Cuando ocurrían los sucesos que vamos refiriendo, no había tantas
carreteras como ahora. Desde Villabermeja á la ciudad puede hoy irse en
coche. Entonces sólo se iba á pie ó á caballo. El camino no era camino,
sino vereda, abierta por las pisadas de los transeuntes racionales é
irracionales. Cuando había grandes lluvias, la vereda se hacía
intransitable: era lo que llaman en Andalucía un camino real de
perdices.
Poseía el padre Jacinto una borrica modelo por lo grande, mansa y
segura. En esta borrica iba y venía siempre, como un patriarca, desde
Villabermeja á la ciudad y desde la ciudad á Villabermeja. Un robusto
lego le acompañaba á pie. En el viaje que hizo á la ciudad, al día
siguiente de su largo coloquio con el Comendador, le acompañó, á más del
lego, un rústico seglar ó profano, para que cuidase la corza.
Seguido, pues, de su lego, de la corza y del rústico, y caballero en su
jigantesca borrica, el padre Jacinto entró sano y salvo en la ciudad á
las diez de la mañana. Como el convento de Santo Domingo está casi á la
entrada, no tuvo el padre que atravesar calles con aquel séquito. En el
convento se apeó, y apenas se reposó un poco, se dirigió á casa de D.
Valentín Solís, ó más bien á casa de Doña Blanca. El cuitado de D.
Valentín se había anulado de tal suerte, que nadie en el lugar llamaba á
su casa la casa de D. Valentín. Sus viñas, sus olivares, sus huertas y
sus cortijos eran conocidos por de Doña Blanca, y no por suyos. Aquella
anulación marital no había llegado, con todo, hasta el extremo de la de
algunos maridos de Madrid, á quienes apenas los conoce nadie sino por
sus mujeres, cuya notoriedad y cuya gloria se reflejan en ellos y los
hacen conspicuos.
Pero dejemos á un lado ejemplos y comparaciones, que pueden tomar
ciertos visos y vislumbres de murmuración, y sigamos al P. Jacinto, y
penetremos con él en casa de Doña Blanca, donde tan difícil era entrar
para el vulgo de los mortales.
Merced á la autoridad del reverendo, y siguiéndole invisibles, todas las
puertas se nos franquean.
Ya estamos en el salón de Doña Blanca. Clara borda á su lado. D.
Valentín, á respetable distancia y sentado junto á una mesa, hace
paciencias con una baraja. D. Casimiro habla con la señora de la casa y
con su hija.
Los lectores conocen ya á D. Casimiro, como si dijéramos de fama, de
nombre y hasta de apodo, pues no ignoran que para D. Carlos, Lucía,
Clara y el Comendador, era _el viejo rabadán_. Veamos ahora si logramos
hacer su corporal retrato.
Era alto, flaco de brazos y piernas y muy desarrollado de abdomen; de
color trigueño, poca barba, que se afeitaba una vez á la semana, y los
ojos verde-claros y un poquito bizcos. Tenía ya bastantes arrugas en la
cara, y el vivo carmín de sus narices no armonizaba bien con la palidez
de los carrillos. En su propia persona se notaba poco esmero y aseo;
pero en el traje sí se descubrían el cuidado y la pulcritud que en la
persona faltaban, lo cual denotaba desde luego que D. Casimiro más se
cuidaba la ropa por ser ordenado, económico y aficionado á que las
prendas durasen, que por amor á la limpieza. Iba vestido muy de hidalgo
principal, si bien á la moda de hacía quince ó veinte años. Su casaca,
su chupa, sus calzones y medias de seda no tenían una mancha, y si
tenían alguna rotura, ésta se hallaba diestra y primorosamente zurcida.
Gastaba peluca con polvos y coleta, y lucía muchos dijes en las cadenas
de sendos relojes que llevaba en ambos bolsillos de la chupa. Su caja de
tabaco, que él mostraba de continuo, pues no cesaba de tomar rapé, era
un primor artístico, por los esmaltes y las piedras preciosas que le
servían de adorno. Al hablar usaba D. Casimiro de cierta solemnidad y
pausa muy entonada; pero su voz era ronca y desapacible, asegurándose
provenir esto en parte de que no le desagradaba el aguardiente, y más
aún de que en su casa y despojado de las galas de novio ó de
pretendiente amoroso, fumaba mucho tabaco negro.
La expresión de su semblante, sus modales y gestos no eran antipáticos:
eran insignificantes; salvo que no podía menos de reconocerse por ellos
en D. Casimiro á una persona de clase, aunque criada en un lugar.
Se advertía, por último, en todo su aspecto, que D. Casimiro debía de
padecer no pocos achaques. Su mala salud le hacía parecer más viejo.
Dado á conocer así somera, y no favorablemente, por desgracia, podemos
ya lisonjearnos de conocer á cuantas personas ocupaban la sala cuando
entró en ella el padre Jacinto.
Doña Blanca, Clarita, D. Valentín y D. Casimiro se levantaron para
recibirle, y todos le besaron humildemente la mano. El padre estuvo
sonriente y amabilísimo con ellos, y á Clarita le dió, como si no fuese
ya una mujer, como si fuese una niña de ocho años, y con la
respetabilidad que setenta bien cumplidos le prestaban, dos palmaditas
suaves en la fresca mejilla, diciéndole:
--¡Bendito sea Dios, muchacha, que te ha hecho tan buena y tan hermosa!
--Su merced me favorece y me honra --contestó Clarita.
Doña Blanca se lamentó del mucho tiempo que el padre había estado sin
venir de Villabermeja, y todos le hicieron coro. Se trató de que el
padre tomase algo hasta la hora de comer, y el padre no quiso tomar
nada, salvo asiento cómodo. Desde su asiento habló de mil cosas con
animada y alegre conversación, resuelto á aguardar allí á que Don
Casimiro se fuese y á que D. Valentín y Doña Clara despejasen, para
hablar á solas con Doña Blanca.
Doña Blanca adivinó la intención del fraile, entró en curiosidad, y
pronto halló modo de despedir á D. Casimiro y de echar de la sala á D.
Valentín y á Clarita.
Verificado ya el despejo, dijo Doña Blanca:
--Supongo y espero que, después de tan larga ausencia, honrará V.
nuestra mesa comiendo hoy con nosotros.
El P. Jacinto aceptó el convite, y Doña Blanca prosiguió:
--He creído advertir que estaba V. impaciente por hablarme á solas. Esto
ha picado mi curiosidad. Todo lo que V. me dice ó puede decirme me
inspira el mayor interés. Hable V., padre.
--No eres lerda, hija mía --contestó éste.-- Nada se te escapa. En
efecto, deseaba hablarte á solas. Y lo deseaba tanto, que dejo para
después de tu comida, que acepto gustoso, dejo para sobremesa la
aparición de un objeto que traigo de presente á nuestra Clarita, y que
le va á encantar. Figúrate que es una lindísima corza, tan mansa y
doméstica, que come en la mano y sigue como un perro. Pero vamos al
caso: vamos á lo que tengo que decirte. Por Dios, que no te incomodes.
Tú tienes el genio muy vivo: eres una pólvora.
--Es verdad; yo soy muy desgraciada, y los desgraciados no es fácil que
estén de buen humor. V., sin embargo, no tiene derecho á quejarse del
mío. ¿Cuándo estuve yo, desde que nos tratamos, desabrida y áspera con
V.?
--Eso es muy verdad. Convendrás, con todo, en que yo no he dado motivo.
Yo no soy como otros frailes, que se meten á dar consejos que no les
piden, y quieren gobernar lo temporal y lo eterno, y dirigirlo todo en
cada casa donde entran. ¿No es así?
--Así es. Más bien tengo yo que lamentarme de que V. me aconseja poco.
--Pues hoy no te quejarás por ese lado. Tal vez te quejes de que te
aconsejo mucho y de que me meto en camisón de once varas.
--Eso nunca.
--Allá veremos. De todos modos, tengo disculpa. Tú sabes que Clarita es
mi encanto. Me tiene hecho un bobo. ¿Quién ignora mi predilección hacia
las mujeres? Menester ha sido de toda mi severidad para que allá cuando
mozo no me quitaran el pellejo los maldicientes. Hoy, hija mía (alguna
ventaja ha de traer el ser viejo), con treinta y cinco años en cada
pata, puedo, sin temor de censura, quereros á mi modo y trataros con la
íntima familiaridad que me deleita. Te confieso que para querer á los
hombres tengo que acordarme á menudo de que son prójimos y quererlos por
amor de Dios. Á las mujeres, por el contrario, las quiero, no ya sin
esfuerzo, sino por inclinación decidida. Sois dulces, benignas,
compasivas y muchísimo más religiosas que los hombres. Si no hubiera
sido por vosotras, lo doy por cierto, hubiérase perdido hasta la huella
de la primitiva cultura y revelación del Paraíso, y los hombres jamás
hubieran salido del estado salvaje. Si yo fuera un sabio, había de
componer un libro demostrando que todo este ser de la Europa del día,
que todos estos adelantamientos sociales de que el mundo se jacta, se
deben, en lo humano, principalmente á las mujeres. Calcula, pues, cuán
alto y lisonjero es el concepto que tengo de vosotras. Pues bien; en los
últimos años de mi vida, tu hija Clara ha venido á sublimar mucho más
aún este concepto de mi mente. En mi mente tenía yo como un tipo soñado
de perfección, al cual ninguna de las mujeres que he conocido se
acercaba ni en diez leguas. Clarita ha ido más allá. ¡Qué inocencia la
suya, tan rara por su enlace con la discreción y el despejo! ¡Qué fe
religiosa tan sana y atinada! ¡Qué amor á su madre y qué sumisión á sus
mandatos! Clara es una santita en este mundo, y al verla hay que alabar
á Dios, que la ha criado á fin de dejarnos rastrear y columbrar por ella
lo que serán en el cielo los angelitos y las bienaventuradas vírgenes.
--Mucho lisonjean mi orgullo de madre --interpuso Doña Blanca,-- esos
encomios de Clarita que oigo en boca de V.; pero mi amor á la justicia
me induce á creerlos exagerados. Yo me los explico de cierto modo, que
voy á tener la sinceridad de declarar á V. En el puro amor que en
general profesa V. á las mujeres, hay algo del antiguo caballero
andante, algo del hechizo que tiene para todo ser fuerte dar protección
á los débiles y desvalidos. En el concepto superior á la realidad que de
las mujeres V. forma, hay gran bondad é instintiva poesía. Todos estos
nobles sentimientos de V. se han empleado, durante una larga y santa
vida, en lugareñas, jornaleras unas, é hidalgas ó ricachas otras, pero
toscas las más, en comparación con Clara, criada en grandes ciudades,
con otro barniz, con otra más elevada cultura, con mayor delicadeza y
refinamiento. Ventajas tales, meramente exteriores y debidas á la
casualidad, han sorprendido y alucinado á V., y le han hecho pensar que
lo que está en la superficie está en el fondo; que modales más
distinguidos, mayor tino y mesura en el hablar, y ciertas atenciones y
miramientos que nacen de más esmerada educación, y que llegan á tenerse
maquinalmente, gracias á la costumbre, son virtudes y excelencias que
brotan del centro mismo de un alma que se eleva sobre las otras.
--No, hija mía; nada de eso basta á explicar mi predilección por
Clarita.
--¿Cómo que no basta? Sea V. franco. ¿No quiere V. y estima casi tanto á
Lucía?
--Las comparaciones son odiosas, y las del cariño más. Supongamos, á
pesar de todo, que estimo y quiero á Lucía casi tanto. Eso probaría sólo
que Lucía vale casi tanto como Clara.
--Y que ambas están educadas con más esmero.
--Bueno... ¿Y qué?... Concedo que así sea. ¿Quién te ha negado el poder
de la educación? Lo que niego es que la educación valga hasta ese punto
sobre un espíritu estéril é ingrato; y lo que niego también es que su
influjo no pase de la superficie y no penetre en el fondo, y no mejore
el ser de las personas. Es, pues, evidente que Clara debe mucho á Dios,
y luego á tí, que la has educado bien; pero esto que debe á tí no es
superficial y externo: los modales, las palabras, las atenciones y los
miramientos no son signos vanos. Cuando no hay en ellos afectación, es
porque brotan del alma misma, mejor criada por Dios ó por los hombres
que otras almas sus hermanas. Cierto que yo no he visto ni conocido más
gente en mi vida que la de esta ciudad y la de Villabermeja; pero
adivino y veo claramente que ha de haber duquesas y hasta princesas cuyo
barniz no me engañaría ni me alucinaría. Yo conocería al momento que era
falso y de relumbrón, y que en el fondo eran aquellas damas más vulgares
que tu cocinera. Conste, por consiguiente, que no me alucino al encomiar
á Clarita.
--¿Y no provendrá la alucinación, --dijo Doña Blanca,-- de la cándida y
espontánea propensión de Clarita á hacerse agradable?
--Sin duda que provendrá; pero esa misma propensión, siendo espontánea y
cándida, prueba la bondad de alma de quien la tiene.
--¿V. no sabe, padre, que eso se califica con un vocablo novísimo en
castellano, y que suena mal y como censura?
--¿Qué vocablo es ese?
--Coquetería.
--Pues bien; si la coquetería es sin malicia, si el afán de agradar y el
esfuerzo hecho para conseguirlo no traspasan ciertos límites, y si el
fin que se propone una mujer agradando no va más allá del puro deleite
de infundir cordial afecto y gratitud, digo que apruebo la coquetería.
Doña Blanca y el P. Jacinto se tenían mutuamente miedo. Ella temía la
desvergüenza del fraile, y el fraile el genio violentísimo de ella. De
este miedo mutuo nacía el que se tratasen por lo común con extremada
finura y con el comedimiento más exquisito y circunspecto, á fin de no
terminar cualquier coloquio en pelea ó disputa.
Llevada de esta consideración, Doña Blanca no impugnó la defensa de la
coquetería; dió por satisfecha su modestia de madre, y acabó por aceptar
como justos y merecidos los encomios de su hija Clara.
Luego añadió:
--En suma, mi hija es un prodigio. En las alabanzas de V. no toma parte
sino la justicia. Me alegro. ¿Qué mayor contento para una madre?
Imagino, con todo, que tan lisongero panegírico bien se podía haber
pronunciado en presencia de testigos. Lo que sigilosamente tenía V. que
decirme no ha salido aún de sus labios.
El P. Jacinto se paró á reflexionar entonces, al verse tan directamente
interrogado, y casi se arrepintió de haber venido á tratar del asunto de
la boda de Clarita, dejándose llevar de un celo impaciente, sin ponerse
antes de acuerdo con el Comendador, según habían concertado; pero el
padre Jacinto no era hombre que cejaba una vez dado el primer paso, y
después de un instante de vacilación, que no dejó percibir á ojos tan
linces como los de su interlocutora, dijo de esta manera:
--Allá voy, hija; ten calma que todo se andará. Mi encomio de Clarita
estaba muy en su lugar, porque de Clarita voy á hablarte. Me consta,
como su director espiritual que soy, que te obedecerá en todo; pero
dime, ¿no consideras tú que para algunas cosas, de la mayor importancia,
convendría consultar su voluntad?
--¿Y quién ha informado á V. de que yo no la consulto cuando conviene?
--¿Has preguntado, pues, á Clara si quiere casarse tan niña?
--Sí, padre, y ha dicho que sí.
--¿Le has preguntado si aceptará por marido á D. Casimiro?
--Sí, padre, y también ha dicho que sí.
--¿Y no serán parte el temor y el respeto que inspiras á tu hija en esas
respuestas?
--Creo que no merezco sólo inspirar á mi hija respeto y temor, sino
también cariño y confianza. Prevaliéndose, pues, mi hija del cariño y de
la confianza que debo inspirarle, hubiera podido contestar que no quería
casarse con D. Casimiro. Nadie la ha violentado para que diga que
quiere. Querrá cuando lo dice.
--Es cierto; querrá, cuando lo dice. No obstante, para que una decisión
de la voluntad sea válida, importa que la voluntad esté previamente
ilustrada por el entendimiento acerca de aquello sobre lo cual decide.
¿Crees tú que Clarita sabe lo que quiere y por qué lo quiere?
--Acaba V. de hacer el encomio más extremado de mi hija, y ahora me
induce á pensar que la tiene por tonta, por incapaz de sacramento. ¿Cómo
quiere V. que una mujer de diez y seis años ignore los deberes que el
santo matrimonio trae consigo?
--No los ignora... pero no me vengas con sofismas... una niña de diez y
seis años no sabe toda la transcendencia del sí que va á dar en los
altares.
--Por eso tiene á su madre, para iluminarla, aconsejarla y dirigirla.
--¿Y tú la has iluminado, aconsejado y dirigido según tu conciencia?
--La menor duda sobre eso, la mera pregunta que me hace V. es una ofensa
terrible y gratuita. ¿Cómo presumir, sospechar, ni por un instante, que
había yo de aconsejar á mi hija en contra de lo que mi conciencia me
dictase? Tan mala me cree V.?
--Perdona; me expliqué con torpeza. Yo no creo, ni puedo creer que hayas
aconsejado á tu hija contra tu conciencia; pero sí puedo creer que en
tu entendimiento cabe error, y que, llevada tú de algún error, induces á
tu hija á dar un paso deplorable.
--Extraño muchísimo los razonamientos de usted en el día de hoy. ¡Qué
diferentes de lo que eran antes! ¿Qué cambio ha habido en V.? Seré yo
víctima de un error, y en virtud de ese error daré malos consejos y
tomaré funestas resoluciones; pero usted lo sabía tiempo há, y nada
había dicho en contra cuando no había aún compromiso alguno contraído.
¿Cómo ha venido de pronto á hacerse patente á los ojos de V. ese error,
que antes no percibía? ¿Qué luz del cielo le ha ilustrado á V. el alma?
¿Qué santo ó qué ángel bendito ha bajado á la tierra á descubrir á V. lo
bueno y á distinguirlo de lo malo?
Doña Blanca, según se ve, iba ya perdiendo su aplomo y su dificultosa
dulzura. El P. Jacinto empezaba también á amostazarse; pero hizo un
esfuerzo heroico, y en vez de seguir adelante y de excitar la tempestad,
procuró calmarla por cuantos medios se le ocurrieron.
--Tienes razón que te sobra --contestó con mucha humildad.-- Yo debí
disuadirte á tiempo de que concertaras esa boda. Del error que noto en
tí, confieso que he participado. Por lo menos, ha sido en mí un descuido
atroz, una ligereza imperdonable, el no hablarte antes como te estoy
hablando hoy. Pero si yo erré, con reconocerlo ya y con apartarme del
error, te induzco á que me imites, aunque te dé armas en contra mía. Lo
que afirmas, probará mi inconsecuencia, mas no prueba nada contra mi
consejo.
--¿Cómo que no prueba nada? Quita á su consejo de V. toda la autoridad
que de otra suerte hubiera tenido. Consejo dado tan de repente... hasta
pudiera sospecharse... que no se funda en pensamiento propio del
consejero.
Doña Blanca, al pronunciar esta última frase, lanzó al padre una
penetrante y escrutadora mirada. El padre, que no era tímido, se cortó
un poco y bajó los ojos. Serenándose al instante, repuso:
--No se trata aquí de más autoridad que de la autoridad de la razón.
Para darte el consejo, válganme la amistad y el cariño que tengo á tu
persona y á los de tu familia: para que le aceptes ó le deseches, no
pretendo que valga sino el ingenio, que pido á Dios me conceda, para
llevar el convencimiento á tu alma.
--Está bien. ¿Quiere V. decirme qué razones hay para que Clara no se
case con D. Casimiro? V. es el confesor de Clara. ¿Ama Clara á otro
hombre?
--Por lo mismo que soy su confesor, si Clara amase á otro hombre y ella
me lo hubiera confiado, no te lo diría sin que ella me diese su venia,
que yo sabría pedir y exigir en caso necesario. Por dicha, para nada
tiene que entrar aquí la cuestión de si Clara ama ó no á otro hombre.
--No me venga V. con rodeos y sutilezas. Yo he educado á mi hija con tal
rigidez y con tal recogimiento, que no tengo la menor duda de que no ha
tenido amoríos. Clara no ha mirado jamás con malicia á hombre alguno.
--Así será. Pero ¿no podrá mirarle el día de mañana? ¿No podrá amar, si
no ama aún?
--Amará á su marido. ¿Por qué no ha de amarle?
--Vamos, señora --dijo el P. Jacinto ya con la paciencia perdida:-- no
amará á su marido, porque su marido es feo, viejo, enfermizo y
fastidioso.
--Quiero suponer --contestó Doña Blanca con el reposado entono que
tomaba cuando más tremenda se ponía,-- quiero suponer que las
caritativas calificaciones de V. cuadran perfectamente al sujeto, á la
persona de mi familia, á quien V. honra con ellas. Su exquisito gusto de
V. en las artes del dibujo halla feo á D. Casimiro; sus conocimientos de
V. en la medicina le han hecho comprender que está el pobre mal de
salud, y la amenidad y discreción que en V. campean, es natural que le
induzcan á fastidiarse de todo ser humano que no sea tan ameno y tan
ingenioso como V., cosa, por desgracia, rarísima; pero V. no me negará
que mi hija, menos instruida en las proporciones y bellezas de la
figura del hombre, puede no hallar feo á D. Casimiro, como no le halla;
menos docta en ciencias médicas, puede creerle más sano, y menos
chistosa que V., puede muy bien hallar en D. Casimiro algún chiste y no
aburrirse de su conversación. Y por otra parte, aunque mi hija viese en
D. Casimiro los defectos que V. señala, ¿por qué no había de amarle?
Pues qué, ¿una mujer de honor, una buena cristiana, ha de amar sólo la
hermosura física y el desenfado en el hablar? ¿Será menester buscarle
para marido, no á un caballero de su clase, honrado, temeroso de Dios,
virtuoso lleno de atenciones y buenos deseos de hacerla dichosa, sino á
algún saltimbanquis robusto, á algún truhán divertido, que provoque en
ella con sus chocarrerías una risa indecorosa y un regocijo poco
honesto?
--Mira, Doña Blanca --dijo el fraile, que jamás abandonaba el tuteo,
aunque se incomodara,-- no creas que se necesite ser un Apeles ó un
Fidias para conocer que es feo D. Casimiro. Su fealdad es tan patente y
somera, que no hay que ahondar mucho para descubrirla. Y en cuanto á su
ruin salud y escasa amenidad, te aseguro lo mismo. Sin haber cursado
medicina, sin ser un Hipócrates, ve cualquiera que D. Casimiro está por
demás estropeado. Y sin haber estudiado el _Examen de ingenios_, de
Huarte, se descubre en seguida que el de don Casimiro es romo y huero.
Yo no pretendo que busques para Clarita á Pitágoras y á Milón de Crotona
en una pieza; pero ¿qué diablura te lleva á darle por marido á Tersites?
El P. Jacinto se abstenía de echar latines cuando hablaba á las mujeres;
pero no podía menos de citar en romance, siempre que se dirigía á damas
de distinción, hechos, personajes y sentencias de la antigüedad clásica
y de las Sagradas Escrituras. Por lo demás, era tan claro el sentido de
lo que decía, que Doña Blanca, aunque no hubiera sabido más ó menos
confusamente la condición de los personajes citados, no hubiera tenido
la menor duda sobre lo que el fraile quería significar. Así es que le
respondió:
--Reverendo padre, esos son insultos y no consejos; pero jamás me
enojaré con V. Lo único que afirmo es que todos los defectos que pone V.
á mi futuro yerno han de estar menos al descubierto de lo que V. supone
ahora, cuando antes de ahora no los ha conocido V. Y si los conocía,
¿por qué antes no me los dijo? Repito que alguien ha venido á ilustrar
su claro entendimiento de V. Alguien le induce á dar este paso. No hay
que disimular. Sea V. leal y franco conmigo. V. ha hablado con alguien
acerca de la proyectada boda de Clarita. Sus consejos de V. no son
consejos, sino un mensaje solapado.
El P. Jacinto era fresco de veras; pero con Doña Blanca no había
frescura que valiese. El pobre fraile estaba sofocado, rojo hasta las
orejas. Por él hubiera podido inventarse aquella frase con que se denota
que á alguien le han dado una buena descompostura: _tenía encarnadas las
orejas como fraile en visita_.
Hasta su lengua, que por lo común estaba tan suelta, se le había trabado
un poco y no atinaba á contestar.
Doña Blanca, notando aquel silencio, le excitaba á que se explicase y
añadía:
--No me cabe duda. Está V. convicto y casi confeso. V. desaprueba hoy lo
que ayer aprobaba, porque un enemigo mío le ha llenado la cabeza de
ideas absurdas. Atrévase V. á negar la verdad.
Interpelado, acusado con tan desmedida audacia y con tan ruda serenidad,
el P. Jacinto sacó fuerzas de flaqueza; puso á un lado la causa de su
inusitada timidez, que era sólo el recelo de perjudicar los intereses de
Clara y de su amigo y antiguo discípulo, y, ya libre de estorbos,
contestó tan enérgica y sabiamente, que su contestación, la réplica á
que dió lugar y todo el resto del diálogo tomaron un carácter distinto y
solemne, por donde merecen capítulo aparte, el cual será de los más
importantes de esta historia.