_De cómo el conde de Haro llenó el hueco que había en su sentencia de
muerte._
Corrió la nueva bien pronto, tanto en la corte como en el ejército,
de que doña Beatriz y el de Carvajal se habían casado antes de salir
el segundo de Burgos. Esta noticia, que el conde escuchó con bastante
sangre fría, causole tal impresión que más de una vez se le vio
triste y taciturno. Don Lope no podía olvidar ni un solo momento a la
mujer que con tanto delirio amaba, y la única que hubiera logrado,
correspondiendo a su ardiente cariño, modificar los instintos feroces
del hijo del último señor de Vizcaya. Pero ya todo se había perdido,
todo absolutamente. Solo restaba al conde la venganza, y muy pronto
trató de satisfacerla plenamente el rival terrible de don Juan Alonso
Carvajal.
El ejército llegó sin contratiempo alguno a la villa de Martos, uno de
los pueblos más importantes y ricos de la provincia de Jaén, y acampado
en las afueras del pueblo esperó a don Fernando, que de Castilla venía
a marchas dobles para reunirse a él y seguir la marcha hasta tierra de
Granada.
Hacía dos días que se hallaban las tropas en la villa, aguardando
al rey. Varias eran las versiones que corrían y varias también las
opiniones que sustentaban los caballeros sobre si sería o no don
Fernando en aquella campaña el capitán de las tropas.
Multitud de caballeros y oficiales reunidos en la plaza de Martos oían
con el mayor silencio al infante don Pedro, hermano del rey y durante
su ausencia jefe del ejército, que les decía:
—Las instrucciones, señores, que recibí de mi augusto hermano y señor,
antes de salir de Burgos, estaban reducidas a que si él tardaba más
del preciso tiempo en venir a reunirse con el ejército, continuásemos
la marcha hasta Alcaudete, y sitiásemos esta plaza; de manera que mi
determinación está tomada. Mañana, a los primeros albores del día nos
pondremos en camino con dirección a dicho pueblo que, Dios mediante,
pertenecerá pronto a la corona de Castilla. No podemos perder ni un
solo instante, porque si los moros llegan a apercibirse de que vamos
sobre ellos, se aprestarán a recibirnos, fortificando más de lo que
están sus fortalezas y castillos.
La orden dada por el infante de que a la mañana siguiente saldría el
ejército con dirección al pueblo de Alcaudete, corrió al momento por
todo él como una chispa eléctrica. Los generales y oficiales, ansiosos
de gloria y de nuevos laureles, se regocijaron mucho, sucediendo lo
mismo a los soldados; pero la alegría de estos dimanaba de la esperanza
de penetrar en algún pueblo morisco, por el saqueo y el pillaje que
esta clase de acontecimientos lleva consigo.
A poco de haber pronunciado el infante don Pedro las palabras arriba
escritas, apareció en la plaza el judío Aben-Ahlamar y se acercó al
círculo que los caballeros habían formado cerca de su segundo general;
Juffep acababa de llegar de la corte, y por esta razón podría decir en
qué consistió la demora del rey. Así es que el judío se vio cercado de
una porción de caballeros, que con vivo interés le decían:
—¿Está su alteza enfermo?
—¿No viene esta vez a mandarnos?
—¿Está ya en camino?
—Decid lo que sepáis.
Pero el judío, sin contestar a ninguna de las infinitas preguntas que
se le hacían, se abrió paso por entre aquella masa compacta de hombres
y se dirigió al punto donde se encontraba el hermano de don Fernando.
El infante don Pedro le dijo, saliéndole al encuentro:
—¿Vienes de la corte, Aben-Ahlamar?
—Sí, señor; en este momento acabo de llegar a Martos.
—¿Qué nuevas traes? ¿Qué te ha dicho el rey para mí?
—Que le espere tu grandeza aquí, donde se encargará del mando del
ejército. El rey llegará a la villa de hoy a mañana, a más tardar.
Esta noticia se divulgó con la misma velocidad que la primera.
El conde de Haro, que se hallaba también en aquella reunión, se acercó
al judío y le dijo, separándolo de allí:
—Dime, ¿qué noticias traes de Burgos?
—Que el rey llegará muy pronto a esta villa.
—Poco me importa eso. Yo deseo saber...
—¿De Piedad?... ¡Oh, grandes cosas..., muy grandes, magnánimo señor!
—No me has comprendido —repuso el conde golpeando la tierra con su pie
derecho.
—Explícate, gran señor, habla más claro.
—Beatriz..., ¿qué sabes de Beatriz? ¿Es cierto que se ha casado? ¿Es
cierto cuanto se dice de ella?
—Todo, todo es cierto.
—¿Conque ya tengo que perder toda esperanza?
—No toda, señor...
—¿No toda? Pues qué, brujo de los demonios, ¿crees tú que Beatriz me
amará después de casada con el hombre a quien tanto ha querido y quiere?
—No, ciertamente, gran conde; pero si él muere, puedes tener alguna
esperanza.
—Si él muere. Aben-Ahlamar, si él muere...
—Cosa muy fácil, y no nada extraña. ¿No va a la guerra?
—Sí, va; pero ¿y si no muere?
—Si no muere a manos de un moro, puede morir a manos de un cristiano.
De todos modos, el resultado será que venga a morir en la guerra.
—¡Oh, sí, sí, que muera!, ya que no es mía doña Beatriz, que no sea de
él tampoco. De esta suerte me vengaré de los dos. La venganza es el
único recurso que me queda, ¿no es verdad? Que muera, y Beatriz será
mi esposa después, quiera o no quiera. ¡Oh, la ocasión no puede ser
mejor! En la guerra, como tú dices, puede uno ser asesino sin pasar por
tal. ¡Oh, qué bueno fuera que muriesen a un mismo tiempo mi rival y el
sobrino del matador de mi tío!
—¿Me permitís, señor, que te haga una pregunta?
—Habla.
—¿Sabe leer tu grandeza?
—Entiendo, entiendo también algo de letras; pero ¿a qué viene esa
pregunta?
—Toma y lee —dijo el judío, sacando al mismo tiempo del bolsillo de su
ropón un pergamino cuidadosamente doblado.
El conde de Haro lo hizo así.
—Y bien... —dijo, luego de haber leído el escrito de cabo a rabo.
—El claro que hay en esa sentencia lo iba a cubrir la gitana, vuestra
antigua amante, con un nombre que conocéis bastante bien.
—Explícate.
—Piedad deseaba vengarse de vos, por lo que sabéis. Para el efecto,
pidió al rey que firmase esa sentencia. Don Fernando, además de
hacerlo, como veis, le empeñó su palabra real de que el asesino del
señor de Benavides sufriría irremisiblemente la última pena, aun
cuando perteneciese a la clase más elevada. La gitana se vengaba de
vos completamente con solo escribir vuestro nombre en ese hueco. Esto
bastaba para que subiese al cadalso el poderoso y preclaro conde de
Haro; pero afortunadamente yo me he podido hacer con ese documento, y
estáis libre. Y con esto, señor, te doy lo que te ofrecí antes de salir
de Burgos. ¿Recuerdas?
—¡Oh, Aben-Ahlamar! —exclamó el conde, alargando su diestra al judío
con el mayor afecto—. Tu fidelidad y tus buenas prendas te hacen digno
de una recompensa que yo ciertamente no te puedo dar, porque ni mis
títulos, ni mis riquezas, ni todo cuanto poseo es suficiente para
pagarte el gran servicio que acabo de recibir de ti. Sin embargo, todo
el dinero que tengo en mis arcas es tuyo. Cuenta con él; te lo dice el
conde de Haro.
—Señor...
—Dijiste que el rey juró a Piedad castigar con la última pena al
matador de su gentil-home el de Benavides.
—Con efecto, su alteza dio a la gitana su real palabra de que el que
llevase el nombre escrito en esa sentencia sería decapitado por asesino.
—¡Oh, esto es magnífico! Te aumento a lo ofrecido cien escudos más por
la adquisición de tan precioso documento...
—¿No os dije, señor conde, que lo que tenía que daros era de tanta
importancia como la adquisición de un hijo perdido?
—¡De tanta!... —repuso don Lope como dudando—: ¡de tanta importancia,
Aben-Ahlamar! ¿Tú sabes lo que es un hijo?... ¡Ah, no hay cosa más
divina!... Pero tienes razón —dijo, después de haber reflexionado
un momento—; tienes razón, porque bien mirado, ¿no me va en ello la
vida? Aben-Ahlamar, el conde de Haro sabrá pagar generosamente tanta
fidelidad, tanta abnegación.
—Basta, por Dios, señor, tus palabras me confunden... y, francamente,
no me creo digno de tantas alabanzas; porque yo no he hecho más que
cumplir con mi deber. Tu esclavo supo que estabas amenazado, y...
—¿Cuándo llegará el rey a Martos? —dijo don Lope interrumpiendo al
judío.
—Tal vez hoy.
—A la media hora de estar aquí su alteza sabrá los nombres de los
asesinos de su privado el de Benavides.
—¿Los nombres?
—Sí, Aben-Ahlamar, fueron dos; pero de esto, silencio eterno.
—Comprendo, señor, comprendo. Esa idea se me había ocurrido a mí ya.
El conde se separó de su cómplice con el corazón henchido de alegría.
Iba a vengarse, iba a sacrificar tal vez dentro de un momento a dos
víctimas inocentes...
Don Fernando entró en Martos al día siguiente que su médico. El rey fue
muy bien recibido y obsequiado del pueblo y de sus tropas. Todos se
presentaron a cumplimentarlo, como era natural. A tiempo de saludar don
Lope al rey, le pidió que le oyese a solas, pues tenía que comunicarle
un secreto importantísimo. Don Fernando accedió gustoso. Así es que
despidió a todos, saludándolos con la afabilidad que le caracterizaba,
y quedó solo con el hijo del último señor de Vizcaya.
—Señor —dijo este—, ¿conocéis a una joven que se llama Piedad?
El rey se ruborizó hasta el extremo de ponerse encendido como la grana.
—Sí, la conozco —contestó con harto trabajo—. ¿No es la sobrina de
Aben-Ahlamar?
—Con efecto.
—Y qué, ¿tenéis que decirme algo de parte de ella? —preguntó don
Fernando con marcado interés, a pesar de que procuraba ocultarlo.
—Sí, señor; me encarga entregue a tu alteza de su parte este pergamino
sellado con tus armas —repuso el conde sacando de su escarcela su
sentencia de muerte, y poniéndola en manos del rey.
Este deslió con avidez el pergamino. Reconoció en él al instante la
sentencia de muerte que había sellado en Burgos. Su vista se fijó en un
renglón que se había añadido, el cual era de distinta letra. El hueco
destinado para escribir el nombre del matador del señor de Benavides,
estaba lleno. El rey palideció de pronto y dijo al conde, dejando caer
el escrito:
—¿Se habrá equivocado Piedad, don Lope?
—Si a tu alteza le queda alguna duda, yo lo afirmo y ratifico.
—No os ofendáis, conde de Haro; pero esos jóvenes...
—¿Hay o no justicia, señor? ¿Vas a dejar impune la muerte de uno de
los más principales caballeros de tu reino? Rey de Castilla, la sangre
todavía humeante de don Juan Alonso Benavides está pidiendo venganza.
¿Qué digo venganza? Está pidiendo justicia y reparación.
—Estoy seguro, conde de Haro, que esos jóvenes son inocentes —repuso el
rey como dudando.
—Cuando Piedad, señor, se ha aventurado a estampar ahí esos nombres,
prueba bien clara es de que son los verdaderos asesinos de vuestro
privado.
—Sin embargo, don Lope...
—Piedad me encargó también que os recordara la palabra que le disteis
al firmar esa sentencia. Rey de Castilla, ¿qué respondéis? ¿Seréis
capaz de no castigar a los matadores de Benavides? ¿Y la justicia,
señor, y la justicia...?
Dejándose llevar el rey de su carácter irascible, y no pudiéndose
contener en la saña (como dice Mariana), exclamó con los ojos
encendidos y trémulo de cólera:
—Llevad, conde de Haro, llevad ese pergamino al justicia del pueblo, y
decidle en mi nombre que cumpla inmediatamente lo que en él se manda.
El conde de Haro salió de la estancia real loco de alegría y diciendo
para sus adentros: «Beatriz, esta vez serás mía».
Media hora después de lo que acabamos de referir reducían a prisión, en
nombre del rey y de la ley, a los dos hermanos Carvajales.