CAPÍTULO IX.

_De cómo Aben-Ahlamar, el judío, encontró a Piedad, la gitana, más

contenta de lo que esperaba._

Apenas se hubo marchado el enamorado rey, trocó Piedad el traje con

que le había recibido por otro que la hacía veinte veces más hermosa.

Bien es verdad que sus ojos, poco antes tristes, brillaban ahora de

contento, y todas sus facciones, sin poder nosotros adivinar la causa,

habíanse animado de una manera particular. Estaba en aquel momento

radiante de alegría y satisfacción.

El judío Juffep, que ardía en deseos de saber el desenlace de aquella

entrevista, penetró en la morada de la gitana. Recibiole esta con

afabilidad, y le dijo antes que él preguntase nada:

—Ya estaréis contento, Aben-Ahlamar.

—¡Yo! ¿Y por qué, hija mía?

—¿Pues no deseabais que yo quisiera al rey en vez del conde de Haro?

—Efectivamente, lo deseaba por ti; pero por ventura...

—Sí —repuso la gitana riéndose estrepitosamente al ver la perplejidad

del judío.

—¿Cómo os conoció, querida?

—Porque se me cayó el antifaz.

—¡Loado sea el Dios de Israel!... ¿Lo veis, hija mía, cómo está

escrito...?

—Eh, teneos, teneos, señor mío, que me lo dejé yo caer a propósito.

El judío se mordió los labios. Sin embargo, repuso, acariciando a la

hermosa amante de don Fernando:

—¿Y estáis contenta?

—Sí, mucho...

—Tanto mejor.

—¿A qué no adivináis por qué, Aben-Ahlamar?

—¿Amáis acaso al rey?

—Oh, no, menos que antes.

—Pues entonces, ignoro completamente...

—No os parece que cuando lo llegue a saber el conde de Haro tendrá

celos, y...

—¡Ah!, ¿tenéis esa ilusión, inocente niña?

La gitana quedose al principio petrificada con lo que oyó a Juffep.

Pero después se acercó a él con ademán amenazador, y le dijo sin poder

contener las amargas lágrimas que un momento inundaron sus encendidas

mejillas:

—¡Os gozáis, infernal criatura, en destruir todas mis ilusiones!

—Fuerza es, Piedad, que os convenzáis —repuso el judío con la mayor

calma— de que el conde de Haro no os ama.

—Sí, ya sé que esa mujer, de quien me vengaré, me ha robado el cariño

del hombre a quien amo con delirio; pero don Lope me ha querido,

Aben-Ahlamar.

—Tanto como ahora.

—¡Mientes, viejo maldito, mientes!

—Sea; pero el conde a quien ha amado siempre es a doña Beatriz de

Robledo.

—¡Oh!, me vengaré de los dos terriblemente... De algo —dijo Piedad con

amargura— me ha de servir ser la favorita de un monarca...

—Harías muy mal, tocante a ella.

—¿Y por qué?

—Porque la de Robledo aborrece de muerte a tu ingrato amante.

—No obstante es la causa de que él me haya olvidado.

—¿Tiene acaso la culpa Beatriz de ser hermosa?

—¡Es verdad!... ¡No sé lo que me digo, Aben-Ahlamar!

Piedad guardó silencio largo rato. Sus mejillas estaban encendidas, sus

ojos preñados de lágrimas. Piedad amaba a un hombre que la despreciaba

por otra que lo aborrecía, como hemos tenido lugar de ver en los

capítulos anteriores. Pasose la gitana una mano por su rostro, después

de haber reflexionado un buen rato, y dijo al judío con faz serena:

—¿Conocéis personalmente a la víctima de don Lope de Haro?

—¿A Beatriz?

—Precisamente.

—Oh, mucho.

—¿Y es cierto que es tan hermosa como dicen? —dijo Piedad mirándose al

mismo tiempo en una magnífica plancha de acero, que a falta de espejo

frente de ella había.

—Oh, divina, divina, hija mía. Es un ángel en figura y en

sentimientos... Lo que es vuestro amante, ¡tiene gusto para elegir

dama!...

—Deseo conocerla, Aben-Ahlamar.

—¡Cosa rara, conocer una mujer celosa a su rival!

—¿Pudiérais hacer por que yo penetrase en la morada de doña Beatriz?

—¡Imposible..., imposible! Antes me dejo matar. Si yo por una

casualidad revelase el lugar donde el conde tiene a la de Robledo, ¡oh,

de seguro me costaba la vida!

—Es que yo, a más de guardar eternamente silencio, te recompensaría

bien.

—Nada quiero, amable Piedad.

—¡Aben-Ahlamar!

—Perdona, hija mía, pero no puedo faltar al juramento que he hecho.

—Pues tened en cuenta, Juffep, que soy la favorita de uno de los

monarcas más grandes y poderosos de la tierra.

—¿Qué queréis decir con eso?

—Quiero decir que todo lo puedo, y que si no accedes...

—¡No me comprometas, querida mía! ¿Y si don Lope llega a saber que te

he vendido su secreto?

—Dejad escrúpulos a un lado, que nada sabrá.

—¿Me lo aseguras?

—Te lo prometo a fe de quien soy. ¿Quedamos convenidos?

—¡Siempre triunfáis de mí!

—¡Miserable! —dijo Piedad para sí—. ¿A qué hora —repuso—, viene don

Lope a visitar a su víctima?

—No la ve desde la víspera de haberle tú acusado.

—¡De veras!... ¡Oh, si se olvidase de ella!...

—¡Olvidarse! No lo creas tú nunca, hija mía —replicó el judío con

intención.

—¿Conque mañana puedo ver a la amante de don Juan Alonso Carvajal?

—dijo la gitana desentendiéndose completamente de las palabras del

nigromántico.

—Es muy pronto, querida.

—¡Cómo, también condiciones!

—Te avisaré cuando haya oportunidad.

—Está bien; pero que sea pronto, Aben-Ahlamar.

—Quedarás satisfecha de mí.

—Y tú —repuso la amante del rey— de mi manera de recompensar a los que

me sirven.

El rey llegó sin contratiempo alguno a la parte del alcázar que

habitaba y donde le aguardaba toda la corte, reunida hacía ya rato

para saludarlo, según usanza de aquellos tiempos. Recibió don Fernando

a los caballeros este día, para él muy venturoso, con la mayor

amabilidad y contento. Después que los hubo despedido y que concluyó de

despachar con sus ministros la letras y negocios del día, dirigiose a

la habitación de su madre la reina Doña María Alfonsa. Hallábase esta

señora en la misma estancia donde la vimos y conocimos por primera vez

conferenciando con su confesor el anciano abad de San Andrés. Llegose

don Fernando a su madre y le dijo, imprimiendo un cariñoso beso en su

espaciosa y tersa frente:

—¿Cómo habéis pasado la noche, madre mía?

—Muy bien, querido hijo. ¿Y tú?

—Perfectamente, señora.

—¿Cómo está tu esposa, la hermosa Constanza?

El rey se inmutó al escuchar a su madre. Mejor hubiera querido que le

preguntaran por Piedad. Sin embargo, disimuló y repuso:

—Perfectamente bien.

—El embarazo, según me ha dicho mosén Diego de Valera, uno de tus

médicos, no puede ser mejor.

—Efectivamente.

—¿Y cómo es, señorito —dijo la reina acariciando al monarca—, que no

habéis venido ayer tarde a noticiarme el efecto que produjo en la corte

la determinación que habéis tomado acerca del infante, vuestro tío?

—Dispensadme, madre mía; pero me retiré de allí sumamente afectado. ¿No

ha llegado a vuestra noticia la escena que tuvo lugar, después de haber

anunciado a la grandeza el estado de la reina, y la providencia que me

he visto obligado a dictar con ese mal pariente y vasallo?

—Sí, ya sé que una mujer, a quien no debiste dar oídos, denunció al

poderoso conde de Haro como raptor de mi querida Beatriz.

—¿A quien no debí dar oídos decís, madre mía?

—Sin duda. ¿No conoces que tal vez sea esa acusación una calumnia

levantada por algún enemigo del conde para vengarse de él? ¿Presentó,

acaso, la acusadora pruebas?

—No; pero, sea o no cierta la acusación, no quiero que en ningún tiempo

se diga que yo me negué a oír a una mujer que demandaba justicia. ¿Y

por qué ha de ser una calumnia? —repuso el rey acordándose que era

Piedad la acusadora—. ¿Acaso el conde no es capaz?...

—¡Oh, calla, por Dios, hijo mío! —exclamó doña María mirando a todas

partes asustada, y como temiendo que alguien hubiese escuchado las

palabras que acababa de proferir el monarca.

—¿Por qué he de callar, señora? —dijo el rey admirado.

—Porque si descontentas a los grandes de tu corte, ahora que tu tío don

Juan ofrece la paz a trueque de que le perdones, entonces, Fernando

mío, no gozarás ni un solo día de tranquilidad.

—¡Jamás consentiré, señora —repuso el rey inmutado por la cólera—, que

vuelva a mi servicio el infante don Juan!

—Escúchame, por Dios...

—¡Oh, no me habléis de ese rebelde, madre mía!

—Ten la lengua, hijo querido, y atiende a tu madre.

—Hablad, señora, hablad.

—Los pueblos, amado hijo mío, están hartos de sufrir con las guerras

intestinas que han asolado a esta desgraciada Castilla desde la muerte

de tu padre, mi siempre querido y llorado esposo. Los grandes, sin

saberse por qué, comienzan a sublevarse y a mostrarse descontentos

contigo. De manera que se hace necesario, indispensable, que procures

contemporizar con todos y aceptar asimismo todas las condiciones que te

propongan, en no menoscabando tus intereses y dignidad real.

—Armas y soldados tengo para combatir y castigar a los descontentos

—dijo el rey sin alterarse.

—De nada sirve la fuerza sin el influjo moral, querido Fernando; y

ellos desgraciadamente cuentan con ambas cosas, porque los revoltosos

son protegidos, sin duda, por el infierno. Presta un poco de atención

a lo que voy a decirte, y haz caso, por Cristo, de los consejos de tu

madre, que tiene probado ser más ducha que tú en negocios de gobierno.

—Hablad, señora.

—Conviene mucho a tus intereses que no se efectúe ese malhadado combate

que ha de decidir si don Lope es culpable o no del delito que se le

imputa.

—¡Madre!...

—Atiende, hijo mío, atiéndeme.

El rey guardó silencio, y doña María continuó de esta manera:

—Bien sabes que el núcleo de todas las conspiraciones y asonadas han

sido siempre las poderosas casas de Haro y Lara. Por esa razón te he

dicho que conviene no disgustar al conde: difiere, o mejor dicho, no

señales el día del combate; déjalo como cosa olvidada, y con eso verá

don Lope que hiciste poco caso de la acusación de la desconocida. Y

si acaso llega a estallar la tormenta que sobre tu cabeza comienza a

rugir, ahí tienes ya en tu favor esa casa tan rica y poderosa.

—¡Señora!, ¿es posible que vos me hagáis tal proposición?...

—¿Y no es primero tu felicidad y la de tus desgraciados pueblos?

El conde de Haro es vengativo y estoy segurísimo de que si saliese

derrotado en el combate y se llevaran a cabo las leyes del duelo,

había de dejar dispuesto algún alzamiento que hiciese vacilar tu débil

trono. ¡Olvida, hijo querido, olvida esa acusación! Fija tu vista en el

porvenir, y déjame a mí obrar. ¿Te conformas?

—¿Y si don Juan Alonso Carvajal...?

—Queda de mi cuenta contentar a ese noble joven —repuso la reina

adivinando el objeto de las palabras de su hijo—; como asimismo

averiguar el paradero de su amante. Nada temas, todo lo arreglaré;

todos vivirán contentos, y evito el que se derrame sangre, que es mi

más constante deseo.

—Pues bien, mañana os daré la contestación —dijo el rey reflexionando

un momento.

—Me conformo; pero ¿y tu tío? ¿No le quieres devolver todos sus honores

y títulos en cambio de la paz que te ofrece?

—Jamás.

—¡Ay, hijo mío, no sabes lo que haces! Mira que ahora se puede sofocar

esa naciente rebelión, y tal vez sea tarde mañana.

—No importa.

—¡Calla, querido hijo mío, calla por Dios!

—Tal es mi determinación, señora.

—¡Oh! ¡Te aconsejan mal, Fernando, muy mal!

—¿Cómo queréis que al día siguiente de haberle exonerado y declarado

traidor, vaya no solamente a perdonarle sino también a devolverle sus

títulos y honores? ¿Qué se diría entonces de mí, madre mía?

—Que eras tan hermoso como clemente y bueno —repuso doña María

acariciando a su hijo.

—Y mañana se portará peor por vía de enmienda, ¿no es eso?

—Pues bien; si llegase a cometer otra acción que te disgustare, te doy

mi palabra de no interceder más por él. ¿Te acomoda?

—No os canséis, madre mía, me es imposible perdonarle.

—¡Por tu bien, Fernando!

—¡Oh!, por mi bien lo he hecho; por mi bien he castigado a ese infame

pariente.

—Ya te he dicho, y te lo repito ahora, que conviene a la dicha y

sosiego de tus pueblos que le perdones.

—Lo que conviene, señora, a la dicha y sosiego de mis pueblos es que

los libere de la fatal influencia de esos personajes, muy más gravosos

para ellos que los mismos extraños y enemigos.

—Pues bien, hazlo por mí; hazlo por mi tranquilidad, por mi bienestar...

—¡Me exigís, madre mía, un sacrificio!...

—Te lo pido, hijo de mis entrañas —repuso la reina viendo que iba

ganando terreno—, te lo pido por la memoria de tu padre, por tu querida

hija, por todo lo que más ames en este mundo...

—Basta, madre mía, basta.

—¿Te incomodan acaso mis ruegos?

—Lejos de eso, vuestras tiernas súplicas me han conmovido: yo le

perdono.

—¡Ah!, ¿qué escucho? —exclamó doña María arrojándose en los brazos del

monarca.

—Le perdono —añadió este— a condición de que no se ha de presentar en

la corte.

—¡Bendito seas! Dime, ¿y qué punto le señalas para su residencia, hasta

tanto que se firmen los contratos?

—Grijota. Decidle al mismo tiempo, como cosa vuestra, que allí me

espere. ¿Estáis contenta?

—¡Oh, mucho, mucho! —exclamó la de Molina cogiendo a su hijo las manos

con cariño.

El rey correspondió de la misma manera a las pruebas de ternura que su

madre le prodigaba, y le dijo, saliendo a poco de la estancia:

—Hasta luego, madre mía.

—Adiós, querido Fernando.

Doña María exclamó llena de gozo, luego que su hijo se hubo marchado:

—¡Lo he salvado! Dadme, Dios mío, vida, para que siempre sea su guarda.

Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo · 第 15 / 55 题