Busca don Quintín a una mujer y cae en las redes de otra

Ni marido pobre de mujer acaudalada, ni yerno de suegra intolerante, ni

protegido por rico vanidoso, se vieron nunca tan privados de libertad

como el mísero don Quintín a partir de aquel día en que doña Frasquita

se enteró del devaneo que su esposo traía entre manos; porque la

aventura con Mariquita, que para él fue simple pecado de pensamiento,

semejante a la delectación morosa que dicen los teólogos, a la vieja le

pareció adulterio consumado. A fin de tenerle más sujeto, dispuso aquel

_Tetrarca_ con faldas que la criada hiciese los pocos recados que en la

casa se ofrecían; buscó y pagó persona que acudiese a los centros

oficiales de donde había que recoger las sacas del tabaco y los pedidos

del papel sellado; obligó a su esposo a encargarse de la venta desde que

se abría hasta que se cerraba el estanco para que no tuviera momento

libre, y, finalmente, decidió pasar el día sentada junto al mostrador,

en continua vigilancia, con propósito de morder y arañar a quien se

presentase trayendo carta o recado sospechoso. Tan horrible fue el

cautiverio, que el infeliz llegó a no poner los pies en la calle sino

los domingos y fiestas de guardar, a primera hora, cuando su esposa le

llevaba a misa, sacándole a que tomase el aire, como las doncellas de

servir sacan a los perritos falderos para que no empuerquen las

alfombras.

Don Quintín pasó muy triste la primera quincena (desde que se había

identificado con las cosas del teatro contaba por quincenas); luego,

prescindiendo de atractivos inútiles, dejó de usar corbata y de teñirse

los bigotes, y, por último, cayó en una melancolía tan dramática para él

como risible para los que le rodeaban. Ratos había en que se quedaba

embobado, despachando automáticamente lo que le pedían, hasta que la

severa y desapacible voz de Frasquita venía a turbar sus arrobos con

frases crueles.

--¿En qué piensas, burro?--solía decirle--; ¿te estás acordando de aquella

sinvergüenza? ¡Cochino!

Otras veces era más expresiva y humillante.

--¿Y todo para qué?--exclamaba con gesto de pitonisa descreída--¡No puedes

con la comida de casa, y querías ir de fonda!

Lo que más hirió la delicadeza de su amor fue que un día, aludiendo a

Mariquita, dijese:

--¡Si fuera una persona decente! ¡Pero una sacadineros y desbaratacamas!

¡Cuánto sufría! ¡Interesada ella, que sólo le hizo gastar en unos

cuantos cafés! ¡Desbaratacamas una mujer a quien no consiguió besar sino

tres o cuatro veces en la nuca y por sorpresa!

Así pasó algún tiempo, hasta que una mañana, después de haber leído en

alta voz cierto periódico que contenía una lista de compañía lírica que

la víspera había salido a provincias y en la que figuraba Mariquilla

como partiquina, resolvió sacudir el yugo. No podría verla, pues estaba

ausente, pero averiguaría su paradero, la escribiría, y acaso le

contestara diciéndole la fecha de su regreso. La perspectiva de

recibir--buscando medio seguro--una carta suya, le infundió ánimo, y

arrojando el periódico sobre el velador de la trastienda, dijo a su

mujer:

--¡Tranquilízate! Esa infeliz no está en Madrid... Ahora mismo me largo a

respirar un rato a gusto, lejos de ti... ¡fiera!--Y sin esperar

respuesta, se calzó y salió.

Aunque, gracias a lo rápido de su resolución, estaba seguro de que no

podía ser espiado, anduvo largo rato vagando por calles y plazas,

volviéndose de vez en cuando a mirar si le seguían, hasta que,

convencido de que no existía tal peligro, tomó el camino de la casa de

Mariquita. Nunca la había visitado, pero sabía sus señas: Cuervo, 14,

sotabanco, cerca del cielo. ¡Siempre, anda la felicidad por las nubes!

Antes de llegar se le llenó el alma de ilusiones. ¿Se habría, como es

frecuente, retrasado la salida de la compañía, y estaría Mariquilla en

su casa? ¡Cuán sabroso desquite tomaría de la tiránica Frasquita! Mas

discurriendo de esta suerte, le asaltó una duda horripilante... ¿Tendría

razón su mujer? Él, que nunca sentía apetito en casa, ¿podría soportar

la comida de fonda? Parose un momento, como cuentan que se detuvieron

Osmán ante Alejandría y Tito ante Jerusalén, y luego avanzó

denodadamente, pensando: «¡Sí... aunque me muera... Cuervo, 14!»

Allí fue la primera decepción. La portera le dijo que efectivamente

había vivido en la casa una chica que era _del treato_, pero que el mes

anterior la desahució el amo porque no pagaba, y además por escandalosa

y descarada. Don Quintín se alejó tristemente, imaginando que pues

Mariquita, a pesar de ser tan guapa, no tenía con qué pagar el cuarto,

era criminal poner en duda su moralidad, y que la acusación de escándalo

y descaro era calumnia porteril.

Desde la calle del Cuervo fue a ver al conserje del teatro para

preguntarle dónde habitaba otra corista llamada Carolina, muy amiga de

Mariquita y que tal vez supiese su paradero.

¡Oh impremeditada determinación, qué de males trajiste! ¡Pobre viejo,

que imaginando hacer una visita, cayó es un abismo!

Al pisar la entrada del teatro el corazón le latía con desusada fuerza.

Ponte, lector, en situación análoga; haz memoria de si siendo colegial

te enamoraste de una primita o de una amiga de tu hermana; recuerda

luego si pasados los años de la juventud, y ya hecho hombre, tornaste a

pisar los lugares donde, al conocerla, sentiste o creíste sentir amor;

deja que en tu alma, tal vez vieja y gastada, reverdezca aquella

primavera de tu mocedad; adórnala de reminiscencias dulcísimas, y

entonces ¡sólo entonces! comprenderás cómo la fantasía de don Quintín se

deleitó en recordar la que a él se le antojaba pasión avasalladora.

Previo regalo de un cigarro con que don Quintín le obsequió, el portero

del teatro le dijo dónde vivía la corista por quien iba preguntando, y

allá se fue a buscarla, deseoso de hablar de Mariquilla y esperanzado en

saber cuándo regresaría para precipitarse en su busca; porque durante

aquella larga caminata, según se había ido alejando de su casa y

cónyuge, sintió que el amor se enseñoreaba de su espíritu y de sus

sentidos, y hasta le pareció que si encontrase a Mariquilla podría

llevársela a comer de fonda, contra lo que suponía la desengañada

Frasquita.

Dominado por tales pensamientos, subió la escalera estrecha y muy pina,

de una casa de aspecto pobre y nada limpio, detúvose en un descansillo,

tiró de un cordón mugriento y abriole Carolina; el prototipo de la

corista que contratan las empresas, no por lo bonitas, sino por tener

mucho repertorio y por no faltarles nunca quien pague con un ajuste el

recuerdo de una conquista.

Era mujer de cuarenta y tantos años, gruesa, ex--guapa, en buen estado de

conservación, aunque algo ajada, y con más experiencia de los hombres de

la que a don Quintín hubiera entonces convenido. Vestía bata flotante de

percal claro; no debía de llevar corsé, porque se le notaba el temblor

de las carnes libres; estaba recién peinada, y de su cuerpo se

desprendía aquella emanación intensa de perfumes baratos con que el

estanquero experimentó sensaciones indefinibles cuando habló por primera

vez con Mariquilla.

--¡Don Quintín de mis entretelas! ¡Tanto bueno por mi casa! ¿Qué le trae

a usted por aquí?

--Lo primero, el gusto de verla, que no es grano de anís; y luego...

--¡Me lo he maliciado; preguntarme por la María!

--No crea usted que sólo por eso. Pues qué, ¿no es nada contemplar ese

cuerpo tan hermoso?

--Déjese usted de requiebros. ¡Bonita me encuentra usted! Ni tiempo he

tenido de ponerme el corsé.

--¡Mejor que mejor!--Repuso don Quintín, echando una mirada codiciosa al

busto de Carolina.

Ésta, cogiéndole de la mano para guiarle por la oscuridad del pasillo,

le llevó hasta el comedorcito, donde se sentaron: ella en una silla baja

de hacer labor, y él en una butaca vieja y desvencijada. El comedor era

muy pequeño, y en la estancia inmediata, que era la alcoba, se veía una

cama cubierta con colcha de indiana.

El día estaba caluroso; el estanquero, a fuerza de pensar en la

coristilla, venía predispuesto al amor, y Carolina no era la última

encarnación de Lucrecia, la casta.

--Sí, señora--repitió él, disimulando su pensamiento; lo primero, el

gustazo de verla, como que está usted hermosísima.

--No es usted mal adulador... ahora. Puede que sea usted el único que no

me dijo en el teatro «buenos ojos tienes». ¡Andaba usted tan embobado

con aquélla!

Aquí le pareció a don Quintín que para averiguar algo debía emplear

juntamente la sagacidad y la galantería, por lo cual añadió:

--¿Qué quería usted? ¿Qué anduviese a la greña con todos los que la

solicitaban? ¡Buen trabajo! Hubiese tenido que pelearme con ciento y la

madre. Pero lo que es guapa... ¡ya lo creo que me lo parecía usted!

¡Vaya un cuerpo... en fin, aquí está, gracias a Dios, y se puede ver!

Poseído de súbito ardimiento amoroso, extendió ambas manos hacia el

talle de Carolina, quien, deseando mostrarse pudorosa, pero no arisca,

echó el cuerpo para atrás, diciendo con mucha monería:

--¿Qué había usted de fijarse en nadie, sí estaba usted chalado con

aquélla?

--Aquélla... aquélla...--murmuró él con fingido desprecio--. No sé por

dónde anda, ni me importa. Valiente...

Sus labios intentaron decir una ofensa, pero no acertaron a formularla.

Comprendió que era una villanía hablar mal de Mariquilla, aunque fuese

en son de astucia para averiguar su paradero.

--Entonces, ¿qué diablos le trae a usted por aquí? ¡Ya está usted buena

maula! ¿No sé yo que se gastaba usted con ella los ojos de la cara? ¡Y

que no es usted poco rumboso, decían allí!

--¡Bah! Una cosa es gastar y otra querer.

Harto sabía Carolina que el amor de don Quintín no había llegado al

terreno práctico, y desde que le abrió la puerta comprendió que iba en

busca de noticias de su compañera; pero con la rapidez del pensamiento

concibió el atrevido proyecto de seducirle. No era rico, ni de él podían

esperarse solitarios para las orejas ni entresuelo amueblado; mas

tampoco sería imposible sacarle unos cuantos duros al mes. Su estanco

estaba en sitio céntrico, debía de producir bastante... la mujer muy

vieja... Nadie es capaz de prever hasta dónde puede llegar un anciano

tocado de la tarántula amorosa. Suponiendo que se mostrase insensible y

la despreciase, ¿qué le importaba? Aquello era jugar un décimo de

lotería: por de contado, no había de caerle el premio gordo; mas acaso

el estanquero le ayudase a pagar el cuarto o le regalase algún

vestidillo. Por su larga experiencia teatral no ignoraba Carolina que

hay en la vida del hombre dos períodos durante los cuales es fácilmente

poseído de la pasión impetuosa y arrebatada: la primera juventud, en que

las cortesanas parecen ángeles caídos, y la entrada de la vejez, en que

uno quiere despedirse de la naturaleza con aquella música de besos que

en la adolescencia nos abrió las puertas de la dicha.

A estos picarescos y sabios propósitos de Carolina correspondía

perfectamente la situación de ánimo en que se hallaba don Quintín;

porque, aunque él lo ignorase o no pudiera razonarlo, lo que sentía por

Mariquilla no era enamoramiento exclusivo, sino exacerbación de la

facultad amorosa, pronta a extinguirse en su organismo. Estaba en el

caso del niño que, deseando un juguete, ambiciona el primero que ve, y

luego se satisface, contenta y entretiene con cualquiera otro que le

dan.

La táctica de Carolina estribó en hacerle creer que le consideraba como

hombre conquistador, enamoradizo, mujeriego y rumboso; y comenzó a

mirarle del modo más dulce y hechicero que supo, diciéndole:

--¡Ya, ya, ni que fuéramos tontas! Todos son ustedes iguales. Hoy ésta,

mañana la otra... Mariquilla está fuera, y se habrá usted dicho: «Vamos

a ver a lo que sabe su amiga».

--¡Qué mal pensada! Verdad que tiene usted disculpa, porque como está

usted tan guapa, no haría ningún disparate quien se volviese loco por

usted.

Las miradas de Carolina eran incendiarias; don Quintín empezaba a

olvidarse de Mariquilla. Hubo un momento en que, comparándola

mentalmente con la garbosa hembra que tenía delante, resultó de esta

comparación que la primera no pasaba de muchacha vivarachuela y

graciosilla, en tanto que la segunda era mujer formada y en plena

madurez de belleza.

--Vamos, dígamelo usted claro. ¿Ha venido usted a preguntarme por

_aquélla_, o a verme a mí? Porque para lo primero todavía soy joven, y

para lo segundo...

--¿Estoy demasiado viejo?

--No he dicho tal.

--Viejo, ¿eh? ¿Conque viejo? Pues la leña seca es la que arde mejor.--Y al

decir esto se levantó y abrazó a Carolina, como en un célebre cuadro de

Rubens abrazan los sátiros a las ninfas, sin que ella le rechazara.

¿Cuál será el alma cruel y despiadada que la vitupere? Mandan los santos

preceptos que se dé de beber al sediento, pan a quien tiene hambre, y

posada al peregrino. Pues, ¿dónde agua más fresca, ni pan más tierno, ni

albergue más grato que el amor? Además, la caridad bien ordenada empieza

por uno mismo, y Carolina también sentía necesidad de amor.

<tb>

Pasadas dos horas en deliciosa y culpable intimidad, tanto más grata

cuanto menos premeditada y prevista, dijo Carolina, mientras él se ponía

los tirantes y ella, ante un espejo roto, se atusaba los desordenados

rizos.

--Anda, tontín, rico mío, más vale gallinita que pollita. Mejor te irá

conmigo que con aquella embaucadora, bribona, que se estaba burlando de

ti. ¡Me daba una rabia!

--¿Y cómo lo sabes?--repuso él saboreando la delicia de tutear a una mujer

que no era legalmente suya, e indignado al mismo tiempo ante la idea de

haber servido de hazmerreír a Mariquilla.

--¡Vaya si lo sé! ¡Qué borricotes sois los hombres! Ahora que ya eres

mío, porque supongo que vendrás a menudo, te lo voy a decir. ¡Me

gustabas de un modo atroz! ¿Y verdad que tu Carola te gusta también más

que aquella gata esmirriada? Mira... no sé los años que tienes; nadie

tiene más de los que representa; pero ya quisieran muchos jóvenes

igualarse contigo.

--¿De veras, pichona?

--¡Buenos están los jóvenes!... ¡Tísicos! Parece que se va a concluir el

mundo. Yo también valgo más que cualquier chiquilla. Compara, compara

este pecho y esta mata de pelo con aquellos pellejos colganderos y

aquella cabeza llena de añadidos.

--¡Buena diferencia va de mujer a mujer!

--Pues para ti soy. Veremos cómo te las compones en tu casa... porque has

de venir a verme casi todos los días.

--¿A diario, chica?... No sé si podré--dijo él algo intranquilo.

--¿No has de poder? ¡Anda, pillín, que no te arrepentirás!

--¿Estás siempre sola?

--Siempre, vidita. Y vive tranquilo: no soy yo como aquella perdida

que...

--Mala voluntad la tienes.

--Como que me tenías chaladita y me daba ira de verla cómo se burlaba de

ti.

--¿Qué hacía?

En parte mintiendo, en parte diciendo verdad, Carolina resolvió asegurar

la adquisición que acababa de hacer. Mezcló en sus frases lo cierto con

lo calumnioso, y procuró apartar a don Quintín de Mariquilla, haciéndole

creer que le consideraba capaz de la mayor generosidad y lleno de

ardimiento para los dúos amorosos.

--Vamos, ¿qué hacía aquella... desdichada?--tornó a preguntar don Quintín.

--No merece que vuelvas a pensar en la muy sinvergüenza. ¿Que qué hacía?

Ponerte cuernos. ¡Como si con un granadero como tú no tuviera bastante

una _pitifláutica_ como aquélla! Todas las del coro sabíamos que tú le

regalaste el mantón bordado y _la mar_ de medias. Decía que te iba a

dejar el estanco hasta sin esponja para mojar los sellos. Y al mismo

tiempo, como después de la función te ibas con tu sobrina, ella se

largaba con el segundo apunte. ¡Me daba una rabia! Porque cuando la

mujer es libre, bueno; lo que yo digo, que se amontone con quienquiera,

pero que no engañe a nadie... Un hombre es un hombre.

--De modo que ella...

--¡Ya lo creo! Y no era eso lo peor. Algunos del teatro creían que todo

era mentira, que no teníais nada que ver, vamos, que os hablábais y nada

más..., porque ella no se dejaba... ¿estamos? ¡Como si tú fueras un

_lila_ que se gastase la plata sólo por mirarla! Y también decían que

don Juan, el querido o novio, lo que fuese, de tu sobrina, era quien

había encargado a la María que te hablase y te marease para mientras

tanto quedarse solo con la tiple. En fin, distraerte para que no

estorbases. Mira que si hubiese sido verdad... ¡bonito papel!

Ante tan cruda y horrible revelación, faltó poco para que don Quintín se

enfureciese. Su emoción fue grandísima, porque indudablemente Carola

decía verdad. ¿Cómo había él de dudar, sabiendo por experiencia, o mejor

dicho por falta de ella, que no había logrado de Mariquita sino algunos

besos y apretujones a hurtadillas? En seguida se dio a recordar

pormenores e incidentes que confirmaron sus sospechas. No cabía duda.

Sí: todo fue comedia. Acaso Cristeta no entrase en la conspiración, pero

se aprovechó de ella; Mariquita sirvió de agente a don Juan; los

diálogos enloquecedores pasados bajo el mechero de gas que había en el

pasillo, fueron otras tantas ocasiones de que los novios se hablasen

libremente. ¡Y pensar que él no consiguió de Mariquilla nada sustancioso

y positivo! ¡Ni una sola vez! ¡Qué burla tan infame! Lo único que le

consolaba era que hubiese quien se lo diera por comido, juzgándole como

amante rumboso, pagano y favorecido.

--¿Conque les serví de tapadera?--decía sonriendo--. ¡Tiene gracia! ¡Y yo

me contentaba con mirarla... vaya, vaya!

--De lo segundo no te digo nada. Ahora que eres mío, comprendo con

conocimiento de causa que no te limitarías a mirarla como si fuera

estampa; pero lo que es de que servías de tapadera y de que don Juan fue

quien te preparó la conquista de la sinvergüenza... de eso no te quepa

la menor duda.

Harto sabía él a qué atenerse. Sí: tapadera, y además _lila_. Le costó

gran esfuerzo disimular el enojo; pasó un rato muy malo, pero los mimos

y carantoñas de su Circe le endulzaron algo el pesar.

--¿Vendrás pronto a verme?--le decía, poniéndose archizalamera--. Cuanto

antes mejor. Yo no soy exigente; si tienes miedo a que lo sepan en tu

casa, pasearemos por las afueras... y luego nos vendremos aquí a nuestro

nido, como dos tortolitos.

--Sí, sí; vendré, vendré--repetía el estanquero, que ya sentía prisa por

marcharse: mas ella, como si quisiese sellar su amoroso contrato de un

modo inolvidable, dio un salto de pantera celosa, y arrojándosele al

cuello le abrazó, besándole el cerdoso bigote, al mismo tiempo que decía

con la voz astutamente entrecortada por la emoción:

--¡Quintín, qué felices vamos a ser!

Desasiose de ella con suavidad, como don Florambel se apartaba de la

encantadora princesa Graselinda, y comenzó a bajar despacio la escalera,

repitiendo dulcemente:

--Adiós, rica; vendré, vendré, y seremos buenos amigos.

Ella le vio marchar entre satisfecha y desconfiada... ¿Sería aquella una

verdadera conquista, al menos una ayuda para pagar la casa? ¡Y qué

lástima que el diablo del hombre no tuviera veinte años menos!

Don Quintín salió a la calle tan engreído y hueco como mujer fea a quien

por casualidad chicolean en paseo. La cosa lo merecía. Acababa de

adquirir la grata convicción de que, aunque fuese de tarde en tarde,

podía comer de fonda.

Mas como no hay dicha completa en corazón humano, junto de este regocijo

se alzó en su pecho un mal sentimiento, un odio terrible hacia don Juan,

que había jugado con él como con un chiquillo. «Sí--iba gruñendo entre un

diente sí y otro no, pues los tenía salteados--; he sido tapadera,

Celestina macho, alcahuete sin saberlo... ¡Yo haciendo el buey con la

mocosa de la chiquilla en el pasillo, y él encerrado con la otra... sabe

Dios! ¡Ah, don Juan de los demonios, ya me las pagarás algún día!

¡Pensar que la trastuela no me dejó... ni una vez!»

Y en lo más íntimo de su alma hizo acopio de rencor, y se juró que si la

suerte, la casualidad o su propia astucia se le mostraban favorables,

tomaría de don Juan espantosa venganza.

Dulce y sabrosa · 第 25 / 53 题