_De cómo el conde Haro se empeñó en no conocer a uno que llevaba el
rostro cubierto._
El salón donde celebraba corte su alteza hallábase, una mañana del mes
de septiembre de 1310, ocupado por multitud de caballeros, donceles,
pajes de lanza y estribo, y escuderos.
Los caballeros que más habían madrugado discurrían en corros o pequeñas
reuniones sobre las noticias del día. Acerquémonos, si le place al
lector, a uno donde se hallaba el poderoso conde de Haro.
—Conque va a ser destituido de sus honores y consideraciones como
príncipe y caballero el infante don Juan —preguntó a don Lope un joven
de gallarda presencia, llamado don Diego de Fajardo.
—Con efecto, repuso el conde; y aquí para nosotros fue acción fea y
desleal la que cometió el infante en el sitio de Algeciras.
—Cierto, señor conde; pero observad que el rey obra muy de ligero, y
que no es ese suficiente motivo...
—¡Cómo! ¿Así pensáis? —replicó el conde con calor—. Pues si no hubiese
sido porque el cielo favorecía nuestra causa, con tan poca gente y tan
débil como quedó el ejército real, ¿cómo era posible que hubiésemos
conquistado los pueblos que hoy nos pertenecen?
—Tenéis razón, don Lope. Mi objeto tendía a probar que otros delitos de
más gravedad ha cometido don Juan y han quedado sin castigo.
—¿Qué queréis...? Y bien puede el infante dar gracias a Dios de que se
ha librado de la pena capital.
—¡Cáspita!
—Lo que oís, amigo mío.
—El objeto de nuestra reunión ya lo sé; pero ¿sabéis si se ha procedido
contra la memoria del papa Bonifacio en la corte pontificia? —dijo un
tercer caballero que, según su traje, indicaba pertenecer a la orden de
Santiago.
—Creo que no, don Álvar Núñez —contestó el de Haro, haciendo lado al
santiaguista—. A Clemente V le ha podido mucho el mensaje enviado por
su alteza el rey de Castilla advirtiéndole de que no tiene facultades
para hacer una cosa semejante; y a más de esto, que resultarían graves
daños a toda la cristiandad.
—¡Oh, bien hecho! —dijo don Álvar con alegría—, porque si no ese
pontífice, hechura del rey de Francia, nos iba a venir todos los días
con exigencias tan nuevas como raras. Vean ustedes, haber extinguido
ahora la orden del Temple, tan necesaria como era, y mucho más en estos
reinos, para la completa destrucción de los moros.
—Tenéis razón, don Álvar —repuso el joven Fajardo—. Yo no puedo creer
de ninguna manera que sean ciertos los delitos que imputan a tan nobles
y cumplidos caballeros; además que el Papa, que se sujeta por reinar a
las condiciones más onerosas, no puede hacer cosa buena.
—¡Bien dicho, valiente joven, bien dicho! —exclamó el santiaguista con
entusiasmo.
—Moderaos, don Diego, y no habléis de esa manera del jefe supremo de la
Iglesia —dijo el anciano arzobispo de Galicia, acercándose al círculo
que habían formado nuestros interlocutores.
—Bien venido, padre mío —dijeron todos los caballeros besando uno por
uno con respeto el anillo del prelado.
—Conque hoy, señores, hemos sido convocados para oír de boca del mismo
rey grandes novedades, según dicen.
—Así parece, señor —contestaren todos a la vez.
—Pues yo, si he de dar mi opinión tal como la siento —dijo el de
Núñez—, no creo que esa medida que ha tomado su alteza sea ni oportuna
ni prudente.
—Silencio —repuso Haro—, que ya sabéis que en palacio se debe callar,
maguer se le seque a uno la lengua en el paladar.
—Sí, ya sé —contestó don Álvar con malicia— que es un crimen decir la
verdad a...
—¡El rey!... —dijeron las voces de los farautes y guardias.
—¡El rey! —repitieron todos haciendo paso al monarca y a sus magnates.
Presentose efectivamente el joven don Fernando, seguido de los
caballeros, donceles, escuderos, pajes y empleados de su casa. Subió
con paso firme las gradas del trono y saludó, al mismo tiempo de tomar
asiento, a todas las personas que se hallaban presentes, con la más
amable sonrisa.
Las que acompañaban al rey y las que en el salón había, se fueron
colocando en sus sitios respectivos: detrás del sillón que ocupaba don
Fernando, sus donceles, escuderos y pajes, y los físicos Aben-Ahlamar
y mosén Diego de Valera; cerca del trono, sus hermanos don Pedro y
don Felipe, nombrado el primero general de la frontera, y el duque de
Bretaña; a más de estos el justicia mayor, el maestre de Castilla y el
canciller; ocupaban las gradas del trono el mayordomo mayor de palacio
don Juan Núñez de Lara, el arzobispo de Toledo don Gutiérrez segundo,
los de Galicia y Sevilla y el delegado del papa Clemente V, el muy
entendido en armas y en letras Pedro López de Ayala, adelantado de
Murcia, Fernán Gómez de Toledo, camarero mayor y muy querido del rey,
y los infantes de la Cerda, vestidos con ornamentos reales; cerca del
trono y en primer término, veíase a don Lope López Díaz de Haro, don
Juan Alonso Pérez, Guzmán el Bueno, señor de Sanlúcar, don Pedro Ponce
de León, muy estimado del rey y su antiguo ayo, el abad de San Andrés,
canciller de doña María Alfonsa, los maestres de las órdenes militares
con sus respectivos caballeros; el alguacil mayor Gómez Pérez de Lampar
con los procuradores de la ciudad; y, por último, multitud de donceles,
escuderos y pajes, de los muchos y distintos caballeros que había en
la corte del poderoso y egregio rey de Castilla y León.
—Prelados, infantes, gentiles-homes, escuderos, donceles y pajes de mi
corte —dijo el rey así que vio a todos colocados en los sitios que por
su posición o clase a cada uno pertenecía—. Dos son los objetos que
me traen hoy a reunirme con vosotros. El primero creo que os llenará
de tanta complacencia como a mí. Mi augusta esposa, la reina doña
Constanza, se halla encinta, y según el pronóstico de los sabios que
ven el porvenir de las criaturas escrito en los astros, pronto tendrá
la corona de Castilla un digno sucesor de don Pelayo. El segundo,
señores, me cuesta harto dolor y sentimiento anunciároslo; pero como
padre que debo ser de los pueblos que la Providencia ha puesto en
mis manos para que los gobierne, es deber mío premiar a aquellos que
procedan bien y castigar asimismo a los que infringen las leyes y
mandatos de Nos. Os doy una prueba, nobles señores, de lo recto e
imparcial de mi justicia, cuando no he vacilado en que esta se haga
ostensiva hasta a los miembros de mi misma familia.
Don Fernando se sentó algo afectado, y haciendo seña a uno de los
farautes, se oyó a poco en el salón la voz de un hombre que decía:
—Oíd, oíd, oíd.
Los cortesanos prestaron atento oído. El justicia mayor leyó entonces
con voz clara y sonora lo siguiente:
—«Don Fernando IV, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de León, de
Galicia, de Sevilla, de Toledo, de Córdoba, etc., etc., etc., por el
presente escrito hacemos saber a los que viven hoy, como también a la
memoria de los venideros, que el infante don Juan, nuestro tío carnal,
nos ha hecho graves y repetidas injurias, habiéndoseles perdonado ya
algunas; pero ha llegado muy mucho a nuestro corazón la acción de
abandonar el campo con sus mesnadas y caballeros en tiempo que Nos, con
la ayuda de Dios y de las nuestras leales tropas y de nuestros fieles
vasallos, poníamos sitio a la ciudad de Algeciras y a Gibraltar, para
arrancarlas del poder de los moros. Oído los consejos de los barones
buenos e ilustres de estos mis reinos y por el convencimiento que Nos
tenemos de que el referido infante ha sido, y es, ingrato, contumaz
e inobediente, hemos resuelto quede desde este momento destituido y
exonerado de todos los títulos y consideraciones que como príncipe y
caballero tenía. Otrosí, es nuestra real voluntad dar a los justicias,
alcaldes y oficiales de estos nuestros reinos, facultades amplias y
omnímodas para que si se hacen con la persona del ya referido infante,
le conduzcan preso y maniatado al lugar o pueblo donde Nos a la sazón
residamos».
La lectura del documento arriba escrito produjo gran sensación en todos
los cortesanos. Un murmullo de desagrado fue la respuesta que recibió
el rey. Cuentan las crónicas que hubo caballero de aquellos que sacaron
hasta la mitad sus aceros, movidos de lástima por don Juan, y llenos de
indignación contra don Fernando.
Una voz de mujer que decía a grandes voces, fuera de la cámara real,
«dejadme chusma insolente, dejadme ver al rey», distrajo la atención
de los cortesanos del monarca castellano. Este se apresuró a decir al
capitán de sus guardias:
—Enteraos, don Tello, qué ruido es ese.
—Señor, una mujer que pugna por entrar aquí, a pesar de los esfuerzos
que hacen los soldados por impedirle el paso. Si quiere recibirla tu
alteza, la haré entrar.
—Sí, hacedla entrar, don Tello —repuso el rey deseando satisfacer su
curiosidad.
Apareció en seguida de haber salido el capitán una mujer de bellas y
elegantes formas cubierto el rostro y seguida de otras dos que parecían
sus dueñas. Pasó la dama muy cerca de don Lope de Haro, y se dirigió
con resolución al trono, donde permaneció postrada hasta que el rey le
dijo:
—Alzad, señora, alzad y exponed los motivos que os inducen a
presentaros en este lugar de esa manera. Levantaos y contad vuestras
cuitas, si las tenéis.
—¡Justicia, noble rey, justicia! —exclamó la enlutada besando con
sumisión el borde del manto real.
—Hablad, señora, hablad, que nunca la he negado a nadie.
En los rostros de las circunstantes pintose el asombro y la admiración.
El conde de Haro palideció visiblemente al hablar la encubierta dama.
Esta continuó con voz clara y sentida:
—¡Un crimen se ha cometido en Burgos, señor; en tu corte, en el mismo
alcázar donde moras!
—¿Un crimen, decís?
—Sí, señor, un crimen, y crimen destinado a quedar impune.
—¡Acabad, por Dios, señora! —exclamó el rey impaciente.
—Los grandes que te adulan y lisonjean son, señor, los que más
infringen tus mandatos...
—¡Fuera esa mujer! —dijeron todos los caballeros a una, y
tumultuosamente.
—Y validos —continuó la encubierta sin arredrarle los gritos y
amenazas de los caballeros— de tu favor y de la sombra de tu trono
cometen las acciones más feas y villanas.
—¡Explicaos! —repuso don Fernando.
—Señor —dijo el conde de Haro trémulo de ira—, no debe tu alteza dar
oído a una mujer que está demente, a juzgar por las palabras que dice.
—Dejad, don Lope —replicó el rey—. Y vos, señora, apresuraos a exponer
brevemente vuestras cuitas, sin meteros a más.
—Ya veo —contestó la advenediza— que es un crimen de lesa majestad
decir a los reyes la verdad...
—¡Acabad!
—Doña Beatriz de Robledo, digna hija de uno de los más leales vasallos
de tu padre y dama de tu augusta madre, doña María Alfonsa de Molina,
ha sido robada de la cámara real, sin saberse todavía el paradero de
tan noble joven.
—Lo sabíamos, señora, y ya se han dado las oportunas órdenes para
descubrir a los autores del atentado que todos deploramos. ¿No se sabe
nada aún de este negocio, señor justicia mayor?
Iba el interpelado a contestar, pero se apresuró a decir la encubierta:
—El autor, señor, recibe de tu mano inmensos beneficios; el autor se
ampara en tu misma corte; y por último, nos está escuchando.
—¡En mi corte!
—¡Sí, en tu corte! —repuso la desconocida con entereza.
—¡Nombradle! —dijeron todos con el más marcado interés.
Don Lope cambió una mirada de sorpresa con el judío Aben-Ahlamar. La
voz de la desconocida había penetrado hasta lo más recóndito de su
corazón. La repentina aparición de aquella mujer le dejó más frío y
parado que una estatua de piedra. Su cuerpo sintió un estremecimiento
involuntario al rozar el vestido de la tapada con el suyo, cuando esta
pasó al trono del rey, y, en fin, su voz, las miradas tan terribles
que al través del antifaz le asestaba, hizo temblar más de una vez al
orgulloso conde de Haro. A pesar de todo esto, aparentó serenidad y
dijo uniendo su voz a la de los demás:
—¡Nombradle!
—¡Sí, nombradle, decid quien es, señora! —exclamó el rey.
—Es...
—¡Hablad, hablad pronto, por Cristo! —dijo don Fernando.
—¡El conde de Haro!
—¡Don Lope! —exclamó el monarca mirando alternativamente al acusado y a
la acusadora.
—¡Yo! —preguntó el conde—. ¿Yo?
—¡Don Lope! —repitieron todos admirados.
—¿Sabéis —repuso el rey— el nombre que habéis tomado en boca y la
persona a quien ultrajáis?
—Sí, lo sé, y por eso he venido a acusarlo; por eso lo he nombrado sin
temor.
—¿Y sabéis, mal aconsejada dueña, el castigo que tiene el impostor?
—Es la verdad, señor, y por lo mismo permanezco tranquila.
—¿Sabéis que si os faltan pruebas o un caballero que sostenga vuestra
acusación, seréis puesta en tormento por calumniadora?
—¡Ah!...
—A tiempo estáis; si os desdecís..
—¡Jamás! —repuso la desconocida interrumpiendo al rey.
—En ese caso, presentad las pruebas de vuestra acusación.
La tapada guardó silencio.
—Bien está: tres días se os dan de término. Faraute, cumplid con
vuestro deber.
Adelantose uno según la usanza de aquel tiempo, y dijo tres veces la
acusación formulada contra el conde de Haro. Después añadió:
—¿Hay algún caballero que tome a su cargo la demanda de la acusadora?
Un silencio sepulcral fue la respuesta que recibió el faraute. En los
pechos de todos los caballeros lucían prendas del amor de sus damas.
A más de esto, ¿quién se iba a exponer, por sostener la demanda de
una mujer desconocida, que tal vez resentida con el de Haro quisiese
vengarse de él achacándole el rapto de doña Beatriz?
El espíritu de don Lope se tranquilizó algún tanto en vista de que
ningún caballero salía por defensor de la desconocida.
El faraute volvió a decir otra vez:
—¿Hay algún caballero que salga por defensor de la acusadora?
—¡Yo! —contestó una voz varonil.
Y entró al mismo tiempo en la cámara un hombre armado de pies a cabeza
y calada la visera.
—¡Ah, triunfé! —exclamó la dama por lo bajo.
Volvieron los ojos de los cortesanos al temerario y denodado caballero
que tomaba a su cargo tan arriesgada demanda. Don Lope tembló a la
vista del advenedizo defensor de su contraria.
Llegó el armado al trono, e hincando una rodilla en tierra, dijo al rey
con el mayor respeto:
—Señor, ¿me concede tu alteza licencia para tomar la demanda de esta
desconocida?
—La tenéis —contestó el rey.
—Y vos, conde de Haro, ¿me admitís por contrario? —dijo el desconocido
acercándose a don Lope.
—No acostumbro a hacer caso de los enmascarados —repuso con calma.
—¿Y me conocéis ahora? —dijo el armado levantándose la visera.
—¡El de Carvajal! —exclamó don Fernando sorprendido.
—¡Don Juan! —repitieron asombrados los caballeros.
—El mismo, señores.
—¿Tenéis que pedirme alguna cosa, don Juan? —dijo el monarca.
—Ninguna —respondió el amante de doña Beatriz—, sino que oiga tu
alteza y todos los aquí presentes mi desafío: Atended, ricos-homes,
caballeros, escuderos y todos los que me escucháis. Yo, don Juan Alonso
Carvajal, infanzón del muy poderoso rey de Castilla, don Fernando IV; a
vos, don Lope López Díaz de Haro, conde de Haro, señor de Santa Olalla
y de Balmaseda, te desafiamos por mal caballero, aleve y descortés, y
te retamos a muerte, tomando por testigos a los presentes, por raptor
de Doña Beatriz de Robledo, dama de su alteza la reina Doña María; a
lanza o espada, mientras dure sangre en nuestras venas.
Concluido que hubo don Juan el reto, arrojó a los pies del conde de
Haro su manopla. Don Lope se apresuró a cogerla, diciendo al mismo
tiempo:
—No obstante ser falso el delito que se me imputa, acepto gustoso,
porque de este modo verán todos mi inocencia, el desafío de don Juan
Alonso Carvajal.
Autorizó el rey el desafío, según era costumbre entonces, declarando
traidor y digno de muerte al que en la lid saliere vencido.
Toda la corte se puso en movimiento después que don Fernando bajó del
trono.
El justicia mayor se acercó al rey y le dijo:
—¿Qué hacemos de la acusadora, señor?
—Ah, tenéis razón. ¿Aben-Ahlamar?
—Señor —contestó el judío presentándose al monarca.
—Encargaos de la desconocida hasta que yo fije el día del combate.
El sabio médico inclinose en señal de obediencia y dirigiéndose a la
encubierta dama:
—Tened la bondad de seguidme, señora —le dijo.
En la noche que siguió a día tan fecundo en sucesos, no podía conciliar
el sueño el justiciero y buen rey de Castilla. Su imaginación,
acalorada con las escenas de la mañana, no cesaba de representarle la
de la acusación de Haro. Los hermosos ojos de aquella mujer, que cual
dos luceros brillaban al través del antifaz, no los olvidaba ni un
momento el joven monarca. Durmiose al cabo para soñar con Castrojeriz,
y con la bella y hechicera Piedad; entonces se sonrió y dijo con
inefable alegría: «Es la misma, sí, he conocido su voz... La impresión
que ha experimentado mi corazón, ¿quién sino esa adorable criatura
era capaz de hacérmela sentir? ¿Quién sino ella, que en tan cortos
instantes encendió en mi pecho esta llama que me abrasa?».
Tan luego como el día asomó por el horizonte, se dirigió el rey,
envuelto en un cumplido ropón, a la habitación de su físico, el judío
Juffep Aben-Ahlamar.