Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de s

ALMA VASCA

ITINERARIOS ESPAÑOLES

ALMA VASCA

POR

JOSÉ M. SALAVERRÍA

(SEGUNDA EDICIÓN)

[Imagen]

MADRID

LIBRERÍA Y EDITORIAL RIVADENEYRA

Avenida del Conde Peñalver, 8

PROPIEDAD

DERECHOS RESERVADOS

[Imagen:

_Elías Salaverría, pint._

RETRATO DEL AUTOR]

I

LA INMENSIDAD VERDE

[Imagen:

_Darío Regoyos, pint._]

Bello rincón del Cantábrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y

jugosidad, y tienes la profunda seducción que el marino de raza conoce:

nostalgia y encanto de pleno mar.

Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso,

veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, cañadas y vallecicos,

no puedo decir propiamente que mi impresión sea entonces intelectual,

porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una

sensación de delicia casi exclusivamente sensual. ¡El alma se asoma

entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta

fijeza de los ojos!

Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben

el verdor del paisaje, y todo el sér queda convertido en una blanda cosa

tierna, amable, verde. Todo es verdura allá abajo. Y la misma altitud

desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de

admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de

Navidad, como en una demostración idílica.

Lo idílico es lo particular de la naturaleza cantábrica, desde Galicia

al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan

con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y

vence el idilio, en su acepción infantil y femenina.

A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el

lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de

los elementos clásicos que componen un cuadro de égloga falta allí; el

prado de terciopelo, el manzanal simétrico, el bosquecillo de castaños,

la huerta, el arroyo en la hendidura de la cañada, y, finalmente, el

hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva

expresión de paz bucólica.

Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso

excesivamente de cromo o de lección elemental de dibujo, se repite hasta

el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y

casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaños: todo

eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del país,

especialmente en su proximidad a la costa.

De ese paisaje está sin duda llena el alma, porque él nutrió las

primeras contemplaciones de la niñez. Es el _leitmotiv_ de los recuerdos

adolescentes, los más importantes de la vida y los que en suma prestan

carácter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de égloga, junto a la

grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espíritu, a

la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias

trascendentales.

¿Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e

idílica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso.

Su blandura demasiado fácil, su poco de banalidad, y algo como un abuso

de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es

un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentación del

conformismo. Invita a un epicureísmo fácil y tiene, por tanto, el

riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa

de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantábrico, desde Galicia

al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fácilmente

en la simplicidad y en la ñoñez. Y esto explica acaso el por qué las

figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han

actuado en su propio país. El vasco es un hombre de emigración, y el

país vasco es ante todo un almácigo de energías humanas que fructifican

en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor

prueba al genio vasco, quizá por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso

Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario.

Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y más lejos, al

fondo, el vago azul de las severas e ingentes montañas. La inmensidad de

ese verdor tierno recién humedecido de lluvia e iluminado por un sol

risueño que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor

concluye por empaparme todo el sér y enternecerme...

Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en

matices, monótono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo

húmedo; pero el alma no desea más. Es lo suficiente para descansar.

Destínese a otros paisajes la trascendencia, el vigor caliente, la

sorpresa y complicación de los matices; el paisaje que ven mis ojos y

que empapa mi sér de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno

en el que no buscamos la complicación, sino un amable reposo.

Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del

verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se

está oyendo sonar el tamboril.

II

EL CEREMONIOSO TAMBORIL

[Imagen:

_Alberto Arrue, pint._]

A primera hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y

sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas,

unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una

verja; un guardia civil, paseando por los soportales, descifra las

noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la

vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de

un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable,

como gesto y como factura.

De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer

las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos

tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan

pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas

las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la

vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso!

Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi

mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por

todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de

tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por

los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al

pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola

sugeridora.

Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus

recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la

adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes

dominicales, entre la lluvia insistente que envolvía a los bailadores:

muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de

parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros,

vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros,

con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban

las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y

llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra

varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con

las chicas.

Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza

principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad.

Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su

alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con

paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la

suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la

plaza hacia el palco de la presidencia.

Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que

cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento,

y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se

yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un

lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.

¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué

genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los

tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se

somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y

vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz

pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su

voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee

el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares.

Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su

música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero

esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de

su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo

determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al

pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en

tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin

estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y

librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!

En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles

con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la

plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha recobrado su

sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música,

de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino

promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no

muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo

sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de

aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres

continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee

su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo

justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y

su tricornio legislativo a la cabeza.

Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su

escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene

pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde

un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras.

Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el

tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de

entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del

siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias

españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas,

cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades

extendíase a las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los

usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando

los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores.

Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas

por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.

¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en

la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de

montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto

no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir

entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen

de pie...

Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más

sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles,

han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como

empapado de unción cívica.

III

DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO

[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]

La música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi

sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria

del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del

pueblo.

En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes

tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios

de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van

llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas

solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de

la música tradicional.

Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable

Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo,

para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el

Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero

de selvas.

De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el

precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son

orgiástico de la _Cale-gira_, y que llevan detrás, delante,

entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos

por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz

de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla

con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.

Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y

brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo

abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera

Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal

contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el

ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en

cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja...

Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma

se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.

¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y

lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y

como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como

la mesa henchida de un banquete!

Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza,

y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las

flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el

tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca

tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan

los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan

anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras

los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El

tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia

dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos

bruscos, brincos sonoros...

Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un

cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la

sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada

bajo el tenue azul del cielo.

Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos

charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el _Cale-gira_, especie

de ronda o marcha a través de las calles. Los mozos se agarran de las

manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las

muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos

juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en

largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado

son de las alegres y ruidosas charangas.

Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que

trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de

Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la

más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los

helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y

los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde

en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al

fin, a una mera _tentativa_ báquica...

Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos

de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas,

en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo

inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor

desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de

divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!

Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor

misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmáticas, mudas de miedo

de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una

voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el

pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y

pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las

montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus

tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente.

Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y

graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al

ardiente Dyonisos...

IV

JUNTO A LA CARRETERA

[Imagen: _Arteta. pint._]

Mi primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la

carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de

vagabundo, pone en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que

me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines

desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje

que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.

Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las

del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de

caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las

quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas

que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el

alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía.

Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas

universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en

nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e

imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y

dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes

trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o

el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias.

Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la

trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de

intimidad.

Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con

especial agrado el _¡aidá!, ¡aidarí!_ de los boyeros, que bajan con sus

carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las

ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que

son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar,

especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la

venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: _¡aufá!_...

También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los

bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno,

deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino

navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero

espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego,

enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. _¡Aidarí,

motza!_

Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando

vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de

áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la

tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la

venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el

boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante

la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme,

¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los

domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado

de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al

beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel

vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.

También llegan los troneras del villorrio. Conocen los _couplets_ de

moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del

domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de

socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto

saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de

Vilinch, un _couplet_ de la Argentinita y un trozo de ópera italiana.

También saben tocar el acordeón.

¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece

un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida

adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los

puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón,

tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales,

nostálgicas hasta el llanto.

En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un

poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede

cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue

penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce

tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro

ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la

puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y

adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que

invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.

V

CATALIÑ

[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]

Todas las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca,

ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y

es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una

expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los

encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace

deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear.

Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la

perturban deliciosamente. Y mientras los boyeros, con malicia cazurra,

aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda

ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas

un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores,

entonces brillan como dos animadas joyas.

¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del

contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le

basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad,

tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto

caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran

pradera, al pie de una montaña.

Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en

cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida

leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno.

El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su

paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando

el pan más crugiente de todos.

¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las

dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su

rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué

dulce, qué humana, qué femenina voz de perla!

Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas,

parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la

presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos

clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no

logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y

como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena

montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive

pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se

adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin

embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más

consumada humanidad.

Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus

ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y

olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza

ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y

que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos

resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que

vale siempre, virgen.

Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós,

frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado

semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y

exclamando una última frase con su tierna voz engolada, ingenuamente

pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella

Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles

te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás

el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan

bellas y fragantes como tú!...

VI

LOS REMEROS OLIMPICOS

[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]

En la finura un poco decadente con que termina el estío en el

Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San

Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no

existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación

dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.

¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las

entrañas a la gente vascongada, como interesa la «estropada» de

traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto

por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la

apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno

entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del

mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de

los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.

La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre

que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del

Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres

de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae

su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo

precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus

pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus

corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de

los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud

material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas

milagrosas, las agudas traineras!

Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al

empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque,

las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos

sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble

camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un

verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la

inminente señal del Jurado.

Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los

hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un

aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los

humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin

cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus

velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando,

vociferando con el alarido de sus sirenas.

Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal

vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y

angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico,

Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de

repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado,

las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas,

como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas

blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor,

qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo!

¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se

arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y

persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se

acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace

con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi

angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más,

por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y

vuestros amigos!

Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes

ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra,

movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son,

frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al

premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar,

verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están

cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota,

dejan en ellos una huella imborrable.

Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un

frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas.

Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los

bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si

los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al

ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente

pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a

los puntos más vivos de la virilidad.

No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente

bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el

vano de las almenas...

Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los

malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan

y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los

cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres

manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros

angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un

valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!

La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la

aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el

vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza

hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo

ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan

mucho entre los vascongados.

Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco

que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que

estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una

plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado

salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del _box_. El inglés le

aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería.

Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos

manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos:

«¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el

marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte

un leño.

Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez,

no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El

juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los

sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un

origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial

característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del

frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño

y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la

vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y

bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil,

mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia,

tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.

Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a

las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa,

corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas

divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de

sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los

cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la

pugna, que por el logro de la práctica pesca...

Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea,

el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie,

hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus

luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora

mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de

todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido

esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor

al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).

VII

ELOGIO DEL MAR CANTABRICO

[Imagen: _Tellaeche, pint._]

Cómo se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia

volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una

emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que

necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.

Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no

poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué

terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela

es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua

infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con más

fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido

su recuerdo.

Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para

decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar

quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros

chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.

El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión

nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi

cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad

pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos

ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la

ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así

que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el

mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.

El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que

intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los

acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes.

Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para

ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos

adolescentes.

Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina

y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como

un sentimiento nostálgico, sonante como una música.

Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en

esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen

sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban

las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:

Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color

de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas

clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes

alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y

agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto;

distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.

Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de

sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal

vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una

marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la

plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de

una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.

Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos

aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y

lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las

sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad

líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo

invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.

Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación

de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de

fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo

de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas

potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses;

cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno

despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su

espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises,

teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...

¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!

VIII

EL RIO DINAMICO

[Imagen: _Alberto Arrue, pint._]

El viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla

de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y

he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire

una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes

se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el

río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de

escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río

tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.

Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los prados de las

tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: _Ibaizabal_. Le

llaman, pues, _Río ancho_, y la hipérbole campesina hace reír un poco.

Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las

mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que

le sienta bien. ¡Nervión!

Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de

emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso,

sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus

riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España

otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el

Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de

Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces

históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y

de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha

opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en

los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin

embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río

parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en

un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo.

Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión

es un río dinámico; el río moderno; el río maquinista, industrial,

ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He

acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el

Nervión es una persona que tiene un alma.

Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que

llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao

es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen,

Rotterdam, Amberes.

¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad

Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o

Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la

modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a

caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y

se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos

cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no

es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que

empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.

A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y

caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada

menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara

brutalidad americana, inglesa o anseática. Un _chalet_ sobre un barracón

inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros;

una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico

frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si

deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan.

Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a

las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre

la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es

aprovechada casi con angustia.

Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente

el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo

fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río

yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis

del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros

ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el

Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros

hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son

nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.

Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro

de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando

un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.

Desde el _restaurant_ de un club elegante, por la ventana entreabierta,

sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo,

próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien,

sucesivamente.

Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en

actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo,

los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de

monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién

laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción

vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita

a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia

y de vida irreparable, irresistible.

Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe,

entra mansamente en el mar.

IX

ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS

[Imagen: _Ramón Zubiaurre, pint._]

Los pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los

cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un

paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas

y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en

alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma

y expresión a un paisaje.

Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los

pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí

contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una

imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y

exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo

Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas

torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los

prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me

representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles

florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas

armoniosas.

El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de

los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en

el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una

flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el

castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino

algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que

está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el

paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale

del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos

observa y sigue desde lejos.

¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario

angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros,

rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y trémulos

por el estremecimiento perezoso de las palmeras!

Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la

nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la

visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos,

sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor

por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y

culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una

esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por

aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se

completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de

Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio

ha trocado en una cosa inmunda!

Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los

solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de

sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura

sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano

florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado

de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y

dominándolo todo, la torre eclesiástica.

Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus

cupulillas de piedra en la simetría verde de los campos. ¡Con qué

inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética

ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas

están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma

vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como

bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se

ilustre verdaderamente.

A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo

antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de

todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no

tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto

de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se

achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el

sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos

a la idea de la cultura y de lo universal.

X

EL VIENTO DEL SUR

[Imagen: _A. Arrue. pint._]

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