La celda no tenía mucho que llamase la atención. Sobre la mesa ó bufete,
que era de nogal, había recado de escribir, el Breviario y otros libros.
Dos sillones de brazos, frente el uno del otro, con la mesa de por
medio, y donde se sentaban nuestros interlocutores, eran de nogal
igualmente. Á más de los dos sillones, había cuatro sillas arrimadas á
la pared. Los asientos todos eran de enea. Un _Ecce-Homo_, al óleo, á
quien cuadraba el refrán de _á mal Cristo mucha sangre_, era la única
pintura que adornaba los muros de la celda. No faltaban, en cambio,
otros más naturales adornos. En la ventana, tomando el sol, se veían dos
floridos rosales; dentro del cuarto, cuatro macetas de brusco, y
colgadas en la pared cinco jaulas, dos con perdices cantoras, y tres con
colorines, excelentes reclamos. Otro bonito colorín, diestro cimbel,
asido á la varilla saliente que estaba fija á una tabla de pino, volaba
á cada momento hasta donde lo consentía el hilo largo que le
aprisionaba, y volvía con mucho donaire á posarse en la varilla.
Los jilgueros cantaban de vez en cuando y animaban la habitación.
Arrimadas á un ángulo había dos escopetas de caza.
Y, por último, en una alcobita que apenas se descubría, por hallarse la
pequeña puerta casi tapada del todo por una cortina de bayeta verde,
estaba la cama del buen religioso. La alacena de donde éste sacó el vino
y que era bastante capaz, servía de bodega, ropero, despensa, caja ó
tesoro y biblioteca á la vez.
Todo, aunque pobre, parecía muy aseado.
El P. Jacinto, con el codo sobre la mesa, la mano en la mejilla y los
ojos clavados en D. Fadrique, aguardaba que hablase.
Don Fadrique, en voz baja, habló de este modo:
--Aunque yo no soy un penitente que vengo á confesarme, exijo el mismo
sigilo que si estuviese en el confesonario.
El padre, sin responder de palabra, hizo con la cabeza un signo de
afirmación.
Entonces prosiguió D. Fadrique:
--El hombre de que he hablado á V., el pecador causa del engaño y del
hurto, soy yo mismo. La ligereza de mi carácter me había hecho olvidar
mi delito y no pensar en las fatales consecuencias que de él habían de
dimanar. El acaso... ¿qué digo el acaso?... Dios providente, en quien
creo, me ha vuelto á poner en presencia de mi cómplice y me ha hecho ver
todos los males que por mi culpa se originaron y amenazan originarse
aún. Dispuesto estoy á remediarlos y á evitarlos, de acuerdo con la
doctrina de V., hasta donde me sea posible y lícito. Es un consuelo para
mí el ver que está V. en concordancia conmigo. Yo no he de buscar
remedio peor que la enfermedad; pero hay una persona que le busca, y es
menester oponerse á toda costa á que le halle. Sería una abominación
sobre otra abominación.
--¿Y quién es esa persona? --dijo el padre.
--Mi cómplice, --contestó el Comendador.
--¿Y quién es tu cómplice?
--V. la conoce. V. es su director espiritual. V. debe tener grande
influjo sobre ella. Mi cómplice es... Cuenta, maestro, que jamás he
hecho á nadie esta revelación. Al menos nadie pudo jamás tildarme de
escandaloso. Pocas relaciones han sido más ocultas. La buena fama de
esta mujer aparece aún, después de diez y siete años, más
resplandeciente que el oro.
--Acaba: ¿quién es tu cómplice? Haz cuenta que echas tu secreto en un
pozo. Yo sé callar.
--Mi cómplice es Doña Blanca Roldán de Solís.
El P. Jacinto se llenó de asombro, abrió los ojos y la boca y se
santiguó muy deprisa media docena de veces, soltando estas piadosas
interjecciones:
--¡Ave María Purísima! ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento! ¡Jesús,
María y José!
--¿De qué se admira V. tan desaforadamente? --dijo el Comendador,
pensando que el padre extrañaba que tan virtuosa y austera matrona
hubiese nunca sucumbido á una mala tentación.
--¿De qué me admiro?... Muchacho... ¿De qué me admiro?... Pues ¿te
parece poco? Bien dicen... Vivir para ver... El demonio es el mismo
demonio. Miren... y no lo digo por ofender á nadie... ¡miren con qué
ramillete de claveles te acarició y te sedujo nuestro enemigo común!...
Con un manojo de aulagas. Suave flor trasplantaste al jardín de tus
amores... ¡Un cardo ajonjero! Hermosa debe haber sido Doña Blanca...
todavía lo es; pero ¡hombre! ¡si es un erizo! Yo... perdóneme su
ausencia... no la creía impecable, pero no la creía capaz de pecar por
amor.
Don Fadrique respondió sólo con un suspiro, con una exclamación
inarticulada, que el padre creyó descifrar como si dijese que diez y
siete años antes Doña Blanca era muy otra, y que además la misma dureza
de su carácter y la briosa inflexibilidad de su genio hacían más
vehemente en ella toda pasión, incluso la del amor, una vez que llegaba
á sentirla.
Repuesto un poco de su pasmo, dijo el P. Jacinto:
--Y dime, hijo, ¿qué trata de hacer Doña Blanca para remediar el mal?
¿Qué proyectos son los suyos, que tanto te asustan?
--¿Quién sería el inmediato heredero de su marido si ella no tuviese una
hija? --preguntó el Comendador.
--Don Casimiro Solís, --fué la respuesta.
--Pues por eso quiere casar á su hija con D. Casimiro.
--¡Pecador de mí! ¡Estúpido y necio! --exclamó el padre, todo lleno de
violencia y dando en la mesa unos cuantos puñetazos.-- ¿Quieres creer
que soy tan egoísta, que el egoísmo me había cegado? Yo no había visto
en el plan de Doña Blanca ninguna mala traza. Me parecía natural que
casase á Clarita con su tío. Yo no miraba sino á mi pícaro interés: á
que nadie se llevase á Clarita lejos de estos lugares. Es menester que
lo sepas... Clarita me tiene embobado. Por ella, no más que por ella,
aguanto á su madre. Lo que yo quería, como un bribón de siete suelas, es
que se quedase por aquí... para ir á verla y para que ella me agasajase,
como me agasaja ahora, cuando voy á casa de su madre, sirviéndome, con
sus blancas y preciosas manos, jícaras de chocolate y tacillas de
almíbar. Se me antojó que Clarita era una muñeca para mi diversión. Yo
no caí en nada... no me hice cargo... pensé sólo en que, ya casada,
haría una excelente señora de su casa, y me recibiría al amor de la
lumbre, y yo le llevaría flores, frutas y pajaritos de regalo. ¡Si
vieses qué corza he hecho venir para ella de Sierra Morena! Es un
primor. La tengo abajo en el corral... y se la iba á llevar mañana.
Nada... ¿has visto qué bárbaro?... sin dar la menor importancia á lo del
casamiento. Ahora lo comprendo todo. ¡Qué monstruosidad! ¡Casar aquel
dije con semejante estafermo! Ya se ve... ella no lo repugna... no lo
entiende... ¿quién diablo sabe?... pero yo lo entiendo... y me
espeluzno... me horrorizo.
--Razón tiene V. de horrorizarse... Ella lo repugna... lo entiende...
pero cree que no debe resistir á la autoridad materna.
--Eso será lo que tase un sastre. ¡Pues no faltaba más! Obedecerá á su
madre; pero antes obedecerá á Dios. _Diligendus est genitor, sed
praeponendus est Creator_. Es sentencia de San Agustín.
--Además --dijo el Comendador,-- Clarita ama á otro hombre.
--¿Cómo es eso? ¿Qué me cuentas? ¿Qué mentira, qué enredo te han hecho
creer? Si amase á un galán, Clara me lo hubiera confesado.
--Ella misma ignora casi que le ama; pero me consta que le ama.
--Vamos, sí, ya doy en ello: ciertas miradas y sonrisas con un
estudiantillo... Me las ha confesado. Está arrepentida... ¡Con un
estudiantillo!... ¿Pues se había de ir Clarita á correr la tuna?
--P. Jacinto, V. chochea.
--¡Desvergonzado! ¿Cómo te atreves á decir que chocheo?
--El estudiantillo no es de esos que van con el manteo roto y con la
cuchara puesta en el sombrero de tres picos, pidiendo limosna, sino que
es un caballero principal, un rico mayorazgo.
--¿De veras? Ya eso es harina de otro costal. De eso no me había dicho
nada aquella cordera inocente. Oye... ¿y es buen mozo?
--Como un pino de oro.
--¿Buen cristiano?
--Creo que sí.
--¿Honrado?
--Á carta cabal.
--¿Y la quiere mucho?
--Con toda su alma.
--¿Y es discreto y valiente?
--Como un Gonzalo de Córdoba. Además es poeta elegantísimo, monta bien á
caballo, posee otras mil habilidades, es muy leído y sabe de torear.
--Me alegro, me alegro y me realegro. Le casaremos con Clarita, aunque
rabie Doña Blanca.
--Sí, querido maestro. Le casaremos... pero es menester que seamos muy
prudentes.
--_Prudentes sicut serpentes_... Pierde cuidado. Harto sé yo quién es
Doña Blanca. Es omnímodo el imperio que ejerce sobre su hija. El respeto
y el temor que le infunde exceden á todo encarecimiento. Y luego, ¡qué
brío, qué voluntad la de aquella señora! Á terca nadie le gana.
--No soy yo menos terco... y no consentiré que Clara sea el precio del
rescate de nadie; que sobre ella, que no tiene culpa, pesen nuestras
culpas; que Doña Blanca la venda para conseguir su libertad. Sin
embargo, importa mucho la cautela. Doña Blanca, llevada al extremo,
pudiera hacer alguna locura.
Después de esta larga conversación, y perfectamente de acuerdo el
Comendador y el P. Jacinto, el primero se volvió á la ciudad en aquel
mismo día para que su ausencia no se extrañase.
El P. Jacinto quedó en ir á la ciudad al día siguiente de mañana.
Los pormenores y trámites del plan que habían de seguir se dejaron para
que sobre el terreno se decidiesen.
Sólo se concertó el mayor sigilo y circunspección en todo y disimular en
lo posible la íntima amistad que entre el fraile y el Comendador había,
á fin de no hacer sospechoso y aborrecible al fraile á los ojos de Doña
Blanca.
Se convino, por último, en que, á pesar de la gravedad de la situación,
no era ninguna salida de tono, ni tenía una inoportunidad cómica ó
censurable, que el P. Jacinto llevase á Clarita la corza y se la
regalara.