De la admiración que causó a Gil Blas el encuentro con el capitán
Rolando y de las cosas curiosas que le contó aquel bandolero.
Luego que don Bernardo de Castelblanco hubo despedido al corregidor,
acompañándole hasta la calle, volvió prontamente a cerrar el cofre y
todas las puertas que le resguardaban. Hecha esta diligencia, salió de
casa, muy placentero por haberse granjeado tan importante amistad,
y yo no menos alegre por ver asegurados ya mis seis reales. La gana
que tenía de contar esta aventura a Meléndez me obligó a encaminarme
a su casa; pero al estar ya cerca de ella me encontré con el capitán
Rolando. No puedo explicar lo sorprendido que me quedé con este
encuentro ni pude menos de estremecerme y temblar a su vista. El
también me conoció. Llegóse a mí gravemente, y conservando todavía su
aire de superioridad me mandó que le siguiese. Obedecíle temblando, y
en el camino iba diciendo entre mí mismo: «¡Pobre de mí! ¡Ahora querrá
que le pague todo lo que le debo! ¿Adónde me llevará? Puede que tenga
en esta villa alguna cueva obscura. ¡Diablo! ¡Si tal creyera, en este
mismo momento le haría ver que no tengo gota en los pies!» Con estos
pensamientos iba andando tras de él, muy atento a observar el sitio
donde pararía, con intento de huir de él a carrera tendida por poco
sospechoso que me pareciese.
Presto me sacó Rolando de este cuidado y desvaneció todo mi temor.
Entróse en una famosa taberna; seguíle; mandó traer del mejor vino y
dispuso se hiciese comida para los dos. Mientras tanto, nos metimos en
un cuarto, y así que el capitán se vió solo conmigo, me habló de esta
suerte: «Sin duda, Gil Blas, que estarás muy admirado de verte aquí
con tu antiguo comandante; pero más te admirarás cuando hayas oído
lo que te voy a contar. El día que te dejé en la cueva y marché con
mis compañeros a Mansilla a vender las mulas y caballos que habíamos
robado la noche anterior, encontramos al hijo del corregidor de León,
acompañado de cuatro hombres a caballo, todos bien armados, que seguían
su coche. Acometímoslos; dimos muerte a dos de ellos y los otros dos
huyeron. Temiendo el buen cochero que hiciésemos lo mismo con su amo,
nos suplicó con lágrimas que, por amor de Dios, no quitásemos la vida
al hijo único del señor corregidor de León. Estas palabras, en vez
de enternecer a mis compañeros, los enardecieron más. «Señores—dijo
uno—, no dejemos escapar al hijo del enemigo más mortal de los de
nuestra profesión. ¿A cuántos de éstos no ha hecho ajusticiar su padre?
¡Venguémoslos y sacrifiquemos esta víctima a sus cenizas!» Todos los
demás aplaudieron tan inhumano consejo, y hasta mi teniente iba ya
a ser el gran sacerdote de aquel sangriento sacrificio si yo no le
hubiera detenido el brazo. «¡Aguarda!—le dije—. ¿A qué fin derramar
sangre sin necesidad? Contentémonos con el bolsillo de este pobre mozo,
y pues no hace resistencia sería una barbaridad matarle; fuera de que
él no es responsable de las acciones de su padre, ni aun el padre en
condenarnos a muerte hace mas que cumplir con la obligación de su
oficio, así como nosotros cumplimos con la del nuestro en robar a los
caminantes.»
»Intercedí, pues, por el hijo del corregidor, y no fué inútil mi
intercesión. Sólo le cogimos todo el dinero que llevaba, y juntamente
nos apoderamos de los caballos de los hombres que habían muerto en
la refriega y vendímoslos en Mansilla con los demás que conducíamos.
Volvímonos después a nuestro subterráneo, adonde llegamos el día
siguiente poco antes de amanecer. No quedamos poco atónitos de ver
levantada la trampa, y mucho más de encontrar a Leonarda amarrada
fuertemente en la cocina. Contónos en dos palabras todo lo acaecido
y nos admiramos mucho de que hubieses podido engañarnos; nunca te
hubiéramos creído capaz de jugarnos semejante petardo y te perdonamos
el chasco en gracia de la invención. Luego que desatamos a la cocinera
le di orden de que nos compusiese bien de comer. Entre tanto fuimos a
la caballeriza a cuidar de los caballos, y encontramos casi expirando
al viejo negro, que en veinticuatro horas no había probado bocado ni
visto persona alguna que le socorriese. Deseábamos darle algún alivio;
pero había perdido ya del todo el conocimiento, y nos pareció un caso
tan desesperado el suyo, que, a pesar de nuestra buena voluntad,
desamparamos a aquel miserable, que estaba entre la vida y la muerte.
No por eso dejamos de sentarnos a la mesa, y después de haber almorzado
grandemente, nos retiramos a nuestros cuartos, donde estuvimos
durmiendo o descansando todo el día. Cuando despertamos, nos dijo
Leonarda que ya había muerto Domingo. Llevamos el cadáver a la covacha
donde te acordarás que dormías, y allí le hicimos el funeral como si
hubiera tenido el honor de ser uno de nuestros compañeros.
»Al cabo de cinco o seis días sucedió que, habiendo hecho una salida,
encontramos muy de mañana, a la entrada del bosque, tres cuadrillas
de la Santa Hermandad, que al parecer nos estaban esperando para dar
sobre nosotros. Al pronto no descubrimos mas que una. No la temimos, y
aunque superior en número a nuestra tropa, la atacamos; pero al tiempo
que estábamos peleando con ella, las otras dos, que habían hallado
modo de mantenerse emboscadas, se echaron de repente sobre nosotros y
nos rodearon de manera que de nada nos sirvió nuestro valor. Fuénos
necesario ceder al número de los enemigos. Nuestro teniente y dos de
nuestros camaradas murieron en la función. Los otros dos y yo, cercados
por todas partes, nos vimos precisados a rendirnos; y mientras las
dos cuadrillas nos llevaban presos a León, la tercera fué a cegar y
destruir la cueva, que fué descubierta del modo siguiente: atravesando
el bosque un labrador del lugar de Luyego, volviendo a su casa, vió por
casualidad alzada la trampa de la cueva, que dejaste abierta el mismo
día que te escapaste con la señora, y sospechó que aquélla era nuestra
habitación, y no teniendo valor para entrar en ella, se contentó
con observar bien sus contornos; y para acertar mejor con el sitio,
descortezó ligeramente algunos árboles vecinos y otros más, de trecho
en trecho, hasta estar fuera del bosque. Pasó después a León, dió parte
de aquel descubrimiento al corregidor, cuyo gozo fué mucho mayor por
cuanto estaba informado de que su hijo había sido robado por nuestra
compañía. El corregidor hizo juntar tres cuadrillas para prendernos, y
les dió por guía al labrador que había descubierto el subterráneo.
»Mi llegada a la ciudad de León fué un grande espectáculo para todos
sus vecinos. Aunque yo hubiera sido un general portugués hecho
prisionero de guerra, no habría sido mayor la curiosidad con que todos
corrían y se atropellaban por verme. «¡Aquél es—decían—, aquél es el
capitán y el terror de toda esta tierra! ¡Merecía ser atenaceado, y
no menos sus dos compañeros!» Presentáronnos al corregidor, que desde
luego comenzó a insultarme. «¡Ya lo ves, malvado—me dijo—: el Cielo,
cansado de tus delitos, te ha entregado a mi justicia!» «Señor—le
respondí—, es cierto que he cometido muchos; pero a lo menos no tengo
que acusarme de haber quitado la vida al hijo de vuestra señoría. Si
vive, a mí me lo debe, y me parece que este servicio es acreedor a
algún reconocimiento.» «¡Ah, infame!—replicó—. ¡Sin duda que estaría
bien empleado un proceder generoso con hombres de tu carácter! Y aun
cuando yo te quisiera perdonar, ¿me lo permitiría, por ventura, la
obligación de mi empleo?» Dicho esto, nos mandó meter en un calabozo,
donde no dejó pudrir a mis compañeros. Salieron de él al cabo de tres
días, para representar un papel un poco trágico en la plaza Mayor. Por
lo que toca a mí, estuve tres semanas enteras en la cárcel. Tuve por
cierto que se dilataba mi suplicio para que fuese más terrible, y, en
fin, cada día estaba esperando un nuevo género de muerte, cuando al
cabo mandó el corregidor que me llevasen a su presencia, y estando en
ella me dijo: «Oye tu sentencia. Quedas libre. Si no fuera por ti, mi
hijo hubiera sido asesinado en medio de un camino. Como padre, deseaba
agradecerte este gran beneficio; pero no pudiendo absolverte como juez,
escribí a la Corte en tu favor. Pedí al rey el perdón de tus delitos y
lo conseguí. Vete a donde quieras; pero, créeme—añadió—, aprovéchate
de tan feliz como no esperado suceso. Vuelve en ti y abandona para
siempre esa desastrosa vida.»
«Atravesado el corazón con estas últimas palabras, tomé el camino de
Madrid, con propósito de vivir con sosiego en esta villa. Encontró
ya muertos a mis padres y su herencia en manos de un viejo pariente
nuestro, que me dió aquella cuenta fiel que acostumbran los tutores.
Sólo pude lograr tres mil ducados, que acaso no componían la cuarta
parte de lo que debía heredar. Pero ¿qué había de hacer? Nada
adelantaría con ponerle pleito, sino tener de menos todo lo que gastase
en él. Por huir la ociosidad, compré una vara de alguacil, y, según
cumplo con mi empleo, parece que no he tenido otro en toda mi vida.
Mis nuevos compañeros, por decoro, se habrían opuesto a mi admisión
si hubieran sabido mi historia; pero, por fortuna mía, la ignoraban,
o—lo que viene a ser lo mismo—afectaron ignorarla, porque en este
honrado cuerpo todos tienen interés en que no se sepan sus hechos,
sus virtudes y milagros. Con todo eso, amigo mío—continuó Rolando—,
yo quiero descubrirte mi corazón. No me gusta el oficio que he tomado.
Pide una conducta demasiadamente delicada y misteriosa, que sólo da
lugar a sutilezas y raposerías. ¡Oh y cuánto echo de menos mi antigua
y noble profesión! Confieso que es más segura la nueva, pero es más
gustosa y divertida la otra, y yo soy amante de la alegría y de la
libertad. Voy viendo que tengo traza de exonerarme de este empleo y
desaparecer el día menos pensado, para retirarme a las montañas que
están en el nacimiento del Tajo. Sé que hay allí cierta madriguera,
habitada por una valerosa tropa llena de catalanes determinados cuyo
nombre solo es su mayor elogio. Si me quieres seguir, iremos a aumentar
el número de aquellos grandes hombres. Me brindan con el empleo de
segundo capitán de tan ilustre compañía, y haré que te reciban en
ella, asegurándoles que diez veces te he visto combatir a mi lado,
y ensalzaré hasta las nubes tu valor. Hablaré mejor de ti que un
general de un oficial cuando le quiere adelantar; pero me guardaré
bien de tomar en boca la pieza que nos jugaste, porque esto te haría
sospechoso, y así, no diré palabra de la aventura consabida. Ahora
bien—añadió—: ¿estás pronto a seguirme? Espero tu respuesta.»
«Cada uno tiene sus inclinaciones—respondí a Rolando—; usted es
inclinado a las empresas arduas y peligrosas y yo a una vida tranquila
y sosegada.» «¡Ya te entiendo!—me interrumpió—. Aquella señora cuyo
amor te hizo hacer lo que emprendiste la tienes todavía muy dentro del
corazón, y sin duda que en su amable compañía gozas de aquella vida
cómoda y gustosa a que te llama tu inclinación. Confiesa con sinceridad
que, después de haberle restituído sus muebles, estáis comiendo juntos
los doblones que recogisteis y robasteis de la cueva.» Respondíle que
estaba muy equivocado, y para desengañarle, en pocas palabras le conté
toda la historia de la señora, con todo lo demás que me había sucedido
desde que me escapé de su compañía. Al fin de la comida me volvió a
hablar de los señores catalanes y me confesó que estaba resuelto a ir
a juntarse con ellos, volviéndome a dar otro tiento para persuadirme a
que abrazase aquel partido. Pero viendo que no lo podía conseguir, me
miró con un aire fiero y me dijo con cierta seriedad feroz: «¡Ya que
tienes un corazón tan vil y bajo que prefieres tu servil condición al
honor de entrar en la compañía de unos hombres valerosos, te abandono
a la villanía de tus ruines inclinaciones! ¡Olvida enteramente que me
volviste a encontrar hoy, y jamás me tomes en boca con persona viviente
de este mundo, porque si llego a saber que alguna vez has hablado de
mí...! ¡Ya me conoces, y no te digo más!» Al decir esto, llamó al
tabernero, pagó la comida y nos levantamos de la mesa para ir cada cual
por su camino.