_En el que se ve que Aben-Ahlamar, el judío, se vio en camino de ganar
otros cien escudos de oro._
Asaz mohíno y cabizbajo quedó el conde de Haro cuando tuvo noticia de
que el rey había sanado completamente. Bramó al principio de coraje y
juró vengarse de Aben-Ahlamar, que con tanto descaro le había engañado.
Pero se tranquilizó a la idea de que si aquella vez no había logrado
sus intentos, otra ocasión se presentaría para realizarlos.
Supo don Lope que un caballero, de los muchos que estaban en palacio
el día en que él propuso al judío el envenenamiento del rey, había
escuchado toda la conversación que tuvo con el nigromántico, y que
por consiguiente poseía el secreto que tanto importaba guardar. Dicho
caballero, llamado don Juan Alonso Benavides, noble de gran valía y muy
estimado del rey, fue asesinado aquel mismo día en el palacio real por
mandado de don Lope. Con él murió el secreto que tuvo la imprudencia de
sorprender.
Este suceso irritó de tal manera al hijo de doña María Alfonsa que
juró castigar al asesino cualquiera que fuese su clase, aun cuando
perteneciera a la más encumbrada nobleza.
El de Haro hizo poco caso del juramento del rey, pero temía a la gitana
que, deseosa de vengarse, no dejaría de acusarle como matador del señor
de Benavides. Porque desde que Piedad juró al conde odio eterno y
venganza, cuantas acciones feas y asesinatos se cometían en la corte,
otros tantos achacaba a su antiguo amante, que en su concepto era el
único hombre capaz de llevar a cabo tales maldades. El éxito, según
pensó el conde, y con razón, debía ser esta vez más seguro por parte de
Piedad, pues que también era muy distinta la posición de esta. Cuando
le acusó de raptor de doña Beatriz, era una mujer cualquiera, una
desconocida que se presentaba al rey demandando justicia; mas ahora se
trataba de la favorita de un rey débil, de un rey que a nadie negaba
nada y mucho menos a su amada. Esta sabía positivamente, por el avaro
Juffep, que su examante había sido el asesino del señor de la casa de
Benavides.
El rey y su amante hallábanse sentados uno enfrente del otro, en la
vivienda que la gitana tenía en el departamento perteneciente al judío.
Oigamos lo que Piedad decía a don Fernando:
—¿Queréis darme una nueva prueba de cariño, señor?
—¡Una nueva prueba! Pues qué, ¿no estáis todavía convencida de lo mucho
que os amo?
—Sí, sí, lo estoy; no me cabe duda de que me amáis tanto como yo
deseaba; pero esta prueba..., francamente, esta no es más que de
galantería.
—Vamos, hablad, ¿qué queréis de mí?
—A vuestra noticia llegaría el asesinato que tuvo lugar en el palacio
de Palencia...
—¡Oh, sí, sí! Y esa muerte, cometida en el mejor hombre de mi corte, he
jurado vengarla. ¿Sabéis, acaso, el nombre del matador?
—En este momento, no; pero fácil me será averiguarlo.
—¡Fácil! ¡Oh!, pues en ese caso procurad saberlo pronto, y en ello me
haréis un gran servicio.
—Descuidad, rey de Castilla; pero ¿me dais vuestra palabra real de que
sea quien fuere el asesino habrá de sufrir la última pena?
—Te la doy, aunque pertenezca a mi misma familia.
—¿Lo juráis?
—Por Dios y su madre.
—¡Venganza y odio eterno, don Lope! —murmuró la gitana por lo bajo.
Y alzando la voz, dijo a don Fernando:
—Bien, bien, señor; entonces firmad este pergamino. Yo os ofrezco que
el nombre del asesino, que ahora está en blanco, lo veréis escrito
dentro de pocos días.
El pergamino que Piedad entregó al rey y que este se apresuró a coger,
decía:
«El matador de don Juan Alonso Benavides, llamado ... ... ... ...
..., sufrirá la última pena».
El monarca estampó al pie el sello real.
Aquello solo bastaba entonces para que un hombre subiese al cadalso.
Aben-Ahlamar, que se hallaba escondido escuchando toda la conversación,
no daba en aquel momento ni un quilate por la vida del conde de Haro.
A poco de lo que acabamos de referir, salió el rey de la morada de su
amante. Esta, como lo tenía de costumbre, fue a despedirlo hasta la
puerta.
La sentencia de muerte de don Lope había quedado en la poltrona que
ocupó el rey. Aben-Ahlamar se apresuró a salir de su escondite para
coger el pergamino; escondite practicado en la pared, y que tenía
comunicación con su cuarto.
—¡Oh, oh!, esto —exclamó con sonrisa infernal— desenfadará al conde y
me valdrá, por lo menos, otros cien escudos. ¡Gran negocio..., gran
negocio, a fe mía!
Piedad volvió a su aposento y exclamó llena de alegría al entrar:
—Conde de Haro, esta mujer a quien has ofendido tanto, esta mujer,
que está sellada por tu mano y ultrajada por tu lengua, tiene a su
disposición tu vida. ¡Oh, cómo gozaré cuando el verdugo muestre a la
muchedumbre tu pálida y ensangrentada cabeza!... ¡Oh, oh, qué placer!
¡Qué dulce es la venganza!... Pero ¿qué digo, Dios mío? ¡Yo deliro, yo
he estado ciega cuando he consentido que el rey firme la sentencia de
muerte de don Lope..., del padre de mi hijo! ¡Ah, perdón, perdón!... Yo
te perdono, conde de Haro..., vive, vive...
Y Piedad buscó el pergamino con intención de hacerlo pedazos. Pero fue
en vano, porque, como sabe el lector, había ya desaparecido...
El momento de marchar el ejército expedicionario se acercaba, y los
hermanos Carvajales debían marchar con el rey, como asimismo todos los
caballeros y grandes que con sus mesnadas y tropas podían aumentar el
ejército real.
Don Juan no cesaba de rondar el alcázar donde moraba su amante. Era
terrible para el caballero marcharse sin ver a su amada, sin despedirse
de ella, sin darle un adiós que acaso sería el postrero. Desde su
entrevista con ella en el jardín no había vuelto a verla, ni aun a
tener noticias del estado de su salud, para él tan importante. Así es
que se decidió a penetrar en el alcázar, y si le era posible en la
misma habitación de su prometida. Llegó sin contratiempo alguno hasta
la puerta de la morada de Beatriz. Don Juan se paró en el dintel un
tanto indeciso, y dio un golpe con suavidad en la puerta.
—¿Quién sois? —dijo una joven apareciendo en el umbral.
—La reina... —repuso Carvajal con timidez y valiéndose de este pretexto.
—No sé si la podréis ver, caballero; pero de todos modos, entrad.
Don Juan no se hizo rogar. Penetró con resolución en la estancia, y
a poco que hubo andado se encontró con doña María y su confesor, que
sentados cerca del lecho de su amante mantenían con ella una agradable
conversación. Los ojos de Beatriz se animaron extraordinariamente, y
sus mejillas se tiñeron de pronto de un ligero carmín.
—¡Caballero! —dijo doña María sorprendida.
—¡Ah, perdonadme, gran reina, perdonadme! ¡La amo tanto!... Y luego,
¿no hubiera sido demasiada crueldad el que me hubiese marchado a la
guerra sin despedirme de ella, sin dar un triste adiós a la que debía
ser mi esposa?
—Lo será, lo será, Dios mediante.
—Y si en la guerra...
—¡Ah, callad, callad, don Juan! —exclamó Beatriz palideciendo de horror.
La reina y su confesor se miraron a un mismo tiempo.
—¡Ah, señora —repuso don Juan, comprendiendo la significación de
aquella mirada—, con cuánto valor y gusto pelearía contra los enemigos
de Dios, si fuese a la guerra siendo esposo de Beatriz! Con solo el
nombre me contento, señora, consentid y labráis mi eterna felicidad.
Une tus votos a los míos, querida Beatriz, para que tengamos el placer
de llamarnos esposos el poco tiempo que me resta de estar en Burgos.
¡Padre mío, unidnos, unidnos para siempre!
Poco tiempo después, el sol, que penetraba en la estancia por las
ventanas que correspondían al jardín, iluminaba la escena más
interesante y patética, doña Beatriz incorporada en el lecho y su
amante arrodillado cerca de él, asidos fuertemente de la mano,
escuchaban con religioso respeto las oraciones que el anciano abad
de San Andrés leía en un gran libro con relieves de plata. La reina
doña María Alfonsa y la joven que abriera al de Carvajal la puerta,
arrodilladas también y con una vela en la mano, presenciaban el enlace
de doña Beatriz de Robledo con don Juan Alonso Carvajal. Todos lloraban
conmovidos.
—Hijos míos, sed felices, y que la bendición del cielo caiga sobre
vosotros —exclamó el confesor de la reina después de terminada la
ceremonia.
—¡¡Esposa mía!!
—¡¡Esposo mío!!
Exclamaron a un tiempo los amantes abrazándose tiernamente.
La hora de marchar el ejército conquistador se acercaba. Así lo
comprendió don Juan al escuchar el ruido de los pífanos y atambores y
el piafar de los impacientes corceles.
—¡Adiós, adorada esposa mía; adiós hasta la vuelta! —dijo don Juan a
Beatriz, estampando en los finos labios de esta un beso que resonó en
toda la estancia.
—¡Velad, velad por él, Dios mío! —exclamó la de Robledo alzando sus
preciosos ojos al cielo, y cayendo después desfallecida sobre la
almohada.
Media hora después salía de Burgos el ejército real, con dirección a la
provincia de Jaén.
Don Fernando y multitud de caballeros, entre ellos el conde de Haro y
el infante Don Juan, se detuvieron unos días más en Castilla.