Largo rato trascurrió sin que se moviera. De pronto oyó estas palabras,
pronunciadas muy cerca de su oído:
«Ya sabes que por malas nada, por buenas todo. Quieres tratarme como a
perro forastero y eso no es justo... Aunque procure contenerme, no podré
evitar un arrebato, y haré cualquier barbaridad».
La situación deplorable en que la joven se hallaba y el temor a la
catástrofe trabajaron en su espíritu, infundiéndole algo de lo que no
tenía, a saber: travesura, tacto. La vida hace los caracteres con su
acción laboriosa, y también los modifica temporalmente o los desfigura
con la acción explosiva de un caso terrible y anormal. Un cobarde puede
llegar hasta el heroísmo en momentos dados, y un avaro a la generosidad.
Del mismo modo aquella medrosa, aguijada por el compromiso en que
estaba, adquirió por breve tiempo cierta flexibilidad de ideas y algunas
astucias que antes no existían en su carácter franco y verdadero. «Por
este camino--pensó--no conseguiré nada... Si yo supiera lo que otras
mujeres saben, si yo acertara a engañarle, prometiendo sin dar y
embaucándole hasta rendirle... Haremos un ensayo».
«¡Qué manera más extraña de querer!--dijo incorporándose--. Parece
natural que a los que queremos, deseemos verles felices... digo,
tranquilos. No comprendo que se me quiera así, haciéndome desgraciada,
indigna, miserable, para que me desprecie todo el mundo. ¡Pobre de mí!
No puedo alzar mis ojos delante de gente, porque me parece que todos me
van a decir: 'te conozco, sé lo que has hecho'. Quiero salir de tal
situación, y este egoísta no me deja».