Cuando Agustín se acercaba, ganando escalones, a la alta vivienda de
Amparito, Doña Nicanora descendía.
«¡Ah!, ¿es usted?--dijo sorprendida la esposa de Ido--. Está mejor. Ayer
se levantó. Hace un rato ha comido muy bien... No necesita el señor
llamar. He dejado la puerta abierta, porque vuelvo en seguida».
Amparo estaba en un sillón, bien arropada, tapándose la boca con la mano
derecha envuelta en un pliegue del mantón. Por los vidrios de la
estrecha ventana miraba los gorriones que en el tejado vecino hacían mil
monerías, y luego volaban en grupos, perdiéndose en el cielo azul. El
día era espléndido, y mirando aquel cielo no se comprendía que existiera
el fenómeno de la lluvia. Cuando sintió rechinar la puerta y miró y vio
quién entraba, estuvo a punto de perder el sentido. No pronunció una
palabra; entrole aquel idiotismo de los días anteriores. Agustín, muy
cortés, se sonrió, y traspasado de emoción, preguntole que cómo estaba.
Ella no sabe si dijo _bien_ o _mal_, ni aun si dijo algo. El que había
sido su novio tomó una silla y se sentó a su lado.
«¿Qué tal?--dijo después de una pausa, comiéndosela con los ojos--. ¿Has
tomado alimento? ¿Cómo estamos de fuerzas?».
--Hace un momento... regular... bien.
Juez el uno, delincuente la otra, ambos parecían criminales.
--Vengo a despedirme--indicó Agustín, tras otra larga pausa--. Esta
tarde me voy para Francia.
Amparo pestañeaba, mirándole. Sus párpados eran el movimiento
continuo...
«No llores, no te sofoques--dijo el ex-novio--. Todo se acabó entre
nosotros; pero no te guardo rencor. Tu poca sinceridad me ha herido
tanto como tu falta, de la cual nada concreto sé todavía, porque nadie
me ha dado las pruebas que deseo... Pero sea lo que quiera, tú misma me
has dicho lo bastante para que no puedas ser mi mujer. No necesito saber
más, no quiero saber más... No me mereces. Reconoce que no me mereces.
Yo, al marcharme, te dejaré a salvo de la miseria por algún tiempo...
porque he de irme lejos, y es seguro que no has de volver a verme, ni yo
a ti tampoco».
La entereza que mostraba le iba a faltar; por lo que creyó prudente
retirarse, a fin de que su dignidad no padeciera. Levantábase para
salir, cuando se sintió sujeto por una mano. Tiró fuerte, pero no se
desprendía. La mano ajena que agarraba la suya tenía fuerzas
sobrenaturales. Y en verdad, ¿cómo dejarle partir sin una explicación?
Aquel sí que era oportuno momento. Pasada la primera vergüenza, la
confesión se salía de la boca, libre, fluida, sin tropiezo, con pedazos
del alma, toda verdad y sentimiento.
Cuenta Doña Nicanora que al abrir la puerta de la sala les vio
sentaditos el uno junto al otro, las caras bastante aproximadas, ella
susurrando, él oyendo con sus cinco sentidos, como los curas que están
en el confesonario. La inteligente vecina, viendo que aquel secreto era
digno del mayor respeto, no quiso entrar, y entornando la puerta quedose
en el pasillo. Bien quería ella pescar algo de lo que la penitente
decía; pero hablaba tan quedito, que ni una palabra llegó a las
anhelantes orejas de la señora de Ido.
Cuando aquel misterioso coloquio hubo terminado, Amparo tenía la cara
radiante, los ojos despidiendo luz, las mejillas encendidas, y en su
mirar y en todo su ser un no sé qué de triunfal e inspirado que la
embellecía extraordinariamente.
«Nunca la he visto tan guapa»--decía la discretísima vecina.
Nuestro respetable amigo, dando dos o tres suspiros muy fuertes, se
paseó por la habitación mirando al suelo.
Monólogo.
«Mi mujer no... Pero pasará el tiempo, el tiempo indulgente, y será
mujer de otro. Otro morderá en lo sano, pues mucho hay sano todavía,
mucho que convida, mucho que está diciendo: _comedme_... Ello es hecho,
adelante, y que digan de mí lo que quieran. ¡Escándalo!, ¿y qué?
¡Inmoralidad! ¿A mí qué? Llega uno a los cuarenta y cinco años ¿y ha de
mirar tan cerca la vejez sin vivir algo antes de entrar en ella?
¡Morirse sin conocer más que una vida de perros es triste cosa!... ¿No
reparas, tonto, que estás haciendo todo lo contrario de lo que pensaste
al inaugurar tu vida europea? Recréate, hombre sin mundo, en tu
contradicción horrible, y no la llames desafuero sino ley, porque la
vida te la impone, y no hacemos nosotros la vida, sino es la vida quien
nos hace... Y a ti, ¿qué te importa el _qué dirán_, de que has sido
esclavo? Te criaste en la anarquía, y a ella, por sino fatal, tienes que
volver. Se acabó el artificio. ¿Qué te importa a ti el orden de las
sociedades, la Religión, ni nada de eso? Quisiste ser el más ordenado de
los ciudadanos, y fue todo mentira. Quisiste ser ortodoxo; mentira
también, porque no tienes fe. Quisiste tener por esposa a la misma
virtud; mentira, mentira, mentira. Sal ahora por el ancho camino de tu
instinto, y encomiéndate al Dios libre y grande de las circunstancias.
No te fíes de la majestad convencional de los principios y arrodíllate
delante del resplandeciente altar de los hechos... Si esto es desatino,
que lo sea».
Concluido el soliloquio con otro gran suspiro, Agustín se acercó a la
joven y le puso la mano sobre la cabeza, en actitud parecida a la de los
sacerdotes de teatro cuando figuran atraer sobre algún virtuoso
personaje, mártir, neófito o cosa semejante, las bendiciones del Cielo.
Y no paró aquí su intento, sino que dijo a la que fue su novia:
«¿Tienes tú por casualidad un baulito...?».
--¡Un baulito!--repitió Amparo, hablando como los tontos.
--Sí; es que me hace falta. Llevo tantas cosas...
--En aquel cuarto hay uno bastante grande--manifestó con oficiosidad
Doña Nicanora, que presente estaba.
--Tráigalo usted.
Dicho y hecho. Un instante después, mostraba en medio de la sala su
capacidad, forrada de papel verde, un baúl mundo de mediano tamaño.
Agustín miró su reloj.
«Son las dos y media--dijo gravemente--. Pues ahora, Amparito, vas
poniendo aquí toda tu ropa».
Incrédula, la joven miraba al que había sido su novio, al que por fin
iba a ser su...
«No hay tiempo que perder. Tengo que hablar contigo; pero como no puedo
retrasar mi viaje, vas a hacer el favor de venirte conmigo a Burdeos.
Oye bien lo que te digo. Procura estar dispuesta a las cuatro menos
cuarto o a las cuatro en punto lo más tarde. A esa hora vendrá Felipe en
mi coche o en otro. Él te llevará a la estación».