Madrid, Abril de 1909.
_Figúrate, lector, que vuelves a tu casa mohíno y aburrido, lacio el
cuerpo, acibarado el ánimo por la desengañada labor del día. Cae la
tarde; el amigo a quien esperas, no viene; la mujer querida está lejos,
y aún no te llaman para comer. Luego el tiempo cierra en lluvia; y tú,
apoyada la frente en la vidriera del balcón, te aburres viendo la
inmensa comba de agua que se desprende de las nubes. Llegada la noche,
el viento gime dolorosamente formando eco, y acaso despertando las
tristezas de tu alma... No quieres dormir ni tienes sueño, y recelas que
al reclinar la cabeza en la almohada se pueble tu pensamiento de
recuerdos amargos y esperanzas frustradas. ¿A quién le faltan en la vida
días negros, estériles para el trabajo, en que la soledad trae de la
mano a la melancolía?_
Contra ellos está escrito este libro, que, entre desconfiado y medroso,
dejo pasar de mis manos a las tuyas. Recíbelo, no como novela que mueve
a pensar, sino como juguete novelesco, contraveneno del tedio y engañifa
de las horas.