II

D. Francisco de Bringas y Caballero, oficial segundo de la Real

Comisaría de los Santos Lugares, era en 1867 un excelente sujeto que

confesaba cincuenta años. Todavía goza de días, que el Señor le

conserve. Pero ya no es aquel hombre ágil y fuerte, aquel temperamento

sociable, aquel decir ameno, aquella voluntad obsequiosa, aquella

cortesanía servicial. Los que le tratamos entonces, apenas le

reconocemos hoy cuando en la calle se nos aparece, dando el brazo a un

criado, arrastrando los pies, hecho una curva, con media cara dentro de

una bufanda, casi sin vista, tembloroso, baboso y tan torpe de palabra

como de andadura. ¡Pobre señor! Diez y seis años ha se jactaba de poseer

la mejor salud de su tiempo; desempeñaba su destino con puntualidad

inverosímil en nuestras oficinas, y llevando sus asuntos domésticos con

intachable régimen, cumplía como el primero en la familia y en la

sociedad. No sabía lo que era una deuda; tenía dos religiones, la de

Dios y la del ahorro, y para que todo en tan bendito varón fuera

perfecciones, dedicaba muchos de sus ratos libres a diversos menesteres

domésticos de indudable provecho, que demostraban así la claridad de su

inteligencia como la destreza de sus manos.

Desde sus verdes años fue empleado, empleados fueron sus padres y

abuelos, y aún se creo que sus tatarabuelos y los ascendientes de estos

sirvieron en la Administración de ambos mundos. No tiene conexiones este

señor con la conocida familia comercial de Madrid que llevaba el mismo

nombre y lo dio también a unos muy afamados soportales. Los Bringas de

este D. Francisco, amigo nuestro queridísimo, procedían de la Mancha, y

el segundo apellido venía de aquellos Caballeros gaditanos, familia

opulenta del pasado siglo, la cual se arruinó después de la guerra.

Había hecho el bueno de D. Francisco su carrera con paso tardo pero

seguro, en dependencias a las cuales rara vez llegaban entonces la

inconstancia y tumulto de la política. Asido a los mejores faldones que

había en su época, no vio nunca Bringas la pálida faz de la cesantía, y

era ciertamente el empleado más venturoso de españolas oficinas.

Estaba él asegurado en la nómina como la ostra que yace en profundísimo

banco a donde no pueden llegar los pescadores; suerte peregrina en la

burocracia de Madrid, que perturbada constantemente por la política, la

ambición, la envidia, la holganza y los vicios, es campo de infinitos

dolores.

No era político Bringas, ni lo había sido nunca, aunque tenía sus ideas,

como todo español, por cierto muy moderadas. No sentía ambición, y por

no tener vicios, ni siquiera fumaba. Era tan trabajador que sin esfuerzo

y contentísimo desempeñaba su trabajo y el de su jefe, que era muy

haragán. En su casa no perdía el tiempo, y sus habilidades mecánicas

eran tantas que no nos será fácil contarlas todas. Naturaleza puso en él

útiles y variados talentos para componer toda suerte de objetos rotos.

Cualquier desvencijada silla que cayera en sus manos quedaba como nueva,

y sus dedos eran milagroso talismán para pegar una pieza de fina

porcelana que se hubiera hecho pedazos. Se atrevía hasta con los relojes

que no querían andar, y con los juguetes que en manos de los chicos

perdieran la virtud de su mecanismo. Restauraba libros cuya

encuadernación se deteriorase, y barnizaba un mueble a quien el tiempo y

el uso hubieran gastado el lustre. Lo mismo remozaba un abanico de

cabritilla o una peineta de concha, que la más innoble pieza de la

cocina. Hacía nacimientos de corcho para Navidad, y palillos de dientes

para todo el año. En su casa no se llamaba nunca a un carpintero.

Bringas sabía mejor que nadie clavar, unir, tapizar, descerrajar, y le

obedecían el hierro y la madera, la chapa ebúrnea y el pedazo de suela,

la cola y el engrudo, el tornillo y la punta de París, el papel de lija

y el esmeril. Tenía herramientas de todas clases, y provisiones y

pertrechos mil; y si se ofrecía manejar una aguja gorda para empalmar

piezas de la alfombra, tampoco se quedaba atrás. Forraba soberanamente

un mueble con telas viejas de otro mueble invalido ya y deshuesado. Al

mismo tiempo, Bringas era hombre que no se desdeñaba, en día de apuro y

de convidados, de ponerse en mangas de camisa y limpiar los cubiertos.

Hacía el café en la cocina a estilo de gastrónomo, y si lo apuraban, se

comprometía a poner un arroz a la valenciana que superara a las mejores

obras de su digna esposa y de la cocinera de la casa.

Era nuestro buen señor excelente y aun excelentísimo padre de familia.

Su mujer, Doña Rosalía Pipaón, le había dado tres hijos. El primogénito,

de quince años, era ya un bachillerazo muy engreído de su ciencia, y se

le destinaba a estudiar Leyes, para seguir, de un modo más glorioso, las

huellas burocráticas de su señor padre. Completaban la familia una niña

de diez años y un niño de nueve, herederos de las gracias maternas.

Porque la señora de Bringas era una dama hermosa, mucho más joven que su

marido, que en edad la aventajaba como unos tres lustros. Su flaco era

cierta manía nobiliaria, pues aunque los Pipaones no descendían de Íñigo

Arista, el apellido materno de Rosalía, que era Calderón, la autorizaba

en cierto modo para construir, aunque sólo fuese con la fantasía, un

frondosísimo árbol genealógico. Observaciones precisas nos dan a conocer

que Rosalía no carecía de títulos para afiliarse, por la línea materna,

en esa nobleza pobre y servil que ha brillado en los cargos palatinos de

poca importancia. Ella no recordaba, al sacar a relucir su abolengo,

timbres gloriosos de la política o las armas, sino aquellos más bajos,

ganados en el servicio inmediato y oscuro de la Real Persona. Su madre

había sido azafata, su tío alabardero, su abuelo guardamangier, otros

tíos segundos y terceros, caballerizos, pajes, correos, monteros,

administradores de la cabaña de Aranjuez, etcétera, etc.

Se explica que Rosalía añadiese a su segundo apellido la apostilla _de

la Barca_; pero toda la ciencia heráldica del mundo no dará fundamento

al trasiego y combinación que hacía llamándose, para que el nombre fuera

redondo y sonante, Rosalía Pipaón de la Barca. Esto lo pronunciaba dando

a su bonita y pequeña nariz una hinchazón enfática, rasgo físico que

marcaba con infalible precisión lo mismo sus accesos de soberbia que las

resoluciones de su bien templada voluntad.

Para esta señora había dos cosas divinas: el Cielo, o mansión de los

elegidos, y lo que en el mundo conocemos por el lacónico sustantivo de

_Palacio_. En Palacio estaba su historia y también su ideal, pues

aspiraba a que Bringas ocupase un alto puesto en la administración del

Patrimonio y a tener casa en el piso segundo del regio alcázar.

Cualquier frase, palabrilla o pensamiento contrarios a la superioridad

omnímoda y permanente de la Casa Real entre todo lo creado por Dios y

los hombres, ponía a la buena señora tan fuera de sí, que hasta su

hermosura como que se eclipsaba y oscurecía; tanto era el ahuecamiento

de la nariz bonita, tal la descomposición que la ira daba a sus rojos

labios. Era Rosalía, para decirlo de una vez, una de esas hermosuras

gordas, con semblante aniñado y facciones menudas, labradas y graciosas

que prevalecen contra el tiempo y las penas de la vida. Su vigorosa

salud, defendiéndola de los años, dábale una frescura que lo envidiarían

otras que, a los veinticinco y con un solo parto, parece que han sido

madres de un regimiento. Se había oído comparar tantas veces con los

tipos de Rubens, que, por un fenómeno de costumbre y de asimilación,

siempre que se nombraba al insigne flamenco, le parecía oír mentar a

alguno de la familia... entiéndase bien, de la familia de Pipaón de la

Barca.

A principios de Noviembre, obligado Bringas, por las crecientes

necesidades de la familia, a un aumento de local, se mudó de la casa de

la calle de Silva, en que había vivido durante diez y seis años, a otra

en lo más angosto de la Costanilla de los Ángeles. La mudanza de una

casa en que había tan diversos objetos algunos de mérito, dos o tres

cuadros buenos, bronces, espejos, guarda-brisas, y cortinajes riquísimos

que eran despojos de la ornamentación de Palacio, no se hizo sin

dificultades ni quebranto. Con mucha razón repetía Bringas la exacta

frase de Franklin: «tres mudanzas equivalen a un incendio». Y se ponía

nervioso y airado viendo tanta cosa rota, tanta rozadura, deterioros tan

graves y en tanto número. La suerte era que allí estaba él para

componerlo todo. Los carros estuvieron trasportando objetos desde las

seis de la mañana hasta muy avanzada la noche. Los zafios y torpísimos

ganapanes que hacen este servicio trataban los muebles sin piedad, y

todo era gritos, esfuerzos, brutalidades de palabra y de obra. Mientras

se verificaba la mudanza, Bringas desempeñaba por sí mismo funciones

augustas, propias de un amo hacendoso y listo. Ayudado de dos personas

de toda su confianza, esteraba y alfombraba toda la casa, porque no se

fiaba de los estereros asalariados, que todo lo echan a perder y no van

más que a salir del paso, haciendo mangas y capirotes. Después de bien

sentadas las alfombras (ocupación que tiene la poca gracia de

presentarnos a este dignísimo personaje andando en cuatro pies), se

proponía colocar por sí mismo todos los muebles en su sitio, armar las

camas de hierro, colgar todo lo que debía estar en las paredes, fijar lo

útil, distribuir con arte y gracia lo decorativo. Esta tarea cansada y

desesperante no se realiza nunca por completo en dos días ni en tres,

pues aun después de que parece terminada, quedan restos insignificantes,

que son tormento del aposentador en las jornadas sucesivas, y al fin de

la fiesta siempre queda algo que no se coloca en la vida.

Es quizás gran contrariedad que la primera vez que nos encaramos con

este interesante matrimonio sea en día tan tumultuoso como el de una

mudanza, en medio del desorden de una casa sin instalar y en el seno

sofocante de polvorosa nube. No es culpa nuestra que la persona

respetabilísima de D. Francisco Bringas resulte un tanto cómica al

presentársenos dentro de un chaquetón viejo, con un gorro más viejo aún

encasquetado hasta cubrir las orejas, la fisonomía desfigurada por el

polvo, los pies en holgados pantuflos; a veces andando a gatas por

encima de las alfombras para medir, cortar, ajustar; a veces subiéndose

con agilidad en una silla, martillo en mano; ya corriendo por aquellos

pasillos en busca de un clavo, ya dando gritos para que le tuvieran la

escalera.

Bringas usaba gafas de oro y se afeitaba totalmente. Una coincidencia

feliz nos exime de hacer su retrato, pues bastan dos palabras para que

todos los que lean esto se lo figuren y le puedan ver vivo, palpable y

luminoso cual si le tuvieran delante. Era la imagen exacta de Thiers, el

grande historiador y político de Francia. ¡Qué semejanza tan peregrina!

Era la misma cara redonda, la misma nariz corva y el polo gris, espeso y

con su copete piriforme, la misma frente ancha y simpática, la misma

expresión irónica, que no se sabe si proviene de la boca o de los ojos o

del copete, el mismísimo perfil de romano abolengo. Era también el

propio talle, la estatura rechoncha y firme. No faltaba en Bringas más

que el mirar profundo y todo lo que es de la peculiar fisonomía del

espíritu; faltaba lo que distingue al hombre superior que sabe hacer la

historia y escribirla, del hombre común que ha nacido para componer una

cerradura y clavar una alfombra.

Tormento · 第 4 / 44 题