¿Es acaso posible inventar ni suponer mayores absurdos que los hasta
aquí mencionados? Sin embargo, para no alargar esta conferencia
sólo presento un pequeño número de casos citados a montones en estos
pequeños opúsculos repartidos con profusión en nuestro pueblo. ¿Qué
lógica, qué razonamiento podemos esperar de cerebros nutridos con tales
absurdos, alimentados con patrañas de carácter tan pueril que no se
comprende que hayan sido narrados por hombres de simple sentido común?
"El colchón en que murió San Vicente quedó con virtud de hacer
milagros; pues acostándose en él en diversas ocasiones más de 400
enfermos de diferentes accidentes, todos lograron la salud" (pág. 32).
Una vez que San Antonio de Padua predicaba en la playa, ocurrió que
"salieron del agua los peces a quienes predicó y que le oyeron
atentos." Ningún devoto pone en duda la salida de los peces ni
tampoco se interesa en resolver los problemas de física, fisiología,
lingüística y principalmente de lógica de semejante acontecimiento,
pero así lo afirma la novena al Santo (pág. 20).
Prolongaría innecesariamente esta conferencia si mencionara todos
los absurdos consignados en las Novenas de los cuales tengo un
amplio caudal que constituye una documentación positiva utilísima
para la historia de la superstición que apenas desfloro aquí. Con
lo dicho hay bastante para explicar el origen de la inmoralidad,
la verdadera causa de la predisposición al vicio, la ausencia del
sentido de responsabilidad, la explicación natural de ese carácter
incomprensible formado de una mezcla de sentimientos encontrados que
los misioneros han atribuido al filipino, indio, español y chino,
influidos todos por el espíritu nocivo que informa toda esa literatura
completamente perturbadora de la razón. Ella y no la educación laica
es la responsable del fenómeno.
No vengo formulando teorías ni emito hipótesis caprichosas. Ante un
auditorio como el que tengo el honor de hablar, necesito pesar el valor
de mis palabras y de mis juicios. Por tal motivo he traído hechos, he
citado textos repitiendo las propias palabras, no de la literatura
profana constituida por los Corridos anónimos cuya perjudicial
influencia es perfectamente conocida, sino de los textos auténticos de
novenas autorizadas por la censura eclesiástica por no contener cosa
contraria a la sana moral, como se dice en las licencias para imprimir.
Ni por un momento he tratado de mezclar la religión en mi crítica ni
tampoco está en mis manos variar las consecuencias que se deducen de
los hechos mencionados en las novenas, que es la literatura responsable
de un estado de mentalidad pueril, absolutamente inadecuada para la
inteligencia de la moral, compuesta de elementos paralizadores y no
de progreso.
La moral no es más que el triunfo sobre sí mismo mediante el cual
el hombre hace lo que debe y no lo que quiere. En el hombre inmoral
no hay lucha entre dos tendencias, una hacia el mal, otra hacia el
bien. Solamente hay una tendencia instintiva: ningún freno racional
que se oponga. ¿Qué dominio de sí mismo tiene quien para refrenar
su costumbre y pronunciar palabras sucias y obscenas recurre a
la intervención de un santo? Falto de voluntad, desprovisto de la
idea misma de lucha consigo mismo, ¿cómo puede triunfar sobre sí
mismo? Juguete de sus pasiones, parecía que lo único que podría
retenerle era el castigo en la vida futura; pero ese temor no le
preocupa, puesto que al mismo tiempo que se le amenaza con el fuego
eterno, se le dice de qué manera lo puede evitar, sin dejar de
practicar el mal.