Difícil es fijar el escalón social que en la casa de Bringas ocupaba
Amparo, la Amparo, Amparito, la señorita Amparo, pues de estas cuatro
maneras era nombrada. Hallábase en el punto en que se confunden las
relaciones de amistad con las de servidumbre, y no podía decir si la
subyugaba una dulce amiga o si un ama despótica la favorecía. Las
obligaciones de esta joven en la casa eran tantas y la retribución de
afecto tan tasada y regateada, que desde luego se puede asegurar que
entraba allí en calidad de pariente pobre y molesto. Este es el
parentesco más lejano que se conoce, y conviene declarar que el de
sangre, entre las familias de Sánchez Emperador y Pipaón, era de
aquellos que no coge el galgo más corredor. La madre de Amparo era
Calderón como la madre de Rosalía, pero de ramas muy apartadas, cuyo
entronque se hubiera encontrado (si algún desocupado lo buscara) en un
montero de Palacio que pasó al servicio de la Vallabriga y del infante
D. Luis.
Poco trato tenía Bringas con Sánchez Emperador; pero aquél había
recibido antaño del padre de Rosalía inestimable servicio, y fue
constante en el agradecimiento. Poco antes de morir llamó a D. Francisco
el desgraciado conserje de la Escuela de Farmacia y le dijo: «Todos mis
ahorros los he gastado en mi enfermedad. No dejo a mis pobres hijas más
que los treinta días del mes. Si usted me promete hacer por ellas todo
lo que pueda, me moriré tranquilo». Bringas, que era hombre de buen
corazón, prometió ampararlas según la medida de su modesto pasar, y supo
cumplir su promesa.
Luego que dieron tierra a su padre, instaláronse las dos huérfanas en la
casa más reducida y más barata que encontraron, e hicieron ese voto de
heroísmo que se llama _vivir de su trabajo_. El de la mujer sola,
soltera y honrada era y es una como patente de ayuno perpetuo; pero
aquellas bien criadas chicas tenían fe, y los primeros desengaños no las
desalentaron. Muy mal lo hubieran pasado sin la protección manifiesta de
Bringas, y la más o menos encubierta de otros amigos y deudos de Sánchez
Emperador.
La posición social de Rosalía Pipaón de la Barca de Bringas no era, a
pesar de su contacto con Palacio y con familias de viso, la más a
propósito para fomentar en ella pretensiones aristocráticas de alto
vuelo; pero tenía un orgullete cursi que le inspiraba a menudo, con
ahuecamiento de nariz, evocaciones declamatorias de los méritos y
calidad de sus antepasados. Gustaba asimismo de nombrar títulos, de
describir uniformes palaciegos y de encarecer sus buenas relaciones. En
una sociedad como aquella, o como esta, pues la variación en diez y seis
años no ha sido muy grande; en esta sociedad, digo, no vigorizada por el
trabajo, y en la cual tienen más valor que en otra parte los
parentescos, las recomendaciones, los compadrazgos y amistades, la
iniciativa individual es sustituida por la fe en las relaciones. Los
bien relacionados lo esperan todo del pariente a quien adulan o del
cacique a quien sirven, y rara vez esperan de sí mismos el bien que
desean. En esto de vivir _bien relacionada_, la señora de Bringas no
cedía a ningún nacido ni por nacer, y desde tan sólida base se remontaba
a la excelsitud de su orgullete español, el cual vicio tiene por
fundamento la inveterada pereza del espíritu, la ociosidad de muchas
generaciones y la falta de educación intelectual y moral. Y si aquella
sociedad anterior al 68 difería algo de la nuestra y consistía la
diferencia en que era más puntillosa y más linfática, en que era aún más
vana y perezosa, y en que estaba más desmedrada por los cambios
políticos y por la empleomanía; era una sociedad que se conmovía toda
por media docena de destinos mal retribuidos y que dejaba entrever
cierto desprecio estúpido hacia el que no figuraba en las altas nóminas
del Estado o en las de Palacio, siquiera fuesen de las más bajas.
Por eso Rosalía no podía perdonar a las hijas de Emperador que fuesen
ramas de arbusto tan humilde como el conserje de un establecimiento de
enseñanza ¡un portero! Además Sánchez Emperador había sido colocado en
la Farmacia por D. Martín de los Heros, y su filiación progresista
bastaba para que Rosalía abriera mentalmente un abismo entre las libreas
del Estado y las de Palacio.
Cuando Amparo y Refugio se sentaban a la mesa de Rosalía lo que
acontecía tres o cuatro veces al mes no perdía ocasión esta de
mostrarles de un modo significativo la superioridad suya. Mas no sabía
hacerlo con la delicadeza y el fino tacto de las personas marcadas de
ese sello de nobleza que está juntamente en la sangre y en la educación;
no sabía hacerlo de modo que al inferior no le doliese la herida de su
inferioridad; hacíalo con formas afectadas que ocultaban mal la grosería
de su intención. Al mismo tiempo solía tener Rosalía con ellas rasgos de
impensada crueldad que brotaban de su corazón como la mala yerba de un
campo sin cultivo. Este detalle pinta a la señora de Bringas y da
completa idea de su limitada inteligencia así como de su perversa
educación moral, vicio histórico y castizo, pues no lo anula ni aun lo
disimula el barniz de urbanidad con que resplandecen, a la luz de las
relaciones superficiales, la gran mayoría de las personas de levita y
mantilla. Además la lucha por la existencia es aquí más ruda que en
otras partes; reviste caracteres de ferocidad en el reparto de las
mercedes políticas; y en la esfera común de la vida, tiene por expresión
la envidia en variadas formas y en peregrinas manifestaciones. Se da el
caso extraño de que el superior tenga envidia del inferior, y ocurre que
los que comen a dos carrillos defiendan con ira y anhelo una triste
migaja. Todo esto, que es general, puede servir de base para un
conocimiento exacto de las humillaciones que aquella señora imponía a
sus protegidas, y de la sequedad con que les hacía sentir el peso de su
mano al darles la limosna.
Bringas no era así. Cuando Amparo llegaba muerta de cansancio a la casa
y la de Pipaón con desabrido tono le decía: «Amparo, ve ahora mismo a la
calle de la Concepción Jerónima y tráeme los delantalitos de niño que
dejé apartados»; cuando la hacía recorrer distancias enormes, y luego la
mandaba a la cocina, y por cualquier motivo trivial la reprendía con
aspereza, el bueno de D. Francisco sacaba la cara en defensa de la
huérfana, pidiendo a su mujer tolerancia y benignidad.
«Déjala que trabaje--observaba Rosalía--. ¿Pues qué?, si al fin ha de
vivir de sus obras. ¿Crees tú que va a tener alguna herencia?
Acostúmbrala a los mimos, y entonces verás de qué se mantiene cuando
nosotros por cualquier motivo le faltemos. Están muy mal acostumbradas
esas niñas... Es preciso, Bringas, que cada cual viva según sus
circunstancias».
Refugio, la más pequeña de las dos, se cansó pronto de la protección de
su vanidosa pariente. Era su carácter algo bravío y amaba la
independencia. El tono, el aire de su protectora, así como los trabajos
que les imponía, la irritaban tanto, que renunció al arrimo de la casa y
despidiose un día para no volver más. Amparo, que era humildísima y de
carácter débil, continuó amarrada al yugo de aquella gravosa protección.
Tenía además bastante buen sentido para comprender que la libertad era
más triste y más peligrosa que la esclavitud en aquel singular caso.
Cuando se retiraba por las noches a su domicilio, después de hacer
recados penosos, algunos muy impropios de una señorita; después de coser
hasta marearse, y de dar mil vueltas ocupada en todo lo que la señora
ordenaba, esta le solía dar unas nueces picadas, o bien pasas que
estaban a punto de fermentar, carne fiambre, pedazos de salchichón y
mazapán, dos o tres peras y algún postre de cocina que se había echado a
perder. En ropa de uso, rarísimas eran las liberalidades de Rosalía,
porque ella la apuraba tanto que al dejarla no servía para maldita cosa.
Pero no faltaba algún jirón sobrante, algún pedazo de faya deshilachada
o de paño sucio, los recortes de un vestido, retazos de cinta, botones
viejos. Bringas, por su parte, no regateaba a su protegida las mercedes
de su habilidad generosa, y estaba siempre dispuesto a componerle el
paraguas, a ponerle clavo nuevo al abanico o nuevas bisagras al
cajoncito de la costura. Fuera de esto (conviene decirlo en letras de
molde para que lo sepa el público), Amparo recibía semanalmente de su
protector una cantidad en metálico, que variaba según las fluctuaciones
del tesoro de aquel hombre ahorrativo y económico en altísimo grado.
Bringas tenía en el cajón de la derecha de su mesa (que era de las que
llaman de ministro), varios apartadijos de monedas. De allí salía todo
lo necesario para los diferentes gastos de la casa con una puntualidad y
un método que quisiéramos fuese imitado por el Tesoro público. Allí lo
superfluo no existía mientras no estuvieran cubiertas todas las
atenciones. En esto era Bringas inexorable, y gracias a tan saludable
rigor, en aquella casa no se debía un maravedí ni al _Sursum Corda_
(expresión del propio Thiers). Los restos de lo necesario pasaban
semanalmente a la partida y al cestillo de lo superfluo, y aun había
otro hueco a donde afluía lo sobrante de lo superfluo, que era ya, como
se ve, una quinta esencia de numerario, y la última palabra del orden
doméstico. De esta tercera categoría rentística procedían los
alambicados emolumentos de Amparo, que generalmente tenían adecuada
forma en pesetas ya muy gastadas y en los cuartos más borrosos. Todo lo
apuntaba D. Francisco en su libro, que era hecho por él mismo con papel
de la oficina, y muy bien cosido con hilo rojo. El bendito hombre tenía
la meritoria debilidad de engañar a su mujer cuando le pedía cuenta de
aquellos despilfarros semanales, y si había dado catorce, decía en tono
tranquilizador guardando el libro:
«Sosiégate, mujer. No le he dado más que nueve reales... Ni sé yo cómo
se arreglará la pobre para pagar la casa este mes, porque la gandulona
de su hermana no le ayudará nada... Pero no podemos hacer más por ella.
Y milagro parece que vayamos saliendo adelante con tantas atenciones.
Este mes el calzado de los niños nos desequilibra un poco. Espero que
Agustín se acuerde de lo que prometió respecto al pago del colegio y del
piano de Isabelita. Si lo hace, vamos bien. Si no, renunciaré a gabán
nuevo para este invierno. Y lo mismo digo de tu sombrero, hijita... Ya
ves; el tonto de mi primo podría regalarte uno de alto precio; pero él
no se hace cargo de las verdaderas necesidades, y no conviene darle a
entender que confiamos en su generosidad. Mucho tacto con él, que estos
caracteres huraños suelen tener una perspicacia y una desconfianza
extraordinarias».
V
Como no tuviera quehaceres de consideración, o algún trabajo
extraordinario bien retribuido, lo que sucedía muy contadas veces,
Amparo no dejaba de acudir ningún día al principal de la Costanilla de
los Ángeles. Allí la vemos puntual, siempre la misma, de humor y genio
inalterables, grave sin tocar en el desabrimiento, callada, sufrida,
imagen viva de la paciencia, si esta, como parece, es una imagen
hermosa; trabajadora, dispuesta a todo, ahorrativa de palabras hasta la
avaricia, ligeramente risueña si Rosalía estaba alegre, sumergida en
profundísima tristeza si la señora manifestaba pesadumbre o enojo.
Oigamos la cantinela de todos los días:
«Amparo, ¿has traído la seda verde? ¿No? Pues deja la costura y ponte el
manto: ahora mismo vas por ella. Pásate por la droguería y trae unas
hojas de sanguinaria. ¡Ah!, se me olvidaba; tráeme dos tapaderas de a
cuarto... ¿Ya estás de regreso? Bien: dame la vuelta de la peseta. Ahora
date un paseo por la cocina, a ver qué hace Prudencia. Si está muy
afanada, ayúdale a lavar la ropa. Después vienes a concluirme este
cuello».
Y llena de espíritu de protección, se remontaba otras veces a las
alturas del patriarcalismo, como un globo henchido de gas se eleva al
empíreo, y decía en tono muy cordial:
«Amparo, a la sombra nuestra puedes encontrar, si te portas bien, una
regular posición, porque tenemos buenas relaciones y... ¡Ah!... ¿no
sabes lo que se me ocurre en este momento? Una idea felicísima. Pues
sencillamente que debías meterte monja. Con tu carácter y tus pocas
ganas de tener novios, tú no te has de casar, y sobre todo, no te has de
casar bien. Con que piénsalo; mira que te conviene. Yo haré por
conseguirte el dote. Creo que si se le habla a Su Majestad, ella te lo
dará. Es tan caritativa, que si estuviera en su mano, todo el dinero de
la nación (que no es mucho, no creas), lo emplearía en limosnas».
Y otro día es fama que dijo:
«Oye, tú... se me ha ocurrido otra idea feliz... Hoy estoy de vena. Si
te decides por el monjío, me parece que no necesitamos molestar a _La
Señora_, que hartas pretensiones y memoriales de necesitados recibe cada
día, y la pobrecita se aflige por no poder atender a todos. ¿Sabes quién
te puede dar el dote? ¿No se te ocurre? ¿No caes?... El primo Agustín,
que está siempre discurriendo en qué emplear los dinerales que ha traído
de América. Yo se lo he de decir con maña a ver qué tal lo toma. Es la
flor y nata de los hombres buenos; pero como tiene esas rarezas, hay que
saberle tratar. Siendo, como es, tan dadivoso, no se le puede pedir nada
a derechas. Es desconfiado como todos los huraños, y a lo mejor te sale
con unas candideces que parece una criatura. Hay que saberla tratar, hay
que ser, como yo, buena templadora de gaitas para sacar partido de él...
Ya ves, ayer me regaló un magnífico sombrero... Todo porque me vio
afanadísima arreglando el viejo y me oyó renegar de mis pocos
recursos... Como tú ayudes, tendrás la dote... Me parece que es él quien
llama... Hoy quedó en traerme billetes para el Príncipe... Y esa
calamidad de Prudencia no oye... ¡Prudencia!... Tendrás que salir tú...
No, ya va a abrir esa acémila... Es él... ¿No lo dije? Buenos días,
Agustín; pasa, da la vuelta por allí. Da un puntapié a la cesta de la
ropa. Ahora una bofetada a la puerta. Aproxima el baúl vacío. Aparta ese
mantón que está sobre la silla. No te quites el sombrero, que aquí no
hace calor».
Esto pasaba en el cuartito de la costura, el cual era además guardarropa
de Rosalía y estaba lleno de armarios y perchas, con cortinas de percal
que defendían del polvo los montones de faldas y vestidos. Baúles
enormes ocupaban el resto, dejando tan poco sitio para las personas, que
estas, al entrar y al salir, tenían que buscarse un itinerario y muchas
veces no lo encontraban.
«¿Y qué es de tu vida?--le pregunto Rosalía--. ¿Has dado ya tu paseo a
caballo?... Mira, ponte bien la corbata, que al paso que lleva, el lazo
llegará pronto al cogote... ¡Ay, qué desgarbado eres! Si te dejases
gobernar, qué pronto serías otro. Tú mismo no te habías de conocer».
--Ya estoy viejo para reformas--replicó Caballero sonriendo--. Déjame
como soy. ¿Está bien así la corbata? Vaya unos melindres. Pásmate de lo
que te digo: he vivido quince años sin ver un espejo, o lo que es lo
mismo, sin verme la fisonomía y sin saber cómo soy.
--¡Jesús!, qué hombre... Y un día por fin te miraste y dijiste, como el
de Caspe: «Otra que Dios, yo conozco esa cara...». ¿Oyes, Amparo?
Las dos se reían.
Agustín Caballero no era ya mozo; pero sin duda el cansancio y los
afanes de una penosa vida tenían más parte que los años en la decadencia
física que expresaba su rostro. En su barba negra brillaban hilos de
plata distribuidos desigualmente, pues debajo de las sienes dominaban
las canas casi por entero, mientras el bigote y todo lo que caía bajo el
labio inferior era negro. El pelo, cortado a punta de tijera, ofrecía
también caprichoso reparto de aquellos infalibles signos del cansancio
vital: en los temporales escarcha, en lo demás intensa negrura
ligeramente salpicada de rayitas argénteas. El color de su rostro era
malísimo, color de América, tinte de fiebre y fatiga en las ardientes
humedades del golfo mejicano, la marca o insignia del apostolado
colonizador que, con la vida y la salud de tantos nobles obreros, está
labrando las potentes civilizaciones futuras del mundo
hispano-americano.
Siempre vi en Caballero una vigorosa constitución física, medio vencida
en ásperas luchas con la Naturaleza y los hombres, una fuerte salud
gastada en mil pruebas, una hermosura tostada al sol. Aquella cabeza y
aquel cuerpo bien cuidados por peluqueros y sastres, habrían sido algo
más que medianamente hermosos. Pero el retraimiento social y un trabajo
de Hércules quitaron para siempre a una y otro toda fineza y elegancia,
y hasta la posibilidad de adquirirlas. Por esto Caballero, con muy buen
sentido, había comprendido que era peor afectar lo que no tenía que
presentarse tal cual era a las vulgares apreciaciones de la afeminada
sociedad en que vivía. En verdad aquel hombre, que había prestado a la
civilización de América servicios positivos si no brillantes, era tosco
y desmañado, y parecía muy fuera de lugar en una capital burocrática
donde hay personas que han hecho brillantes carreras por saberse hacer
el lazo de la corbata. No es esta la primera vez que trasplantado aquí
el yankee rudo, ha tenido que huir aburridísimo y sin ganas de volver
más. Caballero permaneció más tiempo que otros, y desafiaba lo que
podríamos llamar su impopularidad. Había hecho sonreír con trivial
malicia a muchas personas; era torpe para saludar o incapaz de sostener
una conversación sobre motivos ligeros y agradables. En medio de las
expansiones de alegría se mantenía seriote y taciturno. Si no ignoraba
las fórmulas elementales del vivir social, era lego en otras muchas de
segundo orden, que son producto del refinamiento de costumbres y de las
continuas innovaciones suntuarias.
Su despreocupación no era tanta que le permitiese mirar con indiferencia
la ridiculez que caía sobre él en ocasiones, y para evitarla, atento a
su dignidad, que en mucho estimaba, huía del trato de las personas
bulliciosas. Hacía vida muy retirada, y no sostenía relaciones
constantes más que con sus primos los Bringas y con dos o tres amigos
del comercio y banca de Madrid, a quienes conoceremos más adelante.
En Octubre de aquel año, cansado Agustín de la tediosa vida que en
Madrid hacía, marchó a Burdeos, donde tenía algunos negocios. Pero
inopinadamente volvió sin explicar el motivo de su pronto regreso. Tan
sólo dijo a Bringas: «Allí me aburría más. Pero pienso volver si Dios me
da vida y me sale un proyecto que tengo».
Cuando Rosalía con vivas instancias le retenía en su casa después de
comer, y casi por fuerza le introducía en la modesta tertulia de su
sala, se pasaba toda la noche en un rincón, más callado que si estuviera
en misa, o bien aguantando la verbosidad de algún señor mayor o señora
entrada en años, de las que hablan a borbotones. Respecto a su fortuna,
nadie sabía la verdad. Quien la suponía colosal, quien regularcita y muy
saneada; pero el propio misterio en que esta circunstancia estaba
envuelta, hacíale más interesante a los ojos de muchos, y familia hubo,
entre las relaciones de los Bringas, que le puso con bélico ardor las
paralelas de la estrategia social para conquistarle. Pero él, revelando
una sutil agudeza, más propia del salvaje que del cortesano, resistía
tan valerosamente que los sitiadores levantaban el asedio sin ganas de
volverlo a poner. No hay que decir que se le dispensaba mucho por la
idea que todos tenían de su desmedida riqueza y de su noble y elevado
carácter. Verdaderamente si él hubiera querido ceder a tantas asechanzas
amables, sus rudezas habrían pasado como donaires y su sequedad por la
más cumplida elegancia.
«Puedes fumar si quieres--le dijo Rosalía--. Ni a Amparo ni a mí nos
molesta el humo del cigarro. Repítenos eso del espejo para que nos
riamos otro poco. ¡Quince años sin verte la cara!».
--Es cierto... Y durante dos años y medio, estuvimos un amigo y yo en un
monte de la Sierra Madre sin tener el disgusto de ver lo que llamamos
una persona.
--Eso no necesitas jurarlo para que lo crea. Bien se te conoce. Y cuando
llegaste a ver un ser humano echaste a correr, ¿verdad? Esas mañas te
han quedado, primo. La otra tarde, cuando estabas en la sala y entraron
las de Pez, pegaste un brinco, y te faltaba tierra por donde huir. Yo
creí que te tirabas por el balcón. ¿Por qué eres así, por qué tienes
miedo a la gente? Haces mal, muy mal. Sin duda crees que no gustas, que
se ríen de ti. ¡Ay, bobo, no, no! Todos te respetan y te alaban. Yo sé
que no eres desagradable ni mucho menos. Gustas, chico, gustas, yo te lo
digo. Eres simpático a muchas que yo me sé, y si tú no fueras tan
encogido...
--No me fío, no me fío--murmuró Caballero, como quien sigue una broma.
--¡Qué timidez la tuya! Cuidado que con cuarenta y cinco años... ¿Me
equivoco en la cuenta?
--Por ahí...
--Con cuarenta y cinco años no saber... no gustar de los placeres de la
sociedad...
--Cada hombre--manifestó Agustín--es hechura de su propia vida. El
hombre nace, y la Naturaleza y la vida le hacen. El mismo derecho que
tiene esta sociedad para decirme «¿por qué no eres igual a mí?» tengo yo
para decirle a ella «¿por qué no eres como yo?». A mí me han hecho como
soy el trabajo, la soledad, la fiebre, la constancia, los descalabros,
el miedo y el arrojo, el caballo y el libro mayor, la sierra de
Monterrey, el río del Norte y la pútrida costa de Matamoros... ¡Ay!
Cuando se ha endurecido el carácter, como los huesos, cuando a uno se le
ha pintado su historia en la cara, es imposible volver atrás. Yo soy
así; la verdad, no tengo maldita gana de ser de otra manera.
--Ya comprendo, sí... Pero no se te pide que hagas el pollo; lo que se
te pide es...
Rosalía, que con grandísimo contento se metía en las honduras de este
tema sabroso, por la autoridad y tino que en él sabía revelar,
interrumpía con no menor disgusto a cada momento sus observaciones para
atender a asuntos domésticos. No pasaban cinco minutos sin que entrase
Prudencia con un recado tan enojoso como importante: «Señora, el
mielero».
--Que hoy no tomo.
--Señora, el del arrope... Señora, el carbonero... Señora, el panadero.
¿Cuánto tomo?... Señora, haga el favor de sacar la sopa... Señora, el
vinatero... Señora, un recado de las señoras de Pez preguntando si va
usted al teatro esta noche... Señora, jabón... Señora, ¿voy por mineral?
Y la atormentada dama contestaba sin confundirse, y tenía que salir y
entrar, y sacar cuartos, y dar órdenes, y pasar a la despensa, y dale y
vuelve, y otra vez, y torna y vira... Pero no soltaba en medio del
laberinto casero el hilo de su tema, y en un respiro siguió de este
modo:
«Lo que se te pide es que seas amable, atento... y no eches a correr
cuando entran visitas...».
--Basta, prima...--dijo Caballero, fatigado ya del sermón--. Hablemos de
otra cosa. Aquí tienes las butacas para la función de esta noche en el
Príncipe.
--¡Oh!, gracias... Eso sí, a obsequioso no te gana nadie. ¿Pero qué?...
¿has traído tres?... ¿vas tú?
--Yo no pienso... La tercera es para que vaya también...
--Hizo un gesto mostrando a Amparo, pues su timidez era tal que a veces
no se atrevía a nombrar a las personas que tenía delante.
«¿Esta?... Por los clavos de Cristo, Agustín. Si ella no va, ni quiere,
ni le gusta, ni puede»--manifestó Rosalía, dando a las ventanillas de su
nariz toda la dilatación posible.
La idea sola de presentarse en el teatro con la chica de Sánchez, cuyo
humilde guardarropa era incompatible con toda exhibición mundana, ponía
a la señora de Bringas en un estado de vivísima irritación. Ni
comprendía que a su primo se le ocurriera tal dislate. Bastaba esta
salida de tono, si no hubiera otras, para que Caballero mereciera la
borla de doctor en ignorancia social.
Amparo se reía sin decir nada, mirando a Caballero con indulgente
desaprobación, como se mira a un niño, merecedor por su buena índole de
que se le perdonen las tonterías propias de la edad.
«Pues a oportuno no te gana nadie--dijo la Pipaón ensañándose un poco
con su primo--. Buena cosa le propones a esta. La ofendes... sin malicia
se entiende... le das una puñalada proponiéndole ir al teatro. ¿De qué
crees que hablábamos las dos ahora, y no sólo ahora sino otras veces?
¿Cuál es la afición, el deseo de esta infeliz? ¿No sabes? Tú qué has de
saber si siempre estás en Babia. No tienes penetración. Otro cualquiera
habría comprendido que Amparo está demente por hacerse monja... Eso se
cae de su peso, porque verdaderamente, no puede, no debe, no está en
circunstancias de aspirar... Si no hablamos en casa de otra cosa...».
--Poco a poco, señora mía--observó Caballero sonriendo--. A mí no me han
dicho nada.
--Pero eso se comprende, eso se adivina--replicó ella con la vehemencia
que ponía siempre en sus apreciaciones sobre la cosa más absurda--. El
hombre de sociedad caza las ideas al vuelo. Tú, si no te ponen las cosas
delante, así, en la punta de la nariz, no las ves.
--Acabáramos.
--Otro hombre listo habría conocido la dificultad que hay para realizar
este pensamiento, la dificultad de la dote... Esto se cae de su peso.
Amparo es pobre. Nosotros somos ricos de buena voluntad nada más. Es
verdad que tenemos buenas relaciones, y las buenas relaciones allanan
los peores caminos. Nosotros tenemos muchos amigos, entre ellos algunos
que son poderosos. ¿Seremos tan desgraciados que no encontremos algún
solterón rico que tenga un arranque de generosidad y diga: «yo doy la
dote para esa señorita monja»?
Rosalía miró al primo revelando la seguridad de obtener respuesta
categórica y feliz a la indirecta que acababa de dirigirle. Agustín,
herido en su sensible corazón, respondería infaliblemente: «Aquí está el
hombre». Pero la de Bringas vio fracasado por aquella vez su astuto
plan, porque el primo, sin revelar haberlo comprendido, se levantó de
súbito y dijo:
«Pues yo, prima, tengo que marcharme».
Con mal disimulado despecho, Rosalía no pudo menos de exclamar:
«Eso es... siempre tan brutote... Abur, hijo, que te vaya bien:
expresiones en llegando».