llamamiento

voluptuoso a que ella le incitaba con todo linaje de rebuscados

artificios. Finalmente: varias veces, al hundir sus dedos en los

desordenados rizos de Carola, había sorprendido mechones de canas

ocultas en lo más recóndito del moño. ¡Terrible descubrimiento! En un

principio Carola le pareció apropiada a su edad y estado de

conservación; pero luego se le antojó algo entrada en años. ¡Cuánto más

intensas hubieran sido aquellas dulzuras compartidas con una querida

joven! Entonces, del fondo de su pensamiento surgía el recuerdo de

Mariquilla, y junto a ella, por relación de ideas, la odiosa figura de

don Juan, el hombre aborrecido, porque para don Quintín era verdad

incontrovertible que, a no evitarlo aquél, la muchacha se le hubiera

rendido. Los paralelos que establecía con la imaginación al pensar en

tales cosas, resultaban poco favorables a Carola. ¡Qué diferencia entre

sus blanduchos y manoseados encantos y el duro y levantado pecho de

Mariquilla!

Había también otro motivo para que don Quintín persistiese en su rencor

hacia don Juan; y era, que desde la época en que doña Frasquita dio

crédito a los supuestos desórdenes de su esposo con Mariquilla, no dejó

de atormentarle con furibundos celos. Consentía de mala gana en las

salidas al caer la tarde, que él aprovechaba para convertir en harén el

sotabanco de Carola; pero de noche no le permitía poner el pie en la

calle. Además, de los labios de doña Frasquita continuamente brotaban

dichos y apóstrofes tan destemplados como éstos:--«¡Carcamal! ¡No haber

tenido familia a los veinte, y querer correrla con un pie en la

sepultura! ¡Cochino! ¡Buen chasco se llevaría la que fuese, porque... al

burro que no puede con la albarda, échele usted doble carga!»

Don Quintín sonreía y callaba, esperanzado con tomar secreta venganza de

tan ofensivas frases, a falta de Mariquilla, en brazos de Carola, aunque

no fuese más que una o dos veces por semana.

Lo peor era que, sorbido por el amor, se cuidaba muy poco del estanco.

No hacía oportunamente las sacas del tabaco, no iba _al sello_ cuando

debía, se le olvidaba escoger los _peninsulares_, y hasta llegó a tomar

moneda falsa.

Tal era su situación cuando recibió las dos cartas de Cristeta. Leyó

primero la que le iba destinada, y en seguida ocultó la otra, temeroso

de que doña Frasquita la viese. Luego comenzó la curiosidad a roerle el

pensamiento. ¿Por qué escribiría su sobrina con tanto misterio al

aborrecido don Juan? ¿Qué habría pasado entre ambos? ¿Estarían en

relaciones... íntimas... _arrimaos_, que dice la gente ordinaria? El

empeño de Cristeta en averiguar su paradero, autorizaba las más

ofensivas conjeturas y don Quintín tenía el espíritu predispuesto a

concebir pecados y liviandades. ¿No estaba él enamorado hasta las

cachas? ¿Pues cómo había de ser inverosímil que Cristeta hubiese

incurrido en alguna desenvoltura?

Claro está que al imaginarlo no se apenó como si se tratara de una hija

suya; pero se disgustó y, sobre todo, aprovechó la ocasión para

acrecentar con justa causa su odio hacia don Juan; casi alegrándose por

tener motivo que atizara su deseo de venganza. Consideró a Cristeta

seducida, abandonada, y le dio lástima; mas el sentimiento que le dominó

fue el rencor. Cuando se le ocurría la idea de que tal vez la desdicha

de Cristeta fuese figuración suya, se ponía triste cual si viese

quebrantada la base de sus proyectos de venganza. ¿Se habría ella, tan

lista y juiciosa, dejado atrapar por aquel bribón? El único medio de

salir de dudas era abrir la segunda carta. ¿Con qué derecho? Con el

mismo que tuvo don Juan para burlarse de él, haciéndole juguete de una

chicuela y, lo que era peor, estorbando que la conquistase. La

dificultad estaba en abrir la carta sin que luego se conociera. Tras

largas cavilaciones, obedeciendo a una idea que le pareció tan original

como atrevida y segura, sin pararse en peligros, rasgó el sobre y leyó.

La carta le dijo claramente el infortunio de su sobrina. En el alma de

don Quintín sonó una voz que pareció gritar ¡venganza! con aquella

terrible entonación que en los dramas históricos emplean los racionistas

para gritar: «¡Arma, arma, guerra, guerra!» Después se quedó abismado en

un mar de dudas. ¿Se daría por enterado del secreto que acababa de

descubrir, confesando a Cristeta la violación de la carta? No, porque se

enfurecería. Lo conveniente era ayudarla, tenerla contenta, aparentando

ignorancia, y buscar en ella un aliado, con cuyo auxilio fuese posible

domesticar a doña Franquista y gozar de mayor libertad. Por último,

encerrado en su cuarto, releyó tres o cuatro veces la carta para

empaparse bien de sus quejas. Después buscó un sobre parecido al que

había roto, y colocando el viejo sobre el vidrio de un balcón y poniendo

el nuevo encima, calcó el primero al trasluz, haciéndolo con tanta

habilidad, que su misma sobrina hubiera quedado engañada.

Al día siguiente estuvo en la secretaría del Casino, averiguó dónde

vivía don Juan, fue a su casa, esperó al cartero, le siguió hasta

Correos, y mostrándoselo a otro cartero amigo suyo que allí estaba, hizo

que éste preguntase a su colega dónde dejó encargado don Juan que le

remitiesen las cartas que para él llegaron. La respuesta fue

satisfactoria: _12, rue de Rochechouart, París._ Y allí envió el pliego,

certificado en toda regla.

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A las pocas semanas de esto llegó Cristeta, triste de ánimo y

desmejorada de cuerpo. Lo primero que hizo fue comunicar a sus tíos que

había formado irrevocable propósito de renunciar al teatro. Prometioles

que en la casa les aliviaría cuanto pudiese del trabajo, habló de

ponerse a oficio, y añadió que, a ser forzoso, se buscaría de cualquier

modo honradamente la vida: todo menos volver a pisar un escenario. Tan

firme la vieron en su resolución, que no intentaron disuadirla; don

Quintín nada objetó, comprendiendo que hubiera sido inútil; doña

Franquista lo sintió, calculando que ya no volverían sus guardadores

dedos a tocar el importe de las quincenas; pero al mismo tiempo se

alegró, imaginando que, alejada Cristeta del teatro, no habría pretexto

para que lo frecuentase su marido.

La regla de conducta que Cristeta se había impuesto consistía en esperar

los acontecimientos y dar tiempo al tiempo. En lo más recóndito del

pensamiento dejó que anidara la esperanza; en el fondo del corazón

ocultó su amor a Juan, y en lo más seguro de su cómoda guardó el pequeño

fajo de billetes de banco que cobró en Santurroriaga al presentar el

talón firmado por su ex--amante.

Su vida fue desde entonces toda recogimiento y prudencia. Por la mañana

temprano se alisaba el pelo, sin tufos, rizos, ni flequillo; se vestía

modestamente, y comenzaba a despachar en el estanco sin más descanso que

el preciso para almorzar y comer. Luego de cerrada la tienda, se

retiraba a su cuarto y allí poblaba de recuerdos su triste soledad, o

lloraba, doliéndole como a verdadera enamorada, antes la injusticia del

abandono, que la crueldad de la deshonra. Otras veces, embriagándose de

esperanzas, acariciaba proyectos, y soñando juntamente con lo porvenir y

lo pasado, le parecía que las lágrimas que le resbalaban desde las

mejillas a los labios, tenían el sabor dulcísimo de los besos perdidos.

¡La deshonra! ¿Qué le importaba? ¿Ni a qué echar de menos el encanto de

la doncellez sí jamás había de sentir no poder ofrecérselo a otro

hombre?... ¡Qué días tan largos! ¡Qué noches tan tristes! Comparaba las

de ahora, con las pasadas, y aunque exenta de grosera sensualidad, veía

que la almohada de su cama era para ella sola demasiado grande. Como de

hoguera encendida en campo raso que cuando parece apagada, de pronto se

aviva y chisporrotea al menor soplo de aire, así en su mente se iban

alzando los recuerdos. Largas y turbulentas veladas de amor, estabais

lejanas, pero no olvidadas. ¡Qué impaciencia en la espera! ¡Qué alegría

cuando llegaba! ¡En la posesión, qué completa entrega de alma y cuerpo!

¡Qué dulce laxitud en el reposo! Y en la despedida, ¡qué dulcísima pena!

¿Quién hacía la última caricia? Esto sí que era irrecordable. Las

escenas y momentos que Cristeta se complacía en evocar, no le venían a

la memoria como delirio de imaginación viciosa obstinada en reproducir

mentalmente lo que aun para el pensamiento debe ser pudoroso; eran

reminiscencias espontáneas, dispersas e incompletas, rememoradas como

versos sueltos de un poema leído en días venturosos. ¡Cuánto gozaba _él_

sepultando las manos entre sus rizos de oro, y con qué delicia aspiraba

la leve ráfaga de perfume que de ellos se escapaba! Después venía el

ruido rápido que producen las trencillas del corsé al deslizarse por

entre los ojetes metálicos; luego caían sobre la alfombra las ropas, con

gemir de ola en playa, oíase el murmullo de las frases ahogadas en

besos, y en seguida comenzaban esos primores de refinamiento amoroso que

condenan los hipócritas y disculpan los sabios. ¡Cómo los recordaba!

Juan tenía la costumbre de colocar la luz sobre la mesa de noche, porque

no le gustaba poseerla sin mirarla; durante los primeros abrazos

charlaban mucho, boca con oído. Después... un pecho anheloso sirviendo

de almohada palpitante a un rostro agradecido, y, por fin, el resplandor

del alba que, como virgen pálida y envidiosa, llamaba temblando en los

vidrios del balcón para decir a los felices amantes: «¡Basta!» Mas no

todo lo que Cristeta sentía era deliciosamente impuro, no; que junto a

la involuntaria tentación del deseo también bullían en su alma ideas

ajenas al placer. Sí; cien cuerpos quisiera tener para que él, como

señor, los poseyera, y cada noche una virginidad para entregársela; pero

al mismo tiempo, si enfermase, ¡con qué sincera abnegación le cuidaría!

Si el dolor le postrara dejándole años y años sin fuerza para oprimirla

ni voluptuosidad para besarla, ¡cuán tranquila y resignadamente se

trocaría de querida en enfermera! Entonces vendría la lujuria del

cariño, el no dormir para velarle, el contar los minutos para darle a su

tiempo los remedios, el espiar el hervor de su respiración y el ardor de

la frente y la transpiración de la piel; y los bajos oficios que a otras

personas fueran repugnantes y que ella haría gozosa saboreando su triste

y voluntaria servidumbre. Le amaba mucho, pero aún le quería más. Capaz

era de sorberle la vida y destrozarle la salud a fuerza de pedirle amor;

pero también tenía en el alma un tesoro de cariño, donde, como en un

Jordán, podían purificarse sus caricias y sus besos.

De esta suerte, entre avivar recuerdos y esperanzas con espejismos del

deseo, se le fue pasando el tiempo. Transcurrieron semanas, meses, y

llegó el aniversario del día en que le conoció... No: no fue de día, fue

de noche. Lo recordaba hasta en los menores detalles. Estaba vestida de

gitana: falda de percal muy hueca, rizos en las sienes, moño bajo y la

nuca acariciada por un manojillo de flores que parecían colocadas por el

mismo diablo. Cuantos así la vieron la elogiaron achuladamente: sólo él

tuvo valor para decir que todo aquello, por flamenco y grosero, desdecía

de su tipo elegante y fino. ¡De cuántas cosas parecidas se acordaba!

Ansiosa de saber si Juan había llegado a Madrid, fue a los teatros en

días de estreno, al primer turno del Real, y nada. Llegaba a primera

hora, acompañada de su tío, se acomodaba en una galería alta, tendía la

vista por la sala, y cuando se convencía de que Juan no estaba, se

volvía a casa con las lágrimas agolpadas a los ojos y la esperanza

refugiada en lo más hondo del alma. No era su propósito hacerse la

encontradiza, ni hablarle, ni menos reconvenirle; lo que ansiaba era

verle.

Acabó el invierno; pasaron la primavera y el verano siguiente sin que

pudiese averiguar su paradero. Cada vez que don Quintín, enviado por

ella, iba al portal de la casa en que vivía le daban la misma respuesta:

«No sabemos nada; se plantará aquí sin avisar, como siempre; luego come

unos días de fonda hasta que puede venir Mónica, su cocinera.» De cuando

en cuando Cristeta leía en los periódicos las revistas de salones por

ver si el nombre de Juan figuraba en la relación de algún baile; y si

entraba en el estanco persona de quien ella supiese que le conocía,

preguntaba con timidez mezclada de astucia. Todo era inútil: en los

teatros no se le veía, la portera seguía esperándole, y los revisteros

de salones sin nombrarle. ¿Cuál sería la causa de tan prolongada

ausencia? ¿Por huir de ella? ¡Ojalá! Señal de que no la había olvidado.

¿Estaría preso en brazos de otra? Amarga era la suposición; pero no

importaba gran cosa, porque Juan no permanecía nunca mucho tiempo en tal

cautividad: se prendaba de un cuerpo hermoso hasta conocerlo poco a

poco, beso a beso; pero enamorarse... ¡imposible! En esto precisamente

fundaba Cristeta su esperanza. ¿Cuál era su plan? A nadie lo comunicó.

Doña Franquista ignoraba que hubiese sido seducida y abandonada: don

Quintín, merced a su pasada indiscreción, sabía la verdad incompleta;

que don Juan se portó villanamente; pero del provecto que ella abrigase,

ni palabra.

Mientras tanto don Juan continuaba en París haciendo vida de hombre

alegre, libre y rico. ¿A qué narrar sus aventuras? Hoy, una pecadora más

o menos cara, de esas cuyo amor gozado sin ilusión, deja en alma y

cuerpo el descaecimiento y el hastío propios de todo lo forzado; mañana,

una gran señora de aquellas a quienes se corteja por vanidad, cuyas

caricias no valen el sobresalto que cuestan; otro día, una camarera de

fonda de las que a primera vista parecen limpias y resultan

insoportables; de cuando en cuando, la mujer con quien se tropieza en

viaje, posesión de lo anónimo, encanto de lo desconocido, los besos en

el túnel, la parada en la misma fonda, noche, almuerzo, regalo y

despedida con tristeza falsificada. Pero entre tanto desatino amoroso,

entre tanto deleite comprado, ni un solo latido de verdadera pasión. Ni

en las almohadas recién puestas de la cortesana, que diariamente se

mudan sin que su dueño sepa quién habrá de arrugarlas, ni en los cojines

sedosos del gabinete de la gran señora, aún oprimidos por el peso de

otro adulterio, ni en las camas de fonda cuyos muelles crujen hoy para

uno y mañana para otro, en ninguna parte gozó don Juan aquel plácido y

tranquilo deleite que le ofrecieron los brazos de Cristeta. No la echó

de menos ni se arrepintió de haberla huido; pero la recordaba porque las

otras mujeres se la traían a la memoria sugiriéndole involuntarias

comparaciones de que siempre salía victoriosa. Ocurríale, sin embargo,

que cuanto mayor era el encanto con que la recordaba, más intenso era

también el desasosiego que le producía, porque la reflexión se hartaba

de decirle que Cristeta no era flor de un día o estrella de una noche.

Sólo pudo librarse de ella empleando el cobarde recurso de la fuga. ¿Qué

sucedería si volviese a encontrarla en su camino? Aunque por propia

voluntad nunca evocaba su recuerdo, muchas veces, en la impaciencia de

una cita, en el ficticio entusiasmo de una parodia de amor, en medio del

enojo que causa la posesión de lo que se ha deseado tibiamente, surgía

en su pensamiento la imagen de Cristeta, única mujer que al entregársele

le había dado, al par del cuerpo, algo del alma.

Hubo antiguamente en tierra de Indias una princesa que poseyendo un

arenal extenso, quiso convertirlo en jardín. A fuerza de gastar vidas de

esclavos y talegos de monedas, pobló el arenal de flores

maravillosamente raras cada una de las cuales representaba un tesoro. Y

ocurrió, que estando un día la princesa apoyada de codos en la baranda

de ágata que dominaba aquel campo de colores vivos y movibles, vio una

flor sencillísima, blanca y ligeramente sonrosada como mejilla pudorosa,

que había brotado espontáneamente sin costar una gota de sudor ni un

hilo de agua. Y desde entonces, por mucho que la princesa se deleitase

en contemplar las flores que representaban vidas de esclavos y montones

de riquezas, siempre se le iban los ojos hacia la florecilla humilde,

cuya semilla trajo el aire misterioso de regiones lejanas.

Lo mismo le pasaba a don Juan. Las ropas casi impalpables por lo finas,

los perfumes más rebuscados, los corsés llenos de encajes no conseguían

destronar de su memoria los lienzos que envolvían a Cristeta, el natural

aroma de su limpio cuerpo y el modesto corsé blanco que tanto les hacía

reír, entre impacientes y burlones, cuando se le hacía nudos la

trencilla.

¡Misterio incomprensible! Las reminiscencias de don Juan no eran castas,

y, sin embargo, al desvanecerse y borrarse le dejaban en el alma cierta

serena placidez; semejantes al humo que cuando se alza de la tierra es

vapor sucio, y que a veces acaba por parecer en el espacio nube

resplandeciente y limpia.

Dos años y unos cuantos meses pasaron Cristeta y don Juan, viviendo de

esta suerte, cada uno por su lado.

Recordaba él de tarde en tarde, sin querer; ella no dejó un solo día de

esperarle.

Dulce y sabrosa · 第 32 / 53 题