Soledad volvió al comedor.
—¿Qué tienes que decir de mí? —le preguntó su hermano adoptivo.
—Contestaré mañana. Hasta ahora no puedo formar juicio —dijo Soledad
sonriendo con tristeza.
—¡Dichoso el pájaro prisionero en la jaula! —afirmó Monsalud con
vehemencia—. Ese sabe que no puede salir, y está libre de un gran
tormento: la elección del camino.
—Ya he mandado cerrar todas las puertas —insinuó Soledad—. ¿Estás bien
así, encerradito?
—Querida hermana —dijo Salvador con afán—, si me pudieras dar tu
tranquilidad, tu serenidad, la paz de tu espíritu, ¡cuán feliz sería yo!
—¿La paz de mi espíritu? Pues tómala.
—¿Cómo?
—Si yo quiero dártela y no la quieres.
—No digas que no la quiero.
—¿No me has dicho ayer que quieres que sea impertinente?
—Sí.
—Pues voy a serlo —dijo la huérfana sonriendo—. Empiezo por mezclarme
en tus asuntos, aconsejándote...
—¡Muy bien!
—Más aún, mandando en ti.
—¡Excelente idea!
—Empiezo ahora.
—¿Qué debo hacer?
—Tratar de olvidar todo lo que has visto hoy.
—¡Olvidar! —exclamó Salvador con brío—. Eso no puede ser. ¿Cómo olvidar
eso, Sola? ¡Imagina lo más hermoso, lo más seductor, lo mejor que ha
hecho Dios, aunque lo haya hecho para perder al hombre!
—Entonces adiós.
—Pues adiós.
Uno y otro se levantaron.
—Márchate de la casa —dijo resueltamente Soledad.
—¿Te enojas...? Vamos, querida hermana, si quisiera huir, me quedaría,
por no verte enfadada al volver.
—Es que no me verías más.
—¿De veras?
—No gusto de tratar con locos.
—Pues yo siempre lo he sido. A buena hora lo conoces. Yo te prometo que
seré razonable.
—¿Lo serás esta noche?
—Te lo prometo.
—¿No harás ninguna locura?
—Haré las menos que pueda. Prometer más, sería necedad.
—Pues adiós.
—¿Te vas?
—Es preciso descansar, hijito. Hoy nos has dado mucho que hacer con tu
malhadado viaje.
—Pues adiós. Vengan esos cinco.
Estrecháronse la mano. Desde la puerta, al retirarse, Solita saludó a
su amigo, diciéndole cariñosamente:
—No será cosa de que me tenga que levantar a echar sermones. ¿Serás
juicioso?
—Hasta donde pueda. Ya es bastante, hermanita.
—Me conformo por ahora. Adiós.
Retirose Soledad, pero no se acostó. Estaba inquieta, y desconfiaba de
las resoluciones de su hermano. Vigilante, con el oído atento a todo
rumor, y mirando a ratos por la ventana de su cuarto, que daba a la
huerta, pasó más de una hora. Sintió de improviso el ruido de un coche
que se acercaba, y puso atención. El coche paró...
Soledad sintió frío en el corazón y un desfallecimiento súbito de su
valor moral; pero evocando las fuerzas de su espíritu, salió del cuarto
muy quedamente. Cuando estuvo fuera y bajó muy despacio a la huerta;
cuando en ella puso los pies, vio que Salvador (¡él era, le reconoció
en la profunda oscuridad de la noche!) avanzaba con rápido paso hacia
la verja.
Solita se llenó de pena; quiso gritar, pero la voz de su dignidad le
impidió hacerlo. Solo tenía derecho a ser testigo.
Vio que el hortelano avanzaba gruñendo hacia el portalón, mandado por
Salvador; que se abría la puerta verde; que en un instante sacaban el
baúl y lo subían a lo más alto del coche.
Sin poder contenerse corrió hacia allá. Oyó una voz de mujer que decía:
—¿Qué es esto? ¿Te arrepientes?
Y la de Salvador que respondía:
—No... Vamos... En marcha.
El coche partió a escape, y Soledad gritó:
—¡Salvador, Salvador!
Pero esto no lo oyó más que Dios, porque lo dijo con la lengua del
alma, a punto que su cuerpo caía sin sentido sobre la arena del jardín.