La familia de Solís continuaba incomunicada con sus vecinos.
Sólo entraban en aquella casa D. Casimiro y el fraile. Éste, á pesar de
sus consejos, había sabido ingeniarse, volver á la gracia y recobrar la
confianza de aquella adusta señora. No es tan llano desechar á un
director espiritual, á quien se tiene por santo ó poco menos, aunque
este director nos contraríe, y sobre todo haga cosas opuestas á nuestro
modo de pensar. La mayor falta del padre Jacinto, lo que apenas acertaba
á explicarse Doña Blanca, era que aquel virtuoso varón, aquel hijo de
Santo Domingo de Guzmán, fuese tan íntimo amigo de un hombre á quien
debía más bien llevar á la hoguera, si los tiempos no estuviesen tan
pervertidos y la cristiandad tan relajada.
Doña Blanca no se calló sobre este punto, y varias veces manifestó al
fraile su extrañeza; pero el fraile le contestaba:
--Hija mía, piensa lo que se te antoje. Yo no quiero calentarme la
cabeza explicándotelo. Bástete saber que yo tengo á D. Fadrique por muy
amigo, aunque incrédulo, como él me tiene por muy amigo, aunque fraile.
Cavilando en ello me asusto, y prefiero no cavilar. No quiero dar por
seguro que haya en las almas humanas algo que, á pesar de la radical
oposición de creencias, sea lazo de unión amistosa y constante y
fundamento de alta estimación mutua.
--Vaya si hace V. bien en no cavilar --contestaba Doña Blanca.-- No
cavile V., no venga á caer en herejía al cabo de sus años, fantaseando
algo más esencial, más sublime que la creencia religiosa.
--No caeré en herejía --replicaba el fraile, que ya hemos dicho que era
muy desvergonzado;--no caeré en herejía cuando tú no caíste. Nunca mi
amistad será más inexplicable que lo fué tu amor.
Con esto Doña Blanca exhalaba un suspiro, que tenía su poco de bufido, y
se amansaba y se callaba.
Por lo demás, el padre Jacinto era leal y no abusó de su derecho de
hablar en secreto con Clarita para excitarla en contra de la boda con
Don Casimiro.
Sólo una noticia se atrevió á dar á Clarita por instigación de D.
Fadrique: que D. Carlos, amonestado por el Comendador, se había vuelto á
Sevilla con sus padres.
De esta suerte, Clarita hubo de tranquilizarse y no sobresaltarse de no
ver á D. Carlos por la mañana en la iglesia. Á quien vió varias veces
casi en el mismo lugar en que D. Carlos se colocaba fué al Comendador,
cuya maldad su madre le había ponderado, y que ella se inclinaba
irresistiblemente á creer bueno.
El Comendador, como en desagravio de haber tenido olvidada tantos años
aquella prenda de su amor, no se contentaba con disponerse á hacer por
ella un gran sacrificio, sino que ansiaba verla y admirarla, aunque
fuese á distancia.
Así iban lentamente los sucesos, cuando una mañana, en que Doña Antonia
había tenido una de sus jaquecas y no se hallaba con gana de salir,
Lucía fué á paseo sola con el Comendador. Ambos llegaron á la fuente ó
nacimiento del río que ya conocemos. Sentados á la sombra del sauce,
oyendo el murmullo del agua, hablaron de las estrellas, de las flores,
de mil diversas materias, hacia donde el tío procuraba llevar la
atención de su sobrina, para distraerla de su curiosidad sobre los
asuntos de Clara.
Lucía, no llegando á distraerse lo bastante, dijo por último:
--Tío, V. va á hacer de mí una sabia. Á veces me habla V. del sol y de
lo grande que es y de cómo atrae á los planetas y cometas; y á veces me
describe los abismos del cielo, y me señala las más hermosas estrellas,
y me declara sus nombres y la inmensa distancia á que están de nosotros,
y el tiempo que tardan los rayos alados de su luz en herir nuestras
pupilas. Todo esto me deleita y pasma, haciéndome concebir más adecuado
concepto del infinito poder de Dios. También me ha explicado V.
misterios extraños de las flores, y esto me ha interesado más,
infundiéndome en el alma superior idea de la bondad y sabiduría del
Altísimo. Pero desechando el disimulo, recelo que V. no me instruye
tanto sino para no responder á mis preguntas sobre sus proyectos de V.
acerca de Clarita. Tal sospecha, lo confieso, me quita las ganas de oir
las lecciones de V., que de otro modo me entusiasmarían; tal sospecha
disminuye el valor de dichas lecciones, que se me figuran interesadas y
maliciosas: más que medio de enseñarme, me parecen medio de embaucarme.
--La malicia la pones tú, sobrina--respondió el Comendador.--Yo procedo
con la mayor sencillez. Cuanto hay que saber de Clarita lo sabes mejor
que yo. ¿Qué puedo añadir á lo que tú sabes?
--Oiga V., tío: aunque niña, no soy tan fácil de engañar. Aquí hay
varios puntos obscuros, inexplicables, y yo no sosiego hasta que todo me
lo explico.
--Pues ya estás aviada, hija mía, si no te sosiegas hasta que halles la
explicación de todo. Condenada estás á desasosiego perpetuo.
--No confundamos las especies. Yo me aquieto sin explicación sobre
muchos puntos en que usted, por desgracia, no se aquieta. No hablo de
eso. Hablo de materias más llanas y más al alcance de mi inteligencia.
En éstas requiero explicación, y sin explicación no hay reposo. ¿Qué
diablo de palabra enrevesada fué aquélla de que se valió V. el otro día
para significar una suposición que se forja uno para explicar las cosas,
y que se da por cierta, cuando las explica?
--Esa palabra es _hipótesis_.
--Pues bien; yo no hago más que forjar hipótesis á ver si me explico
ciertas cosas. ¿Quiere usted que le exponga alguna de mis hipótesis?
--Exponla.
El Comendador respondió aparentando serena indiferencia al dar aquel
permiso; pero se puso colorado, y tuvo miedo de que Lucía, por arte
mágica ó poco menos, hubiese adivinado el lazo que unía á Clara con él.
Lucía, prevaliéndose del permiso y animada con lo poco de turbación que
en su tío advirtió, expuso así una de sus hipótesis:
--Pues, señor, yo me cegué al principio por exceso de vanidad. Pensé que
el cariño de tío que V. me tiene le llevaba, para complacerme, á mirar
con interés á Clori y á Mirtilo, y á procurar e buen fin de sus amores.
Ya he variado de opinión. Ya la hipótesis es otra. El interés de V. es
demasiado para ser de reflejo. Noto también que es muy desigual: menos
que mediano por Mirtilo; inmenso por Clori. ¡Ay, tío, tío! ¿Si querrá V.
jugar una mala pasada al pobre zagal? Todo se sabe. Pues qué, ¿cree V.
que no ha llegado á mi noticia que se ha hecho V. devoto (¡ojalá fuese
de buena ley la devoción!) y que toditas las mañanas de madrugada va V.
á la iglesia Mayor á misa primera?
--Sobrina, no disparates, --interrumpió el Comendador.
--Yo no disparato. Hallo extraña, para explicada sólo por una simpatía
cualquiera, esa devoción de V., y recelo que la santita que se la
infunde ha cautivado á V. con más dulces cadenas que las de la piedad.
--Te repito que no disparates --volvió á decir el Comendador poniéndose
muy serio.-- Confieso que es difícil de explicar el extraordinario
cariño que Clarita me infunde. Aseguro, no obstante, por mi honor, que
nada tiene de lo que tú imaginas. Si me quieres tú un poco, y si me
respetas, te suplico, y si crees que puedo mandarte, te mando que
apartes de tí ese pensamiento. Yo quiero á Clarita, aunque entre ella y
yo no median los vínculos de la sangre, del mismo modo que te quiero á
tí, que eres mi sobrina: con amor casi paternal, con el amor que es
propio de los viejos.
--¡Pero si V. no es viejo, tío!
--Pues aunque no lo sea. No amo á Clarita de otro modo. Y si esto sigue
pareciéndote raro, no caviles ni busques más hipótesis para explicártelo
satisfactoriamente.
--Está bien, tío. Suspenderé mis tareas de forjar hipótesis.
--Eso es lo más prudente.
--Ya que no valen las hipótesis, ¿vale hacer preguntas?
--Hazlas.
--¿Persiste V. en favorecer los amores de Mirtilo?
--Persisto y persistiré mientras Clara crea yo que le ama.
--¿Espera V. triunfar de la tenacidad de Doña Blanca é impedir la boda
con D. Casimiro?
--Lo espero, aunque es difícil.
--¿Me atreveré á preguntar de qué medios va V. á valerse para vencer esa
dificultad?
--Atrévete; pero yo me atreveré también á decirte que esos medios no
tienes tú para qué saberlos. Confía en mí.
-Aunque V., tío, está tan misterioso conmigo, que todo se lo calla, voy
á portarme con generosidad: voy á revelar á V. mis secretos. Sé que Don
Carlos de Atienza le escribe á V. También á mí me ha escrito. Pero V. no
ha hecho lo que yo. V. no ha puesto al pobre desterrado en comunicación
con Clara: yo sí. Yo he escrito á Clara tres cartas nada menos, y á
fuerzas de súplicas he logrado que el P. Jacinto se las entregue. En mis
cartas copio á Clara algunos párrafos de los que me ha escrito D.
Carlos.
--Ese secreto le sabía en parte. El P. Jacinto me había dicho que había
entregado tus cartas.
--Pues, ¿vaya que no sabe V. otra cosa?
--¿Qué?
--Que Clara me ha contestado. La contestación vino ayer por el aire,
como la carta primera que juntos leímos.
--¿Tienes ahí la nueva carta?
--Sí, tío.
--¿Quieres leerla?
--No lo merece V.; pero yo soy tan buena, que la leeré.
Lucía sacó un papel de su seno.
Antes de leer, dijo:
--En verdad, tío, esto me pone muy cuidadosa y sobresaltada. Clara, en
los días que lleva de soledad, ha cambiado mucho. ¡Hay en su carta tan
singular exaltación, tan profunda tristeza, tan amargos pensamientos!...
--Lee, lee --dijo el Comendador con viva emoción. Lucía leyó como
sigue:
"Amada Lucía: Mil gracias por todo cuanto estás haciendo por mí. Sería
yo desleal si te ocultase nada de lo que siento. Ni al P. Jacinto me he
confiado hasta ahora; pero á tí todo te lo confío. En mi ser pasa algo
de extraño, que no acierto á entender. Quiero aún á D. Carlos. Y, no
obstante, conozco que no debo darle esperanzas; que no debo casarme con
él nunca; que me toca obedecer á mi madre, la cual anhela mi boda con D.
Casimiro. Pero lo singular es que ha entrado en mi alma, en estos días,
un sentimiento tan hondo de humildad, que hasta de D. Casimiro me hallo
indigna. Á solas conmigo he penetrado en el fondo de mi conciencia y me
he perdido allí en abismos tenebrosos. Cuando mi madre, que es buena y
me ama, encuentra en mí no sé qué levadura, no se qué germen de
perversión, no sé qué mancha más negra del pecado original que en las
demás criaturas, razón tendrá mi madre. Sí, Lucía: quizás en este pecho
mío, en apariencia tranquilo; bajo la inocencia y superficial sencillez
de mis pocos años, van adquiriendo ya ser y vida vehementes y malas
pasiones, como nido de víboras bajo apiñadas rosas. Lo conozco: mi madre
tiembla por mí; recela de mi porvenir, y tiene razón. Yo me examino, me
estudio y me asusto. Descubro en mí la propensión, difícil de resistir,
á todo lo malo. Veo mi maldad nativa y mi inclinación al pecado por
instinto. ¿Como comprender de otra suerte que yo, educada con tanto
recogimiento y en tan santa ignorancia de las cosas del mundo, haya
tenido la diabólica malicia de ponerme en relaciones con D. Carlos, de
hacerle creer que le amaba, mirándole sólo (figúrate con qué perversidad
le miraría), y de atraerle hasta aquí, obligándole á que me siguiera, y
todo con tan infernal disimulo, que mi madre nada sabe? Todavía, si es
posible, hay en mí algo peor. Lo noto, lo percibo y no sé, ni quiero, ni
me atrevo á examinarlo. Lo que sí te declararé es que para mí el mundo
ha de ser más peligroso que para otras mujeres, por naturaleza mejores.
Lo que no hay en mí por naturaleza debo pedirlo por gracia al cielo. En
él cifro mi esperanza. Procede, pues, que yo me aparte del mundo y
busque el favor del cielo. Ya sabes tú cuánto he repugnado hasta aquí
entrar en religión. No me juzgaba merecedora de ser esposa de Cristo. En
esto no he variado, sino para juzgarme aún menos merecedora. En lo que
sí he variado es en reconocer que, por mala que sea una persona, jamás
debe desesperar de la bondad de Dios. Su Divina Majestad, si hago una
vida santa, si me arrepiento, si me mortifico durante el noviciado, me
dará fuerzas y merecimientos después para tomar el velo, sin que sea
insolente audacia tomarle. Nada he dicho aún á nadie de esta reciente
resolución; pero estoy decidida. Hablaré de esto al padre Jacinto para
que él hable á mi madre, la convenza de que me conviene y quiero ser
monja, y en vista de mi resolución desengañe á D. Casimiro. Desengaña
tú, desde luego, al infeliz D. Carlos. No te niego que le he querido,
que le quiero aún; pero no se lo digas. Díle que quiero á otro; que en
mi corazón hay un inmenso vacío, donde reinan pavorosas tinieblas. No
basta D. Carlos á llenar ni á iluminar este vacío, y si Dios no le llena
y le ilumina, me moriré de miedo, y lo menos doloroso que ocurrirá será
que le llene mi perturbada imaginación con espectros horribles que
surgen de mi atribulada conciencia. Adiós."