_En donde se ve que los astros descubren muchas cosas que están
ocultas._
Cosa de las doce de la noche serían, poco más o menos, del mismo día
en que hizo el rey su entrada solemne en la ciudad de Burgos, cuando
caía una llovizna bastante eficaz para causar no poca molestia a dos
personas que, arropadas en toscos gabanes de buriel parecidos a los
que usaban los monteros de aquellos tiempos, paseaban por enfrente de
las ventanas del cuarto de la reina madre y de su dama doña Beatriz de
Robledo.
No podemos decir nada, y harto lo sentimos en verdad, de sus figuras,
ni de sus trajes, porque lo avanzado de la hora impidió distinguir al
cronista lo que más adelante tendremos lugar de ver, a la clara luz del
sol.
Paseaban, sin salir de aquel frente del alcázar, con paso ora
precipitado, ora indeciso, y de vez en cuando uno de ellos tocaba
suavemente con el nudillo de sus dedos en los pintados vidrios de una
de las ventanas del piso bajo, ruido que nadie debió percibir, pues que
nadie contestó. Aguardaron un poco más al pie de la ventana a ver si
se asomaban o contestaban de dentro, pero todo permaneció en sepulcral
silencio. Entonces dijo uno de ellos en tono desesperado.
—¿Qué será esto, hermano mío?
—No lo sé; pero toca otra vez y llámala por su nombre, que tal vez el
sueño...
—¡Beatriz! ¡Beatriz! —repuso el otro acercando sus labios a la maciza
madera de las puertas.
El silencio seguía reinando obstinadamente por aquella parte del
alcázar.
—¿Será cierto que haya salido de Burgos doña Beatriz, como nos dijo el
judío Aben-Ahlamar?
—Abandona tu temor, querido hermano, que tal vez tu prometida no pueda
dejar la compañía de la reina doña María Alfonsa, y por esa razón...
—Te engañas, que otras veces doña María le ha dado licencia para que
saliera a verme —repuso el otro, pensativo.
—En ese caso, participo de tus cuidados y recelos.
—Anúnciame el corazón males sin cuento: por de pronto mi amada
Beatriz ha salido de Burgos, no sé si de grado o por fuerza, mientras
hemos estado en la guerra con el rey, sin dar un triste adiós a su
desconsolado amante.
—Tranquilízate, hermano mío, que cuando llegue el día nos contará el
judío todo lo que haya ocurrido.
—Dices bien. Puesto que en este instante no tiene remedio mi dolor,
retirémonos a nuestro asilo y esperemos a que llegue el día, para
averiguar el paradero de mi adorada Beatriz.
—Sí, sí, marchémonos, que el frío se aumenta a medida que avanza la
noche.
Apenas los dos caballeros habían andado un corto trecho, oyeron gritar
muy cerca del punto donde estaban:
—¡A ellos!
Y viéronse acometidos en seguida por cuatro hombres que daga en mano
pugnaban por clavárselas en el pecho. Pero los homicidas aceros se
quebraron por la mitad al tocar en la cota de malla que nuestros
desconocidos llevaban, a prevención sin duda, debajo de sus toscos
gabanes.
Viendo entonces los asesinos el mal éxito de la jornada, huyeron
despavoridos del peligro que les amenazaba, pues los caballeros
hermanos desenvainaron sus espadas y descargaron a diestra y siniestra
grandes mandobles sobre las cabezas de los fugitivos.
—¿No os dije yo, hermano mío, que me presagiaba el corazón males sin
cuento? En una misma noche he perdido a mi amada Beatriz, y cuatro
asesinos han intentado arrebatarnos la vida traidora y villanamente...
¡Ah, ahora recuerdo que las palabras del judío tenían algo de
siniestras para mí! Pero aguardemos a que llegue el día para aclarar
este misterio. Toma esta media daga que he cogido a uno de esos
malvados y consérvala como oro en paño, que tal vez ella nos ponga en
camino de averiguar más adelante quien era su infame poseedor.
A la fría y lluviosa noche que ya conoce el lector, sucedió un día
claro y templado. Aún no se habían abierto las puertas del alcázar
real; aún reinaba en todo Burgos un profundísimo silencio; aún no
hacía medio cuarto de hora que la aurora asomara por el oriente su
risueña y animada faz, y ya veíase al físico del rey en aquella parte
del alcázar que habitaba, trabajando con porción de crisoles, redomas
y alambiques. Su cabeza, poblada de largos y encrespados cabellos
canos, no la cubría como siempre el turbante judaico, sino un gorro de
tela encarnada, terminado en gruesa borla de seda azul. A su ropaje
de seda morada había sustituido una túnica forrada de pieles oscuras.
Constituía el adorno del cuarto, en donde a la sazón se hallaba, una
mesa de tan grandes dimensiones que casi ocupaba la vivienda (y hay
que advertir, de paso, que esta se hallaba en el piso bajo de uno de
los torreones del alcázar), una mesa, decimos, cubierta con libracos
llenos de gruesos caracteres góticos estampados en finas hojas de
pergamino con orlas y ribetes dorados; un reloj de arena; un enorme
tintero de latón blanco; varios instrumentos de matemáticas; aparatos
sencillos aplicables a usos de la física y de la química, y una lámpara
manuable que todavía ardía sobre la mesa confundida con los objetos
que la ocupaban. Multitud de frascos y cacharros de cristal, llenos de
aguas de variados colores, colocados simétricamente en un estante de
madera negra, un sillón de vaqueta tachonado con clavos dorados que
podría contener muy cómodamente dos personas de abultadas dimensiones,
y un hornillo de barro, cubierto de polvo y telarañas, completaban el
extravagante adorno de la morada de uno de los médicos de Fernando IV.
Sentado estaba el judío cerca de la mesa, repasando con avidez las
hojas de un libro en folio, cuando vino a interrumpirle un golpe dado
en la puerta que tenía salida a las galerías del alcázar.
—¿Quién es a esta hora? —dijo el nigromántico en tono de mal humor y
sin levantarse del sillón que ocupaba.
—Abrid, abrid, que tengo que deciros, Aben-Ahlamar —repuso una voz
dulce y sonora.
Abandonó al instante el físico del rey el colosal sillón de vaqueta,
y, haciendo rechinar un resorte que cerraba la puerta por la parte
interior, dejó libre la entrada a un joven de veinticuatro años a
lo más, cubierto hasta los ojos con un cumplido y elegante ropón de
finísimo vellorí.
—¿Puedo saber —dijo el judío inclinándose con respeto— a qué debo la
honra de ver en mi humilde morada a don Juan Alonso Carvajal, infanzón
del rey de Castilla?
—Decidme, os ruego, Aben-Ahlamar —repuso el interpelado—, decidme, si
sabéis, dónde está la bella e interesante dama de la reina doña María
Alfonsa.
—Mis noticias, noble señor, no alcanzan a tanto. Todo lo que yo sé,
y conmigo la corte entera, es que esa infortunada joven fue ayer
arrebatada del alcázar en el instante mismo de entrar su alteza en
Burgos.
—¿Y por qué no me anunciasteis ese horrible suceso cuando vine a veros
ayer por la tarde? —dijo el caballero con mal reprimido enojo.
—Perdona, ilustre y valiente joven; pero mis labios se resisten a dar
malas nuevas.
—¡Ah, cuán bueno sois!
—Omite tus alabanzas, señor, que no soy digno de ellas —repuso el judío
con hipocresía.
—Aben-Ahlamar, vos que tan sabio sois y que tan a fondo conocéis la
analogía de los astros con las cosas terrestres, ¿pudierais indicarme
quiénes son los raptores de mi adorada Beatriz?
—A tanto, señor mío, y harto lo siento en verdad, no avanzan mis
conocimientos.
—Bien; pues en ese caso, decidme al menos la dirección que han tomado.
—De buen grado haré lo que decís, si...
—¡Oh, tomad, tomad esta cadena! —exclamó el de Carvajal conociendo la
intención del judío, y entregando a este una doble cadena de oro que
llevaba pendiente del cuello.
—Debo advertirte, poderoso señor —repuso el alquimista disimulando mal
su alegría—, que no era mi ánimo...
—Oh, lo sé, lo sé; pero andad, que el tiempo vuela.
Cogió el judío de la mano a don Juan y le condujo a una de las ventanas
del aposento.
—¿Veis —le dijo— aquel lucero que brilla todavía, a la derecha de la
luna, cercado de una nubecilla oscura?
Don Juan buscó en el espacio con ojos ávidos el lucero de que le
hablaba Aben-Ahlamar.
—Allí; por encima del alcázar de los condes de Haro: ¿no le veis aún?
—¡Sí, sí, perfectamente! ¡Oh, qué hermoso, qué hermoso es!
—Bien está: ¿y aquel otro que está entre Burgos y Valladolid?
—También, también lo veo.
Separose el nigromántico de la ventana y se puso a consultar con el
reloj de arena y sus libracos la situación de los astros que había dado
a conocer al de Carvajal. Este seguía temeroso con la vista todos los
movimientos del judío.
—La ciencia no me puede engañar, don Juan —dijo Juffep al cabo, con
mesura.
—¿Qué habéis descubierto? ¡Hablad, hablad pronto!...
—Tu amante vive, y no muy lejos de aquí.
—¡Oh, bendito seáis en unión con vuestra ciencia! Ahora decidme, si os
place, el punto en donde se halla.
—En Valladolid, señor.
—¿Y qué significado tiene aquella nubecilla oscura que cercaba al
primer lucero?
—Mas os valiera, joven, no haberos acordado de semejante circunstancia.
—¿Y por qué?
—Porque su significado es de tristísimo agüero.
—Pues callad, que no quiero saberlo.
—Está bien.
Alargó don Juan su diestra al judío, y le dijo con cariño:
—Hasta más ver, Aben-Ahlamar; y a Dios quedad.
—Él te guarde, señor.
Excusado nos parece decir al lector que tan luego como salió de la
estancia el caballero, examinó el judío con detenimiento la cadena
que recibió en premio de la revelación de su mentida ciencia. Legal
o ilegalmente ganada aquella joya, lo cierto es que la guardó
cuidadosamente en un arcón de hierro, lleno hasta la boca de oro y
alhajas preciosas, y de no escaso valor, oculto en la pared de la
manera más disimulada y admirable. Después de ocultar su tesoro y
de echarle una mirada cariñosa, acercose con planta firme a una de
las losas del pavimento y dio con suavidad tres golpes, que fueron
contestados con un «_Allá voy_» que parecía salir de los profundos
abismos de la tierra.
Poco tiempo después, presentose en la sala de recibo del judío una
vieja que el lector conoce por la abuela de la gitana Piedad.
—¿Qué me quieres, querido hermoso mío? —dijo esta con repugnante y
hedionda sonrisa.
—¿Cómo sigue? —repuso el judío.
—Tan llorona y fastidiosa como siempre.
—¡Lo siento!
—¡Más lo siento yo; porque me da unos ratos!... Oh, si fuera cosa mía,
ya hubiera caído en el garlito..., y si no...
—¿Qué harías, pobrecilla?
—¡Donosa pregunta! Le suministraría, para que fuese a llorar y suspirar
a otra parte, no muy agradable por cierto, según dicen, esos polvos tan
buenos que te dio el otro día un moro más feo que el mismo pecado. Pero
¿para qué me has llamado?
—Para darte instrucciones.
—¿Cuáles son ellas?
—Hasta dentro de tres o cuatro días no vendrá a verla..., ¿lo entiendes?
—¡Ya!
—En ese tiempo, la tratarás con la mayor bondad y dulzura.
—Ya sabes, viejo mío, que yo soy en ciertas ocasiones lo mismo que un
confite —repuso Simeona con malicia.
—¡Eh, eh, qué demonio eres!
—Continúa si te place.
—Al mismo tiempo que te muestres con ella solícita y afable, no olvides
el objeto principal.
—¡Diablo, es claro! ¿Hay más?
—Pero ese asunto has de tratarlo con mucho tino y...
—¿Hay más? —repuso la vieja impaciente.
—No, adiós ya.
Simeona desapareció prontamente por el hueco que dejaba la losa cuando
estaba levantada.
Una voz conocida dejose percibir no muy lejos, y a poco el relinchar
de briosos corceles vino a herir los oídos de Aben-Ahlamar. Salió este
a una de las ventanas de su aposento en el mismo instante en que dos
hombres perfectamente armados, y montados en preciosos caballos árabes,
decían con cierta cautela:
—A Valladolid, hermano mío, hay veinticinco leguas, de manera que
dentro de día y medio, o dos días a más tardar, podremos estar de
vuelta en Burgos con doña Beatriz.
—¿Y si su alteza nos echa de menos?
—Nada temáis, que todo se arreglará después.
—¡Imbéciles! —exclamó el judío reconociendo a los hermanos Carvajales.