Estaba don Juan hacía pocos días de regreso en Madrid, tras una ausencia
de dos años y medio, semana más o menos, cuando una tarde, después de
almorzar como debe hacerlo quien vive en servicio del amor, no pudo
resistir a la tentación de abrir el balcón de su despacho y asomarse a
dar, apoyado en la barandilla, las primeras chupadas a un buen veguero.
Dos ideas ocupaban su imaginación: la primera mandar que buscasen y
avisasen a la célebre Mónica para que estuviese dispuesta a volver a su
servicio si la cocinera provisional no cumplía bien su sagrada
obligación; y la segunda, no permanecer ocioso en materia de amores,
para evitar lo cual, entre cada dos bocanadas de humo, dirigía unas
cuantas miradas a la casa de enfrente, donde vivía una viuda de
peregrina belleza, pero de tan fresca y reciente viudez, que don Juan no
juzgaba cuerdo empezar todavía su conquista. A pesar de ello, miró
discretamente varias veces hacia los visillos medio levantados, tras
cuya muselina se dibujaba la figura de la viuda, entretenida en hacer
labor. Acaso aquellas miradas fuesen estériles, mas también podían dar
resultado; porque hay galanterías, homenajes y aun simples
demostraciones de agrado, que son como letras de cambio a muchos días
vista.
Luego se vistió don Juan con su habitual elegancia, tomó de sobre una
mesa el sombrero, los guantes de piel de perro avellanados, con
pespuntes rojos, el bastón con puño de plata labrada, y se echó a la
calle deseoso de pasear, andando a la ventura y a lo que saliere, porque
a la sazón no tenía mujer determinada que le ocupase el ánimo.
Al cabo de media hora llegó a una de aquellas alamedas del Retiro que
empiezan junto a la _Casa de fieras_ y terminan en el estanque llamado
_Baño de la elefanta_.
El sol iba cayendo lentamente hacia la parte de Madrid, cuyas torres,
puntiagudas y negruzcas, aparecían envueltas en una atmósfera de polvo
luminoso, y a lo lejos se oía el rumor confuso de muchos ruidos juntos,
que semejaban la turbulenta respiración de la ciudad. La temperatura era
grata y el paseo estaba muy lucido, como si aquella tarde se hubiesen
citado allí las madrileñas más lindas y elegantes, al contrario de otros
días, en que parece que se congregan las cursis y feas para amargarnos
la vida, atormentarnos los ojos y hacernos dudar del Todopoderoso.
Don Juan miraba sin descaro, pero con bastante detenimiento a cuantas
pasaban cerca de él, y las miraba comenzando por abajo, es decir,
procurando verles primero los pies, luego el talle, y últimamente la
cabeza. Si aquéllos eran feos o muy grandes, no proseguía el examen; si
el cuerpo no era airoso, desviaba la vista: mujer en quien llegase a
investigar con la mirada el color del pelo, la forma del cuello o el
encaje de la cabeza sobre los hombros, podía mostrarse orgullosa de sus
pies y su cintura. Acaso resultara demasiado minucioso y rigorista en
estos exámenes; pero él los disculpaba diciendo que si a un caballo de
carrera se exigen innumerables cualidades para ser calificado de bello,
muchas más deben desearse reunidas en la mujer, que es lo principal de
la vida para todo hombre de mediano entendimiento.
En esta ocupación iba gratamente entretenido, cuando acertó a pasar a su
lado una señora elegantísima. Comenzó don Juan el examen.
Los pies de la dama eran de forma irreprochable, finos, algo elevados
por el tarso, ni tan largos como de bolera, ni tan cortos como de china,
y no calzados, afectando descuido, con zapatones a la inglesa, sino con
medias de seda roja y zapatos de charol a la francesa, de tacón un
poquito alto y sujetos con lazo de cinta negra. (Dicho sea de paso, don
Juan maldecía con sagrada indignación de la pérfida Inglaterra que, no
contenta con habernos robado a Gibraltar, ha hecho adoptar a nuestras
mujeres la aborrecible moda de los zapatos grandes.)
Aquella mujer no llevaba ridícula y dañosamente apretada la cintura; su
talle, sin que nada le oprimiera, resultaba en perfecta armonía de
líneas con las curvas que hacia arriba dibujaban el pecho y con las que
hacia abajo modelaban las caderas. El traje no podía ser más elegante.
Componíanlo falda negra y plegada en menudas tablas con primoroso arte,
abrigo corto de rico paño gris muy bordado, que se ajustaba
perfectamente a su hechicero cuerpo, y gran sombrero, también negro,
guarnecido de plumas rizadas, y velo de tul con motas que, fingiendo
lunares, sombreaba dulcemente su rostro. Vista de espalda, descubría por
bajo del sombrero gran parte del rodete bien prieto, formado por una
cabellera rubia oscura, surcada de hebras algo más claras, que, heridas
por la luz, parecían de oro. Su andar era pausado y firme; pisaba bien y
sus movimientos estaban animados por una gracia encantadora. Don Juan se
dio en seguida a pensar en lo bonita que estaría aquella mujer envuelta
en una bata lujosa, lánguidamente tumbada en una butaca, o vestida de
baile con los brazos desnudos, ceñido el cuerpo en sedas y encajes, o
mejor aún, en el momento de lavarse y peinarse, que es el instante más
favorable para saber si la belleza femenina está en aquel punto de sazón
y frescura que la hace ser la obra maestra de Dios.
Aquella mujer era de las que resisten el más minucioso análisis, de las
escogidas entre las hermosas, de las que redimen perversos o pervierten
santos, según se les antoja. Luzbel se hubiera hecho humilde por una
sonrisa de su boca, y el santo que vivió en el desierto, sin más
compañía que un cerdo, hubiera renunciado a su parte de paraíso a la
menor indicación que ella le hiciese de cenarse juntos el marrano.
Don Juan la miró primero de refilón, y en conjunto, luego por la
espalda, después de perfil, y, pareciéndole guapa, pasó junto a ella
para verla mejor. Entonces se quedó parado, cual si le hubiesen detenido
poniéndole una mano sobre el hombro, porque creyó conocerla, o, mejor
dicho, reconocerla. Su memoria le trajo al pensamiento un nombre en que
iban compendiados muchos recuerdos, pero la desconfianza le hizo decirse
en seguida: «No, no es ella..., con esa ropa... ¡imposible!». Sin
embargo, no se rindió a la duda, y tornó a mirarla. Ella ni aceleró ni
acortó el paso; la insistencia casi descarada de don Juan no descompuso
su tranquilo caminar de diosa vestida a la moderna; pero a la segunda
vez que le sintió pasar a su lado, alzó el manguito en que llevaba
metidas las manos, y se oprimió el velillo contra el rostro, como
queriendo recatarse, lo cual avivó en el hombre la curiosidad y la
sospecha. De pronto, ella, casi gritando, dijo:
--¡Ten cuidado, monín!
Hasta entonces no había notado don Juan que a pocos pasos delante de la
dama marchaba un pequeñuelo, de dos años a lo más, y una muchacha
vestida a lo niñera, cuyas ropas mostraban estar sirviendo en casa rica.
El niño iba hecho un pimpollo, cubierto todo el vestidito de cintas y
encajes, y la criada rodaba, para divertirle, un aro con cascabeles,
hacia los cuales él tendía las manecitas. Hubo un momento en que por
abalanzarse al juguete vacilaron sus pies, aún no hechos al ingrato
contacto de la tierra; estuvo a punto de caer, y entonces la madre
(porque debía de ser su madre), repitió sobresaltada:
--¡Cuidado, monín!
«¡Su voz!», pensó don Juan; mas en seguida, fijándose en el costoso
sombrero de la dama (harto sabía él lo que cuesta un sombrero de mujer),
añadió mentalmente: «¿Se habrá casado?» y esta suposición le hizo
sonreír, como burlándose de alguien. Después se puso serio, diciéndose:
«rara es la fruta que llega a los labios de su legítimo poseedor sin que
la hayan picoteado los pájaros».
Llevaba andada más de media alameda y aún no había don Juan logrado que
la memoria le aclarase las dudas sugeridas por el espectáculo de aquella
mujer. Apretó el paso, adelantose casi rozándole la falda, y a los diez
o doce metros se volvió y vino hacia ella, resuelto a mirarla como las
águilas miran al sol, cara a cara. Cruzáronse entonces las miradas de
ambos; ella permaneció impasible, serena, y con voz que denotaba
perfecta tranquilidad de ánimo, dijo a la niñera:
--Haga usted seña a Manolo para que arrime.
Entre mirarla y oírla no le quedó duda a don Juan; y fue tal la
impresión que le produjo ver confirmada su sospecha, que, parándose
involuntariamente, murmuró: «¡Cristeta!»
Tan claro pronunció este nombre, que ella no pudo menos de oírle; pero
no se le inmutó el semblante. Avanzó hacia la berlina que venía
siguiéndola, esperó a que se detuviese, y sin volver el rostro, abrió la
portezuela; en seguida dejó que montase la niñera, después levantó al
pequeñín en brazos para que aquélla lo acomodara sobre sí, y, por
último, subió ella, descubriendo algo más que el pie, con lo cual don
Juan quedó maravillado y suspenso, experimentando una impresión parecida
a la que debió de sentir Moisés cuando le enseñaron de lejos la tierra
prometida.
En el instante de arrancar el carruaje, la desconocida se alzó el
velillo.
Don Juan pudo dudar mientras vio el rostro al través del tul; pero toda
perplejidad quedó desvanecida al mirarlo libre de aquel adorno. ¡Qué
cara! Los ojos eran azules, oscuros, hermosísimos; la boca un poquito
grande, como hecha adrede para que se admirasen bien los dientes; el
color trigueño claro; las facciones delicadas; las orejas chicas; la
expresión de la fisonomía entre seria y picaresca; en conjunto, un tipo
popular realzado por una elegancia y dignidad exquisitas.
Se había perdido ya de vista el coche, y don Juan seguía inmóvil
pensando: «Esto es increíble. ¿Estará _con alguno_? Pero ¿y el niño?». Y
volvió a sonreír, porque aquellos grandes ojos de azul sombrío, aquella
graciosísima boca y airoso talle los había él contemplado muchas veces
de cerca, tan de cerca que se los sabía de memoria, como se saben las
cosas aprendidas a gusto. En un principio dudó por ver tales hechizos
rodeados de prendas costosas, lazos y perifollos caros. Una voz íntima
le había dicho, poco más o menos: «Zapatos, siete duros; abrigo, setenta
duros; medias de seda, seis duros; sombrero, veinte duros; manguito de
legítima nutria, qué sé yo cuántos duros»... etc., etc., y estas
etcéteras ascendían a mucho; por lo cual se decía don Juan: «Sí, ella
todo lo vale; cualquiera que tenga buen gusto se gastará en contentarla
el oro y el moro; pero ¿y el chiquillo?»
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Don Juan volvió a su casa muy pensativo. Por la noche fue al teatro, a
una tertulia, al club, y con nada logró distraerse. En los palcos, en
los salones, en el cuarto del tresillo, en todas partes creyó tenerla
delante de los ojos. Unos momentos le miraba cariñosa, otros le sonreía
burlona; de pronto se le borraba de la imaginación y surgía su propia
figura, la del mismo don Juan, en actitud de ir a coger amorosamente las
manos de Cristeta, que ella retiraba esquiva. A la fingida visión que
así gozaban los ojos, sucedía luego la ilusión de voces y palabras
confusamente recordadas: promesas, juramentos, ternezas; todo el
interminable repertorio de frases deliciosas que el diablo inspira a los
que van a pecar, están pecando o acaban de pecar.
Casi de madrugada se acostó con un periódico en la mano, según su
costumbre. Leyó y no entendió: letras, líneas, párrafos y columnas
bailaban trocando sus puestos y componiendo estupendos disparates. «Ha
sido detenido por blasfemo... el santo del día. CULTOS: en las
Calatravas... la _Traviata_» y otras incongruencias por el estilo. De
pronto, extendiendo el brazo, mató de un periodicazo la bujía; después
su espíritu fluctuó largo rato entre vigilia y soñolencia, y comenzaron
a borrársele las ideas, sustituyéndose los antojos de lo soñado a las
impresiones de lo real.
E imaginó ver una figura de mujer hermosísima, que surgía de entre un
macizo de plantas tropicales, intensamente iluminadas por la batería del
gas de un escenario, y envuelta en humo rojizo de bengalas. Estaba medio
desnuda y circundada de resplandor vivísimo, destacando las gallardas
líneas y el blanco bulto de su cuerpo sobre un amplísimo manto rojo que
le pendía de los hombros. Era ninfa de apoteosis zarzuelesca, profanada
por el carmín barato, los polvos de arroz y el arrebol; aprisionadas las
formas en lascivas mallas; pero en su rostro no se dibujaba la sonrisa
forzadamente sensual de la comiquilla aventurera. No estaba provocativa
y desapudorada, sino bellísima y muy seria. De pronto comenzó a sonar
una música suave y mortecina, a intervalos interrumpida por
reminiscencias de giros canallescos. Luego un caballero en quien don
Juan se reconocía, salía precipitadamente de un palco proscenio, bajaba
una escalera ancha, atravesaba un patio, subía otra escalera muy
estrecha, cruzaba un pasillo lleno de mujeres, unas sudorosas, otras
tiritando, todas casi desnudas, y sin hacer caso de ellas ni de sus
dicharachos y sus risas, se detenía ante una puerta, sobre la cual
estaba escrito este letrero:
_Señorita Moreruela._
El caballero daba en la puerta unos golpecitos con el puño del bastón;
oíase una voz que decía: «Espera...»
Don Juan quedó profundamente dormido.