XXXIX

Cuando Agustín se acercaba, ganando escalones, a la alta vivienda de

Amparito, Doña Nicanora descendía.

«¡Ah!, ¿es usted?--dijo sorprendida la esposa de Ido--. Está mejor. Ayer

se levantó. Hace un rato ha comido muy bien... No necesita el señor

llamar. He dejado la puerta abierta, porque vuelvo en seguida».

Amparo estaba en un sillón, bien arropada, tapándose la boca con la mano

derecha envuelta en un pliegue del mantón. Por los vidrios de la

estrecha ventana miraba los gorriones que en el tejado vecino hacían mil

monerías, y luego volaban en grupos, perdiéndose en el cielo azul. El

día era espléndido, y mirando aquel cielo no se comprendía que existiera

el fenómeno de la lluvia. Cuando sintió rechinar la puerta y miró y vio

quién entraba, estuvo a punto de perder el sentido. No pronunció una

palabra; entrole aquel idiotismo de los días anteriores. Agustín, muy

cortés, se sonrió, y traspasado de emoción, preguntole que cómo estaba.

Ella no sabe si dijo _bien_ o _mal_, ni aun si dijo algo. El que había

sido su novio tomó una silla y se sentó a su lado.

«¿Qué tal?--dijo después de una pausa, comiéndosela con los ojos--. ¿Has

tomado alimento? ¿Cómo estamos de fuerzas?».

--Hace un momento... regular... bien.

Juez el uno, delincuente la otra, ambos parecían criminales.

--Vengo a despedirme--indicó Agustín, tras otra larga pausa--. Esta

tarde me voy para Francia.

Amparo pestañeaba, mirándole. Sus párpados eran el movimiento

continuo...

«No llores, no te sofoques--dijo el ex-novio--. Todo se acabó entre

nosotros; pero no te guardo rencor. Tu poca sinceridad me ha herido

tanto como tu falta, de la cual nada concreto sé todavía, porque nadie

me ha dado las pruebas que deseo... Pero sea lo que quiera, tú misma me

has dicho lo bastante para que no puedas ser mi mujer. No necesito saber

más, no quiero saber más... No me mereces. Reconoce que no me mereces.

Yo, al marcharme, te dejaré a salvo de la miseria por algún tiempo...

porque he de irme lejos, y es seguro que no has de volver a verme, ni yo

a ti tampoco».

La entereza que mostraba le iba a faltar; por lo que creyó prudente

retirarse, a fin de que su dignidad no padeciera. Levantábase para

salir, cuando se sintió sujeto por una mano. Tiró fuerte, pero no se

desprendía. La mano ajena que agarraba la suya tenía fuerzas

sobrenaturales. Y en verdad, ¿cómo dejarle partir sin una explicación?

Aquel sí que era oportuno momento. Pasada la primera vergüenza, la

confesión se salía de la boca, libre, fluida, sin tropiezo, con pedazos

del alma, toda verdad y sentimiento.

Cuenta Doña Nicanora que al abrir la puerta de la sala les vio

sentaditos el uno junto al otro, las caras bastante aproximadas, ella

susurrando, él oyendo con sus cinco sentidos, como los curas que están

en el confesonario. La inteligente vecina, viendo que aquel secreto era

digno del mayor respeto, no quiso entrar, y entornando la puerta quedose

en el pasillo. Bien quería ella pescar algo de lo que la penitente

decía; pero hablaba tan quedito, que ni una palabra llegó a las

anhelantes orejas de la señora de Ido.

Cuando aquel misterioso coloquio hubo terminado, Amparo tenía la cara

radiante, los ojos despidiendo luz, las mejillas encendidas, y en su

mirar y en todo su ser un no sé qué de triunfal e inspirado que la

embellecía extraordinariamente.

«Nunca la he visto tan guapa»--decía la discretísima vecina.

Nuestro respetable amigo, dando dos o tres suspiros muy fuertes, se

paseó por la habitación mirando al suelo.

Monólogo.

«Mi mujer no... Pero pasará el tiempo, el tiempo indulgente, y será

mujer de otro. Otro morderá en lo sano, pues mucho hay sano todavía,

mucho que convida, mucho que está diciendo: _comedme_... Ello es hecho,

adelante, y que digan de mí lo que quieran. ¡Escándalo!, ¿y qué?

¡Inmoralidad! ¿A mí qué? Llega uno a los cuarenta y cinco años ¿y ha de

mirar tan cerca la vejez sin vivir algo antes de entrar en ella?

¡Morirse sin conocer más que una vida de perros es triste cosa!... ¿No

reparas, tonto, que estás haciendo todo lo contrario de lo que pensaste

al inaugurar tu vida europea? Recréate, hombre sin mundo, en tu

contradicción horrible, y no la llames desafuero sino ley, porque la

vida te la impone, y no hacemos nosotros la vida, sino es la vida quien

nos hace... Y a ti, ¿qué te importa el _qué dirán_, de que has sido

esclavo? Te criaste en la anarquía, y a ella, por sino fatal, tienes que

volver. Se acabó el artificio. ¿Qué te importa a ti el orden de las

sociedades, la Religión, ni nada de eso? Quisiste ser el más ordenado de

los ciudadanos, y fue todo mentira. Quisiste ser ortodoxo; mentira

también, porque no tienes fe. Quisiste tener por esposa a la misma

virtud; mentira, mentira, mentira. Sal ahora por el ancho camino de tu

instinto, y encomiéndate al Dios libre y grande de las circunstancias.

No te fíes de la majestad convencional de los principios y arrodíllate

delante del resplandeciente altar de los hechos... Si esto es desatino,

que lo sea».

Concluido el soliloquio con otro gran suspiro, Agustín se acercó a la

joven y le puso la mano sobre la cabeza, en actitud parecida a la de los

sacerdotes de teatro cuando figuran atraer sobre algún virtuoso

personaje, mártir, neófito o cosa semejante, las bendiciones del Cielo.

Y no paró aquí su intento, sino que dijo a la que fue su novia:

«¿Tienes tú por casualidad un baulito...?».

--¡Un baulito!--repitió Amparo, hablando como los tontos.

--Sí; es que me hace falta. Llevo tantas cosas...

--En aquel cuarto hay uno bastante grande--manifestó con oficiosidad

Doña Nicanora, que presente estaba.

--Tráigalo usted.

Dicho y hecho. Un instante después, mostraba en medio de la sala su

capacidad, forrada de papel verde, un baúl mundo de mediano tamaño.

Agustín miró su reloj.

«Son las dos y media--dijo gravemente--. Pues ahora, Amparito, vas

poniendo aquí toda tu ropa».

Incrédula, la joven miraba al que había sido su novio, al que por fin

iba a ser su...

«No hay tiempo que perder. Tengo que hablar contigo; pero como no puedo

retrasar mi viaje, vas a hacer el favor de venirte conmigo a Burdeos.

Oye bien lo que te digo. Procura estar dispuesta a las cuatro menos

cuarto o a las cuatro en punto lo más tarde. A esa hora vendrá Felipe en

mi coche o en otro. Él te llevará a la estación».

Tormento · 第 41 / 44 题