XVI

Cuando ocurrían los sucesos que vamos refiriendo, no había tantas

carreteras como ahora. Desde Villabermeja á la ciudad puede hoy irse en

coche. Entonces sólo se iba á pie ó á caballo. El camino no era camino,

sino vereda, abierta por las pisadas de los transeuntes racionales é

irracionales. Cuando había grandes lluvias, la vereda se hacía

intransitable: era lo que llaman en Andalucía un camino real de

perdices.

Poseía el padre Jacinto una borrica modelo por lo grande, mansa y

segura. En esta borrica iba y venía siempre, como un patriarca, desde

Villabermeja á la ciudad y desde la ciudad á Villabermeja. Un robusto

lego le acompañaba á pie. En el viaje que hizo á la ciudad, al día

siguiente de su largo coloquio con el Comendador, le acompañó, á más del

lego, un rústico seglar ó profano, para que cuidase la corza.

Seguido, pues, de su lego, de la corza y del rústico, y caballero en su

jigantesca borrica, el padre Jacinto entró sano y salvo en la ciudad á

las diez de la mañana. Como el convento de Santo Domingo está casi á la

entrada, no tuvo el padre que atravesar calles con aquel séquito. En el

convento se apeó, y apenas se reposó un poco, se dirigió á casa de D.

Valentín Solís, ó más bien á casa de Doña Blanca. El cuitado de D.

Valentín se había anulado de tal suerte, que nadie en el lugar llamaba á

su casa la casa de D. Valentín. Sus viñas, sus olivares, sus huertas y

sus cortijos eran conocidos por de Doña Blanca, y no por suyos. Aquella

anulación marital no había llegado, con todo, hasta el extremo de la de

algunos maridos de Madrid, á quienes apenas los conoce nadie sino por

sus mujeres, cuya notoriedad y cuya gloria se reflejan en ellos y los

hacen conspicuos.

Pero dejemos á un lado ejemplos y comparaciones, que pueden tomar

ciertos visos y vislumbres de murmuración, y sigamos al P. Jacinto, y

penetremos con él en casa de Doña Blanca, donde tan difícil era entrar

para el vulgo de los mortales.

Merced á la autoridad del reverendo, y siguiéndole invisibles, todas las

puertas se nos franquean.

Ya estamos en el salón de Doña Blanca. Clara borda á su lado. D.

Valentín, á respetable distancia y sentado junto á una mesa, hace

paciencias con una baraja. D. Casimiro habla con la señora de la casa y

con su hija.

Los lectores conocen ya á D. Casimiro, como si dijéramos de fama, de

nombre y hasta de apodo, pues no ignoran que para D. Carlos, Lucía,

Clara y el Comendador, era _el viejo rabadán_. Veamos ahora si logramos

hacer su corporal retrato.

Era alto, flaco de brazos y piernas y muy desarrollado de abdomen; de

color trigueño, poca barba, que se afeitaba una vez á la semana, y los

ojos verde-claros y un poquito bizcos. Tenía ya bastantes arrugas en la

cara, y el vivo carmín de sus narices no armonizaba bien con la palidez

de los carrillos. En su propia persona se notaba poco esmero y aseo;

pero en el traje sí se descubrían el cuidado y la pulcritud que en la

persona faltaban, lo cual denotaba desde luego que D. Casimiro más se

cuidaba la ropa por ser ordenado, económico y aficionado á que las

prendas durasen, que por amor á la limpieza. Iba vestido muy de hidalgo

principal, si bien á la moda de hacía quince ó veinte años. Su casaca,

su chupa, sus calzones y medias de seda no tenían una mancha, y si

tenían alguna rotura, ésta se hallaba diestra y primorosamente zurcida.

Gastaba peluca con polvos y coleta, y lucía muchos dijes en las cadenas

de sendos relojes que llevaba en ambos bolsillos de la chupa. Su caja de

tabaco, que él mostraba de continuo, pues no cesaba de tomar rapé, era

un primor artístico, por los esmaltes y las piedras preciosas que le

servían de adorno. Al hablar usaba D. Casimiro de cierta solemnidad y

pausa muy entonada; pero su voz era ronca y desapacible, asegurándose

provenir esto en parte de que no le desagradaba el aguardiente, y más

aún de que en su casa y despojado de las galas de novio ó de

pretendiente amoroso, fumaba mucho tabaco negro.

La expresión de su semblante, sus modales y gestos no eran antipáticos:

eran insignificantes; salvo que no podía menos de reconocerse por ellos

en D. Casimiro á una persona de clase, aunque criada en un lugar.

Se advertía, por último, en todo su aspecto, que D. Casimiro debía de

padecer no pocos achaques. Su mala salud le hacía parecer más viejo.

Dado á conocer así somera, y no favorablemente, por desgracia, podemos

ya lisonjearnos de conocer á cuantas personas ocupaban la sala cuando

entró en ella el padre Jacinto.

Doña Blanca, Clarita, D. Valentín y D. Casimiro se levantaron para

recibirle, y todos le besaron humildemente la mano. El padre estuvo

sonriente y amabilísimo con ellos, y á Clarita le dió, como si no fuese

ya una mujer, como si fuese una niña de ocho años, y con la

respetabilidad que setenta bien cumplidos le prestaban, dos palmaditas

suaves en la fresca mejilla, diciéndole:

--¡Bendito sea Dios, muchacha, que te ha hecho tan buena y tan hermosa!

--Su merced me favorece y me honra --contestó Clarita.

Doña Blanca se lamentó del mucho tiempo que el padre había estado sin

venir de Villabermeja, y todos le hicieron coro. Se trató de que el

padre tomase algo hasta la hora de comer, y el padre no quiso tomar

nada, salvo asiento cómodo. Desde su asiento habló de mil cosas con

animada y alegre conversación, resuelto á aguardar allí á que Don

Casimiro se fuese y á que D. Valentín y Doña Clara despejasen, para

hablar á solas con Doña Blanca.

Doña Blanca adivinó la intención del fraile, entró en curiosidad, y

pronto halló modo de despedir á D. Casimiro y de echar de la sala á D.

Valentín y á Clarita.

Verificado ya el despejo, dijo Doña Blanca:

--Supongo y espero que, después de tan larga ausencia, honrará V.

nuestra mesa comiendo hoy con nosotros.

El P. Jacinto aceptó el convite, y Doña Blanca prosiguió:

--He creído advertir que estaba V. impaciente por hablarme á solas. Esto

ha picado mi curiosidad. Todo lo que V. me dice ó puede decirme me

inspira el mayor interés. Hable V., padre.

--No eres lerda, hija mía --contestó éste.-- Nada se te escapa. En

efecto, deseaba hablarte á solas. Y lo deseaba tanto, que dejo para

después de tu comida, que acepto gustoso, dejo para sobremesa la

aparición de un objeto que traigo de presente á nuestra Clarita, y que

le va á encantar. Figúrate que es una lindísima corza, tan mansa y

doméstica, que come en la mano y sigue como un perro. Pero vamos al

caso: vamos á lo que tengo que decirte. Por Dios, que no te incomodes.

Tú tienes el genio muy vivo: eres una pólvora.

--Es verdad; yo soy muy desgraciada, y los desgraciados no es fácil que

estén de buen humor. V., sin embargo, no tiene derecho á quejarse del

mío. ¿Cuándo estuve yo, desde que nos tratamos, desabrida y áspera con

V.?

--Eso es muy verdad. Convendrás, con todo, en que yo no he dado motivo.

Yo no soy como otros frailes, que se meten á dar consejos que no les

piden, y quieren gobernar lo temporal y lo eterno, y dirigirlo todo en

cada casa donde entran. ¿No es así?

--Así es. Más bien tengo yo que lamentarme de que V. me aconseja poco.

--Pues hoy no te quejarás por ese lado. Tal vez te quejes de que te

aconsejo mucho y de que me meto en camisón de once varas.

--Eso nunca.

--Allá veremos. De todos modos, tengo disculpa. Tú sabes que Clarita es

mi encanto. Me tiene hecho un bobo. ¿Quién ignora mi predilección hacia

las mujeres? Menester ha sido de toda mi severidad para que allá cuando

mozo no me quitaran el pellejo los maldicientes. Hoy, hija mía (alguna

ventaja ha de traer el ser viejo), con treinta y cinco años en cada

pata, puedo, sin temor de censura, quereros á mi modo y trataros con la

íntima familiaridad que me deleita. Te confieso que para querer á los

hombres tengo que acordarme á menudo de que son prójimos y quererlos por

amor de Dios. Á las mujeres, por el contrario, las quiero, no ya sin

esfuerzo, sino por inclinación decidida. Sois dulces, benignas,

compasivas y muchísimo más religiosas que los hombres. Si no hubiera

sido por vosotras, lo doy por cierto, hubiérase perdido hasta la huella

de la primitiva cultura y revelación del Paraíso, y los hombres jamás

hubieran salido del estado salvaje. Si yo fuera un sabio, había de

componer un libro demostrando que todo este ser de la Europa del día,

que todos estos adelantamientos sociales de que el mundo se jacta, se

deben, en lo humano, principalmente á las mujeres. Calcula, pues, cuán

alto y lisonjero es el concepto que tengo de vosotras. Pues bien; en los

últimos años de mi vida, tu hija Clara ha venido á sublimar mucho más

aún este concepto de mi mente. En mi mente tenía yo como un tipo soñado

de perfección, al cual ninguna de las mujeres que he conocido se

acercaba ni en diez leguas. Clarita ha ido más allá. ¡Qué inocencia la

suya, tan rara por su enlace con la discreción y el despejo! ¡Qué fe

religiosa tan sana y atinada! ¡Qué amor á su madre y qué sumisión á sus

mandatos! Clara es una santita en este mundo, y al verla hay que alabar

á Dios, que la ha criado á fin de dejarnos rastrear y columbrar por ella

lo que serán en el cielo los angelitos y las bienaventuradas vírgenes.

--Mucho lisonjean mi orgullo de madre --interpuso Doña Blanca,-- esos

encomios de Clarita que oigo en boca de V.; pero mi amor á la justicia

me induce á creerlos exagerados. Yo me los explico de cierto modo, que

voy á tener la sinceridad de declarar á V. En el puro amor que en

general profesa V. á las mujeres, hay algo del antiguo caballero

andante, algo del hechizo que tiene para todo ser fuerte dar protección

á los débiles y desvalidos. En el concepto superior á la realidad que de

las mujeres V. forma, hay gran bondad é instintiva poesía. Todos estos

nobles sentimientos de V. se han empleado, durante una larga y santa

vida, en lugareñas, jornaleras unas, é hidalgas ó ricachas otras, pero

toscas las más, en comparación con Clara, criada en grandes ciudades,

con otro barniz, con otra más elevada cultura, con mayor delicadeza y

refinamiento. Ventajas tales, meramente exteriores y debidas á la

casualidad, han sorprendido y alucinado á V., y le han hecho pensar que

lo que está en la superficie está en el fondo; que modales más

distinguidos, mayor tino y mesura en el hablar, y ciertas atenciones y

miramientos que nacen de más esmerada educación, y que llegan á tenerse

maquinalmente, gracias á la costumbre, son virtudes y excelencias que

brotan del centro mismo de un alma que se eleva sobre las otras.

--No, hija mía; nada de eso basta á explicar mi predilección por

Clarita.

--¿Cómo que no basta? Sea V. franco. ¿No quiere V. y estima casi tanto á

Lucía?

--Las comparaciones son odiosas, y las del cariño más. Supongamos, á

pesar de todo, que estimo y quiero á Lucía casi tanto. Eso probaría sólo

que Lucía vale casi tanto como Clara.

--Y que ambas están educadas con más esmero.

--Bueno... ¿Y qué?... Concedo que así sea. ¿Quién te ha negado el poder

de la educación? Lo que niego es que la educación valga hasta ese punto

sobre un espíritu estéril é ingrato; y lo que niego también es que su

influjo no pase de la superficie y no penetre en el fondo, y no mejore

el ser de las personas. Es, pues, evidente que Clara debe mucho á Dios,

y luego á tí, que la has educado bien; pero esto que debe á tí no es

superficial y externo: los modales, las palabras, las atenciones y los

miramientos no son signos vanos. Cuando no hay en ellos afectación, es

porque brotan del alma misma, mejor criada por Dios ó por los hombres

que otras almas sus hermanas. Cierto que yo no he visto ni conocido más

gente en mi vida que la de esta ciudad y la de Villabermeja; pero

adivino y veo claramente que ha de haber duquesas y hasta princesas cuyo

barniz no me engañaría ni me alucinaría. Yo conocería al momento que era

falso y de relumbrón, y que en el fondo eran aquellas damas más vulgares

que tu cocinera. Conste, por consiguiente, que no me alucino al encomiar

á Clarita.

--¿Y no provendrá la alucinación, --dijo Doña Blanca,-- de la cándida y

espontánea propensión de Clarita á hacerse agradable?

--Sin duda que provendrá; pero esa misma propensión, siendo espontánea y

cándida, prueba la bondad de alma de quien la tiene.

--¿V. no sabe, padre, que eso se califica con un vocablo novísimo en

castellano, y que suena mal y como censura?

--¿Qué vocablo es ese?

--Coquetería.

--Pues bien; si la coquetería es sin malicia, si el afán de agradar y el

esfuerzo hecho para conseguirlo no traspasan ciertos límites, y si el

fin que se propone una mujer agradando no va más allá del puro deleite

de infundir cordial afecto y gratitud, digo que apruebo la coquetería.

Doña Blanca y el P. Jacinto se tenían mutuamente miedo. Ella temía la

desvergüenza del fraile, y el fraile el genio violentísimo de ella. De

este miedo mutuo nacía el que se tratasen por lo común con extremada

finura y con el comedimiento más exquisito y circunspecto, á fin de no

terminar cualquier coloquio en pelea ó disputa.

Llevada de esta consideración, Doña Blanca no impugnó la defensa de la

coquetería; dió por satisfecha su modestia de madre, y acabó por aceptar

como justos y merecidos los encomios de su hija Clara.

Luego añadió:

--En suma, mi hija es un prodigio. En las alabanzas de V. no toma parte

sino la justicia. Me alegro. ¿Qué mayor contento para una madre?

Imagino, con todo, que tan lisongero panegírico bien se podía haber

pronunciado en presencia de testigos. Lo que sigilosamente tenía V. que

decirme no ha salido aún de sus labios.

El P. Jacinto se paró á reflexionar entonces, al verse tan directamente

interrogado, y casi se arrepintió de haber venido á tratar del asunto de

la boda de Clarita, dejándose llevar de un celo impaciente, sin ponerse

antes de acuerdo con el Comendador, según habían concertado; pero el

padre Jacinto no era hombre que cejaba una vez dado el primer paso, y

después de un instante de vacilación, que no dejó percibir á ojos tan

linces como los de su interlocutora, dijo de esta manera:

--Allá voy, hija; ten calma que todo se andará. Mi encomio de Clarita

estaba muy en su lugar, porque de Clarita voy á hablarte. Me consta,

como su director espiritual que soy, que te obedecerá en todo; pero

dime, ¿no consideras tú que para algunas cosas, de la mayor importancia,

convendría consultar su voluntad?

--¿Y quién ha informado á V. de que yo no la consulto cuando conviene?

--¿Has preguntado, pues, á Clara si quiere casarse tan niña?

--Sí, padre, y ha dicho que sí.

--¿Le has preguntado si aceptará por marido á D. Casimiro?

--Sí, padre, y también ha dicho que sí.

--¿Y no serán parte el temor y el respeto que inspiras á tu hija en esas

respuestas?

--Creo que no merezco sólo inspirar á mi hija respeto y temor, sino

también cariño y confianza. Prevaliéndose, pues, mi hija del cariño y de

la confianza que debo inspirarle, hubiera podido contestar que no quería

casarse con D. Casimiro. Nadie la ha violentado para que diga que

quiere. Querrá cuando lo dice.

--Es cierto; querrá, cuando lo dice. No obstante, para que una decisión

de la voluntad sea válida, importa que la voluntad esté previamente

ilustrada por el entendimiento acerca de aquello sobre lo cual decide.

¿Crees tú que Clarita sabe lo que quiere y por qué lo quiere?

--Acaba V. de hacer el encomio más extremado de mi hija, y ahora me

induce á pensar que la tiene por tonta, por incapaz de sacramento. ¿Cómo

quiere V. que una mujer de diez y seis años ignore los deberes que el

santo matrimonio trae consigo?

--No los ignora... pero no me vengas con sofismas... una niña de diez y

seis años no sabe toda la transcendencia del sí que va á dar en los

altares.

--Por eso tiene á su madre, para iluminarla, aconsejarla y dirigirla.

--¿Y tú la has iluminado, aconsejado y dirigido según tu conciencia?

--La menor duda sobre eso, la mera pregunta que me hace V. es una ofensa

terrible y gratuita. ¿Cómo presumir, sospechar, ni por un instante, que

había yo de aconsejar á mi hija en contra de lo que mi conciencia me

dictase? Tan mala me cree V.?

--Perdona; me expliqué con torpeza. Yo no creo, ni puedo creer que hayas

aconsejado á tu hija contra tu conciencia; pero sí puedo creer que en

tu entendimiento cabe error, y que, llevada tú de algún error, induces á

tu hija á dar un paso deplorable.

--Extraño muchísimo los razonamientos de usted en el día de hoy. ¡Qué

diferentes de lo que eran antes! ¿Qué cambio ha habido en V.? Seré yo

víctima de un error, y en virtud de ese error daré malos consejos y

tomaré funestas resoluciones; pero usted lo sabía tiempo há, y nada

había dicho en contra cuando no había aún compromiso alguno contraído.

¿Cómo ha venido de pronto á hacerse patente á los ojos de V. ese error,

que antes no percibía? ¿Qué luz del cielo le ha ilustrado á V. el alma?

¿Qué santo ó qué ángel bendito ha bajado á la tierra á descubrir á V. lo

bueno y á distinguirlo de lo malo?

Doña Blanca, según se ve, iba ya perdiendo su aplomo y su dificultosa

dulzura. El P. Jacinto empezaba también á amostazarse; pero hizo un

esfuerzo heroico, y en vez de seguir adelante y de excitar la tempestad,

procuró calmarla por cuantos medios se le ocurrieron.

--Tienes razón que te sobra --contestó con mucha humildad.-- Yo debí

disuadirte á tiempo de que concertaras esa boda. Del error que noto en

tí, confieso que he participado. Por lo menos, ha sido en mí un descuido

atroz, una ligereza imperdonable, el no hablarte antes como te estoy

hablando hoy. Pero si yo erré, con reconocerlo ya y con apartarme del

error, te induzco á que me imites, aunque te dé armas en contra mía. Lo

que afirmas, probará mi inconsecuencia, mas no prueba nada contra mi

consejo.

--¿Cómo que no prueba nada? Quita á su consejo de V. toda la autoridad

que de otra suerte hubiera tenido. Consejo dado tan de repente... hasta

pudiera sospecharse... que no se funda en pensamiento propio del

consejero.

Doña Blanca, al pronunciar esta última frase, lanzó al padre una

penetrante y escrutadora mirada. El padre, que no era tímido, se cortó

un poco y bajó los ojos. Serenándose al instante, repuso:

--No se trata aquí de más autoridad que de la autoridad de la razón.

Para darte el consejo, válganme la amistad y el cariño que tengo á tu

persona y á los de tu familia: para que le aceptes ó le deseches, no

pretendo que valga sino el ingenio, que pido á Dios me conceda, para

llevar el convencimiento á tu alma.

--Está bien. ¿Quiere V. decirme qué razones hay para que Clara no se

case con D. Casimiro? V. es el confesor de Clara. ¿Ama Clara á otro

hombre?

--Por lo mismo que soy su confesor, si Clara amase á otro hombre y ella

me lo hubiera confiado, no te lo diría sin que ella me diese su venia,

que yo sabría pedir y exigir en caso necesario. Por dicha, para nada

tiene que entrar aquí la cuestión de si Clara ama ó no á otro hombre.

--No me venga V. con rodeos y sutilezas. Yo he educado á mi hija con tal

rigidez y con tal recogimiento, que no tengo la menor duda de que no ha

tenido amoríos. Clara no ha mirado jamás con malicia á hombre alguno.

--Así será. Pero ¿no podrá mirarle el día de mañana? ¿No podrá amar, si

no ama aún?

--Amará á su marido. ¿Por qué no ha de amarle?

--Vamos, señora --dijo el P. Jacinto ya con la paciencia perdida:-- no

amará á su marido, porque su marido es feo, viejo, enfermizo y

fastidioso.

--Quiero suponer --contestó Doña Blanca con el reposado entono que

tomaba cuando más tremenda se ponía,-- quiero suponer que las

caritativas calificaciones de V. cuadran perfectamente al sujeto, á la

persona de mi familia, á quien V. honra con ellas. Su exquisito gusto de

V. en las artes del dibujo halla feo á D. Casimiro; sus conocimientos de

V. en la medicina le han hecho comprender que está el pobre mal de

salud, y la amenidad y discreción que en V. campean, es natural que le

induzcan á fastidiarse de todo ser humano que no sea tan ameno y tan

ingenioso como V., cosa, por desgracia, rarísima; pero V. no me negará

que mi hija, menos instruida en las proporciones y bellezas de la

figura del hombre, puede no hallar feo á D. Casimiro, como no le halla;

menos docta en ciencias médicas, puede creerle más sano, y menos

chistosa que V., puede muy bien hallar en D. Casimiro algún chiste y no

aburrirse de su conversación. Y por otra parte, aunque mi hija viese en

D. Casimiro los defectos que V. señala, ¿por qué no había de amarle?

Pues qué, ¿una mujer de honor, una buena cristiana, ha de amar sólo la

hermosura física y el desenfado en el hablar? ¿Será menester buscarle

para marido, no á un caballero de su clase, honrado, temeroso de Dios,

virtuoso lleno de atenciones y buenos deseos de hacerla dichosa, sino á

algún saltimbanquis robusto, á algún truhán divertido, que provoque en

ella con sus chocarrerías una risa indecorosa y un regocijo poco

honesto?

--Mira, Doña Blanca --dijo el fraile, que jamás abandonaba el tuteo,

aunque se incomodara,-- no creas que se necesite ser un Apeles ó un

Fidias para conocer que es feo D. Casimiro. Su fealdad es tan patente y

somera, que no hay que ahondar mucho para descubrirla. Y en cuanto á su

ruin salud y escasa amenidad, te aseguro lo mismo. Sin haber cursado

medicina, sin ser un Hipócrates, ve cualquiera que D. Casimiro está por

demás estropeado. Y sin haber estudiado el _Examen de ingenios_, de

Huarte, se descubre en seguida que el de don Casimiro es romo y huero.

Yo no pretendo que busques para Clarita á Pitágoras y á Milón de Crotona

en una pieza; pero ¿qué diablura te lleva á darle por marido á Tersites?

El P. Jacinto se abstenía de echar latines cuando hablaba á las mujeres;

pero no podía menos de citar en romance, siempre que se dirigía á damas

de distinción, hechos, personajes y sentencias de la antigüedad clásica

y de las Sagradas Escrituras. Por lo demás, era tan claro el sentido de

lo que decía, que Doña Blanca, aunque no hubiera sabido más ó menos

confusamente la condición de los personajes citados, no hubiera tenido

la menor duda sobre lo que el fraile quería significar. Así es que le

respondió:

--Reverendo padre, esos son insultos y no consejos; pero jamás me

enojaré con V. Lo único que afirmo es que todos los defectos que pone V.

á mi futuro yerno han de estar menos al descubierto de lo que V. supone

ahora, cuando antes de ahora no los ha conocido V. Y si los conocía,

¿por qué antes no me los dijo? Repito que alguien ha venido á ilustrar

su claro entendimiento de V. Alguien le induce á dar este paso. No hay

que disimular. Sea V. leal y franco conmigo. V. ha hablado con alguien

acerca de la proyectada boda de Clarita. Sus consejos de V. no son

consejos, sino un mensaje solapado.

El P. Jacinto era fresco de veras; pero con Doña Blanca no había

frescura que valiese. El pobre fraile estaba sofocado, rojo hasta las

orejas. Por él hubiera podido inventarse aquella frase con que se denota

que á alguien le han dado una buena descompostura: _tenía encarnadas las

orejas como fraile en visita_.

Hasta su lengua, que por lo común estaba tan suelta, se le había trabado

un poco y no atinaba á contestar.

Doña Blanca, notando aquel silencio, le excitaba á que se explicase y

añadía:

--No me cabe duda. Está V. convicto y casi confeso. V. desaprueba hoy lo

que ayer aprobaba, porque un enemigo mío le ha llenado la cabeza de

ideas absurdas. Atrévase V. á negar la verdad.

Interpelado, acusado con tan desmedida audacia y con tan ruda serenidad,

el P. Jacinto sacó fuerzas de flaqueza; puso á un lado la causa de su

inusitada timidez, que era sólo el recelo de perjudicar los intereses de

Clara y de su amigo y antiguo discípulo, y, ya libre de estorbos,

contestó tan enérgica y sabiamente, que su contestación, la réplica á

que dió lugar y todo el resto del diálogo tomaron un carácter distinto y

solemne, por donde merecen capítulo aparte, el cual será de los más

importantes de esta historia.

El Comendador Mendoza Obras Completas Tomo VII · 第 17 / 33 题