_De como la desconocida cuenta a doña Beatriz su peregrina y aventurera
historia._
Cesó el síncope de doña Beatriz, cesó el horror que la desconocida,
que no era otra que Piedad, había infundido a la amante de Carvajal y
cesó por último todo concepto desfavorable a la gitana, merced a los
cuidados y esfuerzos de esta para volver a la vida a su rival, y por
destruir la poco ventajosa impresión que sus palabras habían producido
en el débil y enfermo cerebro de la dama de doña María Alfonsa.
En efecto, Piedad había conseguido con sus dulces expresiones, con
su tierna solicitud y el afectuoso cariño mezclado de conmiseración
que en su excelente alma abrigaba por la víctima de su amante, había
conseguido, decimos, apartar de la imaginación de esta todo recelo, e
inspirarle a su vez una ilimitada confianza. Así es que Beatriz, sin
reserva alguna y sin omitir la menor circunstancia a su nueva amiga,
hízola una fiel historia de todos sus infortunios, desde el punto en
que fue arrebatada de la antecámara real y sepultada en el oscuro
recinto donde la estamos contemplando. Más de una lágrima vertió Piedad
al escuchar la narración de las desventuras que aquejaban a la infeliz
amante de Carvajal, más de una vez la interrumpió conmovida, diciéndole
entre sollozos:
—¡Oh, tendrán muy pronto fin vuestras desgracias, os lo prometo!
Así que concluyó de hablar doña Beatriz le dijo Piedad, cogiéndole
ambas manos con cariño:
—Nada temáis ya, señora, que yo os libraré de ese hombre; y velaré
sin descanso por vuestra seguridad en tanto que permanezcáis en este
encierro.
—¡Ah, cuán buena sois! ¡Y cuánto siento haberos ofendido! ¿Pero no es
cierto que me perdonáis?
—Callad, querida mía, callad, por Cristo.
—¿No me ofrecisteis —repuso la de Robledo variando de conversación—
contarme vuestra historia?
—Cierto; pero vuestros castos oídos no deben de escuchar varios
sucesos, siendo estos precisamente los que constituyen la mayor parte
de mis desgracias. Y, sobre todo, ¿qué adelantáis con saber la vida de
una vagabunda, de una...?
—¿No me habéis escuchado a mí? —dijo Beatriz como ofendida.
—Sin embargo, señora, vuestra historia, o mejor dicho, la historia de
vuestras desventuras, interesa, lastima el corazón más insensible: la
mía, por el contrario...
—Dad principio, Piedad, y nada omitáis, nada absolutamente. Contad
desde vuestro nacimiento hasta el día.
—Puesto que lo exigís, os daré gusto.
Y la gitana, sentándose en una banquetita donde descansaban los pies de
doña Beatriz, comenzó a hablar de esta manera:
—Nada puedo deciros de mis padres, querida doña Beatriz, porque no
los he conocido, ni menos sé a quién debo esta vida tan amarga y
desgraciada. Una mujer de aspecto repugnante, que se decía mi abuela
y a quien tendréis ocasión de odiar más de una vez sin conocerla,
fue la que me recogió cuando quedé huérfana y con la que viví hasta
la edad de quince a dieciséis años en que me separé de ella por los
motivos que más adelante sabréis. Yo soy natural de Sevilla, según me
ha dicho esa mujer, donde permanecimos hasta que tuve quince años, y
en esta época empezamos nuestras excursiones por Castilla, llevando
la vida aventurera y azarosa de los gitanos. Cuando apenas tenía uso
de razón, me hacía salir mi abuela (con otros dos chicos, que ignoro
quiénes eran) cantando una tonadilla que ella misma nos había enseñado,
o bailando y haciendo contorsiones y piruetas que mis entonces débiles
miembros se resistían a ejecutar con destreza. ¡Cuántos golpes
descargaba sobre mí la cruel Simeona porque no aprendía tan pronto como
ella deseaba! ¡Cuántas veces me enviaba a trabajar sin darme ningún
alimento, por haber estado algo torpe en la lección que poco antes me
señalara!
[Ilustración: Doña Beatriz y Piedad]
—¿Simeona habéis dicho? —exclamó doña Beatriz interrumpiendo a Piedad,
y más pálida que un cadáver.
—Sin duda; ese es el nombre de mi abuela.
—¡Cielos! A mí me asiste, tal vez por orden del conde, una mujer que
lleva ese nombre y cuyo asqueroso aspecto me causa un horror indecible.
—¿Es cargada de espaldas?
—Sí.
—¿Baja de cuerpo y...?
—¡Oh, la misma, buena Piedad, la misma! —exclamó la de Robledo
asiéndose a la gitana.
—Serenaos, señora, que ya os veréis libre de esa mujer y de todo cuanto
os rodea.
Doña Beatriz se tranquilizó, y Piedad prosiguió su cuento como sigue:
—Cuando no ganaba todo el dinero que ella quería, ¡oh!, entonces me
dejaba sin comer y me castigaba cruelmente. Jamás me olvidaré de cierto
día (tendría yo unos siete años) que habiendo vuelto a casa sin ganar
nada absolutamente, se puso en extremo furiosa conmigo, y asiéndome
fuertemente de los cabellos: «Eres una holgazana», me dijo, «que para
nada me sirves. Como mañana no me traigas el dinero suficiente para
vivir toda una semana, te voy a echar al río». «Si prometiera algo
esta muchacha», le oí refunfuñar por lo bajo, «no la castigaría; pero
desgraciadamente es muy fea y ninguna utilidad podré sacar de ella,
por más que me esfuerce; nada, nada, la mataremos a golpes; a mí no
me conviene un mueble inútil». Con efecto, así lo hacía. Y como yo
hasta la edad de doce años fui una criatura raquítica y enfermiza,
pronto consiguió que enfermara del pecho. No os podéis figurar, hermosa
Beatriz, hasta qué punto padecía cuando Simeona me obligaba a cantar:
el pecho se me desgarraba de dolor, y un violento acceso de tos que
en seguida me sobrevenía inundaba mi boca de sangre y mis ojos de
lágrimas. Con esto mi abuela se encolerizaba atrozmente, y so pretexto
de acudir en mi socorro, me pellizcaba hasta hacer brotar sangre de mi
mutilado cuerpo. ¡Oh, Dios mío! —dijo Piedad sollozando amargamente—:
¡qué infancia, qué infancia tan horrorosa disteis a esta infeliz! ¿Por
qué no me arrancasteis de este mundo cuando aún era inocente y mártir?
¿O habéis decretado que siempre, siempre, haya de padecer?
Y volviéndose a la amante del infanzón del rey de Castilla, díjole con
igual dulzura:
—¡No sé, querida señora mía, cómo tenía fuerzas para sobrellevar el
inhumano trato de mi abuela! ¡No sé cómo mi pobre cuerpo resistía!
Los vecinos se llegaron a enterar. Esto bastó para que de uno a otro
extremo del barrio corriese el rumor de la ferocidad casi fabulosa de
Simeona, y para que fuese esta el ludibrio de aquellas gentes. Todas,
en lo general, la aborrecían; las madres asustaban a sus hijos con
ella, y los muchachos se entretenían en apedrearla y en prodigarla los
apodos más ridículos. Y todo, todo, por mi causa, según ella decía:
«¿No vale más», exclamaba furiosa, «que mueras tú veinte veces, antes
que yo pierda mi reposo y tranquilidad, y la buena reputación que en
este barrio de la ciudad tenía yo adquirida?». Una mañana muy temprano
que había salido a misa, volvió a casa toda cubierta de sangre y lodo,
desgarrados los vestidos, y la cabeza herida por dos o tres partes.
Varias mujeres y multitud de chicos de la vecindad, llevados del deseo
de vengarse, se enredaron con ella a su sabor, y redujéronla a aquel
lastimoso estado. Al entrar, dirigiose a mí rugiendo de cólera, y
díjome con una sonrisa diabólica: «Sígueme». Creyendo yo que iríamos
a trabajar como de ordinario, la seguí sin cuidado alguno. Atravesamos
multitud de calles y plazas hasta salir fuera de la ciudad. Era un día
de invierno de los más terribles: el río, que se extendía a nuestra
vista, se hallaba sumamente alborotado. Viendo que marchaba Simeona
en dirección al puente, me atreví a preguntarle: «¿A dónde vamos,
abuela?». «Sígueme, te he dicho», contestome de mal modo. Llegamos
por fin al puente. Mi abuela se detuvo a su entrada y se puso a
contemplar, a lo que entendí por un momento, las aguas del entonces
impetuoso Guadalquivir. Pero, ¡oh, su intención era otra! Yo me acerqué
a ella: un pequeño movimiento que hizo para echar a andar otra vez
bastó para que yo cayese al agua. «¡Favor», le oí decir, «socorro,
hija mía, Piedad!». Toda la gente que allí había acudió a los gritos
de mi abuela para socorrerme. Era ya tarde: la corriente me arrastró
con violencia. No sé quién me sacaría del río, ni quién me conduciría
a la casa de la infame Simeona. Pero lo que sí puedo asegurar es que
cuando volví en mi acuerdo, me encontré perfectamente bien arropada
en un lecho que yo desconocía, y que era algo más que cómodo. Tengo
muy presente, asimismo, que un hombre de venerable rostro y cabellos
blancos como la nieve, pero tan perverso como Simeona, no se separaba
ni un solo momento de la cabecera de mi cama. Mi abuela también estaba
con él... ¿A quién debía yo toda aquella comodidad y aquel inusitado
esmero con que ambos me trataban? He aquí una cosa que no sé deciros,
porque nunca llegué a averiguarla. Mi enfermedad fue penosísima.
Pasaba la mayor parte del día durmiendo; pero no era el mío ese sueño
reposado y tranquilo de que tanto había menester para recobrar mis
abatidas fuerzas: era una especie de profundo letargo que embargaba
completamente mis sentidos. Curada ya de aquella penosa modorra, seguí
fingiéndola por espacio de algunos días más, a fin de poder oír con
toda libertad las conversaciones que Simeona y Aben-Ahlamar tenían.
—¿No se llama así —dijo doña Beatriz— uno de los médicos de su alteza?
—Es el mismo, amiga mía; el mismo que dijo un día a mi abuela, después
de haber revisado un grueso volumen de pergamino lleno de letras que
esta le había entregado: «No lo dudes, Simeona; esa muchacha llegará
a figurar notablemente». «¡Qué lástima que sea tan fea!», repuso mi
abuela con sentimiento. «¡Oh!, nada temas por ese lado, que yo te
aseguro que dentro de cuatro años no la has de conocer. La caída al río
le ha servido de mucho bien». «¡Pobrecilla, pobrecilla!», exclamó mi
abuela dirigiéndome, por la vez primera, una mirada amorosa. Desde que
el judío Aben-Ahlamar anunció mi porvenir, tan halagüeño para Simeona,
me trató esta con la mayor dulzura. De iracunda, feroz y cruel que
conmigo había sido siempre, convirtiose en cariñosa y expresiva. Bien
es verdad que se iba realizando hasta cierto punto el pronóstico del
sabio médico. En poco más de un año hubo en todo mi ser un cambio tan
favorable que más de una vez mi creciente belleza arrancó exclamaciones
de alegría a la decrépita Simeona.
»¡Oh, cuánto gozaba yo en verme hermosa! ¡Y con qué gusto contaba
y decía la buenaventura! Dedicose mi abuela a perfeccionarme en el
baile, y con este nuevo ejercicio ganaba mucho más dinero del que
necesitábamos para vivir holgadamente. Cuando me presentaba en público
a ejecutar las obscenas danzas que mi odiosa abuela habíame enseñado,
los frenéticos aplausos de la concurrencia venían a interrumpirme, y
todos a porfía, nobles y plebeyos, ricos y pobres, se apresuraban a
vaciar sus bolsillos en la falda de Simeona. Aquellos estrepitosos
vivas de la multitud, y sus reiteradas demostraciones de aprecio
lisonjeando mi orgullo, hiciéronme olvidar mis desventuras pasadas, y
más de una vez en el fondo de mi alma agradecí a Simeona sus crueles
tratamientos, solo porque a ellos atribuía mi nueva situación, y
ese fenómeno extraordinario que en mi raquítica naturaleza acababa
de obrarse. ¡Hasta ese extremo nos lleva a nosotras las mujeres
el deseo de agradar y parecer hermosas! Conoció mi abuela que era
llegada la hora de comenzar a especular con mi singular hermosura,
y vendiome por un puñado de monedas, no sé si de oro o de plata,
a un joven que calzaba espuela de oro, como los caballeros, y que
siempre se encontraba en el círculo de curiosos que constituían mi
público. Sin embargo de llevar constantemente cubierto el rostro con
la visera del casco de su rica armadura de acero y plata, noté que
era arrogante figura, y por último no me desagradó el joven. Al poco
tiempo presentose en nuestra casa. Yo estaba sola. Hablome de su amor
con apasionado lenguaje; ofreciome riquezas y todo cuanto ambicionase;
pero mi corazón se resistía a dar entera fe a las mentidas palabras de
aquel hombre, que estaba muy lejos de estimarme. Yo rehusé con entereza
todas sus ofertas; hice más: le dije que aunque villana, sabía guardar
mi honor y ser recatada. Cansado el mozo de inútiles ruegos, se decidió
a lograr sus intentos a viva fuerza. Cogiome violentamente por la
cintura; yo le rechacé indignada. Entonces comenzó una lucha horrible,
lucha desigual en que hubiera salido vencida, a no tener la suerte de
arrebatarle una daga que llevaba; mas, en el mismo instante de levantar
mi brazo para herirle, apareció Simeona, llenando al caballero de
improperios y denuestos. Furioso este y asaz mohíno salió de casa,
con ánimo de volver a los tres o cuatro días, habiendo mi abuela
cambiado con él, a tiempo de marcharse, una mirada de inteligencia. Los
desesperados esfuerzos que hube de hacer para librarme del desconocido,
y las angustias propias de tan crítico trance, ocasionaron en mí una
leve indisposición que se prolongó algún tiempo. Durante él, Simeona
mostrose conmigo cuidadosa y solícita; haciéndome tomar de vez en
cuando una bebida de un color parecido a naranja, que ella llamaba un
refrigerante, y cuyo inmediato efecto era enervar completamente mis
casi agotadas fuerzas. ¿Puede nadie concebir tamaña infamia?...
—¡Dios mío! —exclamó doña Beatriz—. ¡Esa misma bebida es la que me
obliga a tomar dos o tres veces cada día!..
—¡Infame! —dijo Piedad indignada.
—Ved ahí, señora, por qué me encuentro tan débil siempre; por qué todo
me causa susto, y por qué mis piernas flaquean con tanta frecuencia.
¡Oh, socorredme por Dios, Piedad, no me abandonéis!
—Nada temáis, amiga mía, nada absolutamente.
Doña Beatriz acercó sus labios a los de la gitana y estampó en ellos un
beso que resonó en toda la estancia. Piedad continuó después:
—A los tres o cuatro días apareció de nuevo el desconocido, con el
rostro cubierto como siempre. Yo di un grito de espanto, e incliné la
cabeza en la almohada..., estaba desmayada. Simeona pidió a grandes
voces favor al verle entrar. Todo era fingido... Cuando volví a mi
razón... ¡Oh, qué horror, Dios mío!, ¡¡era ya desgraciada para toda mi
vida!!
La nieta de la cómplice del judío Aben-Ahlamar, lloró amarga y
desconsoladamente.