dixeronle, que estaban mui malos de la cabeça, rogandole, que los
curase; i despues que los huvo santiguado, i encomendado à Dios, en
aquel punto los Indios dixeron, que todo el mal se les havia quitado: i
fueron à sus Casas, i truxeron muchas Tunas, i vn pedaço de carne de
Venado, cosa, que no sabiamos què cosa era; i como esto entre ellos se
publicò, vinieron otros muchos enfermos en aquella noche, à que los
sanase, i cada vno traìa vn pedaço de Venado: i tantos eran, que no
sabiamos adonde poner la carne. Dimos muchas gracias à Dios, porque cada
dia iba cresciendo su misericordia, i mercedes; i despues que se
acabaron las curas, començaron à bailar, i hacer sus Areytos, i Fiestas,
hasta otro dia que el Sol saliò: i durò la fiesta tres dias, por haver
nosotros venido, i al cabo de ellos les preguntamos por la Tierra de
adelante, i por la Gente que en ella hallariamos, i los Mantenimientos
que en ella havia? Respondieronnos, que por toda aquella Tierra havia
muchas Tunas, mas que ià eran acabadas, i que ninguna Gente havia,
porque todos eran idos à sus Casas, con haver ià cogido las Tunas: i que
la Tierra era mui fria, i en ella havia mui pocos Cueros. Nosotros,
viendo esto, que ià el Invierno, i tiempo frio entraba, acordamos de
pasarlo con estos. A cabo de cinco dias, que alli haviamos llegado, se
partieron à buscar otras Tunas, adonde havia otra Gente de otras
Nasciones, i Lenguas; i andadas cinco jornadas, con mui grande hambre,
porque en el camino no havia Tunas, ni otra Fruta ninguna, allegamos à
vn Rio, donde asentamos nuestras Casas, i despues de asentadas, fuimos à
buscar vna Fruta de vnos Arboles, que es como Hieros: i como por toda
esta Tierra no ai Caminos, Yo me detuve mas en buscarla: la Gente se
bolviò, i Yo quedè solo, i viniendo à buscarlos, aquella noche me perdì;
i plugò à Dios, que hallè vn Arbol ardiendo, i al fuego de èl pasè aquel
frio aquella noche, i à la mañana Yo me carguè de Leña, i tomè dos
tiçones, i bolvì à buscarlos, i anduve de esta manera cinco dias,
siempre con mi lumbre, i carga de Leña, porque si el fuego se me matase
en parte donde no tuviese Leña, como en muchas partes no la havia,
tuviese de que hacer otros tiçones, i no me quedase sin lumbre, porque
para el frio Yo no tenia otro remedio, por andar desnudo, como nascì; i
para las noches Yo tenia este remedio, que me iba à las matas del Monte,
que estaba cerca de los Rios, i paraba en ellas, antes que el Sol se
pusiese, i en la Tierra hacia vn hoio, i en èl echaba mucha Leña, que se
cria en muchos Arboles, de que por alli ai mui gran cantidad, i juntaba
mucha Leña, de la que estaba caìda, i seca de los Arboles, i al derredor
de aquel hoio hacia quatro fuegos en Cruz, i Yo tenia cargo, i cuidado
de rehacer el fuego de rato en rato, i hacia vnas gavillas de paja
larga, que por alli ai, con que me cubria en aquel hoio: i de esta
manera me amparaba del frio de las noches; i vna de ellas el fuego caiò
en la paja, con que Yo estaba cubierto, i estando Yo durmiendo en el
hoio, començò à arder mui recio, i por mucha priesa que Yo me dì à
salir, todavia saquè señal en los cabellos del peligro en que havia
estado. En todo este tiempo no comì bocado, ni hallè cosa, que pudiese
comer: i como traìa los pies descalços, corriòme de ellos mucha sangre;
i Dios vsò conmigo de misericordia, que en todo este tiempo no ventò el
Norte, porque de otra manera ningun remedio havia de Yo vivir; i à cabo
de cinco dias lleguè à vna Ribera de vn Rio, donde Yo hallè à mis
Indios, que ellos, i los Christianos me contaban ià por muerto, i
siempre creìan, que alguna Vivora me havia mordido. Todos huvieron gran
placer de verme, principalmente los Christianos, i me dixeron, que hasta
entonces havian caminado con mucha hambre, que esta era la causa, que no
me havian buscado: i aquella noche me dieron de las Tunas que tenian; i
otro dia partimos de alli, i fuimos donde hallamos muchas Tunas, con que
todos satisfacieron su gran hambre; i nosotros dimos muchas gracias à
Nuestro Señor, porque nunca nos faltaba su remedio.
_CAP. XXII. Como otro dia nos truxeron otros enfermos._
Otro Dia de mañana vinieron alli muchos Indios, i traìan cinco enfermos,
que estaban tollidos, i mui malos, i venian en busca de Castillo, que
los curase: i cada vno de los enfermos ofresciò su Arcos, i Flechas, i
èl los rescibiò, i à puesta del Sol los santiguò, i encomendò à Dios
Nuestro Señor, i todos le suplicamos, con la mejor manera que podiamos,
les embiase salud: pues èl via, que no havia otro remedio para que
aquella Gente nos aiudase, i saliesemos de tan miserable vida, i èl lo
hiço tan misericordiosamente, que venida la mañana, todos amanescieron
tan buenos, i sanos, i se fueron tan recios, como si nunca hovieran
tenido mal ninguno. Esto causò, entre ellos, mui gran admiracion, i à
nosotros despertò, que diesemos muchas gracias à Nuestro Señor, à que
mas enteramente conosciesemos su bondad, i tuviesemos firme esperança,
que nos havia de librar, i traer donde le pudiesemos servir; i de mi sè
decir, que siempre tuve esperança en su misericordia, que me havia de
sacar de aquella captividad, i asi Yo lo hablè siempre à mis Compañeros.
Como los Indios fueron idos, i llevaron sus Indios sanos, partimos donde
estaban otros comiendo Tunas, i estos se llaman Cutalches, i Malicones,
que son otras Lenguas: i junto con ellos havia otros, que se llamaban
Coayos, i Susolas, i de otra parte otros, llamados Atayos, i estos
tenian Guerra con los Susolas, con quien se flechaban cada dia; i como
por toda la Tierra no se hablase sino en los misterios, que Dios Nuestro
Señor con nosotros obraba, venian de muchas partes à buscarnos, para que
los curasemos; i à cabo de dos dias, que alli llegaron, vinieron à
nosotros vnos Indios de los Susolas, i rogaron à Castillo, que fuese à
curar vn herido, i otros enfermos, i dixeron, que entre ellos quedaba
vno, que estaba mui al cabo. Castillo era Medico mui temeroso,
principalmente quando las curas eran mui temerosas, i peligrosas, i
creìa, que sus pecados havian de estorvar, que no todas veces suscediese
bien el curar. Los Indios me dixeron, que Yo fuese à curarlos, porque
ellos me querian bien, i se acordaban, que les havia curado en las
Nueces, i por aquello nos havian dado Nueces, i Cueros; i esto havia
pasado, quando Yo vine à juntarme con los Christianos, i asi huve de ir
con ellos: i fueron conmigo Dorantes, i Estevanico; i quando lleguè
cerca de los Ranchos, que ellos tenian, Yo vì el enfermo, que ibamos à
curar, que estaba muerto, porque estaba mucha Gente al derredor de èl
llorando, i su Casa deshecha, que es señal, que el dueño estaba muerto;
i ansi, quando Yo lleguè, hallè el Indio los ojos bueltos, i sin ningun
pulso, i con todas señales de muerto, segun à mi me paresciò, i lo mismo
dixo Dorantes: Yo le quitè vna Estera, que tenia encima, con que estaba
cubierto, i lo mejor que pude, supliquè à Nuestro Señor fuese servido de
dàr salud à aquel, i à todos los otros, que de ella tenian necesidad; i
despues de santiguado, i soplado muchas veces, me traxeron su Arco, i me
lo dieron, i vna Sera de Tunas molidas, i llevaronme à curar otros
muchos, que estaban malos de modorra, i me dieron otras dos Seras de
Tunas, las quales dì à nuestros Indios, que con nosotros havian venido;
i hecho esto, nos bolvimos à nuestro Aposento: i nuestros Indios, à
quien dì las Tunas, se quedaron allà, i à la noche se bolvieron à sus
Casas, i dixeron, que aquel estaba muerto, i Yo havia curado en
presencia de ellos, se havia levantado bueno, i se havia paseado, i
comido, i hablado con ellos, i que todos quantos havia curado, quedaban
sanos, i mui alegres. Esto causò mui gran admiracion, i espanto, i en
toda la Tierra no se hablaba en otra cosa. Todos aquellos à quien esta
fama llegaba, nos venian à buscar, para que los curasemos, i
santiguasemos sus Hijos; i quando los Indios, que estaban en compañia de
los nuestros, que eran los Cutalchiches, se hovieron de ir à su Tierra,
antes que se partiesen nos ofrescieron todas las Tunas, que para su
camino tenian, sin que ninguna les quedase: i dieronnos Pedernales, tan
largos como palmo i medio, con que ellos cortan, i es entre ellos cosa
de mui gran estima. Rogaronnos, que nos acordasemos de ellos, i
rogasemos à Dios, que siempre estuviesen buenos, i nosotros se lo
prometimos: i con esto partieron los mas contentos Hombres del Mundo,
haviendonos dado todo lo mejor que tenian. Nosotros estuvimos con
aquellos Indios Avavares ocho Meses, i esta cuenta haciamos por las
Lunas. En todo este tiempo nos venian de muchas partes à buscar, i
decian, que verdaderamente nosotros eramos Hijos del Sol. Dorantes, i el
Negro, hasta alli no havian curado: mas por la mucha importunidad que
teniamos, viniendonos de muchas partes à buscar, venimos todos à ser
Medicos, aunque en atrevimiento, i osar acometer, qualquier cura, era Yo
mas señalado entre ellos; i ninguno jamàs curamos, que no nos dixese,
que quedaba sano: i tanta confiança tenian, que havian de sanar, si
nosotros los curasemos, que creìan, que en tanto que nosotros alli
estuviesemos, ninguno de ellos havia de morir. Estos, i los de mas
atràs, nos contaron vna cosa mui estraña, i por la cuenta que nos
figuraron, parescia que havia quince, ò diez i seis Años, que havia
acontescido, que decian, que por aquella Tierra anduvo vn Hombre, que
ellos llaman Mala cosa, i que era pequeño de cuerpo, i que tenia barbas,
aunque nunca claramente le pudieron vèr el rostro, i que guando venia à
la Casa, donde estaban, se les levantaban los cabellos, i temblaban, i
luego parescia à la puerta de la Casa vn tiçon ardiendo: i luego aquel
Hombre entraba, i tomaba al que queria de ellos, i dabales tres
cuchilladas grandes por las hijadas, con vn Pedernal mui agudo, tan
ancho como vna mano, i dos palmos en luengo, i metia la mano por
aquellas cuchilladas, i sacabales las tripas, i que cortaba de vna tripa
poco mas, ò menos de vn palmo, i aquello que cortaba echaba en las
brasas, i luego le daba tres cuchilladas en vn braço; i la segunda daba
por la sangradura, i desconcertabaselo, i dende à poco se lo tornaba à
concertar, i poniale las manos sobre las heridas, i deciannos, que luego
quedaban sanos: i que muchas veces, quando bailaban, aparescia entre
ellos en habito de Muger vnas veces, i otras como Hombre: i quando èl
queria, tomaba el Buhìo, ò Casa, i subiala en alto, i dende à vn poco
caia con ella, i daba mui gran golpe. Tambien nos contaron, que muchas
veces le dieron de comer, i que nunca jamàs comiò, i que le preguntaban
donde venia, i à què parte tenia su Casa, i que les mostrò vna hendedura
de la Tierra, i dixo, que su Casa era allà debaxo. De estas cosas, que
ellos nos decian, nosotros nos reìamos mucho, burlando de ellas: i como
ellos vieron que no lo creìamos, truxeron muchos de aquellos, que decian
que èl havia tomado, i vimos las señales de las cuchilladas, que èl
havia dado en los lugares, en la manera que ellos contaban. Nosotros les
diximos, que aquel era vn malo; i de la mejor manera que podimos les
dabamos à entender, que si ellos creiesen en Dios Nuestro Señor, i
fuesen Christianos, como nosotros, no ternian miedo de aquel, ni èl
osaria venir à hacelles aquellas cosas; i que tuviesen por cierto, que
en tanto que nosotros en la Tierra estuviesemos, èl no osaria parescer
en ella. De esto se holgaron ellos mucho, i perdieron mucha parte del
temor que tenian. Estos Indios nos dixeron, que havian visto al
Asturiano, i à Figueroa con otros, que adelante en la Costa estaban, à
quien nosotros llamabamos de los Higos. Toda esta Gente no conoscian los
Tiempos por el Sol, ni la Luna, ni tienen cuenta del Mes, i Año, i mas
entienden, i saben las diferencias de los Tiempos, quando las Frutas
vienen à madurar, i en tiempo que muere el Pescado, i el aparescer de
las Estrellas, en que son mui diestros, i exercitados. Con estos siempre
fuimos bien tratados, aunque lo que haviamos de comer lo cababamos, i
traìamos nuestras cargas de Agua, i Leña. Sus Casas, i Mantenimientos
son como las de los pasados, aunque tienen mui maior hambre, porque no
alcançan Maìz, ni Bellotas, ni Nueces. Anduvimos siempre encueros como
ellos, i de noche nos cubriamos con Cueros de Venado. De ocho Meses, que
con ellos estuvimos, los seis padescimos mucha hambre, que tampoco
alcançan Pescado. Y al cabo de este tiempo, ià las Tunas començaban à
madurar, i sin que de ellos fuesemos sentidos, nos fuimos à otros, que
adelante estaban, llamados Maliacones: estos estaban vna jornada de
alli, donde Yo, i el Negro llegamos. A cabo de los tres dias embiè, que
traxese à Castillo, i à Dorantes; i venidos, nos partimos todos juntos
con los Indios, que iban à comer vna Frutilla de vnos Arboles, de que se
mantienen diez, ò doce dias, entretanto que las Tunas vienen; i alli se
juntaron con estos otros Indios, que se llaman Arbadaos, i à estos
hallamos mui enfermos, i flacos, i hinchados: tanto, que nos
maravillamos mucho, i los Indios con quien haviamos venido se bolvieron
por el mismo camino: i nosotros les diximos, que nos queriamos quedar
con aquellos, de que ellos mostraron pesar; i asi nos quedamos en el
Campo con aquellos, cerca de aquellas Casas; i quando ellos nos vieron,
juntaronse, despues de haver hablado entre sì, i cada vno de ellos tomò
el suio por la mano, i nos llevaron à sus Casas. Con estos padescimos
mas hambre, que con los otros, porque en todo el dia no comiamos mas de
dos puños de aquella Fruta (la qual estaba verde) tenia tanta leche, que
nos quemaba las bocas: i con tener falta de Agua, daba mucha sed, à
quien la comia; i como la hambre fuese tanta, nosotros compramosles dos
Perros, i à trueco de ellos les dimos vnas Redes, i otras cosas, i vn
Cuero, con que Yo me cubria. Yà he dicho, como por toda esta Tierra
anduvimos desnudos, i como no estabamos acostumbrados à ello, à manera
de Serpientes, mudabamos los Cueros dos veces en el año: i con el Sol, i
Aire haciansenos en los pechos, i en las espaldas, vnos empeines mui
grandes, de que rescebiamos mui gran pena, por raçon de las mui grandes
cargas, que traìamos, que eran mui pesadas, i hacian, que las cuerdas se
nos metian por los braços; i la Tierra es tan aspera, i tan cerrada, que
muchas veces haciamos Leña en Montes, que quando la acababamos de sacar,
nos corria por muchas partes sangre, de las espinas, i matas con que
topabamos, que nos rompian por donde alcançaban. A las veces me
acontesciò hacer Leña, donde despues de haverme costado mucha sangre, no
la podia sacar, ni acuestas, ni arrastrando. No tenia, quando en estos
trabajos me via, otro remedio, ni consuelo, sino pensar en la Pasion de
Nuestro Redemptor Jesu-Christo, i en la Sangre, que por mi derramò, i
considerar quanto mas seria el tormento, que de las Espinas èl padesciò,
que no aquel, que Yo entonces sufria. Contrataba con estos Indios,
haciendoles Peines, i con Arcos, i con Flechas, i con Redes. Haciamos
Esteras, que son Casas, de que ellos tienen mucha necesidad: i aunque lo
saben hacer, no quieren ocuparse en nada, por buscar entretanto que
comer, i quando entienden en esto, pasan mui gran hambre. Otras veces me
mandaban raer Cueros, i ablandarlos: i la maior prosperidad en que Yo
alli me vì, era, el dia que me daban à raer alguno, porque Yo lo raìa
mui mucho, i comia de aquellas raeduras, i aquello me bastaba para dos,
ò tres dias. Tambien nos acontesció con estos, i con los que atràs
havemos dexado, darnos vn pedaço de carne, i comernoslo asi crudo,
porque si lo pusieramos à asar, el primer Indio que llegaba, se lo
llevaba, i comia: parescianos, que no era bien ponerla en esta ventura,
i tambien nosotros no estabamos tales, que nos dabamos pena comerlo
asado, i no lo podiamos tambien pasar como crudo. Esta es la vida; que
alli tuvimos, i aquel poco sustentamiento lo ganabamos con los Rescates,
que por nuestras manos hecimos.
_CAP. XXIII. Como nos partimos, despues de haver comido los Perros._
Despues que comimos los Perros, paresciendonos que teniamos algun
esfuerço para poder ir adelante, encomendamonos à Dios Nuestro Señor,
para que nos guiase, nos despedimos de aquellos Indios, i ellos nos
encaminaron à otros de su Lengua, que estaban cerca de alli. E iendo por
nuestro camino, lloviò, i todo aquel dia anduvimos con Agua: i allende
de esto perdimos el camino, i fuimos à parar à vn Monte mui grande, i
cogimos muchas hojas de Tunas, i asamoslas aquella noche en vn Horno,
que hecimos, i dimosles tanto fuego, que à la mañana estaban para comer:
i despues de haverlas comido, encomendamonos à Dios, i partimonos, i
hallamos el camino, que perdido haviamos; i pasado el Monte, hallamos
otras Casas de Indios, i llegados allà, vimos dos Mugeres, i Muchachos,
que se espantaron, que andaban por el Monte, i en vernos huieron de
nosotros, i fueron à llamar à los Indios, que andaban por el Monte; i
venidos, pararonse à mirarnos detràs de vnos Arboles, i llamamosles, i
allegaronse con mucho temor, i despues de haverlos hablado, nos dixeron,
que tenian mucha hambre, i que cerca de alli estaban muchas Casas de
ellos proprios, i dixeron, que nos llevarian à ellas: i aquella noche
llegamos à donde havia cinquenta Casas, i se espantaban de vernos, i
mostraban mucho temor; i despues que estuvieron algo sosegados de
nosotros, allegabannos con las manos al rostro, i al cuerpo, i despues
traìan ellos sus mismas manos por sus caras, i sus cuerpos: i asi
estuvimos aquella noche; i venida la mañana, traxeronnos los enfermos,
que tenian, rogandonos, que los santiguasemos, i nos dieron de lo que
tenian para comer, que eran hojas de Tunas, i Tunas verdes asadas; i por
el buen tratamiento que nos hacian, i porque aquello que tenian nos lo
daban de buena gana, i voluntad, i holgaban de quedar sin comer por
darnoslo, estuvimos con ellos algunos dias: i estando alli, vinieron
otros de mas adelante. Quando se quisieron partir, diximos à los
primeros, que nos queriamos ir con aquellos. A ellos les pesò mucho, i
rogaronnos mui ahincadamente que no nos fuesemos: i al fin, nos
despedimos de ellos, i los dexamos llorando por nuestra partida, porque
les pesaba mucho en gran manera.
_CAP. XXIV. De las Costumbres de los Indios de aquella Tierra._
Desde la Isla de Malhado, todos los Indios, que hasta esta Tierra vimos,
tienen por costumbre, desde el dia que sus Mugeres se sienten preñadas,
no dormir juntos, hasta que pasen dos Años, que han criado los Hijos,
los quales maman hasta que son de edad de doce Años, que ià entonces
estàn en edad, que por sì saben buscar de comer. Preguntamosles, que por
què los criaban asi? Y decian, que por la mucha hambre, que en la Tierra
havia, que acontescia muchas veces, como nosotros viamos, estàr dos, ò
tres dias sin comer, i à las veces quatro: i por esta causa los dexaban
mamar, porque en los tiempos de hambre no muriesen; i ià que algunos
escapasen, saldrian mui delicados, i de pocas fuerças; i si acaso
acontesce caer enfermos algunos, dexanlos morir en aquellos Campos, sino
es Hijo, i todos los demàs, sino pueden ir con ellos, se quedan: mas
para llevar vn Hijo, ò Hermano, se cargan, i lo llevan acuestas. Todos
estos acostumbran dexar sus Mugeres, quando entre ellos no ai
conformidad, i se tornan à casar con quien quieren: esto es entre los
Mancebos, mas los que tienen Hijos, permanescen con sus Mugeres, i no
las dexan: i quando en algunos Pueblos riñen, i traban questiones vnos
con otros, apuñeanse, i apaleanse, hasta que estàn mui cansados, i
entonces se desparten: algunas veces los desparten Mugeres, entrando
entre ellos, que Hombres no entran à despartirlos: i por ninguna pasion
que tengan, no meten en ella Arcos, ni Flechas; i desque se han
apuñeado, i pasado su question, toman sus Casas, i Mugeres, i vanse à
vivir por los Campos, i apartados de los otros, hasta que se les pasa el
enojo; i quando ià estàn desenojados, i sin ira, tornanse à su Pueblo, i
de ai adelante son Amigos, como si ninguna cosa hoviera pasado entre
ellos, ni es menester que nadie haga las amistades, porque de esta
manera se hacen; i si los que riñen no son casados, vanse à otros sus
Vecinos, i aunque sean sus Enemigos los resciben bien, i se huelgan
mucho con ellos, i les dàn de lo que tienen, de suerte, que quando es
pasado el enojo, buelven à su Pueblo, i vienen ricos. Toda es Gente de
Guerra, i tienen tanta astucia para guardarse de sus Enemigos, como
ternian si fuesen criados en Italia, i en continua Guerra. Quando estàn
en parte que sus Enemigos los pueden ofender, asientan sus Casas à la
orilla de el Monte mas aspero, i de maior espesura que por alli hallan,
i junto à èl hacen vn Foso, i en este duermen. Toda la Gente de Guerra
està cubierta con Leña menuda, i hacen, sus saeteras: i estàn tan
cubiertos, i disimulados, que aunque estèn cabe ellos, no los vèn, i
hacen vn camino mui angosto, i entra hasta enmedio del Monte, i alli
hacen lugar para que duerman las Mugeres, i Niños, i quando viene la
noche, encienden lumbres en sus Casas, para que si hoviere Espias, crean
que estàn en ellas, i antes del Alva tornan à encender los mismos
fuegos; i si acaso los Enemigos vienen à dàr en las mismas Casas, los
que estàn en el Foso salen à ellos, i hacen desde las Trincheas mucho
daño, sin que los de fuera los vean, ni los puedan hallar; i quando no
ai Montes en que ellos puedan de esta manera esconderse, i hacer sus
celadas, asientan en llano, en la parte que mejor les paresce: i
cercanse de Trincheas, cubiertas con Leña menuda, i hacen sus saeteras,
con que flechan à los Indios, i estos reparos hacen para de noche.
Estando Yo con los de Aguenes, no estando avisados, vinieron sus
Enemigos à media noche, i dieron en ellos, i mataron tres, i hirieron
otros muchos, de suerte, que huieron de sus Casas por el Monte adelante:
i desque sintieron que los otros se havian ido, bolvieron à ellas, i
recogieron todas las Flechas, que los otros les havian echado, i lo mas
encubiertamente que pudieron, los siguieron, i estuvieron aquella noche
sobre sus Casas, sin que fuesen sentidos: i al quarto del Alva les
acometieron, i les mataron cinco, sin otros muchos que fueron heridos, i
les hicieron huir, i dexar sus Casas, i Arcos, con toda su hacienda; i
de ai à poco tiempo vinieron las Mugeres de los que se llamaban
Quevenes, i entendieron entre ellos, i los hicieron Amigos, aunque
algunas veces ellas son principio de la Guerra. Todas estas Gentes,
quando tienen enemistades particulares, quando no son de vna Familia, se
matan de noche, por asechanças, i vsan vnos con otros grandes
crueldades.
_CAP. XXV. Como los Indios son prestos à un Arma._
Esta es la mas presta Gente para vn Arma, de quantas Yo he visto en el
Mundo, porque si se temen de sus Enemigos, toda la noche estàn
despiertos, con sus Arcos à par de sì, i vna docena de Flechas: i el que
duerme, tienta su Arco, i si no le halla en cuerda, le dà la buelta que
ha menester. Salen muchas veces fuera de las Casas, baxados por el
suelo, de arte que no pueden ser vistos, i miran, i atalaian por todas
partes para sentir lo que ai: i si algo sienten, en vn punto son todos
en el Campo con sus Arcos, i Flechas, i asi estan hasta el dia,
corriendo à vnas partes, i otras, donde vèn que es menester, ò piensan
que pueden estàr sus Enemigos. Quando viene el dia, tornan à afloxar sus
Arcos, hasta que salen à Caça. Las cuerdas de los Arcos son niervos de
Venados. La manera que tienen de pelear es, abaxados por el suelo, i
mientras se flechan, andan hablando, i saltando siempre de vn cabo para
otro, guardandose de las Flechas de sus Enemigos: tanto, que en
semejantes partes pueden rescibir mui poco daño de Ballestas, i
Arcabuces, antes los Indios burlan de ellos, porque estas Armas no
aprovechan para ellos en Campos llanos, adonde ellos andan sueltos: son
buenas para estrechos, i lugares de Agua: en todo lo demàs los Caballos
son los que han de sojuzgar, i lo que los Indios vniversalmente temen.
Quien contra ellos hoviere de pelear, ha de estàr mui avisado, que no le
sientan flaqueça, ni codicia de lo que tienen, i mientras durare la
Guerra, hanlos de tratar mui mal: porque si temor les conocen, ò alguna
codicia, ella es Gente, que sabe conoscer tiempos en que vengarse, i
toman esfuerço del temor de los contrarios. Quando se han flechado en la
Guerra, i gastado su municion, buelvense cada vno su camino, sin que los
vnos sigan à los otros, aunque los vnos sean muchos, i los otros pocos:
i esta es costumbre suia. Muchas veces se pasan de parte à parte con las
Flechas, i no mueren de las heridas, sino toca en las tripas, ò en el
corazon, antes sanan presto. Vèn, i oien mas, i tienen mas agudo
sentido, que quantos Hombres Yo creo que ai en el Mundo. Son grandes
sufridores de hambre, i de sed, i de frio, como aquellos que estàn mas
acostumbrados, i hechos à ello, que otros. Esto he querido contar aqui,
porque allende que todos los Hombres desean saber las costumbres, i
exercicios de los otros, los que algunas veces se vinieren à vèr con
ellos, estèn avisados de sus costumbres, i ardides, que suelen no poco
aprovechar en semejantes casos.
_CAP. XXVI. De las Naciones, i Lenguas._