--No hay que hacerse ilusiones; esto va mal. El paso lamentable que ha

dado Maroto fusilando cuatro de mis jefes mejores es el principio del

fin. Aquí hay alguna trama oculta contra el carlismo. Maroto ha hecho

la guerra en el Perú, y Espartero y él se han debido conocer. No me

chocaría nada que los dos sean masones. La masonería nos ha perdido.

Dicen que Fulgosio, Urbistondo, Lasala y otros jefes son también

francmasones y están de acuerdo con Espartero y Maroto para vender

mi causa. Yo no lo creo, ni lo dejo de creer, pero me lo temo; no me

asombraría nada que fuera cierto. Cometí la grave falta de recibir a

los castellanos y de preferirles a los fieles navarros y vascos, que

no me han faltado nunca. Ya la cosa no tiene remedio y es preciso

conformarse con la voluntad del Señor.

--Pero todavía hay un ejército carlista fuerte y bien organizado--le

dije yo.

--Sí; pero le obedece a Maroto más que a mí. Él es el dueño de los

batallones, y no es sólo eso, sino que todos mis verdaderos amigos y

consejeros fieles me los arranca de mi lado y me los expatria a Francia.

--¿Y no puede Su Majestad destituír a Maroto?

--Por ahora, imposible, imposible. Hay que disimular. ¡Ah! ¡Si tuviera

pruebas claras de su traición!

--Y no las hay, claro.

--No las hay. Y ellos son muchos, y yo voy estando solo. ¿Tú, amigo

Vinuesa, no conocerías en Madrid o en Bayona algún hombre activo,

inteligente y sagaz, que pudiera traer a mi lado? Entonces yo pensé en

usted y en Aviraneta.

Yo había oído esta relación dominado por el dolor de cabeza y el ruido

de la diligencia.

--¡En Aviraneta y en mí!--exclamé yo, verdaderamente asombrado.

--Sí, en Aviraneta y en usted. Conozco--le dije al Señor--dos hombres

de un talento extraordinario. El uno, es un hombre ya hecho, avezado

a las revoluciones; el otro, es un joven activo, fuerte, lleno de

inteligencia y de energía. A éste le encontré en Bayona y le conté que

estaba denunciado, perseguido. En un momento lo arregló todo, y, al día

siguiente, estaba en Vera.

--¿Y qué hacen esos hombres? ¿A qué se dedican?--me preguntó Don Carlos.

--El más viejo debe estar empleado; el joven es un comerciante rico.

--¿De dónde son?

--Creo que vascos.

--¿Y son tan inteligentes?

--Son dos cabezas privilegiadas. Han viajado, saben idiomas, conocen a

los hombres...

--Gentes así, de arrestos, de energías, me convendrían. Consultaré el

caso con el padre Gil. Vuelve mañana, a las nueve.

Al día siguiente me presenté a Su Majestad, quien me dijo:

--Tengo confianza en ti. Vuelve inmediatamente a Bayona y trae a los

dos amigos tuyos. Le ofrecerás a cada uno, desde luego, diez mil duros,

que te entregará el marqués de Lalande, con una libranza mía, y les

dirás de mi parte, que, si satisfacen mis deseos, seré para ellos, no

el rey, sino un amigo; y que llegado a Madrid y colocado en el trono de

mis padres, haré lo que pidan y deseen. Así que ponte en camino cuanto

antes.

Me despedí de Don Carlos, pasé por Vera el mismo día en que se esperaba

que el general Urbiztondo llegara con el convoy de los desterrados a

Francia, de orden de Maroto, y aquí estoy.

Todo esto me parecía una fantasía de sueño.

No comprendía cómo Vinuesa podía tener tanta influencia sobre Don

Carlos para darle un consejo y convencerle.

Por otra parte, el consejo no era malo porque Aviraneta y yo en el Real

de Don Carlos hubiéramos hecho algo trascendental.

--¿Qué me contesta usted?--me preguntó Vinuesa.

--Amigo Vinuesa--le dije, haciendo un esfuerzo--: es usted más bueno

que el pan. Yo le agradezco a usted mucho lo que ha hecho por Aviraneta

y por mí y los informes que ha dado usted a Don Carlos. Si yo creyera

en el triunfo de la causa carlista y tuviera alguna simpatía por ella,

aceptaría con entusiasmo esa misión; pero no tengo simpatía, ni creo en

el triunfo del carlismo. Para mí, hoy por hoy, la causa carlista está

perdida. Maroto, indudablemente, está de acuerdo con Espartero. Querer

hacer revivir el carlismo es querer resucitar a un muerto.

--Pero a ustedes les convendría, aunque no fuera mas que por hacer su

carrera, unirse a Don Carlos.

--Yo no puedo, y creo que Aviraneta, tampoco; pero pregúnteselo usted a

él.

--Y usted, ¿por qué no puede?

--Porque soy... masón.

--¿Y Aviraneta es también masón?

--Sí.

Al decirlo me reía por dentro. Toda esta conversación me hacía el

efecto de un sueño.

--Ah... ¿es usted masón?

--Sí.

--Entonces lo comprendo. El hacer traición a los francmasones le podría

costar la vida.

--Es cierto.

--¿Y usted cree que Aviraneta no querrá?

--Desde luego, no.

--¿Y qué piensa usted que yo debo hacer ahora? ¿Cómo le contestaría a

Don Carlos?

--Pues le escribe usted que ha venido usted a Bayona, que nos ha

hablado, que hemos dicho que somos masones y que estamos comprometidos

con los liberales. De paso le devuelve usted la libranza de los veinte

mil duros, y le dice usted, con relación a usted mismo, que se va usted

a quedar una temporada en Bayona hasta restablecerse. Porque usted,

como yo, necesita reposo.

--Muy bien, muy bien. Es usted un verdadero amigo. Yo no estoy para

nada con este catarro. Tengo la cabeza como un bombo. ¿Quiere usted

redactarme esa carta?

--Bueno, cuando lleguemos a Bayona.

En el escritorio del hotel, y con grandes trabajos, redacté la carta.

--Es usted mi salvador--me dijo varias veces Vinuesa--; voy a ahora

casa del marqués de Lalande, para que encamine mi carta al Real de Don

Carlos.

Yo comencé a subir la escalera de mi hotel para llegar a mi cuarto. En

la cabeza sentía unos golpes como de un martillo. Al llegar, me desnudé

como pude y me metí en la cama; luego llamé a la criada y la dije que

avisara a don Eugenio de Aviraneta, en la calle de la Moneda, 11, que

había llegado.

XII

ENFERMEDAD

AL poco tiempo vino Aviraneta, a quien conté todo lo que nos había

ocurrido a María y a mí.

--He estado muy inquieto--me dijo--; he mandado tres mujeres al campo

carlista para averiguar vuestro paradero: una, a la casa de la viuda

de Zumalacárregui; otra, a Plasencia de las Armas, y la tercera, a

Vergara. Esta última encontró vuestro paradero en Estella.

Después le conté cómo había hablado con Vinuesa, y su proposición de ir

al Real de Don Carlos.

--¡Qué lástima que hayas hecho ese viaje estúpido, que te ha cansado y

te ha reventado! Eso sí que hubiera valido la pena. ¡Ir de secretario

íntimo de Don Carlos!

--Vaya usted, le dije yo. A usted también le invitan.

Se marchó Aviraneta, y toda la tarde y toda la noche la pasé con fiebre

y con unos sueños raros, siempre alrededor de Estella.

Al día siguiente volvió don Eugenio, y al verme en la cama, me dijo:

--¿Todavía no te has levantado?

--No me siento con fuerzas--le contesté.

--¡Bah! No tienes nada. ¿Sabes quién me ha escrito?

--¿Quién?

--Corito. Me pregunta por ti. Dice que su madre le asegura que tú eres

un desalmado, un hombre peligroso, y que ella no lo cree. Quiere que yo

le conteste.

Esta noticia, que en circunstancias normales me hubiera hecho saltar de

la cama, la recibí con perfecta indiferencia.

Al día siguiente la fiebre fué mayor, y don Eugenio se presentó con un

médico; me tomó el pulso, me miró la lengua, y pocas horas después me

pusieron en un colchón y me llevaron no comprendí adónde.

Por la mañana, cuando remitió la fiebre, vi que una monja me cuidaba,

y supuse que me hallaba en un hospital. Debía de estar en una sala de

pago. Las hermanas de la Caridad se acercaban a mi cama y me miraban.

Yo no comprendía bien quiénes eran ni qué querían: vivía en mundo

irreal y extraño. Por la mañana oía el canto de las monjas en la

capilla, y este canto me producía unos sueños dulces, inefables.

Todas las mañanas la fiebre remitía un poco; luego aumentó de tal modo,

que los intervalos se hicieron raros. Soñé mucho con María, y creí

varias veces ver a mi lado a Corito. Por lo que me dijeron luego, canté

y grité y eché discursos en mi delirio.

Por último, un día, tras de un largo sueño profundo, me desperté. Tenía

tal debilidad, que no podía mover un dedo.

Poco después vi alrededor de mi cama a Aviraneta, a Corito, a doña

Mercedes y a mi madre.

Quería hacer muchas preguntas, pero me dijeron que no hablase.

Unos días después, Corito me dijo que su madre y ella habían dispuesto

que, cuando me pusiera bueno, nos casaríamos e iríamos a Madrid.

Ya sin fiebre, comencé a sentir una languidez y una tristeza cada día

mayores. Tenía un sentimentalismo enfermizo. Cuando me hablaba Corito,

tomaba sus manos entre las mías y lloraba como un niño.

Este sentimentalismo se complicó pronto en mí con una idea de

remordimiento. Fué un día que vino Vinuesa a visitarme. Estuvo el

hombre tan cariñoso conmigo, que me avergoncé de mi proceder con él.

Es posible que haya una moral de hombre sano y una moral de hombre

enfermo; yo había pasado de la una a otra.

Tenía una idea de remordimiento de la que no me podía librar: el haber

seducido a la muchacha alavesa en Bidart, el caso de María Luisa y el

de la mujer de Vinuesa me turbaban el espíritu.

¿Para qué había hecho esto? No no lo comprendía. No me lo explicaba.

Había seguido una tradición de violencia y de egoísmo, por que sí.

Todos mis amigos y conocidos aparecían al pie de la cama y me echaban

en cara mi dureza y mi crueldad.

Indudablemente, los hombres tenemos una mezcla de bueno y de malo, de

sombra y de luz; yo siempre había creído que en mí la zona de sombra

era grande, pero ahora me parecía toda mi vida en sombra.

Cuando pude levantarme de la cama dejé el hospital y fuí de nuevo al

hotel. Stratford vino varias veces a hablar conmigo, y estuvieron

también doña Paca Falcón y Sara, su dependiente.

Cuando ya pude salir y hacía bueno, paseaba con doña Mercedes y

Corito. Hablaba de vivir tranquilamente. La idea de exponerme y correr

aventuras y peligros no me seducía. Mi impulso por la acción había

desaparecido. Aquella fiebre, que me había durado cerca de dos meses,

arrastró mis ambiciones, mis preocupaciones y mi erotismo.

XIII

LA VUELTA DE MARÍA

EL 27 de abril, María Luisa de Taboada apareció en Bayona, y fué a

visitar a don Eugenio. Ya no era la muchacha de antes, petulante y

charlatana, sino una mujer reservada y taciturna. A mí me vió en la

calle y se escapó para no hablarme.

Pregunté a la hija del brigadier carlista qué le pasaba a María.

--Ya sabe usted que es la novia del general Villarreal y que quieren

casarse; pero al pobre Villarreal no le reponen en su puesto; le han

tenido preso, y, además, está tísico. Parece que habían decidido vivir

como marido y mujer hasta que se pudieran casar, pero como no tienen

medios, María Luisa vuelve aquí, no sé si a ser señorita de compañía o

a qué.

Aviraneta me dijo que pensaba emplearla de nuevo.

Un día encontré a María en casa de Aviraneta. Al verme palideció y se

turbó.

--¿Me odia usted?--le pregunté.

--No.

Estuvimos un rato en silencio.

--¿Se va usted a casar?--me dijo.

--Sí.

--¿Le quiere usted a su novia?

--Sí; pero si usted hubiere querido, me hubiese casado con usted.

--Más vale que se case usted con ella.

--¿Cree usted?

--Sí; nosotros no nos hubiéramos entendido nunca.

Al despedirme de María Luisa me dió la mano cordialmente.

Una semana después, don Eugenio me dijo maliciosamente:

--María Luisa tiene una gran desconfianza y me espía. La he tendido un

lazo para ver si me puedo fiar de ella, y ha caído en él.

--¿Qué ha hecho usted?

--Había observado estos últimos días que, en medio de la indiferencia

que tiene ahora por todo, cuando la pasaba a mi despacho cambiaba de

actitud y se ponía disimuladamente a ver si podía enterarse de algo;

miraba los sellos de las cartas, los timbres de las fábricas de los

papeles al trasluz, etcétera, etc. El otro día le avisé a la sobrina

de mi patrona, una chica muy lista, que se llama Veronique, y le conté

lo que me pasaba. Luego le pregunté si sería capaz de observar a María

Luisa, para lo cual yo la dejaría a ésta sola en mi despacho, y ella,

Veronique, podría mirarla desde una ventana pequeña que comunica mi

cuarto con un corredor. Le prometí a la chica un sombrero, y ella dijo

que haría lo que le dijese. Pusimos una escalera en el corredor, que

es bastante obscuro, debajo del ventanillo, y yo redacté unas notas

figuradas del ministro de la Gobernación, en que aparecía Maroto de

acuerdo con Espartero, y fabriqué una clave falsa con el número cinco.

Al día siguiente convidé a almorzar a María Luisa, y estando en la

mesa, a los postres, hice que la criada me entregara una carta.

--Qué fastidio--dije a María--. El cónsul me llama. Usted haga lo que

quiera; si quiere usted marcharse, se va; si no, puede usted entrar en

mi despacho, donde hay libros y periódicos.

--Me quedaré un rato--contestó ella.

Yo tomé mi sombrero y salí a la calle. María Luisa, poco después, salió

del comedor, entró en mi despacho, y lentamente cerró la puerta con

pestillo. Veronique, la sobrina de mi patrona, se colocó en su atalaya.

María Luisa abrió los cajones de mi mesa y principió a examinar los

papeles uno por uno; luego encontró las notas que yo había escrito la

noche anterior, con la clave cifrada. Inmediatamente que María Luisa

tropezó con estos papeles se puso a copiarlos; luego encendió una vela

y sacó tres impresiones en lacre de los tres sellos que yo uso. Acabada

la obra se guardó todo en el pecho, descorrió el pestillo de la puerta,

la dejó entornada y se puso a leer los periódicos. Cuando volví yo de

mi paseo me encontré a María Luisa más jovial que de costumbre. Le dije

que el cónsul Gamboa me molestaba por cosas de poca importancia, y le

invité a que volviera a almorzar conmigo al día siguiente. Veronique

me dió cuenta exacta de todo lo que había observado, y ya tiene su

sombrerito.

--¡Cómo desmoraliza usted al pueblo!

--¡Pues mira que tú!

--¿Va usted a prescindir de María?

--No; le he propuesto un nuevo viaje al campo carlista; por ella sabré

lo que piensan Villarreal y sus amigos. Para mí, María es una mujer muy

simpática.

--Y para mí también.

--Para ti algo más que simpática.

--¿Por qué dice usted eso?

--A mí no me engañas tú ni ella. Tiene uno el colmillo muy retorcido.

--No sé por qué supone usted que le quiero engañar.

--Bueno, bueno. Es asunto liquidado, y no hay que insistir en él. María

es muy buena y, además, muy generosa. Todo el dinero que le he dado yo

se lo ha entregado a Villarreal para sus deudas.

Unas semanas después estaba María de nuevo de regreso en Bayona,

muy descontenta de su viaje. A Villarreal, como al padre Cirilo y a

sus compañeros, que habían creído apoderarse del mando y formar el

Ministerio a su manera, después de aniquilar al partido intransigente,

les había salido mal la maniobra, y el despotismo militar se entronizó

bajo la dirección absoluta de Maroto.

Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos quedaron de nuevo cesantes y

reducidos a la más absoluta impotencia.

Después de este último viaje, María volvió a otra casa de Bayona, como

señorita de compañía, y se dijo que estaba entregada a la iglesia y que

hacía con frecuencia ejercicios espirituales en la Congregación de San

Vicente de Paul.

XIV

COMIENZA LA NUEVA VIDA

SE acercaba la época de mi matrimonio. Doña Mercedes aseguraba que en

llegando a la Corte conseguiría para mí un buen empleo.

Después de hablar con Aviraneta, quien me dijo que no tenía nada que

ver con el asunto, me entendí con Gomes Salcedo, y le cedí la casa de

comisión Etchegaray y Leguía por veinte mil francos.

Me despedí de mis amigos de Bayona y de Aviraneta.

--Bueno--me dijo éste--, seguiremos el procedimiento de comunicarnos

como antes, tú desde Madrid y yo desde Bayona.

--Mire usted--le dije--, no, don Eugenio. Me obligan a hacer otra

vida, necesito independencia y libertad en los movimientos. No puedo

perturbar la vida de estas dos mujeres. No quiero ser conspirador.

--Bueno, bueno, está bien--replicó Aviraneta, ofendido.

--No creo que se deba usted ofender; yo le debo a usted todo lo que

soy, es cierto, pero también es cierto que ahora no voy a ser solo, y

no quiero dar a mi mujer una vida de sobresaltos, teniendo a su marido

vigilado y perseguido por la policía.

Me separé con tristeza de don Eugenio. ¿Qué iba a hacer? No podía tomar

otra determinación.

Unos días después, Corito y yo nos casamos y fuimos a Madrid. María

Cristina nos recibió, a mi suegra, a mi mujer y a mí, en Palacio. Al

mes tenía yo un alto empleo.

* * * * *

En Madrid hice relaciones y comencé una nueva vida, tan desligada

de la de Bayona, que ésta, en mi existencia, era como un prólogo

completamente aislado del resto de ella.

De mis conocidos en Bayona, volví a ver años después a muy pocos. A

Vinuesa le encontré y me llevó a su casa. No me hacía mucha gracia

hablar con su mujer. Vinuesa se lamentó con Aviraneta de que yo no

fuera a visitarle con frecuencia.

--Leguía no me quiere porque soy carlista--le dijo.

--Es un hombre seco y poco efusivo--le contestó don Eugenio.

Otro de mis conocidos, a quien vi en Madrid después de la guerra, fué

García Orejón. Era de los convenidos de Vergara, y le habían dado un

destino en la policía. Pensaba desempeñarlo durante cinco o seis años,

y luego, retirarse a una finca que había comprado cerca de Córdoba.

Dentro de la burocracia fuí avanzando en mi carrera. Ya se me había

pasado el brío, la confianza en mi fuerza.

Comprendí cuán inferior era en este sentido a Aviraneta, que llevaba

más de treinta años en una constante aventura, y que aún no estaba

saciado. Me pareció que lo más propio para mí, desde entonces, era ser

espectador en las luchas políticas.

El decidirme a esta actitud hizo que fuera consultado y considerado

como un diplomático sagaz.

Sobre todo, hay que tener poco celo--decía Talleyrand a los amigos que

empleaba--. Es lo que hice yo: tener poco celo y dejarme llevar por la

corriente.

FIN DEL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA

Itzea, octubre, 1922.

ÍNDICE

PRIMERA PARTE

EXPERIENCIAS Y DESILUSIONES

Páginas.

En la Engadina 7

I.--De Santander a Bayona 11

II.--Aviraneta y yo 16

III.--Proyectos 21

IV.--Algo de mi infancia 26

V.--La tienda de antigüedades 30

VI.--Nuevas instrucciones 35

VII.--La vida en Bayona 41

VIII.--Sensibilidad patriótica 48

IX.--Noticias de Aviraneta 54

X.--Madama de Laussat 57

XI.--Madama d'Aubignac 60

XII.--La duquesa y su abate 67

XIII.--La arbitrariedad 74

SEGUNDA PARTE

DANDYSMO

En la frontera del Tirol 79

I.--Una imprudencia 80

II.--Desafío 84

III.--Stratford Grain 89

IV.--Las cartas de lord Chesterfield 91

V.--Variedades sobre el dandysmo 97

VI.--En Cambo 102

VII.--Cita a la luz de la luna 106

VIII.--Los políticos 108

IX.--Nostalgias 115

X.--Física 118

XI.--Muñagorri y su gente 121

XII.--Nueva tertulia 126

XIII.--Vuelta por España 130

TERCERA PARTE

NUEVOS CONOCIMIENTOS

En Saint-Moritz 141

I.--París y Madrid 143

II.--Los agentes secretos 149

III.--La Reina 155

IV.--Aquel Madrid 157

V.--Vinuesa y su familia 159

VI.--Aventura en Tolosa de Francia 162

CUARTA PARTE

LOS PEONES DEL JUEGO

En Basilea 167

I.--Los rivales 170

II.--El Murciélago 174

III.--Las letras S, T, U, V 177

IV.--Valdés de los gatos 181

V.--Bertache 186

VI.--La letra Z 192

VII.--Las bacantes vascas de Añoa 197

VIII.--Emboscada 203

IX.--Aviraneta, de nuevo 205

X.--Apuros de Vinuesa 211

XI.--Un proyecto atrevido 215

XII.--El plan escrito 221

XIII.--De Biriatu a Erlaiz 228

XIV.--Rompimiento 233

XV.--En el _faubourg_ Saint-Germain 236

XVI.--Los chapuzones de Valdés 241

XVII.--Encuentro 246

XVIII.--Un hombre de mala suerte 251

QUINTA PARTE

LA AVENTURA PELIGROSA

En la costa cantábrica 259

I.--María Luisa de Taboada 261

II.--Petulancia contra petulancia 265

III.--En Estella 271

IV.--Los conjurados 275

V.--Las tropas de Maroto 278

VI.--La encerrona 282

VII.--Explicaciones y amenazas 284

VIII.--La escapatoria 290

IX.--Tribulaciones 295

X.--De Estella a San Juan de Luz 300

XI.--Otra vez Vinuesa 304

XII.--Enfermedad 310

XIII.--La vuelta de María 313

XIV.--Comienza la nueva vida 316

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El amor, el dandysmo y la intriga · 第 18 / 18 段