El ojo de Bermúdez Peleches

El retrato de Nacho llegó a Sevilla, días andando, con una carta del

flamante jurisperito para Nieves, y otra de su madre para don Alejandro,

y la fotografía de Nieves salió para Méjico con una carta de ésta para

su primo, y otra de su padre para Lucrecia.

_Lo_ de esta hembra denodada había llegado ya a su grado máximo. Para

escribir lo poco que escribía a su hermano, tenía que ingeniarse

metiendo la barriga debajo de la mesa, y aun así apenas alcanzaba con la

mano al papel. Era una boya que no cabía ya en ninguna parte, ni

concebía otra postura, relativamente cómoda, que la de las boyas,

flotando, la cual era irrealizable, tan irrealizable como su viaje a

España, si Dios no hacía el milagro de enflaquecerla una tercera parte

cuando menos, en lo que faltaba de primavera, para poder embarcarse en

los primeros meses del verano. Poniéndose en lo peor de lo probable, era

cosa resuelta ya que viniera Nacho solo a conocer a su familia de

España, y a dar, de paso, un vistazo a lo más importante de los Estados

Unidos y de Europa. Tal era el proyecto acordado allá, y se realizaría a

mediados del verano. También Nacho hablaba de ello a su primita; pero

¿en qué términos?

Esto es lo que deseaba averiguar don Alejandro; porque es de saberse que

Nieves, de dos años atrás, no leía a su padre las cartas que la escribía

su primo, ni tampoco los borradores de las que ella le escribía a él.

Los dos hermanos Bermúdez Peleches continuaban en perfecto acuerdo sobre

cierto plan forjado desde que los respectivos hijos eran pequeñuelos.

Pero ¿conocían los hijos los proyectos de sus padres? ¿Los tenían por

buenos y los habían aceptado con gusto? Don Alejandro podía jurar que de

sus labios no había salido una palabra dirigida a Nieves, con intento de

descubrírselos. Su hermana Lucrecia aseguraba lo propio con relación a

su hijo. ¿Sería verdad? Y siéndolo, ¿habría nacido la misma idea entre

los dos primos, a fuerza de cartearse y de cambiarse los retratos... o

por obra de ciertos diablejos desocupados que se divierten trayendo y

llevando por los aires e ingiriendo en este oído y en el otro el rumor

de las confidencias más secretas, y hasta el polvillo de los

pensamientos mejor guardados? En su concepto, era llegada la hora, medio

anunciada días atrás a su hija, de tratar con ella de este peliagudo

caso. La fortuna se la puso a tiro, en el acto de colocar Nieves el

retrato de su primo en un elegante marco de _peluche_ rojo, y tomó

pretexto de ello para entrar en materia...

--Te repito--la dijo--, que le está de molde el vestido ese.

Nieves, sin volver la cara hacia su padre, alejó el retrato que tenía

puesto ya en el marco; y después de contemplarle unos instantes con los

ojos un poco fruncidos, plegó otra vez el brazo y respondió con la mayor

indiferencia mientras dejaba el cuadro sobre el mueble más próximo:

--No está mal así.

Lo propio que ya había dicho otra vez, como se recordará, y sin que

nadie se lo preguntara.

Con igual frescura y la misma indiferencia, respondió al largo y

malicioso interrogatorio con que su padre la estuvo asediando un buen

rato.

--Y ¿qué tal de estilo?--llegó a preguntarla--. ¿Se ha corregido algo de

aquellas melopeas guachinanguitas desde que yo no leo sus cartas?...

Porque bien sabes tú que, de dos años acá lo menos, ya no me las enseñas

como me las enseñabas antes... ¡Picarona!

Ni por esas. Nieves no se puso colorada ni se apuró lo más mínimo.

Respondió lisa y llanamente que allí estaban las cartas, si quería

leerlas, y que si no le había enseñado las recibidas durante los dos

últimos años, consistía en que precisamente era ese el tiempo corrido

desde que ella había caído en la cuenta de que no tenía substancia

maldita la retórica de su primo.

¡Canástoles! ¡y se lo decía tan fresca y tan!... Pues para fingimiento y

embustería, ya pasaba de la raya aquello; y si le hablaba en verdad, le

quedaba por andar todo el camino para llegar adonde se dirigían él y su

hermana desde tiempos bien lejanos. ¡Por vida de!...

Tocó enseguida otro registro nuevo: Peleches. Cómo era aquella casa, qué

habitaciones tenía, cuál de ellas sería más a propósito para Nacho y

cuál para ella, para Nieves, según lo que aconsejaba el buen sentido...

y también las circunstancias. (Esto de las circunstancias lo subrayó muy

fuerte, hasta temblarle un poco la voz y los párpados del ojo bueno.)

Nieves bajó entonces un tantico los suyos; y mientras daba golpecitos

con los dedos de su diestra en el cristal del retrato de su primo, con

la otra mano deshojaba, sin percatarse de ello, una de las flores del

manojito que llevaba prendido sobre el pecho. Por allí dolía, según las

señales que no pasaron inadvertidas para el ojo de Bermúdez. Pues ¡duro

allí, canástoles, hasta que sangrara! Y se ensañó el buen hombre,

fantaseando cuadros domésticos, idílicos y bucólicos; pero ¡cosa rara!

cuanto más clamoreaba la zampoña de Virgilio y Garcilaso, más

indiferente y fresca iba mostrándose Nieves. ¡Cómo demonios era aquello?

Acabó por perder la paciencia y los estribos, y se tiró a fondo con

estas preguntas:

--En fin y remate de todo este fregado, hija mía: a ti ¿te interesa algo

o no te interesa la venida de tu primo? ¿te da igual que viva con

nosotros o con los parientes de Villavieja? ¿que coja ley a la casa y a

las personas de Peleches o que no se le dé un ochavo de cominos por

ellas? ¿que se marche aburrido a los ocho días de llegar, o que no se

deje arrancar de allí ni con azadones y agua hirviendo? ¿que sea un

borreguito de mieles para ti, o que no le merezcas mayor estima que un

costal de paja? Responde y entendámonos.

Como el ojo de Bermúdez flameaba algo y su hablar era vehemente y su

acento un poco duro, Nieves, con estos síntomas y bajo el peso abrumador

de tantas y tan delicadas preguntas, quiso responder, pero con la debida

cordura, y no supo. Atarugose mucho; sofocola el trance inesperado, y

acabó por no saber de qué lado sentarse ni en qué sitio fijar la vista

de sus turbados ojos.

--Entendido, hija mía, entendido--exclamó al punto su padre, que no

desperdiciaba síntoma ni detalle--. Entendido de pe a pa, como si los

mismísimos angelitos del cielo me lo cantaran al oído. Entendido--añadió

levantándose de la silla en que se sentaba--, y no se hable una palabra

más. ¡Ah, qué torpe y qué simple y qué bárbaro fui empeñándome en que se

me pusiera en las palmas de las manos lo que no debe ser mirado sino con

los ojos de allá dentro!... ¡Qué sabes tú de esas cosas tan quebradizas,

tan escondidas y tan hondas, ni con qué vergüenza te atreves a echarles

la zarpada brutal para revolverlas y profanarlas?... Perdóname, hija

mía, siquiera por la honrada intención que tuve al ponerte en el apuro

en que te puse. Quédate con tu secreto que te acredita de juiciosa, y no

se hable más de esto hasta que tú lo desees. A mí con lo callado me

basta. Un beso ahora para sellar las paces, y adiós.

Se adivinan la temperatura del beso y la calidad de la sonrisa con que

despidió Nieves a su padre.

El cual, andando hacia su despacho, resumía y salpimentaba de este modo

los frutos de su terminada indagatoria:

--Se ve y se palpa. No cabe la menor duda. Está en inteligencia

perfectísima con su primo; y no por sugestiones extrañas ni por consejos

oficiosos de nadie, sino por nacimiento espontáneo, o providencial, de

esa idea o de ese sentimiento en la cabeza o en el corazón de entrambos;

circunstancia que dobla el interés y el valor de la cosa. Nachito, según

las incesantes afirmaciones de su madre, no tiene tacha en su moral; y

según lo declaran bien palpablemente sus retratos, tampoco la tiene en

su físico. De caudal, no se hable: será una mina de oro acuñado.

Nachito, con estas condiciones y prendas tan ventajosas, hoy por hoy,

entiéndase esto bien, hoy por hoy, reina en el corazón y en la cabeza de

su prima. La cabeza y el corazón de Nieves, hoy por hoy... hoy por hoy,

digo, están como dos tablitas de cera virgen: lo que en ellas se

imprima, allí se quedará por los siglos de los siglos, si no se borra

con la impresión de otro muñequito nuevo que estampe alguna mano

alevosa. Un padre, de los ramplones de tres al cuarto, no hubiera parado

mientes en este particular delicadísimo; y por lo mismo que veía a su

hija precozmente desarrollada en lo físico y en lo intelectual; por lo

mismo que la veía transformada, de la noche a la mañana, en mujer, y en

mujer donairosa, elegante y llamativa, con todos los elementos a

propósito para brillar y divertirse honradamente en el mundo, «al mundo

con ella antes con antes», se habría dicho; y en el mundo la habría

zambullido de golpe y porrazo... ¡Ah, padre bobalicón y mal aconsejado!

¡Quién es capaz de predecir lo que será de los pensamientos y de las

inclinaciones y hasta de los caprichos de tu hija, respirando un

ambiente que jamás ha respirado, y sin armas para defenderse en una

región que nunca ha visto, llena de tentaciones y de estímulos que han

de cebarse en su desapercibida naturaleza, como los mosquitos en el

almíbar? Y si tienes en algo lo que lleva ya estampado en sus tablitas

de cera, ¡quién te asegura a ti que no será borrado por la impresión de

otra cosa, y que esta nueva impresión no resultará llaga maligna y

enfermedad incurable? Pues bien: yo, aunque con un ojo solo, he guipado

más que tú, que tienes los dos servibles, en ese delicado particular; y

porque vi a Nieves precoz y que tenía algo que guardar en su almario,

algo muy bien estampado en sus tablitas de cera, precisamente por eso,

en lugar de meterla ahora en las bullangas del mundo y sus esplendores

engañosos, me la llevo a las soledades de Peleches, donde corre el aire

libre y puro, y hay luz sin estorbos y naturaleza en toda su

grandiosidad, para que nutra la sangre y fortalezca el espíritu, y se

endurezca la cera y no se borre a tres tirones lo que en ella hay

estampado; a Peleches, ciego, a Peleches, donde ni en ambiente ni en

costumbres se hallará, aunque se busque de intento, cosa que pueda

tentar a la inexperta doncella para torcer y malear la índole de sus

ideas ni la dirección de sus juiciosos pensamientos. Y si al fin de la

jornada resulta que no merece su primo los que ella le viene

consagrando, tanto mejor para que lo conozca así y no la mate ni la

alucine la pesadumbre... o el despecho del desengaño. Esto es jugar a

pulso y con tino y delante de la cara de Dios; esto es, en suma, llevar

las precauciones y el celo y el tacto hasta donde humanamente pueden

llevarse. Con ello cumplo como hombre avisado y como padre cariñoso; y

así me encuentro satisfecho, lo que se llama satisfecho hasta la

hartura... ¡Canástoles! y a la porra lo demás.

Pues bueno: si las exploraciones de don Alejandro Bermúdez Peleches en

los profundos de la conciencia de su hija, tan alarmantes por lo

aparatosas, las hubiera hecho, con su llaneza habitual, Virtudes, por

ejemplo, la íntima de Nieves en el colegio, Nieves, por derecho y a la

buena de Dios y con el laconismo que ella usaba, habría satisfecho la

curiosidad de Virtudes en la siguiente forma, palabra más o menos:

--Desde que sé leer y escribir, tengo yo sospechas de que papá y mi tía

Lucrecia quieren que sirvan _para algo_ las cartas y los retratos que

nos mandamos tan a menudo Nachito y yo. Chiquitín era él, y ya me

requebraba. Se lo reprendí muchas veces, no precisamente porque me

requebraba, sino por el modo de requebrarme. ¡Me decía unas cosas tan

pegajosas! Figúrate que hasta me llamaba _huerita_, porque soy rubia. Él

tomaba las reprensiones a broma, y apretaba el requiebro; y papá, que

entonces leía las cartas, las que iban y las que venían, celebraba mucho

estas peleas y me aseguraba que, con el tiempo, irían teniendo más

substancia los donaires de mi primo, y que entonces ya me gustarían. Por

de pronto me ponía en las nubes su hermosura, y me leía las cartas en

que su madre le ponía sobre el sol, por el cuerpo y por el alma. No

tenía pero ni por dentro ni por fuera. A mí lo mismo me daba. Crecimos

los dos: él entró en la Universidad y yo en el colegio. Como pollo

guapo, lo era de verdad entonces; y por lo que toca al estilo, algo se

había corregido en lo meloso, pero todavía se pegaba. En el colegio hay

que entregar y que recibir abiertas las cartas, para que se entere de su

contenido la Madre que entiende en esas cosas. Pues a mí me las recibían

y me las entregaban cerradas, por encargo terminante de papá: con esto,

y con haberme advertido él que no interrumpiera mi correspondencia con

Nachito a pesar de mis ocupaciones de colegiala, me afirmé más en creer

que algo se andaba buscando en el empeño de que nos carteáramos a menudo

y en secreto el mejicanito y yo. El tal mejicanito, según iba creciendo

y estudiando, iba ahondando, aunque no mucho, en los asuntos de sus

cartas; pero a mí me seguía sonando todo ello a música de gomoso, y por

ese lado me despachaba con él. Así llegamos los dos, Nacho al fin de su

carrera y yo a salir del colegio, sin haberme dicho él nunca cosa alguna

en serio y formalmente, y sin echarla yo de menos ni extrañarme de que

no me la dijera. Que continúa siendo guapo y hombre de bien y es muy

rico, y va a venir a España para vivir con nosotros y conocer a su

familia... no me pesa nada de ello. Que viene con intenciones declaradas

de que resulte lo que yo sospecho que se han propuesto sus padres y el

mío... eso será lo que sea y según yo esté de humor, y me llene él o no

me llene. Que, estando así las cosas, le desfiguran las viruelas, o

resuelve no venir ni acordarse más del santo de mi nombre... pues tal

día hará un año. Sentiré lo de las viruelas, como se siente una

desgracia en un amigo que es pariente además; pero en cuanto a lo otro,

una agradable curiosidad de menos, y santas pascuas.

--Corriente--diría entonces la curiosilla Virtudes, deseando conocer

hasta el último escondrijo del almario de su amiga--. Nada te inquieta,

nada te apura, y vives en la mayor tranquilidad, por lo que toca a tu

primo el mejicano; pero a la edad en que te hallas, con la salud y la

belleza que posees, recién salida de la prisión del colegio, lo adorada

que te ves de tu padre, tan rico y tan complaciente y tan campechano,

¿qué demonio es el que más te tienta ahora?... Porque alguno ha de

tentarte, o es mentira que el demonio no sosiega. ¿Cuál es tu mayor

ambición por de pronto? ¿qué es lo que con mayores ansias apeteces y

deseas?

Sin titubear hubiera respondido Nieves:

--Aire, luz, independencia, ruido de arboledas y música de pajarillos.

Sé que hay grandes ciudades llenas de maravillas, para admiración y

recreo de las personas ricas y desocupadas, y que las mujeres de nuestra

clase brillan y gozan entre los placeres de su mundo. Todo eso está bien

donde está; pero hoy no me tienta, porque no lo echo de menos todavía.

Si me metieran entre ello, lo aceptaría sin grandes repugnancias; pero

puesta a elegir, me quedo con lo otro, que me gusta más ahora, y sin

temor de que me engañe el pensamiento, porque bien sabes tú que siempre

fui muy inclinada hacia ese lado. Y no hay más.

Y no lo había, realmente, en los adentros de la pobre muchacha, tan mal

comprendida por su padre en ese particular... y en algún otro, pues no

debe olvidarse que el arrechucho gordo de don Alejandro Bermúdez

Peleches nació de haberla visto, de súbito, vestida de mujer, con unos

fulgores y unos centelleos y un poder incendiario que le metían miedo; y

hay que dejar bien declarado, hasta por obra de justicia, que no había

en la naturaleza física de Nieves el menor detalle que no estuviera en

cabal armonía con el sosegado equilibrio y la honrada disciplina de su

conciencia moral.

Efectivamente: ese equilibrio y ese sosiego y esa honrada disciplina, y

no otras cosas más feas, acusaban el tranquilo y hondo mirar de sus

rasgados ojos azules, su boca tan bien plegadita y tan fresca, la

blancura nacarada de su tez, la riqueza sobria y elegante de los

contornos de su busto, la finura de su talle y el aplomo reposado y la

gallardía de su andar.

No era alta ni daba en cara por hermosa; pero sí por _interesante_ en

sumo grado. La única nube que obscurecía a menudo la transparente

claridad de su semblante, era un repentino fruncimiento de su lindo

entrecejo; pero este detalle, como efecto mecánico de una extremada

sinceridad de pensamientos y de impresiones, no daba a la expresión de

su mirada el menor acento de dureza. Era sana como un coral, muy

ingenua, sobre todo, y diligente y animosa. Pintaba un poco, tocaba

regularmente el piano y leía con gusto los buenos libros de imaginación.

No era una artista; pero sentía y saboreaba el arte a su manera.

¡Y el bendito de su padre, sin acertar a leer lo que estaba tan a la

vista en aquel libro tan abierto!

Pensando como se ha visto, llegó Bermúdez a su despacho; y manoseando la

correspondencia que el ama de llaves había dejado sobre su pupitre

mientras andaba él a caza de los secretos de Nieves, topó con una carta

que traía el sello de la administración de correos de Villavieja.

Alegrose mucho de ello, y se sentó para leerla con toda comodidad,

porque prometía, por el bulto, ser bastante larga.

Abriola, y lo era en efecto. La firmaba don Claudio Fuertes y León, y

decía lo que podrá ver el lector, si es curioso, en el siguiente

capítulo.

--IV--

De lo que escribió desde Villavieja Don Claudio Fuertes y León, a Don

Alejandro Bermúdez Peleches

Mi amigo y señor: quedan en ejecución y serán cumplidas conforme a los

deseos de usted, las órdenes que se sirvió darme en su favorecida carta

última, lo propio que lo han sido ya las que me ha ido comunicando en

sus tres gratas anteriores, «en previsión», como usted decía, «de lo que

pudiera suceder el día menos pensado». La noticia de que, al cabo,

sucederá con entera certidumbre y en fecha no lejana, que también me

fija usted, me ha servido de grandísima satisfacción. Quédame, sin

embargo, el temor de que le engañen a usted algo los deseos en cuanto

comience a realizarlos en esta vetusta y apolillada soledad, al cabo de

tantos años de rodar por el mundo y de residencia en una de las ciudades

más hermosas y florecientes de él. Cuando menos, es muy de recelar que,

si no usted, porque ha nacido aquí y lo conoce bien y lo ama, pues lo

arraigó en su corazón siendo niño, la señorita Nieves, que se halla en

muy distinto caso, se aburra a los cuatro días; y en aburriéndose ella,

ayúdeme usted a sentir. Pero a esto me replicará usted que me meto en lo

que no me importa, y a buena cuenta le pido mil perdones por el

atrevimiento.

»Cuando venga usted verá que se ha sacado todo el partido posible del

deteriorado palación, y que no pegan del todo mal, después de las

reparaciones hechas en él, aunque de prisa y corriendo y con los pocos y

malos elementos que aquí hay, el piano y los demás muebles, trapos y

cachivaches que usted me ha ido remitiendo, en los lugares que ocupan,

según sus minuciosas instrucciones. En pliego adjunto le envío una nota

bien detallada y comprensiva de todas las mejoras efectuadas en Peleches

bajo mi dirección, para gobierno de usted antes de salir de Sevilla.

Celebraré que le satisfaga.

»Dicho esto, paso a cumplir lo más peliagudo de todas las comisiones que

he tenido el gusto de recibir de usted desde el día en que me honró con

el cargo de apoderado suyo en este término municipal. Díceme usted que

le envíe abundantes noticias, que sean así como a modo de pintura fiel

de Villavieja en su estado actual, mirada por fuera y por dentro, porque

hace muchos años que la ha perdido usted de vista y desea, cuando a ella

vuelva, no pisar como en terreno desconocido. Con la seguridad de

hacerlo mal, pero con el propósito firme de servirle a usted fielmente,

allá va, a la buena de Dios, la pintura que me encomienda; y «si sale

con barbas, san Antón...»

»Si le dijera a usted que Villavieja estaba en el propio ser y estado en

que usted la dejó tantos años hace, le engañaría a usted y adularía a

Villavieja; porque, en rigor de verdad y cumpliendo la ley de su

destino, tiene de peor que entonces el estrago del tiempo transcurrido,

y el de las miserias y la incuria de sus habitantes. De mejor, ni un

ladrillo, ni un clavo, ni una teja. Lo que a la salida de usted estaba

temblando, se ha venido al suelo, y mucho de lo que estaba firme y

erguido entonces, se tambalea ahora preparándose para caer, o escarbando

para echarse, como en casos parecidos se dice por acá. De pueblos de

secano que tuvieron grande importancia en tiempos remotos y hoy son

montones de ruinas solitarias o poco más, abundan los ejemplos; y hay

razón para que abunden, porque entonces se guerreaba y se vivía de

cierto modo, y los lugares más altos y más inaccesibles o de más fácil

defensa, eran los preferidos para fundar pueblos; al revés de lo que

acontece hoy por exigencias de nuestro modo de vivir; pero ejemplos de

puertos de mar, de poblaciones costeñas, que vayan de mal en peor desde

medio siglo acá, no conozco más que uno, el de Villavieja. No parece

sino que se le dio el castigo con el nombre que se le puso. A este

propósito le diré a usted que he registrado los archivos municipales,

los eclesiásticos y hasta desvanes particulares con el fin de averiguar

algo sobre la fundación de esta villa y el origen y fecha de su nombre,

y que nada he conseguido. Con decirle a usted que ni siquiera figura en

el mapa de España que hay aquí en la escuela pública, está dicho todo.

Si se hace uno cruces al notar aquella falta de rastros históricos donde

tanto debieran abundar, le dicen los doctos villavejanos: «eso y más de

otro tanto destruyó _la francesada_.» «Corriente, se les replica; pero

¿en qué consiste lo del mapa? ¿por qué no figura este puerto en él?» A

estas preguntas responden que también eso es obra de los franceses, por

rencores de otros tiempos, es decir, de los tiempos de «la francesada».

Aquí anda «la francesada» todavía tan fresca y tan rozagante como si

hubiera pasado por Villavieja antes de ayer. Replíqueles usted que el

mapa ese y otros tales no están hechos en Francia, sino en España. Lo

negarán en redondo, porque no conciben en los españoles que no sean

villavejanos, talentos tan considerables; y si alguna excepción le

admiten, sostendrán que la omisión se ha hecho, se hace y se hará en ese

mapa y en todos los mapas, por envidias y malquerencia de la gente de

Madrid. El caso es que se ignora por qué se bautizó esta villa, al

nacer, con el calificativo de _vieja_, o si se le dio más tarde a título

de mote expresivo. Lo que no tiene duda es que el nombre, o la maldición

o lo que sea, le cae a maravilla.

»Tiénese, y tengo yo también, por causa principalísima de este mortecino

estado de cosas, la inextinguible y tradicional enemiga que existe, como

usted sabe, entre los Carreños de la Campada y los Vélez de la

Costanilla, los dos principales barrios, según usted recordará, bajo y

alto, respectivamente, de Villavieja. Estas dos familias que tuvieron

cierta relativa importancia fuera de aquí, y aquí mucho prestigio

siempre, han podido, y aun hoy, que han venido muy a menos, podrían

hacer o conseguir que otros hicieran algo bueno y beneficioso para la

localidad; pero precisamente les ha dado la calentura por ahí; es decir,

por estorbar, por destruir los de arriba cuanto proyectan o discurren

los de abajo, y viceversa; y de este modo, unos por otros se va quedando

la casa por barrer. Añádase a esto que Villavieja nunca ha podido

agenciarse un valedor en Madrid ni en la capital de la provincia; que la

carretera nacional pasa a media legua de distancia de la villa, sea

porque los ingenieros no tuvieron noticia de nosotros cuando la

trazaron, o porque nos concedieron escasísima importancia; que la

provincia no ha querido construir ese pequeño ramal de empalme, y que

este municipio no ha logrado mejorar debidamente la áspera senda que

hace sus veces, porque siempre que lo ha intentado, no con gran empeño,

ha nacido la sospecha en los de la Campada o en los de la Costanilla, de

que el intento era cosa de los de la Costanilla o de los de la Campada,

y se le ha llevado el demonio con las artes de costumbres; añádanse,

repito, y ténganse presentes estos hechos y algunos más de su misma

traza, que no necesito mencionar, y hasta resultará una justificación de

la conducta de los villavejanos. Al verlos tan tranquilos, tan apegados

a su cáscara y tan satisfechos y enamorados de ella, verdaderamente se

duda si el estado material de la villa es obra de la dejadez del

habitante, o si el habitante es así porque haya encarnado en su

naturaleza, como espíritu, la catadura singular de la villa.

»Alguien se forjó la esperanza de que con la moda del veraneo entre las

gentes ricas del interior, y las excelentes condiciones de esta playa,

tan abrigada y espaciosa, no faltaría quien se fijara en ella, empezando

de ese modo y por ahí una era de relativo florecimiento para la villa y

su puerto. ¡Buenas y gordas! Vino, seis años hará, una familia de muy

lejos, con dinero abundante y dispuesta a bañarse y a pasar aquí una

larga temporada. Por de pronto, le costó Dios y ayuda encontrar

hospedaje, y ese malo. Al día siguiente estuvieron a punto de ahogarse

la señora y sus dos hijas, por no haber hallado a ningún precio quien se

prestara a servirlas de bañero, y no saber ellas dónde se metían. Al

hijo mayor, joven de veinte años, le desplumaron aquella misma noche en

el Casino; y al otro día se largaron todos por donde habían venido,

después de haberles sacado el redaño el posadero. Claro está que no han

vuelto por aquí, ni alma nacida tampoco.

»En otra ocasión se denunció en este mismo término, y a la puerta de

casa, algo que parecía buena mina de carbón de piedra: lo olieron unos

ingleses y la compraron por poco dinero. Creímos algunos que por ese

lado iba a hallarse la villa un buen remiendo para su capa; pero después

de algunos trabajos preparatorios y una explotación somera de la mina,

la abandonaron los explotadores, o mejor dicho, se la vendieron por

cincuenta mil reales a tres sujetos de aquí. Al cabo se quedó con la

empresa uno solo, comprando las representaciones de los otros dos con un

ochenta por ciento de merma. Este sujeto, un tal Barraganes, rematante

de arbitrios, la explota desde entonces arañando por encima y ocupando

en las labores, sólo a temporadas, cuando más, ocho obreros cuyo

hallazgo le cuesta un triunfo. Para llevar a vender, donde convenga

mejor, lo que se va acopiando de este modo tan sosegado, viene un

vaporcillo de cabotaje cada cuatro o seis meses; y éste es el único

barco que fondea en este puerto años hace. Los ingleses hicieron una

carreterilla desde la mina al embarcadero, cosa de dos kilómetros, pero,

por desgracia, en dirección contraria a la general del Estado;

afianzaron un poco el ruinoso muelle con unos cuantos sillares y media

docena de tablones, y eso hemos salido ganando. De estas cosas y otras

que también dejo mencionadas, y algunas que mencionaré más adelante, ya

le enteré a usted en su debido tiempo, así como del rumbo que gastaba el

inglés principal, lo apegado que estaba a la villa, y lo muchísimo que

la hubiera enseñado, si como se marchó a los dos años de haber venido,

porque la mina les dio chasco, permanece entre nosotros dos años más

siquiera; pero se lo vuelvo a referir a usted porque, en mi deseo de

darle el cuadro completo, no quiero omitir en él ninguno de sus

componentes principales, aunque ya le sean conocidos.

»No habrá usted olvidado lo que pasó con aquel señor catalán que estuvo

aquí no hace mucho con el intento de establecer una fábrica de salazón y

de escabeches, trayendo, para surtirla de pescado, una escuadrilla de

lanchas bien tripuladas, y contratando rumbosamente las tres que aún

había en el puerto. En cuanto le conocieron las intenciones los

villavejanos más arrimados a la playa, le dieron tal zambullida en la

mar, cogiéndole de improviso un anochecer, de diciembre, por más señas,

y tal corrida de palos a la salida, que no esperó ni a mudarse la ropa

para huir de Villavieja, lo mismo que un perro de aguas.

»No quiero citar más ejemplos de esta clase, por lo mismo que abundan en

mi memoria y también en la de usted; y le advierto que de las

mencionadas tres lanchas pescadoras que había en este puerto cuando la

zambullida y subsiguiente zurribanda al catalán, no queda ya más que

una. Las otras dos se hicieron astillas en la playa, donde las habían

varado para recorrerlas un poco, con un marejón tremendo de Levante,

cosa rara aquí, que se les fue encima una noche, de repente. Los dueños

se quedaron sin ellas, y los pescadores que las tripulaban _a la parte_,

tan satisfechos. Así como así, estaban deseando dejar el oficio que,

tras de peligroso, no les daba de comer por falta de mercado, en lo cual

tenían razón, bastante más que la que tuvieron para echar a palos de

Villavieja al señor catalán que quiso contratarlos con buen sueldo.

»Ahora se han agenciado un par de botecillos remendados; y merodeando

aquí y allá con ellos, como merodean otros tales, a mar llana, van

viviendo muertos de hambre. A estos botes, cosa de media docena en

junto, y a una lancha, queda reducido hoy el material de pesca en un

puerto tan considerable como éste. Y así y todo, anda de sobra el

pescado en la villa, no por lo mucho que viene de la mar, sino por lo

que, de lo poco, sobra para el consumo de la población, único mercado

que tiene por falta de comunicaciones rápidas con otros.

»El comercio, en general, ha ido a menos, aunque le parezca a usted

mentira. Han quebrado dos establecimientos de comestibles, de los que

usted conoció, y se ha cerrado otro. Quedan otros tres: uno de ellos en

la Costanilla, otro en la Campada y otro en la plazoleta del Maravedí.

De tabernas no hablo, porque se supone que abundan.

»También ha habido alguna merma en el ramo de pañeros. Por de pronto, la

antiquísima y afamada _Perla de Ezcaray_, ya no existe. Murió el viejo

don Anselmo, que era el alma de la casa, y ha sido forzoso liquidarla a

instancias del yerno del difunto, un tal Córcoles, logrero y

trapisondista de medianeja reputación. Los demás del gremio, unos

arrastrándose poco a poco y otros como pueden, continúan en sus

covachones de los arcos de la Plaza Mayor.

»Allí encontrará usted igualmente, y en próspera fortuna por cierto, al

rechoncho Periquet, _El Valenciano_, como lo reza el letrero, con sus

porcelanas sospechosas, su cristalería polvorienta, sus rollos de

esteras resobadas y sus innumerables baratijas de relumbrón. Se le metió

en la cabeza que había de dar en la suya al presuntuoso _Bazar del

Papagayo_, que está a su vera, y lo ha conseguido sin gran esfuerzo.

Este bazar, de gran fachada y de fondos negros y vacíos si no de

telarañas y de sogas de esparto, de escobas de palmiche, un poco de

herraje basto, otro poco de loza de Talavera, dos sartas de cencerrillos

y otros pocos más de incongruencias por este arte, tiene, como usted

recordará, un gran papagayo de cartón pintorroteado encima del letrero

que corona su escaparate. Pues Periquet, que no tiene escaparate, en su

empeño de competir en todo con el bazar, ha colocado encima del letrero

de su tenducho embarullado, pero bien provisto, una cotorra, también de

cartón y también muy pintarrajeada, sosteniéndose sobre la palabra _DE_,

o mejor dicho, con cada letra de estas dos en la correspondiente pata.

Enseguida descifraron el jeroglífico los desocupados villavejenses, que

hasta en grupos de seis en seis acudieron los primeros días para leer en

voz alta y a una: _«La cotorra de El Valenciano.»_ Después soltaban una

risotada, miraban hacia el fondo del bazar contiguo, y se iban haciendo

muchos comentarios. Todo esto halagó en gran manera la vanidad de

Periquet, y, como es de suponer, agravó los sordos rencores de los

propietarios del tendajón, que, siendo villavejanos de pura raza, se

sienten heridos en lo más hondo por el agravio que les hace su villa

nativa ayudando a que los arruine y vilipendie un intruso y groserote

que todavía usa _alpargates_ y pañuelo a la cabeza, y no sabe leer ni

escribir.

»Lo que no ha podido quitarle _La cotorra de El Valenciano_ al _Bazar

del Papagayo_, es la tertulia de prima--noche, lo mismo en invierno que

en las demás estaciones del año, pero principalmente en la de invierno.

Allí acuden puntualísimos, en cuanto comienza a anochecer, el párroco y

los dos coadjutores, el médico viejo don Cirilo, el procurador Ajete, el

abogado Canales, y _Chichas_, antiguo y ya retirado tendero de la

plazuela del Maravedí, donde hizo el capitalejo con que ahora vive de

holgueta. Éstos son los tertulianos fijos del bazar. El médico, el

abogado y el párroco, son los hombres que más saben aquí de cosas de

Villavieja, de antaño y de hogaño; y de esas cosas es de lo que más se

habla en la tertulia, cuando se habla, porque comúnmente no se habla de

nada allí, ni se ve, porque siempre se está a obscuras. Así es que

infunde cierto miedo el mirar hacia adentro cuando se pasa de noche por

delante de la puerta. Se ve, en aquel antro tan hondo y tan obscuro y

tan silencioso, brillar de rato en rato una chispa aquí y otra allá, que

son las producidas por otras tantas chupadas a los cigarros en

ejercicio... y nada más se ve por mucho que se mire; ni ordinariamente

se oyen otros ruidos que algún carraspeo seco, o el crujido de una

silla, o la sonada de unas narices. En estos casos, aunque se sabe lo

honradas y pacíficas que son las gentes allí congregadas, al pensar en

meter la cabeza dentro le asalta a uno el temor de que le agarren por

ella manos invisibles que le amordacen y le arrastren más allá, y le

lleven, le lleven, hasta la boca de una sima muy honda en la cual le

arrojen para que le vayan devorando poco a poco sabandijas y ratones.

Cuando la tertulia se deja oír un poco desde el soportal, es porque se

hacen (rara vez) comentos de alguna noticia política. Por lo común, el

mayor ruido es el murmullo acompasado y dormilento que producen los

relatos eruditos o doctrinales del médico o del abogado o de los señores

curas. Tienen este bazar y esta tertulia cierto color venerable y

especial, y por eso les consagro algunos renglones más que a otras cosas

de acá, sabiendo que no le molesto a usted aunque no le diga nada que

ignore.

»El relojero Chaves murió años hace; pero queda la relojería donde

siempre estuvo, tres puertas más abajo del bazar, lo mismo que usted la

conoció. Su hijo, es decir, el del relojero, que es quien está al frente

de ella, sabe tal cual su obligación; y, lo mismo que su padre, hace y

vende jaulas y ratoneras, y compone cerraduras finas y rosarios, y cura

por el método _Le-Roy_, muy acreditado aquí.

»La tienda verdaderamente nueva para usted en los Arcos, es la de un

sastre riojano que vino a Villavieja hará cosa de seis años. No lo hace

mal, y presta un gran servicio a los villavejanos que, sin pedir

primores ni mucho menos, nos veíamos y nos deseábamos antes para

vestirnos fuera de aquí; porque pensar que los otros dos sastres que

usted conoció y aún quedan, salieran de sus medidas con tiritas de

papel, de sus perneras acampanadas y de sus faldones con frunces, era

pensar los imposibles.

»También ha mejorado algo el estilo de nuestros zapateros; pero poca

cosa.

»Vive todavía _Gorrilla_ el platero, y en su mismo tenducho lóbrego de

la Rinconada de la Colegiata. Allí le verá usted cuando venga, detrás

del vidrio roñoso (en el que continúan colgados de un alambre horizontal

los mismos tres pares de pendientes de plata y el mismo sonajero y la

misma colección de sortijas usadas), con la cabeza gacha y la cara

tapada por la visera enorme de su gorra de nutria, medio pelada ya,

ocupado en soldar con el soplete una cosa que siempre parece la misma,

con la puerta cerrada y sin un marchante dentro ni fuera, ni tampoco en

las inmediaciones, yendo o viniendo. ¡Y dicen que vende y que gana, y

hasta que tiene mucho dinero! Lo tendrá; pero dudo que lo haya adquirido

con el oficio.

»Y ya que ando tan cerca de la Colegiata, no quiero irme a otra parte

con el relato, sin presentarle a usted su buen amigo, y mío y de todo el

mundo, don Adrián Pérez, tan entero y tan campante como si no pasaran

años por él, en su sempiterna farmacia de la Plazoleta y frente por

frente del pórtico del templo, con su levita negra de largos faldones,

desabrochada siempre; su chaleco, negro también, abotonado hasta el

pescuezo, y éste muy liado en una corbata de tres vueltas, negra

igualmente, y de seda, sin asomo de cuello de camisa por ninguna parte

(aunque sí del cordón del escapulario por debajo del cogote, muy a

menudo, o por encima de la nuez), y su sempiterno gorro de terciopelo

sobre la cabecita (solamente gris todavía, a pesar de sus setenta y

cinco muy corridos), sobándose a cada instante el codo izquierdo con la

mano derecha, hablando poco, mirando risueño y sin apresurarse, ni

asombrarse, ni conmoverse, ni disgustarse, ni mucho menos enfadarse por

nada. Es, como ha sido siempre, la encarnación viva de la parsimonia y

del bienestar, en la mejor farmacia del mejor de los pueblos del mejor

de los mundos posibles. De la botica no hay que decir que sigue las

leyes de su boticario: los mismos tarros de porcelana con los propios

nombres en latín abreviado; la misma Virgen de las Mercedes, patrona

especial del establecimiento, en su hornacina de caoba, encaramada en lo

alto y principal de la estantería, es decir, en el _Ojo_, el «ojo» a que

se endereza la pedrada del refrán; el mismo pildorero de castaño con sus

enroñecidos _trastes_ de hierro; el mismo cazo para los cocimientos, la

misma tijera para cortar el baldés de los confortantes de siempre, y

hasta el mismo papel emborronado, de planas, comprado a lance a los

chicos de la escuela, para sus cucuruchos de píldoras y envolturas de

medicamentos en polvo.

»La novedad única (a lo menos para usted) de esta botica, es el hijo del

boticario, y boticario él también de cinco o seis años acá. Es un

bigardón de los demonios, que tan pronto le parece a usted blanco como

negro, hábil como inepto, aquí listo y allá simple. Pica en muchas

cosas, y aún no he podido averiguar hacia cuál de ellas le arrastran sus

verdaderas aptitudes. Parece, por de pronto, de buen acomodar, y ayuda a

su padre en la botica con los mejores deseos.

»Excuso decir a usted que en este rinconcito de Villavieja es donde

mejor ha caído la noticia de la próxima venida de usted, no porque

afirme que ha caído mal en otras partes, sino porque de la cordialidad

con que le quiere a usted y a cuanto le pertenece este bonísimo sujeto,

respondo con el pellejo, y no me atrevo a tanto con los demás. Bien sabe

usted cómo abundan aquí la carcoma y los celillos de clase; y aunque

todos los Bermúdez, por dicha suya y desgracia de Villavieja, han sabido

aislarse en su nido de Peleches de las intriguillas y miseriucas de acá

abajo, al cabo es usted Bermúdez, tiene mucho dinero y raya más alto que

nadie entre todos los villavejanos, aunque no se proponga rayar. En fin,

ya me entiende usted.

»Como la pintura que voy rasgueando no ha de ser escrupulosa estadística

para gobierno de la dirección de Contribuciones, sino cosa muy

diferente, hago caso omiso de los demás ramos mercantiles e industriales

de la localidad y de la vida que arrastran, amén de que se adivina

fácilmente esa situación precaria con lo que dejo apuntado en esta misma

carta y le tengo dicho en otras sobre lo a menos que han venido el

mercado de los lunes y la feria de primero de cada mes. Estos recursos,

que fueron para Villavieja minas de plata en otros tiempos y tanto

decayeron después, continúan a esta fecha de mal en peor. Claro es que

la enfermedad alcanza en proporción debida a la gente de la Aldea,

nuestro barrio de labradores; y ese malestar de este importante gremio,

le verá usted bien reflejado en la vega, tan floreciente y pomposa años

atrás.

»Decía el inglés de la mina, ingeniero de cuenta y hombre de mucho

mundo, que era muy de notarse que los villavejanos, tan indolentes y

apáticos en cuanto se refería a mejoras y útiles progresos locales,

fueran para todo lo demás tan animosos, tan regocijados, hasta

bullangueros, y tan _susceptibles_ y quebradizos de piel. Y decía la

pura verdad. Un villavejano de viso se encogerá de hombros al ver cómo

se le hunde medio tejado, y perderá el sueño si aquella misma noche se

le ha demostrado en el Casino que su _levisac_ atrasa más de dos

temporadas en el reló de la última moda. ¡Oh! en éste y otros parecidos

asuntos son terribles los villavejanos, sobre todo las hembras. Tenemos

_mundo_, tenemos _clases_, tenemos _distinguidos y cursis_; horas de

_tono_ y horas _vulgares_; y si no se puede con ricas telas, imitamos

con percalinas la forma y los colores del vestido que, según la revista

de modas que reciben las _Escribanas_ o las de Codillo, llevaba una gran

señora parisiense en cierta recepción del Elíseo. Para estos apuros y

otros semejantes, hay aquí un contingente regularcito de costureras con

humos de modistas, que se despistojan con el afán de conseguir que sus

exigentes parroquianas no encarguen sus vestidos a la capital, que dista

catorce leguas. Y lo mismo se desvela y por idéntica causa, el sastre

riojano; porque los hombres elegantes de aquí son punto menos que las

hembras distinguidas.

»Las que más se _distinguen_ ahora son las mencionadas Escribanas y de

Codillo. Las primeras, llamadas así por ser hijas del difunto escribano

Garduño, que dejó bastante dinero, aunque no lo que suponen las gentes,

son tres y la madre: ésta bajita y gorda, y aquéllas altas y delgadas,

no de mal parecer, pero tampoco guapas. Se atufan por cualquier cosa, y

muchas veces van riñendo unas con otras por la calle, a media voz, pero

muy sofocadas e iracundas. Las de Codillo, hijas de don Eusebio Codillo,

el dueño del _Café de la Marina_, de la calle del Cantón, hoy arrendado

a un murciano, son cinco y muy desiguales entre sí en color, en estatura

y en carnes; pero todas ellas tienen cierto andar, cierto sonreír y

cierto... vamos; y, sobre todo, unos humos de señoritas principales y

acaudaladas, que meten miedo. A Codillo, que siempre fue una tenaza y

una esponja para el dinero, le da ahora por despilfarrarse con la

familia y hasta por acompañarla vestido de punta en blanco. Es teniente

de alcalde, está viudo, y eso le salva, porque su mujer era una fiera

hasta para amarrar el ochavo.

»Con menos caudal que estas dos familias y con los trapitos arreglados

en casa, forman en la misma clase, primeramente, las dos nietas del

_Indiano_, aquel fachenda que usted conoció ya viejo. El heredero, su

hijo Martín, se comió en dos años la mitad de la herencia, y con la otra

mitad pretendió en lejanas tierras a una supuesta ricachona, que resultó

pobre del todo después de casada, pero muy vanidosa. Vive ella y se

murió él; y con lo poco que dejó, bien estiradito y apurado, se dan el

gran pisto las tres hembras de la casa.

»Después de ellas, o a par de ellas, mejor dicho, las _Corvejonas_, así

llamadas por ser hijas de don Aniceto Martínez Liendres, _Corvejón_ de

apodo, por herencia de su padre que fue herrador y albéitar, con igual

mote, como usted recordará. Traficó Aniceto con suerte en ganados; casó

bastante bien con una hija de otro traficante asturiano, y ahí le tiene

usted con su _don_ como una casa; y aunque le han mermado los caudales

en más de la mitad, con unos humos que no le caben en la chimenea.

»Al lado de las _Corvejonas_ figuran las _Pelagatas_... Pero ¡qué jugo

va usted a sacar de la lista que yo forme, si toda esa gente es nueva y

desconocida para usted, sin precedentes de nombre ni de arraigo en toda

la población? Ya las conocerán ustedes cuando vengan, si conocerlas

quieren, lo propio que a las de la jerarquía subsiguiente, las

calificadas de cursis por las primeras, y, como tales cursis,

menospreciadas.

»Entre tanto, sepa usted que, de poco tiempo acá, anda fluctuando entre

las dos categorías, con síntomas de caer en la primera, la sobrina de su

señor cuñado de usted, el marido de doña Lucrecia. Desde que empezó a

enriquecerse de veras este insigne villavejano, amparó rumbosamente a la

familia que le quedaba aquí, su madre y una hermana, ésta casada con un

labrador del barrio de la Aldea donde ellos vivían y eran labradores

también. Muriose la vieja, y quedó el matrimonio joven, con una niña, ya

establecido en el casco de la población y viviendo de sus rentas, o sea

de la pensión del mejicano. Metieron a la niña en la «enseñanza» de doña

Eustoquia; no era un adoquín, ni fea; desbravose allí bastante;

consiguió luego desbastar y pulir algo a su madre, que bien lo

necesitaba; muriose el padre de un tabardillo, porque la holganza y el

buen pesebre le tenían hecho un odre y algo picado a la bebida; creció

la muchachuela y se hizo una moza regular y de buen aire; tomole tal

cual a su lado la viuda... y como la espuma hasta hoy. Ambas saben que

viene este verano su sobrino de usted, y afirman que se hospedará en su

casa cuando pare en Villavieja, y que, como las quiere tanto... «¿quién

sabe lo que podrá suceder?» Conque sírvale a usted todo ello de

gobierno: lo uno, para su satisfacción, y lo otro, por si ha pensado en

preparar cuarto al mejicanillo en Peleches.

»Hablando ahora en serio otra vez, añado a lo dicho sobre las mujeres

_de tono_ de Villavieja, que tienen para exhibirse en toda su

pomposidad, cuatro bailes _de tabla_ al año: uno, el más solemne, el

tradicional del Ayuntamiento el día de la Patrona de la villa, y tres en

el Casino, dos de ellos en Carnaval y uno en Pascua de Resurrección.

Todos de sala y con larga cola, no de vestidos, sino de disgustos: en

unas, porque no fueron invitadas; en las invitadas, porque no debieron

serlo muchas «cursis» que lo fueron. Lo propio sucede cuando en el

Casino hay veladas artístico-literarias y leen los chicos poetas de la

localidad, y tocan el piano las señoritas que lo entienden. Siempre

quedan detrás de la fiesta ocho días largos de murmuraciones y

disgustos. Por eso, si bien se mira, donde mejor lo pasa durante el

invierno la juventud de ambos sexos, es en las reuniones que dan en

competencia las Escribanas y las de Codillo, y, a veces, las Corvejonas.

Cada cual de ellas invita a «sus relaciones», y nadie tiene derecho a

quejarse si no es invitado ni «relación» de la casa. Los paseos de moda

son, en invierno y con mal tiempo, los Arcos de la plaza; y con sol, la

Chopera de la Campada; en el verano, los mismos Arcos en el primer caso,

y en el segundo la Glorieta de la Costanilla, el mejor paseo de

Villavieja, como usted sabe, porque le tiene casi lindero de Peleches,

dominando la playa y el mar por una parte, por la otra la vega y por la

otra la villa; y no domina por la cuarta, es decir, por el sur tanto

como por la opuesta, porque allí está Peleches que lo domina todo,

incluso la Glorieta.

»Las horas de tono en todas las estaciones del año para pasear las

señoras, son las últimas de la tarde y a la salida de misa mayor en los

días festivos... En los días de trabajo no se pasea: se callejea por la

villa con cualquier pretexto, o _se anda_, como los simples mortales,

por donde se quiere o se puede.

»Como eterna protesta contra todos estos ceremoniales de similor, quedan

míseros restos de aquellas pocas familias de relativo abolengo, que en

tiempos de nuestra juventud eran gala y ornato de la villa. Se complacen

en asistir de trapillo adonde estén las otras muy emperejiladas, o en no

asistir de ningún modo, como a sus bailes, o en andar muy majas en

sitios y a horas diferentes. Así protestan; pero no triunfan, porque la

ley de los más se impone al cabo.

»Se va extendiendo demasiado esta carta, y aún me resta hablar a usted

de los hombres; no mucho, porque habría de sucederle a usted con los que

bullen y «dan el tono», lo propio que con las hembras equivalentes: no

los conocería por más que se los fuera citando uno a uno. Hay _clases_

también, y _distinguidos_ y cursis entre ellos, y distancias, por tanto,

que se guardan hasta en el Casino diariamente. Esto le baste, que mundo

y habilidad y cacumen le sobran a usted para deducir el resto.

»El Casino es el _alma mater_ de todos ellos. Allí van a parar los más

altos y los más bajos, los cursis y los distinguidos, de día y de noche;

y si en el establecimiento no se ha puesto una tachuela desde que usted

le conoció (donde aún continúa, encima _del Bazar del Papagayo_), no es

por falta de concurrentes abonados, sino porque, más o menos

distinguidos, todos los que van pasando por allí son de madera

villavejana, que ya sabe usted la virtud que tiene en esto de dejar que

las cosas se acaben por sí mismas, aunque no falta quien afirma que en

el _confort_ de la casa se gastaría algo más si se jugara algo menos, y

no tan a menudo, en la famosa _leonera_, escondrijo de la sociedad donde

los socios se despluman a diario como unos caballeros.

»Ya le indiqué a usted de pasada que había chicos poetas aquí, que leían

en ciertas veladas. Es la verdad; y también bullen y peroran en los

soportales de la plaza, y a la puerta de la Colegiata cuando entra o

sale la gente, y en la Glorieta, y en la Chopera, y en el Casino y donde

quiera que haya público que los oiga. Han tenido hasta conatos de un

periódico semanal; pero la falta de una imprenta en la villa les aguó la

fiesta. A alguien de ellos se le ocurrió después hacerle autógrafo y

reproducir los ejemplares con una prensa de copiar, como las usadas en

el comercio, y así se hizo, con gran éxito y resonancia en toda la

población.

»Comenzaba ya el periódico a producir disgustos entre muchas familias

aludidas por los chicos, cuando llegó de la Universidad, va a hacer un

año ahora, Tinito _Maravillas_. Éste es un jovenzuelo chiquitín,

paliducho y lacio, con gafas, pelo de ratón y patillitas transparentes.

Usa a diario _chaquet_ negro y bastón. Es hijo de un tabernero de aquí,

algo levantisco, el cual se ha medio arruinado para darle la carrera,

porque desde que Tinito (Agustín) comenzó a hablar, se le antojó a él

que _sacaba_ mucho talento y había de llegar a ser una maravilla, si se

le educaba convenientemente. Tinito lo creyó así también, y por

maravilla se tiene después de licenciado, y por maravilla le ha

proclamado y le proclama su padre en la taberna y en todas partes, y

_Maravillas_ se le llama donde quiera. Pues este Maravillas, que se

había hecho notar aquí en todas las temporadas de vacaciones, ahora es

una barbaridad lo que destaca, particularmente entre sus contemporáneos,

por lo que sabe y por su modo de pensar. A los chicos del periódico

autógrafo los asustó. Villavieja necesitaba, en su lastimoso estado de

modorra, algo más que coplas y chismografía. Él había escrito en

revistas librepensadoras, de gran importancia, y sabía lo que eran esas

cosas. Si querían su colaboración, no tenía inconveniente en prestarla,

pero a condición de que el periódico fuera dirigido por él y saliera en

letras de molde; lo cual no era difícil imprimiéndole en la capital. La

proposición sedujo, y en realizarla se anda desde entonces.

»Tinito habla poco, casi nada; pero se deja ver en todas partes, con la

cabecita muy alta y en la cara una sonrisa entre compasiva y desdeñosa.

No va a misa, por supuesto; y si se le pregunta por qué, hace un

gestecillo como de asombro, sin dejar de sonreírse, y no responde más.

Oye hablar de Dios, sonrisita; oye hablar de reyes, sonrisita; oye, en

fin, hablar de todo lo corriente en los pueblos regidos por leyes, usos

y costumbres a que estamos avezados usted y yo, sonrisita. A su padre se

le cae la baba con estas cosas de Maravillas, sobre todo cuando le ve

echar desprecios, a su modo, sobre el viejo resabio de «las clases», tan

arraigado en Villavieja; y Maravillas, en tanto, teniendo a menos decir

de quién es hijo, y pegándose como una lapa a lo que aquí se tiene por

aristocracia de la población, que no sabe, a la hora presente, si

temerle, si admirarle o si reírse de él; porque en Villavieja ha habido

siempre muy poco entusiasmo por las ideas políticas y filosóficas. Lo

más exaltado de aquí no pasa todavía del progresismo histórico, tal como

lo dejó el Duque de la Victoria al volverse a Logroño en 1856.

»Sin embargo, no ha predicado enteramente en desierto el joven apóstol

desde que vino Licenciado de Madrid. Ya tiene algunos partidarios casi

entusiastas, entre los mareantes y los zapateros, a quienes se digna

hablar, de tarde en cuando, de Compte, de Büchner y de Lombroso,

asegurándoles de pasada que él conoce hasta la última palabra de la

ciencia experimental, escoba y azote del viejo mundo teológico y

metafísico.

»Yo creo que habría palos en el Casino, si a Maravillas le diera por

hablar tan recio allí, porque solamente con la estampa y la sonrisita es

ya una indigestión continua para ciertos y determinados temperamentos:

uno de ellos el fiscal, de seguro; y muy probable, el hijo del

boticario, que es atroz por lo sincero, por lo acelerado... y por lo

forzudo, y se pasa las horas muertas jugando al billar con el Ayudante

de Marina que está siempre desocupado. No tiene otro vicio; pero un taco

espantoso.

»El fiscal lleva en este juzgado cuatro años, y es un sujeto digno de

estudio. Es aragonés, solterón y joven todavía, pero algo acabado.

Detesta la profesión tanto como a la villa, y ni siquiera trata de

disimularlo. Las acusaciones suyas son dicterios y palizas contra todo

lo que trae entre manos, hasta la ley, que no le da cuanto necesita para

despacharse a su gusto. Para él no hay atenuantes ni eximentes. Siempre

pide el máximum de la pena para toda clase de delitos. Cuando habla de

Villavieja, la _acusa_ del mismo modo, porque está deseando que le echen

de la carrera y de aquí. Pone cada mote que no le levanta nadie, por lo

bien que cae. Tiene talento y gracia y se deja querer, porque, después

de todo, es un lagarto muy apreciable, hombre de bien y de trato muy

ameno. Antes jugaba mucho al tresillo; ahora se le halla casi toda la

noche y parte de la tarde fumando y tomando café en una mesa, cerca de

la de billar, viendo cómo juegan el hijo del boticario y el Ayudante de

Marina, hablando con ellos a su modo a ratos, y a ratos con dos abogados

y un médico, jóvenes, de lo más culto y tratable que hay aquí, y

conmigo, que solemos acompañarle...

»Para concluir, mi señor don Alejandro: continúan los cerdos

revolcándose en las calles sin empedrar, y las gallinas picoteando el

césped del encachado de la plaza; el casón histórico, llamado de _los

Capellanes_, se desplomó en abril del año pasado; está mal sostenido con

puntales lo que queda del convento de Premostratenses; se va a apuntalar

la fachada norte de las Casas Consistoriales, y en la calle del Cáncamo

se abrió de repente una sima, tres años hizo en febrero, y sin rellenar

se encuentra a la hora presente.

»Con esto y lo que se adivina, ya sabe usted de Villavieja casi tanto

como su muy obligado y afectísimo amigo q. l. b. l. m.

Al primer vuelo · 第 6 / 29 题