_En el que verá el lector lo que hizo el conde de Haro, así que se vio
bueno._
Los gritos y exclamaciones de Piedad lamentando la muerte del conde
de Haro, hirieron que Aben-Ahlamar, única persona que podía acudir en
socorro de la gitana, bajase al subterráneo donde tuvo lugar el duelo
entre don Lope y el de Carvajal. Cuál sería la sorpresa del judío al
encontrar al famoso conde de Haro en aquella situación y solo en el
subterráneo con Piedad, que no cesó de decir:
—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!
—¡Maldición, maldición, don Juan! —volvió a decir la gitana al ver al
judío.
Pasose el nigromántico una mano por los ojos como dudando de la
realidad de lo que veía, y repitió al cabo de un rato, haciéndose
cruces con ambas manos:
—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!
—¡Sálvalo, Aben-Ahlamar, sálvalo! —dijo la gitana medio frenética y
procurando atajar con sus manos la sangre que de la herida salía a
borbotones.
Juffep pulsó a don Lope y meneó la cabeza en señal de que ya era tarde.
Pero como Dios es dueño absoluto de los hombres y dispone a su arbitrio
de la vida de estos, dio un solemne mentís a la ciencia y sabiduría de
Aben-Ahlamar. El conde de Haro curó completamente y volvió, luego de
restablecido, a su vida de infamia.
Digamos ahora algo de lo que Piedad hizo con don Lope, durante la
enfermedad de este.
Aquella infeliz mujer, que cada día le amaba con más delirio, fue para
el conde más que una madre cariñosa. Ni un momento se apartó del lecho
del que había sido su amante, y con su mucho cuidado y esmero le tornó
a la vida. Pero este hombre, que aun en la agonía hablaba de sangre,
se acordó, cuando bueno, de que la mujer que con su tierna solicitud
le había asistido estaba señalada en el libro de sus venganzas. Piedad
lo había acusado y ultrajado a presencia del rey y de toda la corte;
Piedad había librado a doña Beatriz de su venganza; Piedad le había
quitado, durante la enfermedad, su hijo, el único ser a quien el conde
de Haro amaba verdaderamente. Por consiguiente Piedad debía morir; al
menos así lo creía don Lope.
—Pero no —decía con feroz alegría—; sería para ella demasiada felicidad
morir pronto..., ¡padecerá, padecerá un poco antes!
Y un día que estaba sediento de sangre, se dirigió a la habitación del
judío, donde vivía Piedad con su hijo.
El conde penetró en la morada del sabio a la sazón en que este había
salido. Solo estaba la gitana, que le dijo con buen modo al verlo:
—¿Buscabais a Juffep, señor?
—¡No, que te busco a ti! —repuso don Lope cogiéndole con fuerza un
brazo, y echando fuego por sus ojos de hiena.
—¡Ah, soltadme, soltadme, que me hacéis daño!... Yo no os he hecho
mal...
—¡Dame, dame mi hijo, villana, el hijo que me has quitado! —dijo
furioso el de Haro sin hacer caso de las exclamaciones de su antigua
amante.
—¡Vuestro hijo! Vuestro hijo lo es mío también.
—¡Dámelo, dámelo pronto!
—¡Volvedme mi honra, perjuro, volvédmela y entonces os daré vuestro
hijo! —repuso Piedad tan altiva y hermosa como la célebre Judit.
—¡Tiembla, miserable, tiembla, que ahora vas a pagarme la deuda que
conmigo tienes! ¡Venganza, venganza! —exclamó el conde, sacando su daga
y haciéndola brillar en el aire.
—¡Misericordia, don Lope, misericordia para la madre de vuestro hijo,
misericordia para la mujer que todavía os ama con el mayor delirio!
¡Oh, misericordia, misericordia!
—¡Me amas aún, necia! —repuso don Lope con sarcasmo—. ¿Y para qué
quiero yo tu amor?
—Sin embargo, señor, en otro tiempo...
—¡Mientes, villana, mientes!
—¡Infame!
El conde alzó de nuevo el brazo para herir a su amante. Esta exclamó,
cayendo de rodillas:
—¡Ah, perdón..., perdón, noble conde de Haro!
—Dame mi hijo y te perdono.
—Matadme entonces, matadme; pero lo que es mi hijo no vuelve más a
vuestro poder.
El de Haro no contestó ni palabra. Dirigió su vista al horno donde
Aben-Ahlamar hacía sus experimentos químicos, y vio que estaba
ardiendo. Sus ojos brillaron de alegría. Había concebido una idea
terrible.
—¿Me das mi hijo, Piedad? —le dijo con más dulzura.
—No, repuso esta con entereza.
El conde se acercó al hornillo y metió en el fuego las tenazas con que
el judío movía el combustible. La gitana no comprendió el siniestro
designio de don Lope.
—Dame mi hijo —insistió este.
—Tomad antes mi vida.
El hijo del último señor de Vizcaya cogió las tenazas, que ya estaban
hechas un ascua por la punta, y se acercó a Piedad. Esta palideció de
temor, y exclamó en actitud suplicante:
—¡Perdón..., perdón!...
—Vuélveme mi hijo.
—¡Ah, dejádmelo, señor; es el único consuelo que tengo en mi desgracia!
¡Sed compasivo con la que en algún tiempo amasteis! ¡Conceded este
favor a la que estuvo próxima a ser vuestra esposa!
—¡Ja, ja, ja, mi esposa tú, tú, miserable aventurera!
—¡Malvado!
—Por la última vez, ¿me das mi hijo?
—No, aunque sepa que muero aquí mismo.
Don Lope acercó al rostro de su antigua amante la punta de las tenazas.
Aquel hierro candente señaló para siempre la tersa mejilla de Piedad.
Esta exhaló un agudo y doloroso grito que hubiera infundido compasión a
otro que no fuese el conde. Acto continuo, prorrumpió en estas palabras:
—¡Venganza y odio eterno, infame don Lope! ¡Temblad, temblad ahora vos!
El conde salió de la morada del judío, riéndose desdeñosamente.
La gitana lo aborreció desde aquel momento.