CAPÍTULO VII

Historia del mancebillo barbero.

«Fernando Pérez de la Fuente, mi abuelo—porque me gusta tomar las

cosas muy de atrás—, después de haber seguido el oficio de barbero en

la noble villa de Olmedo por espacio de cincuenta años, murió dejando

cuatro hijos. El primogénito, por nombre Nicolás, heredó la tienda y

siguió la misma profesión. Beltrán, que fué el segundo, se le metió

en la cabeza el ser mercader y trató en mercería. El tercero, llamado

Tomás, se dedicó a maestro de escuela. El cuarto, que se llamaba Pedro,

sintiéndose inclinado a estudiar, vendió su legítima y se fué a Madrid,

donde esperaba darse con el tiempo a conocer por su erudición y su

ingenio. Los otros tres hermanos nunca se separaron, manteniéndose

en Olmedo, y allí se casaron todos tres con hijas de labradores, que

trajeron en matrimonio poca dote, pero en recompensa de ella una gran

fecundidad, pues parece habían apostado a cuál había de parir más. Mi

madre, que era la mujer del barbero, parió seis en los cinco primeros

años de casada, siendo yo uno de ellos. Mi padre, luego que tuve

fuerzas, me puso a su oficio, y apenas cumplí quince años cuando un día

me echó a cuestas la alforja que veis, y ciñéndome esta misma espada,

«¡Ea, Diego—me dijo—, ya puedes ganar la vida! ¡Vete a correr mundo!

Estás algo basto y te conviene viajar para limarte, como también

para perfeccionarte en tu oficio. Vete, pues, y no vuelvas a Olmedo

hasta haber andado toda España; no quiero oír hablar de ti hasta que

hayas hecho todo esto.» Dióme un paternal abrazo, cogióme de la mano y

bonitamente me condujo hasta ponerme de patitas en la calle.

»Esta fué la tierna despedida de mi padre; pero mi madre, que era de

genio menos áspero, se mostró más sentida de mi marcha. Echó algunas

lágrimas y aun me metió a escondidas en la mano un ducado. Salí, pues,

de Olmedo en esta conformidad, y tomé el camino de Segovia. No bien

había andado doscientos pasos, cuando examiné la alforja, picándome la

curiosidad de saber lo que llevaba. Encontréme un estuche hendido y

abierto por todas partes, dentro del cual había dos navajas de afeitar,

tan mohosas, gastadas y mugrientas que parecían haber servido a diez

generaciones, con una tira de cuero para suavizarlas y un pedazo de

jabón. Además de eso hallé una camisa nueva de cáñamo, un par de

zapatos viejos de mi padre, y lo que sobre todo me alegró fueron unos

veinte reales que encontré envueltos en un trapo. A esto se reducía

todo mi haber. Por aquí podrá usted conocer lo mucho que fiaba mi

padre en mi habilidad, cuando me echó de su casa con tan poco ajuar.

Sin embargo, la posesión de un ducado y veinte reales más no dejó de

deslumbrar a un muchacho que en toda su vida había visto tanto dinero

junto. Consideréme con un caudal inagotable, y lleno de alegría

proseguí mi camino, mirando de cuando en cuando el puño de mi tizona,

cuya hoja se me enredaba entre las piernas, me molestaba e impedía

caminar.

»Hacia el anochecer llegué al reducido lugar de Ataquines, con un

hambre que ya no podía sufrir. Entré en el mesón y, como si me sobrase

mucho para el gasto, mandé en voz alta que me trajesen de cenar. El

mesonero me estuvo mirando con atención algún tiempo, y conociendo lo

que podía ser yo, «Sí—me dijo con mucha dulzura—, sí, caballerito

mío; usted será servido como un príncipe.» Condújome a una pieza

pequeña, y un cuarto de hora después me sirvió un encebollado de

gato, que comí con tanto apetito como si fuera de liebre o de conejo.

Acompañó este exquisito guisado con un vino que, según él decía, el rey

no le bebía mejor. Y aunque conocí muy bien que ya era un vino embrión

de vinagre, sin embargo, le hice tanto honor como había hecho al gato.

Después era menester, para ser tratado en todo como un príncipe, que

me dispusiese una cama más propia para despertar a una piedra que para

dormir. Figúrese usted una tarima tan corta que, aun siendo yo pequeño,

no podía extender las piernas sin que saliesen fuera la mitad. Fuera

de eso, el colchón de pluma se reducía a una especie de jergón hético

y estrujado, cubierto de una sábana doblada que, después de su última

lavadura, habría servido quizá a cien pasajeros. Con todo eso, en la

cama que fielmente acabo de pintar, con la barriga llena de gato y de

aquel precioso vino que antes describí, gracias a mis pocos años y a mi

natural robustez dormí profundamente y pasé la noche sin la más leve

indigestión.

»Al día siguiente, luego que hube almorzado y pagado bien la comida

que me habían servido, me planté de una tirada en Segovia. Así que

llegué tuve la fortuna de que me recibiesen en una tienda, dándome sólo

de comer y vestir; pero no paré allí más que seis meses, porque otro

mancebo barbero con quien había trabado amistad y quería ir a Madrid

me levantó de cascos, y me marché con él a esta villa. Acomodéme luego

fácilmente, sobre el mismo pie que en Segovia, en una tienda de las

más concurridas, pues su vecindad al corral del Príncipe atraía a ella

tanta multitud de parroquianos que el maestro, dos mancebos y yo no

bastábamos a dar abasto a todos. Allí iban personas de todas clases,

y entre ellas comediantes y autores. Una vez se juntaron dos sujetos

de esta clase; pusiéronse a hablar de los poetas y las poesías del

tiempo, y les oí pronunciar el nombre de mi tío. Entonces me apliqué

a oírlos con mayor atención. «Don Juan de Zabaleta—dijo uno—es un

autor de quien me parece que el público no debe estar muy satisfecho.

Es un hombre frío, sin fuego y sin inventiva. La última comedia suya le

desacreditó excesivamente.» «Y Luis Vélez de Guevara—dijo el otro—,

¿no acaba de regalarnos con una bellísima obra? ¿Puede haber cosa más

miserable?» Nombraron no sé a cuántos otros poetas cuyos nombres no

tengo presentes; pero me acuerdo bien de que hablaron de ellos muy

mal. De mi tío hicieron ambos más honorífica mención. «Sí—dijo uno de

ellos—, don Pedro de la Fuente es un gran autor; sus escritos están

llenos de una gracia y de una erudición que al mismo tiempo instruyen

y deleitan por su delicada sal. No me admiro de que sea estimado de

la corte y del pueblo ni de que muchos señores le hayan señalado

pensiones. Ha muchos años que goza una gruesa renta, y el duque de

Medinaceli le da casa y mesa, por lo que nada gasta, y así, es preciso

que esté muy bien y tenga dinero.»

»No perdí palabra de todo lo que dijeron de mi tío aquellos poetas. Ya

sabíamos en la familia que hacía mucho ruido en Madrid con motivo de

sus obras. Algunas personas, al pasar por Olmedo, nos habían informado

de lo bien admitido que estaba; pero como nunca nos había escrito y

parecía haberse extrañado mucho de nosotros, oíamos todas aquellas

noticias con la mayor indiferencia. No obstante, como la buena sangre

no puede mentir, luego que oí decir que lo pasaba tan bien y me informé

de las señas de su casa, tuve tentación de ir a verle y darme a conocer

con él. Sólo me detenía el haber oído a los cómicos llamarle don

Pedro. Aquel _don_ me hacía titubear, recelando fuese otro del mismo

nombre y apellido de mi tío. Con todo eso, vencí al cabo este temor,

pareciéndome que así como había sabido hacerse sabio podía también

haber sabido hacerse noble y caballero; y así, resolví presentarme a

él. Para esto, al día siguiente, con licencia de mi maestro, me vestí

lo más decentemente que pude y salí a la calle, no poco vanaglorioso y

cuellierguido de verme sobrino de un hombre cuyo ingenio metía en la

corte tanta bulla. Sabido es que los barberos no son la gente del mundo

menos sujeta a la vanidad. Comencé, pues, a tenerme en gran opinión,

y caminando con orgullosa gravedad, pregunté por la casa del duque de

Medinaceli. Enseñáronmela, y entrando en ella, supliqué al portero me

dijese cuál era el cuarto del señor don Pedro de la Fuente. «Suba usted

por aquella escalerilla—me dijo, mostrándome una que estaba al fin de

un patio—y llame a la primera puerta que encuentre a mano derecha.»

Hícelo así; llamé a la puerta, y salió a abrir un mocito, a quien

pregunté si vivía allí el señor don Pedro de la Fuente. «Sí, señor—me

respondió—, pero ahora no se le puede entrar recado.» «Lo siento

mucho—repliqué—, pues verdaderamente le quisiera hablar, porque

le traigo noticias de su familia.» «Aunque se las trajera del Padre

Santo de Roma no le haría yo a usted entrar en este momento, pues está

actualmente componiendo, y mientras trabaja no quiere que ninguno entre

a interrumpirle y distraerle. De nadie se deja ver hasta mediodía; y

así, puede usted ir a dar una vuelta y volver entonces.»

»Salíme, pues, y me fuí a pasear por Madrid toda la mañana, pensando

siempre en el modo con que mi tío me recibiría. «Sin duda—decía yo

para mí—que tendrá grandísimo gusto de verme y conocerme», porque

medía su corazón por el mío; así, contaba con que sería muy tierno el

acto de vernos y reconocernos. Al fin volví con toda diligencia a la

hora señalada. «Viene usted muy a tiempo—me dijo el paje—; presto

saldrá mi amo. Espere usted aquí, que voy a avisarle.» Volvió dentro

de un instante y me hizo entrar donde estaba mi tío, cuya vista me

llenó de gozo, porque luego observé en su cara el aire de nuestra

familia. Era tan parecido a mi tío Tomás, que le hubiera tenido por él

mismo a no haberle visto en aquel traje y en aquel estado. Saludéle

con profundo respeto y le dije que era hijo de maese Nicolás de la

Fuente, el barbero de Olmedo y hermano de su señoría y que hacía tres

semanas que estaba en Madrid, siguiendo el mismo oficio de mi padre, en

calidad de mancebo, con ánimo de andar la España para perfeccionarme

en la Facultad. Mientras le estaba hablando, advertí que mi tío estaba

distraído y pensativo, dudando, a la cuenta, si me conocería o no por

sobrino o discurriendo algún arbitrio para eximirse de mí con arte

y con destreza. Tomó este segundo partido, y afectando cierto aire

jovial y risueño, me dijo: «Y bien, amigo, ¿cómo están de salud tu

padre y tus tíos? ¿En qué estado se hallan las cosas de la familia?»

Comencé a informarle de su fecunda propagación; fuíle nombrando uno por

uno todos los hijos, varones y hembras, comprendiendo en la relación

hasta los nombres de sus padrinos y madrinas. Parecióme que no se

interesaba demasiado en tan menuda explicación, y queriendo conseguir

su intención, «Ahora bien, querido Diego—me dijo—: apruebo mucho el

que pienses correr mundo para perfeccionarte en tu oficio y te aconsejo

no te detengas mucho tiempo en Madrid. Este es un lugar muy pernicioso

para la juventud y tú te perderías en él. Mucho mejor harás en recorrer

otras ciudades del reino donde no están tan estragadas las costumbres.

Vete, pues, y cuando vayas a marchar vuelve a verme, que te daré un

doblón para ayuda del viaje.» Diciendo esto, me fué llevando poco a

poco hacia la puerta de la sala y me despidió con buenas palabras.

»No conocí, por mi poca malicia, que sólo buscaba pretextos para

alejarme de sí. Volví a la tienda y di cuenta a mi amo de la visita

que acababa de hacer. El buen hombre, que no penetró más que yo la

verdadera intención del señor don Pedro, me dijo: «Yo no soy del

parecer de tu tío. En lugar de exhortarte a correr mundo, me parece

debía aconsejarte que permanecieses en Madrid. El trata con tantas

personas de distinción que fácilmente puede colocarte en una casa

grande, donde en breve tiempo podrías hacer gran fortuna.» Pagado de

estas palabras, que excitaron en mi imaginación grandiosas esperanzas,

dentro de dos días volví a casa de mi señor tío y le propuse que

podía emplear su valimiento para acomodarme con algún personaje de

la corte. Disgustóle mucho la proposición. A un hombre vano, que

entraba francamente en casa de los grandes y se sentaba con ellos

a la mesa, no le agradaba mucho que un sobrino suyo comiese con los

criados mientras él estuviese comiendo con los amos, pues en tal caso

el Dieguillo llenaría de vergüenza al señor don Pedro. Este, pues, se

irritó furiosamente, y, lleno de cólera, me dijo: «¡Cómo, bribonzuelo!

¿Quieres abandonar tu oficio? ¡Anda, vete, que yo te dejo en manos

de los que te dan malos consejos! ¡Sal de mi cuarto, repito, y no

vuelvas a poner los pies en él si no quieres que te haga castigar como

mereces!» Quedé aturdido al oír estas palabras, y mucho más me espantó

la bronca y destemplada voz con que las pronunció. Retiréme llorando

y muy apesadumbrado de la aspereza con que me había tratado mi tío.

Con todo eso, como siempre he sido de natural vivo y altivo, presto

se me enjugó el llanto; pasé, por la contraria, del sentimiento a la

indignación, y resolví no hacer caso de un mal pariente sin el cual

había vivido hasta allí y esperaba vivir sin necesitarle para nada.

»No pensé entonces mas que en cultivar mi talento y en aplicarme al

trabajo. Afeitaba todo el día, y por la noche, para recrear un poco el

ánimo, aprendía a tocar la guitarra, siendo mi maestro un hombre de

edad a quien yo afeitaba. Llamábase Marcos de Obregón, y me enseñaba

la música, que sabía perfectamente, porque había sido cantor en una

iglesia. Era hombre cuerdo, de tanta capacidad como experiencia, y

me quería como si fuera hijo suyo. Servía de escudero a la mujer de

un médico que vivía a treinta pasos de nuestra casa. Ibale yo a ver

todos los días al anochecer, cuando no había que hacer en la tienda, y

sentados los dos en el umbral de la puerta tocábamos algunas sonatas

que no desagradaban a la vecindad. Nuestras voces no eran muy gratas;

pero dando a la guitarra y cantando cada uno metódicamente la parte

que le tocaba, gustábamos a las gentes que nos oían. Divertíase

particularmente con nuestra música doña Marcelina, que así se llamaba

la mujer del médico. Bajaba algunas veces a oírnos al portal y nos

hacía repetir las tonadillas que más le agradaban. Su marido no le

impedía esta diversión, pues, aunque español y viejo, no era celoso.

Por otra parte, su profesión le tenía empleado todo el día, y cuando se

retiraba a casa por la noche iba tan cansado de visitar enfermos que

se acostaba muy temprano, y ninguna aprensión le causaba el gusto que

su mujer tenía de oír nuestras músicas, quizá por juzgar que no eran

capaces de excitar en ella perniciosas impresiones. A esto se añadía

que, aunque su mujer era a la verdad joven y linda, no le daba motivo

alguno para el más mínimo recelo, siendo de una virtud tan adusta que

no podía sufrir que los hombres ni aun siquiera la mirasen; y así, no

llevaba a mal que tuviese aquel honesto e inocente pasatiempo, y nos

dejaba cantar todo cuanto queríamos.

»Una noche que fuí a la puerta del médico para divertirme, como

acostumbraba, encontré al viejo escudero, que me estaba esperando.

Tomóme por la mano y me dijo que quería nos fuésemos los dos a pasear

un poco antes de principiar la música. Así que nos vimos en una calle

excusada y solitaria, a donde me fué llevando y donde conoció que

me podía hablar con libertad, «Querido Diego—me dijo con semblante

triste—, tengo que comunicarte reservadamente una cosa. Temo mucho,

hijo mío, que uno y otro nos hemos de arrepentir de esta música que

damos a la puerta de mi amo. No puedes dudar lo mucho que te quiero

y he tenido gran gusto en enseñarte a tocar la guitarra y a cantar,

pero si hubiera previsto la desgracia que nos amenaza, te aseguro

de veras que hubiera escogido otro sitio para darte las lecciones.»

Sobresaltóme esta relación y supliqué al escudero que se explicase más

claro, diciéndome francamente qué era lo que podíamos temer, porque

yo no era hombre que quisiese hacer frente al peligro y que todavía

no había dado la vuelta por España. «Voy—me respondió—a decirte lo

que debes saber para conocer el riesgo en que nos hallamos. Cuando

un año ha entré a servir al médico, me llevó una mañana al cuarto de

su mujer, y presentándome a ella, me dijo: «Marcos, esta señora es

tu ama y siempre la has de acompañar a cualquier parte que vaya.»

Quedé admirado al ver a doña Marcelina. Encontréme con una dama joven

y en extremo hermosa, gustándome sobre todo lo airoso de su talle y

lo apacible de su semblante. «Señor amo—respondí al amo—, me tengo

por muy dichoso en servir a una señora tan amable.» Desagradó tanto

a doña Marcelina mi respuesta, que, con semblante airado, me dijo:

«¡Oiga el impertinente, el atrevido! ¿Quién le ha enseñado a tomarse

esas libertades? ¡Sepa desde luego que no gusto de lisonjas ni aguanto

requiebros!» Sorprendiéronme extrañamente unas palabras tan ásperas,

pronunciadas por aquella boca tan agraciada y tan ajenas de lo que

prometía su apacible rostro. No acertaba yo a conciliar aquel modo de

hablar, grosero y desabrido, con todo lo demás que observaba en una

mujer de presencia tan grata. El marido, acostumbrado ya a ello, lejos

de enfadarse, se tenía por muy afortunado en que le hubiese tocado

una mujer de aquel extraño carácter; tanto, que me dijo: «Marcos, mi

mujer es un prodigio de virtud»; y viendo que se ponía el manto para

ir a misa, me mandó que la fuese acompañando a la iglesia. Apenas

salimos a la calle cuando encontramos dos mozalbetes que, admirados

del aire y garbo de doña Marcelina, le dijeron al paso algunas cosas

muy lisonjeras; pero ella les respondió con tal despego y les dijo

tantas necedades que los pobres quedaron corridos y suspensos, sin

poder comprender cómo podía haber en el mundo una mujer que llevase a

mal el ser alabada y aplaudida. «Señora—le dije—, haga usted que no

oye y pase sin contestar a lo que le dicen; menos malo es callar que

responder con desabrimiento.» «Eso no—replicó ella—: quiero enseñar a

esos insolentes que yo no soy mujer que sufro me pierdan el respeto.»

En fin, profirió tantos desatinos que no pude menos de decirle mi

sentir, aunque fuese a peligro de disgustarla. Le hice presente

del mejor modo que me fué posible que hacía injuria a la naturaleza

echando a perder con su carácter adusto mil bellas prendas de que la

había dotado; que una mujer de genio afable y de modales atentos podía

hacerse amar sin el auxilio de la hermosura, cuando, por el contrario,

la más hermosa, si no es afable y agasajadora, se hace un objeto de

desprecio. A estas razones añadí otras dirigidas a la corrección de sus

ásperos modales. Después de haberla aconsejado a mi satisfacción, temí

me costase caro mi celo y fidelidad, excitando su cólera y produciendo

algún efecto que me fuese de poco gusto. Mas no sucedió así: no se

enfadó de mis insinuaciones, contentándose con no seguirlas; y el

mismo efecto produjeron las que tuve la tontería de hacerle los días

siguientes.

»Canséme de advertirle en vano sus defectos y abandonéla a la aspereza

de su genio. Pero ¡quién lo creyera! Este natural tan agreste, esta

mujer tan orgullosa, de dos meses a esta parte ha mudado enteramente

de condición. Hoy es atenta con todos y a todos trata con modales muy

cariñosos. Ya no es aquella Marcelina que no respondía sino necedades

a los hombres que la elogiaban; ya oye con agrado sus lisonjas. Gusta

que le digan que es hermosa y que ningún hombre la puede mirar sin

cobrarle afición. Son muy de su gusto los requiebros, y, en suma, ya

es otra muy diferente mujer. Esta mudanza apenas es comprensible;

pero lo que más te ha de admirar es el saber que tú mismo has obrado

este gran milagro. Sí, mi querido Diego, tú has sido el autor de una

transformación tan extraña; tú quien has convertido aquel tigre feroz

en una mansísima cordera. En una palabra, tú has merecido su atención,

como lo he observado más de una vez; y o yo conozco mal a las mujeres

o mi ama se abrasa por ti en un vehementísimo amor. Esta es, hijo

mío, la triste noticia que tenía que darte, y ésta es la desgraciada

situación en que los dos nos hallamos.» «Yo no veo—respondí al

viejo—gran motivo de afligirnos en todo lo que usted me ha dicho, ni

mucho menos que sea desgracia mía el que me ame una mujer hermosa.»

«¡Ah Diego!—me replicó—. ¡Bien se conoce que discurres como mozo!

Sólo miras al cebo y no temes al anzuelo. Te paras sólo en el placer;

pero yo, como viejo y experimentado, preveo los disgustos que causa

después, porque no hay cosa que tarde o temprano no se descubra. Si

prosigues en venir a cantar a nuestra puerta, con tu vista se encenderá

cada día más la pasión de doña Marcelina, y olvidada tal vez de todo

recato, llegará a conocerlo el doctor Oloroso, su marido, el cual se

ha mostrado tan condescendiente hasta aquí porque no tiene el más

leve motivo para tener celos; pero después se pondrá furioso, se

vengará de su mujer y podrá hacernos a ti y a mí un flaco servicio.»

«Pues bien, señor Marcos—le repliqué—, cedo a vuestras razones y me

entrego a vuestros consejos. Dígame usted qué debo hacer y cómo me he

de portar para evitar todo siniestro accidente.» «Dejando los dos

nuestras músicas—me respondió—y no volviendo tú a parecer delante de

mi señora. Una vez que no te vea, poco a poco se le irá entibiando la

pasión y recobrará su tranquilidad. Espérame en casa del maestro, que

yo te iré a buscar, y allá tocaremos y cantaremos sin inconveniente.»

Ofrecílo así, y, con efecto, hice propósito de no ir más a la puerta

del médico y estarme encerrado en mi tienda, pues que yo era un mozo

que no podía ser visto sin peligro.

»Sin embargo, el buen Marcos, a pesar de su prudencia, experimentó

dentro de pocos días que el medio discurrido y aconsejado por él no

sirvió para templar el fuego de doña Marcelina; antes bien, produjo

un efecto enteramente contrario. Esta señora, a la segunda noche que

no nos oyó cantar, le preguntó por qué razón habíamos suspendido

nuestra música y cuál era la causa de que yo me hubiese retirado.

Respondióle que tenía tantas ocupaciones que no me dejaban un instante

para divertirme. Mostróse satisfecha de esta excusa, y por tres días

sufrió mi ausencia con bastante firmeza; mas al cabo de este tiempo

perdió la paciencia y le dijo a su escudero: «Marcos, tú me engañas.

Diego no ha dejado de venir aquí sin motivo, y esto encierra algún

misterio que quiero descubrir. Habla y no me ocultes nada, que así te

lo mando.» «Señora—respondió él, pagándole con otra mentira—, ya

que usted quiere saber las cosas como son, sepa que al pobre Diego

le ha sucedido muchas veces volverse a su casa después de nuestras

músicas y encontrarse sin cena, y ya no se atreve a exponerse a ir

a la cama sin cenar.» «¿Cómo sin cenar?—exclamó ella lastimada—.

¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Pobre mozo! ¡Anda al instante y

tráemelo contigo, asegurándole que nunca volverá a su casa sin cenar,

porque yo daré orden que se le guarde aquí siempre algún plato. «¡Qué

es lo que oigo!—exclamó el escudero, admirado de oírla hablar de

aquella suerte—. ¡Qué mudanza, cielos! ¿Sois vos, señora, la que me

habláis en esos términos? ¿Pues de cuándo acá os habéis hecho tan

compasiva y sensible?» «Desde que tú viniste a esta casa—me respondió

prontamente—; o, por mejor decir, desde que reprendiste mis modales

desdeñosos y te empeñaste en suavizar la aspereza de mis costumbres.

Mas, ¡ay de mí—prosiguió ella enternecida—, que he pasado de un

extremo a otro! De altiva e insensible que era, me he vuelto sobrado

mansa y cariñosa. Amo a tu amigo Diego sin poderlo remediar, y su

ausencia, muy lejos de templar mi amor, le inflama más y más.» «¿Es

posible, señora—replicó el viejo—, que un mozo que nada tiene de

hermoso ni gallardo haya excitado en vos una pasión tan vehemente?

Yo disculparía vuestra inclinación si os la hubiera inspirado algún

caballero de gran mérito...» «¡Ah Marcos!—interrumpió Marcelina—.

¡O yo no me parezco en nada a las otras mujeres, o tú, no obstante tu

larga experiencia, todavía no las conoces bien si te persuades que el

mérito es quien las mueve para elegir a un sujeto! Si he de juzgarlo

por mí misma, nunca reflexionan para enamorarse. El amor es un desorden

de la razón que a pesar nuestro nos arrastra tras de un objeto y nos

sujeta a él. Es una enfermedad que nace en nosotras y nos atormenta

como la rabia a los animales. No te canses, pues, en persuadirme de

que Diego no es digno de mi cariño; basta que le ame, para figurarme

en él mil prendas que no descubres tú y que quizá tampoco él tendrá.

En vano te empeñas en hacerme creer que ni sus facciones ni su figura

tienen cosa que pueda llamarme la atención; a mí me parece hechicero

y más hermoso que el sol; fuera de que tiene en su voz una suavidad

que me encanta y se me figura que toca la guitarra con una gracia y

primor particular.» «¡Pero, señora!—replicó Marcos—. ¿Habéis pensado

bien lo que es el tal Diego, su baja y humilde condición?...» «Yo no

soy mejor que él—me interrumpió—; pero aun cuando fuera una mujer de

distinción, nunca repararía en eso.»

»El resultado de esta conferencia fué que, desesperanzado el viejo

escudero de adelantar cosa alguna con su ama en este punto, la dejó

en su capricho y se retiró, como un diestro piloto cede a la tormenta

que le desvía del puerto a donde se ha propuesto desembarcar. Aun

hizo más: por dar gusto a su ama, me vino a buscar, me llamó aparte,

y después de haberme contado todo lo sucedido entre ella y él, «Bien

ves, Diego—me dijo—, que no podemos excusarnos de continuar nuestras

músicas a la puerta de Marcelina. Es indispensable, amigo mío, que

esta señora te vuelva a ver, porque de otra manera nos exponemos a que

haga alguna locura que perjudique más que nada a su reputación.» No me

hice de rogar, y respondíle que iría a su casa con mi guitarra así que

anocheciese, y podía llevar a su ama esta agradable noticia. Hízolo así

y dió a la apasionada amante la más alegre y gustosa nueva que podía

desear, con la esperanza de verme y oírme aquella noche.

»Pero faltó poco para que un lance pesado le hubiese frustrado esta

esperanza. No pude salir de casa hasta después de muy anochecido, y,

por mis pecados, era la noche muy obscura. Caminaba a tientas por

la calle, y quizá llevaba andado ya la mitad del camino, cuando de

una ventana me regalaron de pies a cabeza con cierto «¡Agua va!» que

lisonjeaba poco el sentido del olfato. Viéndome en tal estado, no

sabía qué partido tomar. Volverme a casa era exponerme a las pesadas

zumbas de los otros mancebos compañeros míos; ir a la de Marcelina en

aquel magnífico equipaje no me lo permitía la vergüenza. Resolvíme,

no obstante, a ir a casa del médico, persuadido de que encontraría a

Marcos a la puerta y que todo se remediaría antes de presentarme en

aquel estado a Marcelina. Con efecto, fué así; encontréle esperándome

a la puerta, y luego que me vió, me dijo que el doctor Oloroso acababa

de recogerse y que aquella noche nos podíamos divertir a nuestro sabor.

Respondíle que ante todas cosas era menester limpiarme el vestido,

y le conté lo que me había pasado. Mostróse muy condolido de ello

y me hizo entrar en donde me estaba esperando su ama. Apenas oyó

esta señora mi sucia aventura y me vió en el triste estado en que me

hallaba, prorrumpió en expresiones del mayor dolor, como si me hubieran

sucedido las más funestas desgracias; y después, como si hablase con

la puerca que me había puesto de aquella manera, se desfogó echándole

mil maldiciones. «Señora—le dijo Marcos—, moderad esos impulsos;

considerad que el lance fué puro efecto de casualidad y no conviene

mostrar tan fuerte enojo.» «¿Cómo quieres—respondió ella—que no

sienta vivamente la ofensa que se ha hecho a este inocente cordero, a

esta paloma sin hiel, que ni aun se queja del ultraje que ha recibido?

¡Ojalá fuera yo hombre en esta ocasión para vengarle!»

»Otras mil cosas dijo, pruebas todas de su ciego amor, que igualmente

acreditó con las acciones, porque mientras Marcos me estaba limpiando

con la toalla, Marcelina fué corriendo a su cuarto; trajo una cajita

llena de todo género de perfumes, quemó cantidad de ellos, sahumó

todos mis vestidos y los roció con espíritus olorosos en abundancia.

Concluído el sahumerio y aspersorio, la caritativa señora fué en

persona a la cocina y me trajo pan, vino y algunos pedazos de carnero

asado que tenía guardados para mí. Obligóme a comer, y teniendo gusto

en servirme ella misma, ya me hacía plato y ya me echaba de beber,

a pesar de cuanto Marcos y yo podíamos hacer y decir para que no se

humillase a semejantes demostraciones. Acabada la cena, templamos

prontamente los instrumentos y arreglamos las voces para dar principio

a nuestro concierto. Marcelina quedó embelesada de oírnos; bien es

verdad que escogimos de propósito ciertos cantares y letrillas amorosas

que halagaban su amor; y debo confesar que mientras cantábamos yo

lanzaba de cuando en cuando hacia ella unas ojeadas tiernas que pegaban

fuego a las estopas, porque el juego me iba ya gustando. No me cansaba

el concierto, aunque ya hacía mucho que duraba. Por lo que toca a la

señora, las horas le parecían instantes, y de buena gana hubiera estado

oyéndonos toda la noche si su escudero, a quien los instantes se le

hacían horas, no le hubiera avisado que era ya tarde. Dióle el trabajo

de decírselo más de diez veces; pero daba con un hombre infatigable en

este punto, que no la dejó sosegar hasta que yo me ausenté. Como era

cuerdo y prudente y veía a su ama tan locamente apasionada, temía nos

sucediese algún desastre. El tiempo verificó lo fundado de su temor,

porque el médico, ya fuese porque comenzó a entrar en sospecha y a

dudar de algún enredo secreto, o ya porque el diablillo de los celos,

que hasta entonces le había respetado, quiso inquietarle, comenzó

a reprender nuestras músicas, y aun hizo más, prohibiéndonoslas en

tono de amo que quería ser obedecido, y sin dar razón alguna de lo

que mandaba, declaró que no aguantaría más se admitiese en su casa a

ninguno de fuera. Notificóme Marcos esta resolución, que hablaba tan

particularmente conmigo, y no puedo negar que por entonces me desazonó

muchísimo, porque sentía perder las esperanzas que había concebido.

Con todo eso, por no faltar a la obligación de fiel historiador, debo

confesar que a corta reflexión me costó poco el conformarme y llevar

en paciencia aquel revés de la fortuna. No así Marcelina, cuya afición

cobró mayor fuerza. «Querido Marcos—dijo al escudero—, de ti solo

espero algún consuelo: ruégote que hagas todo lo posible para que

tenga el gusto de ver secretamente a Diego.» «¿Qué es lo que usted me

pide, señora?—le respondió colérico—. ¡Demasiada contemplación he

tenido con usted! ¡No, no quiera Dios que por fomentar una loca pasión

contribuya yo a deshonrar a mi amo, a la pérdida de vuestra reputación

y a mancharme a mí mismo con el borrón de tal infamia, después de

haber pasado toda la vida por hombre muy de bien, por criado fiel y

de una conducta irreprensible! ¡Antes dejaré la casa que servir en

ella de un modo tan vergonzoso!» «¡Ah Marcos!—replicó la señora,

asustada de estas últimas palabras—. ¡Me atraviesas de parte a parte

el corazón cuando hablas de marcharte! Pues qué, ¿piensas, cruel,

dejarme, después que me has reducido al lastimoso estado en que me veo?

¡Restitúyeme primero aquel orgullo y aquella tranquila altivez que tú

mismo me quitaste! ¡Oh, y quién tuviera ahora aquellos felicísimos

defectos! Gozaría de gran paz mi corazón en lugar del tumulto que le

agita gracias a tus imprudentes reconvenciones. ¡Tú, tú fuiste quien

estragaste mis costumbres cuando quisiste enmendarlas! ¡Pero qué es lo

que digo!—continuó ella, llorando—. ¡Desdichada de mí! ¿A qué fin

darte en cara con tan injustas quejas? ¡No, amado padre, no fuiste

tú el autor de mi infortunio! ¡Mi mala suerte fué la única que me

preparó mi desgracia! ¡No hagas caso, te pido, de las necias palabras

que profiero! Mi pasión me ha trastornado el juicio. ¡Compadécete de

mi flaqueza! ¡Tú eres mi único consuelo, y si aprecias mi vida, no me

niegues tu asistencia!»

»Al decir estas palabras creció su llanto de manera que no pudo

continuar. Sacó el pañuelo, cubrióse con él el rostro y se dejó caer

en una silla, como una persona que se rinde al peso de su aflicción.

El buen Marcos, que era de la mejor pasta de escuderos que jamás se ha

visto, no pudo resistir a un espectáculo tan lastimoso, que le conmovió

vivamente, y mezcló sus compasivas lágrimas con las de su afligida

ama, diciéndole, lleno de ternura: «¡Ah señora, y qué atractivo es el

vuestro! No tengo fuerzas para combatir vuestra pena, que acaba de

rendir mi virtud, y prometo auxiliaros. ¡Ya no me admiro de que el

amor haya tenido poder para haceros olvidar de vuestro deber, cuando

la compasión sola lo ha tenido para no acordarme yo del mío!» De

manera que el pobre escudero, a pesar de su irreprensible conducta,

se sacrificó muy servicialmente a la pasión de Marcelina. A la mañana

siguiente vino a contarme todo lo sucedido, y me dijo que tenía ya

pensado el modo de proporcionarme una conversación secreta con su ama.

Con esto animó mi esperanza; pero dos horas después llegó a mis oídos

una noticia tan triste como no esperada. El mancebo de una botica que

había en el barrio, y era uno de nuestros parroquianos, vino a hacerse

la barba. Mientras me disponía a rasurarle, me dijo: «Señor Diego,

¿cómo le va a usted con su amigo el viejo escudero Marcos de Obregón?

Ya sabrá usted que está para marcharse de casa del doctor Oloroso.»

«No, por cierto», le respondí. «Pues sépalo usted—me replicó—, y no

dude que la cosa es cierta. Hoy sin falta le despedirán. Su amo y el

mío acaban de tener ahora una conversación, a que me hallé presente, en

la cual dijo el primero al segundo: «Señor boticario, tengo que hacer

a usted una súplica. No estoy contento con un viejo escudero que tengo

en casa, y en su lugar quisiera una dueña fiel, severa y vigilante

que guardase a mi mujer.» «¡Ya entiendo!—respondió mi amo—. Usted

necesitaría de la señora Melancia, que fué la que custodió a mi difunta

esposa, que aunque ha seis semanas que enviudé todavía la mantengo en

casa. A la verdad, me sería muy útil para gobernarla; pero se la cedo

a usted gustoso, por lo mucho que me intereso en su honor. Bien puede

descuidar con ella en punto a la seguridad de su honra, porque es la

perla de las dueñas y un verdadero dragón para guardar la castidad

del sexo frágil. En doce años que estuvo al lado de mi mujer, que

como usted sabe era moza y linda, no vi en mi casa ni aun la sombra

de un galán. ¡Sí por cierto! ¡Bonita era la dueña para sufrirlo!

Sobre este punto no aguantaba chanzas. Aun diré más: mi mujer, a los

principios, gustaba mucho de pasatiempos y galanteos; pero la señora

Melancia supo fundirla tan de nuevo que la inclinó enteramente a la

virtud. En fin, es un tesoro para vuestra seguridad.» Quedó el señor

doctor muy satisfecho de unos informes tan a medida de su deseo, y

ambos convinieron en que hoy mismo iría la dueña a ocupar el lugar del

escudero.»

»Esta noticia, que tuve por cierta, como en efecto lo era, desconcertó

las ideas de todos los buenos ratos que yo esperaba lograr; y Marcos,

que vino después de comer, acabó de desvanecérmelas confirmando todo

lo que me había dicho el mancebo. «Amigo Diego—me dijo el buen

escudero—, estoy contentísimo con que el doctor Oloroso me haya

despedido, porque me ha librado de molestísimos disgustos y cuidados.

Además de haberme echado a cuestas, muy contra mi inclinación, un

villanísimo empleo, necesitaba andar continuamente ideando trazas y

urdiendo enredos para que pudieses hablar secretamente a Marcelina.

¡Qué embrollo! Gracias al Cielo, me veo ya fuera de estos cuidados

y, sobre todo, de los peligros que los acompañan. Por lo que a ti

toca, hijo mío, también debes alegrarte de haber perdido algunos

ratos de un placer momentáneo, a trueque de haberte librado de tantas

pesadumbres, sustos y riesgos.» Agradóme mucho la moral de Marcos,

porque me pareció que ya nada podía esperar, y sin hacerme gran

violencia determinó abandonar el campo. No era yo, lo confieso, de

aquellos amantes porfiados que hacen vanidad de luchar contra todos

los obstáculos; pero aun cuando lo fuera, la señora Melancia dejaría

bien burlado mi empeño y tenacidad. El genio riguroso que atribuían a

aquella mujer era capaz de desesperar a los amantes más pertinaces y

atrevidos. Sin embargo de los colores con que me la habían pintado, no

dejé de entender dos o tres días después que la señora médica había

adormecido a aquel Argos y corrompido su fidelidad. Salía yo una mañana

de casa a afeitar a un vecino nuestro, cuando una buena vieja se llegó

a mí y me preguntó si era yo Diego de la Fuente. Respondíle que sí, y

ella me replicó: «Pues a usted venía yo buscando. Vaya su merced esta

noche a la puerta de doña Marcelina, haga alguna señal, y luego le será

abierta.» «Muy bien—le repliqué yo—; pero es preciso que quedemos de

acuerdo sobre qué señal ha de ser. Yo sé remedar maravillosamente el

maullido del gato, y maullaré dos o tres veces.» «Basta eso—repuso

la mensajera de amor—; voy a dar parte de su respuesta a la señora.

Servidora de usted, señor Diego; el Cielo le conserve. ¡Qué galán sois!

¡A fe que si yo fuera una niña de quince años no le buscaría para

otra!» Diciendo esto, se desvió de mí aquella oficiosa vieja.

»Agitóme terriblemente este mensaje, y toda la moral de Marcos se la

llevó el aire. Esperé con impaciencia la noche, y cuando me pareció

que ya estaría durmiendo el doctor Oloroso, me encaminé hacia su

puerta. Allí di principio a mis maullidos, que debían oírse de lejos y

hacían mucho honor al maestro que me había enseñado tan bello idioma.

Un momento después bajó la misma Marcelina a abrir con mucho tiento

la puerta, y volvió a cerrarla luego que yo hube entrado. Subimos a

la sala en donde habíamos tenido nuestro último concierto, la cual

estaba débilmente alumbrada por una luz que ardía sobre la chimenea.

Nos sentamos juntos para dar principio a nuestra conversación,

alterados ambos, aunque con la diferencia de que el placer sólo causaba

la conmoción de Marcelina y la mía estaba mezclada con un poco de

sobresalto. En vano me aseguraba mi dama que nada teníamos que temer

por parte de su marido, pues se había apoderado de mí un temblor que

turbaba mi alegría. Sin embargo, le pregunté: «Señora, ¿cómo habéis

podido engañar la vigilancia de vuestra aya? Por lo que oí decir de

Melancia, no creía que os fuese posible hallar medios de darme noticias

vuestras y mucho menos de vernos a solas.» Sonriéndose entonces

Marcelina de mi pregunta, me contestó: «Dejarás de sorprenderte de la

secreta entrevista que tenemos esta noche juntos luego que te haya

contado lo que pasó entre las dos. Cuando entró en esta casa, mi marido

le hizo mil caricias y me dijo: «Marcelina, te entrego a la dirección

de esta discreta señora, que es un compendio de todas las virtudes

y un espejo en que debes mirarte de continuo para instruirte en la

modestia. Esta admirable persona dirigió por espacio de doce años a la

mujer de un boticario amigo mío; pero dirigió... de lo que hay poco: en

términos que hizo de ella casi una santa.»

»Estas alabanzas, que el aspecto grave de Melancia no desmentían, me

costaron muchas lágrimas y me pusieron desesperada. Me figuré las

lecciones que tendría que escuchar desde la mañana hasta la noche y

las reprensiones que me sería forzoso aguantar todos los días. En

fin, consentí en llegar a ser la mujer más desgraciada del mundo, y

olvidando toda consideración en medio de una esperanza tan cruel, le

dije con mucha sequedad al aya luego que me vi sola con ella: «Sin duda

os dispondréis para hacerme padecer mucho; pero debo advertiros que soy

poco sufrida y que no dejaré por mi parte de daros cuantos desaires

pueda. Os declaro que mi corazón está dominado de una pasión que no

serán capaces de arrancar de él vuestras reconvenciones. Sobre esto

podéis tomar vuestras medidas. Redoblad vuestra vigilancia, porque os

prometo no omitir nada para engañarla.» Al oír estas palabras, la dueña

adusta, que bien creí iba a ensartarme un sermón por primera entrada,

se puso risueña, y me dijo con un tono afable: «Mucho me agrada vuestro

carácter. Vuestra franqueza provoca la mía, pues veo que nacimos la

una para la otra. ¡Ah bella Marcelina, qué mal me conocéis si formáis

juicio de mí por el elogio de vuestro esposo o por la severidad de mi

exterior! No me tengáis por enemiga de los placeres, porque no me hago

agenta de los celos de los maridos sino para ser útil a las mujeres

hermosas. Hace mucho tiempo que poseo el grande arte de disfrazarme,

y puedo decir que soy doblemente feliz, porque disfruto a un mismo

tiempo de la comodidad del vicio y de la reputación que da la virtud.

Para entre nosotras, el mundo no es virtuoso sino de este modo: cuesta

demasiado adquirir el fondo de las virtudes, y por eso en el día todos

se contentan con tener sus apariencias. Dejaos guiar por mí—continuó

el aya—, y veréis cómo se la pegamos tan bien al viejo doctor Oloroso,

que os aseguro tendrá la misma suerte que el señor farmacéutico,

porque no me parece más respetable la frente de un médico que la de

un boticario. ¡Pobre señor! ¡Cuántas piezas le jugamos su mujer y yo!

¡Qué amable era aquella señora y de qué bello carácter! ¡Su alma goce

de Dios! Os aseguro que ha pasado bien su juventud; ha tenido qué sé

yo cuántos amantes, a quienes introduje en su casa sin que su marido

lo advirtiese jamás. Así, señora, miradme con ojos más favorables, y

estad convencida de que por más talento que tuviese el escudero que os

servía, nada perderéis en el trueque, y aun tal vez os seré más útil

que él.»

»Figúrate ahora, Diego—continuó Marcelina—, si habré agradecido a la

dueña el habérseme descubierto con tanta franqueza, cuando la creía de

una virtud austera. ¡Ve ahí cómo se juzga mal de las mujeres! Melancia

se granjeó desde luego mi afecto por este carácter de sinceridad y la

abracé con un gozo extremado, que le manifestó con anticipación cuánto

me alegraba de tenerla por aya. Haciéndola en seguida enteramente

confidenta de mis sentimientos, le pedí que me proporcionase cuanto

antes una conversación a solas contigo, lo que efectivamente cumplió,

valiéndose esta mañana de la vieja que te habló y que es una mensajera

que le sirvió muchas veces para la mujer del boticario. Pero lo que

hay de más gracioso en esta aventura—añadió Marcelina riéndose—es

que Melancia, por la relación que le hice de la costumbre que tiene mi

esposo de pasar la noche sosegadamente, se acostó junto a él y ocupa

mi lugar en este momento.» «Lo siento mucho, señora—dije entonces

a Marcelina—, y de ningún modo apruebo vuestra invención. Vuestro

marido puede muy bien despertarse y echar de ver el engaño.» «¡Oh, eso

no!—replicó ella con precipitación—. No tengas el menor cuidado por

eso y no hagas que un vano temor acibare el placer que debes tener en

hallarte con una mujer que te quiere.»

»La esposa del doctor, observando que este discurso no desvanecía mis

temores, no omitió nada de cuanto creyó a propósito para serenarme,

y por fin hizo tanto, que llegó a conseguirlo. Desde este momento ya

no pensé mas que en aprovecharme de la ocasión; pero al tiempo en que

Cupido, acompañado de las risas y de los juegos, se disponía a labrar

mi felicidad, oímos dar unas fuertes aldabadas a la puerta de la calle.

Al instante, el Amor y su comitiva volaron a manera de unos pajarillos

tímidos, espantados repentinamente por un gran ruido. Marcelina me

ocultó debajo de una mesa que había en la sala, apagó la luz, y como lo

había concertado con su aya, en caso que este contratiempo sucediese,

se fué a la puerta de la alcoba en que dormía su marido. Entre tanto,

los golpes que atronaban la casa continuaban con tanta repetición que,

despertando el doctor, se sentó en la cama, dando voces a Melancia.

Arrojóse ésta de la cama, aunque el viejo, que creía era su mujer,

le decía que no se levantase; reunióse con su ama que, sintiéndola a

su lado, la llamaba a gritos, para que fuese a ver quién estaba a la

puerta. «Ya estoy aquí, señora—le respondió el aya—; volveos a la

cama si queréis, que yo voy a ver lo que es.» Durante esto tiempo,

habiéndose desnudado Marcelina, se acostó con el doctor, que no tuvo

la menor sospecha de que le engañasen. Bien es verdad que esta escena

acababa de representarse en la obscuridad por dos actrices, de las

cuales una era incomparable y la otra tenía mucha disposición para

serlo.

»El aya no tardó en presentarse, en bata de dormir y con una luz en

la mano, diciendo a su amo: «Señor doctor, tenga usted la bondad de

levantarse aprisa, porque el librero Fernández Buendía, vecino nuestro,

le acometió una apoplejía, y os llaman de su parte para que voléis a su

socorro.» El médico, vistiéndose lo más pronto que pudo, partió a casa

del enfermo, y su mujer, en bata de noche, vino con el aya a la sala en

donde yo estaba y me sacaron de debajo de la mesa más muerto que vivo.

«Nada tienes que temer, Diego—me dijo Marcelina—, serénate.» Al mismo

tiempo, diciéndome en dos palabras de qué modo se había arreglado la

cosa, quiso en seguida volver a tomar el hilo de la conversación que

tenía conmigo y había sido interrumpida; pero se opuso a esto el aya.

«Señora—le dijo—, vuestro marido acaso puede hallar muerto al librero

y volverse inmediatamente; además de que—añadió, viéndome traspasado

de miedo—¿qué haríais con ese pobre mozo, no hallándose en estado de

continuar la conversación? Más vale ponerle en la calle y dejar el

negocio para mañana.» Doña Marcelina convino en ello, aunque a pesar

suyo: tan amiga era de lo presente; y creo que sintió bastante no haber

podido hacer poner al doctor el nuevo bonete que le tenía destinado.

»En cuanto a mí, menos afligido de haber malogrado los más preciosos

favores del amor que gozoso de verme libre del peligro, me fuí a casa

del maestro, en donde pasé el resto de la noche en reflexionar sobre

mi aventura. Estuve algún tiempo indeciso si acudiría a la cita de la

noche siguiente, porque no formaba juicio de salir más bien librado en

esta segunda calaverada que en la primera; pero el diablo, que siempre

nos cerca, o, por mejor decir, se apodera de nosotros en semejantes

lances, me hizo creer que pasaría por un mentecato si me quedaba a

la mitad de un camino tan bueno; y aun representó a mi imaginación a

Marcelina con nuevos atractivos y ponderó el precio de los placeres

que me esperaban. Resolví, pues, continuar mi entremés, y muy resuelto

a tener más firmeza, con tan bellas disposiciones, me fuí al día

siguiente a la puerta del doctor entre once y doce de la noche y en

medio de una obscuridad tan grande que no se veía brillar ni una sola

estrella en el cielo. Maullé dos o tres veces para avisar que estaba en

la calle. Pero como nadie bajaba a abrirme, no me contentó con empezar

de nuevo, sino que que puse a remedar todos los diferentes gritos del

gato, que un pastor de Olmedo me había enseñado; y lo hice tan al

natural, que un vecino que volvía a su casa, teniéndome por uno de

estos animales cuyos maullidos imitaba, cogió un guijarro que tropezó

con los pies y me lo arrojó con toda su fuerza, diciendo: «¡Maldito

sea el gato!» Recibí tan fuerte golpe en la cabeza que quedé aturdido

por el pronto, y me faltó poco para que cayese a tierra atolondrado.

Esto bastó para que diese al diablo el galanteo, y perdiendo el amor

juntamente con la sangre, me volví a casa, donde desperté e hice

levantar a todos. El maestro reconoció la herida, que le pareció

peligrosa; pero no tuvo malas resultas y se cerró al cabo de tres

semanas. En todo este tiempo no oí hablar de Marcelina. Es natural que

Melancia, para desprenderla de mí, le buscase algún otro conocimiento,

de lo que no me informé porque nada me importaba, pues salí de Madrid

para andar la España luego que me vi perfectamente curado.»

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3) · 第 41 / 76 题